Editorial

IMPERFECCIONES EN EL ESPACIO

Con numerosa frecuencia abordamos los inconvenientes de la deficiente situación del alma que alberga graves defectos morales o se encuentra entorpecida por los vicios y las pasiones que la esclavizan al mundo sensorial y el materialismo. Este materialismo embrutecedor, propio del predominio del egoísmo y el orgullo que nos coloca siempre en primer lugar antes que los demás, es un fuerte obstáculo para el progreso espiritual. 

Si bien sabemos los efectos perniciosos de esta situación para nosotros mismos y aquellos que nos rodean, es preciso realizar un ejercicio de proyección sobre  lo que nos espera en el otro lado cuando dejemos el cuerpo físico, si no hemos sido capaces de corregir esas tendencias aquí en la Tierra con un cuerpo físico. Sin duda, el planeta Tierra tiene como una de sus características principales el sufrimiento de las criaturas que en él habitan, por expiación de sus faltas anteriores o como prueba para fortalecerse y dar testimonio de lo ya aprendido y conquistado. 

“Las mentes se extienden más allá de los cerebros, en el tiempo y en el espacio”

Dr. R. Sheldrake – Libro: El Espejismo de la Ciencia

Según nos informan los neurólogos en recientes investigaciones, de todas las patologías o enfermedades existentes, casi un 75% son propias de la relación mente-cuerpo, siendo apenas un 25% las que son debidas en exclusiva a un deterioro o disfunción exclusiva del cuerpo biológico. Esto nos hace pensar en la importancia que la mente y las actitudes que de ella se derivan tienen en la salud de las personas. El sufrimiento puede ser físico o moral, estando principalmente en la mente del individuo la opción de aliviarlo. Cuando la mente se encuentra equilibrada y lo acepta con resignación dinámica (*) aquel se vuelve más liviano y permite al ser humano sobrellevar la carga de otra forma.

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” 

Sidharta Gautama – Buda – S. VI a.C

Hablamos del sufrimiento porque es directamente proporcional a la imperfección. Cuanto mayor es esta última, los errores que cometemos nos devuelven los efectos de la causa que sembramos. Y si hacemos daño a alguien, la ley de causa y efecto nos lo devolverá en la proporción justa, a fin de rectificar. Es la norma de la justicia divina: “A cada cual según sus obras”.

“Toda acción buena o mala que realiza el hombre queda unida a él y la Ley le devuelve tarde o temprano el sufrimiento que haya ocasionado, para que aprenda a vivir en la Ley del Amor”

La imperfección se convierte así en el sello indeleble del espíritu que afecta, no sólo al alma, sino a la salud del cuerpo y la mente. Es por ello que cuando estamos encarnados, el cuerpo físico ejerce el papel de reductor de aquellas vibraciones perniciosas que nuestra alma arrastra vida tras vida, pero sin embargo, no puede evitar la pulsión de la voluntad de esa misma alma si, en  su libre albedrío, opta por dar rienda suelta a sus instintos, vicios o imperfecciones más notables.

Conforme actuamos, las energías que proceden de nuestros pensamientos y acciones se imantan a nuestros periespíritus, y si son procedentes de actitudes innobles o guiadas por vicios o defectos morales graves, ensucian de forma deletérea y oscura nuestra alma, suponiendo un  peso notable para nuestra liberación posterior (a la hora de la muerte), cuando llega el momento del desprendimiento que nos impide elevarnos espiritualmente.

Sentimientos viles, vicios y pesimismo producen descargas tóxicas hormonales que modifican el ADN, al fijar en él la onda mental perturbadora.

Pero también hemos de considerar que, llegado ese momento de abandonar el cuerpo al acontecer la muerte física, no sólo se nos hace más difícil dejarlo, sino que estas manchas y energías mórbidas nos acompañarán en nuestro tránsito al otro lado de la vida, marcando el nivel de frecuencia vibratoria que nuestra mente y pensamientos mantienen, y con ello nos transportan a lugares que sintonizan en la misma afinidad vibratoria. Allí nos encontraremos con otros que piensan y sienten como nosotros.

Esta suciedad que nuestro periespíritu acumula y que no se transforma con la muerte, nos acompaña en el otro lado, y allí no podemos ocultarla ni esconderla, pues ya no tenemos un cuerpo que impide ver cómo pensamos y cómo sentimos. Nos encontramos así desnudos ante nosotros mismos, sin excusas, sin mixtificaciones y sin hipocresías, tal como somos. A los demás los vemos igual que ellos nos ven a nosotros en el plano al que vamos.

De aquí se deduce la importancia de aprovechar el tiempo mientras estamos en la Tierra, para corregir cuanto antes estas imperfecciones que vienen con nosotros y los vicios a los que nuestras actitudes equivocadas nos conducen.

Las leyes de Dios, que siempre colaboran para el progreso del espíritu humano, proveen la gracia de la reencarnación para permitirnos sumergirnos durante un tiempo breve en la carne -ocultando nuestra verdadera identidad- y procurando el progreso espiritual de nuestra alma cuando depuramos aquellas imperfecciones que arrastramos del pasado.

Es a esto a lo que se han referido innumerables sabios, filósofos, místicos, cuando hablaban de la limpieza del cuerpo astral o mental, de la vestimenta del espíritu, de la segunda muerte, etc. 

Un cuerpo espiritual limpio y brillante, depurado de las impurezas que las imperfecciones morales depositan en la mente y en el periespíritu, permite la ascensión espiritual desde el momento de la muerte. E incluso mucho antes, en los procesos de emancipación del alma que se producen durante el sueño, el éxtasis, el trance, o cualquier otra separación del alma encarnada, el ser goza de percepciones extraordinarias derivadas de los planos de vida y energía superiores con los que sintoniza. Esto revitaliza sus energías para permitirle fortalecerse ante las pruebas o expiaciones sufrientes que la vida le presenta.

El famoso dicho del “alma negra” expresa bien a las claras cómo son los revestimientos energéticos del ser vicioso, egoísta o cruel, que le acompañan siempre, incluso más después de la muerte cuando, retornando al plano de vida del espíritu, accede por sintonía vibratoria a los ambientes que son afines a su pensamiento y formas de actuar. 

En ellos encontrará a muchos que actúan como él, e incluso mucho peor, y comenzará a ser víctima de sus propias acciones, comenzando a recoger lo que el mismo ha sembrado en forma de dolor y sufrimiento para otros. De tal manera que, sin duda, deseará volver a la Tierra para recluirse de nuevo en la materia y no tener que enfrentar el sufrimiento que otros más malvados que él le infligirán. En su regreso a la carne traerá consigo las imperfecciones y vicios instalados en su conciencia. Algo que influirá incluso en la propia formación biológica de su nuevo cuerpo físico.

La memoria y conciencia de la célula psíquica se transfiere de una vida a otra, afectando al individuo desde su formación genética”

Sin embargo, esta opción no queda a su alcance exclusivamente, ya que son las leyes de Dios las que determinan las oportunidades de progreso y el momento de concederlas en función de las necesidades de progreso del espíritu. Es decir, el libre albedrío y la capacidad de decidir es directamente proporcional al progreso del espíritu. A mayor progreso moral, mayor autonomía y capacidad para decidir nuestro destino futuro.

Como conclusión avanzamos que, por mucho que queramos esconder nuestras miserias morales, la actitud más inteligente y positiva es enfrentarlas, corrigiendo nuestros defectos con determinación y fortaleza,  especialmente aquí y ahora con un cuerpo físico, acompasando así el progreso de nuestra alma a los dictados de las Leyes de Dios que siempre proveen lo mejor cuando nos esforzamos por nuestra regeneración moral. 

No importa el error. Si se está en la actitud de corregirlo y cambiar para mejor, siempre se recibe la ayuda espiritual necesaria que nos ayude a moldear y limpiar un cuerpo espiritual brillante, limpio y ascendente que nos concederá un pasaporte hacia regiones de plenitud y paz, merced a nuestro propio esfuerzo y sincera intención de progresar moral y espiritualmente.

Imperfecciones en el espacio por: Redacción

©2018, Amor, Paz y Caridad

La Bienaventuranza de Jesús sobre los afligidos expresa dos acepciones: La compensación del sufrimiento (saldar la deuda con la Ley) y la resignación del sufrimiento como preludio de la curación del alma.

Otras editoriales: La compasión, Mucho más que una máquina, Justicia y sociedad.

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