NACIONALISMO O HUMANIDAD

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Nacionalismo o humanidad

Nacionalismo o humanidad

A continuación detallaré algunas definiciones que la R.A.E. otorga a la palabra humanidad:

Apartado 5.- Sensibilidad, compasión ante las desgracias de otras personas.

Apartado 6.- Benignidad, mansedumbre, afabilidad.

Apartado 8.- Conjunto de disciplinas que giran en torno al ser humano, como la literatura, la filosofía o la historia.

Adicionalmente, una de sus acepciones indica: Capacidad de sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas.

Define también a la sociedad como: Conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes.

Mientras tanto, define al nacionalismo como:

1.- Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad e historia.

2.- Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse en estado independiente.

Podemos ver que se trata de conceptos unilateralmente opuestos. Los conceptos de humanidad y sociedad representan aperturismo, expansión, sentimiento de igualdad frente al resto de personas, abrazar, unir; también implican un sentimiento de interés y compromiso hacia el bien común, hacia los problemas de los demás.

 No obstante, el sentimiento nacionalista en realidad es neutro; quién no ama sus raíces, quién no se siente identificado con sus valores, quién no vibra y se siente feliz por pertenecer a un pueblo, a su historia, a sus logros y quién no desea en lo profundo de su ser mejorar y dejar a sus deudos algo mejor de lo que recibió. Por lo tanto, no es reprobable el sentimiento de nacionalismo, el que todos en mayor o menor medida tenemos. Ahora bien, cuando este sentimiento lleva consigo el menosprecio a otros pueblos, el separatismo y la discriminación del diferente; cuando se pretende defender lo propio de cualquier forma y a cualquier precio, cuando incluso se llega a la violencia, entonces estamos hablando de algo más que de nacionalismo, estamos entrando en el terreno de la falta de respeto, de la intolerancia y del exclusivismo que no son más que taras que cobran una mayor relevancia en esta época que tiende a la universalidad y la globalización. Estamos entrando sin duda en una nueva forma de vivir y de entender el mundo, y quien así no lo vea se verá inmerso en una serie de conflictos artificiales que no deberían producirse.

Mientras tanto, el ser humano convencional, el ser humilde y consciente de su universalidad, aquel que se siente viajero del mundo, predispuesto a ayudar y compartir las ventajas que le otorga la vida, se siente despreciado. Humillado por el individuo nacionalista, egocéntrico y excluyente que con su visión difusa tergiversa el mundo que le rodea. Por ese individuo que solo es capaz de ver su propio ombligo; que huye de quienes piensan de modo diferente, que solo ve en ellos inferioridad, trabas, problemas. Le mueve únicamente su interés y beneficio; vive para sí, para su idea, circunscribe el mundo a sus pingües rentas. Está íntimamente convencido de que quienes piensan diferente, quienes no comparten su sangre, bandera, idea y proclamas, su terruño, esos, esos, no son dignos de ellos, no comparten sus motivaciones. Solo puede discriminarlos, apartarlos de su cerrada comunidad. Es por principio discriminador y conflictivo, excluyente, evita mezclarse con los demás…, él, que se siente superior, ¡diferente! ¡Más!, ¡mejor!, ¡que vive en su propio paraíso! ¡Cómo ceder!, ¡integrarse! ¡Tamaña bajeza! ¡Tamaña humillación!

La persona que definimos tener calidad humana, que muestra sentimientos, que muestra deferencia hacia los demás (RAE, definiciones 5 y 6), es aquella que incluye a toda la raza humana en su acepción del término humanidad; que la siente como su propia familia y comparte con ella un mismo destino. Nada importan razas, credos, color de la piel o lugar de origen. Su enfoque es universalista, huye de las divisiones, de las exclusiones; se siente íntimamente ligado a la ley universal de progreso. Asume que toda persona, que toda nación y sus peculiaridades, ocupan diferente escalón en el progreso evolutivo. Por ello, sus sentimientos se traducen en ayudar y colaborar al bien general.

Muy al contrario, al ente nacionalista nada de eso le motiva. Rechaza esa línea de pensamiento; en él prevalecen los intereses materiales, porque al fin y a la postre ¿qué otra cosa importa? El nacionalismo, como ideología y según se ha venido demostrando históricamente, es una lacra; el origen de conflictos entre pueblos, de enfrentamientos, la matriz de innumerables guerras; conflictos que han destruido civilizaciones enteras durante eones; millones y millones de víctimas.

Lejos de sentir benevolencia, compasión, respeto y tolerancia hacia aquellos que excluyen de su círculo, muestran sin decoro su sentimiento supremacista, su odio, su menosprecio, su… superioridad. Estamos hablando de sentimientos excluyentes dentro de una sociedad que pretende ser civilizada; sentimientos ya superados por la práctica totalidad de pueblos que componen nuestro conglomerado social; por esta humanidad que es −apenas− una ínfima mota de polvo perdida entre doscientos mil millones de galaxias. Son mentes retrogradas, medievales, caducas, desfasadas. Muestran impúdicamente su involución social, sus miedos, sus temores, sus tendencias egoístas, sus proclamas, sus banderas. Sus pronunciamientos ya fueron superados por esta sociedad; sus equívocos les alejan del sentido universalista de la vida.

Porque esa ideología excluyente, esa que menosprecia a sus semejantes, ¡si pudiese entender el origen de sus acólitos, su procedencia, planeta, continente, país o ciudad! ¡El origen de sus incontables existencias!

¡Mal camino llevamos! Del mismo modo que este planeta dejó de ser el centro del universo para una sociedad que no ha parado de evolucionar, en idéntica medida entiende que ningún pueblo puede considerarse hoy superior a otro. Podrá, evidentemente, ocupar algún peldaño superior en ciertas disciplinas, pero solo su posición debería ayudarle a comprender y apoyar a los pueblos mal posicionados.

Al fin y a la postre “compartimos un destino común en esta nave planetaria”.

Si cada individuo fuese capaz de entender que nada le pertenece, que nada es suyo, que los bienes que detenta son apenas un préstamo recibido de lo Alto para su evolución y emancipación del mundo material; si fuese capaz de entender que todo es temporal, que nada perdura, que todo queda atrás cuando viaja hacia el otro lado de la vida, ¡cuánto cambiaría esta sociedad nuestra! Todo individuo posee, apenas, el resultado de acciones, pensamientos y sentimientos; todo lo demás es una dádiva temporal, un instrumento para su evolución.

Los diferentes planos de vida muestran que el hombre es solo un pasajero del escenario físico que denominamos “Tierra”. Que nacer, vivir y morir −no importa dónde o cuándo− no le hacen diferente o mejor; que su lugar de nacimiento no le proporciona mayor o menor relevancia; que nacer y morir en determinado lugar es únicamente la experiencia que necesita para su crecimiento; que la vida es un regalo inapreciable que le ayuda a adquirir nuevos conocimientos, nuevas experiencias, progreso moral y sabiduría. Sabiduría, que es el único progreso útil en su carrera evolutiva.

Una vez superadas ciertas fases, llamémoslas “terrenales”, de su evolución, abandona la condición material y se eleva a planos superiores; percibe entonces la inutilidad de esas nimiedades que tanto le perjudicaron en su experiencia física; toma conciencia de los numerosos equívocos que desviaron su camino.

¡Y cuántas veces tuvo que repetir experiencias por errar el camino!

 ¡Y cada vez más duramente!

Cuando aborda el nuevo plano de vida, cuando recapitula, se horroriza, constata sus carencias evolutivas, siente que debe concienciarse de sus errores, recuperar fuerzas y repetir las experiencias a las que sucumbió. Su ignorancia le llevó a sobrevalorar situaciones, sentimientos; a tergiversar la razón de su existencia; a dar valor a hechos que no lo tenían.

Ignorante, el ser humano vive ausente, se aferra a las cosas materiales como clavos ardiendo, ignora que debe experimentar, a lo largo de existencias diferentes y nuevas, otras situaciones; tantas cuantas necesite para su aprendizaje. Desconoce que venir a la Tierra, a la carne, es una oportunidad para romper las amarras que le anclan, que le esclavizan, que le fanatizan; de levantar el vuelo; de romper sus limitaciones.

Todo cuanto representa individualismo, separatismo, amor propio, división, afán de poder, es apenas un sentimiento de inferioridad, de miedo, de temor; un sentimiento que le retrograda, que le relega a pasadas épocas de barbarie.

Desde el universalismo ¿qué valor tiene pertenecer a un lugar u otro?, ¿nacer y morir en un lugar concreto?, ¿poseer más o menos bienes?, ¿disfrutar de ciertos lujos? Todo ello, visto desde la distancia del tiempo y del espacio, resulta insignificante, pues al individuo solo le queda su capacidad de compartir, de ofrecer; nada le pertenece.

Cada nueva experiencia en la carne se traduce en situaciones diferentes que el individuo deberá experimentar: riqueza, pobreza, salud, enfermedad, bienestar, dolor, relevancia social, humildad, poder, miseria, nacer en un lugar privilegiado o hacerlo en otro miserable. Cada persona, cada individuo necesita experimentar situaciones diferentes que le ayuden en su desarrollo “moral”. No hablamos del hombre como ser evolutivo, de un ser material que posee un alma: estamos hablando de un alma en evolución, un alma que utiliza cuerpos físicos, que experimenta innumerables circunstancias, lugares; de un ser universal, sin patria, color o religión.

Traeré a colación aquella frase del Rabí de Galilea dirigida al fariseo Nicodemo, cuando este le preguntó sobre la reencarnación: “El espíritu sopla donde quiere y no se sabe de dónde viene y hacia dónde va”. A lo largo de la vida física, todo hombre tiene a su disposición experiencias distintas para entender su destino; tendrá todas las oportunidades necesarias para consolidarse como verdadero hijo de Dios, un colaborador de su obra.

El ser humano se perjudica cuando piensa que sus males o limitaciones vienen por causa de otras personas; cuando cree que, culpando a los demás de sus sufrimientos, apartándose de ellos, puede resolver sus problemas. ¡Craso error! Nada así le ayudará en su evolución. Quizá obtenga algún beneficio material pisando a sus semejantes, pero la ley del amor, esa ley justa, sabia e inmutable, revertirá la situación; más pronto que tarde se volverá contra él.

La historia de la humanidad está repleta de mil y mil ensayos de esa realidad; ha demostrado que todos los imperios, grandes, pequeños, todos han tenido un principio y un final, casi siempre dramático, trágico. Sus abusos, sus excesos, su feroz avaricia les ha creado enemigos que han acabado destruyéndolos.

Hemos vivido en la premisa de que el grande se come al pequeño, y ese es, en esencia, el origen del nacionalismo; de ahí su origen, su desproporción, su supremacía. Su supra-valoración les impide entender y aprovechar el valor de la unidad, del todo; que todos unidos avanzamos más. Resulta palpable que todos nos necesitamos. Es la ley de sociedad en acción. Ningún pueblo o sociedad puede subsistir sin el apoyo de los demás.

Tampoco les proporciona validez su número. El hecho de que miles de personas compartan sentimientos y actúen unidas no implica que tengan razón; la cantidad no es determinante, importa la idea última. Porque un crimen sigue siéndolo. Reivindicado o no por cien o mil personas, el crimen sigue siendo lo que es, un crimen, un atentado contra la vida. Igual sucede a la hora de manifestarse violentamente cientos o miles de personas. La cantidad no les confiere razón.

La humanidad ha podido avanzar merced al concurso y participación de todos sus miembros. Los avances sociales, los avances en todas las disciplinas de la sabiduría universal son también fruto de la herencia de pueblos antiguos; de pueblos en los que descollaron personajes insignes en misión de mejora de la civilización.

Por tanto, los avances sociales de la humanidad son obra de todos; cada individuo añade su participación, su grano de arena. Cuán lejos quedan las proclamas nacionalistas que buscan adueñarse de tierras, ventajas y prebendas que no son suyas; apropiarse de los derechos conseguidos por otros trabajando en pos del bien común. Y no hablo de años o centurias, sino de una labor milenaria. Nada pertenece al hombre, nada le es propio, nada detenta. Y ese es el único sentimiento que debería alumbrar el pensamiento del cada individuo, dirigir sus acciones.

Si la genética pudiese hablar, ¡cuántas cumbres caerían! Si merced a la genética se llegase a descubrir el origen de cada individuo −como ya se ha realizado experimentalmente−, descubriríamos que cada región de este planeta es apenas un crisol de razas, de orígenes, de procedencias. Las continuas migraciones en el tiempo han propiciado una interrelación de razas, al punto de no existir, prácticamente en ningún lugar del planeta, la menor pureza de raza. Por otro lado, es un hecho probado que las grandes naciones han podido serlo merced a la colaboración de cientos y miles de personas que emigraron desde sus países en busca de un futuro mejor. Todos ellos contribuyeron al desarrollo y riqueza del pueblo que les acogió. Y tenemos ejemplos palpables allende los mares: EE.UU, Centro y Sudamérica y, en menor medida, Europa hoy, donde la afluencia de inmigrantes está cambiando su demografía social.

Tristemente, y alcanzado el estatus social que se desea, los inmigrantes sobran, molestan. Se les relega al olvido, se les quiere apartar, comienzan a ser un estorbo. Ese rechazo, en el fondo, qué es sino una manifestación del más puro egoísmo. Se les usa cuando se les necesita y se les desprecia después. Y en mayor medida si pertenecen a otras etnias.

Sentimiento reprobable, sentimiento nacionalista que genera antipatías, menosprecios y odios. No obstante, la ley de sociedad dicta que la verdadera justicia está basada en la equidad. Y esto únicamente se consigue mediante el respeto y la convivencia, la guía de los pueblos civilizados en busca del bien común.

Mientras tanto, el sentimiento de integración eleva al individuo por encima de sus limitaciones, le engrandece, le sublima; borra las semillas de la mezquindad, del egoísmo; desarrolla el afecto, la compasión, la caridad. En contraposición, el supremacismo ensalza la personificación, el orgullo, la ambición; busca el poder, el dominio, se viste de banderas, encierra al individuo dentro de un caparazón de egoísmo en el que solo caben quienes comparten idéntica filosofía, su cerrada sociedad. El exclusivismo es apenas el germen de la involución, del estancamiento, del conflicto.

También desprecia el entendimiento, la comprensión, la tolerancia, el respeto. Ya que esas virtudes le molestan, molestan a su filosofía, al punto que solo aceptarán a quienes manifiesten sus mismas creencias; para el resto, barreras, incomprensión y discriminación.

Bajo el resplandor del universalismo toda persona posee idénticos derechos que otra. Podrá admitirse, podrá asimilarse o no, pero ignorar esta premisa demuestra la enorme ignorancia del separatista. Ignora, desconoce la razón de su presencia en el planeta. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Hacia dónde? Todo ser humano es, en esencia, igual a otro, y el progreso común debería ser, sin excepciones, la aspiración de todos los pueblos, el objetivo a seguir. Pero las conciencias fanatizadas, retrógradas, culturalmente contaminadas y manipuladas por oscuros intereses, buscan únicamente argumentos para separar, para destruir.

Esta sigue siendo todavía una asignatura pendiente en nuestra sociedad. Mientras determinados grupos trabajan en pos del nacionalismo, mientras permanecen ciegos en sus proclamas, continuará la lucha entre el conocimiento y la ignorancia, entre la luz y la oscuridad, entre el conflicto y la paz, entre el rechazo social y la comprensión.

Seamos pues capaces de abrir, aunque sea por un instante, la conciencia a realidades mayores; vislumbremos unidos un futuro común, esplendoroso, lleno de esa armonía que mueve el universo.

Nacionalismo o humanidad por: Fermín Hernández

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