¡UNA MANO!

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La mano

Entre mis muchos amigos espiritistas, figura en primera línea un anciano que, en su larga permanencia en este mundo (pues hace más de 80 años que está en la Tierra), ha leído con aprovechamiento en las mejores bibliotecas, en los archivos de más nombradía y en el corazón de los muchos hombres que ha encontrado en su camino. De vez en cuando viene a verme, y en el tiempo que está a mi lado aprendo más con su conversación que leyendo un libro del más notable filósofo.

Hace algunos días que vino a verme, después de haber estado ausente de España más de dos años: Al estrechar su mano tuve una verdadera satisfacción, y más aún cuando Agustín me dijo:

—Tengo mucho que contarte.

—¡Cuánto me alegro! ¿Y sobre qué?

—Sobre nuestro tema predilecto, sobre el ayer y el presente, convenciéndome cada día más de que los que nos creemos más sabios, somos los más ignorantes.

—Tienes razón; pero deja los preámbulos, que el tiempo es oro y hay que aprovecharlo.

—Indudablemente; así es, que daré comienzo por decirte que, en Nueva Orleans, conocí a una familia española compuesta del matrimonio y siete hijos, personas muy distinguidas y muy versadas en espiritismo, en particular la señora, mujer de mediana edad, que debe haber sido muy hermosa, porque aún conserva vestigios de su excepcional hermosura: es alta, esbelta, elegantísima, muy instruida; habla varios idiomas, está al corriente del movimiento político de los países más adelantados y discute sobre la marcha social con verdadero conocimiento de causa.

En poco tiempo intimé mucho con Inés, y hablamos largamente sobre espiritismo; ella es médium vidente, y cuando menos lo piensa ve paisajes hermosísimos y soles esplendentes. Desde que la conocí, me llamó la atención el ver que la mano derecha la tenía siempre enguantada con su guante de seda gris perla o violeta pálido, mejor dicho, color de lila. No cometí la imprudencia de preguntarle por qué llevaba la mano cubierta; pero ella, adivinando mi deseo y conociendo que me llamaba la atención su guante siempre puesto, me dijo un día:

 «Entre mis muchas penalidades figura el tener mi diestra enferma hace muchos años; quizá más de veinte».

–¿Y qué tenéis en ella?

–Una especie de erupción cutánea que se manifiesta por pequeños granitos, que, si les da el aire, se llenan de pus inmediatamente y me producen dolores irresistibles; y si preservo la mano del aire, los granitos permanecen medio secos, sintiendo a veces un escozor y una picazón tan violenta, que necesito toda mi fuerza de voluntad para no destrozarme la mano frotándola con algo áspero y punzante.

–¿Y qué dicen los médicos?

–Que no saben lo que es, y lo raro es que el mal está localizado en la mano. Yo he preguntado a los espíritus la causa de este efecto, y ningún médium ha contestado a mi pregunta. A ver si usted, que es tan versado y tan entendido en espiritismo, puede averiguar algo.

Yo la prometí hacer todo lo posible por complacerla, y en un pequeño grupo de espiritistas formales, dedicados a profundos estudios y donde me consideraban mucho, expuse mi deseo, y un buen médium escribiente recibió la comunicación que voy a leer:

Lo que voy a decirte es para que te sirva de estudio, no para que satisfagas la natural curiosidad de esa mujer que tanto tiene que pagar. Es demasiado impresionable, es verdaderamente supersticiosa; cree en todos los fatalismos, hasta los más vulgares, y sería envenenar su existencia haciéndole saber lo que debe ignorar, ya que hoy está dispuesta y decidida a borrar con sus virtudes sus desenfrenos de ayer, mejor dicho, sus crímenes.

 Es un espíritu de profundos conocimientos científicos; para él han estado abiertos todos los templos del saber, es un verdadero sabio. Su adelanto intelectual es maravilloso, pero en cuanto a moralidad, ahora es cuando escribe las primeras letras de su alfabeto. Siempre ha figurado en primera línea entre los grandes hombres, siendo en una existencia una lumbrera de la Iglesia Romana, por su sabiduría y temible por su severidad para con sus subalternos, a los que trataba con la mayor crueldad.

 Un día se le presentó un pobre cura y le pidió permiso para dejar su iglesia por algunos días, porque su padre moribundo le pedía su bendición; el prelado se quedó indeciso, sin saber qué contestarle, y al fin le dijo con sequedad:  ̶ Id y volved pronto ̶. El cura se fue, recibió el último suspiro de su padre, se detuvo algunos días arreglando asuntos de familia y cuando volvió, se presentó inmediatamente al prelado, que le dijo violentamente:  

̶Os he necesitado, os he llamado, y entonces, me he enterado de que estabais ausente.

̶¡Señor  ̶dijo el cura temblando ̶, Su Eminencia me dio el permiso correspondiente para ir a recibir el último suspiro de mi padre!

¡Mentís como un bellaco; enseñadme el permiso escrito!

Su Eminencia no me lo dio, pero su palabra valía para mí tanto como su firma y me fui a cumplir como buen cristiano.

El prelado se quedó mirándole y dijo entre sí: ¿Si dirá este hombre la verdad? En la duda, que sufra el castigo para no perder yo mi autoridad, para no declararme vencido ante un pigmeo. Y el pobre cura fue encerrado en un calabozo, y allí le martirizaron horriblemente para que confesara su imaginario delito: El infeliz, vencido por el dolor, declaró todo cuanto le ordenaron sus verdugos; se acusó de haber abandonado su iglesia sin el permiso correspondiente y entonces, Su Eminencia le concedió la libertad para que se fuera a morir en su pueblo natal.

El pobre cura vivió muchos años sin poder hacer uso de su mano derecha, completamente destrozada en el potro del tormento. El prelado de ayer es la dama de hoy, que tiene su mano derecha cubierta de una lepra incurable y desconocida para los terrenales.

Muchas sentencias de muerte firmó en su anterior existencia, pero lo que hoy paga es el martirio que hizo sufrir a un inocente por no declararse vencido.

Muchas veces los hombres toman determinaciones violentas porque las circunstancias los obligan, porque hay que mantener el respeto a las leyes del Estado; pero el castigo inmerecido que sufrió el pobre cura fue tan cruel, martirizar a un inocente por sostener una mentira un grande de la Tierra, que es muy justo que esa mano que escribió la orden de encarcelación y de tormento para un mártir de su amor filial, es muy justo, repito, que sufra una millonésima parte de los dolores que hizo padecer a un inocente.

Pero a esa pobre mujer no le digáis el porqué de su sufrimiento; su desesperación sería horrible. Tiempo tendrá en el espacio de leer su historia pasada; si cada uno de vosotros supiera lo que ha sido, la Tierra quedaría deshabitada, porque todos sus habitantes morirían de vergüenza y de dolor.

–Hasta aquí la comunicación del espíritu, y ¿querrás creer que desde entonces me inspiró Inés casi repulsión? Salí de Nueva Orleans y le prometí escribirla, pero no la he escrito.

–¡Mal hecho, Agustín, mal hecho; los enfermos son los que necesitan las medicinas y las atenciones del médico! Si ya Inés quiere ser buena, hay que ayudarle a subir la cuesta de su calvario.

Escríbele sin demora y ponla en relación conmigo.

–Así lo haré, amiga mía, y entre los dos, a ver lo que conseguimos, porque ella dice: Yo conozco que debo haber sido un espíritu muy malo y, por lo mismo, quiero hacer doble jornada en esta existencia para adelantar en mi regeneración.

–Pues teniendo tan buenos propósitos, ¿qué importa la noche del pasado, cuando nos espera el día de la eterna luz? ¡El día de la verdad! ¡El día de la redención!

La mano por: Amalia Domingo Soler

Nota: ¡Una mano!. Reproducción del artículo publicado en el número 21 de
“LA LUZ DEL PORVENIR”, publicado en Villena, 1 de noviembre de 1907.

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