AMIGOS PERMANENTES Y HERMANOS DEL ALMA

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Amigos permanentes y hermanos del alma

El alma recorre siglos y siglos en permanente y constante necesidad de progreso y evolución. El hombre es un ser gregario por naturaleza, y en las relaciones con los demás se forjan afectos y desafectos, amistades y enemistades, amor y odio, todo ello como consecuencia de nuestras apariciones en la vida física y de la forma en que nos desenvolvemos en ella.

En el transcurso de los milenios, las almas se entrelazan y establecen relaciones de amor-odio, afecto y gratitud, venganza y poder,  sumisión y esclavitud, imposición y dependencia, obsesión posesiva y respeto edificante, etc.  Esto termina apareciendo en el crisol de las relaciones humanas; sin embargo, la tarea del alma es ganar para su causa los afectos que permanecerán en el tiempo, dándose, esforzándose, comprendiendo, perdonando y amando.

Es por ello que, transmutar el odio por amor o la imposición por el respeto al semejante, son lecciones que el alma humana aprende muchas veces a través del dolor, viviendo en sus propias carnes las actitudes y acciones que adoptó frente a los demás. En muchas ocasiones, hasta que no se viven los efectos de la aflicción derivada del comportamiento criminal con nuestros semejantes, el alma no reacciona, pues cree obrar consecuentemente, dando rienda suelta a su egoísmo, sin pensar en los demás.

Es por ello que las lecciones de ir sembrando el bien, afianzando lazos de amistad y fraternidad mediante la entrega a los demás, genera enormes beneficios para el presente y el futuro del alma humana. 

Sabemos que la muerte no existe para el alma. Y que el tránsito a la otra vida nos reúne con espíritus afines a los que amamos, a los que queremos y con los que construimos familias, amigos…, además de enfrentar retos de progreso y evolución. Por ello, en su compañía nos encontramos felices, sentimos la alegría del reencuentro y experimentamos el amor que nos profesamos después de siglos de trabajo conjunto, sufrimiento, bienestar y dichas compartidas.

Estos espíritus de profundas relaciones afectivas con nuestra alma, estos seres que muchas vidas han formado parte de nuestra familia física, son verdaderamente los amigos que -como un tesoro- se encuentrtan a nuestro lado al traspasar el umbral de la muerte. Cuando nuestra alma desencarna y le llega la hora de partir, aquellos que nos aman y que nos precedieron en ese viaje, aguardan felices y amorosos el instante del reencuentro. 

La vibración del amor que experimentan hacia nosotros cuando nos acogen en el otro lado y nos protegen, encaminando nuestra senda en el reingreso en la patria del espíritu, la sentimos como una fuerza poderosa que despeja nuestra mente, aclara nuestras dudas y nos predispone a la nueva etapa espiritual que debemos afrontar. Esta percepción plena de sentimiento amoroso y luz espiritual, nos recuerda al mismo tiempo que el progreso y la inmortalidad de la que gozamos no es posible experimentarla en paz y felicidad si no es compartida con aquellos que se encuentran en el mismo camino junto a nosotros.

Nuestra alma consolida igualmente afectos con otros espíritus también encarnados que, comprometidos, bajan con nosotros en una misma misión de progreso, en la propia familia, amigos, círculo de relación, grupo espiritual, etc.

El amor es la fuerza poderosa que moviliza las relaciones entre espíritus lúcidos. Es por ello que la capacidad del alma para alejarse de las relaciones perturbadoras (egoísmo, posesión, resentimiento, envidia, etc.) de aquellos que se encuentran a nuestro lado , otorga a nuestro ser inmortal la felicidad que anhela aquí en la Tierra, y luego mayormente en el espacio, donde los sentimientos, emociones y pensamientos se expresan con toda su fuerza y claridad al no poseer el freno reductor de la materia física.

Hay ejemplos por millones: espíritus que se aman desde sus primeras encarnaciones en la Tierra como humanos. Otros hay que, habiendo sido enemigos encarnizados en el pasado y sufriendo recíprocamente las maldades del otro, ambos finalmente progresaron, se perdonaron y superaron sus diferencias, convirtiéndose en espíritus fraternos, dedicados el uno por el otro, apoyándose continuamente en las sucesivas encarnaciones y tránsitos de la vida física a la vida espiritual y viceversa.

También están aquellos que no se conocían, pero coincidieron en una etapa de la historia de la humanidad con un compromiso común, una misión a realizar, que exigió de ellos una capacidad de sacrificio heroica, afrontando conjuntamente dificultades inigualables con el fin de elevar su alma a estadios de amor fraterno. A raíz de estas grandes misiones compartidas muchos espíritus se unen en la Tierra y prolongan sus relaciones de amor, respeto, afecto y cariño en el espacio para toda la eternidad.

Otro ejemplo memorable es el de aquellas almas que en su trayectoria cometieron involuntariamente errores imperdonables . Sin embargo, la responsabilidad de sus actos recayó irremediablemente sobre ellos porque perjudicaron notablemente a otros con su actitud, condenándolos a lugares de oscuridad y perturbación en el más allá. Cuando los impulsores indirectos de este perjuicio son conscientes del daño causado, muchos se comprometen en primer lugar a rescatar la deuda contraída, ayudando a aquellos a los que tanto perjudicaron. Y así acontece que, cuando llegan al espacio y recuperan la lucidez se preocupan por rescatar a sus víctimas de las entrañas de la oscuridad en las que se encuentran atrapados.

Son misioneros que arriesgan su equilibrio y serenidad espiritual -todavía no muy elevada- bajando a las zonas profundas del astral inferior a rescatar a aquellos que se encuentran atrapados o sometidos por almas malvadas, ignorantes de las leyes divinas y rebeldes ante Dios. Lugares donde espíritus perversos ejercen su dominio y esclavitud sobre otros, tal y como hicieron en la Tierra. Hasta allí se desplazan estas almas comprometidas con el rescate de sus deudas para liberar de las garras de las sombras a aquellos a los que perjudicaron. A partir de aquí muchos de ellos se reconcilian y se perdonan iniciando lazos de fraternidad y compromiso mutuo que perdurarán durante siglos.

Como vemos, los amigos permanentes con quienes establecemos estas relaciones no siempre son miembros de nuestra familia terrena. Sin embargo esto último no es tan importante, pues todas las almas somos hijas de un mismo Padre, creadas iguales, y forjadoras del propio destino en base al libre albedrío que se nos concede para progresar. Por ello es de justicia considerar, que la mejor denominación que podemos darnos todos los seres humanos es la de considerarnos “hermanos unos de otros”.

Es a partir de este momento cuando el alma humana comprende que la grandiosidad del Amor Divino presenta sus reflejos en el amor humano. Y esta alma inmortal y trascendente comienza a esforzarse por adquirir ese amor del que carece, para entregarlo, no sólo a los seres queridos que se encuentran a su alrededor, sino a toda la humanidad, amigos o enemigos. Entiende y acepta que la humanidad es nuestra familia, y todos los seres inmortales que la habitan somos hijos de la misma fuente creadora y causa primera de todo lo que existe. 

Amigos eternos o enemigos irredentos, con el tiempo serán igualmente nuestros “hermanos del alma”. Si no podemos evitar tener enemigos, al menos nosotros no debemos sentirnos enemigos de nadie, orando por aquel que se siente enemigo nuestro, perdonándolo y deseando lo mejor para la rehabilitación de su alma, a fin de poder algún día abrazarlo con auténtica devoción y sincero amor fraterno.

Amigos permanentes y hermanos del alma por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? Todo aquel que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre. Marcos cap.III v. 20

 

 

 

 

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