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CUALIDADES DE LOS MIEMBROS

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Cualidades de sus miembros

Cualidades de los miembros

Vemos que el hecho de conformar un grupo espirita representa una gran responsabilidad, un compromiso que exige predisposición y renuncias personales; sacrificios en aras de un trabajo compartido con los demás miembros del grupo. Conlleva, además, la exigencia de atender a todas las personas que llegan hasta los centros espíritas buscando ayuda y amparo, también conocimientos; personas que buscan restablecer su equilibrio perdido, personal e íntimo, estabilidad que perdieron y que no han sabido o podido encontrar en otros lugares, centros, asociaciones o personas.

Por ello, entiendo necesario que los componentes de una asociación espírita templen su carácter, su forma de actuar, su forma de ser, es decir, que reajusten su vidas, sus valores, sus peculiaridades, sus condiciones, para convertirse así en el punto de apoyo que exige la filosofía espírita a la hora de prestar ayuda a las personas necesitadas. Dedicación que exige una preparación previa y el compromiso personal.

No obstante, el trabajo debe realizarse en conjunción con los demás integrantes del grupo. Es por ello que quiero dejar constancia de que todos son necesarios y ninguno imprescindible. Esa es la regla de oro que pone a rodar los engranajes de todo grupo espírita. En paralelo, evita también el endiosamiento de algunos, el bastardo orgullo de otros y el fanatismo de los más. Sucede que el trabajo en equipo favorece la humildad, favorece que todos compartan idéntica meta, idénticos compromisos y pruebas. El trabajo en equipo hace las cosas más fáciles, pues cada individuo aporta sus cualidades, su “savoir faire”. Allí donde una persona no llega por sí misma, el conjunto puede hacerlo.

Así y todo, para que esa máquina humana opere en sincronía y todas las partes de ese conjunto vertebrado atiendan su misión es determinante cierto grado de entendimiento, sinceridad y honestidad. Nadie puede arrogarse ser mejor que los demás, imponer su criterio, su modo de ver y entender las cosas, su forma de hablar o pensar. En los trabajos de equipo el mérito es grupal, es de todos y de cada uno de los componentes, para nada individual. Y aunque cada persona es diferente, también lo son sus peculiaridades, sus cualidades, sus virtudes y defectos, su forma de entender la vida; algo que le diferencia del resto. No obstante, la suma de esas peculiaridades, de esas individualidades, conforma un hermoso ramillete.

Ratifico, en un grupo espirita debe predominar el conjunto, la suma de las individualidades, la suma de las intenciones y capacidades. Se trata de un pacto en común para el progreso individual y colectivo. Circunstancia que implica enorme esfuerzos, grandes dificultades para quienes son incapaces de llevar sus cargas en soledad; personas que no tienen que rendir cuentas a nadie, personas a las que nada se les exige, personas a las que no se les impone compromiso alguno, personas a las que nadie corrige o reprende, personas que actúan como quieren. Qué duda cabe que el trabajo en equipo es más provechoso que el realizado en solitario. Sus logros son mayores, más relevantes, conllevan mayores consecuciones individuales y colectivas. Así lo dictamina la ley de sociedad.

Dicho esto, afirmo que los miembros de un grupo espírita deben ser conscientes de que se les exigen algunos requerimientos, imprescindibles para no verse abocados al fracaso. Y en la medida en que se cumplan las premisas iniciales, los componentes del grupo crecerán junto con su satisfacción y compromiso. Es muy posible que su nexo de unión provenga de lazos antiguos, perdidos en las tinieblas del tiempo y del espacio.

También diré que la rebeldía no tiene lugar en un grupo espirita. Muy al contrario, sus componentes deben ser prudentes, reflexivos, disciplinados. Cualidades que favorecen la unidad y el consenso y que redundan en un mejor cumplimiento de compromisos. A título de ejemplo diré que un grupo espirita se parece a una trainera, donde la sincronía, la unidad, el esfuerzo en común marca el ritmo, la cadencia.

También la sinceridad es otro factor determinante. Resulta normal, habitual incluso, que existan desavenencias, opiniones diferentes, criterios dispares. A pesar de ello, el diálogo ayuda siempre a superar los escollos. Un diálogo respetuoso, constructivo, de comprensión mutua que busque limar asperezas y alcanzar un criterio uniforme y común, es decir, el consenso. También es habitual que algún miembro desee imponer su criterio, su punto de vista, acertado o no, sobre el resto de integrantes. No obstante, el buen hacer de los componentes sabrá resolver cualquier desavenencia. Tampoco se puede olvidar que el ansia de imponer criterios y opiniones, por lo general, acaba destruyendo las instituciones más solventes.

Citaré también la generosidad como elemento determinante en cualquier proyecto en común. Generosidad en el trabajo, en la dedicación, en la entrega, en el tiempo; en resumen, en el sacrificio y renuncia que impone la pertenencia a un grupo espírita. Y esa dedicación, esa entrega, debe ser compartida por todos los miembros. Nadie es más que nadie, tampoco menos que nadie. A todos compete esforzarse en idéntica medida.

Y qué decir del buen talante, de la mirada franca, de la sonrisa jovial, de la predisposición, de la confianza y la amabilidad de todos para con todos, componentes del grupo o no. La actitud de cada integrante debe ser reflejo de esas cualidades, brillar con luz propia.

También recomendaré la crítica constructiva hacia los compañeros, la erradicación de los malos comentarios, las malas críticas, los juicios malintencionados. Siempre produce mejor resultado realzar las cualidades y virtudes que todos poseen. En un grupo espírita nadie debe juzgar a sus compañeros bajo ningún aspecto, si acaso entender, callar y disculpar. Es a través del juicio malsano que se cuelan los compañeros descarriados que perjudican a los grupos. Por tanto, cerrarles las puertas no solo es recomendable, sino imprescindible. Quizás el método óptimo para hacerlo sea con una crítica positiva, conciliadora y amable.

Y no quiero dejar atrás el cariño, el amor en todas sus facetas. Es por ello que todos los compañeros de ideal, debemos cultivar el amor entre nosotros, mediante el afecto, la gratitud y la amistad; poniendo en valor las virtudes de cada uno posee.

Para concluir, deseo recordar la frase del Maestro de Maestros, Jesús de Nazaret, el Regente Planetario, que dice así:

“A los míos se les reconocerá porque se aman”

Todo lo demás es burda charlatanería, palabras vanas.

 

Cualidades de sus miembros por:  Fermín Hernández

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

LA ESTRUCTURA DE UN GRUPO

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La estructura del grupo espírita

La estructura de un grupo

Como toda empresa, como toda asociación que se precie, un grupo espírita debe tener una estructura, una organización que vele por la continuidad de los objetivos y las finalidades que persigue. También que preserve las aportaciones de sus componentes, para que estos sigan adelante con sus compromisos, con sus responsabilidades; es decir, que se sientan necesarios, útiles, que aporten su grano de arena al engrandecimiento del grupo y de sus partícipes. Porque, a pesar de todo, en un grupo espírita:

Todos son necesarios y ninguno imprescindible

Esta máxima no debe olvidarse, porque señala que todos sus miembros son iguales y nadie superior. Y aunque cada persona tiene un estadio evolutivo diferente, la premisa común sigue válida, premisa que no es otra que “la igualdad”. Desde esa igualdad no se valoran las diferencias grandes o pequeñas, el único valor reseñable es la comunión de ideas y la hermandad entre los integrantes. Añadiríamos la circunstancia de compartir una meta común, idénticos fines, idéntico destino. También diré que cada individuo aprende de la persona que tiene a su lado.

Un grupo es como un ramo de flores, todas distintas, diferentes; diferentes son su color, su aroma. Cada flor es única, y no obstante, todas en conjunción forman un conjunto armonioso y bello, un prodigio de aroma y color. Sucede igual con las personas, cada cual aporta sus peculiaridades, sus virtudes, sus diferencias. Así, el conjunto muestra la suma de las individualidades, la suma de las peculiaridades, la suma de las esencias.

Cada uno de los componentes está invitado a participar en aquellas actividades que sus atributos y capacidades aconsejan. Unos tendrán un mejor verbo; otros un mejor dominio de la tecnología; otros atenderán mejor a los visitantes, otros colaborarán en el mantenimiento del local del grupo. Así, cada cual aportará sus mejores cualidades. Y haciéndolo, todos habrán cumplido su compromiso.

Esto mismo reza la ley de sociedad, nadie es perfecto. Y un solo individuo, por sí mismo, no puede conseguir logros reseñables. El progreso llega cuando todos colaboran, cuando se suman las cualidades de todos los componentes. Es la vía que garantiza el desarrollo armonioso de la sociedad humana. La fuerza surge de su unidad, y un individuo, solo, poco o nada puede conseguir.

Sabemos que los individuos son, es decir, somos espíritus, participando de una experiencia terrenal con el fin de evolucionar intelectual y moralmente. Por eso, obviar los pactos con el plano superior revertirá, necesariamente, en una próxima existencia. Es decir, habrá de repetirse la prueba, aunque en situación contraria a la actual, resultado de la falta de utilización de los recursos íntimos. Circunstancia que finalmente se producirá forzosamente.

Es por ello que en el grupo espírita debe regir el principio de igualdad; también el respeto y el compañerismo. Igualdad, porque nadie es superior a otro, si acaso igual. Respeto por la idiosincrasia de cada individuo, que le hace respetable. Compañerismo, porque todos están llamados a realizar un trabajo en común, un servicio comprometido antes de encarnar, aunque pueda estar olvidado. Y ese trabajo puede ser divulgativo, asistencial o de cualquier otra índole. Sea cual fuere, se trata de una responsabilidad personal y, por descontado, también grupal, y su fin es la búsqueda del crecimiento espiritual.

Un grupo en el que no existe afinidad, en el que no se valora la idiosincrasia de cada componente, en donde no existe el compañerismo y la preocupación por el dolor del amigo, está condenado al fracaso de antemano. Pues donde no se comparten las penas y alegrías, difícilmente se podrán cumplir los compromisos, las metas previstas. El grupo espírita tiene que ser un conglomerado donde se repartan las tareas y responsabilidades.

El ambiente generado al existir unión sincera y auténtica, cuando todos los miembros comparten familiaridad y compromiso; cuando se vela por la situación del compañero, por sus altibajos, por sus virtudes y defectos, por sus luces y sombras; cuando se comparte casi todo, ese ambiente recibe el respaldo de las esferas superiores. Esa predisposición genera un campo energético donde las fuerzas, la ilusión y las ganas de trabajar se centuplican. Es una sintonía que atrae a los compañeros espirituales de elevado tenor que, por afinidad y deseos de colaboración, participan, se unen, añaden sus esfuerzos al trabajo del equipo. Hablo de la simbiosis entre el equipo encarnado y el espiritual. Y su resultado es atractivo, estimulante, impensable.

Por ello, considero que la estructura de un grupo es muy relevante. No obstante, más importante aún son las piezas de la estructura, elementos como el calor humano, los afectos compartidos, la protección del bienestar general y el hecho de que los componentes del grupo dispongan de todo cuanto necesitan para sentirse miembros de pleno derecho, es decir, partícipes, del primero al último.

Y no deben establecerse diferencias por el simple hecho de que un miembro tenga una mediumnidad ostensiva, que otro presida la reunión, que otro sea orientador, que otro colabore, que otro asuma la presidencia temporal, que otro asuma las funciones de la secretaría, etc. Todo esto carece de relevancia, son circunstancias que obedecen al desenvolvimiento del grupo. No obstante, lo reseñable es que reine la solidaridad, la amistad, la igualdad, el respeto, el compromiso, la colaboración, el estudio, el análisis.

Toda persona nace para aprender. Y observando y escuchando se aprende… y mucho; por ejemplo, a valorar a la persona que se sienta al lado. También diré que nadie piense que, por acumular más formación académica, más habilidades o más conocimientos, se sea una persona mejor, más relevante. En ocasiones, las personas de escasos conocimientos intelectuales son personas enormes en su calidad moral, personas capaces de dar grandes lecciones.

Y, no obstante, existe la necesidad de que los grupos espiritas tengan una organización formal, una organización donde se distribuyan los cargos y funciones; todos y cada uno de los partícipes representan al conjunto cuando toca dar ejemplo, apoyo y colaboración. Todos los componentes de un grupo espírita comparten idénticas responsabilidades y compromisos en ese trabajo en común. Trabajo que debe realizarse con cariño y dedicación, pues sin esa premisa, la estructura está condenada al fracaso. Fracaso que llegará pronto o tarde, pero que llegará indefectiblemente. Creedme, existen turbios intereses por parte de las entidades espirituales negativas, que velan por su fracaso.

Fermín Hernández Hernández

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

¿HACEN BIEN SU LABOR?

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¿Hacen bien su labor?

¿Hacen bien su labor?

Tres han sido las ideas sugeridas en artículos anteriores, y son las siguientes: ¿Qué es un grupo espírita? ¿Quién puede formar parte de él? Y por último, ¿puede el grupo considerarse una especie de escuela, un lugar de estudio, de aprendizaje, de trabajo? Estas tres ideas son determinantes, pues en ellas se fundamenta el grupo, el centro espirita. Y dependiendo de cuán claro lo tengan sus componentes, así evolucionará el grupo.

Por tanto, la búsqueda de un adecuado funcionamiento del grupo espírita, al igual que la revisión de sus principios y bases, que son los fundamentos de la filosofía espírita. Habrá de comprobarse también si sus planteamientos y resoluciones coinciden con las premisas del grupo. Lógicamente, tendrá que verificarse también que los estatutos y resoluciones siguen fielmente las premisas iníciales, es decir, las determinaciones asumidas en el momento de su constitución. O lo que es lo mismo, verificar que las actuaciones y cometidos obedecen a la filosofía espirita. Filosofía que no es otra que la autoayuda en la búsqueda de la mejora interior y, por encima de todo, la entrega y dedicación a los demás. A mi limitado criterio, y en síntesis, estos deberían ser los postulados espíritas.

Como puede verse, el “centro espírita” es, de hecho, un punto de convergencia de pensamientos, sentimientos e ideas. En él se aglutinan las directrices que lo guían. Algo que me lleva a afirmar que el centro espírita es:

  • El lugar de iniciación de los nuevos miembros, las nuevas incorporaciones.
  • El lugar donde se educa a los médiums.
  • El lugar donde se comunican los espíritus.
  • El lugar donde se enseña a adultos y niños.
  • El lugar donde se libera a los compañeros obsesionados.
  • El lugar donde se estudia el espiritismo en su aspecto teórico-práctico.
  • El lugar donde se promueve la asistencia social a los necesitados, sin cortapisas.
  • El lugar donde se cultiva la fraternidad.

Así lo establece Herculano Pires, el autor de la obra El Centro Espirita.

Este párrafo muestra a la perfección cuáles deben ser las premisas a seguir. Dicho de otro modo, cuáles son las actividades generales que debe realizar un centro espírita que quiera ser denominado así.

Es decir, que a la hora de formar un centro espírita han de tenerse claras ciertas premisas, ciertas ideas que se han de transmitir a los nuevos integrantes, a los recién incorporados, y hacerlo con cariño, deferencia y dedicación. Es el caldo de cultivo de los nuevos compañeros en esa tarea común, pues haciéndolo así ellos podrán asimilar las características de los trabajos mediúmnicos, el rigor, la disciplina, la colaboración y la determinación en ese proyecto común. Ello, mientras cada uno aporta sus cualidades, sus peculiaridades, su forma de ser, su idiosincrasia, su bagaje; en suma, sus experiencias personales.

Adicionalmente debe también asumirse que todo componente es necesario y ninguno imprescindible. También que los miembros del grupo deberán estar abiertos a nuevas incorporaciones, pues esas aportaciones traerán también su “savoir faire”. Así, con su aportación, con sus peculiaridades, engrandecerán el grupo espírita y lo harán más productivo en su labor social, permitiéndole cubrir no solo las necesidades habituales, sino todas aquellas esporádicas que pudiesen surgir; pues no se debe olvidar que allí donde surge el trabajo aparece también la ayuda.

Y ese trabajo, que requiere preparación, compromiso y entrega, compete a todos los miembros del grupo, pues nadie detenta derechos de propiedad a la hora de ayudar; como tampoco a la hora de escoger a quién debe ofrecerse la ayuda.

Y que nadie cometa el error de creer saberlo todo; de creer que el trabajo está hecho de antemano y que los límites están ya fijados. Que nadie se atreva a cerrar las puertas a nadie. Con mente abierta, afabilidad y dedicación, las personas del entorno bajarán la guardia y aceptarán colaborar con él. Y esa imagen propiciará la llegada de nuevos miembros, con lo que su ayuda incrementará exponencialmente su labor social. Es por ello que recomiendo una mente abierta, así como aceptar el trabajo que llegue, dado que se ignoran los compromisos y trabajo pactados, si bien es cierto que estos, indefectiblemente, llegarán. Servicio tan numeroso como la capacidad y predisposición de los componentes del grupo espírita. Huelga decir que la compensación llegará por añadidura.

También se deberá buscar la perfección y excelencia en el servicio; y hacerlo en toda labor que se acometa, pues aunque el servicio que se pueda realizar llegue a ser excelente, siempre podrá mejorarse. Sucede que nadie conoce sus límites y compromisos, menos aún los trabajadores de un grupo espírita.

Y bienvenidas sean las iniciativas personales. Todos los miembros están invitados a prestar sus capacidades, voluntad e inteligencia. Recomiendo que los miembros del grupo se reúnan y fijen objetivos asumibles, metas alcanzables. Recomiendo también luchar contra la rutina, contra la monotonía, contra el ansia de reconocimiento, los personalismos y los orgullos vanos, lacras que destruyen las asociaciones humanas. Y por descontado, que nadie espere encontrar todo masticado o que se les diga qué deben hacer, pues eso nunca sucederá. Esa labor compete al individuo, a su libre voluntad y determinación.

¿Hacen bien su labor? por: Fermín Hernández

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

“Sin estudio constante de la codificación no se puede hacer espiritismo, simplemente, se crea una rutina de trabajos prácticos que dan la ilusión de eficiencia. Estudio, investigación y observación constante de los hechos, análisis de los mensajes recibidos, control de los médiums, exigencia de la educación mediúmnica, con advertencias constantes para que los médiums aprendan a controlarse y no dejarse llevar por los impulsos recibidos de las entidades comunicantes: ése es el precio de los trabajos mediúmnicos eficaces”.

(Herculano Pires en su obra El Centro Espirita).

EL CENTRO ESPÍRITA: UNA ESCUELA

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El centro espírita: una escuela

El centro espírita: una escuela

¿Qué es un centro espirita? ¿Cómo definirlo? ¿Qué actividades realiza? ¿Cuál es su utilidad? ¿Qué labores realiza? ¿Cuál es su compromiso? Son preguntas sencillas que, no obstante, requieren respuestas claras y concisas. Y buscando que se cumplan los objetivos a que están destinados, diré que esos grupos necesitan transformarse, enfocarse a fines claramente diferenciados, como son: En primer término, un lugar de enseñanza, un lugar de aprendizaje espiritual; y, en segundo, un punto de trabajo.

¿Por qué un lugar de aprendizaje, un aula, una escuela? Sencillamente, porque en la ciencia del espíritu, que es la ciencia de la vida, nunca se consiguen conocimientos suficientes. El individuo debe aspirar a más siempre, pues nunca tendrá conocimientos bastantes para comprender el mundo, el universo que le rodea; pues en la medida que el bagaje de sabiduría y experiencias aumenta, crece también exponencialmente su  área de aprendizaje.

Las personas que creen saberlo todo se encuentran con la triste decepción de que están lastradas, intelectual y moralmente; también que están involucionando… sin poder evitarlo. Sencillamente, han perdido el tren del progreso; han perdido la conexión con los seres y el mundo que les rodea; han quedado al pairo. Mientras tanto, la gran mayoría sigue aprendiendo, creciendo moral e intelectualmente. Aquellas quedaron descolgadas del conjunto de la sociedad.

Cuando el individuo pierde la senda de progreso, pierde, a su vez, el sentido de la responsabilidad; se deja arrastrar por la vorágine del mundanal ruido, olvida los compromisos y tareas para consigo mismo, para su propia evolución y para su progreso íntimo.

Resulta evidente que nunca se podrán conseguir los conocimientos que ofrece este planeta. O lo que es lo mismo, el summum de experiencias y sabiduría que ofrece este mundo donde el ser humano se desenvuelve, nace, vive y muere a la vida física.

Está, por una parte, el conocimiento teórico de la filosofía y la ciencia espírita; además, la totalidad de experiencias que propicia la vida terrena, las vivencias de un mundo como el nuestro, un mundo perdido en una galaxia olvidada: la Tierra.

Por otra parte, figura también el conocimiento espiritual, resultado del camino de perfeccionamiento moral. La frase “si quieres evitar el abismo, conócete a ti mismo” debería estar presente en todo momento y lugar. A ese conocimiento ayuda, sobremanera, el hecho de pertenecer a un grupo espírita y disfrutar de las virtudes y experiencias que esta peculiaridad implica a la hora de sumar valores, actitudes, comportamientos. Es el único bagaje del ser humano cuando abandona su cuerpo carnal y trasciende al otro lado de la vida, al mundo del espíritu.

El centro espírita tiene como misión principal divulgar los conocimientos recibidos de las esferas superiores. Conocimientos que debe hacer llegar a su entorno y, en especial, a las personas que llaman a su puerta demandando ayuda, consejo, aclaraciones, conocimientos.

Y el mejor lugar para hacerlo es, precisamente, el centro espírita. Allí deben impartirse, de forma estructurada y sistemática, conocimientos útiles, tanto para el individuo como para la sociedad. Y esos conocimientos deben exponerse de forma fácil, sencilla, asimilable para quienes acuden allí, de modo que cuando escuchen las exposiciones, ponencias o charlas, puedan asimilar los conocimientos con facilidad y, a ser posible, aplicarlos en la vida diaria.

El centro espírita deben ser, inexcusablemente, un lugar de estudio y trabajo. Esta premisa viene a complementar el primer fin, el de ser un lugar de aprendizaje. El centro espirita es, realmente, un espacio divulgativo teórico-práctico, un lugar de trabajo donde se acude a colaborar, aportar un grano de arena o toda una montaña. Y hacerlo en la convicción de que no es un lugar donde pasar los ratos de asueto. Es un lugar de convivencia, un lugar para compartir alegrías, dedicación y estudio. Para nada un elitista club social. Y eso hay que tenerlo claro en todo momento, evitando así caer en vicios impropios.

Pueden llegar hasta sus puertas personas con necesidades materiales, personas necesitadas que buscan consuelo y ayuda. También pueden llegar hasta allí personas que sufren perturbaciones psíquicas, trastornos de índole mediúmnica, facultades perturbadas, obsesiones, estados depresivos, tendencias suicidas, etc., todo ello derivado de las influencias del mundo espiritual de bajo tenor, seres enquistados en el mal…ajeno y propio.

Existe, qué duda cabe, todo un abanico de posibilidades. Una infinita variedad de problemáticas en las personas que acuden hasta allí solicitando ayuda. Es labor de los componentes del grupo tenderles la mano, aclarar sus dudas, ayudarles, apoyarles y compartir sus desvelos; en suma, ofrecer la mano amiga que les abra nuevos horizontes de esperanza.

Sin una conveniente preparación y disponibilidad, difícilmente surgirá la oportunidad de ayudar; si acaso, hacerlo en pequeña medida. Ese centro espírita incumplirá sus obligaciones, sus compromisos. Poco podrá hacer para cumplir la misión pactada previamente. Huelga decir que los trabajadores del otro lado de la vida, los espíritus superiores, necesitan, inapelablemente, la colaboración de los humanos, los encarnados, para completar su labor de ayuda, su propia misión y también la del grupo espírita. Sin esa colaboración les resulta imposible llevar a buen fin su compromiso.

¡Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro!

 Estas son las premisas fundamentales que dan sentido y valor a un grupo espírita. Dos caras de una misma moneda, irrenunciables para quienes desean formar parte del equipo de trabajadores de la última hora. Los espíritus superiores cuentan con todos y cada uno de los miembros del grupo, aunque compete a los encarnados dar el primer paso.

De no encontrar buena voluntad y una actitud correcta, buscarán otro grupo que se ajuste mejor a sus necesidades. Es mucha la mies y pocos los trabajadores. Tengamos claro que los espíritus superiores no están para perder tiempo, cuya valía reconocen; están para construir un futuro común.

El centro espírita: una escuela por: Fermín Hernández

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

“Dirigentes, auxiliares y frecuentadores de un centro espírita bien organizado saben que la obra de Kardec es un momento científico, filosófico y religioso de estructura dinámica, no estática, pero cuyo desarrollo exige estudios e investigaciones del mayor rigor metodológico, realizado con humildad, buen sentido, respeto a la doctrina y condiciones culturales superiores”. (Herculano Pires, en su obra El Centro Espírita).

LOS MIEMBROS DE UN GRUPO ESPÍRITA

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Los miembros de un grupo espírita

Los miembros de un grupo espírita

Los grupos espíritas están tomando conciencia de ser organizaciones formales, serias; agrupaciones que empeñan enorme responsabilidad en la relación con las personas, con los propios integrantes y con las personas que muestran interés por la filosofía espírita.

En modo alguno es una especie de club social, deportivo, que comparte un hobby, una afición concreta. Es muchísimo más, es un agrupamiento de personas que comparten una labor de índole espiritual; un trabajo que podríamos dividir en dos vertientes diferenciadas: la primera, el conocimiento de las normas y leyes espirituales que rigen el universo y la vida para, conociéndolas, encaminarse al perfeccionamiento moral, la superación de las deficiencias íntimas, junto con la práctica de la caridad y la ayuda al semejante. Más concretamente, la caridad espiritual, la divulgación de conocimientos y, en concreto, la ayuda a toda persona que necesita esclarecimiento, compresión y ayuda; en especial, ante los problemas de índole espiritual, léanse mediumnidades en desarrollo, problemas obsesivos, enfermedades y obstáculos para llevar una vida, llamémosla formal.

Qué duda cabe que es mucha labor por realizar. Y esa labor debe ser realizada en función de las características y peculiaridades de cada grupo. Es por ello que los grupos espíritas deben asumir su propio compromiso y dedicar el tiempo y esfuerzo necesarios para cumplirlo.

Es también una premisa irrenunciable que los grupos estén compuestos de personas dispuestas a trabajar, al esfuerzo; que tengan espíritu de sacrificio, buena voluntad y deseos de prestar ayuda a los demás. O lo que es lo mismo, deseos de progreso espiritual y de arroparse en la humildad. Sin esa humildad, difícilmente podrán mantener la convivencia necesaria. No olvidemos que cada persona es diferente a las demás, que tiene sus prioridades, sus limitaciones, sus problemas individuales, su propio bagaje personal y espiritual. Aunque superadas esas limitaciones, humanas por otro lado, los componentes del grupo podrán llevar a cabo una labor remarcable.

Toda persona que desee formar parte de un grupo espírita debe concienciarse de que serlo implica un enorme desafío. En primer lugar ante sí mismo, pues le surgirán experiencias y pruebas que le harán caminar por el filo de la navaja (expresión anglosajona). Aunque superando las pruebas se enriquecerá, personal y espiritualmente.

La participación en un grupo espírita implica participar en un vasto campo de trabajo en el que, con plena seguridad, nunca estará solo, pues le acompañará su propio guía espiritual más los componentes desencarnados adscritos a ese mismo grupo que, por lo general, suelen ser mucho más numerosos que los componentes encarnados. Esos compañeros están ahí, prestan sus veladas intuiciones, su calor, arropan a todos y cada uno de los componentes del grupo, y lo hacen siempre. Ayudan en esa labor social, consecuencia de las demandas de personas que acuden hasta allí buscando comprensión, aceptación; respuestas, en suma. Ayuda que en muchas ocasiones no solo es espiritual sino también material.

Con ello quiero decir que toda persona puede ser miembro de pleno derecho en cualquier grupo espírita, aunque siempre y cuando reúna los condicionantes necesarios, que por otra parte no son exigentes. Reiteraré, todas las personas están capacitadas para formar parte de un grupo espírita siempre que acudan revestidas de buena voluntad y deseos de progreso. Nadie está de más, nadie sobra, todas las personas son útiles en sus capacidades y limitaciones.

El espiritismo no exige mucho, en cambio ofrece enormidades. Ofrece la oportunidad de alcanzar conocimientos de índole universalista; más concretamente, dar a conocer las razones de la presencia del hombre en el plano físico, en el mundo donde encarna; conocer el porqué y para qué de su presencia allí.

Cuando el ser humano consigue enlazar con su yo superior percibe una gran necesidad por trabajar en la superación personal, material y espiritual. Es la conciencia que llama a la puerta; que señala las realizaciones que aguardan, las pruebas que se han de superar. Comprendiendo que no es suerte escuchar el llamado de la evolución espiritual; que deben aprovecharse todas y cada una de las oportunidades en el campo de la evolución, aquí y ahora; que los compañeros espirituales están ahí, prestando su apoyo incondicional, intuyendo, colaborando en la medida de sus capacidades; señalando el contrato y responsabilidad asumidos antes de encarnar, y también brindando su apoyo incondicional para dicha realización.

Quién no ha percibido esa llamada, ese aviso del yo superior, la voz de la conciencia; la voz que insiste en que se aproveche el tiempo en la experiencia de la carne. Que son muchas las deudas contraídas y mucho el trabajo por realizar. Por tanto, desde aquí deseo hacer una llamada a todos vosotros, amigos lectores, para que aprovechéis la energía, los estímulos de esos compañeros del plano espiritual en los momentos difíciles; para superar el trabajo duro, las pruebas, los desencuentros, las desilusiones; las experiencias amargas que la vida reserva a todos, sin excepción. Os invito también a que dejéis aflorar vuestras capacidades personales, vuestras ansias de superación, la buena voluntad, la sencillez, la humildad, el deseo de progreso.

Cada componente de un grupo espírita tiene su propia personalidad, sus valores, sus defectos, sus virtudes. No obstante, conviene priorizar la tolerancia y el respeto entre sus componentes. No puede obviarse el hecho de que −según define la palabra grupo− lo esencial es la armonía general del mismo, el equilibrio personal, individual y global; de modo que puedan acometerse labores conjuntas con ciertas garantías de éxito. Nadie exigirá a nadie, nadie impondrá condiciones a nadie, nadie impondrá su criterio, acertado o no, su percepción, su particular visión de las cosas. Las exigencias son de otra índole; son de índole personal, íntima. No obstante, esas realizaciones, agrupadas individualmente, potencian al grupo, le ayudan a seguir el objetivo común, el avance generalizado.

Dice el saber popular que no hay rosas sin espinas. Todo parece indicar que cuanto ofrece el espiritismo es bonito, maravilloso, bello. Formar parte de una misma familia espiritual, compartir anhelos, ideales…grata perspectiva, pero hay que sudarlo. Dice una máxima deportiva que en un trabajo en equipo, la medida del mismo es su componente más débil. Por tanto, nada de rémoras, vagancia, cansancio; se debe estar a la altura del conjunto, avanzar y progresar a la par.

Se trata de un esfuerzo común. No sirve que unos empujen y otros se dejen arrastrar; suma el conjunto, la unidad. Así que no me cansaré de repetir, hasta la saciedad, la conveniencia de revestirse de humildad, de buena voluntad por parte de todos los componentes del grupo espírita.

Los miembros de un grupo espírita por: FERMÍN HERNÁNDEZ

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

¿QUÉ ES UN GRUPO ESPÍRITA?

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¿Que es un grupo espírita?

¿Que es un grupo espírita?

A pesar de todos los esfuerzos realizados, esfuerzos que aún siguen realizándose por infinidad de grupos y entidades, todavía se ignora por la sociedad, en demasía, qué es el espiritismo, qué un grupo espirita y a qué labor se dedica. Esto que puede parecer increíble, en la práctica es así. Si cualquiera de vosotros, amables lectores, salieseis a la calle para llevar a cabo una encuesta, inquiriendo al público si conocen de qué se trata un grupo espírita y cuál su filosofía, veríamos, sorprendidos, que muchos carecen de la más mínima idea al respecto. Por ello, a lo largo de estas páginas intentaré verter mi opinión, buscando, amables lectores, que os hagáis una idea, lo más exacta y fidedigna posible, de lo que es el espiritismo y lo que supone pertenecer a un grupo espirita.

Un grupo espirita no es ni más ni menos que una agrupación de personas compartiendo un ideal común, un ideal que abraza el concepto de “espiritismo”; concepto que es realmente una recopilación de información y enseñanzas recibidas de las esferas espirituales basadas en la creencia en Dios, la inmortalidad del alma, el estudio de la naturaleza del espíritu, su relación con el hombre, las leyes morales, su evolución y, lo más importante, la puesta en práctica de la moral que se desprende de su filosofía.

Esta es la base, sencilla y profunda a la vez. Un planteamiento que pone en valor la agrupación de personas para compartir, de un lado, la divulgación de esos conocimientos, y por otro, las motivaciones para ejecutar un trabajo más o menos extenso, acorde a las cualidades, capacidades y actitudes del grupo.

Según el grupo se amplía y conoce en mayor profundidad las enseñanzas, las informaciones recibidas del plano espiritual, su compromiso crece. Se fijan normas, actividades, trabajos que contribuyen a la difusión de esos conocimientos. Así, en el ejercicio de esa función, los componentes van creciendo espiritualmente, tal como promulgan dichas enseñanzas.

El conocimiento espiritual inculca que el objetivo de la vida humana es el progreso espiritual; que el hombre encara una serie de experiencias que le ayudarán a conocerse mejor, a desarrollar valores que subyacen en su espíritu. En paralelo, el individuo asume un cuerpo físico −diremos que encarna− para expiar las faltas cometidas en vidas anteriores, y hacerlo a través del aprendizaje, nunca a través del castigo, pues las leyes divinas, las leyes que rigen los destinos de las humanidades en el vasto universo, buscan el aprendizaje, no el castigo; buscan probar los valores morales de ese ente evolutivo que es el ser humano.

Los conocimientos ofrecidos por el plano espiritual muestran que el ser humano es, primordialmente, un ente social; un ente capacitado y destinado a convivir con sus iguales. Necesita aprender de ellos para superar los obstáculos y objetivos que depara la Providencia. Así, los grupos espiritas deben potenciar los valores internos del individuo, convertir en realidad ese postulado que dice “la unión hace la fuerza”. Al estar comprometidos, unidos bajo el mismo ideal, surgen las iniciativas, las actividades; se crea un objetivo de trabajo en común que justifica el grupo, que le da sentido, que colabora a que cada miembro aporte su ayuda. En esa apreciable labor, el individuo adquiriere mayores conocimientos sobre sí mismo, progresa más rápidamente, individual y colectivamente.

El espiritismo postula que todos los hombres son hermanos, que todos provienen de la misma fuente creadora, Dios, y que, en muchos casos, esos hombres encarnan, ligados a ciertas personas que de una forma u otra necesitan pulir antiguas asperezas de vidas anteriores. También para desarrollar el amor, la amistad, la lealtad, las cualidades de la interrelación con los semejantes. Es bastante normal, por no decir habitual, que ciertas personas renazcan juntas buscando pulir las rencillas de vidas anteriores, también con la misión de progresar juntos.

Así pues, la formación de grupos espíritas debe conducir, inexcusablemente, a fortalecer los antiguos vínculos, a facilitar, en paralelo, la superación de las viejas desavenencias, de las malas acciones realizadas contra quienes en el pasado no aceptamos, a quienes fuimos incapaces de tolerar. Los grupos espiritas son, por definición, una cátedra, un lugar donde el ser espiritual encarnado viene a reencontrarse con sus espíritus afines; también con los menos afines, aunque siempre en la confianza de que el trabajo en común concluirá, indefectiblemente, en una mejora de su relación. En cualquier caso, ese trabajo en común ayudará a cumplir los compromisos pactados en el plano espiritual.

Podemos decir que, al igual que la familia material, los grupos espiritas conllevan un vínculo tan poderoso entre sus miembros que, de cumplirse los compromisos diseñados en el plano espiritual, representará un enorme salto evolutivo. Pues, en la medida que el individuo cumple sus compromisos, su espíritu se fortalece, alcanza mayor percepción del universo que le rodea, consigue dejar a un lado las falencias que le impedían evolucionar, que le impedían crecer espiritualmente.

Son muchas las vidas perdidas, el tiempo perdido, las vidas de bloqueo espiritual, existencias derrotadas por el egoísmo, el orgullo, la comodidad y la pereza… por tantas y tantas actitudes erróneas empujadas por la naturaleza animal, los bajos instintos, las carencias evolutivas.

Por tanto, el grupo espírita cumple una misión doble: por un lado, facilitar conocimientos, formación, explicar el para qué y el porqué de la vida física. En paralelo, propiciar determinados trabajos y compromisos que ayudarán, de modo eficaz, a que los individuos se conozcan mejor, a la activación de sus capacidades íntimas, a la colaboración con el plano espiritual, a trabajar en pos del bien común. Trabajo que no solo busca divulgar, también llevar a la práctica todos aquellos conocimientos y enseñanzas recibidas de los planos superiores.

No exagero si digo que muchos de nosotros, los miembros de un grupo espirita, lo somos porque lo hemos solicitado expresamente, consecuencia de la carga de deudas y falencias morales de un materialismo soez; materialismo que bloquea espiritualmente. Así, participando de un grupo espírita, ese miembro puede conocer las razones de su existencia, el para qué, el porqué, el aquí, el ahora, sus necesidades de progreso.

Y que ningún miembro de un grupo espirita crea ser mejor que el resto de mortales; es justo al revés. Lo mismo sucede con muchos médiums, que necesitan ejercitar sus facultades buscando saldar las deudas contraídas con la ley de la evolución.

Un grupo espírita no es solo una agrupación de personas afines, compartiendo un ideal común; es también una agrupación de espíritus dispuestos a comprometerse, a respetarse, a tolerarse, a comprenderse, amarse. A renglón seguido, quiero traer a colación la frase del Divino Maestro, el legado de ese gran avatar, el gobernador planetario, Jesús de Nazareth: “A mis discípulos se les reconocerá porque se aman”.

Incumplir tal premisa habrá representado una labor ciertamente hipócrita, meras apariencias. Si el miembro de un grupo espírita se reserva, antepone su egoísmo, sus preferencias, hace cuanto le apetece, obvia la amistad sincera, la amistad real… poco o nada habrá conseguido, no obstante las apariencias.

Trabajar en pos de un ideal es siempre legítimo, positivo. No obstante, esto debe hacerse con sentimiento, con amor, consolidando un equipo de almas unidas por un ideal, una meta común, por la amistad, por el cariño, por los verdaderos nexos de unión que garantizan el éxito, el progreso en común.

Un grupo espirita habría de convertirse en una agrupación de almas afines, empáticas; almas motivadas por un ideal: la enseñanza de los espíritus superiores, la doctrina espírita; la doctrina donde todos sus componentes se abrazan al ideal común. Atrás deben quedar protagonismos, la feria de las vanidades, todas las falencias del carácter humano. Falencias que conducen a sojuzgar, criticar, crear falsos crisoles… “y quien esté libre de pecado, lance la primera piedra”.

La idea, la filosofía espírita ha podido agrupar a determinadas personas frente a un ideal común, atraer a sus componentes, formar una asociación. No obstante, solo la amistad, la lealtad, la humildad, el deseo de progreso conseguirán que el grupo se convierta en un equipo conjuntado, fuerte, unido. Entonces, solo entonces, surgirán de manera natural las ideas, los objetivos comunes; se conseguirá que todo miembro aporte sus valores personales, sus cualidades, su contribución al engrandecimiento general. Entonces, solo entonces, el ideal transmitido por las esferas superiores se consolidará en las mentes y corazones de todas las personas que esperan dichos conocimientos, la clarificación de ideas, la ayuda que esperan desde hace tiempo… sin saberlo.

¿Que es un grupo espírita? por: Fermín Hernández

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

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Todas las sociedades espíritas serias deben tender a cumplir con su objetivo providencial, agrupando, alrededor suyo, a los hombres que estén animados de los mismos sentimientos. Entonces, entre ellas existirá unión, simpatía y fraternidad, en lugar de un vano y pueril antagonismo, nacido del amor propio, fundado, más en las palabras que en los hechos. Entonces serán fuertes y poderosas, porque se apoyarán en una base inquebrantable: el bien de todos.

(Allan Kardec, El libro de los médiums, artículo 350).

LOS GRUPOS ESPÍRITAS

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Los grupos espíritas

Los grupos espíritas

…. Por nuestra parte, observamos con satisfacción vuestras actividades, y os ayudamos, pero a condición de que vosotros nos secundéis y os mostréis a la altura de la misión que habéis sido llamados a desempeñar. Así pues, formad un haz y seréis fuertes, y los Espíritus malos no os dominarán. Dios ama a los simples de espíritu, lo que no significa a los tontos, sino aquellos que renuncian a sí mismos y se encaminan hacia Él sin orgullo. Podéis convertiros en un foco de luz para la humanidad. Sabed pues diferenciar la cizaña del trigo. Sembrad sólo el buen grano y evitad esparcir la cizaña. De lo contrario, ésta impedirá que el grano germine y seréis responsables del mal que resulte de todo ello. Del mismo modo, seréis responsables de las doctrinas perjudiciales que acaso propaguéis….

San Agustín, XVI, sobre las sociedades espíritas, extraído del “Libro de los Médiums”.

Encaramos, en este mes de enero de 2021, una nueva sección denominada “Los Grupos Espíritas”. Por tal razón hemos incluido esta sencilla e importante aclaración dónde, los espíritus guías, protagonistas de la codificación, vertían estos sabios consejos dirigidos a los grupos espíritas que empezaban a proliferar. Y dado que no se ha escrito demasiado sobre cómo debe ser un grupo espírita, su estructura, funciones, actividades, responsabilidades, etc.,  dedicaremos esta nueva sección a contribuir con nuestro granito de arena, de la experiencia acumulada a lo largo de algo más de 40 años. Lo haremos con detenimiento, delicadeza y seriedad, a fin de que sea un soporte más para los grupos neófitos y también a los ya consolidados, pues todos  debemos aprender y evolucionar. Diré que el estatismo es el gran enemigo del progreso.

No obstante y, en lo relativo a la mediumnidad, ésta sí se ha abordado de manera amplia y sustancial por diferentes autores a lo largo de numerosas décadas. Trataré de aportar ideas que ayuden en la constitución de nuevos grupos que deseen entablar un contacto continuo, serio y formal con la parte espiritual, y que les permita perdurar en el tiempo, siendo fieles a la labor espírita.

Ha quedado patente, como digo, que algunos grupos, en general, llevan su escuela y su procedimiento, de ahí el dicho  “cada maestrillo tiene su librillo”. También, que posiblemente hayan faltado unas directrices comunes y unas reglas generales. Reglas necesarias, por otro lado, a todos los grupos, para encauzar, así, su labor. Se trata de una misión de gran responsabilidad: el intercambio mediúmnico.

Con certeza, surgirán infinidad de dudas:

¿Qué es un grupo espirita?

¿Quién puede componerlo, es decir, formar parte de él?

¿Qué actividad puede o debe realizarse en un grupo espírita enfocado al intercambio mediúmnico?

¿Cuál debe ser la estructura de dicho grupo?

¿Si el grupo debe tener un líder?

¿Se puede considerar al grupo espírita como un instrumento de aprendizaje?

¿Todos los grupos deben ser iguales?

¿Cuál debería ser el trabajo y compromiso más importante del grupo?

¿Tienen los grupos, en términos generales, una misión específica?

¿Y los espíritas, cuál, en particular?

¿Cuáles deberían ser los temas de estudio?

¿Qué diferencia un grupo de un equipo?

¿Es casualidad que los integrantes sean componentes de un grupo espírita?

¿Y cuál es su responsabilidad?

¿Es obligatorio realizar prácticas mediúmnicas?

¿Cómo debe tratarse a los médiums?

¿Tienen, éstos, algún privilegio especial?

¿Se diferencian del resto de componentes?

Éstos y muchos más asuntos serán analizados y tratados, con rigor y seriedad, para aclarar cualquier duda y, para que las respuestas sirvan de aporte al vasto mundo del intercambio mediúmnico; intercambio entre los planos físico y espiritual.

Según afirmaba San Agustín, los componentes de los diversos grupos espíritas están más que advertidos por los colaboradores del plano astral. Ellos observan las actividades, colaboran, siempre que los encarnados pongan su parte, la parte que les corresponde.

Con certeza, ellos ejecutarán, con esmero, su callada labor. Solo resta la parte más difícil, la más comprometida; la colaboración del plano físico, los encarnados, los componentes del grupo mediúmnico. Y ese trabajo únicamente puede realizarlo el equipo encarnado. Ellos no van ciegos, con los ojos velados; algo que sí sucede con los vulgares mortales. Ellos trabajan en equipo, perfectamente sincronizados. El trabajo que compete a los encarnados, al equipo humano, únicamente puede realizarlo ese equipo humano y, hacerlo siguiendo las pautas diseñadas por el mismo equipo humano; eso sí, respaldado por las veladas intuiciones del equipo espiritual que, en modo alguno, interferirá en las decisiones y actuaciones. Ellos ayudan, colaboran, aunque el trabajo compete al equipo encarnado.

 ¡Ya no temáis! Las lenguas de fuego están sobre vuestras cabezas. ¡Auténticos adeptos del espiritismo, sois los elegidos de Dios! Id y predicad la palabra divina. Ha llegado la hora en que debéis sacrificar, para su propagación, vuestras costumbres, vuestro trabajo y vuestras actividades fútiles. Id y predicad: los espíritus de lo Alto están con vosotros… Extraído del “El Evangelio según el Espiritismo”, cap. XX, Los obreros de la última hora – Misión de los espíritas.

En mi humilde opinión, estas palabras continúan vigentes, vivas y, mientras este planeta siga siendo un “Mundo de Expiación y Prueba”, los grupos espíritas están obligados a atender ese gran compromiso. Se trata de un compromiso asumido antes de encarnar. Y el progreso espiritual de los componentes del grupo mediúmnico está condicionado al buen fin de esa misión; aunque sin olvidar que, en muchas ocasiones, se predica más con el ejemplo que con la palabra. De ahí el compromiso de divulgar. Y éste y no otro es el gran compromiso de los espíritas para con el resto de la humanidad.

Existe infinidad de grupos esparcidos a lo largo del planeta. Cada país tiene su propia idiosincrasia, sus características, sus necesidades. Y los grupos ubicados en determinados países tienen que adaptarse, necesariamente, al espacio vital que les rodea. Cada continente, cada país, cada región, cada zona tiene sus peculiaridades, los recursos particulares que los demás no tienen. No obstante, espiritismo solo hay uno, el que nace de los comunicados al insigne colaborador, Allan Kardec, de parte de los estamentos espirituales superiores y, donde, a través de la codificación espírita, aglutinó sus conocimientos y recomendaciones.

Resumiendo, no confundamos a las personas de buena voluntad usando criterios distintos o alterando las verdades facilitadas por los planos superiores. Espiritismo, enseñanza espirita, solo existe una. Podrán existir grupos compuestos por dos, tres, seis, incluso por cientos de miembros. En cualquier caso, lo importante no es su cantidad, y sí las cualidades que les adornan.

También existen grupos que reparten las tareas según la capacitación de sus miembros; algo que resulta, además, conveniente. Y existen, también, grupos que llevan a cabo infinidad de tareas, mientras que otros, al contrario, apenas las tienen. Existen, sin duda, infinidad de matices en tales agrupamientos, aunque lo relevante, en todo caso, es que, a pesar de las diferencias, “la causa que debe enfocarse y por la que trabajar es siempre la misma”

También debe existir una colaboración inter-grupos, para que, mediante esa colaboración, unos no perjudiquen la labor de los demás. Únicamente la vanidad, el orgullo y los defectos podrán alterar su funcionamiento, crear divergencias que perjudiquen su misión.

No obstante y, tal como indica el mediador con el plano espiritual, Allan Kardec, quienes trabajen más por sus semejantes; aquellos que además son humildes en su comportamiento, esos serán quienes atenderán sus compromisos mejor.

«Además, en caso de existir alguna competencia entre ellas, ese desacuerdo será, únicamente, para averiguar cuál es capaz de llevar a término la mayor suma de bien. Las que pretendan ser dueñas exclusivas de la verdad tendrán que probarlo, adoptando esta divisa: amor y caridad, la divisa del verdadero espírita». Extraído delLibro de los Médiums” capítulo: Rivalidad entre las Sociedades.

Un grupo podrá hacer cuanto desee, siempre dentro de sus limitaciones y, en tanto impere, en sus miembros, el sentimiento de amistad y fraternidad, la buena voluntad y el ansia de progreso. Sin estas premisas, el grupo difícilmente podrá crecer; ya que su integridad, su unión −cualidades por otra parte necesarias−, resultarán, también, imprescindibles para que los grupos puedan prosperar, y que, en la medida que transcurra el tiempo, asuman sus compromisos y responsabilidades. También que, llegado el momento, esas cualidades puedan transmitirse a los miembros más jóvenes del grupo que, con el tiempo, irán incorporándose. Sería una verdadera lástima que esta circunstancia no se produjese, y que los grupos se extinguiesen por falta de delegación y relevo generacional.

Así pues, repasaremos y profundizaremos la parte final de ese magistral libro “El Libro de los Médiums”, donde el intermediario de los planos superiores, Allan Kardec, examina y aclara multitud de dudas. Aquí y ahora, nos comprometemos a llevar a término dicho estudio; y hacerlo con buen ánimo, responsabilidad y el respeto que merecen las instituciones espíritas y su desinteresada labor.

Los grupos espíritas por:Fermín Hernández

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

 

BIENESTAR Y FELICIDAD

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Bienestar y felicidad

Bienestar y felicidad

Entiendo que no debe confundirse el término bienestar con el de felicidad, pues se trata de  conceptos diferentes. A lo largo de este artículo buscaré establecer diferencias palpables entre uno y otro concepto. Yo diría, básicamente, que el bienestar encara aspectos materiales de la existencia, mientras que la felicidad incide, en mayor medida, en los aspectos espirituales.

El bienestar implica, entre otras opciones: vivir en un país desarrollado, tener una aceptable situación económica, un buen trabajo, un hogar bien equipado, vehículo, vacaciones, alguna que otra salida con amigos o conocidos y un adecuado servicio sanitario.

Y aunque estos condicionantes por sí mismos no implican, intrínsecamente, que se pueda alcanzar ese punto de felicidad, lo cierto es que el bienestar íntimo no puede comprarse, y que tampoco depende de una elección personal. Influyen determinadas circunstancias, un cúmulo de factores que el hombre no puede controlar.

El ser humano, a lo largo de la historia, ha demostrado ser un ente gregario; depender de otras personas, necesitar ligarse con otros individuos a quienes se supedita. Citaré el ejemplo de la amistad, especialmente entre niños y jóvenes, los cuales, cuando se encuentran sin amigos, se sienten melancólicos, tristes, les falta algo esencial. Fijémonos hasta dónde llega tal sentimiento, que ellos valoran más su relación de amistad que los adultos las cosas materiales. Necesitan pertenecer a un grupo, compartir juegos, deporte, entretenimiento o paseos. Y si les falta ese amigo o no consiguen adscribirse a un círculo de ellos, se sienten vacíos, infelices; añoran compartir vivencias, ilusiones, anhelos; se sienten discriminados.

En la medida que el ser humano desarrolla su carácter, forja su personalidad, soporta mejor la soledad, se hace más fuerte. Puede incluso habituarse a ella, ya que los bienes materiales ayudan a suplir, aun parcialmente, las carencias de la vida en sociedad.

No obstante, quienes consiguen mantener a lo largo de su vida relaciones de amistad y familia, se sienten más arropados, protegidos; sienten formar parte de algo insustituible que no cambiarían por nada. Estas relaciones hacen que el individuo se sienta más dichoso, satisfecho, y que necesite, en menor medida, el disfrute de las cosas materiales, de bienes que en el fondo ni necesita ni echa en falta.

La pérdida de una amistad infantil o la ruptura con algún familiar a causa de un imprevisto llega a romper la salud del individuo y socavar su capacidad de relación. Incide también y, especialmente, en los principios que sustentan dicha amistad, al modificar las bases que la soporta y traducirlas en infelicidad.

Disponer de una economía saneada, utilizarla convenientemente, acceder a bienes materiales; todo ello suele generar seguridad y bienestar, incluso momentos de felicidad si se comparte con seres queridos. Aunque eso representa, únicamente, instantes sutiles de felicidad. Momentos fugaces, quizás los únicos que se puede conseguir, pues la felicidad continua y plena es una utopía en la fase actual de la experiencia humana.

La búsqueda de la felicidad es un recurso extraordinario capaz de poner en jaque las energías del individuo y llevarle a estudiar sus objetivos y metas, con lo que su progreso sería mucho más difícil; opciones sin las que se encontraría bloqueado, paralizado. Por otro lado, el hecho de sentirse querido, valorado, o confiar en el círculo familiar −también en las amistades− le proporciona gran estabilidad y seguridad ante las dificultades. Y tal seguridad le lleva a desestimar caprichos y lujos; veleidades que muchas personas sustituyen por la amistad y el afecto.

El ser humano ha sobrevivido gracias a pertenecer a una especie de “tribu”, un conglomerado social y humano del que forma parte y al que se siente vinculado. No obstante, y pese a las tecnologías, sigue necesitando a sus iguales. Pondré un ejemplo: Un niño −salvo que sufra una ludopatía severa−, cuando es reclamado por su círculo de amigos, dejará todo cuanto esté realizando para atender a ese llamado. Resulta evidente: necesita sentirse valorado por los componentes de su tribu, de su grupo social.

Y en el caso de la vida en pareja, de producirse una ruptura sentimental, ambos pueden experimentar el −posiblemente− mayor fracaso de su vida. Situación que no superarán hasta encontrar su −nueva− media naranja. Igual sucede con las relaciones sociales, en especial al manifestarse ante los iguales. Ese sentimiento de confianza genera plenitud, felicidad interior; nada comparable al producido por los placeres y bienes materiales.

La felicidad percibida esas veces en las que hemos triunfado con un amigo, con nuestra pareja, en los estudios, en el trabajo, en la familia, no se puede comparar con nada, y además es  inexplicable aquello que sentimos por dentro. Diré incluso que los bienes materiales, en su justa medida, no deben despreciarse. Lamentablemente, no todas las personas llegan a disfrutarlos en igual medida, consecuencia de las desigualdades humanas.

Observamos que surgen, también, algunas tendencias basadas en la tecnología que pretenden sustituir las relaciones sociales, las relaciones humanas. Sucede que se da más relevancia al contacto tecnológico que al contacto humano, personal. Sin embargo, observamos también una vuelta a la naturaleza, a la vida en núcleos humanos reducidos; lugares donde se respira y vive mejor; lugares donde se comparten experiencias y donde las enfermedades sociales desaparecen como por arte de magia. Hablo de presiones de todo tipo, estrés, fobias, angustias ante los compromisos de pago, miedo a perder el trabajo, etc. Observamos así que ciertas personas abandonan su medio de vida en busca de otro más natural, más acorde a sus anhelos íntimos.

A causa de la gran ignorancia del ser humano sobre su yo interior, es decir, sobre sus potencialidades íntimas, termina confundiendo bienestar con felicidad. Dedica más y más tiempo a buscar la felicidad: adornar su vivienda, equiparla más y mejor, hacerla más atractiva, incluso deseable al resto de personas. Vemos como el ser humano solapa cuanto le falta en la intimidad. Y qué duda cabe que al hacerlo se equivoca de manera supina.

La sociedad actual −fruto del desequilibrio y las desigualdades− se muestra más individualista, menos gregaria; defiende los valores individuales y desprecia los comunitarios. Olvida su tribu, el grupo sin el cual sería incapaz de subsistir. Sucede que el ser humano nunca podrá sustituir los valores sociales por los materiales.

Dedica excesivo tiempo y esfuerzo a conseguir bienes materiales, a intentar vivir lo más cómodamente posible, “sin que falte de nada”. No obstante, sigue adoleciendo de lo esencial, de lo más importante, la armonía de vivir con una conciencia tranquila; con la sensación de trascender, de cuidar el yo espiritual, la entidad que encarna para evolucionar.

Así que yo recomiendo: Mejor dediquémonos a adornar el espíritu de esas cualidades que alberga rudimentariamente, y cuidemos también la armonía con el Creador y con la Naturaleza. Porque cuidando la felicidad ajena haremos que este sea un mundo mejor, un mundo solidario y feliz.

En la medida que el hombre desarrolla su parte espiritual, se conecta en mayor medida a la fuente de luz y amor que es el Padre Universal. Comienza, de ese modo, a sentirse dichoso; le es posible captar ya, aunque de modo diferente, el universo que le rodea. Las cosas materiales pierden su valor y estatus original. Entonces, el ser humano, el ente evolutivo, comienza a percibir el sentido, la razón de ser de su vida física en la materia; a conocer de dónde viene, cuál es la razón de su existencia y hacia dónde se dirige.

El individualismo lleva a la comodidad, a no presentar cuentas a nadie; el individuo hace lo que desea –no importa quien diga y piense lo contrario−; desaparece la necesidad de ponderar o discutir con nadie. Pero ¿cómo saber si se equivoca? Por ello, yo pregunto: ¿No será mejor debatir las cosas en grupo que hacer valer la opinión propia, equivocada o no?

¿De qué sirven ciudades cada vez mayores y más modernas? ¿De qué sirve tanta tecnología si el hombre es incapaz de convivir con sus semejantes? La felicidad es algo que llega, quizás, sin buscarlo; es la consecuencia de abrir el corazón a la vida, de expresar las potencialidades individuales, libre y responsablemente; de mostrar el fruto de un trabajo bien realizado a lo largo de siglos.

Todos sabéis que un momento de felicidad exige enorme trabajo. Es el caso del virtuoso, con sus inacabables horas de práctica y estudio para lograr la perfección que busca. La excelencia implica enormes dosis de sudor cuando se quiere la perfección.

Laurie Santos, una de las mayores expertas y más conocida en psicología positiva y en la búsqueda de la felicidad, describe 5 pautas necesarias para el desarrollo de la felicidad en el ser humano, que son el fruto de sus investigaciones, entrevistas e infinidad de estudios y estadísticas con base científica; son las siguientes:

1/ Ser agradecido.

2/ Centrarnos en los demás y dejar de ser tan egoístas.

3/ Socializar. Las personas más felices pasan mucho tiempo con otros.

4/ Pensar más en los demás, en transmitir y desear el bien ajeno.

5/ Hacer buenas acciones.

Como vemos, son pautas de conducta nada nuevas, que se hallan en los principios y postulados de las grandes religiones y filosofías; no obstante, tienen que venir estos estudios de expertos para descubrirnos lo que ya sabemos.

Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

  1. La vida social, ¿está en la naturaleza?  –Sin ninguna duda. Dios ha hecho al hombre para vivir en sociedad. No en vano lo ha dotado del habla y de las demás facultades necesarias para la vida de relación”. L. E., Allan Kardec.

LA LEALTAD, UN VALOR A RESCATAR

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La lealtad, un valor a rescatar

La lealtad, un valor a rescatar

¿Qué es Lealtad?

Así responde la R.A.E.:

  • Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor.
  • Amor y fidelidad que muestran a su dueño ciertos animales como el perro y el caballo.
  • Legalidad, verdad, realidad.

Entendemos como lealtad la capacidad de vínculo y compromiso de toda persona o animal. Implica, también un sentimiento de respeto y fidelidad hacia determinada persona, institución o principio moral. Este vocablo proviene de término latino fidelitas.

Con su uso emergen ciertas reminiscencias, una añoranza de tiempos pasados. Entonces, la fidelitas comprometida, la palabra jurada, el honor creaban vínculos sagrados. Y tales compromisos solían ir destinados a estamentos superiores: reyes, señores feudales, la propia Iglesia. Esta fidelidad tenía un valor incalculable, muy superior al dinero, e incluso a los vínculos de sangre. Hoy, con la perspectiva del tiempo, podemos afirmar con rotundidad que esta rara virtud ha desaparecido en la práctica.

En la definición primera de la RAE observamos que esa fidelitas es una cualidad determinante en algunos animales, como el caballo y el perro, y que, adecuadamente entrenados, la devuelven quintuplicada. De ahí la insistencia en las ventajas de una formación equilibrada, tanto en personas como en animales, para que esa rara virtud, la lealtad, encauce el carácter del individuo.

En la época que nos ha tocado vivir reina el dios “dinero”. Todo queda supeditado al valor monetario. Cualquier fidelidad, de existir, se reserva para la empresa que paga la nómina. Y de existir una oferta mejor, la fidelitas cambia de lugar; poco importan los desvelos de la empresa que apostó inicialmente por determinada persona.

Ejemplos: El mundo del deporte; en él priman los intereses económicos disfrazados de clubes famosos, donde los deportistas muestran una fidelidad extrema… hasta que aparece una oferta mejor, más sustanciosa.

No obstante, aún quedan excepciones, y en ciertos países de “rancias” tradiciones, tradiciones antiguas, se premia esa rara virtud que es la lealtad, la fidelitas.

Tal y como define el enunciado, el enfoque hacia el compromiso, hacia la fidelidad, hacia el vínculo, es un valor que adorna el carácter de las personas que se fijan −voluntariamente− la meta de atender sus compromisos de fidelidad y lealtad hacia ciertos valores o personas; por ejemplo, compartir un ideal, haciéndolo además  desde la más profunda convicción.

Este sentimiento adorna también a las personas de carácter noble que desprecian los intereses personales y que se inclinan −reflexivamente− hacia un ideal mayor, hacia un compromiso fijado de manera libre, voluntaria y responsable.

Y esa fidelitas −esa lealtad− exige sacrificio, renuncia, esfuerzo, trabajo honrado, generosidad y compromiso. En la práctica, grandes condicionantes en la vida del ser humano. Es una entrega que requiere gran fuerza de voluntad, por sus innumerables dificultades y retos.

Y la vemos en forma de promesa: promesa a un amigo, en la palabra dada, ayuda, acuerdo entre caballeros. Y ese compromiso no debe olvidarse ni incumplirse, ya que pone en entredicho la propia honradez, la sinceridad. Faltar a ese compromiso implicaría falta de seriedad, compromiso o palabra.

La fidelitas se traduce, de hecho, en una vigilancia constante de las propias actuaciones, ya que podrían surgir impedimentos, o incluso llegarse a incumplir los pactos comprometidos. Por tanto, el individuo responsable tiene la obligación de encontrar métodos que le ayuden a llevar adelante sus acuerdos, sus compromisos, y hacerlo con independencia de los problemas, dificultades, tormentas o nubarrones que puedan surgir, pues el compromiso pactado, aquel que por su valor se considera sagrado, debe ser atendido en todo momento.

En el diccionario de la RAE existe otro precioso vocablo −de enorme relevancia−, cual es la palabra “desvivirse”. Palabra que dicho estamento define como: “Mostrar un interés vivo e incesante. Solicitud o amor por alguien o algo”. En este caso concreto, atender el vínculo de lealtad, fidelidad y compromiso.

Existen también otros valores que ayudan a impulsar los ideales. Estos son: la ilusión, el buen talante y la fuerza de voluntad. Cualidades estas que ayudan a forjar la personalidad del individuo y que redundan, a la par, en la conversión de ese individuo en una persona de carácter recto y firme; una persona que no se deja influir por pensamientos y sentimientos; por sensaciones que inciden negativamente sobre él: la comodidad, la pereza y la falta de coraje para mantener los vínculos comprometidos.

Vemos así que el compromiso de lealtad, de fidelitas, conlleva enormes sacrificios… durante una existencia o muchas.

Y yo pregunto:

¿Acaso no es este el camino del progreso espiritual?

¿Experimentar una o más existencias de nobles sentimientos, afrontando dificultades y retos firme, resolutivamente?

¿No es este, acaso, el camino transformador del espíritu?

¿El camino que le hace afrontar, con expectativas de acierto, las nuevas encarnaciones?

¿El camino que le permite avanzar en el tiempo y el espacio?

La fidelidad actúa sobre la constancia, y esta sobre la voluntad. Se trata de virtudes que, junto con el amor hacia una causa noble, la propia autoestima y un carácter firme y tenaz, llevan al camino de la justicia. Y lo hacen siempre desde el más íntimo convencimiento.

La falta de constancia incapacita al individuo para llevar adelante empresas arduas, las debilita, las deja ociosas, dispersas, mal usadas y carentes de objetivos. (Jaime Balmes)

El control de las emociones, de los miedos, de las debilidades y de las inseguridades ponen a prueba, cotidianamente, la voluntad del hombre. De ahí la necesidad de fortalecer esa voluntad y bloquear su dispersión.

Cada individuo se debe a una causa mayor, a un objetivo último. Cada persona forma parte de un todo superior. Por ello, todo hombre debe ser consciente, luchar con todas sus fuerzas para no perderse en el camino. Así, yo recomiendo: “Desvivámonos cuanto sea necesario, controlemos la propia existencia y encaremos fijamente el puerto en que deseamos recalar”.

¿Dónde habrían llegado personajes como Gandhi, la madre Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer, por citar algunos, sin la voluntad y firme convicción en su destino? Y no digamos del mayor avatar de este planeta, Jesús de Nazareth. O incluso el intermediario de los genios tutelares, Hippolyte Léon Denizard Rivail, más conocido como Allan Kardec.

En este último caso −el de Allan Kardec−, los espíritus protectores, los genios tutelares, ya le advirtieron de la misión que tenía encomendada; más especialmente sobre las dificultades, sacrificios y renuncias que habría de afrontar, los enemigos que se granjearía y la incomprensión generalizada que le esperaba. También sobre el hecho de que esta conjunción de calamidades acortaría su horizonte de vida. No obstante, pudo contemplar, en paralelo, el premio que le aguardaba tras su labor.

Nosotros, vulgares mortales, en función del adelanto conseguido, arrastramos también una enorme responsabilidad. Debemos evolucionar, y hacerlo intelectual y moralmente… Y, por descontado, contamos con herramientas para hacerlo. Somos los trabajadores de la hora postrera, los trabajadores de la última hora; la hora de la transición a un mundo superior, un mundo mejor, más evolucionado. No obstante, las calamidades, los sufrimientos, no pueden obviarse, el peaje es obligatorio. Todo avance conlleva sacrificios, penalidades, sufrimientos y pruebas. Nada es gratuito en la búsqueda de la perfección.  Por tanto, nada de esperar vidas fáciles, el trabajo espera… espera siempre, trabajo, más trabajo. Es el único camino. Y cada cual habrá de hacerlo con las cartas que el destino le ofrece.

De nada sirven las justificaciones, las excusas. La fidelitas, la lealtad, lleva implícita, como digo, la superación de barreras y obstáculos. Son tropiezos que surgirán indefectiblemente, que aparecerán buscando poner a prueba los principios morales, la honestidad, la voluntad y la autoestima. Sin objetivos, sin metas, poco avance evolutivo se podrá conseguir.

Fidelidad y lealtad son virtudes que nacen de lo más profundo del alma. Son sentimientos imposibles de explicar, pero que tienen mucho que ver con la fe en el Supremo Hacedor y el desarrollo evolutivo alcanzado por todo individuo durante eones de renuncias y sacrificios. Su fuerza pone a caminar al simio y lo transforma en ángel, le impele a buscar la Justicia Universal y el Amor que todo sublima.

Este objetivo se muestra inalcanzable para los individuos cuyos proyectos de futuro se centran únicamente en lo material, en el ansia de poseer bienes que el agua corroe y el viento arrastra. Son personas egoístas, envidiosas, vanidosas, que en nada creen y que son incapaces de compartir −siquiera migajas−. Esas personas difícilmente conocerán el valor de la lealtad, de la fidelitas; su único Dios es la auto-satisfacción egoísta.

Merced a la lealtad, la fidelitas, se establecen vínculos más sólidos, más fuertes, entre quienes comparten los mismos proyectos de futuro. Con semejantes pruebas, los individuos consiguen testar sus imperfecciones, sus limitaciones, sus intenciones. Es justo en ese momento cuando salen a la luz los principios morales y la fidelidad a una idea. Diré −siempre− que la lealtad engarza con el amor, y este con la entrega desinteresada. Es un engranaje −dentro del todo− que impele al individuo a mayores retos en el concierto universal.

Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

LA FE MUEVE MONTAÑAS

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La fe mueve montañas

La fe mueve montañas

La fe otorga un tipo de lucidez que permite imaginar, ver con el pensamiento la meta que se quiere alcanzar. También los medios para conseguirlo, de modo que quien la posea, avanza, por así decirlo, con plena seguridad en su senda evolutiva. Sea cual sea el caso, esa fe permite obtener grandes realizaciones.

La fe sólida confía en la perseverancia, la energía y los recursos que permiten vencer los obstáculos. La fe vacilante aporta incertidumbre y duda, de la que se aprovechan los adversarios a quienes debemos combatir. Este tipo de fe no busca los medios para vencer, porque no cree poder hacerlo. (El Evangelio según el Espiritismo, cap. XIX, Alan Kardec).

Viviendo la experiencia de este virus −más conocido como COVID-19− asolando el planeta, es necesario pararse y reflexionar sobre el significado de la fe espiritual en nuestras vidas, la fe razonada que es la que ha venido enseñando el espiritismo. Y este hecho puede demostrar cuánto y cómo puede el ser humano desarrollar semejante fe en su interior. Es un tipo especial de fe, esa fe tan necesaria para las realizaciones, en especial, las espirituales.

El Evangelio narra una experiencia donde los apóstoles no pudieron expulsar un demonio que estaba maltratando a una niña. Así se lo comunicaron al Maestro Jesús, para que Él lo expulsase. Acto seguido, los apóstoles le preguntaron por qué Él sí pudo expulsarlo mientras que ellos no pudieron hacerlo. Jesús les respondió: “Si tuviereis fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a esa montaña ven aquí, y la moveríais”.

Evidentemente, no se trataba de una descripción literal sino de una parábola: el método utilizado por el Rabí de Galilea para comunicar sus ideas y que estas llegasen a todos. Estaba mostrando a las buenas gentes de Judea las implicaciones de una fe razonada, su fuerza, su extraordinario poder. Esa fe, incorporada al acervo de conocimientos espirituales del hombre y unida a un fuerte deseo de  progreso moral, poniendo en práctica la ley del amor, genera la energía que salva todos los obstáculos, todas las pruebas, todos los sacrificios, todas las penurias necesarias para el progreso moral.

¡Cuántas personas dicen tener fe! Una fe que en la práctica no es real, sino producto del conocimiento y la experiencia: de unas cualidades que finalmente hay que poner a prueba. Afortunadamente, el ser humano actual (en general salvo en determinados países y circunstancias particulares) tiene una vida fácil y, consecuentemente, oportunidades para llevar esa vida adelante sin necesidad de una fe arrolladora; de una fe que lleve a la superación de los obstáculos con determinación y coraje; que empuje a la búsqueda de soluciones frente a las arbitrariedades de la vida; de una fe que estimule el progreso espiritual mediante una vida física, una experiencia en la carne.

A los apóstoles de la narración anterior les faltó la convicción de actuar y curar como hacía el Rabí de Galilea. Primitivos y torpes, carecían de la elevación espiritual del Maestro. No obstante, si Jesús les llamó al orden era porque tenían capacidad para realizar ciertos prodigios. Y a quienes redactamos estas líneas, a todos los colaboradores y compañeros, apóstoles del espiritismo, trabajadores de la última hora, puede sucedernos igual… y, quizás en demasiadas ocasiones.

Esas montañas que transporta la fe son, efectivamente, las dificultades y trabas que obstaculizan al ser humano si este no utiliza el pensamiento y la fuerza moral que tiene su principio en la fe.

El conocimiento ayuda a la compresión; a escoger las herramientas necesarias para evolucionar. No obstante, ese conocimiento necesita, imperativamente, de una gran voluntad y fe; instrumentos del alma que, animados por el deseo de bien, de pulir los valores espirituales, el amor, la paciencia, la tolerancia y la caridad, le conducen, indefectiblemente, a la felicidad.

Estas cualidades son necesarias por obtener la seguridad −imprescindible− de la presencia de Dios en nuestras vidas, en nuestra andadura espiritual, en nuestra caminata evolutiva. Cuando una persona se ve animada por el deseo de practicar el bien, por una vida en los valores del espíritu, del amor, de la tolerancia y de la caridad, debe estar preparado para todo tipo de adversidades, sacrificios y sinsabores. Cualquier impedimento, cualquier traba o circunstancia contraproducente le empujarán a echarse atrás. Aparecerán entonces el miedo, la cobardía, las excusas, la comodidad, el orgullo. En resumen, todas las formas de egoísmo que atenazan al ser humano y le impiden rentabilizar las experiencias físicas.

Estas frases no son palabras banales ni falsos argumentos. Os hablo, única y exclusivamente, de leyes espirituales. El hombre, en su andadura evolutiva, jamás camina solo; muy al contrario, camina bien o mal acompañado según sea su inclinación moral; su inclinación hacia el bien o, por el contrario, hacia el mal. Y eso depende, única y exclusivamente, de su propia decisión. Reza el saber popular: “Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

¡Y  nosotros, espíritas, ¿somos realmente conscientes de las implicaciones? ¿Hemos aprendido algo de las enseñanzas del espiritismo, de las recomendaciones de los espíritus superiores?!

Esta pandemia que experimentamos ahora no tiene parangón en el pasado reciente de la humanidad, exceptuando las experiencias colectivas que representaron las guerras mundiales, quizás más horribles que ellas. No obstante las calamidades y sufrimientos, se trata −lamentablemente− de experiencias colectivas necesarias para la evolución del género humano. ¡Aunque ¡nunca olvidemos que el hombre no está solo! Que el Supremo Hacedor ha puesto a su disposición los recursos para rentabilizar la experiencia, y que esta vivencia sea una más en su largo peregrinaje.

Asumiendo que el ser humano es aquello que piensa, y que existen leyes cósmicas fijadas por el Arquitecto Universal para su evolución y progreso moral y espiritual, leyes como la de Vibración y Afinidad que facultan la captación de energías positivas… o negativas −siempre en consonancia con la forma de pensar y actuar del individuo−, tengamos la certeza de que las entidades que rigen los planos superiores van a estar ayudando siempre, acompañándonos. Por descontado, queda en la mano del individuo permanecer estático ¡o no!; quedar paralizado en el confort del hogar, auto-justificarse, aislarse del resto de la sociedad para evitar cualquier tipo de contagio.

Sin embargo, tenemos ejemplos de conocidos que, en tiempos de la dictadura militar −post guerra civil−, tenían prohibidas completamente las reuniones colectivas, so pena de dar con los huesos en la cárcel o arriesgar la vida. A pesar de tales riesgos, muchos de estos grupos continuaron reuniéndose a escondidas, ora en casa de cierta persona, ora en casa de otra. Ellos seguían las directrices de los guías espirituales, que les animaban a continuar su hermandad y aprendizaje. La memoria espírita guarda recuerdos imborrables de dichas experiencias.

Esas personas de buena voluntad esperaban tiempos mejores mientras trabajaban cumpliendo sus compromisos espirituales. ¿Qué habría sucedido entonces de haber paralizado sus actividades durante 40 años; si hubiesen abandonado sus compromisos; en qué medida habrían dañado su experiencia de vida y frenado la siembra que debían ceder a las futuras generaciones? Ellos, al igual que los mártires de la antigua Roma, han dejado una huella indeleble en los anales de la civilización.

Ahora pienso que, al igual que ellos, estamos siendo probados. Por ello, entiendo, debemos actuar con precaución, cautelosamente. Y precaución no implica dejar a un lado los compromisos, abandonar la convivencia, las reuniones, compartir momentos y situaciones con personas afines a las labores espiritas. Evidentemente, no es lo mismo una algarabía tumultuosa, un botellón, que una reunión coherente y cívica, dotada de las medidas de seguridad, precaución y control necesarios. En suma, una reunión dedicada a la ayuda y progreso espiritual.

En cada situación, las intenciones, motivaciones y objetivos son evidentemente distintos. Y la ley de afinidad y vibración, en justa correspondencia, faculta una enorme ayuda espiritual a unos… y, justo lo contrario, a los otros.

Para que esto sea así se debe buscar el modo, el método de llevarlo a cabo. Y ahí está la fe, la fuerza de voluntad y el deseo de progreso. Las autoridades, lógicamente, deben fijar normas, velar por la seguridad ciudadana. Lamentablemente, carecen de conocimiento espiritual, de la sabiduría y la gran ayuda que propicia el mundo espiritual. Y ese mundo superior actúa para que, una vez concluida su labor de ayuda −realizada con la debida cautela−, las personas no tengan que abandonar sus labores, para que nada ni nadie pueda frenar la evolución individual y los compromisos pactados.

Así que, poniendo en práctica aquella frase del Maestro que dice “tenemos que mover montañas”, convenzámonos de que la parte espiritual superior está ahí, preparada para ayudar. Traen un escudo de vibraciones positivas, vibraciones lumínicas que impiden cualquier enfermedad, excepto aquellas que figuran en la ficha kármica de cada persona.

Una reunión espiritual no se realiza entre cuatro paredes vacías. Están, por un lado, los asistentes encarnados, que deben acudir en buenas condiciones morales, libres de toda inclinación y vicios materiales; dispuestos a realizar un trabajo de intercambio con el plano espiritual. Y hacerlo requiere un mínimo de condiciones. Así, y solo así, se puede garantizar un ambiente adecuado. Por otra parte está el equipo espiritual, que procura también una atmósfera espiritual limpia y armónica, dotada de las medidas de protección y seguridad necesarias.

Las personas interesadas por las obras mediúmnicas de muchos escritores, entre ellos Chico Xavier, Divaldo P. Franco, Allan Kardec, ¡cómo no! –por citar algunos−, permiten vislumbrar la dedicación y esmero con que se preparan las reuniones mediúmnicas desde el plano espiritual. Cómo obtienen el ambiente vibratorio que propicia las manifestaciones espirituales. Sus medidas de higiene, desinfección y profilaxis impiden el paso de los parásitos espirituales, de los pensamientos y energías oscuras provenientes de los planos inferiores; todo tipo de injerencia que busque dañar la ejecución de esa importante labor de ayuda. En paralelo, el plano espiritual adecúa, limpia el plano físico de toxinas y virus orgánicos que perjudiquen el buen trabajo de los intervinientes.

No obstante, para conseguir ese “tonus vibratorio” los grupos deben alcanzar unas condiciones mínimas para merecer la ayuda y dedicación de estos equipos de trabajo.

“Si la higuera es estéril, ya sabemos qué le ocurrió” (Cita evangélica).

Por haberlo demostrado las ciencias psíquicas, sabemos además que, cuando las personas están seguras de sí mismas, entusiasmadas, ilusionadas, cuando tienen fe, atraen fuerzas positivas muy poderosas. Se ven rodeadas por energías que impiden la aproximación de pensamientos negativos, que impiden acercarse a las entidades oscurecidas; se crea un escudo protector que las repele. Cuando el ser humano irradia pensamientos luminosos, amorosos; cuando transmite deseos de auto-realización, está atrayendo, entonces, vibraciones de idéntica naturaleza. Vibraciones que conforman un escudo protector que nada ni nadie puede destruir, un escudo que protege y ampara al individuo y su trabajo espiritual.

Y desde ese momento, el individuo contará con la fuerza adecuada, con la confianza que necesita. Entonces las cosas comenzarán a salirle bien. Porque la “Fuente de Vida” le acompaña. Y es que cada chispa divina, cada individuo forma parte de Él. Esta es una de las claves: tener la confianza y seguridad de que Dios nos acompaña, que su fuerza, su poder transmuta el universo entero. Ante Él, la oscuridad, la negatividad, las malas influencias, lo negativo, todo desaparece. Su energía será el compañero de viaje. Únicamente las debilidades propias del ser humano pondrán límite a sus realizaciones.

En caso contrario, el individuo será el foco de la negatividad, de las malas vibraciones, del pesimismo, de las lacras del carácter humano. El hombre se dejará llevar por la rutina, para darse cuenta, finalmente −demasiado tarde−, como aquellos compañeros de Jesús de Nazareth, que carecían de la fe necesaria para completar la tarea.

Evidentemente, los trabajadores de la obra espírita, los trabajadores de la última hora, no pueden flaquear, vacilar ni dudar; dejar pasar una experiencia extraordinaria como la presente. Se impone afrontar la situación con ánimo, buen talante y renovado esfuerzo. No podemos dejar que las vicisitudes cotidianas −alias pandemias− marquen el ritmo de trabajo que se debe hacer. Es el momento de mostrar a la sociedad la actitud de compromiso y el mensaje de consuelo de la filosofía espírita; de dejar a un lado la comodidad, el hastío, la inercia, el inmovilismo. Es momento de sortear todos los obstáculos que la pandemia impone.

Por tanto, trabajadores espíritas, ¡no os quedéis parados! Acecha el peligro de ser estigmatizados bajo el título de: “Hombres de poca fe”.

La fe mueve montañas por: Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad

     

LEY DE VIBRACIÓN Y AFINIDAD: LOS SEMEJANTES SE ATRAEN

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Ley de vibración y afinidad: Los semejantes se atraen

Ley de vibración y afinidad: Los semejantes se atraen

En el conjunto de leyes universales que rigen los principios de la vida física y espiritual existen dos de ellas que están en segundo plano, es decir, no reciben la atención que merecen. Existen otras que reciben mayor atención. Citaré, por ejemplo, la ley de Reencarnación y la ley de Causa y Efecto. No obstante, existe otra Ley cuyo conocimiento puede ayudar a todas las personas en su vida cotidiana, pues se manifiesta en todo momento y repercute en el ser humano de forma significativa.

Me estoy refiriendo a la ley de Vibración y Atracción. El principio de esta ley es francamente sencillo: todo lo que ocupa un lugar en el universo tiene una vibración que le es propia; no existe la inercia, el reposo, todo vibra constantemente, desde los infinitesimales átomos a las partículas, las moléculas, las células; también vibran los planetas y las estrellas. La especie humana, la más evolucionada de este planeta, también posee su vibración, aunque más elevada, más intensa, ya que cada persona, según su grado evolutivo, vibra más o menos positivamente, con su particular nivel vibratorio. Vibran los minerales, vibran las plantas, los animales, el universo entero vibra. Todo es energía, y la materia, o lo que nosotros conocemos como tal, es energía condensada, pura energía. Cada forma de la naturaleza vibra según su estado evolutivo. Esta tesis ya fue confirmada por la matemática y las leyes físicas. Estas ratifican que el ser humano es un emisor-receptor de energías, si bien limitado a las que es capaz de percibir, aquellas que le son afines, que están en sintonía con él.

 En idéntica medida, todo cuanto nace de la mente humana: los pensamientos, las ideas, los sentimientos, las emociones, las palabras, todo cuanto brota de su interior tiene  propia vibración.

Aunque incapaz de percibirlo, el ser humano vive inmerso en un océano de vibraciones. Del mismo modo que los peces viven rodeados por agua sin ser conscientes de ello, también el ser humano vive rodeado de vibraciones de todo tipo. No obstante, limitado por su corta evolución, el ser humano percibe apenas aquellas vibraciones de orden físico que actúan sobre su organismo directamente, sobre su salud, sobre su estabilidad emocional y física. Son las vibraciones sonoras, luminosas y caloríficas.

Como vienen demostrando las leyes que rigen el universo físico, el hombre no se compone únicamente de cuerpo físico; es una trilogía: cuerpo, mente y espíritu. Así, queda expuesto constantemente a las vibraciones de sus tres naturalezas: física, psíquica y espiritual.

En resumen, todo cuanto existe −aun en sus formas más ínfimas− tiene vida propia y, por tanto, vibra, tiene vibración propia, especialmente, el ser humano, en quien vibran sus sentimientos, pensamientos y emociones. El ser humano emite ondas constantemente a través de su mente. Vibran también los trillones de células que lo componen, porque todas tienen vida propia. Tienen la rara peculiaridad de ser sensibles, se afectan por su propia vibración, por su intensidad, bien sean vibraciones elevadas, vibraciones de amor o bajas, como el odio. Diremos que el cuerpo humano percibe el impacto de sus pensamientos, sentimientos y emociones, algo que implica, necesariamente, una alteración del sistema inmunológico central, su equilibrio. Así como también puede percibir los sentimientos y pensamientos que otras personas de nuestro mundo y hermanos del plano espiritual pueden estarle arrojando.

Es un hecho comprobado −sin que la ciencia tenga que demostrarlo− que los sentimientos continuados de rencor, envidia, odio, celos –entre otros− destruyen la armonía íntima, generan un desequilibrio emocional que altera la mente, que induce a estados depresivos que llevan al individuo a la agresividad y a la irritabilidad; a estados que alteran su percepción de la realidad, que le impiden ver cómo son las cosas en realidad. Esta desarmonía íntima les mantiene en una tensión constante, en un enfrentamiento irracional que acaba repercutiendo en el organismo, perjudicando su sistema nervioso y linfático. Finalmente aparece la enfermedad, consecuencia del deterioro generalizado de los diferentes sistemas orgánicos, los cuales sucumben a esas terribles vibraciones.

Es acertado cuando se dice que no hay enfermedades sino enfermos.

Por tanto, el ser humano debe ser consciente de que esas vibraciones repercuten en su organismo. El sentimiento de culpa, los disgustos, la malas decisiones, los malos comportamientos, los malos deseos, los malos sentimientos hacia otras personas afectan, ¡y de qué manera! El propio organismo, haciendo que esos sentimientos negativos vuelvan −cual boomerang− hacia el punto de partida, hacia su origen, que se conviertan en una lacra para la conciencia. Y la conciencia advierte, constantemente, sobre las malas decisiones, sobre el mal camino emprendido. Finalmente afectan al propio organismo, produciendo enfermedades.

«Anda, ve y no peques más”, palabras de ese médico del alma que fue Jesús de Nazareth”

Al ser humano le mueven los deseos, y estos estimulan los pensamientos, las emociones y los sentimientos. La suma de todos ellos conduce a la acción, a actuar en un sentido u otro. A diferencia de los reinos animal, vegetal y mineral, que vibran positivamente, según su especie, el género humano tiene la capacidad de discernir, de comprender; tiene, en suma, libre albedrío. Tiene la libertad para actuar, para experimentar, para generar el bien o el mal, tiene la capacidad de actuar sobre el entorno por su voluntad y por su comprensión del mundo que le rodea. No obstante, la ley le impone sus limitaciones, sembrará libremente aunque recogerá indefectiblemente. Reza un adagio popular: “Aquello que siembres recogerás”.

Mediante sus actos el hombre impregna sus pensamientos, sentimientos y emociones de energía psíquica. De una carga psíquica que irradia directamente sobre su objetivo, que llega hasta él. De ahí la recomendación de mens sana, de unos pensamientos limpios que ayuden al prójimo y que no dañen a los semejantes y evitar los pensamientos, sentimientos y emociones que hieran o desarmonicen al semejante. El ser humano debe aprender a controlar sus actos, sus sentimientos, sus emociones, sus palabras, sus obras; debe procurar no herir o perjudicar a quienes le rodean.

El hombre es incapaz de controlar sus pensamientos, sus acciones, sus sentimientos, así como la vibración que automáticamente generan. Y como reza la ley de causa y efecto, ley de acción y reacción o ley del karma, el ser humano es responsable de sus actos, de sus consecuencias. De ahí la recomendación de extremar la prudencia al tomar decisiones y de emitir y sostener pensamientos y sentimientos de orden inferior que puedan causar daño, porque volverán a nosotros, el origen de donde partieron. De ahí tantos casos de locura y desequilibrios psíquicos y mentales.

Pero la ley de vibración va aún más lejos, abarca también la ley de atracción y repulsión, por la que el igual atrae a igual y el semejante al semejante. Quiero llamar la atención sobre un hecho cotidiano apenas percibido, aunque sí sentido, el sentimiento de rechazo, frialdad o atracción hacia determinadas personas, al cruzarse con ellas o coincidir en cualquier momento o lugar. ¿Cuál puede ser la causa de semejante atracción o repulsión? Es, sencillamente, la ley de afinidad en acción, el igual atrayendo al igual y el contrario rechazando al opuesto. Esa ley viene a dar luz sobre tales sensaciones, las causas de esa atracción o rechazo hacia cierta persona. Explica el disgusto o agrado hacia determinadas compañías.

Este hecho cobra especial relevancia en las relaciones con las personas de nuestro círculo, las personas encarnadas, pero también, y muy especialmente, con las entidades que integran nuestra esfera espiritual; personas que no percibimos ni vemos, pero que indefectiblemente están ahí, a nuestro lado. Y la ley actúa indistintamente sobre encarnados y desencarnados. El ser humano, aunque lo desee, no está aislado del plano espiritual, únicamente es incapaz de percibirlo. Se libran aquellas personas con la capacidad de verlo y sentirlo.

Los planos material y espiritual están perfectamente interpenetrados, mucho más de lo que la limitada comprensión humana puede entender. Las enseñanzas espíritas han traído luz a esas limitaciones. Los espíritus superiores, en su misión de aclarar dudas a los mortales que pueblan el planeta, han dejado incontables premisas y aclaraciones. Entre ellas, y extraído del Libro de los Espíritus, traigo a colación el siguiente texto: “Contiene los principios de la doctrina espírita sobre la inmortalidad del alma, la naturaleza de los espíritus y sus relaciones con los hombres, las leyes morales, la vida presente, la vida futura y el porvenir de la humanidad, según la enseñanza dada por los espíritus superiores con la ayuda de diversos médiums”.

De ahí, reseñaré la siguiente línea: “la naturaleza de los espíritus y sus relaciones con los hombres”, pues aunque despierta cierta curiosidad, cuando se inicia el estudio del espiritismo termina aparcada en el rincón del olvido, al sobreentenderse, como algo natural, que los espíritus estén lejos, apartados. No obstante, la realidad viene a demostrar lo contrario: que están ahí, muy cerca, próximos, que participan de nuestros actos cotidianos.

Sin embargo, analizada y comprendida la ley de vibración y afinidad, quiero recalcar la importancia que tiene para el género humano mantenerse en armonía con las leyes morales, resguardarse, ampararse en la ayuda de los espíritus superiores, de los ángeles cautelares, vibrando siempre en amor hacia el género humano, ayudando constantemente a todos los seres que buscan el bien.

Conviene saber que existe una enorme cantidad de seres rebeldes en el plano espiritual, entidades contrarias a la evolución y el bien generalizado. Su objetivo único es perjudicar, dañar, entorpecer el trabajo de aquellas personas comprometidas en las labores espirituales o que desarrollan labores humanitarias, labores de apoyo fraternal. ¡Influyen, y de qué modo! Nunca ha de olvidarse que la mente del hombre, el ser humano, es una emisora radiando y recibiendo constantemente pensamientos, ideas, sentimientos y emociones; que el ser humano atrae o llama −mediante pensamientos o emociones− a seres que vibran igual que él, que tienen su mismo tono vital.

En igual medida que por simpatía u objetivos, propósitos y aficiones, el ser humano se une a otro, compartiendo sentimientos comunes, el individuo atrae a aquellos espíritus que comparten sentimientos análogos, sean de índole altruista, maliciosos o dañinos.

Con buenas inclinaciones, voluntad y fuertes deseos de aprendizaje y progreso, el ser humano lucha contra sus malas inclinaciones, genera una vibración específica que le protege de las malas influencias. Atrae, en paralelo, a seres elevados que le ayudarán en la toma de decisiones. Hermanos mayores que le ayudarán a escoger el camino del bien común, la superación de los defectos, el trabajo contra las deficiencias de comportamiento y carácter. Cuando el ánimo desfallece, un simple recordatorio, una simple petición desencadenará su ayuda, esa ayuda necesaria en los momentos difíciles.

Pero si no se busca esa sintonía, llegarán espíritus de baja condición, espíritus de vibración análoga a los pensamientos y sentimientos negativos generados por el individuo desarmonizado. Si medra la comodidad, la pereza, el egoísmo, tales defectos reforzarán las decisiones; producirán los medios para que triunfe la actitud negativa. Y si alguien pone la voz en alto por esa mala actuación, por esa falta de responsabilidad, esa mente estará ya condicionada para repeler cualquier pensamiento que busque rectificación, reajuste, el rechazo a las intuiciones de los hermanos mayores. Esos espíritus superiores, esos hermanos elevados, ayudan a los humanos a superarse,  a vencer las pruebas que llegan. Les inducen al trabajo, a buscar mayores y mejores experiencias de vida; vivencias que son oportunidades únicas para el desarrollo personal. Mientras tanto, las entidades negativas, aquellas que buscan la involución del género humano, luchan para estancar al individuo, para explotar sus debilidades, sus vicios, sus pasiones. Huelga decir que también buscan utilizar sus cuerpos físicos para obtener satisfacciones que ya no pueden alcanzar, al carecer de un cuerpo físico.

Esos hermanos inferiores influyen en las personas, especialmente en aquellas con quienes comparten deudas pasadas, con aquellas que continúan ligadas por lazos invisibles, por la ley de causa y efecto. Les obsesionan, les subyugan, les fuerzan a realizar desatinos, incluso les imbuyen al suicidio. Es la ley de afinidad que atrae al semejante, que lo imanta; que une a quienes comparten ideas y pensamientos ruines. Mientras tanto, el amor une… con lazos generosos.

Por todo ello, amables lectores, os ruego toméis conciencia de la gravedad de esta problemática. Os pido, amables lectores, vigiléis vuestros pensamientos y deseos, esas fuerzas poderosas que inciden en la psique humana. Os pido rechacéis los sentimientos ruines, las envidias, los rencores, las malas opiniones sobre quien os desagrada. Os pido disculpéis a toda persona que os ofenda o hiera, que os falte al respeto. Os pido no avivéis la llama del rencor, os pido disculpéis a vuestros deudores, a vuestros contrarios, a vuestros enemigos. Ellos ignoran lo que hacen; ignoran el daño que generan sobre… ¡ellos mismos! Lo hacen por su propio atraso evolutivo, por su ignorancia respecto a los mecanismos de las leyes superiores. ¡Perdonad… siempre!

Si el hombre pudiese contemplar la entidades que atrae cuando piensa egoístamente, cuando se deja llevar por la codicia, la envidia, el odio y el rencor más abyecto, o cuando la comodidad y la molicie imponen su ley, ¡se asombraría! ¡Se asustaría, incluso!, al contemplar esas formas desfiguradas, estigmatizadas por los vicios… cambiaría de actitud, depondría sus actos.

Y tengamos la certeza de que en todo momento −si no estamos vigilantes− nos acompañan enemigos invisibles, buscando paralizar los esfuerzos de progreso, nuestros deseos de aprendizaje, de convivencia. Ellos buscarán nuestra desarmonía interior, el enfrentamiento, la discusión inútil con aquellos que compartimos nuestros ideales y objetivos; incluso con nuestra familia, intentarán romperla. Toda persona dedicada al bien común, a los conocimientos espiritualistas, a la divulgación de las verdades cósmicas, todas ellas son su blanco predilecto. Por tanto, mucha vigilancia, mucha observancia de las propias actitudes, de los pensamientos y de los deseos, el portal por donde entrarán desaforados si les abrimos las puertas.

Ley de vibración y afinidad: Los semejantes se atraen por:

Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

LA FELICIDAD NO ES DE ESTE MUNDO

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LA FELICIDAD NO ES DE ESTE MUNDO

Así a priori «quién lo diría», pero ya aparece en las escrituras del Eclesiastés como reflexión de la vida del rey Salomón. Y sin embargo es una realidad que podemos apreciar en la práctica y en la vida nuestra de hoy día, en la cual ni siquiera los más ricos, los más afortunados por su salud, por su belleza, por todo lo que la vida les ha regalado se atreven a decir que son del todo felices, felices plenamente. Si no nos falta una cosa nos falta otra; si tenemos una cosa queremos algo más, deseamos lo que no hemos conseguido, el amor quizás de la pareja deseada, su fidelidad, la prosperidad en el trabajo, la rectitud de nuestros hijos, el reconocimiento social y tantísimas otras cosas que podríamos ir enumerando.

Es cierto, no existe la felicidad completa; me atrevo a decir que ni siquiera podemos tener un atisbo de lo que significa eso. Algún destello hemos podido sentir, pero ¿cuánto nos ha durado? ¿Conocemos a alguien que se atreva a decir: soy completamente dichoso, tengo todo lo que quiero, no necesito nada más para ser feliz y estoy complacido, y realmente siento la felicidad dentro de todo mi ser? Francamente, no conocemos a nadie capaz de afirmar semejante sentencia.

Otra cosa es conformarse con lo que uno tiene, sentirse dichoso de la vida que ha alcanzado, porque es «feliz con el fruto de su trabajo». Tiene un porvenir por delante, voluntad para seguir con entusiasmo e ilusión; está acompañado en la vida, no está solo, ha hecho una familia; se ha planificado una vida de pequeños logros y objetivos y los va consiguiendo; tiene todo lo que necesita para vivir y en eso está su dicha, y da gracias a Dios. Esta persona está en el camino del bien y está sembrando su felicidad futura. Cada día que pasa da un pasito más en el logro de cotas más altas de dicha y felicidad, porque ha hallado en el trabajo y la realización una meta que alcanzar, un propósito que cumplir, y en ello pone sus fuerzas y aspiraciones sin desear nada que no le pertenezca.

Pero este no es el ideal de la felicidad, porque si mira a su alrededor, ¿qué es lo que contempla? Desdicha y sufrimiento por doquier. Y si ve las noticias de prensa y televisión, ¿qué es lo que escucha? Sobre todo malas noticias, tragedias, crímenes, que en parte le quitan la felicidad y los momentos de paz que con justicia se merece.

Por tanto, podemos concluir que efectivamente la felicidad no es de este mundo. A este mundo venimos, más que a otra cosa, a aprender a vivir, a aprender a relacionarnos, a conocernos en lo más profundo de nuestro ser, cómo somos y, muy importante, lo que tenemos que llegar a ser. Venimos a enfrentar las vicisitudes, grandes o pequeñas, que la propia vida nos va a ir deparando; venimos a descubrir el sentido de la vida en este mundo y cuáles son nuestros deberes y obligaciones para con la vida.

El objeto principal de la vida no es la felicidad, la felicidad será el resultado de nuestras realizaciones. Si cumplo mi propósito estaré en el camino de sentir la felicidad; es el premio a las conquistas hechas con el trabajo y el esfuerzo, esa y no otra es la realidad de la vida. No estamos aquí porque sí; ni somos el resultado del azar o la casualidad; no somos fruto de la nada; no estamos hechos para vivir y morir simplemente. Desde el momento en que somos creados tenemos un propósito, cual es la evolución. Conseguido ese propósito a lo largo de miles de años y de pasar por multitud de estaciones y cambios, viene como consecuencia una de las finalidades de nuestra creación: la felicidad.

Una pequeña semilla evoluciona hasta llegar a su pleno desarrollo, el que lleva dentro en potencia, y hasta que comienza a dar frutos pasa por diferentes etapas y requiere de un gran trabajo y dedicación. Nosotros, como espíritus creados por Dios, también poseemos muchas potencialidades que desarrollar, y también tenemos que dar frutos y también pasamos por diferentes etapas. ¿Dónde? En cada vida venimos en diferentes condiciones que nos facilitan ese pleno desarrollo; según el grado de evolución adquirido y las pruebas y expiaciones que tengamos que cumplir, así serán las condiciones en las que vengamos. Dichas potencialidades son los valores morales o las virtudes; podemos ponerles el nombre que queramos, pero no estaremos completos hasta el pleno desarrollo de las mismas. A esto le llamamos perfección.

Por lo tanto, el camino es largo; cuanto antes seamos conscientes de esta realidad, antes iremos alcanzando pequeñas fracciones de virtud y de perfección, y en la misma proporción nos sentiremos satisfechos y gozando de parte de la felicidad que nos espera. Pero hay que ganárselo, porque no hemos sido creados ángeles y perfectos, sino que se nos ha puesto al principio del camino, habiendo sido creados simples e ignorantes, pero inocentes, con la misma posibilidad para emprender el viaje merced al libre albedrío, escogiendo el camino de las realizaciones positivas, el bien, o por las realizaciones negativas, el mal, y de ahí en adelante se va marcando y dibujando el destino de los unos y los otros.

Unos avanzan mas rápido y con menos sufrimiento, empezando a sentir los primeros destellos de la felicidad, mientras que los otros caminan por senderos tortuosos, apenas avanzan y no hacen más que sembrar y cosechar sufrimiento y vidas penosas.

La pregunta es por qué nos cuesta tanto llegar a esta conclusión, por qué no lo tenemos grabado a fuego y podríamos dedicarnos en cuerpo y alma a trabajar en pro de nuestro crecimiento y desarrollo. Es muy sencillo: cuando estamos encarnados enfocamos la vida desde el punto de vista material; pensamos que solo tenemos una vida, y lo más fácil es coger el camino que consideramos más corto para hallar la felicidad, el de los placeres sensoriales, el de la comodidad, el egoísmo y todos sus valores afines, valores en sentido negativo.

Siendo (*) la felicidad algo que realmente nos está reservado, sentimos que la debemos buscar; nos creemos perfectamente merecedores de vivir dichosos y plenamente felices, pero olvidamos que la felicidad no es un fin en si misma sino una consecuencia, y olvidamos asimismo cómo hallarla para que no se nos vaya escapando de las manos. La felicidad a través de las cosas materiales es efímera y pasajera, es una sombra pobre de la verdadera felicidad.

No nos hemos enfocado al trabajo real que debemos realizar en nosotros mismos. Vemos la realidad vestida de materia, y nos engañamos una y otra vez, hasta que empezamos a comprender y reflexionar por qué no somos felices y tenemos una y otra vida de desdichas. En este sentido, el dolor, como agente rectificador y purificador del alma, actúa como un buen amigo que nos hace despertar del letargo en el que nos sume la visión material de la vida, que nos lleva a desconocer nuestra naturaleza espiritual y el compromiso que tenemos con las leyes de evolución. Es nuestro mejor maestro, él nos muestra el camino, y a base de tener que rectificar y admitir los copiosos errores que cometemos vamos cambiado y aprendiendo a enfocar la vida como realmente es: un camino de superación y de descubrimiento de valores.

No podemos cambiar porque sí, porque nos lo digan una y otra vez; hasta que no lo comprendamos y nos consideremos seres inmortales, no empezaremos a emprender ese camino que es individual y que nadie puede realizar por nosotros. Hasta que no entramos en esa era del espíritu y nos observemos como tales, muy difícilmente podremos cambiar de actitud y comenzar a dar paso a paso, considerando la vida como un eslabón que nos va a conducir a otro superior y a otro y a otro, aprendiendo en cada una de ellas la lección que toca.

La vida es, sí, una escuela donde se viene a aprender; el que no lo hace, pierde el tiempo y siembra  sufrimiento y se demora, con la complejidad añadida de que cada lección, suspendida por no aprendida, le sumerge quizás en la rebeldía y en la falta de actitud para no volver a cometer los mismos errores; la obstinación y la falta de fe en que es necesario adquirir los valores, sobre todo el amor, son un gran obstáculo para avanzar en el proceso de nuestra evolución.

Aprendamos a enfocar bien nuestra mente para que detectemos cuál es la autentica realidad de la vida que tenemos delante de nosotros. Sepamos discernir cuál es el trabajo que tenemos que realizar, trabajo que ha de redundar en nuestro mejoramiento espiritual y desarrollo de las potencialidades: amor, sabiduría, justicia, etc. No perdamos más el tiempo queriendo encontrar la felicidad y la dicha, las ganas de vivir, donde no están.

La felicidad no es de este mundo, pero se encuentra poco a poco si aprovechamos la vida tal y como  nos la hemos planificado antes de encarnar, como seres espirituales que somos.

La felicidad no es de este mundo por: Fermín Hernández Hernández

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(*) Enlace a un hermoso cuento oriental.