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LUCRO E INFAMIA

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Lucro e infamia

Lucro e infamia

Los ataques aumentaban a medida que Kardec profundizaba en la divulgación de la reforma moral que el Espiritismo propone y en su objetivo de combatir el materialismo. De las burlas iniciales se pasó a ataques personales despiadados, y algunos seguidores se preguntaban: «¿cuál era la causa principal de este giro de los acontecimientos?» Y el codificador quiso responder la pregunta con esta frase:

“¿Cómo queréis que una doctrina que conduce al reino de la caridad efectiva no sea combatida por aquellos que viven del egoísmo?”

La famosa divisa del Espiritismo “Fuera de la caridad no hay salvación”(*) era la lÍnea de conducta que distinguía a los verdaderos espíritas, y al mismo tiempo suponía la frontera y el obstáculo que dejaba en evidencia a los avariciosos, egoístas y soberbios.

Lógicamente, entre los ataques no podía faltar el de aquellos que acusaban al maestro de Lyon de lucrarse con las ventas de los libros, las suscripciones a la Revista Espírita y las donaciones que llegaban desde Inglaterra para apoyar la causa de la nueva doctrina. Un sacerdote había divulgado a los cuatro vientos que el “inventor del Espiritismo” se estaba enriqueciendo con todo ello, y daba como prueba el hecho de que él mismo lo había conocido pobre en las calles de Lyon y que recientemente lo había visto desfilar en París en un imponente y ostentoso carruaje.

Kardec respondió con la verdad: “Nací en Lyon por accidente, pero nunca residí en aquella ciudad, por lo tanto es difícil que usted me viera en sus calles. Y en cuanto al lujoso carruaje, no pasa de ser un carro tirado por burros de carga que lo alquilo dos o tres veces al año por economía”.  Y continuó con su respuesta: “¿Qué no diría el Sr. Vicario si viera los banquetes con los que recibo a mis amigos? Todos ellos muy escasos, al lado de las frugales refecciones de ciertos dignatarios de la Iglesia”.

Terminaba explicando que el Espiritismo nunca sería un medio de enriquecimiento, pues predica que todos vivan con lo necesario, muy lejos de la ambición. Y añadía que otra de las lecciones del Espiritismo es ser fiel a la máxima de Cristo de “No hacer a otros lo que no quieres que te hagan”; algo que el Sr. Vicario, supuesto representante de Dios en la Tierra, no cumplía al calumniar al prójimo como lo había hecho.

Entre otros ejemplos de infamia contra el espiritismo, perpetrados por algunos religiosos, destacó la obra publicada por el Abad Poussin, titulada «El Espiritismo ante la Historia y la Iglesia». En ella definía la doctrina espírita como «Obra de Satán», y además de verter todo tipo de infamias y calumnias, incurría en contradicciones flagrantes que Kardec refutó magistralmente en su respuesta. Una de estas contradicciones era reconocerle al Espiritismo su valor en la lucha contra el materialismo (textual): «Si el Espiritismo nos prestó el servicio de derribar las teorías del materialismo del Siglo XVIII, nos aporta en cambio una revelación nueva, que amenaza la base del cristianismo». No obstante, el Abad alentaba a los católicos a «luchar contra el Espiritismo y tomar distancia de las manifestaciones diabólicas que excitan la imaginación y son propias de la ignorancia» .

La respuesta de Kardec, de nuevo en la Revista Espírita, no solo destacó las contradicciones y falsedades del libro del Abad, demostrando que desconocía por completo la doctrina espírita, sino que aconsejaba al Abad y sus lectores a recordar las palabras del ilustre monseñor Frayssinous, el cual hablando sobre el diablo explicaba:

«Un demonio que procurase destruir el reino del vicio para establecer el de la virtud, sería un demonio exquisito, porque se destruiría a sí mismo».

De esta manera, con las propias palabras de un dignatario de la iglesia Kardec aludía al sentido cristiano del Espiritismo y a su valor profundo de la más pura moral cristiana, del amor al prójimo y a Dios que la doctrina espírita defendía. Algo totalmente alejado de los propósitos e intenciones de cualquier Satanás, Belcebú o señor de las tinieblas.

No obstante, en muchos lugares de Francia el fanatismo religioso imperaba en los sacerdotes a la hora de imponer sus criterios en contra de la libertad de conciencia de los ciudadanos. Constantemente llegaban al Maestro de Lyón cartas denunciando los abusos, las presiones y amenazas que muchos sacerdotes hacían a sus feligreses a fin de desacreditar el Espiritismo cuando constataban que algunos de ellos tenían conocimiento de la nueva doctrina.

Baste por ejemplo el párroco de una cercana villa de Lyón que llamó a la puerta de una de sus feligresas al enterarse de que tenía un ejemplar de El Libro de los Espíritus y que lo leía con admiración. El párroco exigió a la señora que le entregara el libro bajo amenaza de no enterrarla cuando llegara su hora. La señora cedió en principio y entregó el libro, pero unos meses después fue a solicitar su devolución. El sacerdote se lo devolvió y ella pudo comprobar las anotaciones que el párroco había escrito al margen de cada página con refutaciones furibundas, insultos y raspaduras de todo orden. Calificativos como demonio, hereje, mentiroso o estúpido se podían leer escritos por el sacerdote en el margen de los comunicados de espíritus que aparecían en el libro.

La señora escribió a Kardec narrando su historia y diciéndole que, ahora más que nunca, ella era una espírita convencida después de oír y leer tantos improperios de aquellos que tenían que dar ejemplo. Y terminaba su carta de esta forma: «Perdónales señor porque no saben lo que hacen». ¿De qué lado estaba el verdadero cristianismo?

Fueron tantas las infamias, las calumnias y las amenazas que tuvieron que soportar muchas personas de buena voluntad que intentaron acercarse a la nueva doctrina, que la respuesta de Kardec siempre fue firme en la defensa de sus postulados, refutando las mentiras y falsedades. No solo mediante los argumentos filosóficos, sino también, y mas importante todavía, en el sentido ético-moral cristiano que la filosofía espírita propugnaba, ejemplificando siempre el perdón de las ofensas y la oración por aquellos que se convertían en feroces perseguidores, aunque, como en estos casos de sacerdotes católicos, debieran haber predicado con el ejemplo que su propia doctrina les exigía.

Este era Kardec en la respuesta y el desafío. La verdadera medida de un hombre singular se mide por los obstáculos que tiene que afrontar y superar; no ya de su honra o prestigio personal, sino principalmente en la defensa de la doctrina cuando era atacada con mentiras, infamias y virulencia para desacreditarla, como fue el caso del honesto profesor Rivail.

Lucro e infamia por: Antonio Lledó Flor

2020, Amor, Paz y Caridad

«La corrupción en el seno de las religiones es el síntoma de su decadencia, porque ella es el indicativo de una falta de fe verdadera»

François Fenelón – Escritor Católico Francés

LUCHA TITÁNICA

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Esfuerzo titánico

«No hay mayor grandeza que vencerse a sí mismo»

Sócrates – Filósofo S. IV a. C.

Después de comprender que el camino de la trayectoria del alma nunca es en solitario, el ser se da cuenta no sólo de la necesidad de los demás para evaluarse a sí mismo, para probarse, para crecer y conseguir las metas y logros que nuestro espíritu inmortal anhela; al propio tiempo se hace consciente de que, aunque caminamos junto a otros, el esfuerzo, el mérito y el trabajo es únicamente personal.

Y aquí es cuando el alma empieza a vislumbrar su auténtica realidad: se encuentra frente a sí misma, y en este caso en solitario, pues todo lo que él no se decida a conseguir por su propio trabajo y esfuerzo nunca será patrimonio consolidado de su ser. Muchas veces los logros, los objetivos, las pruebas a superar y los retos que debemos conseguir para alcanzar mayor paz, elevación y nivel de conciencia vienen dados por las pruebas personales que nos vinculan a otros espíritus.

Estos son los casos en los que nuestro compromiso se haya vinculado temporalmente al de otras almas en el camino del progreso, pues de tales relaciones saldrá el beneficio para ambas que las leyes programan y nosotros aceptamos antes de encarnar. Y en estas circunstancias no sólo se tratan aspectos positivos, sino también pruebas y expiaciones. Tanto es así que, en este recorrido inmortal, encontramos etapas, vidas y circunstancias dolorosas que deberemos afrontar ineludiblemente como peaje necesario para nuestro crecimiento moral y elevación espiritual.

Así acontecen vidas de dolor y sufrimiento, unas veces para rescatar errores propios, otras para ayudar a otros a rescatarlos sacrificándonos por amor hacia otras almas que son merecedoras de nuestro afecto; y en tercer lugar se presentan vidas en las que el dolor nos visita porque voluntariamente así lo hemos solicitado para dar ejemplo a aquellos que nos rodean, o para probarnos y crecer espiritualmente en abnegación, sacrificio personal y fortaleza interior.

Como vemos, el alma tiene una casuística enorme, de gran variedad, y todo ello suele depender del lugar, de la posición evolutiva en la que nuestro espíritu se encuentra; o dicho de otra forma, del grado de avance y evolución moral que hayamos conseguido. 

El hombre es un ser moral, y su grado de conciencia respecto a la realidad y al mundo que le rodea depende de esta circunstancia: el nivel de conciencia que posee respecto a las auténticas leyes que rigen la vida del espíritu inmortal. Este tema -los niveles de conciencia- lo trataremos con detalle en próximos artículos; mientras tanto, baste saber que todas las almas recorren un camino paralelo que depende de su libre albedrío y voluntad para llegar antes o después al objetivo propuesto.

En estos estadios intermedios, o más concretamente, iniciales del despertar del alma a la vida del espíritu, cuando ya comienza a comprender que es algo más que materia, que es un ser inmortal que trasciende el fenómeno de la muerte, el alma se encuentra frente a ella misma con el dilema de cómo conseguir ese nivel que le haga abandonar el sufrimiento, encaminándole por sendas de progreso, paz, bienestar y equilibrio interior.

Estas etapas son difíciles, pues a veces son varias vidas las que nuestra alma necesita para comprender la necesidad de cambiar hacia el bien; y en esta comprensión se ve obligada a renunciar a sus herencias ancestrales más primitivas, renunciar a instintos, vicios o pasiones perturbadoras que retrasan su avance, pues la esclavizan a la materia. En este punto alcanza a comprender que si su espíritu es inmortal y es lo que prevalece eternamente, la materia es transitoria, y todo lo que le ate a ella de forma obsesiva le perjudica y le retrasa en su camino de ascensión.

Comienza entonces a darse cuenta de que, además del conocimiento de las leyes que rigen la vida del espíritu, estas de nada sirven si no se llevan a la práctica, consolidando una filosofía de vida desde que se levanta hasta que se acuesta cada día, en base a un código moral que le garantice el cambio y la transformación a la que aspira.

«Toda persona tiene la capacidad para cambiarse a sí misma»

Albert Ellis – Psicólogo Cognitivo

A distintas partes del planeta llegan los emisarios de lo Alto para dejar la huella de ese código moral sublime que acompaña el recorrido del alma hacia Dios. En el occidente tuvimos el código moral del Maestro Jesús, que, como ya adelantamos en artículos anteriores, supuso el punto de inflexión necesario en el que fijarse para producir la transformación que nuestra alma inmortal necesita, a fin de  liberarse de la ignorancia, el error y el sufrimiento.

En esos momentos de aceptación del compromiso de cambio hacia el bien, de renuncia a los vicios y pasiones perturbadoras, de abandono del orgullo y el egoísmo, la lucha del alma consigo misma es titánica. Tanto es así que requiere de tiempo, varias vidas y experiencias múltiples adquirir este punto de inflexión que supone para nuestro espíritu inmortal iniciar el camino recto de su propia felicidad. 

Es tanto el apego a nuestras tendencias milenarias negativas, a nuestros hábitos perturbadores, que se precisan dosis de valentía, claridad de principios, perseverancia y fe en Dios y su justicia para seguir sin desmayar hacia la renuncia a nuestro ego, adquiriendo la paz y la serenidad que nuestra alma nos imprime en todo nuestro ser. Es entonces cuando la conciencia se vuelve recta, los pensamientos nobles y la conducta se adapta al código moral sublime del amor al prójimo.

Se trata de una guerra poderosa contra aquella parte de nosotros que en otra época subvertimos al dejarnos llevar por el egoísmo, el orgullo o la ignorancia de creernos impunes de nuestros actos delictuosos del pasado. El sentido y gran reto de esta lucha es «vencerse a uno mismo».

Es tan importante esta etapa de la trayectoria del alma que, si la superamos con éxito, nunca más andaremos ciegos por la Tierra y en el espacio. Pues desde el momento que nuestra voluntad decida recorrer este camino de transformación moral y cambio hacia el bien, recibimos la ayuda no sólo de aquellos que nos aman desde el otro lado y que ya superaron esta etapa, sino también de aquellas otras fuerzas que nuestra fe moviliza a nuestro alrededor, y que se ven transformadas en actos de bien, de equilibrio, de ayuda al prójimo. 

Es cuando damos que más recibimos; es cuando nos olvidamos de nosotros mismos para pensar y actuar en el bien de los demás en aquello que necesitan de nosotros, cuando activamos en nuestra alma el resorte del auténtico amor al prójimo; el amor fraterno al que todos debemos llegar con la aspiración de incorporarlo a nuestra vida como hábito de conducta y renuncia total al egoísmo.

Cuando el alma comprende la necesidad de dar este paso, se enfrenta al esfuerzo extraordinario de llevarlo a su vida, y en esto consiste la lucha y el mérito del sacrificio personal que el amor fraterno nos exige, siguiendo así, pálidamente, el ejemplo que el alma angélica del Maestro Galileo dejó en su venida a la Tierra. Nada que tiene mérito se consigue sin esfuerzo.

Lucha titánica por: Antonio Lledó Flor

©2019, Amor, Paz y Caridad

«El que domina a los otros es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso»

Lao-Tse – Filósofo Chino (570 – 490 a.C.)

¿EXISTE UNA LEY MORAL?

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¿Existe una ley moral?

“Dos cosas me llenan de creciente admiración y sobrecogimiento: el cielo estrellado que hay sobre mí y la Ley Moral que hay en mi interior”

 Immanuel Kant – Filósofo S. XVII

Esta frase del gran filósofo prusiano, uno de los mayores pensadores de la historia de la humanidad, refleja bien a las claras el pensamiento de muchos grandes científicos y filósofos de todos los tiempos respecto a la búsqueda de una explicación sobre la existencia y orígenes del universo y de la naturaleza moral del hombre.

Pero también deja claramente establecido que el ser humano se rige en su interior por una Ley Moral de la cual apenas es consciente, y sin embargo es tan importante o más que las leyes naturales que rigen el funcionamiento del mundo a su alrededor. Veamos qué nos dice al respecto uno de los grandes eruditos (C.S. Lewis) del pasado siglo que, siendo ateo, se propuso refutar con argumentos lógicos todo lo que tuviera que ver con la fe y la existencia de una Ley Moral. El resultado de esta investigación de varios años le llevó precisamente a renunciar a su propio ateísmo y convertirse en uno de los mayores intelectuales defensores de la existencia de Dios. Y al respecto de la Ley Moral argumenta en su libro “Mero Cristianismo”:

C.S. Lewis….”¿Qué te parecería si alguien te hiciera lo mismo? La persona que reprocha no está simplemente diciendo que el comportamiento del otro no llega a agradarle. Está apelando a una norma de comportamiento que supone que el otro conoce. De hecho, es como si ambas partes tuvieran en mente algún tipo de Ley, regla de juego o de comportamiento decente, o de moral, en torno a la cual realmente estuvieran de acuerdo. Y la tienen. Disputar es demostrar que el otro está equivocado y no tendría sentido a no ser que ambos estén de alguna manera de acuerdo en lo que es el Bien y el Mal. Esta Ley o Regla sobre el Bien y el Mal los antiguos pensadores solían llamarla “Ley Natural” y lo que querían decir es la “Ley de la Naturaleza Humana.

El concepto de lo correcto y lo incorrecto parece ser universal entre todos los miembros de la especie humana. ¿Es esto una característica del ser humano o una consecuencia de las tradiciones y la cultura? ¿Existe una Ley Moral común o son normas de conducta específicas de cada cultura?

La respuesta es obvia si miramos las normas morales generales de la mayoría de las culturas, tradiciones, filosofías y religiones. En la Biblia, en el Libro de los Muertos Egipcio, en las Leyes de Manu hindúes, en el pensamiento de los estoicos, de los platónicos, de los pieles rojas, etc., encontramos las mismas condenas a la opresión, el asesinato, la traición, la falsedad y los mismos mandamientos de amabilidad y respeto a los ancianos y niños, a los débiles, y las necesidades de la caridad, solidaridad y honestidad entre los hombres. Esta es una evidencia más que suficiente para comprender que no son la cultura ni la tradición (tan distintas en las diferentes partes del mundo) las responsables del sentido moral del hombre, sino que este último está esculpido a fuego en su propia naturaleza.

Es por ello que esta Ley Moral existe desde que el hombre es hombre, y precisamente por ello entra en conflicto con algunos pensamientos actuales que dicen que el bien y el mal absoluto no existen, minusvalorando la ética y la moral como algo relativo. ¿Qué se persigue al negar la existencia del mal y del bien? La respuesta también es obvia: si no existen, no hay necesidad de ninguna ética ni moral. 

«La moral es la ciencia por excelencia; es el arte de vivir bien y de ser dichoso»

Blaise Pascal – Científico y Filósofo. (1623-1662)

Esta enorme falacia, proclamada y repetidamente divulgada, pretende igualmente desacreditar por un lado la inmortalidad espiritual del hombre, como un ser en proceso de evolución y transformación a lo largo de los tiempos mediante la reencarnación y sujeto a una norma superior de Ley Moral. Y en segundo lugar, despojando al hombre de su esencia trascendente -el alma humana- y de cualquier responsabilidad sobre sus actos, evita tener que aceptar la existencia de un Ser Superior que ha creado todo lo que existe, e incluso ha diseñado mediante su Mente Superior un Universo con propósito y significado del cual el hombre participa. 

Esta Mente Superior de la que procede la Mente Humana ha colocado en el hombre las bases de esa Ley Moral Universal que rige para todos los seres humanos. Esta es la forma en que podemos esperar que Dios se muestre a nosotros: “dentro de nosotros mismos”. La existencia de un Dios omnipotente fuera del universo -al margen del espacio y el tiempo- presenta esta característica, estar en nuestro interior y manifestar así sus leyes, haciéndonos actuar de determinada manera.

Esta es la grandeza de la Ley Moral que Dios ha esculpido en el hombre desde el principio de los tiempos y que supone una brillante luz que le guía en su trayectoria inmortal hacia la plenitud y perfección relativas, que nos esperan mediante el propio esfuerzo a través del crecimiento en inteligencia y bondad que, vida tras vida, vamos conquistando.

Es la huella de Dios en el hombre, en su mayor creación, refrendada por multitud de pensadores, filósofos, científicos y fundadores de religiones. Descartes (Matemático y Filósofo – S. XVI) afirmó en su libro «Meditaciones  Metafísicas»: “La idea de Dios se halla impresa en el hombre como la marca del obrero en su obra”. Confirmando el mismo precepto, los espíritus confirmaron a Allán Kardec el lugar donde Dios ha esculpido su Ley para el hombre en la respuesta a la pregunta 621 del L.E (*): “¿Dónde esta escrita la Ley de Dios? – En la Conciencia”. La frase de Jesús “Vosotros sois Dioses, todos podéis hacer lo que yo hago, si queréis” es una de las mayores confirmaciones de la presencia de Dios en el interior del ser humano.

Como podemos comprobar, la frase de Kant que encabeza este artículo no puede ser más acertada. La Ley Moral forma parte de la conciencia del interior del ser humano. El conocimiento que de esto nos ofrece la filosofía de Kardec es amplio, preciso y extraordinario, pues en un resumen magnífico en el Cap. I sobre la Ley Divina y la Ley Natural se explica, de forma sencilla y al alcance de todos, la importancia de estas leyes para la vida presente y futura del hombre como espíritu inmortal, así como las repercusiones que se derivan de trasgredir o aceptar los preceptos de esta Ley Moral Universal.

Es por ello que, al respecto de nuestro conocimiento del bien o del mal, “la Ley Moral se basa en la observancia de la Ley de Dios.” Item. 629 – L.E. Allan Kardec.

Una Ley nos ilumina, una Ley nos guía, aquella que Dios ha colocado en el alma humana para conducirnos al bien, la felicidad y la plenitud para la que estamos destinados. Es la Ley Moral que rige la naturaleza humana más allá del espacio y el tiempo.

¿Existe una ley moral? por: Antonio Lledó Flor

©2019, Amor, Paz y Caridad 

Un siglo antes del pensamiento de C.S. Lewis respecto a la Ley Natural, aparece la reflexión que los espíritus dejaron a Allán Kardec en el Ítem 776 del L.E. al respecto de la ley de Dios: 

“La Ley Natural, rige a la humanidad entera, y el hombre mejora conforme comprende y practica esta Ley”

(*) L.E. Libro de los Espíritus

FAMILIA DESCONOCIDA

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Familia desconocida
Imagen del film Nosso Lar, basado en el libro de Chico Xavier con el mismo nombre.

Familia desconocida

Es aquella que en esta ocasión no ha bajado a la Tierra a encarnar junto a nosotros, quedándose en el espacio a cumplimentar sus proyectos personales de progreso y crecimiento del alma.

Después de una trayectoria evolutiva de milenios, donde las reencarnaciones han supuesto infinidad de relaciones, afectos, desafectos, deudas y méritos contraídos con aquellos con los que vinimos como familiares, ¿cuántos espíritus, cuántas almas no se han vinculado hacia nosotros y nosotros hacia ellas? Y de todas ellas, ¿cuántas no han formado parte de nuestra familia carnal en una u otra existencia?

Sin duda muchas. Por ello, es preciso siempre diferenciar entre la familia espiritual y la familia material. El diferenciar no significa discriminar ni dar importancia a una sobre la otra. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que dentro de nuestra propia familia carnal hay personas que son más queridas que otras; hay algunas con las que sentimos afinidad inmediatamente, mientras que otras nos generan rechazo o distanciamiento. Aquí se encuentran escondidas las relaciones afectuosas o desgraciadas del pasado, que hemos de saber interpretar para aceptarlas y aprovecharlas adecuadamente para nuestra propia salud espiritual. 

Nuestra alma endeudada viene a veces junto a familiares que son nuestros deudores, o nosotros mismos tenemos para con ellos deudas de diversos tipos. Padres e hijos, madres, abuelos, etc., son el sustrato familiar que las leyes del progreso y evolución del alma utilizan para procurar que saldemos nuestras deudas del pasado. Al ignorar quien fue o qué nos relacionó con él, con ese familiar que nos genera rechazo, y sin embargo ser nuestro padre, madre  hermano en esta vida, los lazos de la carne suavizan los rechazos, y nos ofrecen una oportunidad de reconciliación.

Cuando el alma comprende, como se explicaba en el artículo del mes pasado, que somos todos hijos de Dios, comprometidos en el mismo camino de evolución y progreso -unos más adelantados y otros más atrasados-, el que más comprende o adelantado está tiene la obligación de ayudar, sacrificarse y comprender al otro.

Al mismo tiempo, el plano de igualdad en el que nos coloca la ley divina ante la justicia suprema hace que el alma humana comprenda que todo llega según los propios méritos y esfuerzos; nada se conquista con arbitrariedades, privilegios ni prebendas, pues las leyes de Dios son iguales para todos, pertenezcan a una u otra familia, sea esta última una familia noble, aristócrata, de desheredados o de míseros pobres de la Tierra.

El único linaje que reconocen las leyes espirituales es el linaje del bien y del amor superior, el que eleva al alma humana por encima de los títulos de nobleza, la fama, el prestigio o el reconocimiento social. Esto último apenas tiene ninguna importancia en el desarrollo del progreso del alma humana. Somos lo que somos porque lo conquistamos con nuestro propio esfuerzo y méritos por ser mejores, practicando el bien hacia nuestro prójimo y nuestras familias, espirituales o materiales. La condición moral es la única tabla rasa que diferencia al espíritu elevado del malvado, al sincero y noble del rencoroso y mentiroso, al egoísta del altruísta, al soberbio y orgulloso del humilde.

Son las características que diferencian las familias espirituales de las almas; aquellos que se alinean en una tendencia, por frecuencia vibratoria, por afinidad de pensamientos y por sentimientos idénticos se agrupan y se estimulan mutuamente, aquí en la Tierra y en el espacio.

Las familias son así el núcleo que permite el progreso del espíritu, esté encarnado o en el espacio. Nuestra alma reconoce al instante a aquellos que les son afines, pues sus pensamientos y sentimientos son similares a los nuestros y en su compañía nos encontramos a gusto y desenvueltos. 

Cuando el alma sale y se libera de espacios o lugares perturbadores donde permanecía ligado a espíritus de baja condición por afinidad mental y emocional, le cabe la responsabilidad de prepararse y ayudar -el día de mañana, una vez preparada convenientemente- a aquellos que se encontraban formando parte de aquella familia desviada a la que perteneció, haciéndoles ver las posibilidades de cambio y transformación en el bien hacia la felicidad y la serenidad de la que no gozan en esos ambientes oprimentes u oscurecidos. 

En base a esto último se observa la encarnación de espíritus valerosos que, comprometidos con algunos espíritus más retrasados que formaron parte de sus familias carnales en el pasado, vienen junto a ellos para dar un ejemplo. Así podemos ver familias enteras donde el desequilibrio reina por doquier; sin embargo, un alma entre ellas permanece lúcida, con las ideas claras respecto a lo que debe hacer en todo momento; mantenerse en sus planteamientos y principios será la tarea más dificultosa que tendrá que afrontar, a fin de no contagiarse por aquellos que han venido junto a él y cuyos intereses permanecen alejados de la renovación espiritual.

Sin embargo, su éxito será enorme si sabe enfrentar bien su tarea, pues pronto comprobará que a él acuden todos para que les solucione los problemas materiales que en su egoísmo, comodidad o materialismo no quieren enfrentar. Él será la referencia familiar para muchos de ellos, y para casi todos, antes o después, servirá de ejemplo de lo que es actuar con arreglo a una conciencia recta y una conducta intachable para con la vida y sus semejantes.

Ejemplos de este tipo se ven con frecuencia, y ahí se detecta claramente que el espíritu que se sacrifica a servir de ejemplo al resto progresa adecuadamente; esa alma comprometida, después de esa existencia en la que afrontará sus problemas como los problemas de los demás, quedará liberada del compromiso en próximas vidas, ayudando espiritualmente desde el espacio a todos esos espíritus queridos para él, pero ya sin comprometer su misión ni su trabajo en la Tierra como en la tarea que acabamos de describir.

Desde el espacio ocurre que, muchas veces, espíritus amados muy vinculados a nosotros, superiores espiritual y moralmente, no reencarnan junto a nosotros en alguna encarnación, pues tienen proyectos mucho más elevados de progreso a los que las leyes espirituales no los permiten de momento acceder por nuestra condición moral todavía atrasada.

Sin embargo, todos ellos están pendientes de nuestra misión en la Tierra, acudiendo a auxiliarnos cuando lo necesitamos sin que apenas lo sepamos. Hay también casos de otros espíritus de mayor condición a la nuestra que se sacrifican para traernos al mundo reencarnando como nuestros padres o madres, y desencarnando rápidamente o a los pocos años para afrontar sus compromisos en el otro lado de la vida. Sin embargo nunca nos olvidan, y allá donde se encuentran trabajando, su pensamiento de amor y protección encuentra con suma facilidad al hijo querido que tuvieron que abandonar en la Tierra por una causa superior. 

El trayecto y proyección del alma es, pues, a veces difícil de comprender si no se tiene siempre la visión de la inmortalidad y del reencuentro con nuestros seres queridos después de la muerte. La vida en la Tierra, además de incierta es muy corta, tanto es así que la verdadera vida es la del alma inmortal que, liberada de la carne en el otro lado, se convierte en un espíritu lleno de energía, fortaleza, esplendor y objetivos por conseguir y alcanzar.

La familia espiritual es, por tanto, diferente a la material únicamente por la elevación de los miembros que la componen. Sea como fuere, las relaciones con almas queridas, atrasadas o adelantadas a nuestra propia condición moral, siempre van a existir, y por ello nuestra familia más importante es toda la humanidad; la familia universal a la que todos estamos vinculados por ser hijos del mismo Padre que nos sustenta, nos crea inmortales, nos ofrece la oportunidad del progreso y el destino de la felicidad y el amor eterno que forman parte de su propia naturaleza.

Familia desconocida por: Antonio Lledó Flor

©2019, Amor, Paz y Caridad

APARICIÓN DE LA CONCIENCIA MORAL

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Aparición de la conciencia moral

«La Conciencia es la luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal»

Confucio

Como es lógico suponer, la conciencia moral del individuo se forja, crece y desarrolla al mismo tiempo que su espíritu trascendente va ampliando sus cualidades intelectuales y espirituales. En la aparición del ser humano, el espíritu que lo vitaliza y le permite sus primeras reencarnaciones bajo la impronta de esta chispa divina se presenta como un ser sencillo. Es como una tabla rasa, sin conciencia moral alguna, donde no hay registros que le permitan distinguir el bien del mal, sino simplemente diferenciar el bienestar del malestar que le generan las percepciones y sensaciones que recibe del mundo exterior.

En estos primeros niveles de evolución, la psiquis del humano, ya plenamente desarrollada en su parte animal, se guía por el instinto casi al cien por cien, y la inteligencia y la conciencia del bien y del mal no existe salvo para aquello que le genera cumplir con sus expectativas primarias de vida: alimentación, reproducción y supervivencia. 

Hay dos hechos fundamentales que le permitieron salir de esta etapa rumbo a la etapa hominal donde ya se encuentra. El primero de ellos es la toma de conciencia de las emociones primarias, y el segundo la socialización y el mimetismo con el reino animal. En la etapa anterior ha experimentado emociones de todo tipo, ha sufrido, ha gozado, ha sentido placer y tristeza. Era la etapa pre-humana, pero la diferencia con la de ahora es muy importante, pues aunque siga experimentando las mismas emociones que antaño, lo que ahora le acontece es que se ha vuelto consciente de esas emociones. Esto significa la aparición de los sentimientos (emociones conscientes).

Esta diferencia es sustancial, pues con la incorporación de las facultades superiores del espíritu en el homínido comienza la etapa humana, caracterizada sobre todo por “la toma de conciencia de uno mismo”, y con ello no sólo se vuelve consciente de las emociones que experimenta, sino que su mente comienza a saber que puede pensar acerca de lo que él mismo piensa. Se vuelve capaz de razonar sobre lo que acontece, se comienza a identificar él mismo como un ente independiente, con libre arbitrio y voluntad propia para modificarse a sí mismo y a su entorno.

La llegada del lenguaje y la verbalización de los pensamientos en el grupo social al que pertenece dará lugar a la etapa de socialización que le ayudará a imitar comportamientos, respetar las primeras normas de convivencia, y con ello comienza a instalarse una “conciencia moral primitiva para distinguir el bien del mal”, o lo que es lo mismo, sobre lo que es correcto o incorrecto según lo que el grupo tribal determina.

Al comenzar la etapa de humanidad, el espíritu humano va reencarnando y comenzando a ampliar su mente y su conciencia. Las costumbres y tradiciones van cimentando sus acciones y sus pensamientos, y no sólo el grupo social marca sus normas, sino que él mismo, en el grupo familiar que forma, se atiene a unas condiciones que entre sus miembros establecen tácitamente para mejorar su vida y las condiciones de los suyos. El instinto y la emoción le hacen copiar el comportamiento animal del que procede, y si el primero va dejando paso poco a poco a la inteligencia mediante los retos que la vida le presenta y que le obligan a pensar y ejercer la cognición, la segunda (emoción) va transformándose en algo nuevo, alcanzando lo que llamamos el sentimiento.

La diferencia entre emoción y sentimiento es que la primera aflora sin experiencia consciente, y el sentimiento es la transmutación de la emoción mediante una experiencia subjetiva o consciente que humaniza a aquel que la experimenta. Por ejemplo, la experiencia materna en algunos animales existe únicamente como emoción, sin sentimiento, pues abandonan a sus crías tan pronto las traen al mundo; sin embargo, en los animales superiores y el hombre ocurre algo diferente: en estas primeras etapas, el afecto y cuidados de la madre animal por los recién nacidos se transforma en un primitivo sentimiento amoroso que no sólo provee a sus crías de seguridad y alimento.

Así también comienza el desarrollo emocional y mental del ser humano en sus primeras etapas, y con ello también se desarrolla el sentido moral de “bueno y malo”, que comienza en “bienestar o malestar”, “”seguridad o peligro”, “lucha o huida”. Es la conducta, pues, la que inicia el sentido moral del hombre y con ello aparece lo que será, con el transcurso de las experiencias y vidas sucesivas, el desarrollo de la conciencia moral del ser humano.

Analizando los niveles de conciencia actuales del hombre lo comprendemos mejor. Esta primera etapa se asimila a la primera etapa de la “conciencia dormida”, aquella en la que el hombre es apenas un ser animal racional únicamente preocupado por alimentarse, reproducirse y sobrevivir. Es el hombre fisiológico, sin vida interior, al que no le interesan las experiencias elevadas (aprender, reflexionar, admirar la belleza, los valores superiores del ser humano, arte, literatura, solidaridad, fraternidad, etc.). ¿Cuántas personas conocemos que se rigen bajo este principio del egoísmo y materialismo exacerbado? Es la primera etapa de la conciencia dormida que se asimila a la etapa de algunos animales superiores que hemos explicado arriba.

En la segunda etapa  el desarrollo moral es mayor, el ser humano toma conciencia del bien y del mal, procura adaptarse a las normas ético-morales de las sociedades donde vive. Es la etapa de los “momentos de conciencia”, y aunque trasgrede con frecuencia los códigos sociales a los que se somete (ej.: justicia humana), sabe que debe atenerse a la moral social y las normas tácitamente aceptadas por la sociedad o país donde vive; de lo contrario, la ley cae sobre él y le obliga a cumplirlas, castigándole si es preciso para preservar el orden social.

Es la etapa en la que nos encontramos desde hace milenios, y donde la conciencia humana apenas se desarrolla por no atender a su auténtico cometido, el de los valores superiores del espíritu inmortal que le lleva en volandas hacia la tercera etapa, tan pronto como presta atención a su desarrollo espiritual. Esta etapa es la de la “Conciencia despierta”. Aquí, el hombre no sólo sabe que deber actuar bien en todo momento y lugar para con él mismo, con su prójimo y con la vida, sino que comienza a desarrollar el autocontrol sobre sus propias emociones, pensamientos y acciones. Esto le permite un nivel de conciencia superior, donde dirige libremente su vida hacia donde él quiere y no hacia donde le marcan las convenciones sociales, modas o tendencias materiales que imponen morales sociales frívolas, y a veces contrarias, a un sentido ético-moral superior procedente de los auténticos valores superiores de la vida.

Por último, existe una etapa de “Conciencia Trascendente” a la que se llega después de milenios de trabajo y evolución en el bien. Es la de aquellos que son uno con la Conciencia Universal o Mente Divina. Algunos espíritus superiores y perfectos que han venido a la Tierra han demostrado este nivel de Conciencia Moral, muy superior a los estándares que podemos encontrar en el ser humano actual. Son personajes de la talla de Buda, Krisna, Sócrates, San Agustín, Francisco de Asís, destacando especialmente Jesús de Nazaret, como referente occidental de la máxima expresión moral que podamos encontrar, reflejado de forma sublime en su mensaje de amor y enseñanzas superiores de moral divina.

Como vemos, la conciencia moral se desarrolla en paralelo a la evolución y progreso del alma inmortal, y no procede ni de la herencia biológica ni del azar ciego o aleatorio. Prueba de ello, por ejemplo, es la diferencia de conciencia moral existente entre dos gemelos univitelinos que poseen la misma carga genética, que son educados en las mismas escuelas, con los mismos condicionamientos socio-económicos y familiares y que, sin embargo, uno resulta una persona  malvada, egoísta o viciosa mientras que el otro el otro posee una conciencia moral elevada digna de destaque, que le lleva a la excelencia de sacrificar su vida en acciones de bien.

Es la prueba de la inmortalidad, de la herencia espiritual que todos traemos en nuestra alma milenaria llena de experiencias subjetivas, aciertos y errores, méritos y deméritos. Sin duda, es tan importante la actitud ético-moral ante la vida, que el desarrollo de nuestra conciencia moral depende de cómo nos comportamos y adoptamos las decisiones acertadas hacia el bien o hacia el mal. Estas decisiones marcarán nuestro futuro de forma inapelable, pues nadie puede escapar  ni a su conciencia ni a sus acciones a través de las futuras apariciones en la Tierra mediante la reencarnación.

Aparición de la conciencia moral por:  Antonio Lledó Flor

©2019 Amor, Paz y Caridad

«El anhelo de los seres humanos yace en la alegría permanente, en la vida inmortal, en la paz permanente, en la riqueza del espíritu y de la conciencia, la cual nunca acaba y dura eternamente.» (Anónimo)

AMIGOS PERMANENTES Y HERMANOS DEL ALMA

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Amigos permanentes y hermanos del alma

El alma recorre siglos y siglos en permanente y constante necesidad de progreso y evolución. El hombre es un ser gregario por naturaleza, y en las relaciones con los demás se forjan afectos y desafectos, amistades y enemistades, amor y odio, todo ello como consecuencia de nuestras apariciones en la vida física y de la forma en que nos desenvolvemos en ella.

En el transcurso de los milenios, las almas se entrelazan y establecen relaciones de amor-odio, afecto y gratitud, venganza y poder,  sumisión y esclavitud, imposición y dependencia, obsesión posesiva y respeto edificante, etc.  Esto termina apareciendo en el crisol de las relaciones humanas; sin embargo, la tarea del alma es ganar para su causa los afectos que permanecerán en el tiempo, dándose, esforzándose, comprendiendo, perdonando y amando.

Es por ello que, transmutar el odio por amor o la imposición por el respeto al semejante, son lecciones que el alma humana aprende muchas veces a través del dolor, viviendo en sus propias carnes las actitudes y acciones que adoptó frente a los demás. En muchas ocasiones, hasta que no se viven los efectos de la aflicción derivada del comportamiento criminal con nuestros semejantes, el alma no reacciona, pues cree obrar consecuentemente, dando rienda suelta a su egoísmo, sin pensar en los demás.

Es por ello que las lecciones de ir sembrando el bien, afianzando lazos de amistad y fraternidad mediante la entrega a los demás, genera enormes beneficios para el presente y el futuro del alma humana. 

Sabemos que la muerte no existe para el alma. Y que el tránsito a la otra vida nos reúne con espíritus afines a los que amamos, a los que queremos y con los que construimos familias, amigos…, además de enfrentar retos de progreso y evolución. Por ello, en su compañía nos encontramos felices, sentimos la alegría del reencuentro y experimentamos el amor que nos profesamos después de siglos de trabajo conjunto, sufrimiento, bienestar y dichas compartidas.

Estos espíritus de profundas relaciones afectivas con nuestra alma, estos seres que muchas vidas han formado parte de nuestra familia física, son verdaderamente los amigos que -como un tesoro- se encuentrtan a nuestro lado al traspasar el umbral de la muerte. Cuando nuestra alma desencarna y le llega la hora de partir, aquellos que nos aman y que nos precedieron en ese viaje, aguardan felices y amorosos el instante del reencuentro. 

La vibración del amor que experimentan hacia nosotros cuando nos acogen en el otro lado y nos protegen, encaminando nuestra senda en el reingreso en la patria del espíritu, la sentimos como una fuerza poderosa que despeja nuestra mente, aclara nuestras dudas y nos predispone a la nueva etapa espiritual que debemos afrontar. Esta percepción plena de sentimiento amoroso y luz espiritual, nos recuerda al mismo tiempo que el progreso y la inmortalidad de la que gozamos no es posible experimentarla en paz y felicidad si no es compartida con aquellos que se encuentran en el mismo camino junto a nosotros.

Nuestra alma consolida igualmente afectos con otros espíritus también encarnados que, comprometidos, bajan con nosotros en una misma misión de progreso, en la propia familia, amigos, círculo de relación, grupo espiritual, etc.

El amor es la fuerza poderosa que moviliza las relaciones entre espíritus lúcidos. Es por ello que la capacidad del alma para alejarse de las relaciones perturbadoras (egoísmo, posesión, resentimiento, envidia, etc.) de aquellos que se encuentran a nuestro lado , otorga a nuestro ser inmortal la felicidad que anhela aquí en la Tierra, y luego mayormente en el espacio, donde los sentimientos, emociones y pensamientos se expresan con toda su fuerza y claridad al no poseer el freno reductor de la materia física.

Hay ejemplos por millones: espíritus que se aman desde sus primeras encarnaciones en la Tierra como humanos. Otros hay que, habiendo sido enemigos encarnizados en el pasado y sufriendo recíprocamente las maldades del otro, ambos finalmente progresaron, se perdonaron y superaron sus diferencias, convirtiéndose en espíritus fraternos, dedicados el uno por el otro, apoyándose continuamente en las sucesivas encarnaciones y tránsitos de la vida física a la vida espiritual y viceversa.

También están aquellos que no se conocían, pero coincidieron en una etapa de la historia de la humanidad con un compromiso común, una misión a realizar, que exigió de ellos una capacidad de sacrificio heroica, afrontando conjuntamente dificultades inigualables con el fin de elevar su alma a estadios de amor fraterno. A raíz de estas grandes misiones compartidas muchos espíritus se unen en la Tierra y prolongan sus relaciones de amor, respeto, afecto y cariño en el espacio para toda la eternidad.

Otro ejemplo memorable es el de aquellas almas que en su trayectoria cometieron involuntariamente errores imperdonables . Sin embargo, la responsabilidad de sus actos recayó irremediablemente sobre ellos porque perjudicaron notablemente a otros con su actitud, condenándolos a lugares de oscuridad y perturbación en el más allá. Cuando los impulsores indirectos de este perjuicio son conscientes del daño causado, muchos se comprometen en primer lugar a rescatar la deuda contraída, ayudando a aquellos a los que tanto perjudicaron. Y así acontece que, cuando llegan al espacio y recuperan la lucidez se preocupan por rescatar a sus víctimas de las entrañas de la oscuridad en las que se encuentran atrapados.

Son misioneros que arriesgan su equilibrio y serenidad espiritual -todavía no muy elevada- bajando a las zonas profundas del astral inferior a rescatar a aquellos que se encuentran atrapados o sometidos por almas malvadas, ignorantes de las leyes divinas y rebeldes ante Dios. Lugares donde espíritus perversos ejercen su dominio y esclavitud sobre otros, tal y como hicieron en la Tierra. Hasta allí se desplazan estas almas comprometidas con el rescate de sus deudas para liberar de las garras de las sombras a aquellos a los que perjudicaron. A partir de aquí muchos de ellos se reconcilian y se perdonan iniciando lazos de fraternidad y compromiso mutuo que perdurarán durante siglos.

Como vemos, los «amigos permanentes« con quienes establecemos estas relaciones no siempre son miembros de nuestra familia terrena. Sin embargo esto último no es tan importante, pues todas las almas somos hijas de un mismo Padre, creadas iguales, y forjadoras del propio destino en base al libre albedrío que se nos concede para progresar. Por ello es de justicia considerar, que la mejor denominación que podemos darnos todos los seres humanos es la de considerarnos “hermanos unos de otros”.

Es a partir de este momento cuando el alma humana comprende que la grandiosidad del Amor Divino presenta sus reflejos en el amor humano. Y esta alma inmortal y trascendente comienza a esforzarse por adquirir ese amor del que carece, para entregarlo, no sólo a los seres queridos que se encuentran a su alrededor, sino a toda la humanidad, amigos o enemigos. Entiende y acepta que la humanidad es nuestra familia, y todos los seres inmortales que la habitan somos hijos de la misma fuente creadora y causa primera de todo lo que existe. 

Amigos eternos o enemigos irredentos, con el tiempo serán igualmente nuestros “hermanos del alma”. Si no podemos evitar tener enemigos, al menos nosotros no debemos sentirnos enemigos de nadie, orando por aquel que se siente enemigo nuestro, perdonándolo y deseando lo mejor para la rehabilitación de su alma, a fin de poder algún día abrazarlo con auténtica devoción y sincero amor fraterno.

Amigos permanentes y hermanos del alma por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? Todo aquel que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre. Marcos cap.III v. 20

 

 

 

 

¿HACEMOS LO QUE DEBEMOS?

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¿Hacemos lo que debemos?

“Ser útil en cualquier circunstancia, favorecer el progreso y vivir con dignidad son expresiones del deber ante la vida”

Sin duda ninguna, el sentido del deber es un valor en decadencia en la sociedad competitiva, materialista y excesivamente individualista que nos toca vivir. Basta observar con un poco de atención para comprobar que todo el mundo reclama todo tipo de derechos; sin embargo, pocos son los que son conscientes de los deberes que la convivencia en sociedad impone.

Es más, las ideologías libertarias más extremas no reconocen ninguna obligación con la sociedad salvo la que se acepta previamente mediante el consentimiento individual de la persona, como si fuera un compromiso adquirido al que hay que otorgar previamente la autorización individual; de lo contrario, argumentan, está en juego la libertad del individuo.

Craso error, notable disfunción e ignorancia de las obligaciones ético-morales que todo ser humano tiene para con el lugar donde vive, la sociedad de la que forma parte y las instituciones que le acogen, la primera de ellas la familia, con la que, se quiera o no, se tiene una obligación moral que debe ser atendida.

Nadie, en su sano juicio, puede desatender algunas cuestiones de responsabilidad moral que derivan principalmente del hecho de ser una persona, con capacidad de razonar y libre albedrío para escoger. 

Existen tres tipos de responsabilidad moral que los seres humanos aceptan explícitamente. La primera son los deberes morales universales, que son las obligaciones que tenemos ante los seres racionales como tales, que no requieren consentimiento alguno de la persona. Entre ellos podemos mencionar el tratar a las personas con respeto, procurar la justicia, evitar la crueldad, etc.

La segunda responsabilidad son las obligaciones voluntarias que aceptamos tácitamente en base a un compromiso, un consentimiento, un contrato, una promesa, etc. Y la tercera de las responsabilidades morales son las de la solidaridad. Estas son particulares y no requieren consentimiento alguno. Son  las obligaciones ante aquellos con los que compartimos una historia (miembros de una familia, sociedad, patria, etc.).

En la comprensión de estas responsabilidades que todo ser humano tiene, podemos observar y comparar si nuestra actitud respecto a las mismas es coherente. En otras palabras, de la actitud que tenemos frente a estas responsabilidades morales podremos deducir la respuesta a la pregunta de inicio: ¿Hacemos lo que debemos? Esto, desde el punto de vista humano, tiene sus propias connotaciones bajo el aspecto de la ética y la justicia humana. 

Pero ¿qué ocurre cuando extrapolamos estas obligaciones bajo la visión integral del ser humano trascendente, que sobrevive a la muerte y que deviene de experiencias milenarias en la carne a través de la reencarnación? ¿Existen responsabilidades morales que acompañan al alma humana a través de su trayectoria milenaria?

El hombre integral está formado de cuerpo y alma, e incluso de un cuerpo intermedio entre ambos que sirve nexo, unión y vitalización, permitiendo la trascendencia y las experiencias que le ayudan en el crecimiento intelecto-moral a través de los milenios. Es, pues, lógico comprender que somos hoy herederos de nuestra propia historia, de nuestro proceso antropológico individual, de nuestras decisiones y actuaciones acertadas o erróneas en el pasado que nuestro inconsciente archiva y perpetúa en el tiempo.

En base a esto último, somos responsables moralmente de todo aquello que hicimos y hacemos. De aquí que las leyes espirituales que rigen el proceso evolutivo del ser humano sean fundamentalmente de orden moral, a fin de garantizar el crecimiento y desarrollo del ser en su camino hacia la plenitud, la iluminación y la felicidad. 

Es la conciencia moral formando parte del inconsciente que caracteriza el súper-yo de Freud. Y sobre todo es el lugar donde se inscriben las leyes de Dios, según afirmaron los espíritus a Kardec:

“¿Dónde está escrita la Ley de Dios?: En la conciencia” 

Ítem nº 621 del Libro de los Espíritus

Es por ello que afirmamos con rotundidad que, por encima de otra cosa, “el hombre es un ser moral”, siendo así que la ley principal que regula el orden y equilibrio del alma humana con fines educativos y nunca punitivos es la “ley de causa y efecto”. Por ella recibimos en nosotros mismos los efectos de aquello que hicimos en el pasado, bueno o malo, dichoso o doloroso, como resultado de nuestras acciones pretéritas.

El cumplir con el deber ético-moral que la sociedad humana nos exige no está reñido en absoluto con el deber moral que nuestra alma debe aceptar, a fin de seguir creciendo, evolucionando, progresando en inteligencia, moralidad y libertad. Cuando hacemos lo que debemos, en el sentido humano o espiritual, una paz interior nos acompaña y la serenidad del deber cumplido nos otorga un estado de equilibrio que nos ayuda en nuestro transitar por la vida.

Mientras que cuando incumplimos nuestras obligaciones morales a nivel humano o espiritual aparece el disturbio; la conciencia nos acusa, la inquietud y la zozobra nos cercan y con frecuencia la culpa se instala en nuestro interior, aunque exteriormente queramos colocar la máscara de la apariencia.

Es importante saber que en el terreno de lo humano la justicia es imperfecta, pero las leyes que la sociedad se otorga a sí misma para facilitar la convivencia conlleva no sólo derechos, sino también obligaciones para con nuestro prójimo.

Bajo un enfoque trascendente, hacer lo que se debe es signo de madurez psicológica y espiritual, es la prueba evidente de que el alma encarnada ha comprendido el sentido de su vida aquí en la Tierra, un periodo transitorio en el que debemos hacer lo correcto, lo que nos comprometimos a ejecutar antes de encarnar. Concretando: cumplir el compromiso que aceptamos libre y voluntariamente antes de venir a la Tierra. 

“El esfuerzo en el cumplimiento del deber resulta de la conquista moral que alcanza la conciencia en plena sintonía con el equilibrio cósmico”

El cumplimiento del deber, el hacer las cosas correctamente en base a los códigos morales que las leyes espirituales señalan para el hombre, permite al alma humana crecer en felicidad, equilibrio y armonía. Los efectos saludables de esta actitud ya se sienten al instante, estando encarnados, no es preciso esperar recompensa alguna por el deber cumplido.

Cuando cumplimos con nuestras obligaciones espirituales, la salud física, mental y psicológica se instalan en los centros de fuerza de ese cuerpo intermedio llamado periespíritu, y de forma inmediata son transferidas a los centros celulares y orgánicos, produciendo un equilibrio de las células y del funcionamiento orgánico, retrasando el envejecimiento y liberando a través de las neuronas y las glándulas suprarrenales las sustancias bioquímicas que nos producen felicidad y sensación de bienestar, léase serotonina, noradrenalina, dopamina, etc.

Además de ello, el ser humano, al cumplir con su deber, se siente mental y emocionalmente equilibrado y avanza con mayor seguridad en el tránsito de la vida física, evitando con frecuencia los miedos y los obstáculos que suelen condicionar las realizaciones. Es un proceso en el que la armonía interior viene a visitarnos y nos ofrece la oportunidad de seguir creciendo y progresando espiritualmente con el cumplimiento de nuestras obligaciones.

Es pues un paso importante tomar conciencia de las obligaciones y responsabilidades ético-morales, tanto humanas como espirituales. No deben desdeñarse en absoluto, pues a través de ellas nos volvemos ejemplos útiles, solidarios y agentes del bien en el entorno en el que nos desenvolvemos, colaborando con ello al bienestar social y familiar al servir de ejemplo a aquellos con los que nos relacionamos.

¿Hacemos lo que debemos? Preguntemos a nuestra conciencia, realicemos introspección y evaluemos, en el conocimiento propio, la respuesta adecuada. Mirando al interior con objetividad, sin intentar engañarnos a nosotros mismos, comprenderemos que el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones no es una carga ni un castigo, sino más bien la gran oportunidad de progreso que se nos ofrece con la recompensa inmediata del equilibrio y la armonía interior.

Y en cuanto a los beneficios que esta actitud nos reportará en la evolución personal de nuestra alma inmortal, el tiempo y la ayuda inmediata que recibiremos serán la constatación evidente de nuestro crecimiento y progreso hacia la felicidad que a todos nos aguarda.

¿Hacemos lo que debemos? por: Redacción

2019, Amor, Paz y Caridad

“El deber que nos impone renuncia y sacrificio también nos eleva hacia la armonía, liberándonos de los conflictos y de las dudas” 

Divaldo Franco/Juana de Ángelis- Libro “Jesús y la Actualidad”

Otras editoriales: Imperfecciones en el espacio, La compasión

OLVIDO DE VÍCTIMAS Y VERDUGOS

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Olvido de víctimas y verdugos

Cuando vivimos encarnados, nuestra alma no recuerda conscientemente lo que hizo ni lo que fue en otras vidas. Algunos argumentan que esto es un punto en contra de la reencarnación, pues según ellos todo sería más fácil si pudiéramos recordar de dónde venimos y qué hicimos. Nada más lejos de la coherencia y la realidad que este argumento.

La soberbia del hombre, que cree saberlo todo, intenta responder los interrogantes del alma humana sin contar con la sabiduría de aquel que la ha creado. Dios ha colocado unas leyes que rigen el proceso y trayectoria del alma hacia su plenitud y perfección (ley de evolución, de reencarnación, de consecuencias o causa y efecto, etc.); y precisamente estas leyes impiden al alma humana recordar sus actos del pasado en este estadio evolutivo en el que nos encontramos, porque sería enormemente perjudicial para nuestro avance.

En etapas posteriores, cuando el espíritu alcanza un grado de conciencia superior la maldad ya no anida en él, y aunque todavía no ha alcanzado la perfección, ya le está permitido el conocimiento de aquello que fue y los motivos que condicionan sus reencarnaciones en mundos superiores. Pero nuestra humanidad es todavía una escuela de infantes espirituales. Estamos apenas comenzando el recorrido que nuestra alma precisa. Hace muy poco, algunos cientos de años, que acabamos de salir del primitivismo de los instintos, la violencia, de las actitudes inconscientes que nos hacen dañarnos a nosotros mismos y los demás.

Esto es motivo más que suficiente para que esas leyes que rigen de forma perfecta el desarrollo del alma inmortal, equilibren las necesidades espirituales de los espíritus que encarnan en un determinado planeta, en función del nivel de evolución que poseen los habitantes de ese mundo. 

Si observamos a nuestro alrededor comprenderemos que, aunque el planeta Tierra ha progresado enormemente en ciencia, tecnología y conocimiento, en el apartado moral una gran cantidad de espíritus se encuentran estancados en el primitivismo de eras pretéritas, lo que les condiciona hacia actitudes de violencia, codicia, avaricia, egoísmo y materialismo profundo, impidiéndoles reconocer sus propios errores y viviendo únicamente para satisfacer sus instintos primitivos sin preocuparse del daño que causan a otros con su actitud.

Imaginemos pues que nuestros errores y acciones delictuosas del pasado, así como las de todos los habitantes del planeta estuvieran al alcance del conocimiento de todos. Encontraríamos a una mayoría incapaz de perdonar las vejaciones sufridas, comenzando una espiral de odio y violencia inigualable que nacería en primer lugar en las propias familias. Siendo precisamente en el entorno familiar donde las leyes espirituales aprovechan los lazos consanguíneos de la reencarnación (padre, hijos, madres, abuelos, etc.) para pulir sentimientos de odio y de rencor que nacieron entre esos espíritus en el pasado y sustituirlos por otros de afecto mutuo que los vínculos familiares suelen facilitar.

El olvido del pasado es así una bendición, una dádiva que Dios concede al alma humana en sus primeras etapas evolutivas para que, en la ignorancia de su procedencia delictuosa, tenga la oportunidad de partir de cero, reconstruyendo afectos donde había odio, reconciliando enemigos, ayudando así a la evolución del alma de todos.

Este desconocimiento de quienes fueron víctimas y verdugos suele ayudar, y con ello nuestra alma tiene las fuerzas necesarias para cambiar sus actitudes, para regenerar sus sentimientos innobles o rencorosos por otros de amistad y perdón.

La ignorancia de lo que hicimos es importante para no condicionar nuestro presente ni nuestro futuro. Algunos, con un pasado criminal importante, serían incapaces de regenerar su alma, acosados por el remordimiento o el hostigamiento de aquellos que fueron sus víctimas, al reconocerlos de inmediato en la Tierra. 

¿Fuimos víctimas o verdugos? Si fuimos víctimas y somos capaces de perdonar, sin duda nuestra alma se eleva, crece, se libera, se llena de luz y sube un peldaño extraordinario en la escalera de su propia sublimación. Si fuimos verdugos, necesitamos del perdón, reconociendo con anterioridad nuestra falta, arrepintiéndonos e intentando repararla en todo lo que nos sea posible.

Nadie está libre del error, y todos necesitamos ser perdonados, pues con toda  seguridad, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, nuestros actos, nuestros pensamientos o sentimientos, en definitiva nuestras almas, cometieron errores que perjudicaron a otros y por los que debemos dar cuenta, rectificar y pedir perdón, demandando así también el perdón de los demás.

Sin duda, casi todos hemos sido víctimas y también verdugos. Esta lección, aunque pueda parecernos incomprensible en el momento actual, pues no nos reconocemos a nosotros mismos con esas tendencias, es fruto de nuestra imperfección, y las venimos arrastrando desde épocas pretéritas.

Así pues, el dicho de Jesús a los fariseos respecto a la mujer adúltera :»el que esté libre de pecado que lance la primera piedra», es real, auténtico, y todos necesitamos del perdón, aunque ahora mismo en el momento que vivimos no veamos necesidad de ello.

Nuestra alma, en su recorrido inmortal, sabe y conoce perfectamente nuestra propia trayectoria, siendo consciente de sus errores cuando recupera la lucidez después de una existencia en la carne. Y allí, en plena claridad espiritual, comprende con nitidez la necesidad del perdón para todos los seres que, aun imperfectos, necesitamos nuevas oportunidades de progreso. 

Incorporar la indulgencia, la compasión, el perdón y la misericordia al acervo espiritual de nuestra alma es una tarea que a todos nos compete. Y esta es una de las mayores caridades que podemos hacer a los demás y a nosotros mismos. 

Una caridad basada en el amor al prójimo y a nosotros mismos, a fin de evitar ya, de una vez para siempre, convertirnos en verdugos de nadie nunca más, ni por acción ni omisión, impidiendo así que nuestra alma caiga en las perturbaciones y entorpecimientos de la venganza a pesar del olvido del pasado.

Olvido de víctimas y verdugos por: Antonio Lledó Flor

©2018, Amor, Paz y Caridad

FENÓMENOS DE LA EMANCIPACIÓN DEL ALMA

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Fenómenos de la emancipación del alma

«El alma posee sus facultades, como el ojo las suyas. Hay que evaluarlas por sí mismas y no por analogía» 

Allan Kardec – Libro de los Espíritus – Item 455

Entre las ciencias que intentan explicar de alguna manera los fenómenos paranormales, encontramos disciplinas como la metapsíquica, la parapsicología o la psicología transpersonal. Sin embargo, hasta la fecha, todavía no se ha publicado un manual más clarificador, exacto y preciso sobre la fenomenología paranormal que “El Libro de los Médiums” de Allán Kardec, codificador del espiritismo.

En él encontramos las distinciones sobre los fenómenos paranormales más claras y precisas. Una de ellas es la diferenciación entre los fenómenos anímicos (procedentes del alma humana) y los fenómenos mediúmnicos (aquellos producidos por el intercambio entre dos espíritus, uno con cuerpo físico y otro en el mundo espiritual).

Hoy hablaremos de los anímicos, entre los que destacan notablemente los fenómenos que son consecuencia de la emancipación del alma, y que podemos definir y conceptuar como aquellos que se producen mediante la separación temporal y espacial del alma encarnada. Aquí podemos encuadrar algunos como la psicometría, la telepatía, la clarividencia o los sueños. Nos referiremos a ellos a fin de distinguirlos de aquellos otros fenómenos de orden mediúmnico.

«Las dimensiones espirituales de la realidad pueden ser directamente experimentadas de un modo tan convincente como nuestra experiencia del mundo material, si no más aún. Un estudio detallado de las experiencias espirituales muestra que no pueden ser explicadas como productos de un proceso patológico en el cerebro, sino que son reales».

Dr. Stan Groff, Psiquiatra fundador de la Psicología Tanspersonal

Los fenómenos anímicos, como bien indica su definición, son fenómenos que se producen a consecuencia de la expansión del alma humana, en diferentes expresiones de la conciencia que los psiquiatras y psicólogos denominaron en tiempos pasados «estados alterados de conciencia». Hoy en día, la Psicología Transpersonal ha cambiado la denominación, y lejos de considerar estos fenómenos como patologías de la mente humana, son tratados como otras formas de expresión de la conciencia. 

Este planteamiento no hace más que reafirmar la línea de investigación de Carl G. Jung, que denominó a estos fenómenos «expresiones numinosas del alma». Nunca más debían considerarse estados patológicos, sino formas diversas de expresión de la conciencia que permiten al ser humano acceder a realidades anímicas que amplían percepciones reales, extraordinarias, creativas y eminentemente satisfactorias. Aquí podríamos incluir estados de conciencia como los éxtasis místicos o espirituales, los momentos de inspiración de los artistas, las conexiones con el pensamiento cósmico, etcétera.

Todos estos fenómenos, como los mencionados arriba igualmente, tienen un denominador común: el alma humana se ve a sí misma expandida, pudiendo llegar a captar percepciones y sensaciones que no puede percibir en un estado “normal” de conciencia. La expansión del alma humana tiene mucho que ver con su desdoblamiento. Es decir, se trata de un proceso similar al que se experimenta durante el sueño, cuando nuestra alma sale del cuerpo y es capaz de viajar por el espacio y el tiempo sin mayor límite que nuestra vuelta al estado de vigilia. 

En los casos que nos ocupan, el proceso es el mismo, con una pequeña pero importante diferencia: no estamos dormidos sino conscientes, con pleno uso de nuestras facultades cognitivas, racionales y emocionales. Tanto es así, que las personas que tienen capacidades de telepatía, telequinesia o psicometría, perciben sus captaciones estando plenamente conscientes. Su alma se desdobla, se expande, capta, y en el mismo estado consciente recibe las impresiones que  experimenta en el instante, siendo capaz de retenerlas en la memoria y explicarlas.

Resumiendo algunas definiciones de estas facultades anímicas, podemos aclarar que la Psicometría es una capacidad que permite, al contacto con ciertos objetos, hacer una lectura o percepción de la historia de ese objeto (a quién perteneció, qué importancia tuvo, etc.). A través de su periespíritu y de forma automática, el psicómetra puede emanciparse del cuerpo y moverse en el espacio y en el tiempo hacia el pasado, entrando en conexión con la Memoria Cósmica, donde encuentra las influencias vibratorias de los objetos y lugares que le permiten la percepción. (por ejemplo, psicómetras que colaboran con la policía para encontrar a personas desaparecidas a través de un objeto que les perteneció).

A diferencia, la Telepatía permite a la persona con esta facultad conectar con otras Mentes. El proceso puede ser bidireccional, es decir, la persona con capacidad telepática puede ser receptor y/o emisor al mismo tiempo. En realidad, la Telepatía no es mas que la comunicación mental entre personas, con naturalidad (ejemplo: “Usted captó mi pensamiento, eso mismo iba a decirle”). Es una proyección a distancia del pensamiento o de la imagen de una persona. Hoy se sabe que todo el Universo está entrelazado; la realidad física está interconectada y la telepatía es un ejemplo de esto mismo. La energía y vibración del pensamiento en determinada frecuencia permite la atracción de pensamientos o imágenes semejantes que sintonizan la conexión mente-mente. No es, pues, ningún don divino ni poder sobrenatural.

“Los fenómenos psíquicos demuestran ser la consecuencia inevitable de la existencia de una realidad física inter-conectada y entrelazada” 

Dr. Dean Radin

La Clarividencia es el hecho diferenciado de contemplar a distancia, a lo lejos, en el espacio o simultáneamente en el tiempo, acontecimientos que se están produciendo en ese instante, sin conocimiento directo alguno de los mismos. 

Hoy, con las nuevas tecnologías no es sorprendente; podemos ver al instante lo que ocurre a miles de kilómetros. Pero imaginemos en el pasado, cuando no existían medios de comunicación instantáneos. Hombres como Swedemborg, que en el siglo XVIII visualizó el incendio de Estocolmo al mismo tiempo que estaba produciéndose, estando a más de 500 km de la capital sueca. O el inefable y extraordinario Apolonio de Tyana, que estando ofreciendo una prédica en la ciudad griega de Éfeso a más de 1000 km de Roma, tuvo la visión en ese mismo instante del apuñalamiento y muerte del tirano emperador de Roma, Domiciano, el 18 de Septiembre del año 86 d.C., relatando a sus oyentes de forma precisa los detalles de lo que veía en ese momento.

No debemos confundir “Clarividencia con Doble Vista”. Esta última es empleada por Kardec para explicar y definir la percepción visual del mundo de los espíritus que poseen muchas personas. Todo sería mucho más fácil admitiendo la existencia del espíritu y la emancipación del mismo, pues el periespíritu que envuelve energéticamente el cuerpo biológico es el punto de conexión y energía que permite la producción de todos los fenómenos paranormales.

El conocimiento detallado del proceso de desdoblamiento del alma que explica Allán Kardec en el Libro de los Espíritus y en El Libro de los Médiums, es tan detallado, preciso y perfecto, que relata con una minuciosidad extraordinaria los fenómenos anímicos. Esta fue una de las bases de conocimiento que J. B. Rhine (Fundador de la Parapsicología) investigó para poner en marcha las pruebas y evidencias científicas que demostraron la telepatía, la telequinesia y la psicometría como facultades que el denominó «Psi».

El problema principal, como en todos los casos en los que interviene el libre albedrío y el alma humana, es el hecho de que todos estos fenómenos psi no se reproducían a voluntad en el laboratorio tantas veces como se prestaban al fenómeno las personas capacitadas para ello. Estamos hablando de fuerzas del inconsciente profundo que no se pueden ejercer cuando se quiere. Este hecho no ilegitima ni desautoriza el fenómeno psi, pues las pruebas y evidencias son tan abrumadoras, reales y ciertas que son contrastadas con los resultados de las mismas. Además, estos estados especiales de conciencia están ya siendo demostrados por la psicología, la neurología y la genética, dependiendo de condiciones anímicas, fisiológicas y espirituales.

Terminaremos, pues, con otra afirmación respecto a la emancipación del alma:

“En el estado de emancipación la vida consciente del cuerpo cede a la del alma. Pero no se trata de dos existencias sino de dos fases de una misma vida, porque el hombre no vive doblemente” Allán Kardec L.E.: Item 413

 

Fenómenos de la emancipación del alma por: Antonio Lledó Flor

©2018, Amor, Paz y Caridad

ENEMIGOS OCULTOS

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Enemigos ocultos

En la nueva era para el alma humana que se vino a instalar con motivo del advenimiento, enseñanza y ejemplo del Maestro Galileo, destacaban precisamente las formas, la manera en que se podía seguir ese código moral sublime que permitiera al ser interno progresar y alcanzar el «Reino de Dios» que se encuentra dentro de nosotros, según las palabras del propio Jesús.

¿Cómo conseguirlo? Era tan difícil para un alma embrutecida por la violencia, las pasiones o los vicios como para aquellos que, aun reconociendo internamente sus errores y carencias, no estaban acostumbrados a corregirse a sí mismos. 

A este camino difícil y escabroso por el que nuestra alma recorre varias vidas alternando entre el sufrimiento (consecuencia de nuestros errores del pasado) y los estados de relativo bienestar, se unía la dificultad de aquellos enemigos ocultos que impiden la regeneración espiritual y la visualización del camino correcto que nuestra alma desea fervientemente emprender, acercándose hacia el destino para el que ha sido creada.

Esos enemigos ocultos nublan la visión de la mente espiritual, del impulso más genuino del espíritu, que tiende siempre hacia la plenitud y el acercamiento a la fuente de la que procede.

El espíritu, creado al igual que el Universo por la Mente Divina, es ante todo  principio inteligente; por ello, nuestro «ser», nuestra «alma», es fundamentalmente aquello con lo que pensamos y que luego realizamos mediante la voluntad, sea en la Tierra como encarnados o desencarnados (ya en el espacio). 

Por ello si la mente se nubla: «si el pensamiento te engaña, te engañará la razón». Y en esos momentos sólo queda el recurso de recurrir al corazón, a la bondad y los actos nobles que nos acercan al amor y disipan la niebla de la mente, aclarando el camino que nuestra alma necesita recorrer.

Cuando cegados por las pasiones, los defectos morales o los vicios, dejamos de razonar y nos comportamos (aunque sea por instantes) retornando a nuestro pasado violento y egocéntrico, dando rienda suelta a nuestros instintos antes que a nuestros principios morales, el alma se oscurece, la razón se ofusca y el principio espiritual e inteligente sufre interiormente la vuelta al pasado más oscuro de nuestra ancestral evolución espiritual.

Este es un gran enemigo, la falta de conocimiento interior, el no saber qué somos, de dónde procedemos y hacia dónde nos encaminamos. Y si a ello unimos que ese desconocimiento nos vuelve inconscientes de nuestra realidad imperfecta, caemos en el gran error de traicionarnos a nosotros mismos. Nuestra propia naturaleza espiritual se ve violentada por nuestro ego; este último sobrepuja a nuestro verdadero ser, y de esta manera oscurece nuestro presente, comprometiendo nuestro futuro de forma infeliz al crear las causas dolorosas que vendrán hacia nosotros por un comportamiento desdichado que daña a nuestro prójimo y a nosotros mismos.

La ignorancia sobre nuestras debilidades es otro enemigo oculto que suele pasar desapercibido. El orgullo, la soberbia y el amor propio constituyen la base que perturba nuestra alma de forma absoluta, encerrándola en un círculo vicioso del que le costará liberarse varias vidas. Estos elementos, derivados de los hábitos perniciosos que hemos ido sedimentando en nuestra conciencia durante los actos equivocados del pasado y del presente, condicionan la trayectoria de nuestra alma de forma evidente, alejándonos de la felicidad, la paz interior y el equilibrio emocional.

Otros enemigos ya no proceden de nuestro interior y trayectoria espiritual, sino de las víctimas que nuestros errores han ido dejando en el pasado. Al igual que nosotros mismos, aquellos a quienes perjudicamos en el pasado pueden optar por perdonar y liberarse, o intentar cobrarse la deuda que tienen contra nosotros. Si esto último acontece, algunos espíritus que son vengativos intentarán resarcir su deuda con nosotros creando todo tipo de problemas en nuestra andadura espiritual, en la Tierra o en el espacio.

Cuando encarnan junto a nosotros constituyen una prueba que se nos presenta, pues deberemos soportar y perdonar sus afrentas. Y aunque no aceptemos lo que hacen, si nuestra alma interiormente está lúcida, sabrá responder con indulgencia, perdonando y entendiendo que el que nos agrede no es más que un enfermo espiritual, y que nosotros mismos también pudimos haberlo hecho igual en el pasado, por lo que pediremos para ellos misericordia y paz, perdonándolos de verdad, de corazón, a fin de liberarnos de las causas que (casi con seguridad) nosotros mismos sembramos en el pasado.

Cuando se quedan en el espacio y nosotros encarnamos, estos enemigos del pasado pueden convertirse en obsesores, cuyo daño apenas veremos venir. Sin embargo, intentarán perjudicarnos colocando obstáculos en nuestro camino de progreso espiritual, cuando no, hacernos daño directamente incentivándonos pasiones y vicios que nos lleven a la autodestrucción, intenciones innobles, pensamientos suicidas, ataques indirectos a través de seres queridos, etc. Todo con el fin de conseguir hacernos fracasar en el compromiso espiritual que traemos a la Tierra.

Estos enemigos ocultos, los que proceden de nuestro interior (vicios, defectos morales, pasiones descontroladas) o los que son consecuencia de nuestros actos delictuosos, (espíritus enemigos o adversarios del pasado), son sin duda grandes obstáculos que debemos superar para que nuestra alma crezca en luz, claridad, fortaleza y progreso moral e intelectual.

Estos obstáculos, que deberán ser resueltos por el progreso espiritual de nuestra alma, necesitan imperiosamente por nuestra parte del cambio de algunas actitudes para poder solventarlos. Probablemente no lo conseguiremos en una única vida, pero es preciso comenzar este trabajo pues, sin liberarnos de ellos, permaneceremos en el bucle pernicioso del sufrimiento, y será  difícil acceder a otra etapa que nuestra alma necesita para seguir creciendo en conciencia y plenitud.

El perdón es el bálsamo precioso que nos libera de las ataduras y de la venganza que aquellos que nos agreden pretenden imponernos. La humildad es la otra actitud que deberemos adoptar para impedir que el orgullo y la soberbia aniden en nuestros corazones y nos impidan reconocer nuestras propias faltas y errores.

Con el perdón y la humildad derrotaremos fácilmente estos enemigos ocultos que nos acechan; preparando nuestra alma inmortal para un siguiente paso, en el que nuestra conciencia se haga más nítida y clara sobre los principios esenciales que necesitamos comprender para avanzar y liberarnos del dolor que nuestra propia imperfección sembró en nuestro recorrido evolutivo.

Enemigos ocultos por:  Antonio Lledó Flor

©2018, Amor, Paz y Caridad

CONTRADICCIONES DEL PENSAMIENTO MATERIALISTA

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Contradicciones del pensamiento materialista

«Mantengo que la ciencia está reprimida por supuestos que tienen siglos de antigüedad y que se han consolidado como dogmas… El sistema de creencias que gobierna el pensamiento científico convencional es un acto de fe, encallado en la ideología materialista del siglo XIX»

Dr. Rupert Sheldrake -Biólogo y Genetista – Libro: «El Espejismo de la Ciencia»

Desde que en el siglo XIX el pensamiento materialista de las corrientes positivistas comenzó a influenciar el pensamiento científico, hoy podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos, que este es el “pensamiento único predominante» en la mayoría de universidades, instituciones y sedes que investigan y desarrollan el avance de la ciencia en este mundo.

Sin embargo, es curioso observar la paradoja entre las posturas oficiales de muchos científicos que se consideran materialistas y herederos de la más pura tradición ortodoxa de ese pensamiento, negando la existencia del alma o de cualquier ser trascendente como origen de todo lo que existe y la permanente contradicción con las posiciones personales que muchos de ellos mantienen en sus propios sistemas de creencias religiosas.

Salvo aquellos que se declaran ateos o agnósticos, los científicos que son auténticos buscadores de la verdad no niegan ni afirman nada. Antes al contrario, partiendo de una idea o planteamiento de búsqueda desarrollan sus investigaciones, elaborando a continuación una tesis sobre las mismas para apoyarse en el método dialéctico que les permite contrastarla con las antítesis adecuada, a fin de elaborar una hipótesis final y definitiva que tendría que ser refrendada y justificada por las evidencias.

No siempre sucede así. Las evidencias son certezas que ayudan en la consolidación de una hipótesis dada, pero nunca deben ser tomadas como dogma de fe; de lo contrario, la ciencia se convierte en aquello que los ateos materialistas denuncian: una creencia o un mito basado en supuestos y no en pruebas fehacientes de la realidad.

Lamentablemente, el retroceso del pensamiento materialista dentro de la ciencia se produce muy lentamente. Y, sin embargo, existen poderosas razones para que esto se produzca más aceleradamente en función de los avances de disciplinas como la física, la biología, la medicina o la psicología. Fundamentalmente, el pensamiento materialista  afirma que todo es materia, que la conciencia no existe y, por tanto, la realidad que observamos no sólo carece de propósito o sentido alguno sino que la experiencia personal y lo que nuestros sentidos captan no es más que una ilusión.

Este planteamiento es eminentemente determinista, pues si  «todo es materia muerta, sin sentido ni propósito alguno”, si solamente somos máquinas celulares dirigidas por genes ciegos que actúan aleatoriamente, ¿dónde queda el libre albedrío y la conciencia?. Para los materialistas está muy claro, el libre albedrío no existe y la conciencia no es más que una ilusión de nuestros sentidos.

Sin embargo, la realidad nos demuestra otra cosa. Usted, como yo y todos los seres humanos, somos conscientes y muy capaces de cuestionarnos a nosotros mismos. Desde un primer momento podemos tener pensamiento abstracto, capacidad de autorreflexión, vivencias, experiencias subjetivas y memoria que guardamos, aflorando a cada momento en nuestro diario vivir. La experiencia y la capacidad de pensar sobre nuestro propio pensamiento es la consciencia de uno mismo, de su ser y existir, independiente de su cuerpo físico, y con ello el pensamiento materialista que niega la experiencia interna del hombre queda totalmente invalidado.

¿Piensa que usted mismo no es más que una máquina compleja?

La teoría mecanicista de la vida, que considera el universo como un gran mecanismo y al hombre como una máquina, es una de las bases en las que se asienta el pensamiento materialista.

La contradicción  es cada vez mayor cuando los materialistas, considerando al ser humano como una máquina sin control ni dirección alguna salvo la que le marcan sus propios genes aleatoriamente, afirman que somos seres sin libertad propia pues el determinismo que nos afecta por causa de esos tiranos llamados “genes ciegos”, confirma -dicen ellos- que, al no poseer libre albedrío, nada puede surgir bajo la propia voluntad o la experiencia personal. ¿Cómo puede avanzar la ciencia si los propios científicos niegan la capacidad humana de una mente independiente que es determinada de forma ciega y aleatoria? ¿Es esto realmente lo que ocurre?La respuesta es: No.

Y aquí viene otra contradicción. El científico de militancia atea considera el materialismo como doctrina de cabecera, pero a la hora de aplicárselo así mismo, en cuanto a su capacidad de investigar, crear o indagar mediante su libre albedrío establece una distinción curiosa: parece ser que en ellos la capacidad de razonar, ejercer su propia voluntad y desarrollar una creatividad propia, no está influenciada por esos aspectos aleatorios o determinismo genético sin sentido que gobiernan la mente y el cerebro de su máquina corporal, y que sí nos afectan a todos los demás seres humanos.

En la práctica, la teoría mecanicista sólo es posible si coloca a la mente no mecanicista dentro del cerebro humano. De lo contrario cuando un científico elabora una hipótesis o propone una teoría ¿está operando mecánicamente? Lo que ninguno dice es que se considera una excepción al determinismo, creyendo firmemente que progresa en su investigación y no se limita a hacer lo que le dictan su cerebro tiránico y sus genes ciegos.

Dentro de la ciencia y del auténtico espíritu científico es imposible ser un materialista coherente. A no ser que desterremos el mito de la materia muerta o inanimada, convirtiéndola en algo que ahora muchos científicos ateos se empeñan en modificar y subrayar para salir del laberinto en el que el propio pensamiento materialista los coloca, y que no es más que otra contradicción. Se trata de camuflar y sustituir un concepto por otro, para no tener que aceptar una entidad inmaterial (Dios, El Alma, La Mente, La Conciencia, etc.). El pamsiquismo (la psique está en todo) es la respuesta que se les ocurre, una teoría retomada (viene de antiguo) por estos científicos actuales para dotar a la materia muerta, ciega y sin propósito, de un principio energético inmaterial que permite la evolución de los organismos.

Esa energía que algunos defienden encontrar ya en las moléculas y átomos elementales no es más que un disfraz que, lejos de conseguir lo que pretenden, les enfrenta a un nuevo dilema que lógicamente destruye el pensamiento materialista mediante la gran contradicción: ADMITIR QUE “LA MATERIA CONTIENE UN PRINCIPIO ENERGÉTICO INMATERIAL”. En este caso, ya no podemos hablar de materialismo ni de que la única realidad del universo es la materia. Tampoco podríamos hablar de que la materia carece de experiencia, pues esta forma energética que perdura y se transmite a través de los seres vivos perdura en el tiempo y el espacio (memoria). 

Esto último significa que esa energía tiene memoria, que puede replicarse, perdurar y sobrevivir. Y lo más importante, si tiene estas características posee igualmente experiencia y vivencia que se traslada a las formas evolutivas que derivan de ella, con lo que no sólo confirma la evolución sino que está aceptando así mismo una proto-conciencia en todos los seres vivos. Ya nunca más podrán argumentar que la experiencia y la subjetividad no existen, o es una ilusión en los seres vivos. Y con ello, el empeño de NEGAR LA CONCIENCIA COMO ALGO INMATERIAL  -fruto de los prejuicios y sistemas de creencias que algunos científicos mantienen -queda de nuevo en evidencia.

«Cuando la ciencia considera la conciencia una característica fundamental de la realidad, y la religión identifica a Dios con la luz de la conciencia que brilla en nuestro interior, las dos concepciones del mundo empiezan a converger»

Peter Russell – Físico y Psicólogo- Libro: «Ciencia, Conciencia y Luz»

Bienvenidos sean los avances del la física de partículas, donde la conciencia del observador se muestra como el punto relevante capaz de transformar la realidad subyacente de un electrón, convirtiéndolo en energía o materia en función de si es observado o no.

Bienvenido el avance de la memoria biológica contenida en la resonancia mórfica de todos los sistemas auto-organizados que viven, sienten, se emocionan, tienen pensamientos, y que cuando llegan por evolución al desarrollo humano adquieren voluntad, libre albedrío e inteligencia propia. En otras palabras, poseen subjetividad, experiencias y vivencias propias, con memorias inter-conectadas entre todos los seres de la misma especie. 

Bienvenida la conexión biológica entre seres de la misma especie, estableciendo así el paralelismo con el «inconsciente colectivo» de Carl G. Jung que realiza la misma función en el área psicológica del ser humano, trascendiendo el tiempo y el espacio. Bienvenido también el avance de la medicina, especialmente en la nueva disciplina de la psico-neuroinmunología, donde se pone de manifiesto la realidad y transformación de nuestra salud en base a las emociones y pensamientos que albergamos como reflejo de la poderosa acción de nuestra «mente inmaterial».

Bienvenidos, por último, los progresos en neurobiología, donde se demuestra como los pensamientos son capaces de modificar nuestra estructura fisiológica cerebral además de las más íntimas estructuras de nuestro ADN en las neuronas cerebrales, confirmando con ello, que la plasticidad neuronal es una evidencia científica demostrada y que somos lo que pensamos, imponiendo así el dominio de la mente sobre la materia. Y, dejando al cerebro como lo que es realmente, el receptor y emisor de la mente inmaterial, que surge de la conciencia individual humana.

Esto forma parte del cambio de paradigma en el área de la ciencia que viene efectuándose desde hace tres décadas y que está ya sustituyendo el viejo modelo absoluto, mecanicista y materialista, por otro concepto relativista de la realidad, donde lo inmaterial, la conciencia y la espiritualidad afloran como fuerzas predominantes.

«La teoría cuántica revela la interconexión esencial del Universo, siendo este como una tela interligada de relaciones físicas y mentales»

Frijot Capra  – Físico – Libro: «El Tao de la Física»

Interconexión universal como manifestación de la unidad: «todo está en todo». La mente inmaterial transformando la materia física. Campos electromagnéticos que cohesionan y transmiten memoria, herencia y experiencia. Inconsciente colectivo que a todos nos conecta, principios energéticos inmateriales subyacentes en toda la materia, etc., son algunas de las nuevas investigaciones que entierran el pensamiento materialista, que promocionan el estudio de la parte inmaterial y espiritual de la vida y que la ciencia esta ya abordando al mismo tiempo que los prejuicios e influencias del pensamiento materialista científico decrecen y están en paulatino declive hasta su completa sustitución por el nuevo paradigma. Esto es algo que ocurrirá antes de lo que pensamos, debido al extraordinario avance de la tecnología y los descubrimientos que la investigación científica libre de prejuicios está efectuando.

Estamos en la era de la investigación científica y tecnológica y también en la etapa incipiente del descubrimiento, por parte de la ciencia, de la parte espiritual y energética de la vida en todo el universo, y especialmente en el hombre. Este es el nuevo paradigma científico que está al llegar: la unión de la ciencia y la espiritualidad como nunca antes se produjo en la historia de la humanidad. De la búsqueda honesta de la verdad, nadie puede apartar al desarrollo de la ciencia, antes o después se llega a ella, como ocurrió en el pasado y como seguirá ocurriendo miles de años después de hoy.

Antonio Lledó Flor

©2019, Amor, Paz y Caridad

«Tu vida no es un azar, ni eres víctima de la suerte o el destino. Eres hijo De Dios, y si te haces instrumento de su voluntad entregándole tu vida, nada puede detenerte. ¡Tú puedes!

Rev. Robert Schuller – Libro: «Es Posible»