LA NATALIDAD: ASPECTOS ESPIRITUALES

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Natalidad: Aspectos espirituales

La natalidad: Aspectos espirituales

A través de los medios de comunicación social se imbuye a la sociedad la conveniencia de abstenerse de procrear hijos por causa de los tiempos de crisis que atravesamos. ¿Es sostenible dicha teoría? ¿Podría aceptarse dicha afirmación? Deberíamos preguntarnos también si en estos momentos de enorme adelanto tecnológico y poder adquisitivo se da la coyuntura adecuada para iniciar un proyecto familiar; proyecto tan arduo décadas atrás. Establecer una comparación fiable sería tan simple como consultar a las personas mayores; consultar con la generación anterior; informarse sobre sus condiciones y circunstancias y, sobre todo, por los enormes sacrificios que tuvieron que pasar para culminar el proyecto familiar. Para ellos, curiosamente, los hijos no representaron un problema; más bien resultaban una bendición. Los individuos que como yo formaron parte de aquella generación fueron deseados, queridos, crecieron al calor del hogar. Poco importaba tener un solo juguete o ninguno, la imaginación ponía el resto.

No puedo dejar de cuestionarme: ¿cuantas personas como yo, nacidas en la segunda mitad del siglo XX, habrán valorado el hecho de cambiar su infancia y juventud por la que disfruta la generación actual? Personalmente y, a pesar de las ventajas sociales existentes hoy, yo me quedo con mi infancia. No olvidemos que cada época tiene sus luces y sus sombras.


Uno de los mayores regalos que he recibido es mi hija.

Ace Frehley

A mi limitado criterio, los detonantes de esa tan manida crisis, no nacen de la situación económica o de la carestía de la vida. En épocas anteriores, estos mismos condicionantes resultaban mucho más duros, con la diferencia de que hoy ha aparecido un nuevo patrón, inexistente antes, como es la incorporación de la mujer al mercado laboral. La mujer, en su anhelo de equiparación al rol masculino, ha postergado los hijos a un segundo plano. Y no obstante ser los hijos, deseados hoy (sobre el papel), mucho más apreciados que antaño –y es tan solo de una opinión personal−; los hijos no deseados o llegados en mal momento ¿mal momento?, se han convertido en un serio hándicap para las parejas o grupos monoparentales que −desde su percepción− no los quieren. Así las cosas ¿cuál sería el momento adecuado para tener hijos? ¿quién les cuidará?. Aparecen razones contrapuestas en dicho planteamiento y el papel de la mujer-madre pasa a ocupar el último plano. En primer lugar, la formación, estudios; en segundo, el trabajo, los ingresos; en tercero, disfrutar de las posibilidades que ofrece la vida y, en último lugar, los hijos, uno o posiblemente ninguno. En España, actualmente, la tasa media de natalidad (pareja o monoparental) es de 1.3 hijos. Queda bastante claro que este país se encamina hacia un país de viejos.

¿Qué sucede para que el rol de la mujer-madre haya perdido valor? ¿Qué lo ha vituperado? Bien es cierto que, en general,  todo el mundo desea disfrutar las comodidades posibles; la última moda al vestir; tener el vehículo más reciente y, cómo no, disfrutar de una vivienda que contemple las mayores comodidades. Poco importa el precio que se pague. Desde esa perspectiva, los hijos se convierten en un serio estorbo.

No puedo dejar de sorprenderme por la importancia que se le arroga al hecho de que la mujer trabaje y obtenga igual remuneración que el rol masculino −argumento que considero justo−, pero me causa auténtico estupor que se ningunee el esfuerzo de la mujer-madre; que se desprecie su rol de creadora de sociedades; que se ponga en tela de juicio su labor tan dedicada y provechosa para la sociedad; para esa sociedad donde ella, no solo pare a sus hijos, sino que los forma, los educa, los corrige y les busca el camino para conseguir desarrollar su talante e inteligencia. Además de convertir su hogar en un refugio contra las luchas cotidianas; un refugio de amor, paz y comprensión; un templo en cuyo crisol se funden la ética y la moral de las nuevas generaciones. La mujer-madre contribuye, como ningún otra, al crecimiento y desarrollo de los futuros miembros de la sociedad. Y aquí y ahora, yo ratifico que no debe faltarle nuestro homenaje y reconocimiento.

En ocasiones, cuando escucho conversaciones banales sobre el desempeño de la mujer en el hogar, no dejo de sentirme dolido. Estimo que las mujeres pueden y deben trabajar dentro o fuera del hogar, si así lo desean y, conciliar su trabajo en la medida de sus posibilidades. Y ello no tiene por qué ser mejor o peor, bueno o malo, se trata simplemente de respaldar su derecho a decidir. También debe respetarse su deseo a convertirse en mujer-madre; a tomar las riendas de su hogar; de anhelar la maternidad, de tener y educar a sus hijos con el apoyo de su cónyuge, o en el caso monoparental, respetar también su decisión.

Me vienen a la memoria las líneas del escritor Víctor Hugo:

Hijo, hermano, padre, amante o amigo. Hay espacio en el corazón para todos los afectos, ya que hay espacio en el cielo para todas las estrellas.

Nunca los extremos fueron buenos −reza el saber popular−. Por ello, deseo resaltar que cada persona tiene la capacidad de conectar con su propia conciencia, con su llama interior, con el cúmulo de sus experiencias milenarias, con su bagaje espiritual. Si se permanece atento a sus sugerencias; si se escucha atentamente, la conciencia será nuestra brújula. Pero aun así, el hombre sigue empecinándose en participar de la manada, seguir a los demás, hacer lo que ellos, sus costumbres y corrientes sociales; dejar que otros piensen y decidan por él.

En mi limitado criterio estimo que las personas podrían vivir más dignamente sin la premisa de que ambos conyugues estén obligados a trabajar cuando llegan los hijos. Mientras no exista tal condicionante, veo conveniente que ambos cónyuges trabajen a la par. Entiendo también que llegado ese momento lo ideal sería que uno de los componentes que, por sensatez, sentido común y condicionantes biológico-emocionales, debería ser la mujer, se dedicase por entero a esa labor. Ella sería quien culminase el proyecto familiar. Pero la sociedad impone sus condicionantes y establece trabas a la creación del hogar-nido de los futuros miembros de la sociedad.

¡Que nadie se llame a engaño! ¡No estoy alentando una vuelta a las cavernas! Cada pareja ha de tomar sus propias decisiones. Y sus determinaciones deben respetarse. Todo componente de una agrupación familiar: los futuros padre y madre e individuos monoparentales, tienen el derecho inalienable de vivir y recopilar experiencias, para, a través de ellas, conseguir su propio aprendizaje. Y aunque sigo manteniendo la opinión de que la maternidad no debe ser postergada a la última opción; es más, afirmo debería ser considerada la primera opción. Y aunque la vida es larga y ofrece toda suerte de oportunidades; deberían establecerse prioridades, a vista del derrotero que representa el hecho de aplazar o minimizar el valor de la llegada de los hijos. Y todo ello me hace cuestionarme: ¿Será correcto el enfoque que le damos a la vida cotidiana?

Y me mantengo en mi criterio. Estamos pagando un muy alto precio; posiblemente estemos destruyendo un precioso sistema de vida recién alcanzado; un sistema de valores ético-morales dentro de los cuales, buscar un hogar duradero era una premisa importante. Posiblemente tenga mucho que ver la cultura imperante hasta hoy; cultura que había propiciado una convivencia armónica entre personas, una mayor comprensión y tolerancia. Vengo observando que la falta de análisis en las situaciones diarias propicia un cambio a peor. Observo cómo se pierden los valores morales, el aprecio y el respeto hacia la agrupación familiar. Estamos asistiendo a su lenta destrucción. ¿Quizás transformación? El tiempo los juzgará.

Me resulta difícil imaginar una sociedad avanzada, igualitaria y justa, consintiendo que sus hijos se eduquen sin la protectora imagen de los padres. No obstante, observamos que la sociedad actual exige a ambos congéneres trabajar y prescindir del tiempo necesario para dedicar a sus vástagos; con el agravante de que el escaso tiempo sobrante se necesita para el propio descanso y sosiego. La falta de atención y cariño a los hijos está pasando factura y esta metodología está minado las bases de la sociedad; produciendo una generación incapaz de comprometerse hacia los valores que sustentan la sociedad.

Así y todo, aún no hemos llegado al núcleo central del asunto. La sociedad ha obviado los condicionantes espirituales. He tratado con anterioridad asuntos de índole material, social y económica; he citado el futuro y grave impacto del bajo índice de natalidad en las futuras generaciones. Soy consciente de mi esta opinión puede incluso llegar a molestar, ya que quien piensa diferente molesta al resto; es considerado una rara avis y, consiguientemente, sujeto de chanzas, críticas y difamaciones. Se crea entonces un paradigma digno de estudio, lleno de contradicciones.


Nada dice más del alma de una sociedad que la forma en que trata a sus hijos.

Nelson Mandela

Vamos pues a analizar cómo repercute en cada individuo este nuevo orden; cómo repercute  en el ser espiritual. He venido mencionando la necesidad de reencarnar para el progreso personal; así, resulta imprescindible que el espíritu tome materia en los diferentes mundos físicos con el fin de acelerar su proceso evolutivo. Cada nueva vida representa una gran oportunidad de comenzar nuevos retos, nuevos objetivos y reajustes que estaban pendientes  por actuaciones pasadas. “NAÎTRE, MOURIR, RENAÎTRE ENCORE ET PROGRESSER SANS CESSE, TELLE EST LA LOI”, palabras del mensajero A. Kardec. ¡Sembramos y recogemos los frutos! tal es la ley.

Entonces, ¿qué ocurre si negamos la oportunidad de una nueva experiencia carnal a otros espíritus necesitados y deseosos de conseguir un cuerpo físico, de reencarnar? Todos ellos pertenecen a la gran familia espiritual que perdura en el plano espiritual; en el auténtico hogar del espíritu. Les vetamos la posibilidad de cumplir sus compromisos y proyectos de futuro. Estamos olvidando que nosotros también proyectamos nuestra propia reencarnación y que gracias a esa dádiva, la vida, pudimos cumplir nuestros propios compromisos. Negarles esa oportunidad es torpedear su futuro evolutivo. Tal decisión pasará factura y postergará –en paralelo− nuestras propias condiciones futuras, nuestra propia reencarnación y sus condicionantes. ¡Acaso no clama la conciencia cuando se rehusa la vida! ¡Seguiremos haciendo oídos sordos a su llamada! El acervo popular guarda frases muy oportunas, como esta: “Amor con amor se paga.”

La verdadera familia no nace del nombre y apellidos. Esta definición no llega solo desde un aspecto materialista. Con toda certeza renaceremos mañana en escenarios diferentes, con apellidos diferentes, aunque conservando siempre la misma identidad.


Es raro que lo miembros de una misma familia de críen bajo el mismo techo.

Richart  Bach

Esta frase alude precisamente a la auténtica familia, a la familia espiritual; aquella que perdura a lo largo del tiempo y del espacio; que se sustenta en vínculos de amistad, lealtad y afinidad de caracteres y compromisos; que se sustenta en un fin común: progreso y ayuda mutua. Poco importa donde se nace y en qué condiciones, todo medio es válido para realizar y culminar los objeticos comunes; el propio desarrollo y los valores íntimos. Todos los logros son útiles para la conquista gradual del espíritu.

Por tanto, asevero que las condiciones kármicas generadas por la limitación voluntaria de la natalidad; las condiciones inherentes a la nimia intención de disfrutar las ventajas económico-sociales, o por el hecho de rehuir compromisos anteriores a la vida física conllevan una enorme responsabilidad; la responsabilidad de impedir a otras almas su derecho a evolucionar. Y ello conlleva enormes taras kármicas. ¿En verdad, deseamos cargar con dicha responsabilidad? ¿con semejantes deudas? En el universo en el que vivimos la casualidad no existe, todo tiene su razón de ser; todo obedece a una planificación inteligente, donde el presente es el resultado del pasado, y el pasado llama a la puerta exigiendo compensación ¡Meditémoslo!

Resumiendo, tener hijos es poder cumplir los compromisos contraídos con aquellos hermanos y amigos, seres queridos que necesitan volver al mundo físico para seguir su viaje evolutivo  como nosotros; además de que ello representa un compromiso y un deber. No es casualidad que sea la mujer-madre quien más intuya esa necesidad, pues así lo planificó antes de nacer. Y no es un hecho casual tener más o menos hijos; todo obedece al sagrado deber de dar continuidad a la vida.

¡Seamos pues conscientes de la necesidad de tener hijos! ¡tantos como la conciencia dicte! Se trata de una decisión personal y diferente para cada agrupación familiar, donde no habrá de influir creencia o religión, únicamente los propios sentimientos. Evitemos las consecuencias inherentes: primera, privar a otros de volver al mundo físico en una nueva experiencia de la carne, retrasar o comprometer su progreso y, segunda, ser conscientes de que evitar los hijos incumple los compromisos adquiridos, Todo ello creará las condiciones kármicas que nos privarán de la posibilidad de tener un nuevo cuerpo físico, de reencarnar. Os pido que reflexionéis sobre esta coyuntura para evitar pasos en falso.

En resumen, os pido, amables lectores, que abráis vuestra mente, que analicéis todo lo expuesto y que valoréis si merece la pena poner freno a esta lacra que amenaza la sociedad.


Sacrifiquemos nuestro presente para que nuestros hijos puedan tener un mejor mañana.

APJ Abdul Kalam,  ex−presidente de la India

 

La natalidad: Aspectos espirituales por: Fermín Hernández

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