unos pocos en el occidente de nuestro planeta. Para la mayoría ha sido la escasez, la miseria, enfermedades, hambre, y un largo etcétera que mas vale no enumerar ahora.
He aquí la clave del progreso espiritual «El Conocimiento Interior», que acompañado del deseo de corregirse moralmente y de la voluntad, puede elevar nuestra personalidad a límites insospechados. La voluntad es una cualidad con la que el Padre nos dota, basta con querer algo con una firme voluntad, con poner el esfuerzo necesario y si no de inmediato con el trabajo constante podemos conseguirlo.
Con nuestra personalidad ocurre lo mismo, no nos vale el tópico que utilizan muchas personas diciendo que ellas son así y que no pueden cambiar, sí se puede cambiar, se puede y además se debe cambiar ya que el destino de la humanidad no tendría sentido si no fuera por la ley de evolución, presente desde siempre en el universo motivando a todas las estructuras a cambiar, a progresar sin fin, hacia mejores estadios de perfección.
Todos aquellos que estamos interesados en nuestra transformación moral, que es algo tan necesario como respirar, de lo cual no podemos prescindir para cumplir con nuestros compromisos aquí en la Tierra, no es difícil de lograr, si somos sinceros con nosotros mismos y estamos revestidos de la humildad mínima para aceptarnos tal como somos, sin rebelarnos, sin justificarnos ni excusarnos, sino asumiendo nuestra naturaleza moral interior, para que a partir de ahí podamos empezar a construir sobre los auténticos valores humanos, librándonos de todas aquellas actitudes que son contrarias a la ley de amor y ley de evolución.
La mayor importancia que adquiere el conocimiento interior estriba en la gran ayuda que supone para todos y cada uno de nosotros en no contrariar las leyes espirituales, sino actuar acorde con ellas, de este modo no nos endeudamos kármicamente, no adquirimos imperfecciones que nos alejan del camino de la felicidad y recorremos los eslabones de la evolución más rápidamente, sin sufrimientos innecesarios.
Por tanto, hacemos hincapié en la necesidad de partir de una buena base de humildad, que nos permitirá aceptar nuestros equívocos, y las actitudes que están fuera de una línea de comportamiento libre de egoísmo. Por contra el orgullo, el creerse más listo que nadie, es un gran impedimento para el conocimiento interior.
El orgulloso, al estar poseído de un sentimiento de superioridad hacia los demás se siente incomodado cuando recibe un buen consejo, impedido para admitir que otros puedan estar más acertados que él sobre cualquier tema, encontrando justificación en sus actos, en sus razonamientos, con lo cual lejos de realizar el trabajo de corregir sus errores, irá subiendo en su escala de orgullo hacia estados de soberbia, prepotencia, etc., todo menos escuchar debidamente a los demás y ceder.
Practicar el autoanálisis es la mejor forma de llegar a conocerse lo mejor posible. Bastaría con dedicar unos minutos cada día al final de la jornada para hacer examen de las acciones que ese día nos propició y hacer balance final de todo ello, con la resolución enérgica de no volver a incurrir en los fallos, en aquello con lo que no quedemos satisfechos, y sabemos que no estuvo bien.
Es necesario observar nuestras actitudes, y comprender si nos movemos motivados por nuestras inquietudes e ilusiones positivas, por los principios que dan forma y orden a nuestra vida, por el esfuerzo, por causas altruistas, por el sacrificio y el sentido del deber, o si por contra nuestra voluntad está minada por la comodidad y el egoísmo, y nuestra materia se rebela al tener que realizar el esfuerzo para movilizar los valores internos y doblegar sus debilidades e imperfecciones.
El Libro de los Espíritus en su capítulo «Perfección Moral» y en su apartado «conocimiento de sí mismo», nos plantea algunos interrogantes muy sencillos, pero muy interesantes que podemos hacernos para ir sacando conclusiones sobre nuestro estado interior, estos son algunos de ellos: ¿He faltado a mi deber?¿Ha tenido alguien quejas sobre mí? Y sigue diciendo: examinad todo lo que hayáis podido hacer contra Dios, contra vuestro prójimo, y contra vosotros mismos, en fin. Las contestaciones serán reposo para vuestra conciencia, o indicación de un mal que es preciso curar…
Los interrogantes más sencillos son siempre los más profundos. Contestándonos sinceramente a estas preguntas podremos sacar conclusiones provechosas para medir nuestros valores humanos, o bien para detectar las deficiencias que de ellos tenemos. Cada una de estas preguntas agrupa grandes aspectos de nuestra personalidad y resumen en definitiva nuestra forma de ser, si sabemos analizar por qué no hemos cumplido con el deber, y por qué recibimos quejas de los demás.
Nada hay mejor para la propia tranquilidad, para las buenas relaciones, para el logro del autocontrol, y para adelantar aunque sólo sea un poco cada día en nuestro progreso que el conocimiento de nuestro lado bueno y nuestro lado menos bueno, es la mejor forma de evitar muchos fallos, que si bien es verdad a veces los cometemos inconscientemente, debido a que no nos conocemos bien, o a que no le damos la debida importancia al hecho de que hay que subsanarlos para siempre. No olvidemos que aunque no nos demos cuenta de los errores, son trabas al fin y al cabo que mejor antes que después hemos de detectar para poderlos corregir, ya que actuar erróneamente aunque sea sin quererlo supone una responsabilidad que es preferible evitar.
Es preciso pues no demorarnos más y comenzar cuanto antes a descubrirnos tal como somos internamente, así lograremos llevar a la práctica el contenido de los conocimientos espirituales que vamos atesorando, pues una cosa es adquirir conocimientos, a través de la lectura, las conferencias, etc., etc., y otra es llegar a conocernos a nosotros mismos, con todas sus consecuencias, y a esto si no estamos dispuestos nadie nos puede ayudar, es un trabajo íntimo, callado, sacrificado, pero que se nota por sus frutos, además de la satisfacción que reporta el hecho de comprobar que con buena voluntad además se puede cambiar a mejor, y asimismo mejorar nuestro entorno más próximo.
Tampoco podemos pasar por alto que conocernos nos ayuda también a conocer a los demás, y a saber por tanto comprender todos los comportamientos, a ser tolerantes, a dejar a un lado la intransigencia, a mostrarnos en nuestras relaciones de forma que en ningún momento demos pie a la discusión violenta, al enfado, censura, etc. En nosotros está cumplir con este deber ineludible, que nos conduce directamente al progreso y mejora de nuestra personalidad, primer compromiso sin duda que tenemos como espíritus en proceso evolutivo en cada existencia que venimos a la Tierra, ya que el Padre en su inmenso amor nos las concede precisamente para enriquecernos de experiencias puliéndonos en los errores que en otras vidas pasadas tuvimos por causa de los defectos.
El conocimiento interior por: Fermín Hernández
© Amor, paz y caridad
«Todo aquello que digamos o hagamos de manera impulsiva o irreflexiva está condenado al fracaso y nos perjudicará en mayor o menor medida», dice Bernabé Tierno.
En efecto, muchas personas tienen muy buenas cualidades, y como todas son necesarias entre un colectivo, pero tener buenas cualidades no lo es todo, pues si no se tiene un control sobre ellas se puede pecar de no apreciar las cualidades de los demás, incluso de querer eclipsar los valores de los demás, lo cual es un grave impedimento para el avance y progreso de cualquier organización pues en vez de ayudarse e ir todos a una, se entorpecen dañándose y retardan su progreso.
Esto ocurre fruto del descontrol ya que no se da tiempo uno a sí mismo para poder observar sus errores, y además peca de no valorar las acciones de los demás, dejándoles sin libre iniciativa, y no sólo eso, sino que falta a su deberá como amigo que es el de apoyarles y darles el estimulo que necesitan para poder realizarse, sentirse a gusto con su participación y construyendo su personalidad en un ambiente de confianza, de respeto y de valoración de las cualidades propias de cada persona.
Y es que el autocontrol viene por dos caminos, uno es el del propio conocimiento de las imperfecciones que se tienen y lógicamente de su deseo de erradicarlas, y otro por la vía del respeto, que nos impulsa a ser prudentes y a fijamos no en los defectos de nuestros semejantes, sino en sus cosas positivas. Esto a mi modo de ver es muy importante ya que si sólo apreciamos los defectos no dejaremos de verlos, pero eso sí, según nuestro criterio y muchas veces nos equivocaremos.
No es lo mismo ser enérgico que descontrolado. La persona enérgica saca esa fuerza cuando lo requiere la ocasión, para poner las cosas en su sitio, no se pronuncia con malos modos, con palabras bruscas, no raya en la violencia, no ataca, no falta al respeto, y sobre todo no humilla, dejando la oportunidad para que se reconozca el fondo de la cuestión y libre paso a la reconciliación. Ahí está la diferencia entre una persona equilibrada dueña de sus actos, y la otra que se descontrola fácilmente, que pierde el dominio de sus acciones, y que cree que los demás tienen la culpa de todo lo que le pasa, craso error que le lleva a estancarse como individuo en el desarrollo de sus valores, y que crea con su actitud una predisposición de rechazo hacia él por parte de los demás, debido a su forma de ser.
Hemos de aprender a ser enérgicos, cuando sea necesario, dominando nuestros impulsos, y analizando las situaciones antes de obrar, es preferible pecar de prudentes antes que dar un paso en falso. Como todos sabemos se acepta antes la opinión de una persona equilibrada, que la de una descontrolada, por mucha razón que en ese momento dado pueda tener, pero es que como dijera al principio, la razón se abre paso por muchos caminos pero nunca a través de imposiciones ni de actos de fuerza.
Disciplina, prudencia, respeto por los demás, y el conocimiento interior son los mejores aliados para conseguir el autocontrol y sobre todo tener un gran deseo de sostener unas buenas relaciones sociales, basadas en el cariño, en la tolerancia y en el perdón, pero no debemos olvidar que la causa de que nos descontrolemos está en nosotros y no en los demás, y quizás por no tener esto claro perdamos el dominio de sí mismos y con el caigamos en el mayor de los ridículos.
Cada vez que perdemos el control y dominio interior estamos haciendo dos cosas totalmente negativas en contra nuestra: una, damos un paso atrás en nuestro progreso y otra ponemos un ladrillo más en la barrera ante los demás y nosotros, lo cual es otro impedimento de progreso. Por tanto, seamos conscientes de esta realidad, pongamos la fuerza de voluntad necesaria evitando por todos los medios ser descorteses, desagradables, agresivos, maleducados, aun cuando muchas veces creamos estar armados de razón para hacer valer nuestro criterio, hagamos un entrenamiento sujetando nuestros impulsos y seamos flexibles, tolerantes, amables, y de ese modo, poco a poco, nos ganaremos el corazón y la confianza de nuestro entorno lo cual nos llenará de esperanzas y de entusiasmo en lo sucesivo.
Sin duda alguna, al igual que la caridad, la sencillez, el altruismo o la amistad, la delicadeza es uno de los máximos exponentes que marcan la espiritualidad de un individuo.
«Arrojad un hueso a un perro y con él se largará con el rabo entre las patas, sin la más leve demostración de agradecimiento, pero llamadlo cariñosamente, dadle el hueso con vuestra propia mano y os agradecerá el detalle».
Efectivamente, esta frase que alguien dijo, define claramente que la delicadeza es la llave que nos abre, que nos permite el acceso a los demás, porque esta manera de ser infunde respeto y confianza, porque a través de la ella aprecian también a alguien que no le puede hacer daño, alguien consciente de la dignidad que merecen todas las personas, animales o cosas, hacía los cuales hemos de tener el máximo cuidado y no sólo eso, sino también cariño, ternura, dulzura, afabilidad en el trato, etc.
Si observamos la escala social de nuestra humanidad, enseguida nos percataremos que la delicadeza, la amabilidad, la educación y los buenos modales, son la herramienta de las almas grandes, de las personas equilibradas, de todos aquellos que pretenden relacionarse bien con todos, en todo momento y lugar, y es que el lenguaje de la delicadeza y los buenos modos lo entiende todo el mundo porque es universal, y como antes hemos mencionado lo perciben hasta los animales.
Por el contrario, quien no tiene la sensibilidad de iniciar un trato cordial. afable, delicado, quien enseguida pierde el control de sus palabras, de sus gestos, de sus modos, quien además se irrita fácilmente y pierde los nervios y la compostura, es señal de una ruindad moral que lo empequeñece y que denota el atraso evolutivo en que se encuentra en lo moral y espiritual.
Esta persona es digna de lástima y compasión porque con esa actitud que manifiéstase mantiene estancar do en su progreso y será casi con toda seguridad el sufrimiento quien le haga a base de experiencias cambiar para comenzar a mostrarse hacia sus semejantes con mejor trato y educación, tal y como se merecen.
La falta de delicadeza es en muchas ocasiones la causa que no deja lugar para un mayor acercamiento y confianza de unos hacia otros. Las barreras que a veces existen entre las personas y que casi siempre carecen de fundamento pronto se derrumban con un simple gesto de dulzura, de ternura, de simpatía, de buen trato para dejar paso después a ese acercamiento que se convierte con el trato sincero y agradable en sólida confianza y amistad.
A falta de este comportamiento, si nos mostramos quisquillosos, recelosos, egoístas, acaparadores, etc., etc., lo único que conseguimos es poner cercos a nuestra persona, muros a veces insalvables que nos llenan de infelicidad, porque el ser humano es por encima de todo un ser sociable, y esta es una cualidad que hay que aprender día a día, es un trabajo personal intransferible que hemos venido a realizar y de él depende en gran parte nuestra dicha en la tierra. No es mas dichoso y feliz quien más dinero, fama, títulos o poder acapara, sino quien más amigos sinceros tiene, porque los amigos no se compran, se hacen, y sólo saben hacerlos aquellos que son capaces de renunciar a sus gustos por los demás, que piensan antes que en sí mismos en sus semejantes, y a esto, se empieza por la delicadeza que es la puerta que conduce a la confianza “Esta sociedad nuestra de maravillosos inventos, computarizada y avanzada hasta limites que jamás pudimos soñar está sobrada de casi de todo menos de personas educadas, afables y delicadas, capaces de salir de sí mismas, de pensar en los demás, de llevar siempre dibujada en el rostro una sonrisa de aceptación y aliento, sin dejarse arrastrar por la trepidante dinámica del egoísmo cruel que pisotea los más nobles sentimientos».
Tiene razón Bernabé Tierno al pronunciar estas palabras, y es que estamos tan inmersos en una sociedad tan competitiva, tan agresiva, tan materializada, tan falta del verdadero y más importante conocimiento que debemos adquirir, que es el espiritual como base de nuestra vida, que con mucha facilidad se nos pasa por alto la importancia que tiene la educación desde la más tierna infancia, y esta educación comprende claro está no sólo los estudios y los buenos modales, sino hacer hincapié en que el niño controle sus defectos y los malos sentimientos y ayudarle a que crezca sin agresividad, sin malicia, sin egoísmo enseñándole a compartir sus juguetes, etc, etc., en definitiva ayudándole para que vaya sacando las buenas inclinaciones y los buenos sentimientos hacia sus amigos, sus padres y hermanos, sus vecinos, hacia todos los seres en general.
Con la buena educación y el conocimiento espiritual y de los valores humanos podremos catapultarnos después, con la seguridad de que vamos a actuar lo más correctamente posible, hacia las conquistas y realizaciones, profesionales, sociales, etc., con la ventaja de que entonces con esa firme y sólida base, será más difícil que el materialismo haga presa en nosotros, de que la sociedad nos empuje y nos arrastre por sus derroteros, quitándonos el humanismo que llevamos en nuestro interior, del cual se carece en grandes dosis en nuestra humanidad.
La delicadeza es el lenguaje de los pequeños detalles, y ahí estriba su gran importancia, muchas personas no le dan relevancia a los pequeños gestos, ni siquiera los saben apreciar, prefieren hacer alarde de grandes cosas porque con ello tienen más eco en la sociedad y su afán de protagonismo se ve recompensado, sin embargo, quizás después a puerta cerrada su hogar carece de paz y de dicha, allí el protagonista es el vacío, la soledad, el sufrimiento. Capaces de hacer grandes cosas, gestos que se vean a la luz de los demás y sin embargo no son capaces de regalar una sonrisa, de dar un gesto de aprobación, de consolar al menos favorecido, de ceder el paso a un peatón, de ir por la vida con simpatía para hacérsela a los demás más agradable, aunque por dentro uno tenga sus preocupaciones, estos detalles no cuestan nada, sólo cuesta habituarse a ellos como norma de conducta para que pasen a ser parte de uno, es un compromiso que como humanos debemos respetar y que nuestros compañeros de lucha y fatigas en el sendero de la evolución se merecen.
La delicadeza es precisamente eso, vivir los pequeños detalles, tener ese gusto y tacto que hace que las cosas, que la vida en general tenga un sentido más amplio, más intenso, sin necesidad de grandes sensaciones. Con la delicadeza vivimos el día a día con más emoción, valoramos mejor cada momento de nuestra vida. Y lo podemos comprobar, hagamos un análisis y veremos que cuando alguien nos agradece con sencillez, pero sinceramente algo que hayamos hecho por ellos, ese gesto nos cala muy dentro y nos hace sentimos útiles, analicemos y descubriremos que cuando alguien pensó en nosotros, cuando alguien nos tendió su mano, cuando alguien hizo algo por nosotros, por muy pequeño que fuera, aunque sólo se trate de ofrecemos un café, si lo hizo de corazón, es decir con delicadeza, con educación, con una sonrisa, con buen gusto, veremos que eso es lo que nos llegó al alma, no el café, no es el hecho en cuestión lo que nos agradó, sino la forma en que lo hizo, es decir su delicadeza hacia nuestra persona, como bien lo define la Real Academia de la Lengua; “Atención y exquisito miramiento con las personas o cosas, en las obras o en las palabras. Ternura, suavidad.”
Según podemos apreciar, los pequeños detalles, los gestos delicados tanto para el prójimo, como para los animales y las cosas, son de gran importancia pues no por pasar desapercibidos en muchas ocasiones y por su sencillez carecen de valor, sino todo lo contrario, es precisamente por estas razones por lo que se revisten de gran importancia estos gestos, y por donde se puede calibrar la espiritualidad de una persona, notando también destacar lo mucho que progresa una persona en una existencia con el conjunto de estos detalles moral y espiritualmente, pues aunque los hombres no lo vean ni lo agradezcan el Padre que todo lo ve, en su infinita bondad y sabiduría sí aprecia y premia a todo aquel que delicadamente trata a los demás.
La delicadeza por: Fermín Hernández