NATALIDAD: RESPONSABILIDAD Y CONSECUENCIAS

0
34
Natalidad: Responsabilidad y consecuencias

Es un hecho constatado que el índice de natalidad ha venido reduciéndose lenta, progresiva y sustancialmente en determinados países del mundo, especialmente en los países occidentales; aunque esto también sucede, si bien de forma más moderada, en determinados países en los que antiguamente era bastante común tener una prole numerosa, es decir, muchos descendientes, ya que estos representaban un apoyo, un espaldarazo al esfuerzo familiar; algo así como una inversión de futuro. Hoy, este supuesto ha perdido valor y los hijos se sienten más como una carga que como una ayuda.

A título de ejemplo, citaré el hecho de que en este país comenzó a percibirse el descenso de natalidad a partir de los años 70. Desde entonces y hasta hoy, esta reducción puede estimarse en torno al 50 por ciento. Y si bien este país viene considerándose uno de los primeros en ese ranking, el fenómeno afecta a muchos más países.

Podríamos esgrimir numerosos argumentos que justifiquen esa tendencia a la reducción del número de hijos por grupo familiar. No obstante, citaré como principales factores de dicha reducción: el coste de la vida −especialmente de la vivienda, los métodos anticonceptivos, la legalización del aborto, la ideología de género, la incorporación de la mujer al mercado laboral y la creciente dificultad para conciliar el horario laboral y familiar.

Todos estos factores se aglutinan para que la mujer, el rol femenino, se sienta ajeno a la vida familiar, rehuyendo en muchos casos la responsabilidad maternal en su búsqueda de equiparación con el hombre, el rol masculino.

Es de palpable realidad la reducción gradual de los índices de natalidad en los países de Occidente; sin embargo, también lo están sufriendo, aunque con más moderación, en otros países menos desarrollados; países en los que en épocas anteriores resultaba habitual tener gran cantidad de hijos, pues los consideraban la base del futuro familiar. Tener hijos se consideraba una especie de inversión. Ese concepto ha perdido hoy toda validez.

En mi limitada opinión, otra circunstancia que viene favoreciendo la reducción del índice de natalidad es la creciente fragilidad en las parejas. Por descontado que no voy a cuestionar la función del divorcio, pues qué duda cabe que ha llegado a convertirse en un adelanto social al resolver los eternos conflictos de pareja; conflictos por los que se solía correr un tupido velo, esconderlos, y donde la mujer solía llevarse la peor parte. Y este divorcio se ha convertido en el único escape a la mala convivencia de pareja dentro del ámbito familiar; el único escape entre dos personas que dejaron de quererse y respetarse y cuyos desafectos les perjudican a ellos y a sus hijos.

La vida familiar ha perdido el atractivo que poseía en décadas anteriores y hoy a nadie atrae un compromiso de larga duración; a nadie atrae una agrupación sólida y estable en el tiempo. Esa unión ha perdido relevancia dentro de una sociedad que busca estabilizarse mediante la cohesión familiar y con la educación impartida en su seno.

Y como cualquier otro uso y costumbre, el divorcio ha llegado a trivializarse, al no utilizarse convenientemente. El ser humano está perdiendo la capacidad para fomentar y hacer crecer el afecto y el respeto hacia el hogar. Esta es otra consecuencia más de la ausencia de motivaciones y la falta de aprecio entre aquella pareja que un buen día hizo votos de amor y respeto. Posiblemente sea este uno de los argumentos por los que la mujer se siente desfavorecida y se frena a la hora de asociarse conyugalmente.

Si mis días comienzan con un abrazo de mi hijo, son mucho más gloriosos de lo que eran antes.

Russell Crowe.

 Queda claro que las razones obedecen a motivos de orden crematístico, material y egoísta, pues en ningún momento se valora la conveniencia de tener hijos. Tampoco se abordan las ventajas que esos hijos aportarán a la futura sociedad. Es un hecho probado que la población de los países más desarrollados envejece paulatinamente; la preocupación en tal sentido crece, aunque nadie se atreve a hablar alto y claro que la sociedad está incurriendo en un terrible error al pensar en el corto plazo; al pensar en el propio egoísmo y en la comodidad. Pues tener hijos implica un compromiso, una responsabilidad, un trabajo, una gran dedicación y un largo etcétera de incomodidades. ¡Algo que nadie quiere asumir!

Incluso se ha llegado a decir que tener hijos es una mala inversión.

¡Qué cotas de idiotez se han alcanzado!

La conquista de comodidades y bienes materiales ha anulado de tal manera las consideraciones de orden espiritual que, a la hora de pensar en los futuros vástagos, muchas personas lo traducen en un problema. Entienden que ese esfuerzo representa el fin de una vida de confort. Ese pensamiento materialista llega incluso hasta a considerar el aborto como el método de resolver los problemas económicos, pues: ¿cuándo es el momento adecuado para la llegada de un retoño? El sentimiento de pérdida de confort familiar a causa de la llegada de un nuevo ser lastra constantemente la unión de pareja, porque ese nuevo ser representa una seria amenaza al confort idealizado. ¡Pensemos en ello!

Nada es más precioso que la vida… sobre todo la vida de un hijo.

Peter Diamandis.

Estos supuestos y otros muchos más son el resultado de la ignorancia del hombre respecto a las leyes de la Vida.

Mientras tanto, la Ley universal del Progreso sigue actuando, silenciosa, solapadamente. Es el proceso evolutivo de la sociedad que impele a esta hacia constantes cambios en su búsqueda de mayores cotas de perfección. No obstante, si estos cambios se revierten hacia un aspecto material de la existencia, hacia el confort, la comodidad, el dolce far niente, los placeres y los deseos incontrolados, se estará fraguando un desajuste social; un desajuste que la Ley de Evolución combatirá en su búsqueda del equilibrio. Y el ser humano quedará desarmonizado, viéndose obligado a buscar el camino perdido de su evolución a través del dolor.

Es urgente llevar al conocimiento de la sociedad las razones del ser humano en la Tierra y qué fines pretende. Es preciso llevar al conocimiento general la perentoria necesidad del individuo de ocupar un nuevo traje carnal, una nueva encarnación; hacerle saber que necesita continuar su enriquecimiento y progreso.

Sin embargo, tampoco debemos obviar la falsa creencia de que el ser humano, el hombre, solo dispone de una vida, pues este pensamiento sigue generando daños desastrosos en las convicciones de las personas; daños que finalmente abocan al individuo a la desarmonía y a la pérdida de valores.

Es necesario que el individuo conozca cómo funcionan las Leyes de la Vida para que, conocedor de su lugar y responsabilidad en el concierto universal, pueda tomar las decisiones oportunas. Así y solo así el individuo modificará su actitud mental y buscará el camino correcto. Y con esa nueva mentalidad llegará a entender que concebir un hijo no es un problema, muy al contrario, la fuente de nuevas experiencias, de nuevas pruebas. Entonces un hijo se llegará a convertir en una bendición, en un compañero con el que compartir la vida; alguien a quien entregarse y ofrecerle las mejores condiciones para su desarrollo y crecimiento personal; alguien a quien mostrar cómo desenvolverse en este su nuevo mundo con sensatez y responsabilidad. Ese nuevo miembro de la familia se convertirá entonces en un nuevo aliado, alguien que viene también a ayudarnos en nuestro aprendizaje. Él será el acicate para para la lucha diaria, para ofrecerle nuevas oportunidades, nuevos rumbos, nuevas metas y realizaciones comunes. Él hará que todo esfuerzo merezca la pena, pues al fin y a la postre se trata de un viejo amigo, un compañero o un viejo adversario que llama a la puerta mostrando sus ansias de paz y reconciliación.

El corazón de la madre es el aula del niño.

Henry Ward Beecher.

 ¡Cuánto cambia la vida cuando se aborda desde un sentido espiritual y transcendental!

 ¡Cuánto cambia al abordarla desde la convicción de un ser inmortal que viene a utilizar la escuela terrena para desarrollar sus potencialidades!

¡Cuánto cambia al abordarla desde el convencimiento de ser todos hijos de Dios, herederos de sus dones!

¡Cuánto cambia la perspectiva al modificar la visión materialista hacia la inmortalidad!

¡Cuánto cambia al saber que el hombre dispone de todo el tiempo imaginable para conseguir la paz y la felicidad!

¡Cuánto cambia al saber que esa felicidad llega con el trabajo bien realizado!

En la actualidad existen muchas ideologías que desprecian la utilidad de la reencarnación. Ignoran que es a través de ese medio que el individuo viene y va, para experimentar todas las facetas de su personalidad; no importa el rol que ocupe, masculino o femenino. No debemos olvidar que el espíritu carece de sexo, es asexual, y la utilización de un rol u otro está condicionada a sus necesidades evolutivas; y que cada rol faculta diferentes experiencias, todas ellas necesarias.

La ignorancia de esas premisas lleva a malinterpretar y a no poner a cada persona en su lugar en el mundo. Cada individuo es diferente a otro, también sus necesidades y carencias. Y es que cuando desde el otro lado de la vida se planifica una encarnación y el individuo ocupa su lugar en la carne, olvida su compromiso y, al hacerlo, propicia la pérdida de sus metas.

Esa ignorancia obnubila la identidad personal, la individualidad, con el pretexto de la uniformidad entre individuos, y se promulgan leyes que enfrentan a unos contra otros, al rol masculino contra el femenino.

Natalidad: Responsabilidad y consecuencias por: Fermín Hernández

©2019, Amor, Paz y Caridad

 

Publicidad solidaria gratuita