“Esta conciencia nuestra que perdura después de la muerte, es la presencia de Dios en nosotros mismos”.
Victor Hugo- Escritor y Filósofo
En el eterno debate de la búsqueda de Dios a lo largo de la historia, el hombre ha dedicado mucho esfuerzo en encontrar las evidencias y señales externas que la naturaleza, el universo o las leyes que lo gobiernan muestran acerca de su origen, para confirmar que todo aquello que no está hecho por el hombre procede de esa causa primera, ese diseñador extraordinario que ha creado la vida.
Sin embargo, es preciso afrontar el enfoque de la relación y procedencia del ser humano y su creador para vislumbrar en el primero las huellas de su origen y la impronta del ser supremo en el ser humano. Dicho de otro modo, es imperativo buscar las señales internas de Dios en todos nosotros.
Bajo esta reflexión de búsqueda de las huellas de Dios en el propio hombre, y grosso modo, aparecen con claridad algunos aspectos que, por su propia naturaleza, no pueden proceder ni del azar ni de ningún proceso evolutivo, concretamente nos referimos a cuestiones de tanta importancia como la Mente o la Conciencia del hombre.
Ambas ya han sido confirmadas como parte integral del ser humano, pero con características y naturaleza muy diferentes al de la argamasa celular de varios trillones de células que conforma la base biológica del cuerpo físico.
La constitución plenamente inmaterial, tanto de la Mente como de la Conciencia, es contrapuesta a los procesos fisicoquímicos del cerebro, esta es la explicación que ofrecieron los neurólogos durante mucho tiempo al definirlas a ambas como epifenómenos del propio cerebro. Hoy esta explicación es insuficiente y obsoleta para la mayoría de los científicos honestos.
Si nos atenemos a la Mente, el notable y eminente Carl G. Jung, psiquiatra y padre de la Psicología Analítica la definía así: “La mente no tiene límites ni se sabe hasta dónde abarca”. Y si hablamos de la Conciencia, basta referirnos a los grandes avances de las Ciencias Noéticas y a uno de sus axiomas más importantes: la “Conciencia No Local” donde se confirma lo mismo que Jung afirmó con respecto a la Mente, que la conciencia no tiene lugar ni espacio de ubicación en el cerebro.
Hoy podemos confirmar que la extensión y el alcance de ambas cualidades humanas no se limita a ningún proceso fisicoquímico, neurológico, bioquímico o electromagnético dentro del cerebro, sino que todos estos procesos, así como las conexiones sinápticas, son el efecto de ambas capacidades humanas actuando sobre el sistema nervioso, neuronal y central. Ellas son la causa y el origen de los procesos y no el efecto.
Los neurólogos actuales y los investigadores de las ciencias noéticas ya no albergan dudas al respecto; el llamado “problema duro de la conciencia”, donde no se puede reconciliar la subjetividad de la mente con los procesos objetivos de la realidad que nos circunda, les impulsa a afirmar la inmaterialidad de la mente y la conciencia y su característica “no local”. Con ello no hacen más que definir dos cualidades alejadas de cualquier origen evolutivo procedente de las combinaciones de la materia.
Y al mismo tiempo les llevan a reconocer la ignorancia de la procedencia, la naturaleza y el alcance de la Mente y la Conciencia, dos elementos de la naturaleza humana que son los que otorgan identidad, individualidad, presencia y vida al ser humano como tal.
Es imposible concebir un ser humano sin mente y sin conciencia. La pregunta es la siguiente: si la naturaleza de estas dos cualidades no es material, aunque sí humana, ¿de dónde salen? ¿cómo aparecen? ¿No son más que una extensión de una Mente o Conciencia Superior que las ha creado y colocado en la parte trascendente del ser humano y que sobrevive al fenómeno de la muerte física?
Cuando observamos en el hombre estas huellas tan importantes que Dios ha colocado en nuestro interior, no nos damos cuenta igualmente de que ambas huellas evolucionan y progresan. ¿Cómo es esto posible? Sin duda, cada ser humano tiene un nivel de conciencia y una mente totalmente diferente a cualquier otro, puesto que son los elementos que nos caracterizan e individualizan. La capacidad de pensar nos singulariza como seres vivos e inteligentes, y al tener conciencia, nos identificamos a nosotros mismos como seres autoconscientes de la realidad propia y de la que nos rodea.
Estas dos son algunas de las huellas más importantes que el Creador colocó en el hombre, pues ambas comparten parcialmente la sustancia y la naturaleza divina, al no estar limitadas por tiempo ni espacio alguno, en un constante proceso de evolución y de progreso. Pero hay más.
Siguiendo con el planteamiento anterior, hemos de explicar que Dios está presente en su creación, aunque no debamos confundirlo con la misma, ya que es como el pintor y su cuadro. Es el gran impulsor de su propia obra, que constantemente supervisa y dinamiza con su pensamiento de Amor, y en ella tiene un lugar principal el ser humano como heredero de su creación. De ahí que seamos hijos de Dios y también de aquí que el Arquitecto Universal haya distinguido al hombre con atributos y recursos inmortales y perfectibles que ha colocado de manera latente en nuestra propia alma.
Mediante una visión y percepción inclusiva podemos encontrar huellas de Dios en la propia evolución y genética del hombre, es decir, en la intimidad de su biología. Como afirma Francis Collins el director del programa Genoma Humano en su libro: ¿Cómo habla Dios?:
«Dios es el actor que desencadena la Evolución, como una especie de primer motor»
Otra importante huella biológica la encontramos en el cerebro cuando se producen las experiencias de conciencia que modifican la estructura neuronal y luminiscente del mismo, simplemente mencionando a Dios. A esto le denominó “La Luz de Dios” el Neuroteólogo Dr. Andrew Neugart, cuando después de múltiples investigaciones afirmó la existencia de un punto divino en el cerebro:
“El lóbulo frontal del cerebro se ilumina, y el parietal se oscurece al mencionar a Dios”
Por otro lado, la individualidad del hombre es fruto o consecuencia del Alma inmortal que utiliza la mente y la conciencia como instrumentos para manifestarse, y precisamente, al ser estos dos elementos inmateriales lo que caracteriza la propia individualidad, tampoco es material. Así lo afirma el Dr. Stuart Hackett:
“La individualidad no es explicable en términos materiales. Sólo tiene un apoyo adecuado en la individualidad espiritual de Dios como Mente Absoluta.”
En el capítulo psicológico la huella es todavía mayor. Por un lado, nuestro inconsciente personal es el resultado de nuestras experiencias milenarias y decisiones personales a lo largo de la trayectoria inmortal de nuestra alma en las diversas reencarnaciones. Y este inconsciente, que es el archivo que nos identifica y caracteriza, es pre-existente al nacimiento y sobrevive a la muerte, sin que se le conozca límite ni extensión.
Y si abundamos en el inconsciente colectivo podemos asimilarlo a la propia historia del mundo desde que este ha sido creado, lo que nos influye, queramos o no, en nuestro caminar a través de los siglos, sintonizando de manera automática con el espíritu universal, la mente creadora, los registros akáshicos, las memorias energéticas que guardan automatismos psico-biológicos de los seres vivos y que todas se engarzan en el pensamiento universal que Dios permite.
Esta es la huella imborrable de Dios no solo en el hombre, sino en la naturaleza, en los diferentes reinos de la misma y en todas las generaciones y pueblos de la historia. De hecho, el sentido y propósito principal de la evolución del alma se dirige hacia la perfección.
“Llegará el día de la dicha y la plenitud. Donde el pensamiento cósmico y el amor divino serán uno contigo, formando parte de tu alma pura y perfecta, individual y única”.
Con todo esto podemos comprender cómo a lo largo de la historia aquellos seres avanzados que han venido como maestros a mostrar el camino han coincidido en algo muy simple: “Dios está en nosotros”. El propio Jesús, retomando una profecía judía, afirmaba: ¿No dicen los profetas que Dios vive en nosotros? Yo os digo: vosotros sois dioses y lo que yo hago podéis hacerlo.
En nuestra conciencia Dios coloca otra huella imborrable e inextinguible: la de la ley moral. Nadie puede escapar a su conciencia ni a las leyes que rigen el proceso evolutivo del alma humana hacia la “angelitud”(*). Esta es una de las huellas de Dios más importantes, pues es la que rige los procesos que la ley de causa y efecto tiene sobre nosotros a lo largo de las distintas vidas.
Esfuérzate por alcanzar el éxito en tus proyectos íntimos, aunque signifique sacrificios, recordando que, en cualquier situación, Dios está contigo”.
Divaldo P. Franco – Libro: “Hijo de Dios”
El discernimiento entre el bien y el mal que la ley moral procura, capacita al hombre para avanzar siempre, y aunque se estanque por años o siglos en actitudes contrarias a esta ley superior de la conciencia humana colocada por Dios, antes o después el sufrimiento sensibiliza su actitud rebelde contra las leyes de Dios y rectifica, comenzando así un camino de regeneración del que nadie está exento.
Y, por último, la oración es el vínculo de conexión con nuestro creador, y cuando actuamos con paz interior y oramos con auténtico sentimiento de fraternidad, comprendemos mejor. Esta es la huella y herramienta más importante que Dios ha puesto a nuestra disposición para que nunca nos sintamos solos y estemos siempre en permanente contacto con Él.
Huellas de Dios en el hombre por: Antonio Lledó Flor
2026, Amor, Paz y Caridad
¡Dios es nuestro Padre! Alégrate con esta certeza y sé feliz.
(*) El uso del término «angelitud» no debe entenderse como los atributos de un ser especial y diferente al hombre, sino como referencia, modelo o arquetipo de perfección al que llegan las almas después de su trayectoria evolutiva milenaria, convirtiéndose en espíritus puros.






