LA FAMILIA

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La familia

“El libro de los Espíritus”, Allan Kardec. Cap. IV. Ley de reproducción:Consulta artículo 695: El matrimonio, esto es, la unión permanente de dos seres, ¿es contrario a la ley natural?

Respuesta: Es un progreso en la marcha de la humanidad.

Consulta artículo 696: ¿Qué efecto tendría sobre la sociedad humana la abolición del matrimonio?

Respuesta: El retorno a la vida de los animales.

La unión libre y fortuita de los dos sexos es el estado natural. El matrimonio constituye uno de los primeros hechos de progreso registrados en las sociedades humanas porque establece la solidaridad fraternal y se le encuentra en todos los pueblos, si bien en condiciones diversas. La abolición del matrimonio sería, pues, el retorno a la infancia de la humanidad y colocaría al hombre por debajo incluso de ciertos animales que le ofrecen el ejemplo de uniones constantes.

En temas relevantes y de especial sensibilidad debe recurrirse al substrato de los propios conocimientos. En este caso, las enseñanzas entregadas por los espíritus a Allan Kardec en el libro antes citado.

La afirmación de los espíritus resulta pues categórica. La humanidad dio un salto cualitativo cuando, en las primeras fases de la sociedad, se constituyó sobre la base de la unión del hombre y la mujer, es decir la unión conyugal, el matrimonio, el pilar básico en la formación del núcleo familiar.

La familia es la aglutinante natural para los seres necesitados de experiencias materiales; experiencias de aprendizaje y rescate. Les posibilita encarnar unidos por lazos de sangre y ADN comunes. No obstante, esta unión va mucho más lejos: permite la unión de espíritus afines y comprometidos entre ellos; espíritus que comparten ideales y metas comunes. Merced a ese vínculo superior, la Providencia facilita al individuo la posibilidad de conseguir su meta final: la propia evolución.

Herbert Spencer incluyó a la familia entre las instituciones que dan forma a la vida social. (Mr. Herbert Spencer, naturalista inglés, filósofo, sociólogo, psicólogo y antropólogo (1820-1903).

Cuando el individuo asume que es espíritu encarnando una materia o cuerpo físico, encuentra ante sí una doble encrucijada. Además de la responsabilidad de su propia evolución, se enfrenta también al compromiso de influir positivamente en el resto de personas de su grupo familiar. Personas que serán sus padres, hermanos, hijos y nietos y con quienes compartirá un vínculo común. Serán una extensión de sí mismo y convivirá con ellos en una constante interrelación. Presionará y se verá, a su vez, presionado por las personas de su círculo familiar. Sus instintos se depurarán en él, al igual que en sus vástagos y familiares, creándose entre ellos sentimientos comunes. La ley natural, actuando, creará vínculos de responsabilidad, dónde todos se protegerán entre sí de las amenazas e influencias externas y de sus propias debilidades y limitaciones.

¿Más, dónde quedan los límites de esa interrelación?: El propio egoísmo, la comodidad y la inadecuada preparación, entre otras motivaciones, pondrán límite a tales desvelos. Resumiendo, el nivel evolutivo de cada individuo marcará sus propias limitaciones. Y la ley natural, actuando desde el plano espiritual, facultará la intervención de determinados seres, personas, cada una de ellas con sus características y peculiaridades propias, aunque compartiendo metas comunes. Dicho vínculo imprimirá al grupo familiar un fuerte sentimiento de cohesión, responsabilidad y respeto mutuo, que se sumará a los vínculos meramente humanos. En el plano espiritual, antes de tomar cuerpo, de encarnar, los componentes de la agrupación familiar contraen compromisos de orden evolutivo y moral para su evolución íntima y grupal.

Auguste Comte considera  la familia  la célula básica de la sociedad, el embrión y modelo de ésta, de manera que para él, la sociedad perfecta será aquella que funcione como una familia(Auguste Comte, filósofo francés considerado el creador del positivismo y de la sociología; (1798-1857).

Si se analiza en profundidad el sinnúmero de beneficios obtenidos mediante la formación grupal, la familia, se llega a entender su necesidad. Se comprende como dichas relaciones, obligaciones y trabajo en común benefician a la agrupación familiar y al cumplimiento de esas metas comunes; de la planificación y objetivos previstos en el plano espiritual para la nueva existencia terrena. Tratar a fondo esta temática requeriría numerosos volúmenes, qué, con vuestro permiso, queridos lectores, dejaremos para más adelante.

Imaginemos por un momento ¡cuánto podemos aprender por el hecho de venir amparados por unos padres y un grupo familiar de cierta evolución! De progenitores que se han brindado a colaborar para el progreso espiritual común y que permiten integrarnos en su familia durante una o varias generaciones. ¡Hagamos abstracción por unos instantes e imaginemos en qué medida el individuo puede evolucionar aceptando el rol comprometido antes de encarnar!

 En orden inverso, imaginemos también por un momento, una civilización en la que no existiesen vínculos de sangre y compromisos evolutivos; donde la familia estuviese infravalorada y sus componentes tratados como personas extrañas y ajenas al viaje común de las experiencias terrenas. Difícil imaginar semejante caos. No obstante, mirando en derredor, podemos observar como la sociedad camina en esa dirección. La reducción de las tasas de natalidad en los países desarrollados y el irresponsabilidad general a la hora de constituir un núcleo familiar basado en el matrimonio resulta más que evidente y llama a reflexión. Trataremos este asunto en artículos futuros.

Ahora bien la sociedad nunca permanece estática, evoluciona. Y al hacerlo, consigue incrementar su calidad de vida y desarrollo. Se superan así viejas costumbres y quedan obsoletos modismos culturales y tradiciones que frenaban la evolución general.

Marx y Engels, por su parte, la conceptuaron como el primer grupo histórico, la primera forma de interacción humana. Mr. Karl Heinrich Marx: filósofo prusiano, economista, sociólogo, periodista e intelectual; (1818-1883) Mr. Friedrich Engels: filósofo, sociólogo, periodista, revolucionario, teórico comunista y socialista alemán; (1820-1895).

Estamos asistiendo actualmente a un periodo de grandes cambios; cambios sociales, de estructuras, de modos de vida, pensamiento e ideas. Estos constantes cambios, no obstante, conviene someterlos a un análisis imparcial, que permita determinar su validez. Aceptarlos o rechazarlos en base a la propia comprensión. Pues no todo cambio ha de ser forzosamente conveniente.

A tal fin, las enseñanzas de los espíritus y su legado habrán de ser la piedra angular que ayude a la sociedad a determinar la idoneidad de los cambios, tanto a corto como a largo plazo. Su puesta en práctica requerirá mucho tiempo, aunque estamos en el camino.

Cuando una sociedad ha alcanzado su madurez y el adecuado nivel de comprensión de las leyes que rigen el universo, en paralelo a su proceso evolutivo; las transformaciones conseguidas repercuten, por lo general, en el bien común y cumplen la proyección evolutiva diseñada en los planos elevados. En la medida que una sociedad asciende en su nivel vibratorio o espiritual, alcanza mayor comprensión de sus objetivos y metas, plasmándolos, en paralelo, en sus leyes sociales.

Tristemente, la sociedad actual no se rige aún por un código moral avanzado, por valores éticos. No se rige por su nivel espiritual o por las leyes universales. Más bien al contrario, esta sociedad es una muestra palpable de egoísmo y materialismo desenfrenados, a pesar de los avances tecnológicos y científicos en prácticamente todas las áreas del conocimiento.

Remarcaré: el grado de desarrollo alcanzado por una sociedad marca su ritmo evolutivo. Merced a la presión social, las autoridades políticas y administrativas se ven obligadas a promulgar y modificar un sinnúmero de leyes. Dentro de una sociedad escasamente espiritualizada y desconocedora del para qué y porqué de su destino, los cambios se producirán, atendiendo a criterios intrínsecamente materiales, nunca a sus necesidades reales. Dicha sociedad tenderá a liberar sus vicios, desenfrenos y comportamientos delictuosos. Justo lo contrario que necesita para crecer. Mal le irá a esta sociedad, si los políticos, en su afán de justificarse ante el electorado, atienden todas las peticiones sociales, justificadas o no, manteniéndolas al margen de su moralidad o justicia.

Son muchos los pueblos y sociedades que tras haber alcanzado un elevado desarrollo, se han desmoronado con el tiempo, porque sus generaciones finales no supieron estar a la altura de su legado. Y lejos de seguir avanzando en el orden social, se abandonan, se abocan al declive y a la destrucción.

Actualmente, la sociología de familia, la psicología social y las diferentes escuelas de psicología que tratan sobre el individuo reconocen la importancia básica de la familia.

El concepto de familia no escapa a este proceso de cambios. La familia que hemos conocido hasta ahora, la familia tradicional, pierde relevancia. Podemos observar cómo, poco a poco, se va desintegrando; como aparecen nuevos  modelos. Nada que objetar pues, ya que todos los caminos se dirigen hacia una meta común, que no es otra cual la evolución espiritual del individuo. Cada senda conlleva sus propios beneficios e inconvenientes, sus aflicciones y sufrimientos; sus alegrías y satisfacciones.

Cada persona es dueña de su vida y destino; escoge el camino que estima más conveniente para sus preferencias y educación. Es aquí donde el grado evolutivo diferencia a cada individuo. Cada persona necesita transitar determinadas encrucijadas; experiencias que le permitan crecer y expandir la conciencia. Las experiencias forjan el carácter y sus consecuencias, inevitables, son el crisol que transforman al ser. Por ello, el respeto a las decisiones ajenas, con sus lógicas limitaciones, debe primar en la vida social de los individuos. Son esas experiencias y decisiones las que les permiten construir su futuro. No importa las veces que yerren y se equivoquen; ese bagaje de experiencias construye su futuro espiritual.

Lo significativo es la capacidad del individuo para comprender, respetar, aceptar y tolerar; de permitir que esos valores íntimos transmuten a las personas en auténticos seres humanos.

La familia por:Fermín Hernández Hernández

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