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COMPLETANDO EL CÍRCULO

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Completando el circulo

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Ya en la tierra aprendí que el trabajo en equipo es doblemente eficaz y satisfactorio que si se trabaja en solitario. Por circunstancias, parte de mi trayectoria de trabajo en la materia tuve que realizarla en solitario. Cuando tuve la oportunidad de colaborar, dirigir e incluso orientar los trabajos y trayectorias de varias instituciones, ayudando y colaborando junto a mis hermanos de ideal en diferentes proyectos y realizaciones, mi alma se encontraba feliz y radiante.

Tristemente, llegó un momento en el que no me fue posible trabajar en equipo con la intensidad y el compromiso que hubiera deseado. La coyuntura de algunas instituciones, así como los compañeros que las orientaban, cambiaron sustancialmente, y, lejos de sentirme a gusto con determinadas actuaciones, tuve que elegir entre seguir postulados o directrices que no eran conformes a mi visión particular de la dirección que debía tomar una institución espírita, o seguir mi camino semi en solitario apoyando en la distancia y puntualmente, pero no renunciando a ninguno de los compromisos personales que el trabajo y el deber me demandaba.

Continué trabajando y colaborando con diversas instituciones, y hasta el final de mis días, desarrollé mis mayores esfuerzos más en el ámbito internacional que en el local, aportando mi experiencia a los compañeros y hermanos de ideal de diferentes países que nos reuníamos periódicamente en diferentes instituciones, alguna de las cuales de carácter supra-nacional, que aglutinaba varias federaciones nacionales.

La participación en Eventos, Seminarios, Congresos Nacionales, Regionales, Internacionales y Mundiales, no sólo me permitió conocer a muchos compañeros de los que tenía referencias a través de otros, y de las diferentes publicaciones que se divulgan en todo el mundo, sino que, con algunos de ellos, la sintonía, el reconocimiento y el afecto mutuo fue instantáneo.

Comprobé lo que mencionaba en el capítulo anterior: existe una «familia espiritual» que no posee barreras de tiempo ni de espacio. Y como espíritus en el espacio o con cuerpo físico aquí en la tierra, los hermanos de otras épocas que trabajaron juntos se aman, se aprecian, se reconocen y se complementan; aunque vivan alejados miles de kilómetros y apenas se vean pocas veces al año o regularmente cada cierto tiempo. Este es el caso del hermano que transmite mi pensamiento en este trabajo.

Fue una grata sorpresa para mí comprobar la facilidad con la que me identificaba con muchos; allá donde iba. En muchas partes el sentimiento y el reconocimiento era mutuo, y así me lo hacían saber, indicándome que a pesar de la distancia me consideraban un miembro más de su familia espiritual más querida.

Comenzaba a cerrar un círculo de impresiones, relaciones, trabajos y lazos fraternos con otros compañeros, que me acompañaría hasta el momento de mi partida. Hoy, este círculo se hace más patente si cabe, al reconocer a muchos en el espacio trabajando en el mismo ideal y a otros que quedaron en la tierra y siguen trabajando en el proyecto común que a todos nos hermana, bajo la inspiración del maestro Jesús.

Aquí estamos pues queridos amigos, estimados compañeros de ideal, de misiones conjuntas, de épocas pretéritas de buenas intenciones, no exentas de errores de aplicación y de puesta en práctica. Todo esto ahora lo comprendo, valorando lo importante que supone para el espíritu que progresa la lucidez y el entendimiento que nos aporta el discernimiento de nuestra misión en el mundo físico y el espiritual.

No es suficiente sólo el conocimiento ni únicamente la intención; siempre ambos son necesarios, pues el camino se desvía por las circunstancias que nos afectan al no saber discernir con claridad, confundiendo los intereses de nuestro espíritu inmortal con los de las ambiciones humanas; que, aunque al amparo de aparentes intenciones espirituales de bondad, encierran la ominosa e infame mentira del poder y el egoísmo humano.

Esto pude comprobarlo al regresar a la patria espiritual en alguna de mis existencias anteriores, creyendo que había realizado una gran labor en la redención espiritual de mi alma al seguir los dictados de una religión determinada. Cual no fue mi sorpresa al comprobar que fui manipulado por intereses ajenos a mi intención, y en ese trabajo perjudiqué sin querer a otros muchos, simplemente por no coincidir con las ideas que yo creía santas e incuestionables. Gracias a Dios, en esta última presencia en la Tierra sobre la que escribo, y gracias a  la Doctrina de Kardec, no incurrí en el mismo error.

La gran experiencia que de esto se deriva es el hecho de que la razón, el conocimiento y la mente incluso pueden quedar empañadas por ideas que derivan en actuaciones contrarias a las leyes de Dios. Y ante esto el mejor antídoto es siempre el amor; ponerse en lugar de los demás, usar el corazón antes que la razón. Como expresa sabiamente el dicho: «cuando la mente se empaña queda limpio el corazón».

La sencillez del postulado moral de Jesús de «no hagas a otro lo que no quieras para ti mismo» es una verdad manifiesta que acompañará a mi espíritu como lección ineludible para no hacer daño a los demás, sean cuales sean las circunstancias y las experiencias vividas.

Cerré así el círculo valioso de intentar ponerme siempre en lugar de los demás, a fin de ofrecer desinteresadamente mi servicio y mi trabajo, pero sin forzar a nadie a aceptar nada que no quisiera por sí mismo, y sin imponer de ninguna de las maneras posibles mis ideas.

Abogando siempre, a partir de ese momento, enseñar a los demás únicamente a través de mi ejemplo de conducta y pidiendo a Dios que mis palabras de divulgación en conferencias, seminarios, eventos educativos, etc. no fueran objeto de comparación con mi conducta, pues las primeras son siempre esclavas de la segunda.

Completando el círculo por:Benet de Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

LAS TRES ACEPCIONES DE LA SOLIDARIDAD

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LAS TRES ACEPCIONES DE LA SOLIDARIDAD

“Nuestro tiempo dedicado al bien y a los demás, es el mejor antídoto contra la depresión y la enfermedad mental”

Saúl de Betsaida 

Con el transcurso del tiempo algunas palabras modifican su significado original por el uso peyorativo del término o debido a las desviaciones propias de una interpretación errónea; siendo así que suelen confundirse con otras cuyo significado es ostensiblemente diferente. Esto es lo que ocurre con la palabra solidaridad, que según el diccionario de la RAE (*), significa:

Adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos…”

Las distintas acepciones del término pueden confundirse con intereses políticos, económicos, individuales o sociales de todo tipo. Sin embargo, aquí nos interesaremos por el sentido profundo de lo que esta palabra significa: el apoyo al semejante, auxilio, socorro, caridad, unión o fraternidad. Este significado entronca con el aspecto espiritual del término que pretendemos ensalzar.

En la sociedad actual, dónde el individualismo es admirado como una cualidad, donde la competencia por destacar a cualquier precio y ser el mejor se convierte en obsesión; una sociedad dónde el triunfo y la fama se mide por la acumulación de bienes, presencia mediática o deseo de poder, encontramos que la solidaridad auténtica se encuentra en retroceso.

Todos estos ideales de felicidad ficticia que la sociedad actual nos inculca, son contrarios totalmente a la idea de que todos somos iguales. De hecho, la sociedad actual potencia el individualismo para hacerse destacar por encima del resto, obviando que los hombres se necesitan unos de otros, y que la sociedad no es el conjunto de gotas aisladas, sino de un océano dónde todas se relacionan y conviven, de forma que lo que pasa en un lado del océano repercute en la totalidad del mismo.

El egoísmo es la madre del individualismo, y por ello, cuando perdemos de vista esta circunstancia, nos enrocamos sobre nosotros mismos gastando enormes energías en incentivar todas aquellas cosas que nos hacen diferentes y superiores a los demás.

La solidaridad entendida en su doble aspecto, como una necesidad que tiene la sociedad actual y el propio ser humano, es una cuestión que debemos abordar. Una de las bondades de esta cualidad es el auxilio, el socorro, el apoyo a nuestros semejantes. Y en este sentido podemos diferenciar tres tipos de auxilio o socorro que podemos ofrecer: el material, el moral y el espiritual.

«Solidaridad no es dar lo que me sobra, sino dar lo que me hace falta»

Con frecuencia una de las distorsiones de la palabra solidaridad hace referencia únicamente al primero, el socorro material, la beneficencia, en este caso la caridad material se identifica con solidaridad sin más. Es por ello que debemos explicar que, tan importante como ésta, el auxilio moral o socorro espiritual son otros dos aspectos de la solidaridad que debemos conocer y practicar.

Al igual que el auxilio material siempre se encuentra a nuestro alcance -pues a poco que observemos a nuestro alrededor- encontramos necesidades materiales que cubrir por parte de los más necesitados; el socorro moral es cuestión de voluntad y decisión por nuestra parte, y algunas veces nos obliga a desprendernos y renunciar a nuestro tiempo de ocio, de disfrute, de dedicación a nosotros mismos para darnos a los demás.

Espiritualmente hablando este hecho tiene un valor tan importante, o más, que la propia caridad material. Esa palabra de apoyo o esperanza hacia aquel que se encuentra desahuciado moralmente, pues no encuentra sentido a su vida y cuyas aflicciones morales son tan grandes que oscurecen todo el panorama de su alma. Esa mano amiga, que ayuda a compartir el sufrimiento presente mediante la comprensión y la empatía, acompañando los momentos difíciles y aportando soluciones de un futuro optimista y esperanzador, que permite recuperar la autoestima del compañero caído en desgracia.

La asistencia y acompañamiento al que sufre la soledad o el abandono de sus seres queridos. O al que experimenta las llagas dolorosas de la incomprensión o la injusticia; sin rencor, ayudando a superar con aceptación las pruebas que la vida nos presenta.

Todo esto son ejemplos de socorro o auxilio moral que se encuentran al alcance todas las personas de bien.

Junto a esto, encontramos también el auxilio espiritual, liderado por la oración para el prójimo, a fin de que reciban la ayuda espiritual necesaria que les ayude a cumplir sus compromisos en la tierra, superando las dificultades y expiaciones que las leyes de la Justicia Divina les presentan. Una oración anónima, sincera, e incluso a distancia, cuya efectividad, si está bien realizada, es enorme y de gran beneficio.

Además de la oración, otro socorro espiritual es el esclarecimiento de las conciencias, mediante la divulgación y puesta en práctica de las verdades de la vida: la inmortalidad del alma, la existencia de Dios y de su justicia perfecta y la esperanza en un futuro feliz y dichoso al que todos estamos destinados.

¿Quienes son los más beneficiados por toda esta solidaridad y fraternidad humana? Sin duda, aquellos que la realizan; mucho más que los que la reciben. Cuando nos ponemos al servicio del bien para con nuestros semejantes, ocurren varias cosas.

En primer lugar, el individualismo y el egoísmo se bate en retirada en nuestra personalidad; pues el esfuerzo que supone renunciar a nuestro tiempo, a nuestros gustos, a nuestra comodidad para entregarnos a los demás, erradica de nuestra mente la ociosidad.

La perturbación que nuestra mente puede albergar, al eliminar neurosis y distintos tipos de enfermedad mental, que tienen que ver con frustraciones egoístas y deseos insatisfechos -según aparecen en nuestra mente como necesidades de felicidad artificial que la sociedad nos impone-, se combate sin apenas darnos cuenta con este trabajo de entrega a los demás; encontrando además un sentido profundo a nuestras vidas al sentirnos útiles a nuestro prójimo, y sobre todo, felices por dar sin esperar recibir.

Hasta que no se experimenta esta sensación de ofrecer a la vida aquello que podemos aportar como seres humanos, como miembros de una colectividad en la que todos somos iguales espiritualmente, no conocemos la importancia de la felicidad que se encuentra en nuestro interior.

Además de todo ello nos convertimos en instrumentos del plano espiritual, siendo portadores de salud, bienestar psicológico, equilibrio espiritual y ejemplo de vida para nuestros semejantes. Con ello encontramos esa auto-realización, esa   plenitud y bienestar interior que hasta la fecha se sigue buscando en lo exterior -la fama, el poder, el dinero- y que sin embargo se encuentra en la intimidad del ser humano.

Combatamos el egoísmo, el sufrimiento y la indiferencia con la práctica de la solidaridad en sus tres acepciones: el socorro material, el moral y el espiritual. En la plena convicción de que los más beneficiados por esta entrega altruista y desinteresada somos nosotros mismos; pues de forma inmediata recogeremos los frutos de nuestra siembra mediante el bienestar y la salud psicológico-espiritual, al propio tiempo que elevaremos nuestra condición moral al trabajar en el bien por nuestros semejantes, siguiendo así las sabias enseñanzas del mayor psicoterapeuta y maestro de la historia cuando afirmó: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

«Las mejores cosas de la vida no son las cosas, son los sentimientos. No se compran, se obtienen gratis, no se venden, se regalan…»

Las tres acepciones de la solidaridad por: Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

(*) Real Academia de la lengua Española

FAMILIA ESPIRITUAL

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Familia Espiritual

Reflexiones desde el otro lado (*)

Durante mi estancia en la tierra, mi concepto sobre la familia tuvo variadas definiciones para mí en función del tiempo y los acontecimientos que me tocaron vivir. Como una persona normal, en mi infancia gocé del cariño de mis progenitores, especialmente de mi madre; espíritu al que me une una especial relación desde tiempo inmemorial, como tuve oportunidad de confirmar cuando regresé a este plano espiritual.

Después de la infancia y con el transcurso de algunos acontecimientos familiares, el desarraigo familiar fue aumentando; algo a lo que contribuyó de forma evidente el descubrimiento de mi trabajo espiritual, lo que incidía sobremanera en mis prioridades personales. No obstante, procuré no desatender nunca los lazos familiares mientras me fue posible. Cuando la dinámica materialista imponía sus criterios en mi familia más cercana; no me sentía identificado con según qué planteamientos de vida que pretendían llevar a cabo y en los que pensaban involucrarme.

Ante esta circunstancia impuse mi criterio y mi personalidad; con decidida pretensión de continuar el camino espiritual emprendido; a pesar de la incomprensión familiar de los más cercanos e incluso el alejamiento circunstancial en los eventos familiares que se llevaban a cabo. A pesar de todo ello, siempre me mantuve dispuesto y disponible a ayudar en todo lo que hiciera falta, incluso cooperando con todo tipo de recursos, si así me los demandaban; pero sin renunciar a mis planteamientos de vida espiritual.

Con el suicidio de un familiar muy querido para mí; se abrieron brechas incontestables en la relación familiar; a pesar de lo cual siempre seguí disponible y accesible si precisaban de mí. Sabedores de mi compromiso espiritual; y no entendiendo nada en absoluto del mismo, bajo concepciones de vida total y estrictamente materialistas, me convertí en el «raro» de la familia; y de aquí al enfriamiento de las relaciones con la evidente falta de afecto, no hubo más que un paso.

A pesar de ello, en mis oraciones diarias incluía fervorosamente la petición de ayuda y entendimiento para todos mis familiares. Con la adquisición de los conocimientos que la filosofía espiritista me brindaba, fui entendiendo, cada vez con mayor nitidez y claridad, el compromiso que me vinculaba a estos espíritus encarnados que habían llegado conmigo a la tierra en el mismo vínculo familiar. Y esto redobló mi ánimo para realizar un mayor esfuerzo por ayudarles; cosa que conseguí inicialmente en algún caso, pero que me fue imposible realizar en otros; pues ya se sabe, si la persona no desea recibir tal ayuda o ignora tal consejo; el tiempo, las leyes de Dios y el libre albedrío de las personas, se encargan de evaluar y traer a la persona aquello que merece o necesita.

!Qué gran diferencia encontré al llegar aquí!. Ya sabía en la tierra de la importancia de la familia espiritual; pues los conocimientos que me ofrecía la doctrina espírita me lo atestiguaban, además, con hechos y pruebas evidentes. Algo en lo que también tuvo mucho que ver la percepción de aquellos espíritus que, a través de la mediumnidad, me envolvían de amor y fluidos de bien, y que, a mis preguntas sobre el porqué de ello, algunos respondían que eran familiares míos de otras vidas y otros tiempos, cuyos afectos seguían intactos e incrementados con el paso del tiempo.

Desde aquí una vez recuperado, y con pena consciencia de mi realidad espiritual, pude comprender cómo el amor entre los espíritus, así como sus afectos y reciprocidades son la argamasa que los une, a pesar incluso del tiempo y del espacio. Vislumbré y me reencontré con seres queridos, que me amaban profundamente y que formaban parte de mi auténtica familia espiritual.

Comprendí entonces con absoluta claridad las palabras del maestro Jesús cuando, dirigiéndose a él le preguntaron por su madre y sus hermanos y el contestó: «¿Quien es mi madre y quienes mis hermanos?…Todo aquel que hace la voluntad de Dios, es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Entendí que se refería al hecho de que los lazos materiales y de consanguinidad no significan necesariamente lazos espirituales afines.

Y así mismo lo he venido comprobando; pues aquí no sólo me encontré lazos familiares y afectivos del pasado, sino también lazos fraternos de multitud de espíritus que colaboramos juntos a lo largo del tiempo, de las existencias y de las experiencias vividas conjuntamente en la tierra y en el espacio para conseguir mayores cotas de progreso y redención moral.

Pude vislumbrar también como a muchos de ellos me unían fuertes sentimientos de gratitud por la ayuda mutua que nos prestamos en el pasado en determinados momentos de dificultad. Y también comprobé como, muchos de ellos, auténticos trabajadores, nobles y dedicados, formábamos todos parte de un núcleo mayor, enorme, inmenso, de espíritus comprometidos con esta humanidad en la ayuda, el trabajo y el servicio desinteresado bajo la dirección del Maestro Jesús.

Al preguntar sobre todo esto me contestaron que, tanto en la tierra como en el espacio vienen sucediéndose oleadas de espíritus encargadas de mantener el sentido moral del mensaje del Maestro hasta este cambio o transición en que se encuentra esta humanidad. Estas cantidades de espíritus dedicados al bien, no son ángeles, son sobre todo, como yo, apenas trabajadores, deseosos de redimirse y de trabajar en la obra divina para alcanzar una mayor iluminación que nos permita formar parte del mundo de regeneración que ya está a las puertas.

Esta es mi auténtica familia espiritual, y con ella me identifico y me identificaré siempre; pues mi pensamiento se afiniza con el de ellos, mis sentimientos vibran junto a los de ellos en un deseo ferviente de progresar y ser útil a la causa del Maestro Jesús; y, junto a los que también se encuentran en estos momentos en la tierra desempeñando su labor, formamos la avanzadilla, la vanguardia de este «equipo de amor», menos iluminada, pero más deseosa de trabajar ayudando a esta humanidad necesitada de esclarecimiento y auxilio.

Benet de Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

© 2017, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

UN CUERPO DESCONOCIDO

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Un cuerpo desconocido

«Un cuerpo fluidico, cuya sustancia es tomada del fluido universal, que lo constituye y lo alimenta… El periespíritu es más o menos etéreo, según los mundos y el grado de adelanto de los espíritus; es un órgano transmisor de sensaciones» 

Allan Kardec – Obras Póstumas

En la trilogía de la personalidad que podemos explicar respecto a lo que constituye la naturaleza del hombre, es preciso destacar el cuerpo biológico, el alma o espíritu encarnado y un cuerpo intermedio, semi-material, flexible, expansible, penetrable, que absorbe y emite energía al que denominamos periespíritu.

Sabido es por diferentes investigaciones que este cuerpo semi-material, intermediario entre el espíritu y la materia, es un doble del cuerpo físico. Estructurado por los fluidos mentales que lo envuelven presenta una configuración humana y está perfectamente visualizado e identificado en su forma través de aparatos electrónicos como la cámara kirlian; donde refleja fielmente las características mentales y emocionales de la persona a través de la luminiscencia que proyecta. En distintas escuelas filosóficas se le denomina como cuerpo psíquico o cuerpo astral, mientras que en parapsicología le otorgan denominaciones como bioplasma, psinergia, psicosoma, etc..

Tanto es así que el aura, el doble etérico, etc.. no son más que las manifestaciones lumínicas del periespíritu. El famoso nimbo, que orla a los santos de las iglesias alrededor de la cabeza, no es más que el reflejo del aura del personaje en función de sus méritos elevados; la luminosidad que irradia es reflejo del periespíritu, y de ahí las representaciones que se han hecho a través de los siglos.

Se dice que personajes de alta jerarquía espiritual que reencarnaron en la tierra (Krisna, Buda, Orfeo, Francisco de Asís, o el propio Jesús de Nazaret) poseían un aura que abarcaba varios kilómetros a su alrededor, consiguiendo de esa forma dulcificar el ambiente que les rodeaba allá dónde iban, y ejerciendo un magnetismo extraordinario que afectaba mentes y conciencias al estar bajo el amparo de la misma.


«Insensible a las causas de distribución y destrucción que afectan al cuerpo físico, el periespíritu garantiza la estabilidad de la vida durante la continua renovación celular» 

León Denís – «En lo invisible» Cap. III

Sirva esta frase de León Denís, el insigne investigador y filósofo francés, para destacar otra característica del periespíritu: resaltando la importancia del mismo en la renovación diaria que nuestras células experimentan día a día, garantizando la homeostasis que regula el equilibrio y metabolismo corporal. Sólo las células cerebrales (neuronas) se renuevan diariamente muriendo miles de ellas y naciendo otras continuamente.

Pero el periespíritu no sólo sólo interviene  en la sustentación de la vida a través de las células y los órganos que forman nuestro cuerpo. Además de todo ello, este cuerpo es vital desde el momento en que se produce la concepción de un nuevo ser en el vientre de la madre; siendo el encargado de efectuar la simbiosis molecular de intercambio con la célula huevo fecundada. Ello permite el desarrollo biológico del feto conforme a las características energéticas, magnéticas y kármicas que trae consigo el periespíritu, y que son el reflejo inmediato del programa que trae a la tierra el espíritu que reencarna (unido al periespíritu pero fuera del mismo durante el embarazo).

Es por ello que muchos investigadores le han denominado como el Modelo Organizador Biológico, ya que es el molde que permite que el espíritu (que no tiene forma como energía purísima que es) pueda reencarnar nueve meses después, cuando se produce el nacimiento y todos los vínculos bio-genéticos, psicológicos y espirituales se hayan entrelazados.

Como vemos, no sólo es el elemento que permite la continuidad de la vida del hombre en el plano físico y el espiritual. Es también el productor de todo tipo de fenómenos anímicos, físicos, psicológicos, mediúmnicos y espirituales. Comprendiendo las características del periespíritu y su naturaleza semi-material, sabemos comprender con exactitud fenómenos inexplicables, considerados como milagros, que no son tales.

También el conocimiento de su funcionamiento, nos aclara con exactitud y brillantez que nuestra alma inmortal regresa al mundo del espíritu después de la muerte llevando consigo aquello que ha sido, es decir, «cómo ha vivido». Y esto es posible porque a través del periespíritu grabamos en nuestra mente y conciencia las acciones, sentimientos, pensamientos e intenciones buenas o malas que realizamos desde la más tierna infancia.

Y puesto que la parte más sensible del periespíritu se marcha con el espíritu al otro lado de la vida, este último mantiene muy vivo en su conciencia todas las experiencias vividas. Así pues, el periespíritu es el emisor por excelencia de los pensamientos, emociones e intenciones del espíritu, siendo volcados hacia el cerebro (receptor de estos impulsos originados en nuestro espíritu inmortal) y procedentes de nuestro inconsciente profundo.

Si el cerebro es un reductor de vibraciones que permite que una energía purísima y extraordinaria -el espíritu o alma encarnada- pueda vivir en un cuerpo físico sin existir por ello contraindicaciones, hemos de saber que ello es gracias al periespíritu; sin él no sería posible la reencarnación, como tampoco la evolución del alma inmortal.

Las características de plasticidad, envoltura fluídica, absorción y penetrabilidad, son las que permiten a este extraordinario cuerpo intermedio la simbiosis molecular con la materia y la producción de fenómenos materiales, inteligentes y espirituales que han asombrado a generaciones, confundiéndolos con milagros, hechos sobrenaturales, estados alterados de conciencia, o cuestiones sin explicación para las ciencias materiales.


«En razón de su naturaleza etérea el espíritu no puede obrar sobre la materia sin intermediario, este cuerpo intermedio es el periespíritu y
es el lazo que une a ambos; siendo la clave de todos los fenómenos espiritistas materiales» 

A. Kardec – L.M. Cap IV

El origen del periespíritu es el propio fluido universal, y en cada planeta existe bajo sus propias características y peculiaridades, en función del proceso evolutivo espiritual de los habitantes que lo constituyen. Así pues, si un espíritu de elevada condición que pertenece a otra humanidad llega a este mundo y desea manifestarse, lo primero que hará será adaptar sus características periespirituales a las que rigen en el planeta al que llega, sin las cuales le será imposible no solo interactuar, sino ni siquiera manifestarse.

Es muy importante comprender que el periespíritu siempre está sometido a una única causa: LA VOLUNTAD DEL ESPÍRITU QUE LO ANIMA. Es la mente y la conciencia que reside en el espíritu la que, en el uso de su libre albedrío y voluntad, condiciona la acción del periespíritu sobre la materia y viceversa.

El periespíritu sufre a veces mutilaciones y deformaciones importantes, sobre todo porque al ser un doble del cuerpo físico, si nosotros atentamos contra éste último, mediante la imprudencia, los vicios que enferman nuestros órganos, las pasiones que embrutecen nuestra alma, la violencia contra nosotros mismos, etc. estas actitudes reflejan en el periespíritu un deterioro que conlleva una responsabilidad ulterior y consecuencias que dejan secuelas perniciosas en el futuro.

Pongamos un ejemplo drástico: el suicida que se quita la vida de forma violenta, rompe los lazos del periespíritu de raíz, con una virulencia que le impide realizar la transición al otro lado de la vida como sería conveniente, mediante el desligamiento paulatino y sosegado de una persona que muere de forma natural.

Esta violencia inusitada, no sólo perturba al alma que la ejerce sumiéndola en una gran turbación, sino que el propio periespíritu queda deteriorado, y en vidas futuras presentará el desequilibrio correspondiente, al formar el nuevo cuerpo biológico que tendrá que modelar. Será entonces cuando ese deterioro grave del periespíritu, se convertirá en deficiencias genéticas o biológicas que condicionarán la vida del suicida más allá de la tumba.

El tema es tan amplio e interesante que por espacio es imposible desarrollar más, sin embargo es posible que con estos comentarios hayamos despertado su curiosidad por aprender sobre esta importantísima faceta de nuestra personalidad que el dualismo /alma-cuerpo/ de algunas religiones o filosofías nunca contemplaron. Por ello les invitamos a informarse y comprender que el hombre integral ha de contemplar todos los aspectos que conforman su naturaleza, a fin de entender lo que somos, porqué estamos aquí y cómo nos afectan las decisiones correspondientes a nuestro libre albedrío y voluntad.

Un cuerpo desconocido por: Antonio Lledó Flor

©2017, Amor Paz y Caridad

MEDIUM PROBADO

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Medium Probado

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Durante mi estancia en la tierra, y cuando ya llevaba algunos años ejerciendo la facultad de la mediumnidad que afloró en mí a su debido tiempo, solía recordarme a mí mismo que el conocimiento no lo es todo, y a pesar de que me consideraba un «medium probado» por las circunstancias y efectos que a través de mí realizaban los espíritus, siempre albergaba una sensación de inconsistencia, de falta de seguridad, de confirmación.

Este era el motivo de repetirme constantemente que las pruebas que otros y yo mismo habíamos  recibido a través de mi mediumnidad, eran extraordinarias bondades de la facultad además de una auténtica bendición para el progreso de mi espíritu.

Cuando hablo de inconsistencia o falta se seguridad no estoy hablando de duda. La duda en la mediumnidad era y es perniciosa para su desarrollo, y así lo entendí aún con cuerpo físico. Pero lo cierto es que a pesar de múltiples pruebas y de reiterados beneficios de esta facultad, realizados por los espíritus a mi prójimo a través mío, incluso sobre causas y circunstancias que yo desconocía y que servían de consuelo y auxilio para sus necesidades espirituales -a pesar de todo ello como digo-, siempre la confirmación y los resultados positivos de las manifestaciones espirituales son hechos impagables para un médium.

Esta confirmación se presentaba con frecuencia a través de otros; y casi siempre de forma inesperada. Personas que llegaban a mí con la necesidad de consuelo por familiares queridos que habían partido al plano espiritual, y que me demandaban información sobre los mismos, a veces, no siempre, veían satisfechas y calmadas sus angustias con informaciones de los espíritus del familiar en cuestión.

Esta información era proporcionada muy escasas veces por el espíritu mismo, sino por otros espíritus familiares que, conocidos por el demandante de consuelo, informaban de las situaciones y condiciones espirituales del sujeto por el que preguntaban. Yo mismo quedaba sorprendido por las coincidencias, confirmaciones y pruebas que se vertían a través mío sin ser apenas más que un instrumento en esta actividad mediúmnica limitado a transmitir el pensamiento del espíritu comunicante, unas veces mediante la psicografía y otra por la mediumnidad de incorporación.

Con el ejercicio comprometido y serio de la mediumnidad, me visualicé a mi mismo ayudando a otros en su desesperación, en su oscuridad, en el ofrecimiento de consuelo y esperanza. A todos ellos les indicaba que yo apenas servía de instrumento y que la vida continuaba más allá del túmulo; haciéndoles partícipes de la buena nueva de la inmortalidad del alma y de la esperanza del posible reencuentro con el ser querido que había partido.

Todo siempre con el fin de que olvidaran el concepto de «perdida» de un ser querido; y lo sustituyeran por el de «separación temporal» del mismo. Nadie se pierde, nada se pierde, pues la vida es una y única, y en lo tocante al espíritu humano la vida continúa plena, hermosa, y extraordinaria en el plano espiritual.

Con todo y con ello, cuanto más practicaba la mediumnidad, dos circunstancias me condicionaban cada vez más. Por un lado; el conocimiento que la filosofía kardeciana ofrece sobre la mediumnidad me aportaba la seguridad y el camino cierto a seguir; pero era un camino de dificultad, de exigencia moral, de vigilancia permanente sobre mis imperfecciones. Pues para ser un buen médium, lo más importante no es ejercer la facultad sino hacerlo correctamente, y para ello hay que elevar el nivel de nuestro espíritu con la reforma moral y la constante atención a nuestras imperfecciones.

Por otro, conforme la facultad ampliaba su territorio, y la claridad y manifestación de los espíritus era más notoria; me daba cuenta de la pequeñez, de la insignificancia que los espíritus encarnados tenemos respecto a la sabiduría y el amor que nos ofrecen los espíritus elevados, los espíritus de los planos superiores que exceden con mucho los atributos de humildad, sencillez, caridad y sabiduría a los que nosotros podamos aspirar.

Esta enormidad; esta infinitud de manifestaciones de amor, de consuelo, de auxilio sin límite, de humildad sin límite, de caridad sin límite, de paciencia sin límite que a veces expresaban a través de mi materia, causaba en mí la preocupación de poder estar a la altura, como instrumento, de tales portavoces. Y ello fomentaba en mi interior la necesidad de disciplinarme en mejorar mis debilidades de carácter.

Así fui entendiendo y practicando la mediumnidad en mi etapa terrena; y además, en las primeras fases de mi desarrollo, donde los errores aparecen y la maquinaria no está todavía engrasada, tuve la gran ayuda de mi guía espiritual que, con la debida delicadeza, me señalaba las faltas cometidas, me indicaba la prudencia y la discreción como pauta a seguir, animándome siempre a continuar sin dudar ni un ápice de mi facultad.

Sin los conocimientos de la doctrina espiritista nunca podría yo haberme aventurado en tal empresa. Comprendí entonces que necesitaba ejercer este testimonio de la inmortalidad del alma para ayudar a los demás, y al mismo tiempo que me servía de progreso; comencé dando gracias a Dios por la misericordia que había tenido para conmigo, al proporcionarme la herramienta que necesitaba para saldar deudas de mi pasado y alcanzar un mayor grado de perfeccionamiento moral que el ejercicio responsable de la mediumnidad lleva consigo.

Ahora, desde aquí, redoblo mi gratitud al creador, pues gracias a la magnífica  facultad que tuve la ocasión de desenvolver, muchas piedras en mi camino de progreso fueron apartadas, conquistando a través de la renuncia y el auxilio a los demás, bondades impensadas para mi espíritu tiempo atrás.

Benet de Canfield

Medium probado Psicografiado por: Antonio Lledó

©2017, Amor, Paz y Caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en las que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

MENTE Y PANSIQUISMO

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Mente y pansiquismo

Mente y pansiquismo

Ya hemos explicado con anterioridad -en sucesivos artículos de esta revista- que tanto la mente, la conciencia como el cerebro, son instrumentos del alma. Esta última es la parte trascendente del ser humano y que últimamente es objeto de estudio en diferentes disciplinas científicas -psicología, neurología, psiquiatría, bioquímica, etc..- o filosóficas -teología, religión,espiritualidad-.

A este respecto, los neurobiólogos, en su afán de encontrar una solución al problema del origen de la conciencia, identifican a esta última como un producto de la mente. Es más, interpretan que la mente a su vez es producto de procesos biológicos únicamente que tienen que ver con el desarrollo evolutivo del cerebro.

Explicamos con anterioridad lo erróneo de esta premisa; pues la inteligencia nunca puede surgir por azar, ni por la aleatoria sucesión de átomos de materia gris que -sin propósito ni dirección alguna- se combinan por causalidad para dar como resultado lo más excelso del ser humano: su capacidad consciente, cognitiva, emocional y trascendente.

 No vamos a abundar en este concepto suficientemente explicado con anterioridad; pero sí vamos a incidir en que en el mismo origen de la mente se encuentra su capacidad. Nuestra mente no es más que un instrumento del que se vale nuestro ser consciente, nuestro espíritu inmortal, que se manifiesta a través del pensamiento y es traducido por el cerebro para su comprensión y manifestación en el plano físico.

Pero el origen de nuestra mente va ligado al de nuestro ser; si el espíritu es creado por Dios a su imagen y semejanza en cuanto a sus atributos superiores, lo mismo ocurre con la mente. Nuestra mente procede de una mente superior y es uno de esos atributos superiores con los que el creador dota al espíritu para que vaya desarrollándolo en las experiencias de su trayecto evolutivo, en la tierra reencarnados o en el espacio en estado espiritual.

Es mucho más fácil comprender que el origen de la mente -todavía incipiente que poseemos- procede de una mente superior, que entender que aparece por generación espontánea, debido al azar o la casualidad, como defienden los naturalistas que niegan el origen teísta del hombre.

Sea como fuere, hasta los propios naturalistas reconocen un proceso evolutivo de la mente con el transcurso de la evolución humana. Incluso, cuando se les propone que expliquen cómo es posible entonces la aparición de la conciencia y los estados mentales complejos, como no saben cómo hacerlo, están recurriendo al peregrino argumento de que en un principio evolutivo, la mente primitiva del hombre surge porque en la materia atómica ya existían proto-estados mentales que dieron origen a la mente humana posterior.

Es de tal inconsistencia el argumento, que lo utilizan antes que reconocer que una mente superior pueda ser el origen de la mente humana. Y no se dan cuenta de que al hacerlo, no sólo yerran, sino que caen en la trampa que ellos mismos denuncian para no reconocer a Dios. Con ese argumento no hacen ciencia, hacen metafísica.

Y no sólo eso; atribuir a la materia ciega, sin propósito alguno, estados proto-mentales que sólo podrían derivar de una mente inteligente, es darle a la materia unas características que no posee -la capacidad de originar pensamientos-. Algunos filósofos e investigadores ya han definido y calificado esta propuesta de los naturalistas que niegan a Dios -como mente e inteligencia suprema- con el término Pansiquismo. Y denuncian lo arbitrario e inconsistente de su evidencia científica.

Es un intento desesperado para conseguir una explicación del origen de la mente por parte de los científicos que niegan que la mente humana procede de Dios; y en esa huída hacia delante caen en el mismo error que ellos achacan a los científicos que reconocen en la mente del hombre un origen superior, a los que tachan de a científicos por colocar una causa superior en el origen de la vida, de la mente y la conciencia.

Este debate, instalado en las cátedras de neurobiología, psicología, antropología y otras, no es más que el comienzo. En la misma medida en que la ciencia se abra paso en la comprensión de la entidad trascendente del ser humano -el espíritu o alma inmortal- todo quedará explicado con nitidez y claridad. Sin embargo, el tiempo es el gran dictador de la verdad inexorable.

Y, curiosamente, el transcurrir del tiempo, el avance de la ciencia y el enorme avance de la tecnología, lejos de ofrecer coherentes explicaciones materialistas sobre el origen de la mente, nos deriva a confirmaciones y evidencias de que una Causa Inteligente es el origen del Universo, de la Vida y del Hombre.

Una causa a la que pobremente llamamos Dios; pero que se manifiesta como una Mente Superior en todos los ámbitos de la realidad conocida; el Universo físico y el Universo espiritual.

Adelante; esta Inteligencia Suprema, no tiene prisa, el tiempo y el espacio -dimensiones relativas- que el mismo ha creado, son los testigos inexorables de su proyecto, de su propósito en la creación del hombre y de la vida.

Este es un Universo con propósito, con significado; por ello, el hombre, cómo una creación superior de la Conciencia Divina, también tiene su sentido y su propósito, algo que alcanza con el transcurso evolutivo de los milenios; en los que desarrollará sus atributos intrínsecos, de los que uno de los más importantes es la Mente Humana.

Mente y pansiquismo por: Antonio Lledó Flor

© 2017 Amor, Paz y Caridad

TRABAJANDO EN LOS OBSTÁCULOS

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Trabajando en los obstáculos

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Cuando me inicié en el conocimiento de la filosofía espiritista, uno de los problemas que acuciaban mi mente era cómo conseguir ser eficaz y consecuente con los conocimientos que iba adquiriendo.

La respuesta fue tan sencilla como evidente; en un mundo rodeado de imperfección moral, dónde nosotros mismos nos vemos afectados por tal circunstancia, no podemos esperar a ser perfectos para ponernos a caminar. El camino se hace andando y las formas de recorrerlo son el trabajo y el servicio.

Lo que realmente tiene verdadero mérito, es trabajar por los demás y servir de forma desinteresada, a sabiendas que volveremos a equivocarnos, a tropezar, a caer y al mismo tiempo tendremos que luchar con nuestras torpezas y debilidades.

Esta lucha, realizada de forma consciente cuando se alcanza el conocimiento de la realidad de la vida y la trascendencia de nuestra existencia en la tierra; se presentaba en mi trayectoria en el mundo como el mayor reto. Pues una vez alcanzas una pequeña percepción del compromiso espiritual que has de desenvolver, el esfuerzo de levantarse después de una caía o un error grave, aparece ante nosotros con una nueva perspectiva.

La perspectiva de la fortaleza y el mérito; fortaleza porque en esa lucha constante, en esa vigilancia permanente sobre nuestras imperfecciones, yo mismo me daba cuenta de que el levantarse suponía una aflicción para mi alma, pero una vez superada la primera impresión negativa, experimentaba con claridad la fortaleza y la determinación que mi espíritu adquiría paulatinamente ante las dificultades. Me repetía constantemente a mí mismo que lo que tiene mérito es lo difícil, pues lo fácil lo hace todo el mundo. Y bajo este pensamiento intentaba superarme.

El camino hacia la superación y transformación moral se presentaba ante mí como la columna vertebral de mi existencia. Y, aunque estando con materia así lo comprendía, no fui consciente de su total importancia hasta que no llegué a este plano espiritual y supe la trascendencia real que tienen los defectos e imperfecciones morales en el desarrollo evolutivo del espíritu; entendí cuánta falta hace al espíritu encarnado trabajar en los obstáculos que sus propias debilidades le suponen.

No era cuestión de lamentarse ahora, pues con la visión ampliada que el estado espiritual permite, y después del repaso de mis compromisos en la tierra (acertados y errados), la sensación era de una leve frustración por no haber aprovechado más el tiempo en la corrección de mis debilidades de carácter.

El refugio en el trabajo y el servicio desinteresado es el recurso poderoso que la divina providencia pone a nuestra disposición en la tierra para que, al mismo tiempo que caminamos y progresamos, seamos capaces de enfrentarnos a nosotros mismos y comprobemos, a través de la entrega a nuestros semejantes, como en un espejo, aquellas deficiencias que debemos corregir. Si nuestra relación  con nuestro prójimo es inexistente, es muy difícil vislumbrar allí dónde nos equivocamos.

El mero hecho de volcarnos en una obra altruista de entrega desinteresada hacia el prójimo, me permitió olvidarme de mi acendrado personalismo, y aunque este seguía instalado en mi carácter, la necesidad de renunciar a algunas cosas en beneficio de mi compromiso espiritual me hacía comprender que, !me quedaba tanto por hacer que yo no era más que un aprendiz!, y por tanto no podía vanagloriarme de nada.

Este pensamiento, generaba en mí la necesidad de alcanzar mayores dosis de humildad, con lo cual mi personalismo se iba retirando, agazapado en los pliegues más profundos de mi alma, para volver a resurgir a la mínima oportunidad en que un halago, o una adulación por algo realizado por mí, llegaba a mis oídos. Este era  mi primer obstáculo serio a la hora de alcanzar mis objetivos de redención y purificación espiritual.

Lo importante, analizaba yo en ese momento, era que por fin me daba cuenta; y el principio para conocerse a uno mismo es darse cuenta de cuando nuestros defectos afloran; pues sin el conocimiento de los mismos apenas podemos estar vigilantes sobre ellos a fin  de erradicarlos.

Siendo esta una de mis debilidades principales, yo mismo sabía que necesitaba trabajar tanto en mi interior como en el trabajo exterior, sin descanso. Y en esto último, para que la entrega a esta causa de la divulgación de la doctrina de Allán Kardec, y los esfuerzos realizados en distintas instituciones y asociaciones en varias partes del mundo con las que colaboraba, fueran útiles, sabiendo que el primer beneficiado era yo mismo.

Esto no es un pensamiento o actitud egoísta, pues el camino del trabajo y la renuncia se presentaron ante mí, como la herramienta útil para pulir algunas debilidades como la mencionada; al mismo tiempo que forjaban un mérito en el haber espiritual de mi contabilidad moral que yo mismo ignoraba en esos momentos, y que sólo comprendí más adelante cuando fui retribuido por ello en forma de auxilio cuando más lo necesité.

Comprobé así como, una vez más, la justicia divina era perfecta y daba el «ciento por uno» que desde siempre se nos ha enseñado. Mi personalismo, era apenas una mezcla de orgullo mal entendido y de arrogancia intelectual.

No obstante me daba cuenta de que, a mayor conocimiento y comprensión de la realidad de la vida, mi ignorancia sobre las profundidad de la vida espiritual y de las leyes divinas era manifiesta, lo que me puso ante la tesitura de entender que no tenía de qué vanagloriarme, ningún conocimiento podría nunca hacerme superior a mis semejantes, ninguna actitud, salvo la de la entrega, la renuncia, y el amor desinteresado podría elevarme por encima de nadie.

En la medida en que entendía este mensaje interior, que iba acrecentándose conforme vivía mis experiencias y aprendía mis conocimientos, el sentimiento de pequeñez, de niñez y de inexperiencia sobre la vida y el amor, hacía que dosis de resignación y de humildad fueran abriéndose poco a poco en mi alma, propiciando la retirada paulatina de mi orgullo y personalismo mal entendido.

La arrogancia intelectual, daba paso a la conciencia de mi supina ignorancia sobre muchas cosas, y lo único que me alentaba era la necesidad de seguir trabajando, luchando y sirviendo, en la medida en que conforme lo hacía, veía retroceder los obstáculos que mi herencia espiritual de épocas pretéritas, de otras vidas, llevaba impresa mi espíritu inmortal.

Como comprendí posteriormente; esta herencia que son las imperfecciones de nuestro carácter, eran los grandes obstáculos del progreso de todo espíritu, y la localización y ansias por superarlos representaba sin duda el pasaporte más certero, más fiable y más cierto hacia la redención moral y la evolución de todo ser encarnado en la tierra.

Benet de Canfield

Trabajando en los obstáculos por: Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor Paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

LA RESPUESTA: UNA CAUSA TRANSCENDENTE

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La respuesta: Una causa transcendente

«De la cuna a la tumba»; este es el recorrido inexorable que afecta a todo ser humano en la tierra. Solamente la mera percepción de la vida -el intervalo que sucede entre ambos acontecimientos- nos permite reconocer lo que somos; quedando ante la incertidumbre de nuestro pasado y nuestro futuro sino llegamos a comprender que somos seres trascendentes y preexistentes.

Toda duda, toda indecisión respecto a nuestra existencia, se disipa con claridad cuando nos paramos a reflexionar unos pocos momentos sobre la propia vida que llevamos. Ni siquiera la ciencia -mitificada en exceso como la única que puede entender la realidad- es capaz de comprender ni el origen ni el destino de la vida.

Le falta la herramienta principal, la Causa que da origen a la misma, y esta no se encuentra dentro de sus parámetros, está por encima de sus expectativas y no existe método científico capaz de alcanzarla. La base de todo método científico es la inteligibilidad del universo; es decir, la capacidad de comprender aquello que nos rodea. Albert Einstein lo definió de la siguiente manera:

«Lo incomprensible del Universo es que sea comprensible»

A pesar de ello, el propio Einstein se percató precisamente de la gran verdad que se encierra detrás de todo ello, y esta no es otra que las causas que originan esa comprensión son inaccesibles para el ser humano; no podemos llegar a ellas porque ni siquiera sabemos el cómo o el porqué de la aparición de este universo del que formamos parte.

Comprendemos las leyes que lo rigen, podemos proyectar los resultados y probabilidades de cómo se comportan los parámetros de la física, de la química, de la biología, etc.. pero no alcanzamos a encontrar la etiología y la causa que los origina y bajo la cual se han originado.

Así, mientras unos científicos abogan por fuerzas ciegas o aleatorias, el azar, o la auto-organización de todo lo que existe; otros abogan por una causa inteligente que es la base de los principios inteligentes que se demuestran en las propias leyes de la física, la matemática, el código genético, etc… Toda la información que nos proveen los elementos del universo en cuanto al orden, precisión y equilibrio de las leyes que lo rigen, apuntan indefectiblemente a una causa inteligente como su origen.

Una fuerza ciega es improbable que se armonice aleatoriamente de forma que llegue a crear vida; lo mismo ocurre con las leyes en sí; estas demuestran el proceso y funcionamiento del universo y de la vida, pero son independientes de la causa que las ha originado. Ninguna ley es capaz de crear nada, si acaso explicar el funcionamiento de lo que ya existe.

Ante esta perspectiva de una Causa Primera Inteligente, que trasciende al propio universo y a la realidad que podemos comprender; es realmente asombroso que se permita al hombre conocer y comprender el medio dónde se desenvuelve. Puesto que, si estamos aquí por azar y nada trascendente gobierna la vida y el universo, podríamos vivir permanentemente engañados bajo la ilusión de conocer aquello que creemos conocer.

Más bien ocurre lo contrario; el Universo y la Vida parecen planificados y diseñados para que el hombre pueda comprenderlos, observarlos, utilizarlos y aprovechar esta circunstancia para su propio progreso y beneficio. Esta reflexión tiene mucho que ver con el Principio Antrópico (Antrophos = Hombre) de la física, dónde las leyes y las constantes que propician la vida están equilibradas de tal forma que se presentan afinadas y ajustadas a un nivel de precisión enormemente exigente para que exista la vida y el hombre pueda ser su beneficiario último. Algo muy alejado del azar, la casualidad o las fuerzas ciegas aleatoriamente implementadas.

Aquí estamos hablando pues de que una Causa Trascendente es la que permite que nosotros estemos aquí; en este universo, viviendo, sintiendo, experimentando, sufriendo y gozando. Esta Causa a la que no podemos comprender, -pues está muy por encima de aquello que ha creado- es a lo que las religiones han denominado Dios, y muchos científicos, que no se contentan con el azar como explicación a la perfección y las leyes que rigen la vida, comienzan a incorporar a sus postulados y principios personales.

Lo cierto y verdad es que grandes investigadores y mentes lúcidas de finales del siglo XX y de este siglo XXI, escépticas por naturaleza, han sido llevadas por sus propias investigaciones a la realidad de la existencia de una Causa Trascendente que ha conseguido modificar su enfoque sobre la vida y el universo, aceptando una super-inteligencia como la mente donde comenzó todo.

Entre muchos; científicos de la talla de Francis Collins (Director del Proyecto Genoma Humano), Sir Fred Hoyle (Astrónomo y Matemático) o Willem Penfield (Padre de la Neurocirugía), se convencieron de esta trascendencia en el origen de todo gracias a sus propias investigaciones. No llegaron a través de la creencia al conocimiento de la existencia de Dios, sino a través de su propia ciencia.


«Parece como si una superinteligencia hubiera trasteado en la física, la química y la biología, y de que en la naturaleza no hay fuerzas ciegas de las que merezca la pena hablar» .

Sir Fred Hoyle – Revista Anual de Astronomía y Astrofísica

Al abordar la complejidad de la vida a nivel bioquímico, y con el avance de los métodos de investigación, la informática y los microscopios electrónicos, cada vez es más evidente que la célula (elemento de la vida), no puede existir por sí misma sin una serie de complejos mecanismos que provee su ADN mediante unos códigos que se asimilan a un lenguaje claramente definido. Es aquí, en los intrincados procesos del ADN, dónde las cadenas de proteínas se articulan para nutrir, desarrollar, reproducirse, expulsar y ejercer la función que le corresponde a toda célula, siendo cada una de ella responsable de su complejidad en base a la función que posteriormente deberá desarrollar. ¿Quién ha puesto ahí esos códigos? ¿De dónde han salido? ¿Cómo células procedentes del mismo origen se especializan en funcionamientos dispares y antagónicos unas de otras? No preguntamos el porqué sino el cómo.

Toda información proviene de la mente, por ello en el origen de la vida de la célula Francis Collins observa una Causa Trascendente, una Mente Superior  que la propicia, afirmando en su libro ¿Cómo Habla Dios? lo siguiente:

«Dios es el motor de la evolución, como una especie de primer motor en la célula»

El aceptar una causa trascendente en el origen de la vida y del universo permite explicar mucho mejor y con mayores garantías de éxito la propia conciencia humana. Si hay una mente súper inteligente que ha creado todo lo que existe, es mucho más fácil explicar la existencia de otras mentes más limitadas que provengan de ella, como son las que poseemos los humanos.

Por ello W. Penfield, -padre de la neurocirugía- después de miles de experimentos para demostrar justamente lo contrario -que la mente procede del cerebro- tuvo que aceptarlo, afirmando:

«Hoy, después de empeñarme en demostrar durante años que la mente proviene del cerebro afirmo que además, existe una realidad no física que interactúa con el cerebro»

Esta realidad no física constituye lo que denominamos alma, espíritu, mente, nuestro auténtico ser – lo que somos realmente – una entidad inmortal al proceder de esa misma esencia eterna que es nuestro Creador. Esta Mente Superior que es el origen de todo cuanto existe; sustenta y promueve de forma perpetua toda su obra, y su máxima expresión es el hombre -creado a su imagen y semejanza en su naturaleza espiritual e inmortal. Todo ello con un propósito y significado concreto: «permitir al ser humano alcanzar la perfección y la plenitud mediante el desarrollo de las cualidades divinas que, como una semilla, se encuentran dentro de sí mismo

El nuevo paradigma científico de las últimas décadas está acercándose a Dios como Causa Trascendente a través de la propia ciencia que, lejos de rechazar a Dios, comienza a vislumbrar su presencia detrás del origen de la vida y del universo. Y a pesar de que no podamos comprenderlo ni medirlo mediante ningún método científico -pues está por encima de nuestras limitadas capacidades-, se revela al ser humano a través de los efectos que su voluntad ha generado, preparando este universo para la expansión, crecimiento y felicidad del hombre.

La respuesta: Una causa transcendente por: Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

COMPROMISO «IN AETERNUM»

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COMPROMISO "IN AETERNUM"

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Una de las reflexiones más transcendentes para mi alma, y creo que para la mayoría de aquellos que caminamos con algo de conciencia hacia el progreso de nuestro espíritu inmortal, es darnos cuenta del importante compromiso que hemos adquirido al poco tiempo de trascender la vida física y llegar al plano espiritual.

No es como consecuencia de traspasar el umbral de la vida que nos hacemos conscientes de esta realidad; pues ya en la tierra y con cuerpo físico tenemos alguna intuición del deber que hemos de cumplir en la vida.  Sin embargo, cuando tomamos conciencia plena de nuestro auténtico ser inmortal sin las barreras del cuerpo biológico, aceptamos y vislumbramos la realidad y la amplitud de aquello que hemos de cumplir.

Este compromiso que desde este plano espiritual se vislumbra nítido, expedito, claro y contundente, en la tierra no lo es tanto; pues las imperfecciones propias del espíritu y las tendencias instintivas de la materia que nos acercan al primitivismo, oscurecen sobremanera el entendimiento y la lucidez que nuestra mente debiera tener para caminar con paso firme y determinación hacia los objetivos espirituales planificados -por nosotros mismos- antes de encarnar.

De aquí se deduce la dificultad de cumplir al 100% el compromiso adquirido, no obstante, este es un handicap con el que ya contamos antes incluso de reencarnar. En mi caso fue exactamente como en el de otros muchos: no pude cumplir en su totalidad; no obstante ahora, puedo comprender que aquello que me quedó por hacer he de conquistarlo en una próxima oportunidad, comprobando así la grandeza y misericordia divinas que nos ofrece multitud de posibilidades para nuestra regeneración moral e iluminación interior.

Solamente -en contra de mí mismo- quedan las tareas por realizar como algo pendiente en mi débito moral, y por ende, mi determinación en este sentido es y será, en una próxima existencia la prioridad manifiesta de mi alma en cuanto a objetivos a alcanzar.

Sin duda ninguna, otra de las reflexiones a la que me induce el análisis de mi compromiso espiritual es el hecho de que tal deber es algo eterno, no es transitorio, no es coyuntural, no es parcial y tampoco arbitrario. Todo ello desde el instante en que mi conciencia se abrió al conocimiento y el entendimiento de mi ser inmortal; no en esta última existencia, sino hace ahora algunos cientos de años, en otras vidas anteriores. Como digo, desde ese preciso momento comprendí que el compromiso espiritual es el combustible que permite al espíritu no dejar de progresar, siempre en la conquista de nuevos retos, nuevos objetivos, nuevas realizaciones que nos ayuden en el camino del perfeccionamiento moral, de la plenitud y de la búsqueda de la felicidad.

Así pues, el compromiso que libremente adquirimos como espíritus conscientes de nuestra imperfecta realidad es ineludible para seguir progresando. Y en esta cuestión nunca estamos solos, pues por un lado recibimos consejos y auxilios espirituales que nos ayudan, tanto en el espacio como cuando estamos reencarnados en la tierra.

Y por otro lado hemos de comprender que, aunque somos de libre albedrío, nuestro compromiso espiritual va con frecuencia ligado a otros espíritus, a los que debemos reparación por nuestros errores del pasado; o gratitud, por la ayuda recibida por su parte, o fidelidad a una causa, o incluso relación familiar por el afecto que desde hace siglos nos profesamos, al formar parte de la misma familia espiritual. La doctrina de Allan Kardec nos explica con meridiana claridad que los espíritus se vinculan por el amor o por el odio.

En el primer caso, espíritus afines, familiares, amigos y pertenecientes a una misma escala espiritual, se vinculan, se comprometen y se relacionan, vida tras vida, en el espacio, etc.. para conseguir entre ellos seguir progresando; saldando y expiando deudas del pasado y conquistando mediante la práctica del bien y del amor mutuo, sendas de progreso e iluminación interior que les ayuden en su camino de ascensión hacia la plenitud.

Así se forman las «familias espirituales»; constituidas por lazos de afecto, de amor y de relación comprometida. En algunas ocasiones estos espíritus vienen juntos a la tierra enfrentando compromisos comunes; en otros casos unos quedan en el espacio y otros reencarnan, siendo estos últimos ayudados por los primeros a la hora de conseguir sus objetivos espirituales; y a la recíproca, suelen también invertirse los papeles en próximas vidas.

Sea como fuere, mi compromiso con algunos espíritus que reencarnaron junto a mí, era más que evidente; de unos recibía un amor incondicional, un amor inmenso que no puedo ahora valorar; pues lo seguí experimentando cuando, precediendome en su partida al plano espiritual, lo seguía sintiendo y viviendo con nitidez desde mi estado como encarnado. Era un amor sin medida que llegaba y me inundaba el alma. Es un sentimiento inexplicable con palabras pues no atiende a la razón sino al corazón; no se explica, se siente.

De otros espíritus que me acompañaron en la jornada terrena no podía esperar amor; sino que yo era el obligado a ofrecérselo, a auxiliarlos, a encaminarlos, a orientarlos. Yo era deudor, era el espíritu que había venido junto a ellos para su consolación y ayuda. Ahora debo confesar que, en algún caso lo conseguí, en otros no tanto; de ahí la aflicción que mi alma experimentó cuando, al retomar mi conciencia plena en el espacio, y una vez visualizados los méritos y errores de mi vida terrena, el compromiso adquirido con esos espíritus seguía invariable.

Ahora sé que esta es una tarea para mi futuro inmediato. Ya he comenzado a realizarla desde aquí; intentando ayudar en lo que me es posible, reparando el bien que dejé de hacerles y que todavía permanece en mi conciencia como una deuda mayor. Y si espiritualmente se me permite, seguiré ayudándoles, preparándome adecuadamente por si la misericordia divina me concediera de nuevo una oportunidad de reencarnar junto a ellos.

Así pues, mis estimados lectores, el compromiso de un espíritu es eterno, porque conlleva en los primeros estadios evolutivos la reparación de las faltas cometidas contra otros; mientras que conforme avanzamos, este compromiso se transforma en misiones generalizadas para con todo nuestro prójimo, sin especificación alguna.

Cuando nuestro espíritu alcanza la lucidez y la claridad que le otorga su evolución moral, el compromiso se convierte en una colaboración perfecta con la obra divina, una obra que es esencialmente amor. El amor que todos esos espíritus que han venido a la tierra dando ejemplo han practicado, un amor sin distinción de familias, afectos o enemistades; un amor total, incondicional, sin mácula; que fue y sigue siendo el compromiso principal de todos los grandes maestros espirituales que han servido de paradigma al progreso moral de la humanidad.

Un amor representado -por encima de todos ellos- por el incomprendido Maestro Galileo, que cambió el concepto del amor ampliándolo hacia todo y para todos, incluso nuestros enemigos. Este es el compromiso «in aeternum» (para siempre) que todo espíritu evolucionado abraza hasta llegar a la angelitud y la perfección.

Para alcanzar esto último, a mi alma, y a la de la gran mayoría de los que nos leen, nos restan todavía siglos de lucha, evolución y perfección moral en el bien y en el deber, asumiendo el cumplimiento de este compromiso con nuestro prójimo que emana directamente de Dios.

Benet de Canfield

Compromiso «In aeternum»: Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

 

 

 

 

 

(*) Para siempre.

 

LA VIDA Y LA EVOLUCIÓN SIMULTÁNEA

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LA VIDA Y LA EVOLUCIÓN SIMULTÁNEA
Fuente hidrotermal

Continuando, en cierto modo, la exposición realizada el pasado mes sobre la dualidad de la vida celular -física y espiritual-, se hace preciso una breve y sintética exposición sobre el desarrollo de la misma a través de las fases evolutivas, así como de los agentes que la posibilitan y la permiten.

En la primera molécula de azúcar surgida en las aguas de los océanos iniciales, a consecuencia de la ruptura del agua marina sobre las rocas, se inicia el proceso de la vida unicelular en las primeras algas o plantas marinas. Posteriormente la mitosis celular, la reproducción asexual y por último la reproducción sexual darán origen a los procesos biológicos que originan la vida en el planeta a través de las distintas especies pluricelulares y el desarrollo de las plantas y los animales.

«Desde el primer proceso biológico existe en él un campo de fuerza organizador, un principio que se forma concomitantemente con la propia vida, capaz de almacenar su experiencia pasada y que funcionaría como un modelo organizador biológico: MOB»
Ing. Hernani Gimaraes Andrade – Libro: Biología Transcendental

Lo que distingue la materia inanimada de la materia con vida o biológica es la existencia de ese sistema organizador biológico del que habla Gimaraes Andrade. Ese organizador cohesiona las moléculas del cuerpo al que anima, dotándole de crecimiento y evolución, mientras que en la materia inanimada esas moléculas se encuentran disgregadas y tienden -por la ley de la entropía- a la desorganización y transformación energética.

Desde ese primer momento se sustancia una evolución simultánea en el plano físico y en el extrafísico. Tal como explicamos en el anterior artículo, detrás de cada célula (organismo vivo más pequeño) existe un origen físico y otro extrafísico. El primero obedece a la formación de las condiciones que promueven la formación de los planetas y su biosfera. Hoy día podemos afirmar que, según la ciencia, procedemos de las estrellas, y como tal, todos los planetas en formación se originan de los elementos interestelares y de la combinación del carbono, el oxígeno, el hidrógeno y el nitrógeno que permiten la consolidación de atmósferas adecuadas para el desarrollo de la vida posterior.

El origen físico está claramente explicado, y de su evolución posterior hablaremos a continuación; pero el aspecto extra-físico lo representa el MOB, y el origen de este tiene que ver con la Mente suprema que dirige y crea el universo físico-espiritual. Esta mente superior, consciente e inteligente, como afirmaba el premio nobel Max Planck, está detrás de la energía y la materia, -la crea, la sustenta y la dirige-; siendo así que sin la intervención de esta Conciencia y Mente Superior que crea el Fluido Cósmico Universal -del que procede el MOB- nada existiría por sí mismo.

Desde la formación de la gravedad, el electromagnetismo, y las fuerzas cuánticas débil y fuerte, que permiten la aparición del tiempo y del espacio y con ello del universo físico, existe esta Causa Primera que podemos denominar Dios que da origen a la vida y los universos.

Las leyes de la física explican los procesos de esta formación y evolución, pero no tienen en absoluto papel creador alguno. El diseñador está por encima de su obra; al igual que podemos comprender el funcionamiento de un vehículo sin saber en absoluto apenas nada de su inventor, lo mismo ocurre con la creación y la vida: podemos entender las leyes que la hacen funcionar sin saber apenas de la mente que la ha originado.

Así pues, desde el primer momento de la formación de nuestro universo conocido, hace ahora 13.700 MM de años, la intervención de esa Mente Superior y de algunos arquitectos e inteligencias superiores -bajo su supervisión- han venido propiciando el desarrollo de la vida, las galaxias, los planetas, y la vida en sí en los mundos que la tienen o la han tenido. Son precisamente estas potencias espirituales encargadas de la co-creación divina de los universos, las que actúan directamente en la aparición, desarrollo y evolución de la vida en los planetas en su apartado extra-físico.

Tanto es así que, durante los miles de años que comporta la evolución de un mundo hasta que aparece la inteligencia; ellos son los que permiten, dirigen y estimulan los procesos biológico-espirituales (MOB) que darán como resultado la aparición del hombre y con él la inteligencia y el principio espiritual, que evoluciona desde los reinos inferiores hasta alcanzar el grado de conciencia y libre albedrío que caracteriza al ser humano.

En las primeras fases evolutivas, estas inteligencias dirigen la biogénesis (los procesos de desarrollo biológico y espiritual de los animales y plantas). Tanto es así que el principio vital y espiritual que permite la vida, y que cuando termina el ciclo de existencia regresa al fluido cósmico universal, es manipulado, ordenado y dirigido en una única dirección: la del progreso y evolución de las especies, hasta la individualización del psiquismo animal que suele producirse con la aparición de los reptiles.

Antes de ello, todos los animales funcionan en base a un «psiquismo grupal», que es tratado y modelado para conseguir los resultados posteriores que determinarán procesos de mayor evolución. Con los reptiles el psiquismo se individualiza, aparece el cerebro reptiliano -dónde residen las emociones-, y del cual todavía hoy conservamos una parte los humanos (el fenómeno de recapitulación del embrión humano prueba esta evidencia científica).

Con la evolución de estos hacia los animales superiores se va alcanzando un mayor protagonismo de la parte biológica o física y menor de la parte extra-física que; no obstante, sigue interviniendo hasta que se llega al estadio del simio chimpancé (compartimos el 98,5 de genes) y homo sapiens. Es aquí dónde aparece la inteligencia que podemos definir como «pensamiento continuo» propiciado por el lenguaje, que permite a los primeros homo sapiens-sapiens exteriorizar su pensamiento e interactuar con sus mismos compañeros a través de una comunicación directa donde aparece la imaginación, la creatividad y los primeros signos de conciencia.

Es a partir de este momento dónde el hombre se encuentra sólo frente a sus propios actos; el libre albedrío comienza regir su comportamiento moral y la responsabilidad de sus actos es únicamente suya. Las intervenciones del mundo extra-físico ya no intervienen directamente en la evolución del hombre; el cual busca en las primeras etapas evolutivas su propia identidad que todavía no logra encontrar, de forma que reencarna casi automaticamente, una y otra vez, a fin de acaparar experiencias y vivencias que formen un carácter y una identidad.

Esta evolución biológico-espiritual de la que hemos hablado, que es simultánea a todos los procesos de la vida biológica se bifurca en dos ramas. La primera la del hombre, individualizado, con conciencia, inteligencia y libre albedrío, sometido desde ese momento a las leyes morales que rigen el proceso evolutivo en todos los mundos para los seres inteligentes (principio inteligente=espíritu). Y otra correspondiente a los reinos restantes de la naturaleza y de la vida, que siguen siendo tutelados por la parte extra-física con la intención de servir de apoyo a la especie superior que es el hombre, este último alberga en su interior las capacidades y atributos divinos, que al igual que su creador posee de forma latente hasta su desarrollo a través de la evolución que le llevará miles de años.

Una evolución no se entiende sin la otra; y la física está sometida desde el primer instante a la evolución extra-física que, desde la primera célula, anima con la vida el desarrollo de la biología mediante el principio vital que procede del principio espiritual creado por Dios. Cuando algunos -no todos- biólogos evolutivos nos dicen que la vida es fruto de una «fatalidad biológica», y que somos únicamente máquinas reproductoras de ADN mediante el resultado de unos genes ciegos que compiten entre sí para sobrevivir, estamos asistiendo a una explicación que tiene más de mito que de ciencia.

En ello coinciden grandes científicos y genetistas del momento, al afirmar que las condiciones que se necesitan para la aparición y sustentación de la vida celular son tan complejas, que la misma ley de probabilidades matemáticas la hace improbable. Salvo que una inteligencia superior, con un propósito concreto, haya creado y puesto esas leyes y condiciones para la aparición y el desarrollo de la vida.

Así pues, la evolución y la vida tienen siempre detrás el pensamiento, la intención y el propósito de una Inteligencia Suprema y Causa Primera de todo cuanto existe y a la que pobremente llamamos Dios. Él ha dado origen a la vida y propiciado esta evolución simultánea que nos hace al hombre la cúspide de su desarrollo; y la prueba de ello es la creación de nuestra propia alma o espíritu a su imagen y semejanza -espiritualmente hablando- lo que nos dota de inmortalidad y un destino libre y venturoso hacia la plenitud, la perfección y la felicidad.

Honremos, con nuestra admiración y profunda gratitud tal acto de amor y de sabiduría, cuya comprensión escapa todavía -en su totalidad- a nuestras limitadas mentes y conciencias imperfectas.

La vida y la evolución simultánea por:Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

EL GUÍA EDUCADOR

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El guía educador

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

El guía educador

Continuando con las explicaciones desde este otro lado; ahora sí con la claridad y lucidez que mi estado me permite, toca hablar de la importancia que mi guía espiritual tuvo en el desarrollo y realización de mis compromisos espirituales en la tierra.

Se asignan adjetivos a los espíritus protectores que orientan a los hombres en su trayectoria terrena; pues bien, yo decidí hace tiempo llamarle «educador», y ello a pesar de saber, incluso en la tierra, quién había sido y cual fue su trabajo en una vida anterior, ilustre representante en mi país del movimiento espirita, e incansable luchador por los derechos de los más desfavorecidos.

Pero lo importante para mí no era quién fue, sino qué hacia conmigo, cómo me inspiraba, asesoraba, informaba, educaba y callaba cuando mis actos, pensamientos o actuaciones no correspondían al programa que debía conseguir y en el que él estaba igualmente comprometido.

Es, sin duda, una de las importantes labores de los espíritus guías o protectores: educar, corregir, encauzar y orientar con dulzura, delicadeza y paciencia a aquellos con los que tienen el compromiso de guiar. Esto no tiene nada que ver con inmiscuirse, violar el libre albedrío de aquel al que asesoran, apuntar, o influenciar desatinadamente para la consecución de aquello que se pretende, sin respetar la voluntad del protegido.

No son apuntadores, no pueden intervenir en nuestro libre albedrío, y a pesar de que estemos haciendo las cosas mal, a lo único que pueden aspirar es a advertirnos, a avisarnos de que no vamos por el buen camino. Pero hasta ahí llega su intervención, no más. El amor que profesan a aquellos a los que orientan, tiene a su vez la recompensa de procurar afinizar sus pensamientos con el espíritu encarnado al que protegen.

Si se trata de espíritus de elevada condición, es difícil que pierdan el tiempo con espíritus encarnados de baja elevación moral. Antes al contrario; la regla es que el protector es un ser siempre más elevado que aquel al que orienta y le toca guiar; pero no tan purificado como para pertenecer a las esferas superiores que algunos pretenden. Es mayor, y al mismo tiempo, directamente proporcional la magnitud, pureza y elevación del protector con la de su protegido.

Imaginemos a Jesús, divino maestro, que en base a su condición angélica, sólo podía recibir la protección de seres iguales o superiores a él; por ello era directamente inspirado por Dios. Nos cuesta entender esta realidad, pero así es como se articula el proceso del guía con el protegido.

En mi caso, y en base a mi limitada condición moral, tuve no obstante la gran ayuda de un ser elevado y trabajador incansable, que supo dotar a mi alma de la necesidad de aprender y trabajar. Ello en una primera fase, para insistir permanentemente en la voluntad de servir como la segunda etapa de mi aprendizaje en la tierra.

De forma extraordinaria cada vez lo sentía más y más cerca de mí, y, a pesar de que también las pruebas de fe y confianza vinieron a visitarme en este sentido, pude lograr con el una identificación que me auxilió y ayudó notablemente en los momentos de soledad en que a veces me encontraba, rescatandome con firmeza de las garras de la tristeza continuada.

El rigor de su carácter respecto a determinadas tareas, y a pesar de que siempre respetó mi libre albedrío, me hacía obligarme a mi mismo a una disciplina moral que, nunca fue en los inicios de mi peregrinaje terreno, una de mis virtudes más acendradas.

Ahora, desde aquí y en este estado puedo valorar su paciencia, su amor y su trabajo para conmigo. Nunca estará mi alma más agradecida; no sé cómo pagar tanta dedicación, tanto afecto y tanta entrega hacia mi causa en la tierra. Quizás, el formar parte de la inmensidad de trabajadores que por todo el mundo colaboramos en la obra redentora del maestro Jesús en este cambio de transición planetaria que se avecina, me hace ser partícipe de su trabajo y con ello me siento plenamente satisfecho.

Cuando mi ocaso físico se acercaba, siempre estuvo ahí para sostenerme, auxiliarme, inspirarme fortaleza y confianza en el futuro. Y este amigo invisible que todos tenemos y que, en mi caso, me ayudó sobremanera a cumplir parte de mi compromiso espiritual, será para siempre un hermano del alma que llevaré en mi memoria como ejemplo de solidaridad y fraternidad.

Esa solidaridad, esa fraternidad, ese amor desinteresado hacia el prójimo que se ve reforzado cuando los compromisos espirituales de trabajo se pactan en el espacio antes de encarnar, y se renuevan de forma constante en la tierra o de nuevo en el espacio, entre los espíritus afines y familiares que priorizan objetivos comunes de progreso espiritual y crecimiento moral para conseguir la redención y la capacidad de servir y ayudar al prójimo.

Este hermano querido, compañero de otras épocas, comprometido conmigo y con la obra de la doctrina espirita, fue sin duda el sostén espiritual en mis aflicciones materiales, el bastión permanente, firme y sin dudas que reforzaba mi fe cuando ésta se debilitaba, y el orientador amigo y entrañable que me asesoraba con delicadeza respecto a la conveniencia de servir y trabajar en distintos ámbitos.

No me cabe duda que, en las diversas celadas que las sombras planearon contra mí para acobardarme y hacerme desistir de mi misión en la tierra, el estuvo presente orando por mí, solicitando ayuda, previniéndome cuando así podía hacerlo o guardando el respetuoso silencio, a pesar de mis súplicas, si se trataba de una prueba que debía enfrentar en solitario para formar mi carácter ante determinadas circunstancias.

Así pues, y por todo ello deseo, desde aquí, agradecer con todo mi amor su ayuda y dedicación; sirviendo este ejemplo para trasladar mi gratitud a todos los espíritus de bien, que tienen por misión guiarnos y orientarnos en la oscuridad en la que se encuentra el espíritu encerrado en una materia durante la vida transitoria con cuerpo físico en la tierra.

El guía educador por: Benet de Canfield
EL GUÍA EDUCADOR por:  Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor, paz y caridad

 

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

LA CÉLULA: SU ASPECTO BIOLÓGICO-ESPIRITUAL

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LA CÉLULA: SU ASPECTO BIOLÓGICO-ESPIRITUAL

«Todo lo que necesitas saber está dentro de ti, y los secretos del universo se imprimen en las células de su cuerpo.»

Dan Millman – Escritor

En la comprensión de la memoria, como una de las funciones del cerebro humano, siempre existen lagunas todavía no resueltas por parte de la biología y la neurología. La principal es aquella que tiene que ver con su origen. Hoy en día se comprenden las funciones cerebrales que tienen que ver con los recuerdos y la memoria, e incluso se determinan la áreas cerebrales que procesan la información al respecto. Sin embargo; el planteamiento exclusivo de entender únicamente al cerebro como productor de la mente y la conciencia, restringe el avance acerca del origen de la memoria inconsciente o extra-cerebral.

Sino se contempla la parte trascendente del ser humano, y se tiene en consideración que tanto la mente como la conciencia son instrumentos del alma, -del yo superior que somos y que trasciende el fenómeno de la muerte-, entonces, el planteamiento respecto a las funciones de la mente queda totalmente cercenado y restringido a sus efectos, no a las causas que las producen.

La memoria es patrimonio del alma, del espíritu encarnado. Y la memoria traspasa el velo de la existencia física, como lo demuestra a menudo la T.V.P. (Terapia de Vidas Pasadas). Nuestro yo es la suma de las experiencias adquiridas a través de milenios, en diferentes apariciones en la tierra animando distintos cuerpos a través de la reencarnación. No obstante siempre somos nosotros mismos, nuestra individualidad no se extingue con la muerte, no desaparece con el tiempo, pues somos inmortales respecto a nuestra esencia espiritual. Esto permite que nuestro inconsciente guarde celosamente la memoria de nuestras vivencias y aprendizajes en vidas anteriores.

Somos la suma de la experiencia antropo-psico-sociológica vivida a lo largo de milenios. Y en la memoria espiritual (extra-cerebral) se encuentran archivadas nuestras actitudes, comportamientos, méritos y demeritos, fortalezas y debilidades conquistadas durante tanto tiempo. Al reencarnar, las leyes que rigen el proceso evolutivo del ser humano, nos impiden el acceso consciente a esta memoria espiritual, quedando a nivel inconsciente la información a la que se puede llegar mediante diversas técnicas de retro-cognición.

Pero el hecho de que no se recuerden conscientemente no implica que no determinen nuestra forma de ser; antes al contrario, los impulsos mentales y los reflejos que nuestra mente transmite a través del cerebro al resto de nuestro cuerpo y nuestro consciente condicionan nuestra vida a cada momento; pues «no podemos evitar ser como somos»; pero sí «podemos cambiar cómo somos».

Al igual que nuestro cerebro puede recibir y transmitir las instrucciones de la mente -cosa que hace permanentemente- al resto de nuestra sensación y percepción; esta información es archivada convenientemente en nuestro inconsciente, formando así la personalidad que adoptamos en cada una de nuestras apariciones en el mundo físico. Este archivo consolida nuestra memoria ancestral; y, dependiendo de cómo ejerzamos nuestro libre albedrío, modificando nuestras imperfecciones hacia el bien, o persistiendo en el mal, grabamos en nuestro propio interior las causas de nuestro destino futuro.

Siendo así, nuestra propia organización celular, se encuentra condicionada desde el primer instante de la fecundación y desarrollo del feto, por las actitudes y condicionantes de lo que hemos sido anteriormente, de aquello que hemos sembrado en nuestro pasado, y que a través de la imantación energética de la célula huevo (embrión) por parte del espíritu que reencarna, se atrae por afinidad la herencia genética implementada en el espermatozoide adecuado que coincide en la misma frecuencia vibratoria que el óvulo transmite en su atracción.

Esta circunstancia provee al nuevo ser que se forma en el vientre de la madre de las características fisico-psicológicas que sus células tendrán en su desarrollo, aportando la carga de la hereditariedad de sus ancestros en las células biológicas y las características que le son propias en su espíritu inmortal en las células espirituales que conforman su cuerpo periespiritual, auténtico modelo organizador biológico del niño en el vientre de la madre.

Para reencarnar, para vivir, es preciso comprender que entre el alma y el cuerpo, existe un cuerpo espiritual intermedio, de naturaleza semi-material que podemos denominar peri-espíritu, que es un doble exacto de nuestro cuerpo biológico, pues es el encargado de modelar, moldear e implementar las características biológicas que el niño desarrollará desde que es fecundado hasta que alcance los siete u ocho años de edad, momento en el que la especie humana sale de la niñez y adquiere la consciencia de la realidad mediante la plena incorporación del yo superior.

¿Qué somos? se le preguntó a Albert Einstein y el contestó: «Un conjunto electrónico regido por la conciencia».

Somos energía, además de materia. Y tanto nuestra alma, como nuestro periespíritu y cuerpo biológico forman la trilogía de la personalidad del ser humano. Este cuerpo intermedio que facilita la incorporación del espíritu al cuerpo biológico en cada reencarnación, está formado por células de tipo energético-espiritual, que, al igual que las células biológicas que conforman nuestros órganos y tejidos, contienen memoria de sus procesos de crecimiento, desarrollo, nutrición, muerte y regeneración.

Esta memoria celular implementada en las células físicas y en las espirituales, son las que permiten la vida, el pleno trasvase de la energía del espíritu al cuerpo biológico, y el recorrido inverso de las experiencias físicas al archivo infinito de nuestra memoria espiritual ubicado en nuestro inconsciente. La simbiosis entre ambas formas de vida físico-espiritual (la célula es el elemento de menor tamaño que alberga vida) permite la mayoría de los procesos energéticos, mentales, psicológicos y espirituales entre el espíritu y el cuerpo biológico del ser humano.

La bioquímica cerebral capaz de liberar las hormonas y sustancias que necesita nuestro cuerpo; los impulsos electromagnéticos de las sinapsis neuronales que permiten los procesos de cognición y razonamiento; los estados mentales equilibrados o patológicos, los estados de conciencia alterados, todo está subordinado a las leyes energéticas que nuestra mente (instrumento del espíritu que no es producto del cerebro) transmite al cuerpo físico a través del cuerpo periespiritual.

«Toda la genética a nivel bioquímico, está sujeta a leyes a nivel energético»
Dr. R. Bernardi – Libro: Gestación

Esto se lleva a cabo mediante la activación u oclusión energética de los centros de fuerza que el periespíritu contiene; son varios principales: coronario, frontal, laríngeo, cardiaco, digestivo, esplénico y genésico (en oriente se denominan chakras y son utilizados y manipulados para restablecer la salud, el equilibrio energético de la persona y su vitalidad a través de técnicas milenarias como la acupuntura, el reiky, etc..)

Todo ello sería imposible de ofrecer resultado alguno sino existiera esa simbiosis energética entre las células biológicas (Tres trillones) -que contienen nuestro cuerpo físico- y las células periespirituales de ese cuerpo intermedio, que habilitan la fuerza vital mediante la energía que nuestro espíritu transmite a la materia a través de la mente y del resto de centros de fuerza o energía mencionados.

Así pues, somos energía inmortal, y con el transcurso de la vida, la fuerza vital va disminuyendo y los órganos físicos perdiendo vitalidad, porque la vamos consumiendo desde que nacemos, en un proceso previamente establecido por nuestra herencia genética condicionada por las circunstancias espirituales y los objetivos que traemos a cumplir en la vida. La disminución de la energía vital tiene que ver con el uso y explotación que nuestros órganos físicos hacen de ella, no con la fuente que la produce que es infinita y se regenera constantemente (el fluido vital que aporta el espíritu).

Un abuso de nuestro cuerpo físico, una distorsión de sus funciones debido a los vicios, los excesos de toda índole o las actitudes equivocadas; así como una exposición permanente a los vicios mentales, las obsesiones, los odios, las envidias, los desequilibrios emocionales, etc. desgastan la energía vital que se activa en las células del periespíritu y, afectando a las células biológicas que le son recíprocas, producen la distonía de las mismas dando lugar a las enfermedades que desequilibran el sistema. Así pues, la frase de que «no existen enfermedades sino enfermos» adquiere toda veracidad bajo el conocimiento del funcionamiento e interacción del espíritu-mente-cuerpo.

El día que la medicina tradicional, llegue a investigar las causas y la etiología de las enfermedades, mirando más allá del cuerpo biológico, se abrirá para la salud una nueva etapa, una época de regeneración y comprensión del ser humano integral, holístico, en su triple aspecto físico-psicológico espiritual.

Nuestras células son como microscópicos motores eléctricos responsables de la vida en el universo físico y espiritual. De esto mismo continuaremos hablando en un próximo artículo al respecto. Ahora, reproducimos a continuación una frase del Dr. Francis Collins, director del proyecto Genoma Humano, que al respecto de una pregunta sobre la vida de la célula contestó:

«Dios es el actor que desencadena la Evolución, como una especie de primer motor en la célula»

 

La célula: Su aspecto biológico-espiritual por: Antonio Lledó Flor

© 2017, Amor, Paz y Caridad