LAS PANDEMIAS: MOTIVO DE REFLEXIÓN

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Las pandemias: Motivo de reflexión

LAS PANDEMIAS: MOTIVO DE REFLEXIÓN

En estos momentos especiales surgen varias preguntas: ¿Por qué esta situación? ¿Cómo puede suceder que un virus originario de tan lejos, de la antigua civilización de China, se esté paseando por el mundo libremente? ¿Cómo puede causar tantas muertes? ¿Qué tendré que ver yo con ese virus que puede matarme, o hacerme su portador? ¿Qué puede haber hecho el género humano para merecer semejante castigo? Y lo más importante, ¿qué puedo hacer para que no se vuelva a repetir? Y aquí está el quid del asunto, ya que todos juntos podemos hacer… y mucho.

Como todos sabemos, el origen de las infecciones es uno muy concreto y su propagación otro asunto diferente, aunque ambos comparten paralelismos. En oposición, encontramos el vocablo salud, sanidad, cuyo significado se traduce en: cualidad de saludable o salubre; cualidad de lo que está sano, de lo que goza de buena salud. Es decir, que salud es la contraposición de la enfermedad. Y es que cuando el ser humano está sano, cuando está dichoso, cuando disfruta de buena salud y le es posible gozar de los bienes de la vida, hacer cuanto le plazca, es porque su cuerpo no le pone trabas ni limitaciones. No obstante, esa salud necesita ser cuidada; pero ¿cómo hacerlo?

Nos los expresaban muy bien los antiguos clásicos: “Mens sana in corpore sano”.

Los avances médicos enseñan que el ser humano, el hombre, no solo dispone de un cuerpo físico, formado por trillones de células que constituyen sistemas corporales: el sistema nervioso, simpático, linfático, etc.  Adicionalmente, el ser humano dispone de un cerebro, de un mecanismo que ha evolucionado con el tiempo, que le capacita a abordar el conocimiento. Cuenta, adicionalmente, con una mente donde radican pensamientos, sentimientos y emociones y, donde el cerebro ha pasado a ser un instrumento de transmisión de la aquella; cualidad que le diferencia del resto de seres vivos y que le permite disponer de un mecanismo transmisor de las órdenes recibidas de la mente.

Pero aún queda lo más relevante, trascendente, por encima de la mente está el alma del ser encarnado, el origen de las ideas, de las emociones, los estímulos y la acción. Así, la mente recibe los impulsos del alma, los asimila y traslada al cerebro, la máquina directora del cuerpo físico. Y en ese mecanismo energético-material no existen compartimentos estancos, todos forman parte de un todo. Se trata de un equipo perfectamente conjuntado en el que los engranajes necesitan mantenerse en condiciones óptimas, en condiciones saludables para realizar la labor que son su destino.

Todo va engranado a la perfección y esa unidad armoniza espíritu, mente y cuerpo. Descuidar cualquiera de ellos representa privar al conjunto de su trabajo en común. Algo así como un barco a la deriva; un barco donde todo funciona a la perfección, aunque con el timón averiado. Mientras ese timón defectuoso no sea reparado, el navío estará imposibilitado para maniobrar.

En definitiva, el mundo material y el espiritual caminan juntos, en perfecta interrelación, donde la parte material es apenas el instrumento de acción de la parte espiritual y donde una perfecta simbiosis entre ambas resulta imperativa. Y el espíritu necesita disponer de un cuerpo físico en condiciones para permitirle expresarse en el mundo de la materia. En caso contrario, se ve imposibilitado para cumplir sus objetivos, todos o parte de ellos.

¿Qué sucede cuando en un hogar se descuida la limpieza, cuando existe desorden, falta de higiene, suciedad y basura? Sencillo, los gérmenes que pululan allí encuentran el caldo de cultivo adecuado para crecer y multiplicarse; pues no podemos olvidar que dichos gérmenes conviven con los hombres y solo una bajada de defensas les permiten expandirse. Más pronto que tarde aparecerá en ese hogar un brote de infección, una enfermedad que atacará a sus moradores, en especial a los más débiles.

Con el cuerpo físico sucede lo mismo que con el hogar. Al descuidarse la higiene personal, la alimentación, el descanso; al prodigarse los hábitos malsanos y contrarios a la salud física y emocional, el cuerpo enferma, aparece el dolor y los síntomas avisan que algo camina mal.

Todo forma parte del ser que vive una experiencia en la carne. Entonces ¿qué le sucede a la mente cuando el individuo descuida sus emociones, pensamientos y actuaciones?; ¿cuando utiliza palabras malsonantes y modos vulgares?; ¿cuando le dominan las bajas pasiones?; ¿cuando pierde el control de sus pensamientos y emociones? Más pronto que tarde, la mente se enmaraña y aparecen los síntomas de las mentes perturbadas: odio, ira, rencor, pereza, celos; desajustes mentales que dan paso a la desilusión y a la frustración, para convertirse más tarde en depresión; en un estado de perturbación que conduce a la locura y, ¿por qué no?, al suicidio.

En estas condiciones el espíritu, el auténtico yo, esa entidad que llega a la Tierra con grandes expectativas de progreso, se siente asfixiado y, a menos que pida ayuda a elevados estamentos para enderezar su rumbo, poco o nada conseguirá. De poco servirá la planificación de una nueva experiencia en la carne para evolucionar personalmente, para conseguir las nuevas experiencias que debe afrontar.

Al igual que los gérmenes contaminan el hogar y se afirman en él, el mundo en que vivimos está saturado permanentemente de sentimientos, pensamientos y emociones descontroladas. El ambiente espiritual en el que se desenvuelve el ser humano es un constante océano de vibraciones, un torbellino que amenaza su equilibrio emocional, mental y espiritual.

Cuando el insigne Rabí curaba a las masas, les decía: “Vete y no peques más”. Excelente y  terapéutica solución. Él vinculaba la salud corporal al equilibrio personal. Nunca olvidemos tan sabia recomendación.

El afán por las posesiones, el miedo a perderlas, el frenético sistema de vida en que se desenvuelve el ser humano; donde producir más y más a cada instante para mantener idéntico ritmo de consumo va desconectándole de la fuente de equilibrio, de la energía que armoniza y equilibra el universal, del AMOR (en mayúsculas); el amor hacia la obra del ignoto Arquitecto Universal. Observaréis que vivimos en una civilización donde le hombre compite contra el hombre, país contra país, continente contra continente. ¿No será que el ser humano se equivoca en sus premisas? ¿No deberá apoyarse entre sí, en lugar de atacarse?

Así, ¿no estará saturado el aire, el ambiente, de miasmas mentales, de emociones insanas? Irremisiblemente acaba produciéndose un ataque al sistema inmunológico; al sistema inmunológico del hombre y del sistema, donde dichos organismos imantan a miasmas mentales y medioambientales y donde los individuos más sensibles, los más débiles, mayores y enfermos, soportan su mayor virulencia.

Estos desequilibrios ambientales, mentales, emocionales, en una civilización donde todo es conseguible, ahora más que nunca en la historia de la humanidad, vienen a mostrar la falta de lo esencial, la ausencia de armonía y estabilidad hacia las leyes de la vida, especialmente hacia la ley del amor, la vacuna real contra todo patógeno que pulula en el ambiente psíquico del planeta y, por ende, por su ambiente físico.

Y nuevamente deseo traer esta reflexión: “Mens sana in corpore sano”.

Tristemente, las mentes de los humanos están paralizadas por el materialismo y la ausencia de amor y caridad. Mal negocio hacemos cuando el planeta, un planeta enfermo, exige tal catarsis. Nuestra amada Tierra está enferma. Si el hombre, el ser humano, es incapaz de cuidar su cuerpo, mente y espíritu, ¿cómo podrá hacerlo con el planeta?

Esta última reflexión me lleva a la pegunta 737 del Libro de los Espíritus: “¿Con qué objeto castiga Dios a la humanidad con calamidades destructoras?”.

Vean, por favor, la respuesta del plano espiritual a semejante consulta: “Para que progrese más rápido. ¿No hemos dicho ya que la destrucción es necesaria para la regeneración moral de los espíritus, que adquieren en cada nueva vida un grado más de perfección? Hay que ver el final para evaluar los resultados. Vosotros los juzgáis sólo desde vuestro punto de vista personal, y los llamáis plagas debido al perjuicio que ocasionan. Pero tales trastornos son a menudo necesarios para acelerar el advenimiento de un orden de cosas mejor, trayendo en unos pocos años lo que hubiera requerido muchos siglos para producirse.”

Y complementando la consulta anterior, hace la siguiente pregunta número 738: “¿No podría valerse Dios, para la mejora de la humanidad, de otros medios que no fuesen calamidades destructoras?”.

De nuevo les ruego atiendan la respuesta ofrecida por el plano espiritual: “Sí, y a diario los emplea, puesto que ha otorgado a cada cual los medios de progresar mediante el conocimiento del bien y del mal. El hombre es el que no los aprovecha. Es menester, pues, que se le castigue en su orgullo y se le haga sentir su fragilidad”.

Todo ello va unido según la ley de consecuencias, ley de acción y reacción o ley del karma. Como el hombre piensa, actúa… eso recibe. No nos extrañemos pues si aparecen epidemias que se traducen más tarde en pandemias, pues el ser humano continúa tropezando siempre con la misma piedra. Y ¿cuántas piedras serán necesarias para variar su rumbo?

Este planeta ya no admite esperas; está en pleno proceso de transición. El amor, la fraternidad, la comprensión, el respeto a los valores éticos y humanos −en general− deben reinar como norma de convivencia, como meta primordial para sus habitantes. Atrás deben quedar intereses económicos, financieros y materiales, todo en beneficio del bien común, de los intereses generales. El hombre debe aprender de sus errores del pasado.

Practicando la caridad, el desinterés, la bondad… en suma, el amor, y continuando el ejemplo de aquel insigne maestro de maestros, Jesús de Nazareth; de ese adalid incomprendido para muchos, el hombre podrá cambiar su rumbo, restablecer el equilibrio planetario. Desaparecerán entonces todas las pandemias y la enfermedad se convertirá en un triste recuerdo del pasado, ya que no tendrá cabida en el nuevo orden planetario.

Mientras el ser humano no cambie en su intimidad, nada cambiará, pues el detonante de estas enfermedades sociales no es material, sino espiritual; son enfermedades del espíritu. Y mejor que lavar cuerpo y manos, sanear corazón y pensamientos. Sucede que la enfermedad no está fuera del hombre, sino en su interior, dentro de él.

Merced al Covid19, muchas personas se van dando cuenta de que se va haciendo necesario un cambio de dirección, una corrección en los hábitos. Esta civilización necesita modificar su sistema de vida, adoptado por imposición, por la corriente general. Aunque vistas las consecuencias y calamidades sufridas, el ser humano está comenzando a reflexionar. Aunque ¿durante cuánto tiempo?

Se acepte o no, esto apenas ha comenzado, y detrás de un enfermedad física llegará la del cuerpo planetario, y después otra más, y otra… y otra.

“Solo por el amor será salvo el hombre”, aconsejaba Jesús de Nazareth.

Las pandemias: Motivo de reflexión por: Fermín Hernández

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