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EL ESPÍRITA CON LOS HERMANOS Y LOS CENTROS

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El espírita con los hermanos y los centros

El espírita con los hermanos y los centros

“Todo espírita debe portarse con la mayor humildad posible frente a sus hermanos. Porque la humildad es siempre un ejemplo de buenas maneras, jamás nos compromete ni es causa de disturbios ni de riñas. Esa humildad, sin embargo, no debe ser nunca fingida, sino leal y siempre dispuesta a servir. El espírita debe siempre considerarse inferior a sus hermanos, disponiéndose a ser el servidor de todos”.

Extraído de la obra Guía Práctica del Espiritista de  MIGUEL VIVES.

Esta obra de Miguel Vives, aun estando reconocida, en mi opinión no lo está lo suficientemente, pues es posible que fuera de España no haya tenido la repercusión que obtuvo aquí en España cuando salió a la luz; quizás me atrevería a decir que también en nuestro país va quedando poco a poco en el olvido. Deberíamos retomar su estudio y lectura porque es un libro sencillo, claro, directo y su contenido es una fuente de enseñanzas morales que sin duda le fueron dictadas por el plano espiritual superior.

La relación de los espiritas en los centros es un tema que, si fue necesario divulgarlo en su momento (Miguel Vives desencarnó en enero de 1906), nunca ha dejado de estar de actualidad. Me refiero a la necesaria e imprescindible práctica de la humildad. Si bien el desarrollo de la humildad es una cualidad que siempre debiéramos tener presente, realizando los esfuerzos para ir eliminándola de nuestro ego inferior, como fruto de la lucha para eliminar el orgullo (la humildad es la ausencia o superación del orgullo y amor propio), en los grupos y centros espiritas se hace también muy necesaria para evitar que surjan discusiones, polémicas o cualquier circunstancia que genere rivalidad, disensiones, desencuentros o divisiones por falta de entendimiento, falta de comunicación y otras situaciones que se pueden producir por existir diferentes opiniones.

Es lógico y natural que existan diferentes opiniones sobre un mismo asunto, lo que no es lógico es que este hecho cree perturbación o separación entre sus miembros, ya que lo que la doctrina nos enseña es a debatir con sinceridad, con amor a la verdad, y a perseguir los fines más nobles y leales que nos ayuden a cumplir con la misión que, tanto cada miembro a nivel individual como el grupo en su conjunto, deben alcanzar.

“Y por más que sepa, jamás alcanzará la infalibilidad. Así pues, siempre podrá equivocarse. Por tanto, comprendiéndolo así, nunca hará alardes de saber ni de poseer facultades, y menos de considerarlas extraordinarias; mas expondrá sus ideas de manera prudente, sensata y con oportunidad”.

La primera meta a alcanzar por un centro espírita debería ser asumir por parte de todos la necesidad de formar un equipo de miembros entre los cuales el desarrollo de la fraternidad sea uno de los pilares fundamentales a fomentar. Fraternidad significa amistad o afecto entre hermanos, o entre aquellos que se consideran como tales. Es un principio básico costoso de alcanzar, pero no va a llegar por sí sola; por pertenecer a un centro no surge la fraternidad espontáneamente, hay que trabajarla, hay que demostrarla cada día. La fraternidad nos va haciendo iguales poco a poco a todos los miembros del centro; nos acerca, estrecha los lazos de amor, nos hace solidarios, fortalece el centro más y más con su práctica sincera y leal, pero sin la debida humildad es difícil que se pueda ir lográndolo.

Los mayores escollos para lograr humildad y fraternidad son el egoísmo y el orgullo. Estas imperfecciones o vicios del espíritu no pueden tener cabida en un centro; somos seres humanos, personas normales encarnadas para reconducirnos y reparar malas acciones del pasado, pero si estamos en un centro es porque tenemos la capacidad para conseguirlo. El centro es ayuda mutua, orientación, apoyo y también compromiso de cambio y mejora interna. Eso es lo que van a buscar muchas personas que toquen a nuestra puerta, personas serviciales que han sabido incorporar los conocimientos que nos ofrece el espiritismo a la vida diaria, lo que hace de ese grupo un punto de luz y de amor en la Tierra. Aparte del conocimiento, las personas necesitan más en principio de nuestro calor, afecto, atención y apoyo, además de la claridad de los conocimientos que les debemos transmitir.

Por eso, en lo que más nos insisten siempre espiritualmente es en la parte moral; ese es el mayor compromiso que como espíritus en evolución tenemos, y es el objeto principal de la encarnación. En los centros ese trabajo moral, reconocimiento de nuestros defectos y superación paulatina de los mismos son imprescindibles. Sin ese trabajo, los hermanos protectores ven inútil su presencia entre nosotros y se pueden marchar, visto lo poco que consiguen de nosotros. Este es un hecho lamentable que ocurre muchas veces. Mientras que si trabajamos esa renovación moral y hacemos del centro un auténtico oasis para sus miembros, una verdadera escuela de luz que nos proyecte hacia el progreso y consecución de objetivos, tendremos cada vez más ayuda de los planos superiores y nuestra fe y fuerza se acrecentarán.

Pero para todo eso se precisa humildad, trabajo y fraternidad, son los materiales más preciosos que podemos adquirir para crecer y ser un verdadero ejemplo, reflejado por nuestras actitudes, emprendimientos y labor que proyecte la imagen de lo que es esencialmente el espiritismo, una doctrina de ayuda a nuestros hermanos, y como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras.

“Se dice que todo espírita debe ser caritativo con su hermano. Esto se demuestra por el simple hecho de que la ley divina nos obliga a practicar la caridad con todos. Mucho más debemos practicarla con los que, desde el punto de vista espiritual, deben formar con nosotros una misma familia. Así pues, el espírita no debe abandonar a su hermano en una crisis, ni en la dolencia, ni en la miseria”.

A muchos hermanos en los centros los une el compromiso asumido antes de tomar materia. Ese compromiso es tan fuerte, y a su vez nuestros hermanos protectores nos lo recuerdan cada día, que nos hace seguir en el grupo. También nos une el que estemos rodeados de buenos compañeros que tienen buenos sentimientos, el deseo de divulgar las ideas y conceptos que la doctrina nos enseña… muchas cosas buenas, al fin y al cabo, pero se necesita algo más para obtener los frutos apetecidos y el hecho auténtico de que internamente vayamos mejorando. Tengamos en cuenta que son muchos los defectos que aun arrastramos, que somos espíritus mas bien débiles y con vicios y pasiones, y que la rutina y la comodidad también hacen acto de presencia, con lo cual el grupo debe ser una dinamo que revitalice nuestros mejores deseos y cargue las pilas de nuestra alma para seguir trabajando cada día con mayor ilusión, pudiendo superar los obstáculos y los reveses que sin duda se presentarán.

Por todas estas razones necesitamos estar unidos. No quiere decir juntos, sino unidos muy estrechamente, abrazados con verdadera sinceridad y confianza, no solo sea el ideal el que nos una; el ideal une, pero el amor y la fidelidad y lealtad unen los sentimientos y los corazones; sin estos baluartes no seremos más que un grupo como otro cualquiera, unido por unos intereses afines y no por unos sentimientos y simpatía de espíritu. En este aspecto la dirección, o dicho de otro modo más informal, aquellos hermanos que por sus cualidades y formación tengan un mayor conocimiento, diligencia y experiencia, tienen una responsabilidad mayor para lograr que el centro se dirija y enfoque en lo que debe realizar. Pensemos que cada grupo, por sus características, puede tener labores diferentes por el grado de preparación y compromiso antes de encarnar, pero siempre habrá por ello hermanos dentro de ese equipo que tengan un mayor grado de responsabilidad por su compromiso y preparación, lo cual puede influir en que, en definitiva, el grupo tome o no la dirección que debe, y no otra. En ese aspecto tan importante el hermano Miguel Vives también nos ilustra. Veamos:

“Aquellos que, por su entendimiento, pueden comprender mejor y se convierten en guías de sus hermanos, no más se pertenecen a sí mismos, pasan a ser ejemplos para sus hermanos y no pueden falsear la verdad. Tienen que ser fieles a la ley divina y procurar siempre vivir alerta para no caer en errores de interpretación. Deben ser modelos en todo. Nunca pueden dejarse dominar por el amor propio, que es siempre un mal consejero y que todo espírita debe rechazar, mayormente los que disponen de inteligencia superior a la de la generalidad. Los que destacan por su comprensión pueden sacar grandes beneficios de su misión, elevándose a gran altura espiritual si emplearon su existencia en beneficio de sus hermanos, haciéndose modelos de las virtudes y prácticas referidas. Pero pueden también contraer grandes débitos si emplean su superioridad para satisfacciones personales, o si, obrando sin el debido cuidado, no consiguen producir los frutos que debían. A pesar de mi insignificancia, tiemblo solamente al pensar que podría cometer alguna falta, que por descuido o amor propio, o por falta de amor a Dios y de gratitud al Señor, o aun por falta de indulgencia, amor y caridad, pudiese ser causa del extravío de alguno de mis hermanos”.

El espírita con los hermanos y los centros por: Fermín Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

LA ESPERANZA ES LA SOLUCIÓN

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La esperanza es la solución

La esperanza es la solución

Estamos  superando una pandemia. El ser humano ha podido comprobar que no es el rey de la naturaleza, es sí el más inteligente, aquel que prevalece sobre todos los demás organismos de la Tierra; pero la naturaleza es más fuerte, más sabia y más longeva que el propio ser humano.

En definitiva, la naturaleza nos ha dado una lección y nos ha puesto sobre las cuerdas para rebajar nuestro orgullo y ambición. Hemos tenido que someternos a un enclaustramiento, paralizando prácticamente toda la actividad que no se podía considerar como totalmente necesaria, para preservar nuestro sustento y mantenimiento de aquellas estructuras completamente necesarias.

Parece mentira, como un sueño utópico, pero en estas pocas semanas que hemos estado alejados de los entornos naturales y en los que la actividad industrial se ha paralizado, la naturaleza se ha regenerado; el aire, los ríos y los mares, incluso los bosques han notado la ausencia de contaminación y el perjuicio que constantemente ocasionamos al medio natural.

Por eso, este simple artículo lleva el título de «Esperanza», porque esta lección que hemos recibido nos ha demostrado hasta qué punto podemos mejorar el planeta, y esto consecuentemente repercute en nosotros mismos. Hay esperanza en que todos y cada uno de nosotros, individualmente, sepamos sacar las debidas reflexiones y podamos concluir que la naturaleza nos ha hablado; sí, a nuestra conciencia le ha dicho: ¡Cuidado!, que yo puedo reaccionar, puedo eliminar de la faz de la Tierra en un santiamén a cientos de miles de personas. Pero no es solo eso, es la amargura que nos puede producir sentirnos como nos hemos sentido, impotentes, casi por completo, para hacer frente a ese agente microbiano que amenaza con arruinar, no solo la vida, sino lo más importante a considerar: el modelo de vida que hemos concebido.

Por ello, debemos reflexionar para tomar medidas en el asunto y, lógicamente, hacer algún cambio en este modelo de sociedad que nos hemos fabricado sin haber medido las consecuencias de nuestros actos y sin prever el abuso que estamos haciendo de nuestro libre albedrío; abuso que se convierte en una degeneración del medio ambiente, llegando a convertir la Tierra en un vertedero de escombros, cuando, siendo nuestro hogar, la deberíamos mimar y proteger.

Sin embargo, observamos que desde todos los estamentos se ejerce una presión violenta sobre los gobiernos; la maquinaria se ha de volver a poner en marcha otra vez, a toda prisa; todo tiene que volver a la normalidad, pues la economía se tiene que recuperar, de lo contrario, esto es un desastre; vamos a entrar en una crisis muy difícil de superar.

Con ese pretexto todo tiene que volver a empezar otra vez, a lo que llaman la «nueva normalidad». No nos damos cuenta de que todo lo acontecido es solo un aviso; no nos damos cuenta de que ya estamos en crisis: es la crisis de valores la que nos ha conducido a todo lo que acontece en nuestro mundo y que, lamentablemente, hemos convertido en la normalidad: la pobreza de millones y millones de personas es una cosa normal; que millones de niños sufran o mueran de hambre es lo normal; la contaminación de todo donde el hombre pone sus pies es lo normal; las guerras que no cesan es lo normal; la desesperación de cientos de miles de familias que pierden sus trabajos en pos de que la empresa obtenga más beneficios es lo normal… Tantas cosas hemos llegado a considerar normales que nos hemos vueltos ciegos y no vemos hacia qué dirección nos hemos de dirigir.

No obstante yo tengo esperanza, porque, por otro lado, hay una nueva generación que ya ve los errores que se han cometido y cada día surgen cientos de voluntarios dispuestos a darle un cambio a todo eso; poco a poco se van saliendo de la cadena de ese montaje poderoso que es la industria fría que solo mira por la producción masiva a costa de lo que sea, y que no quieren participar de la economía que destruye la paz y los hogares de los más débiles de la Tierra.

Hay, sí, una nueva generación que lucha por vivir de forma más natural, que quiere volver a la sencillez, que ha comprendido que no se puede sobrevivir sobre los cimientos del egoísmo y la avaricia, que piensa más en los seres humanos como hermanos que todos somos, y no en el ser humano como un número, que es en lo que nos ha convertido esta era de la modernidad en la que entramos apenas sin darnos cuenta, llevados por un sueño irreal que nos decía: Cuanto más tengas, más feliz serás.

Por eso, pese a que los poderes del mercado nos quieran llevar otra vez hacia lo mismo, ha quedado tocada nuestra conciencia de una forma poderosa, y debemos confiar en que, sin que se vean los resultados a corto plazo, sí que confío en que a medio y largo plazo esta humanidad irá moderando su forma de vida y corrigiendo los errores, los abusos que hemos cometido, para que al mismo tiempo que nos regeneramos como personas, lo haga la misma casa Tierra que es nuestro hogar.

Todo es por nuestro bien; la naturaleza se regenera y se mejora después de las catástrofes y las desgracias que nos conmueven. Es la ley: se destruye lo viejo para recomenzar con esperanza y con ilusión para construir algo mejor. Hagámoslo.

La esperanza es la solución por: Fermín Hernández Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

CALAMIDADES DESTRUCTORAS

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Calamidades destructoras

Calamidades destructoras

En estos momentos en los que la humanidad se está tomando, por así decirlo, un tiempo de relax obligatorio, un descanso, consecuencia del impacto social de ese agente vírico denominado coronavirus o COVID-19 que está asolando el planeta, resultaría adecuado o al menos conveniente llevar a cabo una pequeña introspección, echar un vistazo al interior de cada cual para preguntarse las razones de su existencia, su origen, su causa real y, de paso, analizar si obedece a causas desconocidas o simplemente al azar. Quizás sea el momento de formularse estas preguntas: ¿qué enseñanza puede extraerse de la situación? ¿qué representa esta experiencia para el género humano? ¿en qué sentido puede ayudarle? ¿y si realmente puede ayudarle o por el contrario, perjudicarle?

Por las enseñanzas recibidas de los mentores espirituales se desprende que toda destrucción conlleva nuevas oportunidades: se destruye lo viejo, lo caduco, para reconstruir sobre sus cimientos. El ser humano aprende de sus experiencias, de sus  errores, del dolor y del sufrimiento. Por tal motivo, quizás el individuo no debiera afligirse en exceso a causa del momento que atraviesa y considerar que esta experiencia es posiblemente una más; una experiencia necesaria y conveniente en este momento crítico. Quizás deba pensar que se trata de una lección de vida que busca promover su crecimiento interior, una catarsis más del género humano en su camino evolutivo. Bien aprovechada la lección, el hombre deberá alzarse con espíritu renovado, emprendedor, entusiasta; con deseos de asimilar la lección de solidaridad que se le presenta y crecer en su reforma interna, en su camino evolutivo.

No cometamos el error de estimar que el ser humano deba centrarse únicamente en sanar el cuerpo y la economía. Quizás deba enfocar sus esfuerzos en extraer la quintaesencia de este aprendizaje doloroso y forzado. De no hacerlo puede encontrarse con que la situación vuelva a repetirse y cada vez más virulenta. Cuando la naturaleza busca ese impacto ¿no será que resulta necesaria para el avance evolutivo del ser humano? ¿no será que la civilización necesita un empellón?

¿Es posible que las circunstancias que estamos viviendo sean un paso obligado para el entendimiento general? ¿una experiencia de vida necesaria y útil para todo individuo de este conglomerado humano?, ¿para este conglomerado necesitado de transcender por la única vía provechosa, el dolor y el sufrimiento? ¿es posible que las estructuras sociales existentes deban alterarse? ¿que deba modificarse el patrón de vida, su enfoque?

El ser humano continúa ignorando los mecanismos rectores; los mecanismos que dirigen sus estructuras basadas en el más puro egoísmo, en el más burdo materialismo, en el poder económico y militar. Y esas estructuras están condenadas al fracaso. La historia y la experiencia colectiva vienen a demostrar, una vez más, que el actual modo de vida, basado en el capitalismo, una vez derribados los muros del socialismo, es también un camino de ilusiones, un sistema de vida obsoleto y caduco. Un sistema que no ha podido resolver los problemas endémicos de la sociedad, sus desigualdades, sus diferencias, únicamente ha modificado el modo de verlas. Los modelos económicos han ido derrumbándose uno tras otro para demostrar, una vez más, que la dirección que ha de tomar la sociedad futura se aleja de dichos estandares.

Como cito, dicho modelo no ha venido a resolver los problemas endémicos de la sociedad, pues siguen las guerras, la pobreza, la miseria de unos en beneficio de otros. Las desigualdades continúan y las condiciones de vida apenas se han modificado. ¿Qué espera el ser humano para concienciarse de que su destino es otro? ¿que un sistema de vida basado en el perjuicio ajeno está condenado al fracaso?

Todas las calamidades experimentadas por que el género humano y las que seguirá experimentando en el futuro próximo obedecen a una experiencia colectiva que tiene por premisa el aprendizaje. Un aprendizaje que supere la inutilidad de las estructuras vigentes. Asistimos a una época, a un momento diferente, donde cada ser, cada conciencia, siente que su status necesita cambiar y que no puede seguir adelante por un camino ilusorio. El hombre siente que necesita cambiar sus estructuras, sus perspectivas y enfoques, tomar conciencia que no se dirige a ninguna parte.

El hombre percibe que es imperativo cambiar los modelos productivos, educativos, medioambientales y establecer nuevos modelos que busquen un modo de convivencia diferente, un giro total de las estructuras económico-sociales, para llevarlas hacia un formato donde prime la hermandad entre pueblos, entre pueblos ricos y el resto, los maltrechos, que comparten este cascarón planetario. Y ¿quién se atreverá a dar los primeros pasos?

La falta de mejoras ha propiciado que desde los planos espirituales superiores, desde el plano rector de este planeta, se deje paso a la ley; que el peso de las acciones humanas recaiga sobre el hombre; que las leyes naturales hagan su labor y muestren al ser humano que ha traspasado los límites. El Supremo Hacedor ha dotado al hombre de libre albedrío y le da completa libertad para experimentar su entorno y aprender de sus errores… la ley es paciente. Pero cuando la sociedad sobrepasa los límites; unos límites de los que no es consciente; la ley actúa buscando reestablecer el equilibrio perdido. Y la experiencia que estamos viviendo es apenas un mecanismo más de aviso, uno más.

El hombre, en su ceguera, como barco entre la niebla, es incapaz de ver sus límites y poner freno a sus desmanes; de poner los remedios adecuados para encauzar la sociedad hacia su destino. Se hace entonces imperativa la intervención de los mentores planetarios. Entonces, mediante el dolor, muestran al género humano su nuevo modelo evolutivo, el medio para alcanzar su nuevo status; el status de un planeta en proceso de regeneración.

El hombre, en el fondo de su conciencia sabe que actúa bien, sabe que los modelos actuales, ya caducos, no le conducen a ningún lugar. Se siente incapaz de efectuar por sí mismo los cambios necesarios, de modificar sus actitudes y hábitos para enfocarlos hacia el bien común. Se siente lastrado en su andadura, carece de fuerzas para rebelarse ante el “establishment”, ante lo establecido, ante los sistemas corruptos, faltos de moral y visión general. Vive absorto en su propio mundo de ilusión, en un mundo de necesidades artificiales con las que llenar su vacío y del que no sabe escapar.

Todas las ramas del conocimiento humano llevan en una misma dirección, la era del espíritu. Surgen por doquier modelos nuevos de pensamiento, nuevas actitudes, nuevas formas de percibir la vida, los sentimientos, las creencias. Surgen por doquier personas predicando un diferente modelo de vida, una vuelta a la Naturaleza, una comprensión más humana de los fenómenos que le afectan.

El hombre se ve impelido a respetar al hombre, a los animales, a la naturaleza. Vemos florecer la preocupación por la ecología, por el medio ambiente, por la alimentación natural. El hombre se ve impelido a enfocar los problemas cotidianos de diferente manera, con diferente actitud. Ve florecer nuevas formas de tratamientos psicológicos, meditación, autoanálisis. El ser humano asiste sorprendido a nuevas corrientes sociales que le invitan a expandir su conciencia; que le invitan a conocer su origen, su fin, su trascendencia. Se siente invitado a transformarse, él y su conciencia, su yo interior; impelido a analizarse como un ente que debe construirse a sí mismo, a conocerse mejor cada día, a experimentar su entorno social, a compartir su tiempo y experiencias con el resto de la sociedad, a buscar un crecimiento común, a mejorar su entorno y la sociedad donde vive y se expresa.

El ser humano, ese ente evolutivo que transita hacia un nuevo modelo planetario, hacia el nuevo mundo de regeneración que le espera, debe ser consciente de que su actual andadura le conduce hacia “nowhere”, hacia ningún lugar. Y por ello ha de ser consciente de que debe modificar su interior, corregirse él mismo y también su entorno, alterar su sistema de valores hacia otro en el que predominen los valores del espíritu, los valores morales. Y que de no hacerlo, la historia que vivimos habrá de repetirse una y otra vez, y su virulencia será cada vez mayor.

El hombre debe reconciliarse consigo mismo, encontrar la paz interior. Y conseguido esto, ayudar al género humano. El hombre está bloqueado, paralizado, incapaz de modificarse a sí mismo y a su entorno; continúa reñido con su conciencia, continúa mirando hacia su ombligo, hacia sus propios intereses; se refugia en sí mismo, tras las redes sociales, incapaz de relacionarse, de participar de una vida en común.

El hombre actual ha convertido la economía, el dinero, el trabajo, en su ídolo de barro; se ha convertido en su propio esclavo. Ahora más que nunca necesita reflexionar, sacar a luz sus valores y trabajar en pos del bien común, reconstruir y encauzar el mundo en que vive. Necesita construir nuevos modelos basados en la libertad, la igualdad y la fraternidad. El resto, como bien sabéis, viene por añadidura.

Hagamos de este mensaje una alabanza al ser humano. Busquemos un destino común, avancemos unidos hacia el futuro, limpiemos el ambiente de pensamientos y sentimientos insalubres; ayudemos a la Naturaleza a renovarse, mimémosla, cuidémosla, permitámosle regenerarse. Permitámosle regenerar el entorno atmosférico y psíquico, lo que traerá la desaparición de pandemias como la actual. Lacras que nacen de la ambición, del ansia de poder y la falta de respeto hacia el género humano.

Calamidades destructoras por: Fermin Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

LAS PANDEMIAS: MOTIVO DE REFLEXIÓN

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Las pandemias: Motivo de reflexión

LAS PANDEMIAS: MOTIVO DE REFLEXIÓN

En estos momentos especiales surgen varias preguntas: ¿Por qué esta situación? ¿Cómo puede suceder que un virus originario de tan lejos, de la antigua civilización de China, se esté paseando por el mundo libremente? ¿Cómo puede causar tantas muertes? ¿Qué tendré que ver yo con ese virus que puede matarme, o hacerme su portador? ¿Qué puede haber hecho el género humano para merecer semejante castigo? Y lo más importante, ¿qué puedo hacer para que no se vuelva a repetir? Y aquí está el quid del asunto, ya que todos juntos podemos hacer… y mucho.

Como todos sabemos, el origen de las infecciones es uno muy concreto y su propagación otro asunto diferente, aunque ambos comparten paralelismos. En oposición, encontramos el vocablo salud, sanidad, cuyo significado se traduce en: cualidad de saludable o salubre; cualidad de lo que está sano, de lo que goza de buena salud. Es decir, que salud es la contraposición de la enfermedad. Y es que cuando el ser humano está sano, cuando está dichoso, cuando disfruta de buena salud y le es posible gozar de los bienes de la vida, hacer cuanto le plazca, es porque su cuerpo no le pone trabas ni limitaciones. No obstante, esa salud necesita ser cuidada; pero ¿cómo hacerlo?

Nos los expresaban muy bien los antiguos clásicos: “Mens sana in corpore sano”.

Los avances médicos enseñan que el ser humano, el hombre, no solo dispone de un cuerpo físico, formado por trillones de células que constituyen sistemas corporales: el sistema nervioso, simpático, linfático, etc.  Adicionalmente, el ser humano dispone de un cerebro, de un mecanismo que ha evolucionado con el tiempo, que le capacita a abordar el conocimiento. Cuenta, adicionalmente, con una mente donde radican pensamientos, sentimientos y emociones y, donde el cerebro ha pasado a ser un instrumento de transmisión de la aquella; cualidad que le diferencia del resto de seres vivos y que le permite disponer de un mecanismo transmisor de las órdenes recibidas de la mente.

Pero aún queda lo más relevante, trascendente, por encima de la mente está el alma del ser encarnado, el origen de las ideas, de las emociones, los estímulos y la acción. Así, la mente recibe los impulsos del alma, los asimila y traslada al cerebro, la máquina directora del cuerpo físico. Y en ese mecanismo energético-material no existen compartimentos estancos, todos forman parte de un todo. Se trata de un equipo perfectamente conjuntado en el que los engranajes necesitan mantenerse en condiciones óptimas, en condiciones saludables para realizar la labor que son su destino.

Todo va engranado a la perfección y esa unidad armoniza espíritu, mente y cuerpo. Descuidar cualquiera de ellos representa privar al conjunto de su trabajo en común. Algo así como un barco a la deriva; un barco donde todo funciona a la perfección, aunque con el timón averiado. Mientras ese timón defectuoso no sea reparado, el navío estará imposibilitado para maniobrar.

En definitiva, el mundo material y el espiritual caminan juntos, en perfecta interrelación, donde la parte material es apenas el instrumento de acción de la parte espiritual y donde una perfecta simbiosis entre ambas resulta imperativa. Y el espíritu necesita disponer de un cuerpo físico en condiciones para permitirle expresarse en el mundo de la materia. En caso contrario, se ve imposibilitado para cumplir sus objetivos, todos o parte de ellos.

¿Qué sucede cuando en un hogar se descuida la limpieza, cuando existe desorden, falta de higiene, suciedad y basura? Sencillo, los gérmenes que pululan allí encuentran el caldo de cultivo adecuado para crecer y multiplicarse; pues no podemos olvidar que dichos gérmenes conviven con los hombres y solo una bajada de defensas les permiten expandirse. Más pronto que tarde aparecerá en ese hogar un brote de infección, una enfermedad que atacará a sus moradores, en especial a los más débiles.

Con el cuerpo físico sucede lo mismo que con el hogar. Al descuidarse la higiene personal, la alimentación, el descanso; al prodigarse los hábitos malsanos y contrarios a la salud física y emocional, el cuerpo enferma, aparece el dolor y los síntomas avisan que algo camina mal.

Todo forma parte del ser que vive una experiencia en la carne. Entonces ¿qué le sucede a la mente cuando el individuo descuida sus emociones, pensamientos y actuaciones?; ¿cuando utiliza palabras malsonantes y modos vulgares?; ¿cuando le dominan las bajas pasiones?; ¿cuando pierde el control de sus pensamientos y emociones? Más pronto que tarde, la mente se enmaraña y aparecen los síntomas de las mentes perturbadas: odio, ira, rencor, pereza, celos; desajustes mentales que dan paso a la desilusión y a la frustración, para convertirse más tarde en depresión; en un estado de perturbación que conduce a la locura y, ¿por qué no?, al suicidio.

En estas condiciones el espíritu, el auténtico yo, esa entidad que llega a la Tierra con grandes expectativas de progreso, se siente asfixiado y, a menos que pida ayuda a elevados estamentos para enderezar su rumbo, poco o nada conseguirá. De poco servirá la planificación de una nueva experiencia en la carne para evolucionar personalmente, para conseguir las nuevas experiencias que debe afrontar.

Al igual que los gérmenes contaminan el hogar y se afirman en él, el mundo en que vivimos está saturado permanentemente de sentimientos, pensamientos y emociones descontroladas. El ambiente espiritual en el que se desenvuelve el ser humano es un constante océano de vibraciones, un torbellino que amenaza su equilibrio emocional, mental y espiritual.

Cuando el insigne Rabí curaba a las masas, les decía: “Vete y no peques más”. Excelente y  terapéutica solución. Él vinculaba la salud corporal al equilibrio personal. Nunca olvidemos tan sabia recomendación.

El afán por las posesiones, el miedo a perderlas, el frenético sistema de vida en que se desenvuelve el ser humano; donde producir más y más a cada instante para mantener idéntico ritmo de consumo va desconectándole de la fuente de equilibrio, de la energía que armoniza y equilibra el universal, del AMOR (en mayúsculas); el amor hacia la obra del ignoto Arquitecto Universal. Observaréis que vivimos en una civilización donde le hombre compite contra el hombre, país contra país, continente contra continente. ¿No será que el ser humano se equivoca en sus premisas? ¿No deberá apoyarse entre sí, en lugar de atacarse?

Así, ¿no estará saturado el aire, el ambiente, de miasmas mentales, de emociones insanas? Irremisiblemente acaba produciéndose un ataque al sistema inmunológico; al sistema inmunológico del hombre y del sistema, donde dichos organismos imantan a miasmas mentales y medioambientales y donde los individuos más sensibles, los más débiles, mayores y enfermos, soportan su mayor virulencia.

Estos desequilibrios ambientales, mentales, emocionales, en una civilización donde todo es conseguible, ahora más que nunca en la historia de la humanidad, vienen a mostrar la falta de lo esencial, la ausencia de armonía y estabilidad hacia las leyes de la vida, especialmente hacia la ley del amor, la vacuna real contra todo patógeno que pulula en el ambiente psíquico del planeta y, por ende, por su ambiente físico.

Y nuevamente deseo traer esta reflexión: “Mens sana in corpore sano”.

Tristemente, las mentes de los humanos están paralizadas por el materialismo y la ausencia de amor y caridad. Mal negocio hacemos cuando el planeta, un planeta enfermo, exige tal catarsis. Nuestra amada Tierra está enferma. Si el hombre, el ser humano, es incapaz de cuidar su cuerpo, mente y espíritu, ¿cómo podrá hacerlo con el planeta?

Esta última reflexión me lleva a la pegunta 737 del Libro de los Espíritus: “¿Con qué objeto castiga Dios a la humanidad con calamidades destructoras?”.

Vean, por favor, la respuesta del plano espiritual a semejante consulta: “Para que progrese más rápido. ¿No hemos dicho ya que la destrucción es necesaria para la regeneración moral de los espíritus, que adquieren en cada nueva vida un grado más de perfección? Hay que ver el final para evaluar los resultados. Vosotros los juzgáis sólo desde vuestro punto de vista personal, y los llamáis plagas debido al perjuicio que ocasionan. Pero tales trastornos son a menudo necesarios para acelerar el advenimiento de un orden de cosas mejor, trayendo en unos pocos años lo que hubiera requerido muchos siglos para producirse.”

Y complementando la consulta anterior, hace la siguiente pregunta número 738: “¿No podría valerse Dios, para la mejora de la humanidad, de otros medios que no fuesen calamidades destructoras?”.

De nuevo les ruego atiendan la respuesta ofrecida por el plano espiritual: “Sí, y a diario los emplea, puesto que ha otorgado a cada cual los medios de progresar mediante el conocimiento del bien y del mal. El hombre es el que no los aprovecha. Es menester, pues, que se le castigue en su orgullo y se le haga sentir su fragilidad”.

Todo ello va unido según la ley de consecuencias, ley de acción y reacción o ley del karma. Como el hombre piensa, actúa… eso recibe. No nos extrañemos pues si aparecen epidemias que se traducen más tarde en pandemias, pues el ser humano continúa tropezando siempre con la misma piedra. Y ¿cuántas piedras serán necesarias para variar su rumbo?

Este planeta ya no admite esperas; está en pleno proceso de transición. El amor, la fraternidad, la comprensión, el respeto a los valores éticos y humanos −en general− deben reinar como norma de convivencia, como meta primordial para sus habitantes. Atrás deben quedar intereses económicos, financieros y materiales, todo en beneficio del bien común, de los intereses generales. El hombre debe aprender de sus errores del pasado.

Practicando la caridad, el desinterés, la bondad… en suma, el amor, y continuando el ejemplo de aquel insigne maestro de maestros, Jesús de Nazareth; de ese adalid incomprendido para muchos, el hombre podrá cambiar su rumbo, restablecer el equilibrio planetario. Desaparecerán entonces todas las pandemias y la enfermedad se convertirá en un triste recuerdo del pasado, ya que no tendrá cabida en el nuevo orden planetario.

Mientras el ser humano no cambie en su intimidad, nada cambiará, pues el detonante de estas enfermedades sociales no es material, sino espiritual; son enfermedades del espíritu. Y mejor que lavar cuerpo y manos, sanear corazón y pensamientos. Sucede que la enfermedad no está fuera del hombre, sino en su interior, dentro de él.

Merced al Covid19, muchas personas se van dando cuenta de que se va haciendo necesario un cambio de dirección, una corrección en los hábitos. Esta civilización necesita modificar su sistema de vida, adoptado por imposición, por la corriente general. Aunque vistas las consecuencias y calamidades sufridas, el ser humano está comenzando a reflexionar. Aunque ¿durante cuánto tiempo?

Se acepte o no, esto apenas ha comenzado, y detrás de un enfermedad física llegará la del cuerpo planetario, y después otra más, y otra… y otra.

“Solo por el amor será salvo el hombre”, aconsejaba Jesús de Nazareth.

Las pandemias: Motivo de reflexión por: Fermín Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

EL SENTIDO DE LA VIDA

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El sentido de la vida

EL SENTIDO DE LA VIDA

¿Qué sería de la vida si nadie tuviese un objetivo glorioso, si no tuviéramos un porqué y un para qué? Si todo se perdiese en la nada más absoluta, para qué dedicarse con esfuerzo y denuedo en progresar, en descubrir, en mejorar, en perfeccionar cada materia más y más. El ser humano en su fuero interno tiene la seguridad de que ha que caminar hacia dos metas: la perfección y la felicidad. Ambas, aunque no lo parezca, van unidas de la mano. La perfección es el conocimiento y el dominio de las cosas, la belleza, la nobleza de pensamientos, sentimientos y emociones, saber en cada momento qué hacer, cómo hacer, amar, sentir, disfrutar; con ello se alcanza la felicidad de forma natural y gradual, sin buscarla, simplemente se experimenta por medio de la realización, por el equilibrio y el saber ser y estar.

Cada día todos y cada uno de nosotros necesitamos tener un porqué y un para qué; de lo contrario, vamos dejando de hacer las cosas porque sí, porque son una creencia, una tradición, o forma parte de la cultura. Cada día la sociedad se va transformando y creando nuevas pautas de conducta, se va rompiendo con el pasado e importa menos cada vez lo que se hiciera antaño; a esto hay que sumarle la influencia que ejerce la tecnología, que es el principal motor en nuestras vidas. La tecnología ha cambiado el mundo y seguirá haciéndolo paulatinamente. Un nuevo medio ha entrado en nuestra sociedad, que de momento lleva la pauta a la hora de transgredir y romper con muchos lazos del pasado. Nada va a ser lo que era según avance la ciencia, la tecnología y las nuevas formas de entender el mundo.

Necesitamos primordialmente dos cosas: tener una mente clara por un lado, para discernir lo que está bien y lo que está mal, lo impongan las modas, la tecnología o los centros de influencia que están dirigidos por el comercio y el dinero. Y también necesitamos saber qué lugar ocupamos en el mundo, darle un sentido a la vida, si no queremos que la vida nos imponga su ley y su sentido. Por lo general, podemos entender la vida de dos formas, desde una visión material y desde un enfoque espiritualista. De ello dependerá el curso que le demos a nuestra existencia. Debemos tener seguridad en nuestras creencias, porque de otro modo apenas nos servirán a la hora de reflexionar y tomar decisiones.

Para ello es imprescindible que sepamos situarnos en el mapa del espacio/universo; no cabe duda de que internamente tenemos mecanismos que actúan automáticamente y nos ayudan a pilotar nuestro cerebro de la mejor forma posible; también estamos asistidos por una conciencia, que es el bagaje de los milenios que andamos ya progresando vida tras vida. En muchas ocasiones se enciende ese piloto rojo y sabemos qué línea no hay que sobrepasar, qué acciones no debemos emprender; nos avisan de muchos modos para ayudarnos a acertar en el camino a escoger, no en vano hemos tropezado muchas veces en la misma piedra hasta que hemos comprendido que no era por ahí el camino a seguir. Y todo eso se queda grabado en nuestro yo superior. Esta conciencia nos está indicando que somos espíritus viejos, que no es la primera vez que nacemos y que debemos reparar todas nuestras acciones.

No obstante, no somos conscientes del todo de la trascendencia que tienen todos y cada uno de nuestros actos; no  somos conscientes de nuestra propia trascendencia y de que no somos fruto del acaso y de que tenemos un papel que cumplir y un trabajo que realizar. Y esto marca una línea muy importante para nosotros, pues determina que se pueda inclinar la balanza a uno u otro lado a la hora de tomar decisiones o emprender acciones importantes. Si todos supiéramos y tuviésemos el convencimiento de que estamos de paso aquí en la Tierra y de que somos espíritus inmortales; que este planeta es un aula muy atrasada a la que venimos para aprender, ponernos a prueba y expiar las faltas cometidas en vidas anteriores; que la ley de la justicia pone cada cosa en su lugar, pensaríamos sin duda de otro modo.

Pero no hemos llegado a ese momento crucial en nuestra evolución, tan solo unos pocos son ya conscientes de este hecho soberano e incontestable y se esfuerzan para ser consecuentes consigo mismos.

“La vida no trata de encontrarse a uno mismo, sino de crearse a uno mismo”.

Bernard Saw.

Debemos reforzar esta idea cada día, sin lugar a dudas. ¿Por qué? Porque estamos inmersos en un mundo material, asimismo envueltos en un organismo carnal que también impone su ley, sus instintos y necesidades. Estamos dominados todavía por los influjos de nuestra escasa evolución, en donde predominan todavía los bajos impulsos, hábitos y vicios propios de nuestra naturaleza animal, sumida y formada por las debilidades e imperfecciones propias de la infancia espiritual en la que nos hallamos. Somos espíritus en construcción y es mucho el trabajo que nos resta para sacar a la luz los valores y las características de los espíritus sublimes y elevados.

Pese a todo, una vez que sepamos cuál es nuestro rol, trabajemos para nuestro adelanto y elevación espiritual; seamos conscientes en que tropezaremos, nos equivocaremos una y cien veces; no importa, debemos levantarnos una y otra vez. Errar es señal de que estamos en acción. Quien no hace nada piensa que no se equivoca, y sin embargo ese es el mayor error, no hacer nada es tirar la existencia por la borda. No hay que bajar los brazos, hay que adoptar una buena actitud, del guerrero que sabe que por más batallas que pierda se puede ganar la guerra; hay que volver a levantarse después de reflexionar y pensar qué es aquello que hicimos mal para no obtener los resultados apetecidos.

“Un error no se convierte en equivocación hasta que nos negamos a corregirlo”.

Anónimo.

No hay solo una vida, por eso paradójicamente hay que saber aprovecharla para que, aprendiendo experiencia tras experiencia, podamos adelantar y estar cada día con más claridad, fuerza y luz espiritual. No debemos tener miedo a equivocarnos, debemos tener miedo a la pereza y la comodidad, a la inactividad, porque somos seres espirituales que irradiamos energía, y a esa energía hay que darla paso; la energía no puede estarse quieta, ha de buscar su camino.

“Nos envejece más la cobardía que el tiempo, los años solo arrugan la piel pero el miedo arruga el alma”.

Facundo Cabral.

Démosle un contenido a la vida, sepamos hacia dónde dirigir nuestras fuerzas y energías; el universo en una fuente constante de energía siempre en movimiento, de nosotros depende conectarnos a ese divino caudal que nos suministra el aliento, el entusiasmo, el deseo y afán de realización y progreso. A esa fuente divina de luz y energía estaban conectados los grandes avatares de la humanidad, por ello nunca cejaban en su empeño y fueron capaces de cumplir fielmente con su misión en la Tierra.

Una vida sin contenido se convierte en la nada, se instala un vacío en nuestro interior que no nos permite darle valor e importancia a las cosas; esta cuestión finalmente nos lleva a toda descreencia y a pensar que la vida carece de sentido, convirtiéndonos en materialistas. Entonces vivimos anclados en nuestros procesos instintivos, somos una especie de animal raro, que ni somos animales ni somos personas, porque no entendemos qué hacemos aquí, de dónde venimos y hacia dónde vamos; nos sometemos al pairo de los acontecimientos, dejamos que piensen por nosotros, nos dicen lo que tenemos que hacer, nos quitan los sueños e ilusiones y nos obligan a trabajar solo en términos materiales para que otros sí puedan cumplir sus propios sueños.

¡Quien sabe que tiene un destino glorioso, como lo es la propia perfección, se esforzará en su propio crecimiento y elevación! Luchará, peleará, se enfrentará a retos, metas y objetivos; no estará quieto, no le dará miedo el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo, porque sabe que la vida lo quiere fuerte y sabio, con buena voluntad y un corazón grande. Lo someterá a muchas pruebas, compromisos y responsabilidades sin las cuales es imposible el progreso y la perfección. Superando los problemas y los inconvenientes, ganamos experiencia y de ello depende nuestro adelanto y ascenso espiritual.

Quien tiene objetivos nobles, altos y busca el desarrollo de sus valores, sabe que cada vida le ofrece diferentes oportunidades, unas más fáciles otras más difíciles, pero se centrará en cada una de ellas porque todas son necesarias y en cada una aprende y desarrolla valores diferentes que al final le aportarán las cualidades espirituales de las que está hecho en potencia.

La felicidad, el equilibrio y la seguridad espiritual están en nuestra mente. Hay que saber planificarse, llenarse de contenidos, dejar lo superfluo a un lado, lo innecesario, para no tener entorpecimientos y podamos disponer de todo el  tiempo  para dedicarnos a lo que es nuestra tarea, aquella que nos llena y nos satisface internamente, que queda en nuestro yo y no se esfuma como pasa con las cosas materiales, que dependen únicamente de los sentidos materiales.

En definitiva, estamos aquí en este mundo, que es el que nos corresponde por ley, no para continuar siendo lo que éramos, sino para fortalecernos, desarrollando nuestra inteligencia, adquiriendo nuevos conocimientos y valores, y al dejar este mundo volvamos al plano espiritual enriquecidos, más sutilizados y dejando atrás parte de los entorpecimientos, debilidades e imperfecciones que adquirimos en las diferentes existencias ya vividas.

El sentido de la vida por: Fermín Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

“No dejes este mundo con las manos vacías. Acumula la suprema riqueza del alma. No pierdas la dorada oportunidad que te ofrece esta vida de conocer a Dios”.

Sivananda

EL ABORTO ¿UN DERECHO?

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Aborto ¿Un derecho?

EL ABORTO ¿UN DERECHO?

¿Es el aborto un derecho? ¿Nos consideramos de verdad dueños de una vida que no es nuestra?  ¿El hecho de que la mujer sea portadora de una vida que lleva en su interior la convierte en dueña de la misma? Esa vida no le pertenece; aunque es una cosa muy distinta no querer asumir la responsabilidad de criarla.

Tomar la decisión de si debe o no llegar a término el proceso de gestación de otro ser humano es algo muy serio, de extrema gravedad por su importancia. Todos aquellos que estamos adentrándonos en el desarrollo del conocimiento espiritual sabemos que, de hecho, la vida y la muerte no es una decisión que nos corresponde a nosotros, es algo sumamente trascendente, de una importancia vital de la cual nosotros, como seres humanos, tenemos la obligación de cuidar y proteger; debemos aprovechar al máximo nuestra vida que, es el don más preciado que se nos ha concedido, y sobre todo no tenemos la autoridad, ni moral ni de justicia ni de ninguna clase, para cortar la vida de ese otro ser que llevamos en nuestro seno.

Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.

Verso de la obra de Kalil Gibran El profeta (Háblanos de los hijos).

En este sentido, que más pruebas podemos tener de aquellos que queriendo ser madres y padres no pueden serlo, porque hay cualquier situación material, fisiológica, que así lo impide. Por contra, cuántos matrimonios hay que les ocurre todo lo contrario: no quisieran tener más hijos y, sin embargo, forman familias numerosas. ¿Por qué puede ocurrir esto? Precisamente porque La Vida, con mayúsculas, es un hecho ajeno a nuestra voluntad. Hay fuerzas invisibles, fuerzas poderosas, hechos que vienen de un pasado más o menos remoto y que inciden en todo este tipo de circunstancias, por lo cual no tenemos lo que queremos, lo que deseamos, sino aquello que como fruto de lo sembrado en vidas precedentes ahora estamos recogiendo.

Esto, dicho así, sin apenas conocimiento espiritual, puede ser una tontería, algo sin sentido que solemos rechazar sin darle su significado y su trascendencia; pero estamos hablando de cortar la posibilidad de vida de un ser que, sin ningún lugar a dudas, tenemos con él un compromiso, y lo natural, lo justo y acertado es brindarle la posibilidad, abrirle las puertas del mundo para que pueda crecer, desarrollarse e ir en busca de su destino. Querámoslo o no, es un hecho que está ahí, una responsabilidad tan importante que bien vale la pena de razonar e instruirnos para que actuemos de la manera más acertada, y así evitar contraer responsabilidades de cara al futuro que supondrán sufrimiento, limitaciones y que tengamos que vivir en nuestra propia carne aquello que hemos hecho padecer a otros.

Todos nuestros actos generan unas consecuencias, conllevan su responsabilidad; para ello, se van aprobando leyes que regulan las relaciones entre las personas, a nivel social y material. Somos responsables de nuestros actos, los que debemos afrontar ante la ley humana. Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellas acciones que escapan todavía hoy por hoy a esa justicia humana y social, la cual lógicamente es imperfecta, y se va mejorando conforme la propia sociedad va adelantando?

Sin embargo, también observamos que se promulgan leyes que vienen como consecuencia de una demanda social, sea justa o no, y que políticamente no se tiene más remedio que aprobar, debido a la suma de intereses de diferente índole, y que no tienen en cuenta los aspectos espirituales de esta cuestión. Por desgracia, vivimos todavía en un momento en que las consecuencias espirituales, del porvenir en próximas existencias, no se tienen en cuenta, se ignoran completamente; de ahí el sufrimiento y las condiciones en las cuales nos encontramos ya nada más nacer.

La ignorancia no nos exime de nuestra responsabilidad, ni material ni tampoco a nivel espiritual; todo tiene su trascendencia y sus consecuencias. ¿Cómo podemos ignorar o creer que privar de vida a un ser que no se puede defender no va a tener sus consecuencias? ¿Es posible que se pueda legislar en contra de la propia vida? ¿Cómo podemos asumir un hecho tan relevante como es la vida de un ser humano, y que este hecho pueda quedar exento de su responsabilidad? ¿No es acaso la vida el bien más preciado que poseemos? ¿Cómo, pues, podemos permitir, y no solo eso, sino apoyar y defender el derecho a la muerte de un ser indefenso del que no nos corresponde tomar la decisión de su vida?

Ya no se trata de defender la vida, de estar absolutamente en contra de la ley del aborto, de estar convencidos de que no tenemos ese derecho de ninguna de las maneras por razones de fe, religiosas, ideológicas, sino que además actualmente está más que probado que ese ser que alberga la mujer en su interior no es un ser únicamente orgánico, sino que es una entidad espiritual, una conciencia en proceso de desarrollo y evolución y que, como todos nosotros, necesita una vez más venir a la Tierra, reencarnar nuevamente.

Está más que probado que el espíritu preexiste al nacimiento del niño, y que una vez concluida su vida física con la muerte sobrevive a este hecho, porque la conciencia es inmortal, imperecedera; utiliza el cuerpo físico para progresar, y como ropa usada y vieja en desuso la abandona sin más. Este es un hecho corroborado científicamente por multitud de evidencias que muchísimas personalidades dentro del área científica, ya sea en la psiquiatría, en la física cuántica, en la psicología o la neurología entre otros muchos campos, saben perfectamente que lo que somos cada uno de nosotros es un espíritu en proceso de evolución.

El hecho de que esta verdad no sea todavía hoy algo oficial en el área de la ciencia no le quita ningún vigor, no le quita la más mínima porción de veracidad a la cuestión. Otra cosa es que todas las verdades llegan a su tiempo, y la sociedad las va incorporando en su acervo cultural siempre mucho tiempo después de que hayan sido probados y comprobados los avances de los que siempre hay pioneros que se adelantan a su época. Esto ha pasado siempre: la humanidad no aprende en seguida, se resiste a incorporar nuevas verdades y conceptos, con lo cual va en perjuicio de todos nosotros en general.

Por lo tanto, lo más grave no es solo que liquidamos una vida, sino que además negamos la posibilidad de progreso a un espíritu que llama a nuestra puerta y al que le han concedido desde los planos superiores esa oportunidad tan necesaria.

Es por ello que es muy lamentable que se enarbolen banderas en defensa de aquellos derechos que consideramos de suma importancia, que consideramos que vienen en beneficio de nuestra vida, de nuestra libertad, cuando en realidad suponen un atentado a la ley universal del progreso, delito y crimen considerado el más grande que se puede cometer por parte del ser humano después del suicidio, que es atentar contra la propia vida. Este hecho nunca queda exento de su responsabilidad, y más tarde o más temprano se nos pedirán cuentas de ello.

No obstante, hay que decir también que no todos los casos son iguales, no se puede generalizar; se dan de hecho multitud de circunstancias y de situaciones personales que pueden dar lugar a desembocar en este trance tan desastroso como es eliminar la vida de un ser que ha venido y nos está pidiendo paso. La responsabilidad y las pruebas o expiaciones que deberán pasar todos aquellos que participan de estos crímenes se medirán según cada caso en particular.

Se debe considerar también que, en muchas ocasiones, aquellos espíritus que vienen a engrosar nuestra familia no es por casualidad, sino que con ellos tenemos una relación de otras existencias, y es por esto que vienen junto a nosotros porque es preciso eliminar ciertas asperezas y desajustes que traemos de atrás; de ahí la importancia de no cerrar esa puerta e impedir que vengan junto a nosotros. Por nuestro propio bien nos interesa dejar zanjados ciertos asuntos y ayudarnos mutuamente, transmutando todas aquellas antipatías y, quizás, siglos de odio y rencor, en armonía y fraternidad: Esta es la grandeza de la ley de reencarnación, que permite estrechar lazos de amor y unión entre aquellos espíritus que un día se equivocaron y se hicieron daño mutuo.

Para comprender todo esto es preciso instruirnos, estudiar acerca de la ley de la reencarnación, de la ley de consecuencias y del porqué y para qué estamos aquí.

Todas aquellas personas que de uno u otro modo permitan, provoquen, apoyen un hecho como el aborto, desde los propios médicos pasando también por aquellos legisladores que hacen caso omiso a su conciencia y que instan a la sociedad a cometer este hecho tan terrible, todos ellos contraen una grave responsabilidad que tendrán que asumir el día de mañana.

No se puede parar el progreso ni la evolución, estamos sometidos a unas leyes naturales creadas por Dios para nuestro progreso y evolución. Cuanto más tarde lleguemos a comprenderlas, asimilarlas y aceptarlas, más peligro tenemos de equivocarnos y de cometer acciones que supondrán el día de mañana ajustes y pruebas o expiaciones que tenemos que experimentar para distinguir lo que está bien de lo que está mal.

Debemos empezar a ser conscientes de la trascendencia de la vida y de la responsabilidad que contraemos con nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Es hora de que nos gobernemos debidamente, haciendo uso de nuestra conciencia y razonamiento, dejando a un lado el egoísmo, la comodidad y la ignorancia, que son en su mayor parte la causa de todos los males que asolan la humanidad y que nos llevan a defender causas y propósitos muy alejados de la verdad de la vida.

Fermín Hernández Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad

LA NATALIDAD: ASPECTOS ESPIRITUALES

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Natalidad: Aspectos espirituales

La natalidad: Aspectos espirituales

A través de los medios de comunicación social se imbuye a la sociedad la conveniencia de abstenerse de procrear hijos por causa de los tiempos de crisis que atravesamos. ¿Es sostenible dicha teoría? ¿Podría aceptarse dicha afirmación? Deberíamos preguntarnos también si en estos momentos de enorme adelanto tecnológico y poder adquisitivo se da la coyuntura adecuada para iniciar un proyecto familiar; proyecto tan arduo décadas atrás. Establecer una comparación fiable sería tan simple como consultar a las personas mayores; consultar con la generación anterior; informarse sobre sus condiciones y circunstancias y, sobre todo, por los enormes sacrificios que tuvieron que pasar para culminar el proyecto familiar. Para ellos, curiosamente, los hijos no representaron un problema; más bien resultaban una bendición. Los individuos que como yo formaron parte de aquella generación fueron deseados, queridos, crecieron al calor del hogar. Poco importaba tener un solo juguete o ninguno, la imaginación ponía el resto.

No puedo dejar de cuestionarme: ¿cuantas personas como yo, nacidas en la segunda mitad del siglo XX, habrán valorado el hecho de cambiar su infancia y juventud por la que disfruta la generación actual? Personalmente y, a pesar de las ventajas sociales existentes hoy, yo me quedo con mi infancia. No olvidemos que cada época tiene sus luces y sus sombras.


Uno de los mayores regalos que he recibido es mi hija.

Ace Frehley

A mi limitado criterio, los detonantes de esa tan manida crisis, no nacen de la situación económica o de la carestía de la vida. En épocas anteriores, estos mismos condicionantes resultaban mucho más duros, con la diferencia de que hoy ha aparecido un nuevo patrón, inexistente antes, como es la incorporación de la mujer al mercado laboral. La mujer, en su anhelo de equiparación al rol masculino, ha postergado los hijos a un segundo plano. Y no obstante ser los hijos, deseados hoy (sobre el papel), mucho más apreciados que antaño –y es tan solo de una opinión personal−; los hijos no deseados o llegados en mal momento ¿mal momento?, se han convertido en un serio hándicap para las parejas o grupos monoparentales que −desde su percepción− no los quieren. Así las cosas ¿cuál sería el momento adecuado para tener hijos? ¿quién les cuidará?. Aparecen razones contrapuestas en dicho planteamiento y el papel de la mujer-madre pasa a ocupar el último plano. En primer lugar, la formación, estudios; en segundo, el trabajo, los ingresos; en tercero, disfrutar de las posibilidades que ofrece la vida y, en último lugar, los hijos, uno o posiblemente ninguno. En España, actualmente, la tasa media de natalidad (pareja o monoparental) es de 1.3 hijos. Queda bastante claro que este país se encamina hacia un país de viejos.

¿Qué sucede para que el rol de la mujer-madre haya perdido valor? ¿Qué lo ha vituperado? Bien es cierto que, en general,  todo el mundo desea disfrutar las comodidades posibles; la última moda al vestir; tener el vehículo más reciente y, cómo no, disfrutar de una vivienda que contemple las mayores comodidades. Poco importa el precio que se pague. Desde esa perspectiva, los hijos se convierten en un serio estorbo.

No puedo dejar de sorprenderme por la importancia que se le arroga al hecho de que la mujer trabaje y obtenga igual remuneración que el rol masculino −argumento que considero justo−, pero me causa auténtico estupor que se ningunee el esfuerzo de la mujer-madre; que se desprecie su rol de creadora de sociedades; que se ponga en tela de juicio su labor tan dedicada y provechosa para la sociedad; para esa sociedad donde ella, no solo pare a sus hijos, sino que los forma, los educa, los corrige y les busca el camino para conseguir desarrollar su talante e inteligencia. Además de convertir su hogar en un refugio contra las luchas cotidianas; un refugio de amor, paz y comprensión; un templo en cuyo crisol se funden la ética y la moral de las nuevas generaciones. La mujer-madre contribuye, como ningún otra, al crecimiento y desarrollo de los futuros miembros de la sociedad. Y aquí y ahora, yo ratifico que no debe faltarle nuestro homenaje y reconocimiento.

En ocasiones, cuando escucho conversaciones banales sobre el desempeño de la mujer en el hogar, no dejo de sentirme dolido. Estimo que las mujeres pueden y deben trabajar dentro o fuera del hogar, si así lo desean y, conciliar su trabajo en la medida de sus posibilidades. Y ello no tiene por qué ser mejor o peor, bueno o malo, se trata simplemente de respaldar su derecho a decidir. También debe respetarse su deseo a convertirse en mujer-madre; a tomar las riendas de su hogar; de anhelar la maternidad, de tener y educar a sus hijos con el apoyo de su cónyuge, o en el caso monoparental, respetar también su decisión.

Me vienen a la memoria las líneas del escritor Víctor Hugo:

Hijo, hermano, padre, amante o amigo. Hay espacio en el corazón para todos los afectos, ya que hay espacio en el cielo para todas las estrellas.

Nunca los extremos fueron buenos −reza el saber popular−. Por ello, deseo resaltar que cada persona tiene la capacidad de conectar con su propia conciencia, con su llama interior, con el cúmulo de sus experiencias milenarias, con su bagaje espiritual. Si se permanece atento a sus sugerencias; si se escucha atentamente, la conciencia será nuestra brújula. Pero aun así, el hombre sigue empecinándose en participar de la manada, seguir a los demás, hacer lo que ellos, sus costumbres y corrientes sociales; dejar que otros piensen y decidan por él.

En mi limitado criterio estimo que las personas podrían vivir más dignamente sin la premisa de que ambos conyugues estén obligados a trabajar cuando llegan los hijos. Mientras no exista tal condicionante, veo conveniente que ambos cónyuges trabajen a la par. Entiendo también que llegado ese momento lo ideal sería que uno de los componentes que, por sensatez, sentido común y condicionantes biológico-emocionales, debería ser la mujer, se dedicase por entero a esa labor. Ella sería quien culminase el proyecto familiar. Pero la sociedad impone sus condicionantes y establece trabas a la creación del hogar-nido de los futuros miembros de la sociedad.

¡Que nadie se llame a engaño! ¡No estoy alentando una vuelta a las cavernas! Cada pareja ha de tomar sus propias decisiones. Y sus determinaciones deben respetarse. Todo componente de una agrupación familiar: los futuros padre y madre e individuos monoparentales, tienen el derecho inalienable de vivir y recopilar experiencias, para, a través de ellas, conseguir su propio aprendizaje. Y aunque sigo manteniendo la opinión de que la maternidad no debe ser postergada a la última opción; es más, afirmo debería ser considerada la primera opción. Y aunque la vida es larga y ofrece toda suerte de oportunidades; deberían establecerse prioridades, a vista del derrotero que representa el hecho de aplazar o minimizar el valor de la llegada de los hijos. Y todo ello me hace cuestionarme: ¿Será correcto el enfoque que le damos a la vida cotidiana?

Y me mantengo en mi criterio. Estamos pagando un muy alto precio; posiblemente estemos destruyendo un precioso sistema de vida recién alcanzado; un sistema de valores ético-morales dentro de los cuales, buscar un hogar duradero era una premisa importante. Posiblemente tenga mucho que ver la cultura imperante hasta hoy; cultura que había propiciado una convivencia armónica entre personas, una mayor comprensión y tolerancia. Vengo observando que la falta de análisis en las situaciones diarias propicia un cambio a peor. Observo cómo se pierden los valores morales, el aprecio y el respeto hacia la agrupación familiar. Estamos asistiendo a su lenta destrucción. ¿Quizás transformación? El tiempo los juzgará.

Me resulta difícil imaginar una sociedad avanzada, igualitaria y justa, consintiendo que sus hijos se eduquen sin la protectora imagen de los padres. No obstante, observamos que la sociedad actual exige a ambos congéneres trabajar y prescindir del tiempo necesario para dedicar a sus vástagos; con el agravante de que el escaso tiempo sobrante se necesita para el propio descanso y sosiego. La falta de atención y cariño a los hijos está pasando factura y esta metodología está minado las bases de la sociedad; produciendo una generación incapaz de comprometerse hacia los valores que sustentan la sociedad.

Así y todo, aún no hemos llegado al núcleo central del asunto. La sociedad ha obviado los condicionantes espirituales. He tratado con anterioridad asuntos de índole material, social y económica; he citado el futuro y grave impacto del bajo índice de natalidad en las futuras generaciones. Soy consciente de mi esta opinión puede incluso llegar a molestar, ya que quien piensa diferente molesta al resto; es considerado una rara avis y, consiguientemente, sujeto de chanzas, críticas y difamaciones. Se crea entonces un paradigma digno de estudio, lleno de contradicciones.


Nada dice más del alma de una sociedad que la forma en que trata a sus hijos.

Nelson Mandela

Vamos pues a analizar cómo repercute en cada individuo este nuevo orden; cómo repercute  en el ser espiritual. He venido mencionando la necesidad de reencarnar para el progreso personal; así, resulta imprescindible que el espíritu tome materia en los diferentes mundos físicos con el fin de acelerar su proceso evolutivo. Cada nueva vida representa una gran oportunidad de comenzar nuevos retos, nuevos objetivos y reajustes que estaban pendientes  por actuaciones pasadas. “NAÎTRE, MOURIR, RENAÎTRE ENCORE ET PROGRESSER SANS CESSE, TELLE EST LA LOI”, palabras del mensajero A. Kardec. ¡Sembramos y recogemos los frutos! tal es la ley.

Entonces, ¿qué ocurre si negamos la oportunidad de una nueva experiencia carnal a otros espíritus necesitados y deseosos de conseguir un cuerpo físico, de reencarnar? Todos ellos pertenecen a la gran familia espiritual que perdura en el plano espiritual; en el auténtico hogar del espíritu. Les vetamos la posibilidad de cumplir sus compromisos y proyectos de futuro. Estamos olvidando que nosotros también proyectamos nuestra propia reencarnación y que gracias a esa dádiva, la vida, pudimos cumplir nuestros propios compromisos. Negarles esa oportunidad es torpedear su futuro evolutivo. Tal decisión pasará factura y postergará –en paralelo− nuestras propias condiciones futuras, nuestra propia reencarnación y sus condicionantes. ¡Acaso no clama la conciencia cuando se rehusa la vida! ¡Seguiremos haciendo oídos sordos a su llamada! El acervo popular guarda frases muy oportunas, como esta: “Amor con amor se paga.”

La verdadera familia no nace del nombre y apellidos. Esta definición no llega solo desde un aspecto materialista. Con toda certeza renaceremos mañana en escenarios diferentes, con apellidos diferentes, aunque conservando siempre la misma identidad.


Es raro que lo miembros de una misma familia de críen bajo el mismo techo.

Richart  Bach

Esta frase alude precisamente a la auténtica familia, a la familia espiritual; aquella que perdura a lo largo del tiempo y del espacio; que se sustenta en vínculos de amistad, lealtad y afinidad de caracteres y compromisos; que se sustenta en un fin común: progreso y ayuda mutua. Poco importa donde se nace y en qué condiciones, todo medio es válido para realizar y culminar los objeticos comunes; el propio desarrollo y los valores íntimos. Todos los logros son útiles para la conquista gradual del espíritu.

Por tanto, asevero que las condiciones kármicas generadas por la limitación voluntaria de la natalidad; las condiciones inherentes a la nimia intención de disfrutar las ventajas económico-sociales, o por el hecho de rehuir compromisos anteriores a la vida física conllevan una enorme responsabilidad; la responsabilidad de impedir a otras almas su derecho a evolucionar. Y ello conlleva enormes taras kármicas. ¿En verdad, deseamos cargar con dicha responsabilidad? ¿con semejantes deudas? En el universo en el que vivimos la casualidad no existe, todo tiene su razón de ser; todo obedece a una planificación inteligente, donde el presente es el resultado del pasado, y el pasado llama a la puerta exigiendo compensación ¡Meditémoslo!

Resumiendo, tener hijos es poder cumplir los compromisos contraídos con aquellos hermanos y amigos, seres queridos que necesitan volver al mundo físico para seguir su viaje evolutivo  como nosotros; además de que ello representa un compromiso y un deber. No es casualidad que sea la mujer-madre quien más intuya esa necesidad, pues así lo planificó antes de nacer. Y no es un hecho casual tener más o menos hijos; todo obedece al sagrado deber de dar continuidad a la vida.

¡Seamos pues conscientes de la necesidad de tener hijos! ¡tantos como la conciencia dicte! Se trata de una decisión personal y diferente para cada agrupación familiar, donde no habrá de influir creencia o religión, únicamente los propios sentimientos. Evitemos las consecuencias inherentes: primera, privar a otros de volver al mundo físico en una nueva experiencia de la carne, retrasar o comprometer su progreso y, segunda, ser conscientes de que evitar los hijos incumple los compromisos adquiridos, Todo ello creará las condiciones kármicas que nos privarán de la posibilidad de tener un nuevo cuerpo físico, de reencarnar. Os pido que reflexionéis sobre esta coyuntura para evitar pasos en falso.

En resumen, os pido, amables lectores, que abráis vuestra mente, que analicéis todo lo expuesto y que valoréis si merece la pena poner freno a esta lacra que amenaza la sociedad.


Sacrifiquemos nuestro presente para que nuestros hijos puedan tener un mejor mañana.

APJ Abdul Kalam,  ex−presidente de la India

 

La natalidad: Aspectos espirituales por: Fermín Hernández

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

NATALIDAD: RESPONSABILIDAD Y CONSECUENCIAS

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Natalidad: Responsabilidad y consecuencias

Es un hecho constatado que el índice de natalidad ha venido reduciéndose lenta, progresiva y sustancialmente en determinados países del mundo, especialmente en los países occidentales; aunque esto también sucede, si bien de forma más moderada, en determinados países en los que antiguamente era bastante común tener una prole numerosa, es decir, muchos descendientes, ya que estos representaban un apoyo, un espaldarazo al esfuerzo familiar; algo así como una inversión de futuro. Hoy, este supuesto ha perdido valor y los hijos se sienten más como una carga que como una ayuda.

A título de ejemplo, citaré el hecho de que en este país comenzó a percibirse el descenso de natalidad a partir de los años 70. Desde entonces y hasta hoy, esta reducción puede estimarse en torno al 50 por ciento. Y si bien este país viene considerándose uno de los primeros en ese ranking, el fenómeno afecta a muchos más países.

Podríamos esgrimir numerosos argumentos que justifiquen esa tendencia a la reducción del número de hijos por grupo familiar. No obstante, citaré como principales factores de dicha reducción: el coste de la vida −especialmente de la vivienda, los métodos anticonceptivos, la legalización del aborto, la ideología de género, la incorporación de la mujer al mercado laboral y la creciente dificultad para conciliar el horario laboral y familiar.

Todos estos factores se aglutinan para que la mujer, el rol femenino, se sienta ajeno a la vida familiar, rehuyendo en muchos casos la responsabilidad maternal en su búsqueda de equiparación con el hombre, el rol masculino.

Es de palpable realidad la reducción gradual de los índices de natalidad en los países de Occidente; sin embargo, también lo están sufriendo, aunque con más moderación, en otros países menos desarrollados; países en los que en épocas anteriores resultaba habitual tener gran cantidad de hijos, pues los consideraban la base del futuro familiar. Tener hijos se consideraba una especie de inversión. Ese concepto ha perdido hoy toda validez.

En mi limitada opinión, otra circunstancia que viene favoreciendo la reducción del índice de natalidad es la creciente fragilidad en las parejas. Por descontado que no voy a cuestionar la función del divorcio, pues qué duda cabe que ha llegado a convertirse en un adelanto social al resolver los eternos conflictos de pareja; conflictos por los que se solía correr un tupido velo, esconderlos, y donde la mujer solía llevarse la peor parte. Y este divorcio se ha convertido en el único escape a la mala convivencia de pareja dentro del ámbito familiar; el único escape entre dos personas que dejaron de quererse y respetarse y cuyos desafectos les perjudican a ellos y a sus hijos.

La vida familiar ha perdido el atractivo que poseía en décadas anteriores y hoy a nadie atrae un compromiso de larga duración; a nadie atrae una agrupación sólida y estable en el tiempo. Esa unión ha perdido relevancia dentro de una sociedad que busca estabilizarse mediante la cohesión familiar y con la educación impartida en su seno.

Y como cualquier otro uso y costumbre, el divorcio ha llegado a trivializarse, al no utilizarse convenientemente. El ser humano está perdiendo la capacidad para fomentar y hacer crecer el afecto y el respeto hacia el hogar. Esta es otra consecuencia más de la ausencia de motivaciones y la falta de aprecio entre aquella pareja que un buen día hizo votos de amor y respeto. Posiblemente sea este uno de los argumentos por los que la mujer se siente desfavorecida y se frena a la hora de asociarse conyugalmente.

Si mis días comienzan con un abrazo de mi hijo, son mucho más gloriosos de lo que eran antes.

Russell Crowe.

 Queda claro que las razones obedecen a motivos de orden crematístico, material y egoísta, pues en ningún momento se valora la conveniencia de tener hijos. Tampoco se abordan las ventajas que esos hijos aportarán a la futura sociedad. Es un hecho probado que la población de los países más desarrollados envejece paulatinamente; la preocupación en tal sentido crece, aunque nadie se atreve a hablar alto y claro que la sociedad está incurriendo en un terrible error al pensar en el corto plazo; al pensar en el propio egoísmo y en la comodidad. Pues tener hijos implica un compromiso, una responsabilidad, un trabajo, una gran dedicación y un largo etcétera de incomodidades. ¡Algo que nadie quiere asumir!

Incluso se ha llegado a decir que tener hijos es una mala inversión.

¡Qué cotas de idiotez se han alcanzado!

La conquista de comodidades y bienes materiales ha anulado de tal manera las consideraciones de orden espiritual que, a la hora de pensar en los futuros vástagos, muchas personas lo traducen en un problema. Entienden que ese esfuerzo representa el fin de una vida de confort. Ese pensamiento materialista llega incluso hasta a considerar el aborto como el método de resolver los problemas económicos, pues: ¿cuándo es el momento adecuado para la llegada de un retoño? El sentimiento de pérdida de confort familiar a causa de la llegada de un nuevo ser lastra constantemente la unión de pareja, porque ese nuevo ser representa una seria amenaza al confort idealizado. ¡Pensemos en ello!

Nada es más precioso que la vida… sobre todo la vida de un hijo.

Peter Diamandis.

Estos supuestos y otros muchos más son el resultado de la ignorancia del hombre respecto a las leyes de la Vida.

Mientras tanto, la Ley universal del Progreso sigue actuando, silenciosa, solapadamente. Es el proceso evolutivo de la sociedad que impele a esta hacia constantes cambios en su búsqueda de mayores cotas de perfección. No obstante, si estos cambios se revierten hacia un aspecto material de la existencia, hacia el confort, la comodidad, el dolce far niente, los placeres y los deseos incontrolados, se estará fraguando un desajuste social; un desajuste que la Ley de Evolución combatirá en su búsqueda del equilibrio. Y el ser humano quedará desarmonizado, viéndose obligado a buscar el camino perdido de su evolución a través del dolor.

Es urgente llevar al conocimiento de la sociedad las razones del ser humano en la Tierra y qué fines pretende. Es preciso llevar al conocimiento general la perentoria necesidad del individuo de ocupar un nuevo traje carnal, una nueva encarnación; hacerle saber que necesita continuar su enriquecimiento y progreso.

Sin embargo, tampoco debemos obviar la falsa creencia de que el ser humano, el hombre, solo dispone de una vida, pues este pensamiento sigue generando daños desastrosos en las convicciones de las personas; daños que finalmente abocan al individuo a la desarmonía y a la pérdida de valores.

Es necesario que el individuo conozca cómo funcionan las Leyes de la Vida para que, conocedor de su lugar y responsabilidad en el concierto universal, pueda tomar las decisiones oportunas. Así y solo así el individuo modificará su actitud mental y buscará el camino correcto. Y con esa nueva mentalidad llegará a entender que concebir un hijo no es un problema, muy al contrario, la fuente de nuevas experiencias, de nuevas pruebas. Entonces un hijo se llegará a convertir en una bendición, en un compañero con el que compartir la vida; alguien a quien entregarse y ofrecerle las mejores condiciones para su desarrollo y crecimiento personal; alguien a quien mostrar cómo desenvolverse en este su nuevo mundo con sensatez y responsabilidad. Ese nuevo miembro de la familia se convertirá entonces en un nuevo aliado, alguien que viene también a ayudarnos en nuestro aprendizaje. Él será el acicate para para la lucha diaria, para ofrecerle nuevas oportunidades, nuevos rumbos, nuevas metas y realizaciones comunes. Él hará que todo esfuerzo merezca la pena, pues al fin y a la postre se trata de un viejo amigo, un compañero o un viejo adversario que llama a la puerta mostrando sus ansias de paz y reconciliación.

El corazón de la madre es el aula del niño.

Henry Ward Beecher.

 ¡Cuánto cambia la vida cuando se aborda desde un sentido espiritual y transcendental!

 ¡Cuánto cambia al abordarla desde la convicción de un ser inmortal que viene a utilizar la escuela terrena para desarrollar sus potencialidades!

¡Cuánto cambia al abordarla desde el convencimiento de ser todos hijos de Dios, herederos de sus dones!

¡Cuánto cambia la perspectiva al modificar la visión materialista hacia la inmortalidad!

¡Cuánto cambia al saber que el hombre dispone de todo el tiempo imaginable para conseguir la paz y la felicidad!

¡Cuánto cambia al saber que esa felicidad llega con el trabajo bien realizado!

En la actualidad existen muchas ideologías que desprecian la utilidad de la reencarnación. Ignoran que es a través de ese medio que el individuo viene y va, para experimentar todas las facetas de su personalidad; no importa el rol que ocupe, masculino o femenino. No debemos olvidar que el espíritu carece de sexo, es asexual, y la utilización de un rol u otro está condicionada a sus necesidades evolutivas; y que cada rol faculta diferentes experiencias, todas ellas necesarias.

La ignorancia de esas premisas lleva a malinterpretar y a no poner a cada persona en su lugar en el mundo. Cada individuo es diferente a otro, también sus necesidades y carencias. Y es que cuando desde el otro lado de la vida se planifica una encarnación y el individuo ocupa su lugar en la carne, olvida su compromiso y, al hacerlo, propicia la pérdida de sus metas.

Esa ignorancia obnubila la identidad personal, la individualidad, con el pretexto de la uniformidad entre individuos, y se promulgan leyes que enfrentan a unos contra otros, al rol masculino contra el femenino.

Natalidad: Responsabilidad y consecuencias por: Fermín Hernández

©2019, Amor, Paz y Caridad

 

NACIONALISMO O HUMANIDAD

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Nacionalismo o humanidad

Nacionalismo o humanidad

A continuación detallaré algunas definiciones que la R.A.E. otorga a la palabra humanidad:

Apartado 5.- Sensibilidad, compasión ante las desgracias de otras personas.

Apartado 6.- Benignidad, mansedumbre, afabilidad.

Apartado 8.- Conjunto de disciplinas que giran en torno al ser humano, como la literatura, la filosofía o la historia.

Adicionalmente, una de sus acepciones indica: Capacidad de sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas.

Define también a la sociedad como: Conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes.

Mientras tanto, define al nacionalismo como:

1.- Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad e historia.

2.- Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse en estado independiente.

Podemos ver que se trata de conceptos unilateralmente opuestos. Los conceptos de humanidad y sociedad representan aperturismo, expansión, sentimiento de igualdad frente al resto de personas, abrazar, unir; también implican un sentimiento de interés y compromiso hacia el bien común, hacia los problemas de los demás.

 No obstante, el sentimiento nacionalista en realidad es neutro; quién no ama sus raíces, quién no se siente identificado con sus valores, quién no vibra y se siente feliz por pertenecer a un pueblo, a su historia, a sus logros y quién no desea en lo profundo de su ser mejorar y dejar a sus deudos algo mejor de lo que recibió. Por lo tanto, no es reprobable el sentimiento de nacionalismo, el que todos en mayor o menor medida tenemos. Ahora bien, cuando este sentimiento lleva consigo el menosprecio a otros pueblos, el separatismo y la discriminación del diferente; cuando se pretende defender lo propio de cualquier forma y a cualquier precio, cuando incluso se llega a la violencia, entonces estamos hablando de algo más que de nacionalismo, estamos entrando en el terreno de la falta de respeto, de la intolerancia y del exclusivismo que no son más que taras que cobran una mayor relevancia en esta época que tiende a la universalidad y la globalización. Estamos entrando sin duda en una nueva forma de vivir y de entender el mundo, y quien así no lo vea se verá inmerso en una serie de conflictos artificiales que no deberían producirse.

Mientras tanto, el ser humano convencional, el ser humilde y consciente de su universalidad, aquel que se siente viajero del mundo, predispuesto a ayudar y compartir las ventajas que le otorga la vida, se siente despreciado. Humillado por el individuo nacionalista, egocéntrico y excluyente que con su visión difusa tergiversa el mundo que le rodea. Por ese individuo que solo es capaz de ver su propio ombligo; que huye de quienes piensan de modo diferente, que solo ve en ellos inferioridad, trabas, problemas. Le mueve únicamente su interés y beneficio; vive para sí, para su idea, circunscribe el mundo a sus pingües rentas. Está íntimamente convencido de que quienes piensan diferente, quienes no comparten su sangre, bandera, idea y proclamas, su terruño, esos, esos, no son dignos de ellos, no comparten sus motivaciones. Solo puede discriminarlos, apartarlos de su cerrada comunidad. Es por principio discriminador y conflictivo, excluyente, evita mezclarse con los demás…, él, que se siente superior, ¡diferente! ¡Más!, ¡mejor!, ¡que vive en su propio paraíso! ¡Cómo ceder!, ¡integrarse! ¡Tamaña bajeza! ¡Tamaña humillación!

La persona que definimos tener calidad humana, que muestra sentimientos, que muestra deferencia hacia los demás (RAE, definiciones 5 y 6), es aquella que incluye a toda la raza humana en su acepción del término humanidad; que la siente como su propia familia y comparte con ella un mismo destino. Nada importan razas, credos, color de la piel o lugar de origen. Su enfoque es universalista, huye de las divisiones, de las exclusiones; se siente íntimamente ligado a la ley universal de progreso. Asume que toda persona, que toda nación y sus peculiaridades, ocupan diferente escalón en el progreso evolutivo. Por ello, sus sentimientos se traducen en ayudar y colaborar al bien general.

Muy al contrario, al ente nacionalista nada de eso le motiva. Rechaza esa línea de pensamiento; en él prevalecen los intereses materiales, porque al fin y a la postre ¿qué otra cosa importa? El nacionalismo, como ideología y según se ha venido demostrando históricamente, es una lacra; el origen de conflictos entre pueblos, de enfrentamientos, la matriz de innumerables guerras; conflictos que han destruido civilizaciones enteras durante eones; millones y millones de víctimas.

Lejos de sentir benevolencia, compasión, respeto y tolerancia hacia aquellos que excluyen de su círculo, muestran sin decoro su sentimiento supremacista, su odio, su menosprecio, su… superioridad. Estamos hablando de sentimientos excluyentes dentro de una sociedad que pretende ser civilizada; sentimientos ya superados por la práctica totalidad de pueblos que componen nuestro conglomerado social; por esta humanidad que es −apenas− una ínfima mota de polvo perdida entre doscientos mil millones de galaxias. Son mentes retrogradas, medievales, caducas, desfasadas. Muestran impúdicamente su involución social, sus miedos, sus temores, sus tendencias egoístas, sus proclamas, sus banderas. Sus pronunciamientos ya fueron superados por esta sociedad; sus equívocos les alejan del sentido universalista de la vida.

Porque esa ideología excluyente, esa que menosprecia a sus semejantes, ¡si pudiese entender el origen de sus acólitos, su procedencia, planeta, continente, país o ciudad! ¡El origen de sus incontables existencias!

¡Mal camino llevamos! Del mismo modo que este planeta dejó de ser el centro del universo para una sociedad que no ha parado de evolucionar, en idéntica medida entiende que ningún pueblo puede considerarse hoy superior a otro. Podrá, evidentemente, ocupar algún peldaño superior en ciertas disciplinas, pero solo su posición debería ayudarle a comprender y apoyar a los pueblos mal posicionados.

Al fin y a la postre “compartimos un destino común en esta nave planetaria”.

Si cada individuo fuese capaz de entender que nada le pertenece, que nada es suyo, que los bienes que detenta son apenas un préstamo recibido de lo Alto para su evolución y emancipación del mundo material; si fuese capaz de entender que todo es temporal, que nada perdura, que todo queda atrás cuando viaja hacia el otro lado de la vida, ¡cuánto cambiaría esta sociedad nuestra! Todo individuo posee, apenas, el resultado de acciones, pensamientos y sentimientos; todo lo demás es una dádiva temporal, un instrumento para su evolución.

Los diferentes planos de vida muestran que el hombre es solo un pasajero del escenario físico que denominamos “Tierra”. Que nacer, vivir y morir −no importa dónde o cuándo− no le hacen diferente o mejor; que su lugar de nacimiento no le proporciona mayor o menor relevancia; que nacer y morir en determinado lugar es únicamente la experiencia que necesita para su crecimiento; que la vida es un regalo inapreciable que le ayuda a adquirir nuevos conocimientos, nuevas experiencias, progreso moral y sabiduría. Sabiduría, que es el único progreso útil en su carrera evolutiva.

Una vez superadas ciertas fases, llamémoslas “terrenales”, de su evolución, abandona la condición material y se eleva a planos superiores; percibe entonces la inutilidad de esas nimiedades que tanto le perjudicaron en su experiencia física; toma conciencia de los numerosos equívocos que desviaron su camino.

¡Y cuántas veces tuvo que repetir experiencias por errar el camino!

 ¡Y cada vez más duramente!

Cuando aborda el nuevo plano de vida, cuando recapitula, se horroriza, constata sus carencias evolutivas, siente que debe concienciarse de sus errores, recuperar fuerzas y repetir las experiencias a las que sucumbió. Su ignorancia le llevó a sobrevalorar situaciones, sentimientos; a tergiversar la razón de su existencia; a dar valor a hechos que no lo tenían.

Ignorante, el ser humano vive ausente, se aferra a las cosas materiales como clavos ardiendo, ignora que debe experimentar, a lo largo de existencias diferentes y nuevas, otras situaciones; tantas cuantas necesite para su aprendizaje. Desconoce que venir a la Tierra, a la carne, es una oportunidad para romper las amarras que le anclan, que le esclavizan, que le fanatizan; de levantar el vuelo; de romper sus limitaciones.

Todo cuanto representa individualismo, separatismo, amor propio, división, afán de poder, es apenas un sentimiento de inferioridad, de miedo, de temor; un sentimiento que le retrograda, que le relega a pasadas épocas de barbarie.

Desde el universalismo ¿qué valor tiene pertenecer a un lugar u otro?, ¿nacer y morir en un lugar concreto?, ¿poseer más o menos bienes?, ¿disfrutar de ciertos lujos? Todo ello, visto desde la distancia del tiempo y del espacio, resulta insignificante, pues al individuo solo le queda su capacidad de compartir, de ofrecer; nada le pertenece.

Cada nueva experiencia en la carne se traduce en situaciones diferentes que el individuo deberá experimentar: riqueza, pobreza, salud, enfermedad, bienestar, dolor, relevancia social, humildad, poder, miseria, nacer en un lugar privilegiado o hacerlo en otro miserable. Cada persona, cada individuo necesita experimentar situaciones diferentes que le ayuden en su desarrollo “moral”. No hablamos del hombre como ser evolutivo, de un ser material que posee un alma: estamos hablando de un alma en evolución, un alma que utiliza cuerpos físicos, que experimenta innumerables circunstancias, lugares; de un ser universal, sin patria, color o religión.

Traeré a colación aquella frase del Rabí de Galilea dirigida al fariseo Nicodemo, cuando este le preguntó sobre la reencarnación: “El espíritu sopla donde quiere y no se sabe de dónde viene y hacia dónde va”. A lo largo de la vida física, todo hombre tiene a su disposición experiencias distintas para entender su destino; tendrá todas las oportunidades necesarias para consolidarse como verdadero hijo de Dios, un colaborador de su obra.

El ser humano se perjudica cuando piensa que sus males o limitaciones vienen por causa de otras personas; cuando cree que, culpando a los demás de sus sufrimientos, apartándose de ellos, puede resolver sus problemas. ¡Craso error! Nada así le ayudará en su evolución. Quizá obtenga algún beneficio material pisando a sus semejantes, pero la ley del amor, esa ley justa, sabia e inmutable, revertirá la situación; más pronto que tarde se volverá contra él.

La historia de la humanidad está repleta de mil y mil ensayos de esa realidad; ha demostrado que todos los imperios, grandes, pequeños, todos han tenido un principio y un final, casi siempre dramático, trágico. Sus abusos, sus excesos, su feroz avaricia les ha creado enemigos que han acabado destruyéndolos.

Hemos vivido en la premisa de que el grande se come al pequeño, y ese es, en esencia, el origen del nacionalismo; de ahí su origen, su desproporción, su supremacía. Su supra-valoración les impide entender y aprovechar el valor de la unidad, del todo; que todos unidos avanzamos más. Resulta palpable que todos nos necesitamos. Es la ley de sociedad en acción. Ningún pueblo o sociedad puede subsistir sin el apoyo de los demás.

Tampoco les proporciona validez su número. El hecho de que miles de personas compartan sentimientos y actúen unidas no implica que tengan razón; la cantidad no es determinante, importa la idea última. Porque un crimen sigue siéndolo. Reivindicado o no por cien o mil personas, el crimen sigue siendo lo que es, un crimen, un atentado contra la vida. Igual sucede a la hora de manifestarse violentamente cientos o miles de personas. La cantidad no les confiere razón.

La humanidad ha podido avanzar merced al concurso y participación de todos sus miembros. Los avances sociales, los avances en todas las disciplinas de la sabiduría universal son también fruto de la herencia de pueblos antiguos; de pueblos en los que descollaron personajes insignes en misión de mejora de la civilización.

Por tanto, los avances sociales de la humanidad son obra de todos; cada individuo añade su participación, su grano de arena. Cuán lejos quedan las proclamas nacionalistas que buscan adueñarse de tierras, ventajas y prebendas que no son suyas; apropiarse de los derechos conseguidos por otros trabajando en pos del bien común. Y no hablo de años o centurias, sino de una labor milenaria. Nada pertenece al hombre, nada le es propio, nada detenta. Y ese es el único sentimiento que debería alumbrar el pensamiento del cada individuo, dirigir sus acciones.

Si la genética pudiese hablar, ¡cuántas cumbres caerían! Si merced a la genética se llegase a descubrir el origen de cada individuo −como ya se ha realizado experimentalmente−, descubriríamos que cada región de este planeta es apenas un crisol de razas, de orígenes, de procedencias. Las continuas migraciones en el tiempo han propiciado una interrelación de razas, al punto de no existir, prácticamente en ningún lugar del planeta, la menor pureza de raza. Por otro lado, es un hecho probado que las grandes naciones han podido serlo merced a la colaboración de cientos y miles de personas que emigraron desde sus países en busca de un futuro mejor. Todos ellos contribuyeron al desarrollo y riqueza del pueblo que les acogió. Y tenemos ejemplos palpables allende los mares: EE.UU, Centro y Sudamérica y, en menor medida, Europa hoy, donde la afluencia de inmigrantes está cambiando su demografía social.

Tristemente, y alcanzado el estatus social que se desea, los inmigrantes sobran, molestan. Se les relega al olvido, se les quiere apartar, comienzan a ser un estorbo. Ese rechazo, en el fondo, qué es sino una manifestación del más puro egoísmo. Se les usa cuando se les necesita y se les desprecia después. Y en mayor medida si pertenecen a otras etnias.

Sentimiento reprobable, sentimiento nacionalista que genera antipatías, menosprecios y odios. No obstante, la ley de sociedad dicta que la verdadera justicia está basada en la equidad. Y esto únicamente se consigue mediante el respeto y la convivencia, la guía de los pueblos civilizados en busca del bien común.

Mientras tanto, el sentimiento de integración eleva al individuo por encima de sus limitaciones, le engrandece, le sublima; borra las semillas de la mezquindad, del egoísmo; desarrolla el afecto, la compasión, la caridad. En contraposición, el supremacismo ensalza la personificación, el orgullo, la ambición; busca el poder, el dominio, se viste de banderas, encierra al individuo dentro de un caparazón de egoísmo en el que solo caben quienes comparten idéntica filosofía, su cerrada sociedad. El exclusivismo es apenas el germen de la involución, del estancamiento, del conflicto.

También desprecia el entendimiento, la comprensión, la tolerancia, el respeto. Ya que esas virtudes le molestan, molestan a su filosofía, al punto que solo aceptarán a quienes manifiesten sus mismas creencias; para el resto, barreras, incomprensión y discriminación.

Bajo el resplandor del universalismo toda persona posee idénticos derechos que otra. Podrá admitirse, podrá asimilarse o no, pero ignorar esta premisa demuestra la enorme ignorancia del separatista. Ignora, desconoce la razón de su presencia en el planeta. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Hacia dónde? Todo ser humano es, en esencia, igual a otro, y el progreso común debería ser, sin excepciones, la aspiración de todos los pueblos, el objetivo a seguir. Pero las conciencias fanatizadas, retrógradas, culturalmente contaminadas y manipuladas por oscuros intereses, buscan únicamente argumentos para separar, para destruir.

Esta sigue siendo todavía una asignatura pendiente en nuestra sociedad. Mientras determinados grupos trabajan en pos del nacionalismo, mientras permanecen ciegos en sus proclamas, continuará la lucha entre el conocimiento y la ignorancia, entre la luz y la oscuridad, entre el conflicto y la paz, entre el rechazo social y la comprensión.

Seamos pues capaces de abrir, aunque sea por un instante, la conciencia a realidades mayores; vislumbremos unidos un futuro común, esplendoroso, lleno de esa armonía que mueve el universo.

Nacionalismo o humanidad por: Fermín Hernández

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

LA LEY Y LA JUSTICIA

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La ley y la justicia

La ley y la Justicia. Si bien ambos vocablos pueden expresar definiciones parejas cuando se utilizan en el complicado entorno de la justicia social, sus implicaciones y matizaciones se entremezclan y desdibujan hasta parecer dos ramas de un mismo árbol. No obstante, en la práctica se diferencian, sutilmente en ocasiones y tremendamente en otras.

Veamos cómo las define la Real Academia de la Lengua:

Ley: Regla o norma establecida por una autoridad superior para regular, de acuerdo con la justicia, algún aspecto de las relaciones sociales.

Justicia: Principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada cual lo que le corresponde.

A tenor de esta definición, ambos conceptos −que se mueven en una frontera difusa−, aun entremezclándose, están muy alejados uno del otro. Por lo general, la sociedad estima que la ley emana de la justicia, aunque en la práctica ¿sucede realmente así?

Aplicar ambas con ecuanimidad, además de complicado, resulta inclusive problemático. Expresado de otro modo: el hecho de que se cumpla la ley no implica necesariamente que se aplique la justicia. Simplemente, la ley aplica las normas, al margen de sancionar cualquier litigio ecuánimemente.

Y ahora llega otro personaje −desconocido para muchos− y que redefine la cuestión del siguiente modo: Tan natural resulta, que os indignáis ante la sola idea de que se cometa una injusticia. No cabe duda de que el progreso moral desarrolla dicho sentimiento: pero no lo crea. Dios lo puso en el corazón del hombre. Y he aquí porque encontrais con frecuencia, en personas simples y primitivas, nociones más exactas de la justicia que entre aquellas otras que poseen mucho saber”Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, capítulo “ley de Justicia, Amor y Caridad”, artículo 873.

Y ante esa definición me asalta la siguiente duda: ¿Se trata de un sentimiento natural o es el resultado de ideas o preconceptos?

La justicia es un sentimiento natural, una característica innata de todo ser humano; al punto que, personas dotadas de un nivel medio e incluso de baja condición, pueden llevar inmanente dicho sentimiento, incluso con más intensidad que otras que poseen grandes conocimientos. No obstante, ese sentimiento puede estar contaminado de ciertos vicios del individuo: sus conveniencias, sus intereses o factores que pueden impedirle decantarse hacia la justicia. También resulta harto común que muchos individuos se vean oprimidos por una coraza de egoísmo y soberbia que anula sus sentimientos naturales; que bloquea sus emociones y sentimientos. Ese bloqueo les impide captar el sentido de justicia que les sugiere su voz particular, su conciencia.

El desequilibrio emocional del intelecto y la frialdad en las reacciones ante las privaciones y necesidades de los demás hacen que el individuo esté condicionado ante los prejuicios de índole material, anulando la llamada de su conciencia; de la experiencia acumulada a lo largo de eones.

Son los valores éticos y morales, como la caridad y el amor al prójimo, los que presionan al individuo a la hora de expresar y enjuiciar los asuntos adecuadamente, porque la justicia radica, por encima de todo, en “respetar los derechos ajenos”.

Ha quedado patente −en el tiempo− que la sociedad se mueve sistemáticamente por delante de las leyes. Así, legisladores y jueces se ven impelidos a corregir y actualizar “la ley”, a dar cumplida respuesta a las necesidades sociales y sus avances evolutivos. Y resulta lógico que así sea, pues las nuevas generaciones disponen de un mayor acervo de conocimientos, experiencias y evolución, obligando a revisar las normas que quedan obsoletas o caducas.

En el texto recopilado por Allan Kardec, el codificador espírita antes citado y que lleva por título “El Libro de los Espíritus”, los instructores del plano mayor dedican una parte del mismo a las leyes morales, concretamente el último capítulo dedicado a la Ley de Justicia, Amor y Caridad. En dicho capítulo se liga el principio de justicia al de amor y caridad; al punto de considerar esta ley como la más relevante de todas las analizadas en dichos textos.

Siendo estos tratados unos grandes desconocidos para la legislación humana, vienen, no obstante, a establecer un gran vacío en el derecho legislativo, el usado para interpretar la ley e impartir la justicia.

Justicia humana que deja de lado los principios morales, el amor y la caridad; principios que deberían permanecer indivisibles cuando se aplica la justicia.

Bajo estas premisas, nos atreveríamos a decir que sin amor y sin caridad no puede existir una verdadera justicia.

En una lenta progresión la ley va perfeccionándose, diríamos que puliéndose, en la medida que la ignorancia humana y su brutalidad desaparecen. En un principio campaba la ley del más fuerte, del poderoso, del más inteligente. No obstante, hoy, el sentimiento innato de justicia aflora y se impone progresivamente; surgen nuevos modelos y conceptos que ayudan a entender que la vida nunca para de evolucionar, al igual que el propio individuo, gracias a los esfuerzos de personas de elevada condición moral, de avatares que han venido encarnando en la Tierra durante todas las épocas, de personas que instruyeron civilizaciones, muy lentamente, con gran dificultad.

¡Cuántas leyes y costumbres del pasado −vigentes todavía− nos horrorizan, al observar cómo se legislaba en el pasado; al observar cuales eran las costumbres en los países civilizados…! ¿Civilizados? ¡Leyes que hoy se consideran injustas, retrogradas e incluso bárbaras!

Es por ello que debe reinar la prudencia a la hora de emitir juicios y opiniones, por muy bien refrendada que pueda estar dicha «ley», porque a pesar de ese apoyo, podría resultar injusta. Queda la recomendación de valorar y aplicar las leyes morales emanadas de lo Alto; dejar que el corazón guíe las sentencias y aplicarlas honrada y honestamente, sin escudarse en el cumplimiento de la ley. El sentido ético y moral debe gravitar por encima de ley social. El hombre debe actuar como un ser evolucionado y consciente de su camino.

Me gustaría traer hasta aquí algunas de las frases que escuchamos habitualmente en los medios de comunicación, por ejemplo: “actué así porque era legal” −fuese o no moral−. De aquí se desprende que las leyes humanas siguen una dirección y las emanadas de lo Alto otra diferente.

La ley divina es inalterable, no cambia jamás; establece el respeto hacia los derechos de todos los seres y aboga por la aplicación de la justicia moral, de esa justicia que permanece esculpida en la intimidad del ser, en la propia conciencia. A través de ese llamado, el individuo se siente impelido a luchar contra las injusticias sociales; a impedir el daño a cualquier persona sin razón ni merecimiento; le impele a revelarse contra la injusticia y a defender a débiles y desprotegidos.

De ahí aquella sentencia del mayor avatar de la humanidad, Jesús de Nazaret: “Como queráis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. No obstante, cuán lejos se encuentran los hombres de esa máxima; de dicha recomendación moral. Aplicarla resolvería de un plumazo −ipsis literis− todos los litigios que viene enfrentando la sociedad. Cuántas leyes absurdas, cuántos vericuetos legales se podrían ahorrar de aplicarse dicha máxima; cuántos tiempo y esfuerzos se habrían ahorrado para alcanzar la justicia social.

Las leyes humanas son imperfectas −lo sabemos−, como imperfectos son los individuos que las crearon y detentan. Mientras tanto, el tiempo y su aprendizaje las pulen, las humanizan, las acercan lenta y progresivamente hacia la perfección. Pero para que esto se pueda conseguir ha de producirse un cambio en la humanidad, esta tiene que evolucionar, que incidir sobre los ideales y sentimientos más nobles.

La justicia, al igual que las leyes morales que rigen el universo, debería ser ciega y no tomar en consideración la posición social de individuos, razas, color, religión, ideas o riquezas. Observamos por doquier que el fiel de la balanza se inclina siempre a favor de los más ricos y poderosos. La sociedad actual muestra que se puede vivir dentro de la norma de que todo tiene un precio, “inclusive la justicia”.

“Si la justicia existe, ha de ser igual para todos, nadie puede quedar excluido, pues de lo contrario ya no sería justicia”.

Paul Auster, escritor, guionista y director de cine estadounidense.

Estamos saturados de conocimientos, de leyes, de información, pero falta justicia social, amor y caridad entre los hombres; faltan los preceptos morales más importantes de la existencia. La solidaridad, el respeto, la tolerancia y la comprensión habrían de reinar ante cualquier situación, ante cualquier disputa. La civilización ha llegado a su cenit actual a causa de sus imperfecciones, lacras y egoísmo. Sus masas podrán inundar juzgados, salas de justicia, ministerios; podrán tener un sinfín de normas y leyes. Pero hasta tanto el ser humano recupere su sentido innato de justicia, del modelo implantando por lo Alto en cada chispa de su creación, y éstas se esfuercen en aplicarlo, los individuos serán incapaces de crear una sociedad digna de llamarse como tal.

Luchando contra las imperfecciones morales, contra las lacras, de las que no se libran ni jueces ni reyes, los hombres van alterando la sociedad buscando que esta funcione un poco mejor. Pero la realidad es cruda, implacable, existen demasiados defectos. Todo individuo aplica sus criterios en la medida de sus limitaciones e intereses materiales. Evidentemente, quienes detentan la autoridad y la responsabilidad de impartir justicia, así como de elaborar nuevas y sabias leyes y corregir las existentes, podrían hacerlo teniendo presente la sagrada trilogía de “justicia, amor y caridad”. Podrían aplicar las leyes con imparcialidad, honradez y sabiduría, buscando el bien común y la reparación de los daños.

Reza un adagio: “hecha la ley, hecha la trampa”. La justicia suele ser más beneficiosa para las persona ricas y rara vez actúa con equidad para pobres y desheredados. La historia nos viene mostrando que esa máxima, promulgada vox populi, se cumple inexorablemente.

A quienes medran dentro del sistema judicial todo parece sonreírles; mientras que a los pobres, a las personas de baja condición social o desheredados de la fortuna, difícilmente les sonreirá, ya que la justicia responde, por lo general, a sus propios intereses. En modo alguno suele preocuparse por el respeto y consideración al individuo, sea cual fuere su condición. “Tanto tengo, mejor abogado tendré, mejores opciones para ganar cualquier pleito”. El resultado es que las personas más desfavorecidas quedan siempre malparadas en cualquier trámite procesal.

El jurado está compuesto por doce personas elegidas para decidir quién tiene el mejor abogado”.

Robert Frost, poeta estadounidense.

 Cuántas y cuántas injusticias se han venido cometiendo con esa premisa. ¡Qué triste papel el de la justicia de los hombres!

Y qué diremos sobre la interpretación de la ley, detentada por hombres y mujeres a caballo de sus limitaciones; con su mayor o menor voluntad para impartir justicia, aunque siempre esclavizados a sus limitaciones, a su carácter, a sus defectos, a su forma de entender la ley y la justicia. Cuántas veces observamos puntos de vista dispares entre los intérpretes de la justicia. Vivimos, definitivamente, en manos de seres humanos que aplicarán sus criterios según entiendan las circunstancias humanas. Lamentablemente, la justicia perfecta no existe entre los hombres, sí en las leyes universales.

Cuando se está sometido a la ley −aunque pueda resultar una paradoja−, lo menos relevante es el propio individuo. No puede auto-defenderse, necesita un intérprete, un letrado al que mueven ¿tus intereses?; ¿o los suyos?; ¿que se preocupa −realmente− de ti?

Letrados: personajes que viven de las desavenencias y conflictos entre los hombres; que se nutren de ellas; que fagocitan a sus representados −como el dios griego Chronos−, sus bienes, entregándoles a cambio incertidumbres y verdades a medias. Les importa más la forma de conseguir que los hechos decanten la ley a su favor que los hechos en sí mismos.

Leyes hay, lo que falta es justicia”.

Ernesto Mayo, escritor y periodista argentino.

 En verdad, debe ser harto complicado impartir justicia. Se trata, sin duda, de una dura prueba; de una prueba de gran responsabilidad.

¡Que el Todopoderoso ilumine a quienes tienen el compromiso y el deber de realizar dicha misión!

Porque habrán de responder al juicio de su conciencia por las decisiones que tomaren. No obstante, pueden conseguir una meritoria labor ayudando a muchas personas que se enfrentan a la justicia por causa de sus actos. También contraerán grandes responsabilidades ante la ley mayor si se dejan llevar por intereses mezquinos, por malas decisiones o una equivocada aplicación de la justicia.

Su formación requiere un arduo trabajo, vocación y un enorme respeto hacia el ser humano. La ley, en sus manos, debe permanecer viva, no letra muerta. Arrastran una enorme responsabilidad moral ante su propia conciencia y ante el género humano. Inexcusablemente, deberán aplicar las normas escritas, aparcando sus opiniones y criterios personales, pero por encima de todo −para llevar adelante su labor−, deberán considerar y aplicar las normas morales, pues, ante la verdadera ley, la ley mayor, ambos, víctima y verdugo, merecen el mayor respeto. Y sobre todo, no olvidar jamás que, por encima de todo, debe prevalecer la ley de justicia universal que inexorablemente aplica la auténtica justicia; aquella que trasciende al tiempo y al espacio.

Justicia sin misericordia es crueldad”

Santo Tomas de Aquino.

No olvidemos que el día de mañana tendremos que rendir cuentas ante la ley de justicia universal. Esta no nos preguntará si era legal todo cuanto hicimos según las leyes de los hombres, sino que preguntará a nuestra conciencia, y en virtud además de nuestros conocimientos y progreso así nos juzgará. Cuántos ejemplos nos ofrece la doctrina espírita por medio de la mediumnidad de los fracasos y decepciones que sufrimos cuando tenemos que dar cuenta de nuestros actos y nos encontramos desnudos de los parapetos materiales y no tenemos más defensa que asumir los hechos frente a la propia voz de la conciencia.

 La ley y la Justicia por:  Fermín Hernández

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

GRATITUD: CONDICIÓN DEL SER HUMANO

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Gratitud: Condición del ser humano

(*) «La gratitud es la firma de Dios colocada en su obra. Cuando echa raíces en el sentimiento humano logra proporcionar armonía interna, liberación de conflictos, salud emocional, porque se destaca como una estrella en la inmensidad sideral».

Si echamos una mirada al mundo en general, ¿diríamos que la sociedad, la mayoría de nosotros,  estamos contentos, que nos levantamos con el ánimo pleno de alegría? ¿Dando gracias a Dios por haber nacido y estar aquí disfrutando de la oportunidad de prosperar y de progresar, tanto material como espiritualmente? Más bien parece que no.

Un vacío, diría yo, en muchas ocasiones estremecedor, se nos instala en nuestro interior que nos provoca una honda sensación de vacuidad, de estar en la nada, de no saber siquiera qué hacemos aquí. Aparte de los goces, sensaciones materiales y objetivos de índole típicamente humana no visualizamos nada más.

Esto tiene una explicación: ¡Hemos perdido la conexión con nuestra auténtica fuente de vida! La universalidad, como parte de un todo al que pertenecemos, y el principio espiritual del cual no podemos escapar. Imaginemos un niño cuando se extravía y pierde la protección y el amparo de sus padres; se siente solo y perdido, una pesadumbre de temor, de miedo, de dudas le sorprende y no quiere otra cosa que volver a reencontrarse con sus padres. Esto mismo le pasa al espíritu en las primeras fases de vida de su realidad consciente o self. Sin embargo, toda vez que la realidad interna sabe cuál es su camino y centra sus fuerzas y facultades en coger la dirección y el rumbo correcto, se va llenando de luz, de fuerza, de satisfacción y de confianza; no necesita que sus padres materiales lo lleven de la mano, sino que sea su propia conciencia e individualidad la que marque el camino y lo acerque cada día un poco más a su creador y a sus hermanos.

Todos y cada uno de nosotros estamos aquí por una sola razón, “el adelanto espiritual”. Para lograr ese adelanto, más grande o más pequeño, venimos a la Tierra con un programa a realizar. Cada cual según su grado de evolución aspira a alcanzar unos logros que le satisfagan, y al mismo tiempo que le catapulten para mayores objetivos en vidas sucesivas.

Ese programa, por lo tanto, es muy distinto de unos a otros, es personalizado y busca el camino de la redención y la búsqueda de la luz y de la felicidad. Para unos puede suponer el encuentro con una siembra de vidas anteriores plagadas de errores y equivocaciones que sumieron a ese espíritu a la miseria espiritual, a verse envuelto dentro de los planos de las sombras y el sufrimiento. La expiación y las fuertes pruebas deberán templarle y hacerle comprender y responsabilizarse de todos sus errores, sometiéndose más o menos conscientemente a la ley de causa y efecto para devolver el bien por el mal causado y recuperar la senda que conduce a la elevación espiritual, por medio de los valores del bien que forjan esa elevación.

Para otros supone encarar nuevos retos, experiencias que no se han vivido y a las que se quiere enfrentar para seguir la dura ascensión que supone el progreso espiritual. Ese programa diferente le irá presentando nuevas pruebas, responsabilidades, compromisos plagados de esfuerzo y de trabajo para adquirir los valores y las facultades que necesita para seguir sintiendo la ilusión, el entusiasmo y la ambición sana del deseo de progreso.

Otros, por su adelanto y su amor a la humanidad, se comprometen a servir de guías y de tutelar a muchos otros para adquirir el conocimiento espiritual tan necesario para poder evitar todos los escollos y piedras que surgen en el camino, ese camino de progreso que tan fácil resulta de esquivar y de abandonar. Por lo tanto, todos tenemos mil y una razones para asirnos a la vida, y encontrar el sentido que esta tiene para nosotros.

Al igual que un niño se va transformando en joven y poco a poco va alcanzando su madurez, como espíritus que somos vamos adquiriendo experiencia y sabiduría en el transcurso de nuestra evolución, y así nuestros gustos, deseos y necesidades van también cambiando. Las reencarnaciones son una larga suma de experiencias y cada una de ellas nos sirve para ir aprendiendo, corrigiendo los errores y sumando valores al fondo de nuestra conciencia. La conciencia es como un fondo de armario que vamos llenando gracias a la riqueza de las vivencias que se nos brindan en cada nueva vida, lo cual nos fortalece y nos ayuda a ir diferenciando el bien del mal y nos impulsa a continuar en la lucha por descubrimos a nosotros mismos y darnos a los demás cada vez con más fe y confianza.

El mayor problema a salvar es el del olvido, ya que, cuando estamos en la materia encarnados, se nos presenta que la propia materia, el vehículo físico que es la herramienta de trabajo del ser consciente, nuestro espíritu, mira por así decirlo para todos los lados menos para el lado del progreso espiritual. Es como un caballo desbocado que está por domar, y si no logramos domesticarlo se nos rebela y nos lleva por donde él quiere, echando por tierra el objetivo por el cual venimos a este mundo.

Hay, por tanto, una lucha muy grande entre materia y espíritu. Nuestro vehículo físico tiene sus necesidades, sus atracciones; es cómodo también y perezoso, no se dispone tan fácilmente para el trabajo; hay que coger bien las riendas y saberlo gobernar, pero él tratará de llevarnos por donde a él le conviene y le atrae. También como seres espirituales que somos contamos con muchas herramientas para saber sobrellevar esa cuestión y enfocarnos disciplinadamente para conseguir alcanzar los objetivos; aquellas son principalmente la voluntad, la intuición, la gran ayuda espiritual que siempre está a nuestro lado inspirándonos y alentándonos hacia el trabajo y el progreso. Y muy especialmente la conciencia que tenemos de ser algo más que un ser material. A medida que nos vamos identificando como parte de un todo, como una entidad prodigiosa, como una chispa procedente de esa llama creadora infinita que es Dios, mejor nos vamos desprendiendo de las debilidades, de la ignorancia y de las imperfecciones que nos impiden la conexión con la fuente de luz y de amor a la cual pertenecemos.

(*) Llega un momento en que el ser se enriquece del júbilo de ser gentil y agradecido, no solo por las palabras sino, principalmente, por las actitudes que hacen agradable la existencia. La gratitud convierte al mundo y a las personas en más bellas y mas queridas.

Todos tenemos sin lugar a dudas esa conciencia, por más profunda que esté, de que somos una realidad transcendente, eterna, con una serie de potencias heredadas de esa grandiosidad cósmica que pobremente llamamos Dios, y que inunda todo el universo, tanto material como espiritual, por el creador de amor y de luz. Ningún ser humano puede negar, aunque por ignorancia así lo crea, que posee ese sentimiento innato que lo atraviesa profundamente y del cual no se puede apartar.

Otra cosa es que hagamos negación de ello porque estamos en la infancia de nuestro adelanto espiritual todavía; por necedad, por rebeldía, por comodidad, por materialismo, por todo lo que queramos, pero la realidad es que no podemos negarnos a nosotros mismos. Somos eternos e inmortales y nuestro destino está trazado, es el emprendimiento y realización de nuestro propio yo a escala superior. Somos como esa planta que busca la luz, el aire, el sol, el agua y todas aquellas energías que la hacen crecer y expandirse sin cesar. Ese es nuestro trabajo, principio y final de nuestra existencia aquí y ahora. Ni hablar de lo mucho más grandiosa que es la vida en los planos y reinos superiores donde ya no existe la materia y el progreso se sigue realizando fuera de los mundos físicos.

Por más que no lo queramos reconocer y entremos en un estado de rebeldía para afrontar esa realidad, y ponernos en el sendero de evolución de manera consciente, no lograremos esa comunión con todo lo que nuestro Creador pone a nuestra disposición para que rompamos el velo que nos mantiene dormidos para la plenitud de la vida espiritual y sumidos en la red de las ilusiones y fantasías que la vida material nos presenta, y que no es sino un espejismo de la verdadera felicidad intangible que nos aguarda. Esta es una ley que más tarde o más temprano todos acataremos. Pero por desgracia, muchos de nosotros necesitamos pasar una y otra vez por las mismas experiencias, quemar y quemar nuestras fuerzas en los planos materiales hasta hastiarnos y comprender que lo que en verdad buscamos y necesitamos está en nuestra propia naturaleza y en el darnos con el corazón a nuestro prójimo.

Llega entonces un momento en esa ascensión del camino en el que comenzamos a sentir ya el ansia de progreso. Necesitamos un cambio, despojarnos de muchas cadenas y entorpecimientos que son un peso que nos impide coger el impulso necesario para lanzarnos a la vida del dar sin recibir, de aprender y de estar abiertos y receptivos a lo que la propia vida nos exige internamente. Es en esos momentos cuando comenzamos a descubrir que todo lo que nos rodea es una dádiva, dones y regalos de la naturaleza para nuestro bien. Todo lo que nos rodea forma parte de un concierto universal, y nosotros somos una nota que ha de ir acorde en dicho concierto para no romper su armonía y belleza. Entonces aparece el fenómeno de la gratitud que sentimos por estar y ser una pieza fundamental, importante en ese conjunto y ese todo del que formamos parte.

(*) La psicología de la gratitud debe ser experimentada en todos los momentos de la existencia corporal. Hija de la madurez psicológica, enriquece de paz y de alegría a todo aquel que la cultiva.

Agradecemos la vida, agradecemos por existir, agradecemos estar rodeados de todos nuestros hermanos, compañeros de viaje en este largo periplo de mundos por conocer; agradecemos todo y pedimos al Creador que nos mantenga despiertos y concentrados para aprovechar cada día de nuestra existencia lo mejor posible. De este modo, por el sentimiento de gratitud que nos penetra profundamente el alma, todo cuanto nos acontece comenzamos a verlo de forma positiva, todo vamos entendiendo que nos sirve de progreso si lo enfocamos bien y transmutamos nuestros sentimientos para enriquecernos de todas las vivencias que experimentamos. Tanto las cosas positivas como las negativas nos deben de servir para el adelanto espiritual; dependerá del enfoque que le demos y de la reacción que tomemos. Si estamos ya conscientes del arduo camino espiritual que hemos de afrontar, reaccionaremos positivamente la mayor parte de las veces, al menos a eso debemos aspirar. Sabemos que necesitamos tanto de lo uno como de lo otro, experiencias de todo tipo: las positivas nos dan fuerza, coraje y confianza; y las menos positivas nos ponen a prueba, y si actuamos con rectitud y sabiduría nos fortalecerán y nos harán templar nuestras facultades para seguir cumpliendo fielmente con nuestra labor, resolviendo con corazón y con justicia todas las vicisitudes y circunstancias que nos asaltan en el camino.

Todo cuanto nos ocurre es, definitivamente, por y para nuestro bien. Debemos estar agradecidos, las vidas difíciles y de sufrimiento, si las sabemos encarar, son más provechosas y nos ayudan a progresar más rápidamente. Las vidas fáciles a menudo nos aportan muy poco y adormecen nuestras facultades. Las vidas duras nos obligan a reaccionar y a poner en uso todos los recursos que adornan nuestro espíritu, que están ahí pero que poco los ponemos en práctica.

 Agradezcamos siempre, valoremos todo lo que se nos ha dado, y si alguien nos hiciere algún tipo de mal pensemos que es por ignorancia y debilidad. Demos ejemplo de sabiduría, perdonemos y ayudémosle a comprender el objeto de la vida.

Gratitud: Condición del ser humano por: Fermín Hernández

© 2019 Amor, Paz y Caridad

(*) Los párrafos en negrita y con asterisco están extraídos de la obra PSICOLOGÍA DE LA GRATITUD; obra dictada por Joanna de Ângelis al médium Divaldo Pereira Franco.

MODALIDADES DE FAMILIA

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Modalidades de familia
Continuación del artículo La familia

Algunas de las modalidades de familia más extendidas, que no todas, son las siguientes:

  • Familia nuclear: aquella formada por ambos progenitores y uno, o más hijos.
  • Familia extensa: compuesta por abuelos, tíos, primos y otros ascendientes consanguíneos o afines.
  • Familia monoparental: aquella en la que el hijo o hijos cuentan con un solo progenitor (ya sea madre o padre).
  • Familia homo-parental: aquella donde una pareja de hombres o de mujeres se convierten en progenitores de uno o más hijos.
  • Familia de padres separados: aquella en la que un hijo o hijos conviven con un solo progenitor o alternan la convivencia entre ambos; dónde los progenitores ya no forman pareja, no conviven y disponen de un régimen de custodia sobre los descendientes.
  • Familia ensamblada, reconstituida o mixta: aquella en la cual uno o ambos miembros de la pareja tiene uno o varios hijos de parejas anteriores.
  • Familia de acogida: aquella en la que los menores no son descendientes de los propios adultos, pero que han sido acogidos legalmente por estos de forma urgente, temporal o permanentemente, mientras permanecen tutelados por la administración.
  • Familia sin hijos por elección: aquella en la que los componentes de la familia toman la decisión de no tener descendientes.

Como podemos observar son numerosas las modalidades de familia o agrupación familiar. No obstante, no siempre ha sucedido así. En el pasado estas posibilidades resultaban impensables. La sociedad va aceptando paulatinamente los nuevos roles. Poco importa los férreos controles de las diferentes religiones, las creencias e imposiciones sociales, los grupos de poder y las rancias costumbres; la sociedad avanza y se adapta a las nuevas ideas que la transforman.

Aunque repetiremos que esta continua transformación social necesita un criterio imparcial que analice las nuevas tendencias y libertades en el tamiz del sentido común, de la lógica y la inteligencia. Y ese filtro no es otro que la ley natural, la ley de evolución; la ley que dirige la transformación de todo el universo.

Toda esa variedad de agrupaciones familiares ha venido a dar un empellón a la sociedad; permite que aquel tipo de personas que hace décadas carecían de posibilidades para establecer un núcleo familiar, pueda hacerlo ahora, viendo favorecidas y enriquecidas sus vidas. Así han aparecido nuevas oportunidades para los espíritus desencarnados necesitados de evolución en un cuerpo físico. Necesidades que en otras circunstancias difícilmente habrían conseguido superar. Con lo cual el mérito está ahí palpable y hay que aplaudirlo.

Resulta lógico y natural que determinadas personas o sociedad rechacen estos cambios. Lo motiva su formación, sus ideas, sus imposiciones sociales y su mayor o menor aperturismo. No nos sorprendamos pues que se resistan a cambios sociales de semejante calado. Mientras unos individuos observan los cambios con complacencia y los ven adecuados a la evolución social, otros, por el contrario y a causa de su mentalidad condicionada, encasillada, exponen un fuerte rechazo. La ley de evolución, no obstante, en su constante transformismo de formas e ideas seguirá canalizando al ser humano hacia nuevas metas.

Cada persona dispone de libre albedrío, del derecho y libertad de evolucionar a su propio modo. No deberían, por tanto, imponerse como leyes aquellas normas socialmente consideradas correctas en detrimento de otras menos aperturistas.

Si bien estos cambios sociales han venido generando importantes beneficios hacia colectivos necesitados, también han venido generando, en paralelo, una minusvaloración del núcleo familiar, de la familia tradicional. Si nos parásemos por un momento a analizar las últimas estadísticas sociales, observaríamos que en este país (concretamente en el año 2018), nacieron 120.000 niños menos que en el año 2008. ¿Resulta, o no, alarmante esta estadística? Resulta evidente la existencia de un rechazo general a la hora de constituir un núcleo familiar. Este rechazo va in crescendo y se escuda en numerosos pretextos.

Bien es cierto que las nuevas generaciones no desean construir familias, ni establecer un grupo conyugal; que no desean cargar con la responsabilidad que representan los hijos, las ligazones y los compromisos. Las nuevas generaciones han visto la dura tarea que ha representado para sus padres llevar adelante el proyecto familiar. No desean cargar con tamañas responsabilidades y obligaciones. ¿Por qué? Porque resulta más sencillo ir cada uno su aire, hacer lo que apetezca en cada momento y vivir en libertad y sin ataduras. Esta es la triste realidad que observamos a nuestro alrededor; podemos ver como se impone el más burdo materialismo.

Quien esto redacta, proviene de un núcleo familiar de siete hijos, donde solo trabajaba el padre y donde únicamente llegaba un sólo sueldo. Personalmente afirmo que jamás escuché de boca de mis padres la palabra crisis, ni tan siquiera una queja ante la carga que suponía cuidar de sus siete hijos. Actualmente y, por lo general, trabajan los dos miembros de la pareja, buscando conseguir para sus hijos todo aquello que, o bien no tuvieron, o bien no pudieron conseguir. Lamentablemente, vienen olvidando algo esencial: el cariño y la cercanía de padres. Esta función queda delegada en guarderías y colegios mientras esos padres se dedican a conseguir mayores cotas de comodidad y bienes. Esto debería llamar al análisis, porque cuando estas necesidades se vuelven perentorias, ¿cuáles son, realmente, los valores más útiles para los hijos?

Cuando hechos o transiciones como estos se ponen de moda llega un momento en el que todo vale, ya todo está bien visto, se pasa de un extremo a otro sin analizar y sin pararse a pensar en la corriente que se está generando. La falta del sentido ético, de responsabilidad, de compromiso y de cultura espiritual merman la fuerza de voluntad y anulan el sentido crítico y el poder comprender la auténtica naturaleza de los cambios que se producen en nuestra sociedad.

Es algo que no deja de preocuparme, pues mientras la sociedad aplaude esa brecha social que posibilita la creación de diferentes núcleos familiares, que en realidad son una conquista social,  también se está produciendo una reacción contraria a la familia tradicional; una reacción que amenaza destruir esa estructura social que es la familia tradicional, ahora llamada familia nuclear. Sin duda están apareciendo una serie de prejuicios, por comodidad, porque haber perdido el norte espiritual, diferentes razones o pretextos que cada cual debe considerar por sí mismo.

“Escuchemos la voz que proviene del plano espiritual y de las corrientes más vanguardistas de la psicología moderna sobre la considerada como la columna vertebral de la sociedad, la sociedad conyugal, el núcleo familiar.”

A nadie debe negársele el derecho a tomar decisiones e iniciativas. Ahora bien, sí exigirle ser consecuente con ellas y saber que está generando consecuencias inevitables para sus futuras existencias. La libertad de elección es un derecho natural y debe ser respetada. Ahora bien, el ejercicio de esa libertad conlleva asumir las responsabilidades que le son inherentes, pues ambas son inseparables. Nunca olvidemos el binomio “libertad versus responsabilidad” que rige el destino de todo ser humano.

Modalidades de familia por: Fermín Hernández

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