Valores humanos

LA DELICADEZA

 
  Sin duda alguna, al igual que la caridad, la sencillez, el altruismo o la amistad, la delicadeza es uno de los máximos exponentes que marcan la espiritualidad de un individuo.
 
  “Arrojad un hueso a un perro y con él se largará con el rabo entre las patas, sin la más leve demostración de agradecimiento, pero llamadlo cariñosamente, dadle el hueso con vuestra propia mano y os agradecerá el detalle”. 
 
  Efectivamente, esta frase que alguien dijo, define claramente que la delicadeza es la llave que nos abre, que nos permite el acceso a los demás, porque esta manera de ser infunde respeto y confianza, porque a través de la ella aprecian también a alguien que no le puede hacer daño, alguien consciente de la dignidad que merecen todas las personas, animales o cosas, hacía los cuales hemos de tener el máximo cuidado y no sólo eso, sino también cariño, ternura, dulzura, afabilidad en el trato, etc. 

  Si observamos la escala social de nuestra humanidad, enseguida nos percataremos que la delicadeza, la amabilidad, la educación y los buenos modales, son la herramienta de las almas grandes, de las personas equilibradas, de todos aquellos que pretenden relacionarse bien con todos, en todo momento y lugar, y es que el lenguaje de la delicadeza y los buenos modos lo entiende todo el mundo porque es universal, y como antes hemos mencionado lo perciben hasta los animales. 

  Por el contrario, quien no tiene la sensibilidad de iniciar un trato cordial. afable, delicado, quien enseguida pierde el control de sus palabras, de sus gestos, de sus modos, quien además se irrita fácilmente y pierde los nervios y la compostura, es señal de una ruindad moral que lo empequeñece y que denota el atraso evolutivo en que se encuentra en lo moral y espiritual. 

  Esta persona es digna de lástima y compasión porque con esa actitud que manifiéstase mantiene estancar do en su progreso y será casi con toda seguridad el sufrimiento quien le haga a base de experiencias cambiar para comenzar a mostrarse hacia sus semejantes con mejor trato y educación, tal y como se merecen. 
 
 La falta de delicadeza es en muchas ocasiones la causa que no deja lugar para un mayor acercamiento y confianza de unos hacia otros. Las barreras que a veces existen entre las personas y que casi siempre carecen de fundamento pronto se derrumban con un simple gesto de dulzura, de ternura, de simpatía, de buen trato para dejar paso después a ese acercamiento que se convierte con el trato sincero y agradable en sólida confianza y amistad. 

  A falta de este comportamiento, si nos mostramos quisquillosos, recelosos, egoístas, acaparadores, etc., etc., lo único que conseguimos es poner cercos a nuestra persona, muros a veces insalvables que nos llenan de infelicidad, porque el ser humano es por encima de todo un ser sociable, y esta es una cualidad que hay que aprender día a día, es un trabajo personal intransferible que hemos venido a realizar y de él depende en gran parte nuestra dicha en la tierra. No es mas dichoso y feliz quien más dinero, fama, títulos o poder acapara, sino quien más amigos sinceros tiene, porque los amigos no se compran, se hacen, y sólo saben hacerlos aquellos que son capaces de renunciar a sus gustos por los demás, que piensan antes que en sí mismos en sus semejantes, y a esto, se empieza por la delicadeza que es la puerta que conduce a la confianza “Esta sociedad nuestra de maravillosos inventos, computarizada y avanzada hasta limites que jamás pudimos soñar está sobrada de casi de todo menos de personas educadas, afables y delicadas, capaces de salir de sí mismas, de pensar en los demás, de llevar siempre dibujada en el rostro una sonrisa de aceptación y aliento, sin dejarse arrastrar por la trepidante dinámica del egoísmo cruel que pisotea los más nobles sentimientos”. 

  Tiene razón Bernabé Tierno al pronunciar estas palabras, y es que estamos tan inmersos en una sociedad tan competitiva, tan agresiva, tan materializada, tan falta del verdadero y más importante conocimiento que debemos adquirir, que es el espiritual como base de nuestra vida, que con mucha facilidad se nos pasa por alto la importancia que tiene la educación desde la más tierna infancia, y esta educación comprende claro está no sólo los estudios y los buenos modales, sino hacer hincapié en que el niño controle sus defectos y los malos sentimientos y ayudarle a que crezca sin agresividad, sin malicia, sin egoísmo enseñándole a compartir sus juguetes, etc, etc., en definitiva ayudándole para que vaya sacando las buenas inclinaciones y los buenos senti­mientos hacia sus amigos, sus padres y hermanos, sus vecinos, hacia todos los seres en general. 

  Con la buena educación y el conocimiento espiritual y de los valores humanos podremos catapultarnos después, con la seguridad de que vamos a actuar lo más correctamente posible, hacia las conquistas y realizaciones, profesionales, sociales, etc., con la ventaja de que entonces con esa firme y sólida base, será más difícil que el materialismo haga presa en nosotros, de que la sociedad nos empuje y nos arrastre por sus derroteros, quitándonos el humanismo que llevamos en nuestro interior, del cual se carece en grandes dosis en nuestra humanidad. 

  La delicadeza es el lenguaje de los pequeños detalles, y ahí estriba su gran importancia, muchas personas no le dan relevancia a los pequeños gestos, ni siquiera los saben apreciar, prefieren hacer alarde de grandes cosas porque con ello tienen más eco en la sociedad y su afán de protagonismo se ve recompensado, sin embargo, quizás después a puerta cerrada su hogar carece de paz y de dicha, allí el protagonista es el vacío, la soledad, el sufrimiento. Capaces de hacer grandes cosas, gestos que se vean a la luz de los demás y sin embargo no son capaces de regalar una sonrisa, de dar un gesto de aprobación, de consolar al menos favorecido, de ceder el paso a un peatón, de ir por la vida con simpatía para hacérsela a los demás más agradable, aunque por dentro uno tenga sus preocupaciones, estos detalles no cuestan nada, sólo cuesta habituarse a ellos como norma de conducta para que pasen a ser parte de uno, es un compromiso que como humanos debemos respetar y que nuestros compañeros de lucha y fatigas en el sendero de la evolución se merecen. 

  La delicadeza es precisamente eso, vivir los pequeños detalles, te­ner ese gusto y tacto que hace que las cosas, que la vida en general tenga un sentido más amplio, más intenso, sin necesidad de grandes sensaciones. Con la delicadeza vivimos el día a día con más emoción, valoramos mejor cada momento de nuestra vida. Y lo podemos comprobar, hagamos un análisis y veremos que cuando alguien nos agradece con sencillez, pero sinceramente algo que hayamos hecho por ellos, ese gesto nos cala muy dentro y nos hace sentimos útiles, analicemos y descubriremos que cuando alguien pensó en nosotros, cuando alguien nos tendió su mano, cuando alguien hizo algo por nosotros, por muy pequeño que fuera, aunque sólo se trate de ofrecemos un café, si lo hizo de corazón, es decir con delicadeza, con educación, con una sonrisa, con buen gusto, veremos que eso es lo que nos llegó al alma, no el café, no es el hecho en cuestión lo que nos agradó, sino la forma en que lo hizo, es decir su delicadeza hacia nuestra persona, como bien lo define la Real Academia de la Lengua; “Atención y exquisito miramiento con las personas o cosas, en las obras o en las palabras. Ternura, suavidad.” 

  Según podemos apreciar, los pequeños detalles, los gestos deli­cados tanto para el prójimo, como para los animales y las cosas, son de gran importancia pues no por pasar desapercibidos en muchas ocasiones y por su sencillez carecen de valor, sino todo lo contrario, es precisamente por estas razones por lo que se revisten de gran importancia estos gestos, y por donde se puede calibrar la espiritualidad de una persona, notando también destacar lo mucho que progresa una persona en una existencia con el conjunto de estos detalles moral y espiritualmente, pues aunque los hombres no lo vean ni lo agradezcan el Padre que todo lo ve, en su infinita bondad y sabiduría sí aprecia y premia a todo aquel que delicadamente trata a los demás.  
F.H.H.
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