Psicografías

TRABAJANDO EN LOS OBSTÁCULOS

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Cuando me inicié en el conocimiento de la filosofía espiritista, uno de los problemas que acuciaban mi mente era cómo conseguir ser eficaz y consecuente con los conocimientos que iba adquiriendo.

La respuesta fue tan sencilla como evidente; en un mundo rodeado de imperfección moral, dónde nosotros mismos nos vemos afectados por tal circunstancia, no podemos esperar a ser perfectos para ponernos a caminar. El camino se hace andando y las formas de recorrerlo son el trabajo y el servicio.

Lo que realmente tiene verdadero mérito, es trabajar por los demás y servir de forma desinteresada, a sabiendas que volveremos a equivocarnos, a tropezar, a caer y al mismo tiempo tendremos que luchar con nuestras torpezas y debilidades.

Esta lucha, realizada de forma consciente cuando se alcanza el conocimiento de la realidad de la vida y la trascendencia de nuestra existencia en la tierra; se presentaba en mi trayectoria en el mundo como el mayor reto. Pues una vez alcanzas una pequeña percepción del compromiso espiritual que has de desenvolver, el esfuerzo de levantarse después de una caía o un error grave, aparece ante nosotros con una nueva perspectiva.

La perspectiva de la fortaleza y el mérito; fortaleza porque en esa lucha constante, en esa vigilancia permanente sobre nuestras imperfecciones, yo mismo me daba cuenta de que el levantarse suponía una aflicción para mi alma, pero una vez superada la primera impresión negativa, experimentaba con claridad la fortaleza y la determinación que mi espíritu adquiría paulatinamente ante las dificultades. Me repetía constantemente a mí mismo que lo que tiene mérito es lo difícil, pues lo fácil lo hace todo el mundo. Y bajo este pensamiento intentaba superarme.

El camino hacia la superación y transformación moral se presentaba ante mí como la columna vertebral de mi existencia. Y, aunque estando con materia así lo comprendía, no fui consciente de su total importancia hasta que no llegué a este plano espiritual y supe la trascendencia real que tienen los defectos e imperfecciones morales en el desarrollo evolutivo del espíritu; entendí cuánta falta hace al espíritu encarnado trabajar en los obstáculos que sus propias debilidades le suponen.

No era cuestión de lamentarse ahora, pues con la visión ampliada que el estado espiritual permite, y después del repaso de mis compromisos en la tierra (acertados y errados), la sensación era de una leve frustración por no haber aprovechado más el tiempo en la corrección de mis debilidades de carácter.

El refugio en el trabajo y el servicio desinteresado es el recurso poderoso que la divina providencia pone a nuestra disposición en la tierra para que, al mismo tiempo que caminamos y progresamos, seamos capaces de enfrentarnos a nosotros mismos y comprobemos, a través de la entrega a nuestros semejantes, como en un espejo, aquellas deficiencias que debemos corregir. Si nuestra relación  con nuestro prójimo es inexistente, es muy difícil vislumbrar allí dónde nos equivocamos.

El mero hecho de volcarnos en una obra altruista de entrega desinteresada hacia el prójimo, me permitió olvidarme de mi acendrado personalismo, y aunque este seguía instalado en mi carácter, la necesidad de renunciar a algunas cosas en beneficio de mi compromiso espiritual me hacía comprender que, !me quedaba tanto por hacer que yo no era más que un aprendiz!, y por tanto no podía vanagloriarme de nada.

Este pensamiento, generaba en mí la necesidad de alcanzar mayores dosis de humildad, con lo cual mi personalismo se iba retirando, agazapado en los pliegues más profundos de mi alma, para volver a resurgir a la mínima oportunidad en que un halago, o una adulación por algo realizado por mí, llegaba a mis oídos. Este era  mi primer obstáculo serio a la hora de alcanzar mis objetivos de redención y purificación espiritual.

Lo importante, analizaba yo en ese momento, era que por fin me daba cuenta; y el principio para conocerse a uno mismo es darse cuenta de cuando nuestros defectos afloran; pues sin el conocimiento de los mismos apenas podemos estar vigilantes sobre ellos a fin  de erradicarlos.

Siendo esta una de mis debilidades principales, yo mismo sabía que necesitaba trabajar tanto en mi interior como en el trabajo exterior, sin descanso. Y en esto último, para que la entrega a esta causa de la divulgación de la doctrina de Allán Kardec, y los esfuerzos realizados en distintas instituciones y asociaciones en varias partes del mundo con las que colaboraba, fueran útiles, sabiendo que el primer beneficiado era yo mismo.

Esto no es un pensamiento o actitud egoísta, pues el camino del trabajo y la renuncia se presentaron ante mí, como la herramienta útil para pulir algunas debilidades como la mencionada; al mismo tiempo que forjaban un mérito en el haber espiritual de mi contabilidad moral que yo mismo ignoraba en esos momentos, y que sólo comprendí más adelante cuando fui retribuido por ello en forma de auxilio cuando más lo necesité.

Comprobé así como, una vez más, la justicia divina era perfecta y daba el “ciento por uno” que desde siempre se nos ha enseñado. Mi personalismo, era apenas una mezcla de orgullo mal entendido y de arrogancia intelectual.

No obstante me daba cuenta de que, a mayor conocimiento y comprensión de la realidad de la vida, mi ignorancia sobre las profundidad de la vida espiritual y de las leyes divinas era manifiesta, lo que me puso ante la tesitura de entender que no tenía de qué vanagloriarme, ningún conocimiento podría nunca hacerme superior a mis semejantes, ninguna actitud, salvo la de la entrega, la renuncia, y el amor desinteresado podría elevarme por encima de nadie.

En la medida en que entendía este mensaje interior, que iba acrecentándose conforme vivía mis experiencias y aprendía mis conocimientos, el sentimiento de pequeñez, de niñez y de inexperiencia sobre la vida y el amor, hacía que dosis de resignación y de humildad fueran abriéndose poco a poco en mi alma, propiciando la retirada paulatina de mi orgullo y personalismo mal entendido.

La arrogancia intelectual, daba paso a la conciencia de mi supina ignorancia sobre muchas cosas, y lo único que me alentaba era la necesidad de seguir trabajando, luchando y sirviendo, en la medida en que conforme lo hacía, veía retroceder los obstáculos que mi herencia espiritual de épocas pretéritas, de otras vidas, llevaba impresa mi espíritu inmortal.

Como comprendí posteriormente; esta herencia que son las imperfecciones de nuestro carácter, eran los grandes obstáculos del progreso de todo espíritu, y la localización y ansias por superarlos representaba sin duda el pasaporte más certero, más fiable y más cierto hacia la redención moral y la evolución de todo ser encarnado en la tierra.

Benet de Canfield

Trabajando en los obstáculos por: Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor Paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

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