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PLANIFICACIÓN PRE-ENCARNATORIA

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Planificación pre-encarnatoria

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Llega el momento de analizar espiritualmente algunas cuestiones que ahora puedo explicar, pero que con la visión terrena, limitada, débil e imperfecta que tenemos cuando poseemos un cuerpo físico no podemos abordar.

Después de la revisión efectuada de mi periplo terreno, que comentamos en el capítulo anterior; y una vez analizadas algunas cuestiones importantes de mis aciertos y errores así como las consecuencia que los mismos tenían para mi posición espiritual en el espacio, comencé a vislumbrar aspectos que en la tierra me estaban velados por completo.

El primero de ellos hace referencia a mi preparación pre-encarnatoria. Ahora, libre de las ataduras de la materia y recuperando poco a poco la lucidez espiritual y el entendimiento claro sobre mi auténtica realidad espiritual, comenzaba a comprender.

En mi planificación en el espacio para afrontar la que fue mi última existencia, pesaban tanto aspectos positivos como negativos. Estos últimos, debido a mis errores del pasado, en otras vidas, y bajo otras identidades; condicionaban algunas pruebas y expiaciones que iban a presentarse en mi vida ineludiblemente; cumpliendo así con las repercusiones de mis actos perniciosos y saldando la deuda con la ley de causa y efecto.

Esta contabilidad moral operaba indistintamente, fuera cual fuera mi actuación y mi recorrido terrestre. No obstante, comprobaba con claridad que, conforme mi vida empezaba a transcurrir por los caminos del bien y de la regeneración moral, aquellas aflicciones que debía afrontar ineludiblemente para que la justicia de la ley se cumpliera, se veían dulcificadas, eran menos traumáticas para mi vida y se desarrollaban de forma diferente a si hubiera permanecido insensible a la llamada de mi espíritu y al cambio moral que se operaba en mi alma encarnada.

Es cierto que a todo ello contribuía sobremanera el conocimiento espiritual que iba adquiriendo sobre las cosas que me acontecían. La posibilidad de entender y comprender no sólo la justicia de aquello que sufrimos, sino la aceptación del mismo como algo positivo para mi alma, rebajaban ostensiblemente el dolor y la repercusión psicológica e incluso física que este tenía sobre mí.

Además de todo ello, el trabajo espiritual, la mente puesta en el bien, las emociones controladas para dirigirlas hacia el amor por mis semejantes a pesar de las incomprensiones, me permitían adoptar la actitud adecuada que me impedía rebelarme ante los acontecimientos perturbadores o sufrientes que, episódicamente, aparecían en mi vida de forma recurrente.

El paso de la rebeldía a la aceptación; mediante la abnegación y la comprensión de la utilidad del sufrimiento inevitable fue extremadamente difícil pero muy importante. A partir de ese momento comencé a valorar la vida en la profundidad adecuada, en todos sus aspectos, como una dádiva divina, una gracia concedida por el creador para facilitar nuestra ascensión hacia la luz y la plenitud.

Todo ello lo comprendía en la tierra con dificultad; pero algún tiempo después de mi paso al mundo espiritual, en la misma medida que mi conciencia se volvía lúcida aparecía ante mí como el gran milagro que opera en todos los seres humanos desde el momento en que nuestro espíritu es creado por Dios y comienza a progresar.

En esa planificación espiritual, en la que fui constantemente asesorado y ayudado por otros espíritus antes de encarnar me hicieron ver que, además de las expiaciones que debía afrontar con la actitud anteriormente mencionada y que conseguí lograr en buena parte, existía también una parte más agradable, la de aquella que procedía de mis méritos del pasado y que me facultaba para el ejercicio de una labor misionera en favor de los demás.

Vi con claridad algunos de los trabajos y realizaciones efectuados en otras encarnaciones y que en ese momento, antes de encarnar, eran los créditos obtenidos por mi alma, que se encontraba preparada para enfrentar los retos del esfuerzo, la divulgación, el trabajo y la entrega desinteresada que debía conseguir realizar con cuerpo físico.

Mis ansias de progreso, de claridad y redención moral, pretendían afrontar algunas realizaciones en mi peregrinaje en la tierra que fueron desestimadas por aquellos que me asesoraban. Pues, con la sabiduría, la experiencia y la elevación moral que portaban, valoraron, contrapesando, si sería capaz de efectuar aquellas realizaciones ciclópeas que yo deseaba afrontar.

Pronto, algunas de esas iniciativas fueron retiradas del programa, y otras rebajadas sustancialmente, pues me hicieron comprender que el riesgo de abarcar determinadas realizaciones ponía en peligro la consecución de otras más sencillas, pero más importantes para mi alma que me era preciso conquistar. No obstante, también se me indicó que, en función del grado de realización del programa que debía enfrentar, solicitarían permiso a los espíritus superiores para ir adaptando los retos y las dificultades en la medida que valoraran las fuerzas y los recursos de los que fuera disponiendo. Todo ello sin poner en riesgo las lineas maestras principales de aquello que principalmente me proponía conseguir.

Esta ayuda inestimable del mundo mayor, que colaboraron conmigo en esa ruta de planificación evolutiva, la comprendo ahora; y aunque mientras estaba en la tierra sabía de la existencia de estos espíritus abnegados y trabajadores, nunca pude sospechar hasta qué punto influyeron y me ayudaron para no equivocarme a la hora de tomar decisiones sobre mi programa terrestre.

Comprendía claramente que, como explica Allan Kardec, las distintas existencias son solidarias entre sí; y que el trabajo que se alcanza y se realiza con éxito, nunca se pierde, pudiendo ser continuado en una nueva oportunidad así como en el plano espiritual. Esta concienciación de la transitoriedad de la vida en la tierra, y de la eternidad del campo de trabajo para progresar y crecer espiritualmente, sosegaba mi alma, ayudándome a planificar sin precipitaciones mi rumbo evolutivo.

Continuando con mi planificación pre-encarnatoria, pude vislumbrar con qué precisión me detallaron en su momento las condiciones y circunstancias «humanas» que me afectarían y que incidirían en mi carácter y en la formación de mi personalidad humana.

Cuestiones como la familia en la que debía reencarnar, los compromisos que esos espíritus que me recibían tenían para conmigo y yo para con ellos; el ambiente social en el que formaría mi personalidad, la educación a recibir y los pros y contras que todos estos hechos llevarían a afectar y formar mi condición humana.

También vislumbré algunas cuestiones kármicas de aquellos que vendrían conmigo; algunos seres muy amados por mí, otros con deudas mutuas a los que me vería obligado a ayudar, etc.

Todo esto que ahora explico, y muchas otras cuestiones que no detallo, desde la claridad de visión que mi alma experimenta y que me fue presentado antes de iniciar mi recorrido en la tierra se sumergió en la inconsciencia de mi espíritu cuando inicié mi proceso biológico-psicológico de preparación para reencarnar.

Quedó grabado en mi conciencia; y aunque no recordaría conscientemente la mayoría de las cuestiones mientras deambulaba por el mundo físico afrontando mis objetivos, mi alma siempre aprovechaba la circunstancia del desprendimiento espiritual mediante el sueño para recordarme los compromisos adquiridos. Algo en lo que influía sobre manera el guía espiritual, el protector encargado de acompañarme durante mi peregrinación terrena; pero de ello hablaremos en la próxima oportunidad.

Planificación pre-encarnatoria por: Benet de Canfield

Psicografiado por: Antonio Lledó

©2017, Amor,paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

LA MUERTE INEXISTENTE

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La muerte inexistente

 «La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella»

Haruri Murakami – Escritor Japonés

La muerte es, sin duda alguna una de las cuestiones principales que preocupan al hombre. Unos la aceptan, otros la niegan y últimamente hay una tercera opción que intenta combatirla, vislumbrando la posibilidad de derrotarla.

Aunque pueda parecer una paradoja, el problema de la muerte ha condicionado la vida del ser humano desde la época de las cavernas hasta ahora mismo. La realidad del fenómeno, causaba ya honda impresión en los hombres del paleolítico, que honraban y enterraban a sus muertos en señal de respeto y protección para ellos mismos.

La cultura, las religiones, e incluso la ciencia han instrumentalizado la muerte; haciendo de ella un punto principal alrededor del cual gira la vida. Tanto es así que la mayoría de la población del planeta vive bajo la perspectiva y en función de lo que creen que acontecerá después de la muerte.

La muerte; analizada desde el punto biológico no es más que el proceso natural en el que todos vamos a desembocar por el mero desgaste de los elementos que forman nuestros órganos y nuestra energía vital con el paso del tiempo. No obstante, en los albores de este siglo XXI existen ya iniciativas, proyectos de investigación, de serios e importantes científicos que abogan por la lucha contra la muerte a fin de conseguir una eterna juventud.

Esto que parece una utopía, no lo es tanto según la perspectiva de estos investigadores. Para ello se basan de algunas certezas que mencionamos a continuación; la primera es que el desarrollo de la medicina y otras disciplinas ha conseguido reducir las causas de la muerte ampliando la esperanza de vida, al combatir las enfermedades de tal forma que en un sólo siglo la esperanza de vida del ser humano se ha duplicado.

Hoy en día en los países desarrollados la esperanza media de vida alcanza 80 años; mientras que hace un siglo, y fundamentalmente antes del descubrimiento de las vacunas, los microbios y los virus situaban esta esperanza de vida en algunas décadas menos. Hemos de hacer la consideración de que este avance, no representa la capacidad de ampliar la esperanza de vida en sí, sino el desarrollo de la medicina para curar enfermedades cuyas causas producían la muerte y eran anteriormente desconocidas.

La ampliación de la esperanza de vida únicamente puede hacerse si somos capaces de regenerar órganos y tejidos dañados, o sustituirlos por otros nuevos, o eliminando de raíz las causas de las enfermedades degenerativas allí dónde tienen su germen, en la propia herencia genética que las permite. Así pues, un aumento de la esperanza de vida como el que se pronostica para el año 2050, donde se cree que podremos elevar la media de los 80 a los 120 años es bastante improbable mientras que la ingeniería genética, la nanotecnología y la regeneración de órganos y trasplantes de nuevos elementos, no se desarrollen a niveles nunca vistos.

Podemos pensar que el desarrollo exponencial de estas disciplinas en los últimos diez años; -sobre todo a raíz de la decodificación del genoma humano en el año 2000- ofrece este tipo de esperanzas, y, efectivamente se ha avanzado mucho, pero todavía estamos muy lejos de poder regenerar tejidos y órganos que sean compatibles en el cuerpo humano y que nos devuelvan la juventud y la vitalidad perdida que teníamos cuando cumplimos 25 años.

Nadie -con cierto conocimiento del tema- duda que el avance tecnológico posibilitará la ampliación de la esperanza de vida en décadas en este siglo que recientemente iniciamos; pero es bastante improbable que logremos alcanzar inmortalidad alguna con un cuerpo físico, por la cuestión evidente de que el hombre no es sólo biología, sino que presenta un componente espiritual que es el que vitaliza y anima el cuerpo físico, siendo la fuente permanente de la vida y responsable por tanto de la misma.

Si realizamos el enfoque desde el punto de vista espiritual, se ofrecen menos problemas. No es preciso pensar en la muerte, puesto que esta no existe para el espíritu. El alma humana vive en un cuerpo físico y de repente se retira y el cuerpo comienza su descomposición al perder el componente vital que lo animaba -«anima»-. Desde ese momento el alma se desprende del cuerpo y se traslada al mundo del espíritu donde seguirá viviendo, sintiendo, progresando y experimentando hasta que tenga una nueva oportunidad de volver a la tierra en otro cuerpo de un niño, es decir, hasta que vuelva a reencarnar.

«El que llamas muerto, no murió, mas partió primero.»

Séneca – Filósofo Romano s. I

Siempre somos los mismos, con cuerpo físico o sin él, nuestra personalidad no se pierde, antes al contrario, vida tras vida y durante el intervalo que permanecemos en estado espiritual, nuestros conocimientos siguen creciendo, nuestras actitudes y competencias se siguen desarrollando, y nuestros defectos y virtudes siguen siendo los mismos, hasta que el progreso y la evolución personal logran agrandar nuestra conciencia y ampliar nuestras capacidades intelectivas y morales.

La muerte no existe para el espíritu por otro importante motivo; el espíritu no tiene forma, no tiene sexo, no es materia, es energía purísima, una «chispa divina» creada por Dios a su imagen y semejanza en cuanto a los atributos divinos de perfección y eternidad. Por ello, desde que somos creados por Dios ya poseemos el gran objetivo que persiguen los que quieren vencer a la muerte: «La inmortalidad». Esta es uno de los atributos de nuestra alma.

Ya somos inmortales; nuestra conciencia transciende a la muerte y sigue creciendo, avanzando, progresando y conquistando mayores metas de plenitud y progreso hasta que lleguemos a la felicidad, a la que estamos destinados mediante el desarrollo interior de nuestras capacidades divinas. Cuando la semilla inmortal de la esencia divina que anida en nosotros, se desarrolla y se convierte en un árbol frondoso, las capacidades se amplían exponencialmente al amparo de la inmortalidad de la que ya gozamos.

Pasamos de ser salvajes y primitivos a ser genios y hombres de elevada condición moral e intelectual; aunque para ello necesitemos algunos milenios de experiencias, y muchas vidas de aciertos y errores, de sufrimientos o de goces. Tenemos el tiempo que precisemos, pues somos los dueños de nuestro propio destino en base al libre albedrío del que gozamos; aunque por ello seamos igualmente responsables ante las leyes que rigen el proceso de evolución, y recibamos en vidas posteriores la cosecha de aquello que hemos sembrado con anterioridad.

Así pues, mientras la ciencia persevera en conquistar la inmortalidad para el cuerpo, el espíritu agradece el avance porque le permite vivir más tiempo y en mejores condiciones con el vehículo del que se sirve para progresar. Ese vehículo constituido de billones de células, de un diseño extraordinario, donde cada elemento desempeña su función a la perfección para permitir a la esencia divina, -el espíritu humano-, la realización de su progreso y avance hacia la plenitud y la felicidad siempre al amparo de la inmortalidad que posee desde que fue creado por Dios hace milenios.

«La inmortalidad del alma es una realidad, no una conquista que debamos alcanzar». El cuerpo biológico podrá mejorar su esperanza de vida, viviendo más años y en mejores condiciones, pero siempre se verá supeditado al proceso evolutivo del espíritu que lo anima y le permite la vida. Es por ello que la muerte es inexistente para el alma.

La muerte inexistente por: Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

«Ni temas ni desees la muerte.»

Marco Valerio Marcial (40-104) Poeta latino

LA PARTIDA

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La partida

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Debemos abordar ahora el momento trascendente de todo ser humano en la tierra; la circunstancia de la partida, del final, del tránsito al plano espiritual. Al no ser conscientes del nacimiento cuando venimos a la tierra, la muerte se convierte así en el momento catártico de toda vida humana.

En mi caso concreto, que es el que nos ocupa, sin darme cuenta fui preparándome para este momento abandonando la angustia y el deseo por las cuestiones materiales que ya casi nada representaban para mí; en esta actitud ante la llegada de la muerte tuvo mucho que ver la convicción profunda de la inmortalidad de mi alma.

Convicción a la que había llegado décadas atrás y que, unida a mis experiencias de vida y a las pruebas y experiencias espirituales que había conocido, sentido y observado, me permitían una fe inquebrantable y una confianza absoluta en el porvenir que me esperaba después del tránsito.

A esta convicción, unía otra no menos profunda y satisfactoria para mí; la de la esperanza de encontrar a mis seres queridos; aquellos que me antecedieron y que tanto me amaron. Simplemente cuando mi pensamiento se elevaba o los recordaba, una sensación de paz, de tranquilidad y de serenidad inundaba mi alma.

El desapego de las cuitas y problemas materiales, fue un punto importante que me permitió la facilidad de desligar mi periespíritu de aquellas anclas materiales que la organización celular biológica impone a todo ser humano en el momento de la partida.

Pero, ¿cuál era mi situación humana y cuáles mis circunstancias espirituales y psicológicas en ese momento trascendente? He de confirmar que eran absolutamente diferentes. En la primera el desapego familiar, la soledad individual y la incomprensión por parte de aquellos que guardaban relación material conmigo, eran más que evidentes. Sólo algún familiar cercano tuvo a bien encargarse de mí.

Esta circunstancia humana era inversamente proporcional a mi situación espiritual, dónde no experimenté soledad alguna; dónde siempre me vi confortado por mis guías espirituales, por otros espíritus que me rodeaban con su afecto y me enviaban fluidos saludables que mitigaban el dolor de la enfermedad irreversible que, ahora sí, definitivamente, iba a terminar con mi trayectoria terrena en esta, mi última existencia física.

A aquellos que espiritualmente me confortaban y me rodeaban; y que en muchas ocasiones no los percibía ni los sentía, no obstante sabía de su auxilio y de sus pensamientos y oraciones benéficas hacia mi, se unía una fuerza poderosa que llegaba hasta mi lecho en el hospital.

Una fuerza procedente de numerosos compañeros de ideal, en muchas partes, que con sus oraciones hacia Dios pidiendo por mí, materializaban las condiciones más favorables para que el tránsito fuera lo más suave y delicado posible.

Tanto es así que la catarsis que debía experimentar, fue para mi una liberación interior sencilla, en ningún momento traumática; y después de la turbación necesaria en el desprendimiento de todo ser humano cuando llega ese momento, experimenté un despertar suave que me permitió comprender cómo el amor de Dios es la fuerza más poderosa del universo.

Ese amor infinito se transmutaba, se manifestaba, se evidenciaba en el amor de aquellos que me recibieron: seres de luz; familiares queridos, a los que conocía de mi última existencia y otros que me amaban pero que no reconocía de momento. La sensación era de serenidad y de paz; y conforme fue desapareciendo de forma paulatina la turbación, se hacía más y más fuerte.

Casi de repente, sin percepción alguna del tiempo ni del espacio que me rodeaba, y como en una película, fueron pasando ante mi mente, de forma que no puedo explicar, los momentos vividos más importantes de mi existencia en la tierra. No puedo plasmarlo en palabras, pero al mismo tiempo que aparecían en mi mente, era capaz de captar la emoción, el sentimiento, positivo o negativo, que se asociaban a aquellas imágenes que veía y de la cual yo era el protagonista principal.

Ante este recorrido, que para mi fue como una grabación definitiva en mi conciencia, comprendí que el espíritu humano, liberado de la capacidad reductora de la materia física, es una enorme usina de energía inagotable, que como un gigantesco ordenador de memoria infinita graba y recuerda de forma precisa todos los acontecimientos vividos, directa o indirectamente, así se produzcan en el mundo físico o en el mundo espiritual.

Junto a ello, también es capaz de almacenar en nuestra conciencia espiritual las consecuencias de nuestros actos, tanto para nosotros como para aquellos que, de forma indirecta se ven afectados por nuestros actos, pensamientos y sentimientos.

Ahora comprendo que esto tiene que ver directamente con nuestra responsabilidad ante las leyes divinas. Pues la única manera de evolucionar y progresar es recordar lo que hicimos bien o mal, recuerdo consciente (en el mundo espiritual con cierta evolución) o inconsciente (en la tierra con un cuerpo físico).

Esa memoria de nuestra conciencia, que somos nosotros mismos, es la propia voz de nuestro espíritu inmortal; capaz de enfrentar en cada momento de nuestra evolución las situaciones que se producen, y teniendo como bagaje el propio conocimiento y experiencia que nos ofrece ese archivo milenario que recuerda con nitidez y claridad lo que somos, de dónde venimos y cuál es el camino que hemos de recorrer.

Después de la experiencia de revisión de mi trayectoria terrena, me tocó analizar el grado de compromiso adquirido antes de enfrentar la encarnación; así como tomar conciencia de cuales habían sido los objetivos conseguidos y aquellos otros en los que falle y no pude enfrentar o cumplir.

Pero las consecuencias de mi experiencia terrena, así como las enseñanzas que fui adquiriendo con la lucidez espiritual serán objeto de próximas entregas de esta serie, que analizaremos con rigor en el capítulo siguiente.

Ahora, para despedirme, permítaseme agradecer a todos aquellos que pidieron por mi alma en aquellos momentos. Quiero que sepan que, allá dónde me encuentre, mi gratitud irá con ellos; mi amor intentará envolverlos, mi pensamiento localizarlos y recíprocamente devolverles todo el bien que me hicieron al pedir por mí en el tránsito hacia mi nuevo estado.

 

La partida por: La partida por: Benet de Canfield
Psicografiado por: Antonio Lledó

©2017, Amor paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

EL PROBLEMA DE LA CONCIENCIA

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El problema de la conciencia

Creer que estamos en una sociedad sana mentalmente es precisamente lo contrario de lo que nos indican de forma alarmante todos los estudios y estadísticas realizadas al respecto. Conforme la medicina, y el resto de disciplinas que procuran la salud humana, vienen avanzando a pasos agigantados, se pone en evidencia que salvo alguna que otra patología orgánica irreductible como el cáncer y en menor medida el sida, lo que ha sufrido un aumento exponencial son las enfermedades que tienen que ver con la mente y la psique del ser humano.

La depresión ha sido el gran mal de finales del siglo XX y principios del XXI; todavía hoy sigue siendo la patología más diagnosticada en todo el mundo: se dan cifras de más de 500 MM de personas que han sido diagnosticadas y tratadas por depresión en el último año. Pero junto a ella, vemos aumentar de forma alarmante las neurosis, las psicosis personales y sociales, los estados de frustración existencial, pánico, angustia y ansiedad. Según las estadísticas de la A. de Psiquiatría Americana, alrededor de un 30% de norteamericanos (100 MM) consumen ansiolíticos a diario.

También en la ciencia médica, como en biología evolutiva; «la necesidad crea el órgano o provee la función». Y en este caso han surgido nuevas disciplinas para intentar enfrentar los nuevos retos que se presentan en la salud de la población humana. Una de ellas es la psiconeuroinmunología; que intenta enfrentar las nuevas enfermedades que la mente somatiza en el cuerpo biológico a través del sistema inmunológico, endocrino y nervioso, dando origen a enfermedades graves y raras que aparecen cada vez con más frecuencia.

Esto pone de manifiesto la importancia de conocer bien la mente, su funcionamiento y cómo el desorden mental afecta no sólo la parte psíquica del ser humano, sino también a la parte biológica, enfermando los órganos, perturbando los sistemas que regulan la homeostasis de nuestro cuerpo y creando disfunciones, y dando origen a la aparición de enfermedades varias.

Lamentablemente, como demuestra a diario la psiquiatría, no hemos avanzado mucho en el conocimiento de nuestra mente; puesto que se parte de un error de principio al considerar que la mente es fruto del cerebro, y que esta surge a consecuencia de las relaciones y conexiones (sinápsis) de nuestras neuronas(células cerebrales). Este es el gran inconveniente en la comprensión de las enferemedades mentales y en su curación definitiva. Hoy en día la psiquiatría contempla como principales terapias para la curación el tratamiento farmacológico y diversas psicoterapias como la congnitiva entre otras.

Es cierto que el avance farmacológico ha sido muy importante y efectivo en el alivio de los síntomas de muchas de estas enfermedades, pero se ha mostrado totalmente ineficaz en la curación y sanación de esas mismas patologías. Enfermedades como la esquizofrenia sigue siendo la gran asignatura pendiente de la psiquiatría, y el tratamiento químico ayuda a estabilizar al paciente, pero no cura la enfermedad.

Estas reflexiones que hacemos aquí tienen dos intenciones principales; la primera de ellas la de comprender que el inicio del proceso es erróneo, al no contar con el hecho de que la mente no proviene del cerebro, sino que es un instrumento psíquico de la conciencia. Y precisamente esta última es «la gran desconocida de la ciencia». ¿De dónde procede? ¿Un conglomerado de materia y átomos como es el órgano cerebral puede ser capaz de originar la conciencia? Este algo inmaterial, indefinido, que trasciende el propio cerebro, que tiene su propio archivo en el inconsciente y que puede dirigir nuestra vida y nuestros procesos y decisiones sin necesidad de recurrir al pensamiento ni la emoción -subconsciente-. ¿Qué es?: ¡NO LO SABEN¡

Es el gran interrogante de la ciencia para este siglo XXI. Creen que haciendo simulaciones que les permitan comprender el funcionamiento de los 100.000 MM de neuronas que componen nuestro cerebro lograrán comprender la conciencia. Y VUELVEN A EQUIVOCARSE. Con super-computadoras que aumenten mil veces la capacidad de velocidad y de memoria que actualmente se posee, el proyecto HUMAN BRAIN PROJECT (con una inversión de más de 1500 MM de euros) pretende conseguir en el año 2023 estas simulaciones que nos ayuden a comprender mejor el funcionamiento de nuestro cerebro.

Creen que este siglo (que se ha denominado ya como el siglo del cerebro) entendiendo el cerebro comprenderán la mente y con ello estarán más cerca de la comprensión de la conciencia. Realizan el camino a la inversa.

Ni la conciencia ni la mente son productos de cerebro. La mente se desarrolla con la evolución del ser humano porque la conciencia -de la cual forma parte- también se amplía en la misma medida que el hombre progresa y evoluciona. Es la conciencia la clave de todo, porque la conciencia somos nosotros mismos, es el alma, el espíritu inmortal que guarda celosamente en su inconsciente todo el acervo, recuerdos, conocimientos y experiencias de miles de años.

Si a esto le unimos la herencia genética, que el proceso evolutivo vuelca en los genes del individuo desde la formación del feto y que le condiciona de una u otra forma en las taras biológicas que deberá llevar en la vida, entenderemos mejor la propensión de unos individuos y no otros -con la misma herencia genética como los gemelos univitelinos que proceden de la misma célula- a contraer determinadas enfermedades y no otras.

Pero aquí falta un tercer elemento que la ciencia desconoce y por ello no acierta en sus diagnósticos y curación de determinadas enfermedades mentales. Ese elemento es precisamente el «periespíritu»; un cuerpo intermedio, semimaterial, que es el modelo organizador biológico del feto en desarrollo, en el que interacciona con la psique de la madre a nivel molecular, y que ya trae, desde el inicio de la reencarnación del ser humano, las matrices kármicas que condicionarán la salud y la propensión de la persona a una u otra patología en función de sus deudas del pasado, los retos que deba enfrentar o las taras que adquirió por errores cometidos anteriormente.

Esto último es claramente definido en el caso de los suicidas, cuyo periespíritu queda mermado, destrozado, desconfigurado, al quitarse la vida de forma violenta y de repente, sin dar tiempo a que las energías que lo unen a la materia se desliguen ordenadamente para que el espíritu se libere sin traumas y acceda al plano espiritual. En estos casos, siempre el periespíritu ha de reconstruirse, pero lleva tiempo en conseguirse, y con frecuencia, en casi todos los casos deben acceder a reencarnar con esta tara que condicionará enfermedades y patologías graves ya desde el momento de la formación del feto.

La comprensión de la trilogía de la personalidad del ser humano: espíritu (principio inteligente, sin forma, sin sexo, energía pura creado por Dios), el periespíritu (dónde se desarrollan los procesos anímicos, psíquicos, espirituales, mediúmnicos, modelo organizador biológico, etc..) y el cuerpo biológico (maquina perfecta de más de 3 Trillones de células dirigida por :¿el cerebro o la conciencia?) Veamos que pensaba el mayor científico del siglo XX, Albert Einstein:

«El hombre es un conjunto electrónico regido por la conciencia»

Al hablar de conjunto electrónico se refería precisamente a la energía de la que están constituidos todos los átomos de nuestro cuerpo biológico. Y aquí podemos añadir así los que forman la energía más sutil del periespíritu y del espíritu (autentica energía pura).

Así pues, mientras la ciencia no aborde el problema del origen de la mente desde el punto de vista de la conciencia como algo separado del cerebro, el avance será limitado, nunca absoluto, pues se podrán comprender funciones, conexiones, simulaciones, pero el origen de todo seguirá siendo el espíritu inmortal, milenario, que anima cuerpos en distintas existencias, que moldea mentes a través de la conciencia, que modifica la estructura cerebral a través de los pensamientos y emociones que le son propias, y cuyo origen se encuentra en la mente dirigida por el propio espíritu (principio inteligente del universo).

Estamos seguros que el gran avance llegará por esta vía, y aquellos científicos que ya han vislumbrado el error de planteamiento, que viene desde el racionalismo de XIX que consideraba al hombre como una máquina, si son valientes, intentarán enfocar sus investigaciones bajo esta nueva perspectiva. No debemos olvidar que también aquí ya han existido científicos pioneros que han marcado el rumbo a seguir; por citar algunos comencemos con Jung, Maslow, Frankl, Elisabeth klubber Ross, Raymond Moody Jr., Stan Groff, Eben Alexander, etc.. (Psiquiatras, psicólogos, médicos, neurólogos y neurocirujanos especialistas en el cerebro y la mente)

Estos pioneros quedarán en la historia de la ciencia del siglo XX como los primeros que se atrevieron con la ruta acertada. Estamos seguros que en un corto espacio de tiempo, otros muchos que están ya trabajando seguirán esta vía que les llevará a la comprensión definitiva de la trilogía de la personalidad humana, entendiendo mejor la conciencia al vislumbrarla en su enfoque trascendente e inmortal como auténtico motor y guía de la conducta humana, y por ende como objetivo principal de las disfunciones y enfermedades de origen mental y psicológico. Complementando el aspecto moral; y respecto a la libertad e importancia de la conciencia como la brújula certera del ser humano -en su ética de comportamiento-, nos despedimos con una frase del gran político y filósofo de la Roma del siglo I a.C.:

«Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo»

Marco Tulio Cicerón

 

El problema de la conciencia por: Antonio Lledó Flor

©2017, Amor paz y caridad

 

PREPARANDO EL TRÁNSITO

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Preparando el tránsito

Reflexiones desde el otro lado (*)

Partiendo de la ignorancia sobre el momento en que cada uno ha de regresar a la patria espiritual, así como de la incertidumbre que la vida misma presenta a cada momento, no es menos cierto que el espíritu encarnado presiente la cercanía del final. Pero hasta en esto nos equivocamos con frecuencia; este fue concretamente mi caso.

Una enfermedad crónica importante hizo su aparición en mi organismo a una edad madura pero tampoco muy próxima a la senectud. Esta circunstancia imprevista, en pleno proceso de trabajo y servicio espiritual, me hizo reflexionar profundamente sobre la utilidad de mi vida, las expectativas y la necesidad de seguir cumpliendo con mi deber, pues me recordaba a mi mismo todas las cosas que tenía todavía por hacer y creía no disponer del tiempo suficiente para realizarlas.

La angustia de no poder cumplir con mi compromiso espiritual, era directamente proporcional a las aflicciones que experimentaba como consecuencia de mi enfermedad. En algún momento mi mente dudó, creyendo que se acercaba mi final en la tierra, y a pesar de que contaba con ayudas espirituales extraordinarias, que sin duda no merecía, el abatimiento y la depresión intentaron conquistar mi alma. Por suerte o por necesidad de progreso, mi momento todavía no había llegado, y así fue como recibí la ayuda de hermanos encarnados que, inspirados por sus guías, acudieron en mi auxilio proponiéndome una curación mediante cirugías espirituales. Con anterioridad ya había intentado la terapia médica que no ofreció resultado alguno.

Con el ánimo dispuesto y con toda la fe del mundo, me propuse aceptar la sugerencia y ponerme en manos de Dios para aquello que tuviera a bien depararme la experiencia. Me traslade a otro país dónde me practicaron una cirugía espiritual que logró con éxito reducir y paralizar la evolución y desarrollo de las células enfermas que amenazaban mi vida.

Tal y como yo lo viví, esta fue otra prueba para mí; no sólo de la misericordia divina, que me concedía una prórroga para seguir realizando el bien y alcanzando méritos de rescate espiritual; sino también de la fortaleza y supremacía del mundo espiritual sobre la materia. Pues allá donde el diagnóstico médico era pesimista, negativo e irreversible; la intervención del mundo espiritual a través de la mediumnidad y de los cirujanos espirituales que me ayudaron triunfó plenamente, concediéndome un nuevo periodo de salud relativa que me permitía realizar mi trabajo en beneficio del prójimo sin demasiada incomodidad.

Con anterioridad a la experiencia de la cirugía, el momento grave y dramático del diagnóstico irreversible que amenazaba mi vida en un corto plazo, hizo que comenzara a prepararme para el tránsito hacia el plano espiritual. Mi pensamiento, se veía dominado por la angustia de la falta de tiempo para cumplir con mi compromiso espiritual mencionada anteriormente. Mi alma se sentía decepcionada por tener que regresar al mundo espiritual, sin casi nada que llevar en las manos para ofrecer como trabajo, servicio y reparación de los errores cometidos con anterioridad.

La recuperación de la salud mediante esta intervención mediúmnica; no sólo reforzó mi convicciones de una forma incuestionable para mi conciencia, sino que, al mismo tiempo despejó de forma permanente cualquier sombra de duda, abatimiento o depresión que viniera a perturbarme. Tal fue la seguridad y la fuerza que esta experiencia me proporcionó, que desde ese momento en adelante mi determinación redobló los esfuerzos, el trabajo apenas suponía para mí cansancio físico, nunca decaimiento psicológico ni abulia intelectual.

A partir de aquí, dejé de preocuparme por el tiempo, comprendiendo que, cuando llegara mi hora de partir, lo haría con aquello que hubiera realizado hasta ese momento, proponiéndome no preocuparme nunca más por ello; pues mi determinación de progreso y crecimiento espiritual trascendería al momento de mi muerte física y, una vez plenamente consciente de mis deberes y compromisos, estos seguiría realizándolos después de traspasar el umbral de la vida física; tal y como este trabajo que realizo ahora mismo está certificando.

El espíritu nunca se cansa en su progreso y crecimiento hacia la plenitud; la energía que lo alimenta es la propia energía divina, pues estamos creados a imagen y semejanza de Dios, en cuanto a esencia espiritual y naturaleza inmortal. La materia es el reductor de la energía del espíritu; dónde este último se encuentra como en una cárcel, sin apenas poder manifestar todas sus potencialidades y capacidades.

Con posterioridad, algunos años transcurrieron, y volví a someterme a una nueva cirugía espiritual para continuar con mis expectativas de vida agotando todas las posibilidades a mi alcance. Pero en esta segunda ocasión ya no sentía angustia ninguna, mi pensamiento y mi corazón fueron depositados con calma, serenidad, paz y fe en la voluntad divina, que me sustentaba de manera extraordinaria; aceptando de antemano, sin rebeldía y con abnegación, las consecuencias o circunstancias que la providencia tuviera a bien reservarme.

Esta fue una buena preparación para mi partida definitiva, que aconteció algunos años más tarde; donde mi trabajo era ya incansable, desafiando los límites de la resistencia física, del dolor de la enfermedad que avanzaba irreversible. Todo ello lo superaba con la seguridad y confianza de que tales aflicciones, servían notablemente en la depuración de mi alma; y por ello agradecía a Dios diariamente no sólo por la misericordia de su amor y auxilio que me permitía seguir trabajando, sino por las aflicciones que me acontecían. Era un agradecimiento sincero, que brotaba de mi alma y de mi entendimiento, pues este último me hacía comprender que cuanto más sufría de forma inevitable, -pues lo contrario sería masoquismo y esto es contrario a la ley divina-, ese sufrimiento me ayudaba a regresar al mundo espiritual liberado de cargas mórbidas y deletéreas que mis actos errados del pasado habían sembrado en mi conciencia.

Esa liberación por la punición inevitable era aceptada por mí con abnegación; y unida al trabajo constante, al sacrificio al que los viajes me obligaban para colaborar con otros hermanos e instituciones en otras partes del mundo, al dictado de conferencias y participación en congresos, eventos, seminarios, etc. eran aspectos que contribuían en la divulgación de la doctrina en distintos países, y todo ello me daba fuerzas y constituía mi día a día en la última etapa de mi vida.

Cuando regresaba a la tranquilidad de mi apartamento, dedicaba mis esfuerzos a escribir, a traducir obras de otros compañeros, a pulir y terminar mis libros que, -aunque fueron pocos, eran para mí como los hijos que nunca tuve-; e inspirados por el mundo espiritual, representaban para mi alma un logro impensable para mí años atrás. Era la constatación evidente de mi crecimiento espiritual, de mi disposición noble, sincera y humilde par convertirme en un instrumento de los espíritus del bien al servicio de la obra del Maestro Jesús.

En todo este trasiego, recuerdo con especial cariño mis viajes a España; donde percepciones espirituales me retrotraían a existencias anteriores, afectos mutuos con hermanos a los que conocí y recuerdos del pasado que viví con nitidez y claridad. Quizás, el hecho de que alguno de mis antepasados y espíritus familiares queridos procedieran de allí; supuso para mí una fuente emocional que se reactivaba sobremanera cuando me reencontraba con algunos de mis hermanos de ideal o en algunos lugares que yo ya conocía de antemano, sin haber estado nunca allí.

Esta circunstancia, del recuerdo espontáneo de vidas anteriores, se repitió sólo en una ocasión con anterioridad en mi vida, con motivo de un viaje que, en compañía de otros hermanos de ideal realicé a Jerusalén y la antigua Palestina. Allí experimenté sensaciones indescriptibles desde el punto de vista espiritual que mi limitada percepción mediumnica me permitía. En aquellos momentos, albergaba la certeza de que la psicosfera que rodeaba el ambiente en aquella tierra, pudo haber sensibilizado mi alma de tal forma que me permitiera sentir momentos de felicidad interior y amor incondicional inenarrable.

Hoy también comprendo que, todos aquellos que experimentan en sus vidas el código de amor que predicó Jesús, pertenezcan a la religión que pertenezcan, o incluso aunque no crean en Jesucristo, -cuando viven el amor desinteresado que el predicó y lo transmiten a sus semejantes- son lo suficientemente sensibles para captar el amor desinteresado e iluminar sus almas con percepciones sutiles que les llenan de felicidad y plenitud interior.

Así fui recorriendo mi última etapa en la vida física, preparándome para partir mediante el trabajo, el servicio desinteresado y la renuncia. Afrontando los sufrimientos inevitables con alegría y gratitud por poderlos experimentar, convencido de sus beneficios futuros para mi alma. Y por fin todo llegó a su debido tiempo, pero de ello hablaremos en la próxima ocasión.

Benet de Canfield

Preparando el tránsito: Psicografiado por Antonio Lledó Flor

 

©2017, Amor paz y caridad

 

[*] Serie de psicografías mensuales; en las que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad,- tal y como él mismo nos ha solicitado-, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

DISCIPLINA Y AMOR

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Disciplina y amor

«Dos excesos deben evitarse en la educación de la juventud; demasiada severidad, y demasiada dulzura»

Platón (427 AC-347 AC) Filósofo griego

Sin duda ninguna, estos dos conceptos -disciplina y amor- son las bases de la educación humana desde el principio de los tiempos. Todas las culturas, sociedades e imperios que han transcurrido en la historia de la humanidad han procurado educar a sus generaciones bajo estas premisas, porque entendían que en ellas se encontraba el germen de la fortaleza por un lado y de la virtud y bondad por el otro.

Es desilusionante comprobar cómo, en una sociedad donde se supone haber alcanzado las mayores cotas de conocimiento y evolución tecnológica, la educación humana ha experimentado un retroceso tan notable desde las primeras etapas del niño. Ya no se educa para ser buena persona el día de mañana; ni tan siquiera para adquirir la preparación necesaria que permita desarrollar los recursos y la fortaleza del niño ante las pruebas de la vida.

En esta sociedad alienada y materializada hasta la náusea, lo importante, lo prioritario, lo único que parece que nuestros hijos deban tener es alcanzar posición social, dinero, fama o satisfacer sus deseos, maximizando la comodidad al máximo, exaltando su nivel de competitividad (que no de competencia) de lucha, ante todo y ante todos, aunque para ello deban saltar por encima de los derechos y libertades de los otros.

Esta visión realista, -que no catastrofista-, de lo que está ocurriendo en muchas sociedades del planeta no es más que el reflejo del predominio del egoísmo y el materialismo de una sociedad enferma y carente de aquellos valores que elevan al ser humano a su verdadero lugar.

Es tan pueril «confundir lo que somos con lo que tenemos» que esto nos lleva directamente al desastre social, como seres humanos obligados a convivir y compartir en sociedad. Esta patología social no es sólo actual, y sino se corrige a tiempo la heredarán las generaciones venideras; pues la educación es la base de las estructuras sociales del futuro, y si nuestros jóvenes están siendo educados en este ambiente -que desprecia los valores humanos- para concentrarse únicamente en la acumulación de bienes materiales, y en el triunfo del personalismo y el narcisismo, están sembrándose las bases de la desigualdad, el egoísmo, la violencia y el odio.

Se puede pensar que estamos exagerando; pero nada más lejos de la realidad; ya son muchas las voces que se levantan contra el sin sentido de educar de esta forma. Curiosamente muchos padres, víctimas de su propio egoísmo, creen que «ser padres» es «tener hijos». Ambas premisas pueden ser enormemente contradictorias.

El egoísmo de muchos de ellos les lleva a entender, que la educación de los hijos apenas les corresponde, y que ha de ofrecerse en los colegios e institutos, cuando lo correcto es que la educación se lleve a cabo por los padres desde el mismo momento del embarazo; dejando a las instituciones la formación y las costumbres como base de su trabajo.

Una extravagante deriva de la psicología educativa, todavía predominante en algunos programas de formación, minusvalora la disciplina porque «exige esfuerzo», y ningunea el amor paterno-filial al confundirlo con «el afecto» y no darle apenas la importancia que merece. Esta tendencia psicológica, heredada del pensamiento materialista y escéptico, apenas concede importancia a las cuestiones de orden moral (merecimiento, solidaridad, disciplina, empatía, generosidad,etc.) que han sido las bases de toda buena educación de los pueblos y de las sociedades a lo largo de la historia.

Conceptos como la ética, la virtud, el ejemplo, la moral, la honestidad, la justicia, la bondad, etc. son ninguneados a menudo por muchos de estos programas de formación; dando lugar a adoctrinamientos basados en el libertinaje, el individualismo, el egoísmo y el materialismo, donde «el fin justifica los medios»; y para estas tendencias educativas el fin y el éxito educativo se basa en «el triunfo material de la persona; la fama, el prestigio, la riqueza, la posición social, etc. «Se educa para destacar y diferenciarse de los demás, no para servir de ejemplo de valores y comportamiento humano».

Por poner un ejemplo del mundo antiguo, hace ahora dos mil quinientos años la educación en la Grecia de Pericles tendría muchos valores que enseñar a la actual; tanto es así que el propio Sócrates se manifestaba así en sus diálogos con Alcibíades:

«Todas las ciudades, repúblicas y todos los poderes; si están privados de la virtud, su ruina es infalible. Y si gobernáis injustamente, y en lugar de suspirar por la verdadera luz, os fijáis en lo que está sin Dios y lleno de tinieblas, no haréis, sin que pueda ser de otra manera, sino obras de tinieblas, porque no os conoceréis a vosotros mismos.»

No es más que un ejemplo de cómo la conducta humana se traslada a la conducta social, y por ello, la base de una educación sin valores morales, sin justicia, y sin la virtud necesaria de los gobernantes, conduce al desastre en todas las sociedades y los imperios que han transcurrido por la historia, por muy fuertes y poderosos que se crean así mismos.

La conducta humana tiene su base en la educación; de ahí que sea tan importante no sólo aprender conceptos sino adquirir actitudes y para ello, la mejor disciplina prepara mejor que ninguna otra cosa al individuo para los retos presentes y del porvenir.

En la mejor de las escuelas de inteligencia emocional ya se prioriza, por encima del coeficiente intelectual del alumno las habilidades emocionales; las capacidades de resistencia ante el deseo, la perseverancia, la disciplina emocional, etc. Este es un camino válido para no crear futuros ciudadanos desnortados por la frustración, al no poder enfrentar con fortaleza los reveses que la vida les presenta porque no han sido educados ni preparados para ello.

«La eterna lucha entre deseo y autocontrol refleja el carácter y permite determinar la probable trayectoria que el niño seguirá en su vida. Aquellos cuya disciplina les permite resistir al impulso (deseo) y refrenar sus emociones, serán más emprendedores y más capaces de afrontar las frustraciones de la vida.»

Dr. Daniel Góleman

El valor disciplina -bien aplicada- es enorme, es un forjador del carácter que el niño llevará consigo toda su vida y que le ayudará sobremanera a salir airoso de las dificultades que se le presenten. Pero este valor está cojo sino es acompañado por el ejemplo del amor que todo padre debe brindar a sus hijos en todo momento. Es responsabilidad paterna de aquellos que se sienten padres y que no han buscado hijos únicamente para satisfacer sus propios egos.

El amor es sin duda la piedra angular de la educación, no sólo por el ejemplo que el hijo aprende de los padres, sino porque las cualidades que de él se desprenden: generosidad, honestidad, caridad, fraternidad, perdón, empatía, virtud, etc. son la base educacional más completa que podamos dar a nuestros hijos.

Y el amor sin valores morales no presenta contenido alguno, pues el hombre es un ser moral; con capacidad de distinguir el bien y el mal porque para ello tiene libre albedrío y es responsable de sus actos. Aquellos que creen poder prescindir de la moral se equivocan notablemente; pues aunque sean ateos, agnósticos o escépticos, es de suponer que querrán lo mejor para sus hijos, y una buena educación carente de sentido y disciplina moral es nefasta para el desarrollo psicológico, emocional y espiritual del ser humano.

Las leyes morales se encuentran en la conciencia del ser humano, por lo que nadie puede renunciar a ellas, ya que forman parte de su acervo y herencia biológico-psicológico-espiritual. Como decía el gran filósofo Imanuel Kant:

«Dos cosas merecen mi mayor admiración y respeto; el cielo estrellado que hay sobre mí y la ley moral que se encuentra en mi interior»

 Así pues, la educación en valores morales es la base del desarrollo equilibrado de la persona humana; y si priorizamos la misma en la disciplina y el amor, el éxito está asegurado no sólo para nuestros hijos, sino también para la sociedad de la que formamos parte ahora y las nuevas generaciones que vendrán.

Disciplina y amor por:  Disciplina y amor por: Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

CRÓNICA DE LAS SÉPTIMAS JORNADAS ESPIRITAS DEL MEDITERRÁNEO

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Instantánea Séptimas Jornadas

El  pasado fin de semana, -del 24 al 26 de Marzo-, se han celebrado en Alfás del Pí (Alicante) las 7ªs JORNADAS ESPIRITAS DEL MEDITERRÁNEO. Es de justicia destacar la labor que D. Joaquín Huete (Presidente del Centro Espírita de Benidorm) realiza año tras año en la programación, organización y ejecución de las mismas, y sin duda, parte del éxito que alcanzan se debe a esta circunstancia. Dicho esto, es preciso resaltar que el formato en que se plasma este evento, es muy diferente a otros conocidos; quizás de ahí su éxito y su crecimiento año tras año. Es una organización eminentemente participativa; dónde además de conocimientos doctrinarios, se ofrecen espacios de recreo, esparcimiento, culturales, de plena convivencia y compañerismo.

Esta variedad de actividades y posibilidades, de libre elección por parte de los asistentes, ofrece a aquel que acude a las jornadas una plena realización personal; pues no sólo puede apreciar el conocimiento que se ofrece, sino también experimentar y vivenciar la manera de pensar, obrar y sentir de aquellos que acuden. Todo ello con la mayor y más absoluta concordancia en los principios morales y doctrinarios de la filosofía kardeciana.

La interacción de todos los asistentes en un ambiente fraterno de convivencia y camaradería, permite compartir experiencias entre los diferentes centros que allí acuden; ofrece la posibilidad de programar eventos multilaterales, o entre diferentes centros. También es un marco extraordinario, para conocerse mutuamente los asistentes y las  actividades que cada uno realiza en su lugar de origen. E incluso se ofrece la oportunidad de programar actividades, colaboraciones y trabajos conjuntos entre los centros y las personas que asisten para el resto del año en curso.

Dicho esto, el ambiente transcurrió en franca camaradería, fraternidad y alegría. La frase repetida de que el Espiritismo es Serio pero Alegre, fue una constante durante las jornadas. Y a ello unimos el ambiente -muy especial- que se respiraba y se sentía en el salón de actos cuando se producía la participación espontánea y sincera de muchos de los que allí nos reunimos. El mundo mayor estuvo presente cada uno de los tres días, dejando sus huellas de amor y energía renovada en los corazones de la mayoría que así lo sintieron.

Hubo momentos de excepcional emoción donde, a través de las palabras de los ponentes o participantes, la sensibilidad y la emoción de los sentimientos más puros, afloraron en los corazones de los asistentes, bañando de lágrimas muchos rostros que en esos momentos recibían los beneficios y los fluidos reconfortantes de tanto amor como nos transmitían nuestros compañeros invisibles de cada jornada.

No se puede explicar con palabras, es preciso sentirlo y vivirlo, por ello, les confirmamos que un año más, estas jornadas fueron una expresión mayor del consuelo, la lucidez, la alegría y la felicidad que la doctrina de Kardec ofrece a las almas de todo aquel que se acerca a ella con nobleza y deseos de aprender.

Ojalá se sigan realizando estos eventos que tienen la capacidad de reforzar convicciones, conocimientos y experiencias personales sobre el camino emprendido en este maravilloso descubrimiento de nuestra inmortalidad y de la capacidad de ser mejores día a día haciendo felices a los demás.

Redacción

© 2017 Amor, paz y caridad

MADURANDO EN CONCIENCIA

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Madurando en conciencia

(*) Reflexiones desde el Otro Lado

Fueron cerca de sesenta años los que dediqué de mi vida física al conocimiento, divulgación, servicio y trabajo de la doctrina de Kardec. Y aunque en estas décadas mi aprendizaje fue continuo; hoy puedo afirmar con rotundidad, que los años dedicados, no dan ninguna carta de naturaleza, ni privilegio alguno cuando llegamos de nuevo a nuestra casa espiritual.

Lo que cuenta son, indudablemente, las obras que realizamos por nuestro prójimo; los esfuerzos que enfrentamos por superar nuestras malas inclinaciones, la superación del orgullo y el egoísmo, así como la forma de enfrentar las expiaciones y las pruebas que todos tenemos que pasar en la tierra.

Además hay un aspecto que debemos siempre tener presente; el de nuestra herencia culposa; nuestros actos equivocados de vidas anteriores condicionan indudablemente el esfuerzo y los méritos de aquello que realizamos a la hora de incorporarlo a nuestro bagaje espiritual positivo.

Qué desilusión y sorpresa se depara a aquellos espíritus que, creyéndose en posesión de la verdad, retornan a la patria del espíritu y esperan que salgan a recibirlos los ángeles, los santos o el propio Dios. Es una frustración enorme cuando, después de creerse con todo tipo de derechos a un cielo que su religión les prometió, apenas encuentran un pálido auxilio; pues trabajaron únicamente de forma egoísta para la salvación de su alma, sin pensar en los demás.

E incluso aquellas obras de bien que realizaban, que únicamente llevaban la intención de ganar el propio cielo, y no el sentimiento caritativo, sincero y altruísta de socorrer a aquel que lo necesita, les sirvieron mucho menos de lo que ellos esperaban.

Pues bien, yo tenía muy bien comprendida esta circunstancia, pues la filosofía espírita y la ciencia del espíritu nos advierte sobre esto. Pero a continuación tuve que ir un poco más allá y comprender que; a pesar de mis conocimientos, lo que nadie podemos hacer es requerir la retribución de los méritos contraídos en la tierra; pues ignoramos nuestra herencia del pasado, así como las deudas y saldos negativos que arrastramos para saldar con la ley de causa y efecto.

Incluso sembrando el bien a todas horas y en todo momento, cualquier espíritu puede regresar al mundo espiritual y darse cuenta de que no ha sido del todo suficiente para saldar su deuda; pues sus crímenes del pasado no sólo le obligaban a esto, sino que ha de seguir en la misma dinámica por mucho tiempo más, hasta que corrija aquello que hizo mal y lo repare.

La justicia es perfecta, y el conocimiento de la doctrina espírita nos hacer ver la realidad de lo que somos: espíritus pequeños en evolución y progreso, caminando poco a poco en el rescate de nuestro pasado delictuoso y creciendo espiritualmente en base al perdón, al amor, a la entrega desinteresada hacia el prójimo y a nuestra propia redención.

Cuando comprendemos esto, las tentaciones del personalismo, la vanidad y el orgullo, quedan para otros. Entendemos que la oportunidad que se nos brinda de encarnar, es una bendición que nos otorga nuestro padre celestial para progresar y liberarnos del dolor; caminando hacia la dicha, la plenitud y la felicidad a través del propio esfuerzo y el mérito de nuestras acciones.

Mis compañeros y hermanos queridos que leéis estas memorias póstumas: siempre gozamos de la protección de Dios y de su misericordia; pero nunca debemos olvidar que nada se concede gratuita ni arbitrariamente. Hemos de conquistar nuestra dicha y nuestra elevación espiritual trabajando, sirviendo y cumpliendo con los deberes que cada reencarnación nos demanda.

Que mayor grandeza que elevarnos por encima de la materia, conquistar nuestro interior, nuestra grandeza como espíritus inmortales a través de la fuerza poderosa del amor, que se encuentra en todo aquello que existe e impregna el universo físico y espiritual.

Cuando no estamos en el camino del progreso espiritual somos incapaces de entender esto; ni siquiera de comprender a Dios. Pero una vez abrimos nuestra mente y nuestro corazón a la verdad de la vida, a la inmortalidad de nuestro ser, a la gratitud para con Dios por su creación, comenzamos a entender, a sentir, a ver a Dios en todas partes, a reconocerle hasta en la desgracia, a experimentar su grandeza, su bondad y su misericordia.

Estudiemos, aprendamos, abramos nuestra mente con razonamiento y claridad, sin prejuicios, con auténtico deseo de crecer espiritualmente. Este es el primer paso. Luego, los demás, vienen con la experiencia y la vivencia, con la actitud humilde ante las pruebas, con la comprensión de la bendición que supone el sufrimiento, pues rescata nuestras deudas y sensibiliza nuestra alma.

Y unido a esto, la transitoriedad de la vida, -los pocos años que nos toca vivir en la tierra-, nos ofrecen la perspectiva de que la perfección del espíritu no es cuestión de una o mil vidas en la carne; son muchos los procesos que el espíritu recorre hasta llegar al final; no obstante existe un punto de inflexión que permite caminar de forma consciente y nos concede la oportunidad de rectificar y no volver a sufrir: el despertar de nuestra conciencia a la realidad espiritual.

Kardec preguntó a los espíritus; ¿dónde se encuentra la ley de Dios? Y los espíritus respondieron: esculpida en la conciencia del hombre. Y así es en realidad. El despertar de la conciencia nos permite caminar sabiendo porqué lo hacemos, cuáles son los beneficios que nos esperan. También nos hace conscientes de la justicia divina, y a partir de aquí todo comienza a tener sentido y reciprocidad. Nadie es responsable de los errores de otro. Además nos permite entrever que nuestro destino se encuentra en nuestras propias manos; somos los dueños de nuestro futuro feliz o sufriente en base al uso que hagamos de nuestro libre albedrío.

Lecciones de vida que engrandecen la obra de Dios y que yo iba comprendiendo a medida que crecía espiritualmente, que trabajaba, que me entregaba a la obra de esta doctrina y de mis hermanos en la tierra.

Estas lecciones me iban permitiendo madurar, al propio tiempo que compaginaba los conocimientos que adquiría con las experiencias de todo tipo que iba viviendo. Tanto es así que, a veces, las lecciones más hermosas, me las brindaban mis propios compañeros de ideal. Unas podían ser lecciones de bien, de entrega, de ayuda; y otras de resentimiento, envidia, incluso reproches varios o pequeñas traiciones, propias de la miseria humana que no entiende de limpieza, renuncia y sacrificio pues prioriza el egoísmo personal a la entrega desinteresada.

Ambas me tocó vivir, y doy gracias a Dios por todas ellas, las buenas y las malas, las positivas y sobre todo las negativas, aquellas que me afectaban y me causaban dolor moral, pues en ellas pude poner a prueba mi capacidad de no juzgar, de perdonar, de comprender y de amar.

Esta maduración espiritual, llegó poco a poco, enfrentando las dificultades y comprendiendo que yo mismo, ni siquiera sabía cual era mi final; pero si algo tuve claro a lo largo de este recorrido fue, que cuando retornara al plano espiritual mi deseo sería seguir trabajando, ayudando e inspirando en aquello que me fuera posible; a fin de cooperar en la divulgación, en la explicación y en el esclarecimiento de esta maravillosa doctrina.

Madurando en conciencia por:    Madurando en conciencia por: Benet de Canfield

Psicografiado por: Antonio Lledó

©2017 Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

INSTRUMENTOS DEL ALMA

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Instrumentos del alma

CEREBRO, MENTE Y CONCIENCIA

Existen emociones difícilmente explicables o definidas mediante la escritura o la palabra. Quizás esta cuestión se debe, según los neurobiólogos, al hecho de que la emoción, a pesar de formar parte de la mente y tener esta última su «expresión» (*) en distintas áreas del cerebro, es todavía un elemento inaprensible y en ocasiones sobrepuja a la razón, impulsando la actuación humana sin que nuestro razonamiento intervenga. Con frecuencia confundimos emoción con sentimiento; cuando este último es una derivación de la primera.

El «factor emocional» permite explicar a los psicólogos que defienden la inteligencia emocional que, esta última, muchas veces «secuestra a la razón» y el hombre siente y actúa sin que el proceso «racional» tenga intervención alguna en los primeros instantes del proceso que se inicia en la amígdala cerebral. Muchas veces «perdemos el control de la situación y explotamos ante alguien» con una intensidad desproporcionada e irracional.

«Este secuestro tiene lugar en un instante y desencadena una reacción antes de que el neocortex (cerebro pensante) se de cuenta de lo que ocurre y mucho menos pueda decidir que respuesta es la adecuada»

Dr. Daniel Góleman Libro: «Inteligencia Emocional»

Traemos a colación estas referencias para que podamos comprobar que el proceso de la emoción, la sensación y la percepción que lleva a cabo el cerebro emocional no tiene nada que ver con la razón (cerebro racional). Hasta hace escasamente cuatro décadas las disciplinas psicológicas y neurológicas apenas prestaban atención a la emoción, lo consideraban un sucedáneo del pensamiento, y todo lo basaban en el C.I. (coeficiente intelectual). Hoy en día es uno de los campos de estudio de la ciencia que más avanza y se proyecta.

El hombre es un ser complejo que, desde el punto de vista espiritual presenta unas características capaces de explicar estos procesos, debido a que el origen de los pensamientos y las emociones está indudablemente en la mente; pero ésta, lejos de encontrarse en el cerebro humano, como presuponen algunos neurólogos, no es más que un instrumento psíquico de la conciencia. Y siendo esta última parte del alma, es precisamente el alma o el espíritu – como se quiera- el que rige, en origen, los procesos emocionales y mentales de todo ser humano.

Es el alma encarnada la que siente y piensa, utilizando la mente como instrumento para manifestarse a través del cerebro físico. Una simple analogía lo explicará mejor: el cerebro es el aparato de Tv. que recibe las ondas electromagnéticas (pensamientos y emociones) que se transforman en imágenes y sonidos. Sin ondas no existe imagen ni sonido y el Tv no funciona. Y si el Tv se estropea debido a un accidente (patología mental), no es a consecuencia de que el aparato produce las imágenes, sino porque los componentes físicos del Tv (cerebro) no están en condiciones de recibir las señales de onda que le permitan funcionar.

La controversia entre cerebro, mente y conciencia, y la responsabilidad de los procesos y estados mentales que los científicos materialistas atribuyen en exclusiva al cerebro está en entredicho. Los tres son instrumentos al servicio del alma humana, uno biológico (cerebro) otro psíquico (mente) y el tercero espiritual (conciencia).

Hoy día cada vez más la conciencia se desliga de la mente, no como fruto de la evolución de esta última sino justo al contrario; es la conciencia la que se sirve de la mente. Y los procesos automáticos que antes de la aparición de la conciencia, dieron lugar a la evolución de la mente, están siendo cuestionados desde el origen por bioquímicos y genetistas, que ya descartan que la complejidad del organo cerebral (del que se sabe mucho pero todavía muy poco) sea el origen de la conciencia mediante «procesos automáticos ciegos».

¿Por qué un montón de átomos deberían tener capacidad para pensar? Nadie parece tener alguna respuesta a esto. La cuestión es que no existe respuesta científica.»

Michael Ruse – Filósofo darvinista

Es un mito, atribuir a los átomos cerebrales la capacidad de organizarse desde la nada y de forma aleatoria sin dirección ni organización hasta «crear una mente»;  y a partir de aquí y mediante un proceso evolutivo de «selección natural de la mente» (que nadie es capaz de explicar) dar lugar a la conciencia. Según esta teoría se requiere de una «creencia o fe» en los procesos naturales y biológicos mucho mayor y más difícil que la sencilla explicación de la dualidad del hombre; un alma, una psique, que trasciende y es el origen de los estados y procesos mentales y emocionales, al margen de la cuestión biológica.

Los científicos que mantienen esta creencia del azar y de la nada como origen de la conciencia están cayendo en aquello que imputan a los demás: la falta de criterio y evidencias científicas que demuestren sus postulados. Eso no es ciencia sino creencia. Sin embargo hay muchos otros que desde hace tiempo mantienen otros postulados; veamos que afirmaba hace un siglo el premio Nobel de medicina Alexis Carrel (1912):

«Decir que las células cerebrales son la sede de procesos mentales es una afirmación sin valor; pues no existe medio de observar la presencia de un proceso mental en la célula»

Todavía hoy, después de tanto tiempo y tantos avances tecnológicos y científicos en este último siglo nadie puede desmentir esta afirmación. Es más, la explicación que se nos ofrece por parte de los científicos que no admiten el alma es peregrina; dicen así: como la mente no es tangible, no es material, y procede del inconsciente después de un proceso evolutivo, por eso los estados mentales no pueden más que catalogarse por sus efectos.

Es mucho más plausible, más sencillo y más lógico la explicación espiritual, donde, de una conciencia y mente superior (Dios), se derivan por creación, y no por azar o generación espontánea, otras mentes y conciencias que existen por sí mismas, con plena individualidad y personalidad propia. Y son estas conciencias, -que dan vida a los cuerpos biológicos-,  la naturaleza y el origen de los procesos mentales y emocionales. En esta línea se mueven ya grandes científicos de la actualidad, que abogan por el diseño inteligente de la vida y del origen del universo.

Como podemos deducir; el concepto de que el hombre es una máquina biológica y que todo se deriva del cerebro no sólo es falso, sino que es una falacia tan grande que, las distintas áreas de la ciencia que no cesan de avanzar en este siglo XXI están ya acercando el origen de la vida y del hombre a Dios;  presentando como evidencias científicas la existencia de un alma inmortal, trascendente e individual. El Dr. Wilder Penfield, padre de la neurocirugía moderna afirmó: «Esperar que los mecanismos del cerebro puedan llevar a cabo lo que hace la mente, es algo absurdo»

La propia ciencia va camino de convertirse en el paradigma de la fe; no obstante, no es preciso esperar a que esto se produzca; pues la ciencia también se equivoca, y el hombre tiene otros recursos para descubrir la verdad y la realidad de lo que le rodea; la razón, la observación, la intuición, la emoción, el sentimiento, la lógica, la fe, la filosofía, la experiencia y el convencimiento interior, son recursos tan valiosos o más que la propia ciencia para conocer el mundo interior y exterior que nos afecta y nos compete.

Abramos los ojos al razonamiento y la fe razonada; no es preciso creer a priori, sino llegar al convencimiento personal de forma individual. No es lo mismo un concepto de vida en la que todo es fruto del azar y no presenta sentido alguno ni esperanza u optimismo de futuro que otro; en el que se contempla que una parte de nosotros (el alma) es inmortal, y que en ella reside la conciencia que se vale de la mente para manifestarse a través del cerebro.

Esta alma es denominada espíritu cuando trasciende el fenómeno biológico; porque la vida continúa después de la muerte debido a la naturaleza de ese alma que no es fisiológica sino espiritual; tal y como su creador la proyectó y la puso a evolucionar con el destino final de la plenitud y la felicidad a la que está destinada.

Antonio Lledó Flor

©2017, Amor paz y caridad

«A través de la evidencia científica y del razonamiento filosófico afirmo que el dualismo (alma y cuerpo) es necesario para explicar el fenómeno de la conciencia»

Dr. JP Moreland

PREJUICIOS Y VERDADES

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Prejuicios y verdades

«Triste época la nuestra; es más fácil descomponer el átomo que destruir un prejuicio»

Albert Einstein – Físico

Sirva esta frase de Einstein para ilustrar una cuestión que nos parece relevante, y que sin duda forma parte de la cultura y la educación de la mayoría de los pueblos y sociedades que habitan en este planeta en este inicio del siglo XXI.

Es evidente que la búsqueda de la verdad ha sido desde antiguo el objeto de estudio de la filosofía y de la ciencia. No obstante, en todas las épocas de la humanidad han existido obstáculos e impedimentos que han intentado que la verdad no salga a la luz. Unas veces las actitudes egoístas de los que dirigían el mundo; otras las corrientes de pensamiento o teologías religiosas que lejos de priorizar la verdad por encima de otras cuestiones, han preferido mantener sus status, su poder y su ascendencia sobre el hombre a costa de sacrificar la verdad.

Y también en la ciencia, aunque pueda sorprender,  se ha dado con frecuencia la renuncia a la búsqueda objetiva de la verdad, para centrar la búsqueda en aquello que «es mi verdad particular y subjetiva»; dirigiendo los procesos de investigación de forma premeditada para alcanzar el fin que se perseguía demostrar y no el que un desarrollo imparcial de la investigación hubiera propiciado. Relacionado con esto aparece el principio de «La Navaja de Occam»(*), y el rigor de aquellos científicos serios que buscan descubrir la verdad les obliga al hecho de que, antes de comenzar cualquier investigación científica, hay que tomar siempre en consideración todos los puntos de vista; no únicamente los que supuestamente nos interesan.

(*) «La explicación más simple y suficiente es la más probable, mas no necesariamente la verdadera»

Como vemos, no es fácil adoptar una postura imparcial cuando, además de nuestras creencias, costumbres y principios personales, nos vemos condicionados también por el momento y la sociedad en que vivimos. Hoy más que nunca, donde la exaltación del materialismo, el individualismo y el egotismo está propiciada desde todos los ámbitos, es muy difícil sustraerse a las modas del pensamiento único que imponen los criterios en los que hemos de vivir, consumir, relacionarnos, pensar e incluso sentir y educar a nuestros hijos.

En una sociedad que vive de la imagen, de las apariencias, de las etiquetas y de adorar lo externo, -en vez de cultivar lo interno en el hombre-, los prejuicios acumulados y que forman parte ya del inconsciente colectivo, tienen una poderosa fuerza sobre todos nosotros sino somos capaces de pensar por nosotros mismos, y discernir bajo nuestro libre albedrío qué es lo que queremos para nosotros, nuestras vidas y las de aquellos que nos rodean.

En la búsqueda de la verdad los prejuicios son una traba enorme; no tan sólo en la exploración de la verdad que propugna la ciencia; sino también en la averiguación de la verdad espiritual y trascendente del ser humano. Hoy, las etiquetas catalogan y categorizan no sólo las cosas, sino también a las personas y a las ideas. Y  «ese etiquetado» que nos facilitan, es para que no tengamos que pensar si estamos de acuerdo en ello, aceptándolo todo sin cuestionar nada. En esta actitud, los prejuicios forman parte muy importante en la manera en que enjuiciamos las cosas.

Cualquier idea, corriente de pensamiento o ideología que surja, es inmediatamente etiquetada por los encargados de hacerlo (medios de comunicación, políticos, ideólogos, creadores de opinión, redes sociales, etc..) y con ello, el resto asume como válida tal decisión y denominación sin siquiera pararse a reflexionar qué hay de cierto en aquello que nos presentan como la única verdad. Es sin duda un gran retroceso en las libertades de pensamiento y de conciencia. Y además es también un enorme retroceso en el desarrollo de la capacidad de discernimiento del ser humano y del avance en la búsqueda de la verdad.

Reflexionando sobre esto; las propias religiones están pagando el peaje de sus errores anteriores: sometidas, por un lado, a la descreencia en sus dogmas y teologías derivado de sus propias contradicciones, de la desviación del mensaje de sus fundadores, del mantenimiento de postulados irracionales y contrarios a la ciencia y del ejemplo poco edificante de sus representantes. Y por otro lado, el materialismo embrutecedor y la corriente ateo-naturalista que viene negando la existencia de Dios desde hace siglo y medio, ha propuesto en la mayoría de los científicos el escepticismo más exacerbado a la hora de negar cualquier principio espiritual en el hombre o en la vida.

Tanto es así que las consecuencias son claramente visibles: sólo la materia es digna de estudio para la ciencia como la única realidad demostrable empíricamente; con ello se niega la posibilidad del hombre a ser algo más que una máquina biológica compuesta de átomos ciegos y procedentes del azar genético y la influencia del medio en el que vive.

“Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro.”
Descartes – Filósofo y Matemático

Afortunadamente esto está cambiando; una nueva hornada de científicos más comprometidos con la búsqueda de la verdad han iniciado un nuevo paradigma científico, en el que, abandonando cualquier postulado de principio espiritualista o materialista, se han comprometido únicamente con la búsqueda de la verdad, aunque ello suponga una contradicción final respecto a sus creencias particulares.

Esta es una gran noticia y los frutos ya están llegando; pues al abandonar cualquier prejuicio, personal, religioso, científico, en los postulados de inicio de sus investigaciones el camino está expedito y libre para conciliar la investigación de la verdad allá donde se encuentre. Y entre ello el origen del hombre, del universo y de la vida, aparecen como los grandes retos a resolver.

Cualquier buscador de la verdad, el ateo, el religioso, el científico, el filósofo, ha de adoptar esta premisa sino quiere engañarse a sí mismo: «no hay que dar nada por sentado al comenzar y discernir sobre aquello que nos interesa; es preciso tener la mente abierta y libre de prejuicios y dogmatismos científicos o religiosos».

La controversia ente materia y espíritu sigue vigente; la realidad de la naturaleza y de la vida está en cuestión hoy más que nunca con los últimos avances en física, neurología, psicología, cosmología,  bioquímica y genética. Sólo un espíritu investigador libre de prejuicios como afirma Einstein, se encuentra en el camino de la verdad científica, filosófica y real. Y tan negativo es el exclusivismo religioso que afirma estar en posesión de la verdad, como el exclusivismo científico que afirma que sólo existe la materia y que no hay ninguna otra realidad.

Para terminar, sería preciso comentar que en toda exploración de la verdad científica o espiritual siempre existe un elemento que debemos tener en cuenta: «la participación del ser humano». Sin el hombre es imposible comprender la vida y el universo; y sólo cuando las ciencias avancen en la comprensión de la naturaleza del hombre podremos entender con claridad la realidad de la vida y del universo. Pues como dijo en su momento Max Planck:

«La ciencia no puede resolver el misterio de la naturaleza. La razón es, que en el último análisis, nosotros somos….parte del misterio que estamos tratando de resolver.»

Prejuicios y verdades por:  Redacción

©2017, Amor, paz y caridad

 

AFLICCIONES Y EXPERIENCIAS

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Aflicciones y experiencias

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Como ya expliqué con anterioridad, la muerte de mi madre en la tierra fue sin duda uno de los momentos de profunda catarsis interior. Ante la evidencia de la fragilidad de la vida en la tierra, las circunstancias en que se había desarrollado mi vida material, siendo ella la instructora y educadora de mi carácter terreno, todo mi mundo afectivo y emocional se conmocionó sobremanera.

Gracias al conocimiento espiritual pude superar lo que esta aflicción supuso para mi alma. Y gracias también a mi trabajo continuado, pude tener la íntima satisfacción de comprender que ella estaba bien, que velaba por mí como cuando era pequeño, desde el lugar donde se encontrara. La certeza de la inmortalidad, y del reencuentro con los seres queridos; con todos aquellos que nos aman, cuando retornamos a la vida espiritual, era para mí el bálsamo que calmaba mi mente y serenaba mi corazón con la esperanza futura de volverla a encontrar y abrazar.

La confirmación a esta impresión y certeza interior vino algunos años después; cuando, a través de un compañero y hermano de ideal, de extraordinarias facultades mediúmnicas, mi madre se le presentó, afirmándole lo que ella misma me intuía y me inspiraba: que se encontraba muy bien, que seguía trabajando y velando por toda la familia desde el otro plano de la vida.

Esta confirmación, a la que siguieron otras, fueron una bendición para mi alma, a las que recurría con frecuencia para adquirir fortaleza cuando los sufrimientos de la enfermedad física o los entorpecimientos del mundo que me rodeaban, amenazaban con debilitar mi fe y mi resistencia psicológico-espiritual.

De mi padre apenas tuve conocimiento humano; no así espiritual, pues un episodio extraordinario a este respecto me aconteció cuando, ya con conocimiento de causa, percepciones espirituales y conciencia despierta, pude entender con claridad la situación espiritual de aquel que fue mi padre en la tierra.

Este hecho propició en mí la reflexión de lo poco que sabemos de las circunstancias, trayectoria y recorrido evolutivo de los espíritus; y además me vacunó contra la tendencia de juzgar las cosas por las apariencias, algo muy común de todas las personas en nuestra andadura humana.

Los juicios de valor que realizamos sobre nuestros seres queridos, nuestros familiares, amigos, conocidos, etc. son siempre inexactos, pues con absoluta certeza, al no conocer las causas espirituales que inciden sobre cada alma encarnada, sus expiaciones, sus pruebas y compromisos; no tenemos los elementos necesarios para valorar con objetividad las circunstancias o actuaciones que realizan los demás. Por ello, con tanta sabiduría, Jesús decía «no juzguéis y no seréis juzgados». Esta fue una de las enseñanzas que aprendí en lo que respecta al papel que mi padre jugó en mi vida material.

Otra de las aflicciones que pusieron a prueba mi calma interior y mi equilibrio espiritual fue, sin duda, el suicidio de un familiar querido. Inicialmente las preguntas se agolpaban en mi mente, pues era incapaz de comprender las razones que habían llevado a este ser querido a realizar este atentado contra su propia vida. Es cierto que alguna anomalía mental existía de antemano, pero apenas grave y mucho menos circunstancias materiales extremas o trágicas que fueran capaces de degenerar en tal hecho. Máxime cuando esta persona tenía su propia famillia, hijos, esposo, que sin duda eran una aparente fuente de estabilidad afectiva.

Una fase de culpa personal, que duró un tiempo no muy largo, anidó en mi interior; preguntándome sino podría yo haber evitado este acto cobarde y criminal; pues en aquellos momentos ya era consciente de las consecuencias que el suicidio tiene para el espíritu, el sufrimiento mental y espiritual, la enorme gravedad de daños que esto causa en el periespíritu, afectando así las penosas condiciones que han de afrontarse en el espacio y en la próxima vuelta a la tierra, hasta reparar esta falta con la ley de la vida.

La duda de si podría haber hecho algo para evitarlo, derivó en ese estado interior de zozobra hasta que pude comprender y ser consciente de dos cuestiones importantes; la primera, que somos de libre albedrío y que no podemos vivir la vida de los otros, pues cada uno de nosotros somos responsables ante las leyes de Dios únicamente de aquello que hacemos por nosotros mismos en el uso de ese libre arbitrio que Dios nos concede.

Y la segunda cuestión llegó cuando entendí, en profundidad, las relaciones de víctima-vedugo que la obsesión de espíritus desencarnados ejercen sobre otros a los que consideran sus enemigos. Aquí supe que, las inducciones mentales, hipnóticas y perturbadoras que los vínculos del pasado ejercen sobre espíritus que se encuentran imantados por el odio, a veces derivan en el suicidio de la parte más débil; aquella que se encuentra con materia y no es consciente de sus vínculos y errores del pasado. Este fué el origen de la perturbación mental que llevó a mi familiar al suicidio.

Esta experiencia me permitió comprender cuan importante es el perdón; el amor al prójimo, y especialmente a nuestros enemigos. Pues el perdón libera las cadenas del odio, permite asumir los propios errores y ser conscientes de que aquello que hacemos mal a los demás hemos de repararlo antes o después, con amor o con dolor. Entendí la insistencia del maestro por el «perdonar a vuestros enemigos»; pues así nos liberamos de los lazos perturbadores del rencor, la venganza y los resentimientos.

A través de la oración, la humildad, el perdón y el amor hacia aquellos que pretenden cobrar sus deudas del pasado con nosotros, podemos cambiar la tendencia, debilitando el odio, transformando nuestra relación por la comprensión, la compasión y la tolerancia; haciendo ver al espíritu obsesor lo inútil de su actuación, el endeudamiento y sufrimiento que ello le reportará en el futuro y permitiéndole romper las cadenas del odio invitándole al perdón mediante nuestro amor hacia él.

Estas lecciones de vida, derivadas de experiencias y aflicciones, y vividas en primera persona; fueron de gran provecho para mí años después, cuando, en mi trabajo de orientación y auxilio espiritual, muchas personas acudían hasta mí para solicitar explicaciones a sufrimientos similares, (abandonos de seres queridos, suicidios sin causas aparentes, etc.)

Además de las explicaciones lógicas, justas y racionales que encontraba en la filosofía espírita de kardec; en muchas ocasiones pude confirmar y reafirmar a aquellos que me preguntaban, las causas de las circunstancias acaecidas, cuando el mundo espiritual, valiéndose de mi mediumnidad, confirmaba la situación espiritual de la víctima, del verdugo, de ambos o la inexistencia de los mismos. Pues no todas la veces eran producto de obsesión, también la propia actitud de la persona ante la vida originaba las causas de ese atentado contra su propia vida.

Para aquellos que apenas conocen el mundo del espíritu y la influencia que ejerce sobre aquellos que nos encontramos encarnados, ruego, encarecidamente, tomen el esfuerzo de aprender, de leer las obras de la codificación espiritista. Allí encontrarán las respuestas a multitud de interrogantes que sin duda les agobian cuando el dolor, el sufrimiento o la incertidumbre ante la falta de explicaciones agitan la mente y el corazón.

Mi consejo no es que crean en lo que lean, sino que reflexionen acerca de los hechos que acontecen en su vida y, con pensamiento crítico, poniendo la razón en primer lugar, analicen las respuestas que el espiritismo les ofrece y las comparen, sin prejuicio alguno, con las que obtienen de otras filosofías, religiones, creencias, pensamientos o del infausto y triste azar. La única forma de llegar a la verdad es mediante una fe razonada, lo que les llevará no a la creencia, sino a la convicción.

Si son capaces de aceptar mi invitación, y puesto que no aspiro a honor alguno, ni a reconocimientos ni glorias mundanas, pues ya no tengo materia, habré logrado una de mis aspiraciones al escribir esta serie de reflexiones sobre mi vida; la de seguir divulgando desde este otro lado la verdad de la vida en cuanto a la inmortalidad del alma, la existencia de Dios y la perfección de su justicia.

Benet de Canfield

Aflicciones y experiencias por: Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad,

EL SENTIDO DE LA VIDA

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El sentido de la vida

«Si contribuyes a la felicidad de otras personas, encontarás el verdadero bien, el auténtico significado de la Vida.»

Dalai Lama

Puede parecer algo sabido o que tenemos claro por la fuerza de la costumbre; pero si nos paramos a analizar un momento, con sinceridad, sobre lo que la vida significa para cada persona, comprobaremos cómo nuestras ideas, creencias o principios sobre la cuestión no son todo lo sólidos que solemos pensar.

Sin duda la educación, la cultura, la tradición, las costumbres y la religión, son aspectos importantes que ayudan a formarse un criterio personal sobre el significado de la vida humana. No obstante, podemos comprobar fácilmente que todo lo que se nos dice al respecto no es fruto de nuestra propia reflexión, sino de clichés establecidos por otros, por ideologías o creencias que nos vienen sobrevenidas sin que nosotros intervengamos de antemano.

A veces es pues conveniente pararse en el camino y, ante las circunstancias y vicisitudes que nos rodean, ponernos a pensar por nosotros mismos, acerca de cuáles son aquellas razones, principios, emociones, creencias o postulados que realmente sintonizan con nuestro interior sobre lo que creemos firmemente que es la vida humana.

Para ayudarnos en este aspecto intentaremos abordar el tema desde tres ángulos o perspectivas diferentes: la filosófica, la psicológica y la espiritual.

Desde antiguo el sentido de la vida preocupó a los grandes pensadores y hombres de ciencia. Tanto es así que muchas veces la religión se apropió del sentido de la vida en los pueblos primitivos; haciendo dogma en cada lugar sobre aquello que cada religión consideraba como más importante en este sentido. No obstante, las voces discrepantes surgieron paralelamente en todos los tiempos y lugares; enfrentando las teorías oficiales que los sacerdotes o religiosos del lugar pudieran mantener, con aquellos libre pensadores que se atrevieron a desafiar la opinión establecida por amor a la verdad.

Desde el antiguo Egipto; donde la revolución religiosa de Amenofis IV (Akenatón) cambió radicalmente los dioses egipcios y la concepción que se tenía de la vida y de la muerte; pasando por la religión Zoroástrica de Persia, la Grecia clásica, Mesopotamia, Asiria, Babilonia o Israel. En todos los pueblos antiguos, una transformación religiosa conllevaba nuevos conceptos sociales que implementaban otros modelos, cambios en el pensamiento y en las costumbres. Otro ejemplo fue Moises, que trajo un decálogo que fue posteriormente reformado por Jesús en la tradición Judeo-cristiana; modificando los conceptos de ojo por ojo por el de amar y perdonar a los enemigos.

Pero además de las religiones, las costumbres y las tradiciones de los pueblos; la historia de la filosofía nos ha mostrado a lo largo del tiempo diferentes concepciones sobre lo que es la vida. Por exponer alguna de las más actuales: la vida es propósito y significado. Es propósito porque cada persona busca, directa o indirectamente, realizarse mediante un logro que suele considerar el propósito principal de su existencia. Y es también significado, porque para conseguir el propósito de la vida hay que actuar de forma que aquello que hagamos tenga un significado importante para nosotros que nos confirme que vamos en la dirección adecuada para conseguir el propósito.

A nivel psicológico la vida tiene un profundo sentido trascendente. Así nos lo explica uno de los eminentes psicólogos de las últimas décadas. Victor Frankl, neurólogo y psicólogo austriaco, Dr. Honoris causa en más de 28 Universidades de todo el mundo creó una psicoterapia llamada «logoterapia» consistente precisamente en explicar que la vida tiene un sentido; y que éste es principalmente la trascendencia.

El hombre quiere trascender, quiere dejar huella, mediante un ejemplo, una obra musical, literaria, siendo un buen padre, dedicándose altruístamente a una causa noble, etc. Todos ansiamos dejar huella, perseverar en la memoria de los que nos aman, aunque conscientemente no lo admitamos. Y en ese anhelo de trascendencia juega un papel importantísimo la libertad de poder elegir y el amor; este último es un sentimiento que sublima al ser humano por encima de su propia identidad.

Para Frankl, no somos únicamente materia, ni solamente una máquina biológica, psicológica y social; sino también espiritual, trascendente, capaz de sublimarnos y elevarnos a través del amor. Ese es el sentido psicológico de la vida.

«La preocupación o desesperación por encontrarle a la vida un sentido valioso es una angustia espiritual, pero en modo alguno representa una enfermedad.»

Victor Frankl – Psiquiatra

Y el sentido espiritual de la vida no es ni más ni menos que un «sentido moral». En la acepción que tiene la palabra moral, despojada de connotaciones religiosas, y que significa realmente la capacidad de las personas de distinguir el bien del mal. El hombre es un ser moral porque ha sido dotado de libre albedrío; y esta libertad que nadie nos puede arrebatar como confirma Frankl, nos permite decidir por nosotros mismos que camino escoger; el de lo correcto o el de lo incorrecto, el bien o el mal.

Si añadimos los conocimientos que la ciencia del espíritu nos proporciona al respecto, veremos que la propia inmortalidad del alma reside en la conciencia del indivíduo y el progreso moral es el principal objetivo de la vida de toda persona aquí en la tierra. Esta visión ofrece una perspectiva mayor; pues se comprende que la vida no acaba con la muerte; siendo esta última únicamente una transformación, donde prescindimos de un cuerpo biológico para seguir viviendo integralmente en estado espiritual, en otro plano de conciencia, revestidos de un cuerpo semi-material llamado periespíritu que nos ofrece todo tipo de experiencias intelectuales, psicológicas, sensitivas y espirituales.

La muerte no existe como tal (cesación de la vida), todo se transforma en el universo; la materia se convierte en energía (como ya ha demostrado fehacientemente la física cuántica), y la energía en distintas agregaciones moleculares y atómicas dan lugar a la existencia de la materia. Así pues, cuando hablamos del sentido de la vida, hemos de hacerlo desde un punto de vista integral; es decir, desde todos los aspectos y formas de vida: la física y la espiritual.

También en la vida espiritual existe un sentido, que se haya perfectamente imbricado con el que se posee cuando tenemos un cuerpo biológico; pues en ambos casos el sentido principal de la vida es el progreso moral, el avance intelectual y el ascenso en la escala evolutiva del alma humana. Después de una temporada en el espacio, -totalmente relativa en función del progreso del espíritu- el ser inmortal decide regresar a un cuerpo físico mediante el proceso de la reencarnación, a fin de seguir aprendiendo, experimentando, creciendo y avanzando en potencialidades como la inteligencia, la conciencia, el amor, el desarrollo integral, la reparación de sus faltas y la liberación de las amarras materiales que le atan y esclavizan a los mundos transitorios de la materia.

Ello es debido a que la verdadera vida es la del alma; pues esta última es inmortal, y cuanto menos materializado se encuentra el espíritu, más capacidad, más vida y más felicidad experimenta, no encontrando obstáculos para su desarrollo y su crecimiento integral hacia la plenitud y la felicidad. Las teorías materialistas del hombre que abogan por una creación basada en el azar, la fuerza ciega y la inexistencia de una causa inteligente en el universo, se encuentran en franco retroceso mayormente por el avance de la propia ciencia.

Después de siglo y medio de adoctrinamiento cultural y educativo basado en el materialismo, el individualismo y la falsa creencia de que «sólo la evolución» puede explicar el origen del hombre y de la vida, estos conceptos han calado tan hondo  en las costumbres y principios de la sociedad que, todavía hoy, la ciencia encuentra enormes obstáculos para avanzar en el camino de la búsqueda de la verdad.

Para ello se hace preciso, -como muchos hombres de ciencia reclaman desde hace décadas-, eliminar los prejuicios de una explicación basada únicamente en el «orden material para el universo, como una máquina biológica para explicar al hombre y un sin sentido basado en la nada» enfrentando de una vez el estudio de «la realidad inmortal del ser humano y el origen de la creación por una causa primera e inteligencia suprema», para intentar entender la perfección de las leyes que rigen en todo el universo físico y espiritual.

Vivimos tiempos extraordinarios en todos los sentidos; y pronto, en menos del tiempo que pensamos, el avance científico acercará el hombre y el universo a Dios de una manera extraordinaria; para hacernos comprender que el sentido de la vida se haya comprendido dentro de un plan mayor: una creación extraordinaria por parte de la Inteligencia Suprema y Causa Primera del universo; que ha creado este último para que el hombre lo explore, lo descubra, lo investigue, y a través del mismo alcance su propia plenitud, felicidad y perfección mediante su propio esfuerzo. Al tiempo.

El sentido de la vida: Antonio Lledó Flor

© 2017, Amor, paz y caridad

«Si crees en la reencarnación, la vida es como la escuela. Cada vida sirve para preparar la siguiente, hasta que obtienes finalmente el título superior de la escuela de la vida y de la muerte».

Lou Marinoff – Filósofo – Libro: Más platón y menos Prozac