Inicio Desvelando el enigma ”¿SOMOS DIOSES?”

”¿SOMOS DIOSES?”

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¿Somos Dioses?

«Yo dije: Sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo”.

Salmo 82.6 

En el capítulo 10.34 del evangelio de Juan, Jesús recurre al salmo que antecede para defenderse de la acusación de blasfemia que le imputan al declararse hijo de Dios. Todo viene a raíz de la afirmación de Jesús: “Yo y el Padre somos Uno”, interpretada como que él se define a si mismo como Dios. A raíz de aquí Jesús afirma textualmente en el cap. de Juan: ¿No está escrito en vuestra Ley: ¿Yo dije, dioses sois?”.

Estas dos citas bíblicas, una del antiguo y otra del nuevo testamento, ponen de manifiesto un concepto que ha existido en muchas religiones anteriores al judaísmo y el cristianismo, como es resaltar el carácter divino del alma en su trayectoria hacia Dios.

Para entender mejor estas explicaciones debemos contextualizar y colocarnos en lo que las sociedades antiguas entendían como Dios o dioses. En el hinduismo, por ejemplo, existía y existe toda una variedad de deidades caracterizadas cada una de ellas por cualidades precisas. En el budismo, alcanzar el nirvana es la meta de toda conciencia que aspira a la perfección y la felicidad última, y aunque esta religión no contempla un Dios formal como otras, coloca la conciencia humana como el Dios que puede alcanzar la iluminación plena.

En la antigua Grecia disponían igualmente de un panteón de dioses provenientes de su mitología muy amplio y variado, donde cada uno de ellos desempeñaba un rol o función claramente definido. Sin embargo, es destacable mencionar que por encima de todos ellos siempre figuraba un Dios superior, que los dominaba a todos. En el caso de Grecia era Zeus, en Roma, cuyo panteón asimiló una gran parte del panteón griego, fue llamado Júpiter Óptimo Máximo.

Y es curioso comprobar cómo los grandes filósofos griegos destacaban la importancia de ese Dios superior sobre todos los demás; en el caso de Sócrates y Platón fue llamado “El Demiurgo”, Aristóteles lo denominó como “El primer motor”. Y así sucesivamente. El resto de los dioses eran casi medio-humanos, con sus propios vicios y virtudes, se mezclaban con los hombres y eran capaces de generar progenies de las que los humanos se enorgullecían de su procedencia.

Así podemos verificar cómo en la antigua Grecia y Roma, muchos personajes célebres de la historia afirmaban descender de tal Dios o tal Héroe que había sido previamente deificado. Esto último era también muy habitual en las sociedades antiguas; así grandes hombres, militares, generales, filósofos o sabios eran objeto de culto, eran deificados en vida y después de su muerte se levantaban templos para el culto al Dios Alejandro (Alejandro Magno) o a muchos emperadores o líderes romanos (Augusto, Tiberio, Calígula, Vespasiano), o filósofos o maestros espirituales como Apolonio de Tiana, etc.

Se dice que el emperador Alejandro Severo tenía en su altar personal, en la residencia imperial, tres iconos referentes a tres dioses principales a los que dirigía sus plegarias: Orfeo, Jesús y Apolonio de Tiana. Este último fue contemporáneo del emperador Vespasiano y le profetizó en Alejandría que sería proclamado emperador, como así ocurrió posteriormente.

El propio Julio César afirmaba descender de la diosa Venus a través de su hijo Eneas. Y el primer emperador Augusto (Octaviano), hijo adoptivo de César, adoptó el título “Divi Filius” que significa “Hijo de un Dios”. Incluso algunos otros emperadores, de infausto recuerdo, se hacían llamar “Dominus et Deus” (Señor y Dios), como en el caso de Domiciano, hermano del emperador Tito e hijo de Vespasiano.

Olimpia soñó que un rayo cayó sobre su vientre la noche anterior en que concibió a Alejandro y que fue el Dios Zeus su padre auténtico, aunque el biológico fuera Filipo de Macedonia. Años después, los sacerdotes del oráculo de Siwa, en Egipto, lo proclamaron hijo de Zeus-Amón, consolidando su estatus divino e igualándolo como Faraón, deificando así su figura.

La deificación de grandes personajes, héroes o ilustres era algo común en la antigüedad, e incluso estaba muy enraizada en las culturas e imperios. El paganismo aceptaba perfectamente estas prácticas religiosas e incluso servían para identificar a los enemigos del estado o del imperio, como ocurrió con los seguidores cristianos del segundo siglo, donde para evitar persecución o represión se les obligaba a realizar sacrificios en el templo al emperador romano de turno, y si se negaban a ello eran amonestados, perseguidos e incluso ajusticiados.

Precisamente Jesús rompió con esta tradición; pues, aunque la interpretación de sus palabras haya sido con frecuencia tergiversada, la afirmación de “Yo y el padre somos uno” no hace referencia a su carácter divino sino a su “estado de comunión con Dios” a consecuencia de su elevada condición de espíritu puro. A él, con un grado tan alto de elevación espiritual, le era frecuente y habitual la conexión con el pensamiento y el amor divino, pues su vibración espiritual era tan alta que prácticamente vivía y se desenvolvía casi desprendido de la materia en su deambular por la Tierra.

Era su propia naturaleza espiritual la que le permitía esa conexión con las fuerzas superiores que le acompañaban, orientaban, protegían y cuidaban, a fin de que realizara su misión en la Tierra y pudiera convertirse a sí mismo en un arquetipo, un modelo para toda la humanidad que desea alcanzar la dicha y la felicidad plena mediante la sublimación de las capacidades y recursos espirituales que todos tenemos en potencia en nuestra conciencia, pues es allí donde Dios las colocó al crearnos como espíritus inmortales destinados a alcanzar la dicha y la perfección relativa.

Nadie puede igualar ni convertirse en Dios. Pues Dios solo hay uno, y si hubiera otro, no sería Dios, pues su unicidad, eternidad y omnipotencia se vería cuestionada. Es el único ser necesario, no contingente. Es el que siempre ha existido y nunca ha dejado de ser: “Yo soy el que SOY”.

Así pues, nuestra alma, creada por Dios con los atributos latentes de la divinidad, nunca llegará a ser Dios, pero sí podrá desenvolver los recursos de los que goza la divinidad y con ello nos convertiremos en colaboradores y ejecutores de su obra de Amor universal, ayudando, aportando y plasmando su pensamiento divino en la construcción de este universo infinito y en la ayuda constante y permanente hacia todos aquellos que se encuentran todavía en el camino de progreso por debajo nuestro.

Esa huella de Dios en la intimidad del hombre es la más importante, pues nos habla de que somos herederos de su obra, y estamos destinados a amar y vibrar en plenitud, alcanzando estadios de felicidad inenarrables y de capacidad creadora cercana a la divinidad. A eso se refiere Jesús en la frase que inicia este texto. No somos dioses, pues solo hay uno, pero el futuro que nos aguarda como “hijos de Dios” y herederos de su creación nos acercará a Él, experimentando su gloria y divinidad, en un estado de comunión con Dios como el que Jesús experimentó.

¿Somos Dioses por: Antonio Lledó Flor

2026, Amor, Paz y Caridad

“Todo en el universo se encadena; el de arriba ayuda al de abajo. Se llama solidaridad universal”.

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