Enfocando la actualidad

LA CÉLULA: SU ASPECTO BIOLÓGICO-ESPIRITUAL

“Todo lo que necesitas saber está dentro de ti, y los secretos del universo se imprimen en las células de su cuerpo.”

Dan Millman – Escritor

En la comprensión de la memoria, como una de las funciones del cerebro humano, siempre existen lagunas todavía no resueltas por parte de la biología y la neurología. La principal es aquella que tiene que ver con su origen. Hoy en día se comprenden las funciones cerebrales que tienen que ver con los recuerdos y la memoria, e incluso se determinan la áreas cerebrales que procesan la información al respecto. Sin embargo; el planteamiento exclusivo de entender únicamente al cerebro como productor de la mente y la conciencia, restringe el avance acerca del origen de la memoria inconsciente o extra-cerebral.

Sino se contempla la parte trascendente del ser humano, y se tiene en consideración que tanto la mente como la conciencia son instrumentos del alma, -del yo superior que somos y que trasciende el fenómeno de la muerte-, entonces, el planteamiento respecto a las funciones de la mente queda totalmente cercenado y restringido a sus efectos, no a las causas que las producen.

La memoria es patrimonio del alma, del espíritu encarnado. Y la memoria traspasa el velo de la existencia física, como lo demuestra a menudo la T.V.P. (Terapia de Vidas Pasadas). Nuestro yo es la suma de las experiencias adquiridas a través de milenios, en diferentes apariciones en la tierra animando distintos cuerpos a través de la reencarnación. No obstante siempre somos nosotros mismos, nuestra individualidad no se extingue con la muerte, no desaparece con el tiempo, pues somos inmortales respecto a nuestra esencia espiritual. Esto permite que nuestro inconsciente guarde celosamente la memoria de nuestras vivencias y aprendizajes en vidas anteriores.

Somos la suma de la experiencia antropo-psico-sociológica vivida a lo largo de milenios. Y en la memoria espiritual (extra-cerebral) se encuentran archivadas nuestras actitudes, comportamientos, méritos y demeritos, fortalezas y debilidades conquistadas durante tanto tiempo. Al reencarnar, las leyes que rigen el proceso evolutivo del ser humano, nos impiden el acceso consciente a esta memoria espiritual, quedando a nivel inconsciente la información a la que se puede llegar mediante diversas técnicas de retro-cognición.

Pero el hecho de que no se recuerden conscientemente no implica que no determinen nuestra forma de ser; antes al contrario, los impulsos mentales y los reflejos que nuestra mente transmite a través del cerebro al resto de nuestro cuerpo y nuestro consciente condicionan nuestra vida a cada momento; pues “no podemos evitar ser como somos”; pero sí “podemos cambiar cómo somos”.

Al igual que nuestro cerebro puede recibir y transmitir las instrucciones de la mente -cosa que hace permanentemente- al resto de nuestra sensación y percepción; esta información es archivada convenientemente en nuestro inconsciente, formando así la personalidad que adoptamos en cada una de nuestras apariciones en el mundo físico. Este archivo consolida nuestra memoria ancestral; y, dependiendo de cómo ejerzamos nuestro libre albedrío, modificando nuestras imperfecciones hacia el bien, o persistiendo en el mal, grabamos en nuestro propio interior las causas de nuestro destino futuro.

Siendo así, nuestra propia organización celular, se encuentra condicionada desde el primer instante de la fecundación y desarrollo del feto, por las actitudes y condicionantes de lo que hemos sido anteriormente, de aquello que hemos sembrado en nuestro pasado, y que a través de la imantación energética de la célula huevo (embrión) por parte del espíritu que reencarna, se atrae por afinidad la herencia genética implementada en el espermatozoide adecuado que coincide en la misma frecuencia vibratoria que el óvulo transmite en su atracción.

Esta circunstancia provee al nuevo ser que se forma en el vientre de la madre de las características fisico-psicológicas que sus células tendrán en su desarrollo, aportando la carga de la hereditariedad de sus ancestros en las células biológicas y las características que le son propias en su espíritu inmortal en las células espirituales que conforman su cuerpo periespiritual, auténtico modelo organizador biológico del niño en el vientre de la madre.

Para reencarnar, para vivir, es preciso comprender que entre el alma y el cuerpo, existe un cuerpo espiritual intermedio, de naturaleza semi-material que podemos denominar peri-espíritu, que es un doble exacto de nuestro cuerpo biológico, pues es el encargado de modelar, moldear e implementar las características biológicas que el niño desarrollará desde que es fecundado hasta que alcance los siete u ocho años de edad, momento en el que la especie humana sale de la niñez y adquiere la consciencia de la realidad mediante la plena incorporación del yo superior.

¿Qué somos? se le preguntó a Albert Einstein y el contestó: “Un conjunto electrónico regido por la conciencia”.

Somos energía, además de materia. Y tanto nuestra alma, como nuestro periespíritu y cuerpo biológico forman la trilogía de la personalidad del ser humano. Este cuerpo intermedio que facilita la incorporación del espíritu al cuerpo biológico en cada reencarnación, está formado por células de tipo energético-espiritual, que, al igual que las células biológicas que conforman nuestros órganos y tejidos, contienen memoria de sus procesos de crecimiento, desarrollo, nutrición, muerte y regeneración.

Esta memoria celular implementada en las células físicas y en las espirituales, son las que permiten la vida, el pleno trasvase de la energía del espíritu al cuerpo biológico, y el recorrido inverso de las experiencias físicas al archivo infinito de nuestra memoria espiritual ubicado en nuestro inconsciente. La simbiosis entre ambas formas de vida físico-espiritual (la célula es el elemento de menor tamaño que alberga vida) permite la mayoría de los procesos energéticos, mentales, psicológicos y espirituales entre el espíritu y el cuerpo biológico del ser humano.

La bioquímica cerebral capaz de liberar las hormonas y sustancias que necesita nuestro cuerpo; los impulsos electromagnéticos de las sinapsis neuronales que permiten los procesos de cognición y razonamiento; los estados mentales equilibrados o patológicos, los estados de conciencia alterados, todo está subordinado a las leyes energéticas que nuestra mente (instrumento del espíritu que no es producto del cerebro) transmite al cuerpo físico a través del cuerpo periespiritual.

“Toda la genética a nivel bioquímico, está sujeta a leyes a nivel energético”
Dr. R. Bernardi – Libro: Gestación

Esto se lleva a cabo mediante la activación u oclusión energética de los centros de fuerza que el periespíritu contiene; son varios principales: coronario, frontal, laríngeo, cardiaco, digestivo, esplénico y genésico (en oriente se denominan chakras y son utilizados y manipulados para restablecer la salud, el equilibrio energético de la persona y su vitalidad a través de técnicas milenarias como la acupuntura, el reiky, etc..)

Todo ello sería imposible de ofrecer resultado alguno sino existiera esa simbiosis energética entre las células biológicas (Tres trillones) -que contienen nuestro cuerpo físico- y las células periespirituales de ese cuerpo intermedio, que habilitan la fuerza vital mediante la energía que nuestro espíritu transmite a la materia a través de la mente y del resto de centros de fuerza o energía mencionados.

Así pues, somos energía inmortal, y con el transcurso de la vida, la fuerza vital va disminuyendo y los órganos físicos perdiendo vitalidad, porque la vamos consumiendo desde que nacemos, en un proceso previamente establecido por nuestra herencia genética condicionada por las circunstancias espirituales y los objetivos que traemos a cumplir en la vida. La disminución de la energía vital tiene que ver con el uso y explotación que nuestros órganos físicos hacen de ella, no con la fuente que la produce que es infinita y se regenera constantemente (el fluido vital que aporta el espíritu).

Un abuso de nuestro cuerpo físico, una distorsión de sus funciones debido a los vicios, los excesos de toda índole o las actitudes equivocadas; así como una exposición permanente a los vicios mentales, las obsesiones, los odios, las envidias, los desequilibrios emocionales, etc. desgastan la energía vital que se activa en las células del periespíritu y, afectando a las células biológicas que le son recíprocas, producen la distonía de las mismas dando lugar a las enfermedades que desequilibran el sistema. Así pues, la frase de que “no existen enfermedades sino enfermos” adquiere toda veracidad bajo el conocimiento del funcionamiento e interacción del espíritu-mente-cuerpo.

El día que la medicina tradicional, llegue a investigar las causas y la etiología de las enfermedades,mirando más allá del cuerpo biológico, se abrirá para la salud una nueva etapa, una época de regeneración y comprensión del ser humano integral, holístico, en su triple aspecto físico-psicológico espiritual.

Nuestras células son como microscópicos motores eléctricos responsables de la vida en el universo físico y espiritual. De esto mismo continuaremos hablando en un próximo artículo al respecto. Ahora, reproducimos a continuación una frase del Dr. Francis Collins, director del proyecto Genoma Humano, que al respecto de una pregunta sobre la vida de la célula contestó:

“Dios es el actor que desencadena la Evolución, como una especie de primer motor en la célula”

Antonio Lledó Flor

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