Enfocando la actualidad

LAS TRES ACEPCIONES DE LA SOLIDARIDAD

“Nuestro tiempo dedicado al bien y a los demás, es el mejor antídoto contra la depresión y la enfermedad mental”

Saúl de Betsaida 

Con el transcurso del tiempo algunas palabras modifican su significado original por el uso peyorativo del término o debido a las desviaciones propias de una interpretación errónea; siendo así que suelen confundirse con otras cuyo significado es ostensiblemente diferente. Esto es lo que ocurre con la palabra solidaridad, que según el diccionario de la RAE (*), significa:

Adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos…”

Las distintas acepciones del término pueden confundirse con intereses políticos, económicos, individuales o sociales de todo tipo. Sin embargo, aquí nos interesaremos por el sentido profundo de lo que esta palabra significa: el apoyo al semejante, auxilio, socorro, caridad, unión o fraternidad. Este significado entronca con el aspecto espiritual del término que pretendemos ensalzar.

En la sociedad actual, dónde el individualismo es admirado como una cualidad, donde la competencia por destacar a cualquier precio y ser el mejor se convierte en obsesión; una sociedad dónde el triunfo y la fama se mide por la acumulación de bienes, presencia mediática o deseo de poder, encontramos que la solidaridad auténtica se encuentra en retroceso.

Todos estos ideales de felicidad ficticia que la sociedad actual nos inculca, son contrarios totalmente a la idea de que todos somos iguales. De hecho, la sociedad actual potencia el individualismo para hacerse destacar por encima del resto, obviando que los hombres se necesitan unos de otros, y que la sociedad no es el conjunto de gotas aisladas, sino de un océano dónde todas se relacionan y conviven, de forma que lo que pasa en un lado del océano repercute en la totalidad del mismo.

El egoísmo es la madre del individualismo, y por ello, cuando perdemos de vista esta circunstancia, nos enrocamos sobre nosotros mismos gastando enormes energías en incentivar todas aquellas cosas que nos hacen diferentes y superiores a los demás.

La solidaridad entendida en su doble aspecto, como una necesidad que tiene la sociedad actual y el propio ser humano, es una cuestión que debemos abordar. Una de las bondades de esta cualidad es el auxilio, el socorro, el apoyo a nuestros semejantes. Y en este sentido podemos diferenciar tres tipos de auxilio o socorro que podemos ofrecer: el material, el moral y el espiritual.

“Solidaridad no es dar lo que me sobra, sino dar lo que me hace falta”

Con frecuencia una de las distorsiones de la palabra solidaridad hace referencia únicamente al primero, el socorro material, la beneficencia, en este caso la caridad material se identifica con solidaridad sin más. Es por ello que debemos explicar que, tan importante como ésta, el auxilio moral o socorro espiritual son otros dos aspectos de la solidaridad que debemos conocer y practicar.

Al igual que el auxilio material siempre se encuentra a nuestro alcance -pues a poco que observemos a nuestro alrededor- encontramos necesidades materiales que cubrir por parte de los más necesitados; el socorro moral es cuestión de voluntad y decisión por nuestra parte, y algunas veces nos obliga a desprendernos y renunciar a nuestro tiempo de ocio, de disfrute, de dedicación a nosotros mismos para darnos a los demás.

Espiritualmente hablando este hecho tiene un valor tan importante, o más, que la propia caridad material. Esa palabra de apoyo o esperanza hacia aquel que se encuentra desahuciado moralmente, pues no encuentra sentido a su vida y cuyas aflicciones morales son tan grandes que oscurecen todo el panorama de su alma. Esa mano amiga, que ayuda a compartir el sufrimiento presente mediante la comprensión y la empatía, acompañando los momentos difíciles y aportando soluciones de un futuro optimista y esperanzador, que permite recuperar la autoestima del compañero caído en desgracia.

La asistencia y acompañamiento al que sufre la soledad o el abandono de sus seres queridos. O al que experimenta las llagas dolorosas de la incomprensión o la injusticia; sin rencor, ayudando a superar con aceptación las pruebas que la vida nos presenta.

Todo esto son ejemplos de socorro o auxilio moral que se encuentran al alcance todas las personas de bien.

Junto a esto, encontramos también el auxilio espiritual, liderado por la oración para el prójimo, a fin de que reciban la ayuda espiritual necesaria que les ayude a cumplir sus compromisos en la tierra, superando las dificultades y expiaciones que las leyes de la Justicia Divina les presentan. Una oración anónima, sincera, e incluso a distancia, cuya efectividad, si está bien realizada, es enorme y de gran beneficio.

Además de la oración, otro socorro espiritual es el esclarecimiento de las conciencias, mediante la divulgación y puesta en práctica de las verdades de la vida: la inmortalidad del alma, la existencia de Dios y de su justicia perfecta y la esperanza en un futuro feliz y dichoso al que todos estamos destinados.

¿Quienes son los más beneficiados por toda esta solidaridad y fraternidad humana? Sin duda, aquellos que la realizan; mucho más que los que la reciben. Cuando nos ponemos al servicio del bien para con nuestros semejantes, ocurren varias cosas.

En primer lugar, el individualismo y el egoísmo se bate en retirada en nuestra personalidad; pues el esfuerzo que supone renunciar a nuestro tiempo, a nuestros gustos, a nuestra comodidad para entregarnos a los demás, erradica de nuestra mente la ociosidad.

La perturbación que nuestra mente puede albergar, al eliminar neurosis y distintos tipos de enfermedad mental, que tienen que ver con frustraciones egoístas y deseos insatisfechos -según aparecen en nuestra mente como necesidades de felicidad artificial que la sociedad nos impone-, se combate sin apenas darnos cuenta con este trabajo de entrega a los demás; encontrando además un sentido profundo a nuestras vidas al sentirnos útiles a nuestro prójimo, y sobre todo, felices por dar sin esperar recibir.

Hasta que no se experimenta esta sensación de ofrecer a la vida aquello que podemos aportar como seres humanos, como miembros de una colectividad en la que todos somos iguales espiritualmente, no conocemos la importancia de la felicidad que se encuentra en nuestro interior.

Además de todo ello nos convertimos en instrumentos del plano espiritual, siendo portadores de salud, bienestar psicológico, equilibrio espiritual y ejemplo de vida para nuestros semejantes. Con ello encontramos esa auto-realización, esa   plenitud y bienestar interior que hasta la fecha se sigue buscando en lo exterior -la fama, el poder, el dinero- y que sin embargo se encuentra en la intimidad del ser humano.

Combatamos el egoísmo, el sufrimiento y la indiferencia con la práctica de la solidaridad en sus tres acepciones: el socorro material, el moral y el espiritual. En la plena convicción de que los más beneficiados por esta entrega altruista y desinteresada somos nosotros mismos; pues de forma inmediata recogeremos los frutos de nuestra siembra mediante el bienestar y la salud psicológico-espiritual, al propio tiempo que elevaremos nuestra condición moral al trabajar en el bien por nuestros semejantes, siguiendo así las sabias enseñanzas del mayor psicoterapeuta y maestro de la historia cuando afirmó: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

“Las mejores cosas de la vida no son las cosas, son los sentimientos. No se compran, se obtienen gratis, no se venden, se regalan…”

Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

(*) Real Academia de la lengua Española

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