LA LEY Y LA JUSTICIA

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La ley y la justicia

La ley y la Justicia. Si bien ambos vocablos pueden expresar definiciones parejas cuando se utilizan en el complicado entorno de la justicia social, sus implicaciones y matizaciones se entremezclan y desdibujan hasta parecer dos ramas de un mismo árbol. No obstante, en la práctica se diferencian, sutilmente en ocasiones y tremendamente en otras.

Veamos cómo las define la Real Academia de la Lengua:

Ley: Regla o norma establecida por una autoridad superior para regular, de acuerdo con la justicia, algún aspecto de las relaciones sociales.

Justicia: Principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada cual lo que le corresponde.

A tenor de esta definición, ambos conceptos −que se mueven en una frontera difusa−, aun entremezclándose, están muy alejados uno del otro. Por lo general, la sociedad estima que la ley emana de la justicia, aunque en la práctica ¿sucede realmente así?

Aplicar ambas con ecuanimidad, además de complicado, resulta inclusive problemático. Expresado de otro modo: el hecho de que se cumpla la ley no implica necesariamente que se aplique la justicia. Simplemente, la ley aplica las normas, al margen de sancionar cualquier litigio ecuánimemente.

Y ahora llega otro personaje −desconocido para muchos− y que redefine la cuestión del siguiente modo: Tan natural resulta, que os indignáis ante la sola idea de que se cometa una injusticia. No cabe duda de que el progreso moral desarrolla dicho sentimiento: pero no lo crea. Dios lo puso en el corazón del hombre. Y he aquí porque encontrais con frecuencia, en personas simples y primitivas, nociones más exactas de la justicia que entre aquellas otras que poseen mucho saber”Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, capítulo “ley de Justicia, Amor y Caridad”, artículo 873.

Y ante esa definición me asalta la siguiente duda: ¿Se trata de un sentimiento natural o es el resultado de ideas o preconceptos?

La justicia es un sentimiento natural, una característica innata de todo ser humano; al punto que, personas dotadas de un nivel medio e incluso de baja condición, pueden llevar inmanente dicho sentimiento, incluso con más intensidad que otras que poseen grandes conocimientos. No obstante, ese sentimiento puede estar contaminado de ciertos vicios del individuo: sus conveniencias, sus intereses o factores que pueden impedirle decantarse hacia la justicia. También resulta harto común que muchos individuos se vean oprimidos por una coraza de egoísmo y soberbia que anula sus sentimientos naturales; que bloquea sus emociones y sentimientos. Ese bloqueo les impide captar el sentido de justicia que les sugiere su voz particular, su conciencia.

El desequilibrio emocional del intelecto y la frialdad en las reacciones ante las privaciones y necesidades de los demás hacen que el individuo esté condicionado ante los prejuicios de índole material, anulando la llamada de su conciencia; de la experiencia acumulada a lo largo de eones.

Son los valores éticos y morales, como la caridad y el amor al prójimo, los que presionan al individuo a la hora de expresar y enjuiciar los asuntos adecuadamente, porque la justicia radica, por encima de todo, en “respetar los derechos ajenos”.

Ha quedado patente −en el tiempo− que la sociedad se mueve sistemáticamente por delante de las leyes. Así, legisladores y jueces se ven impelidos a corregir y actualizar “la ley”, a dar cumplida respuesta a las necesidades sociales y sus avances evolutivos. Y resulta lógico que así sea, pues las nuevas generaciones disponen de un mayor acervo de conocimientos, experiencias y evolución, obligando a revisar las normas que quedan obsoletas o caducas.

En el texto recopilado por Allan Kardec, el codificador espírita antes citado y que lleva por título “El Libro de los Espíritus”, los instructores del plano mayor dedican una parte del mismo a las leyes morales, concretamente el último capítulo dedicado a la Ley de Justicia, Amor y Caridad. En dicho capítulo se liga el principio de justicia al de amor y caridad; al punto de considerar esta ley como la más relevante de todas las analizadas en dichos textos.

Siendo estos tratados unos grandes desconocidos para la legislación humana, vienen, no obstante, a establecer un gran vacío en el derecho legislativo, el usado para interpretar la ley e impartir la justicia.

Justicia humana que deja de lado los principios morales, el amor y la caridad; principios que deberían permanecer indivisibles cuando se aplica la justicia.

Bajo estas premisas, nos atreveríamos a decir que sin amor y sin caridad no puede existir una verdadera justicia.

En una lenta progresión la ley va perfeccionándose, diríamos que puliéndose, en la medida que la ignorancia humana y su brutalidad desaparecen. En un principio campaba la ley del más fuerte, del poderoso, del más inteligente. No obstante, hoy, el sentimiento innato de justicia aflora y se impone progresivamente; surgen nuevos modelos y conceptos que ayudan a entender que la vida nunca para de evolucionar, al igual que el propio individuo, gracias a los esfuerzos de personas de elevada condición moral, de avatares que han venido encarnando en la Tierra durante todas las épocas, de personas que instruyeron civilizaciones, muy lentamente, con gran dificultad.

¡Cuántas leyes y costumbres del pasado −vigentes todavía− nos horrorizan, al observar cómo se legislaba en el pasado; al observar cuales eran las costumbres en los países civilizados…! ¿Civilizados? ¡Leyes que hoy se consideran injustas, retrogradas e incluso bárbaras!

Es por ello que debe reinar la prudencia a la hora de emitir juicios y opiniones, por muy bien refrendada que pueda estar dicha “ley”, porque a pesar de ese apoyo, podría resultar injusta. Queda la recomendación de valorar y aplicar las leyes morales emanadas de lo Alto; dejar que el corazón guíe las sentencias y aplicarlas honrada y honestamente, sin escudarse en el cumplimiento de la ley. El sentido ético y moral debe gravitar por encima de ley social. El hombre debe actuar como un ser evolucionado y consciente de su camino.

Me gustaría traer hasta aquí algunas de las frases que escuchamos habitualmente en los medios de comunicación, por ejemplo: “actué así porque era legal” −fuese o no moral−. De aquí se desprende que las leyes humanas siguen una dirección y las emanadas de lo Alto otra diferente.

La ley divina es inalterable, no cambia jamás; establece el respeto hacia los derechos de todos los seres y aboga por la aplicación de la justicia moral, de esa justicia que permanece esculpida en la intimidad del ser, en la propia conciencia. A través de ese llamado, el individuo se siente impelido a luchar contra las injusticias sociales; a impedir el daño a cualquier persona sin razón ni merecimiento; le impele a revelarse contra la injusticia y a defender a débiles y desprotegidos.

De ahí aquella sentencia del mayor avatar de la humanidad, Jesús de Nazaret: “Como queráis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. No obstante, cuán lejos se encuentran los hombres de esa máxima; de dicha recomendación moral. Aplicarla resolvería de un plumazo −ipsis literis− todos los litigios que viene enfrentando la sociedad. Cuántas leyes absurdas, cuántos vericuetos legales se podrían ahorrar de aplicarse dicha máxima; cuántos tiempo y esfuerzos se habrían ahorrado para alcanzar la justicia social.

Las leyes humanas son imperfectas −lo sabemos−, como imperfectos son los individuos que las crearon y detentan. Mientras tanto, el tiempo y su aprendizaje las pulen, las humanizan, las acercan lenta y progresivamente hacia la perfección. Pero para que esto se pueda conseguir ha de producirse un cambio en la humanidad, esta tiene que evolucionar, que incidir sobre los ideales y sentimientos más nobles.

La justicia, al igual que las leyes morales que rigen el universo, debería ser ciega y no tomar en consideración la posición social de individuos, razas, color, religión, ideas o riquezas. Observamos por doquier que el fiel de la balanza se inclina siempre a favor de los más ricos y poderosos. La sociedad actual muestra que se puede vivir dentro de la norma de que todo tiene un precio, “inclusive la justicia”.

“Si la justicia existe, ha de ser igual para todos, nadie puede quedar excluido, pues de lo contrario ya no sería justicia”.

Paul Auster, escritor, guionista y director de cine estadounidense.

Estamos saturados de conocimientos, de leyes, de información, pero falta justicia social, amor y caridad entre los hombres; faltan los preceptos morales más importantes de la existencia. La solidaridad, el respeto, la tolerancia y la comprensión habrían de reinar ante cualquier situación, ante cualquier disputa. La civilización ha llegado a su cenit actual a causa de sus imperfecciones, lacras y egoísmo. Sus masas podrán inundar juzgados, salas de justicia, ministerios; podrán tener un sinfín de normas y leyes. Pero hasta tanto el ser humano recupere su sentido innato de justicia, del modelo implantando por lo Alto en cada chispa de su creación, y éstas se esfuercen en aplicarlo, los individuos serán incapaces de crear una sociedad digna de llamarse como tal.

Luchando contra las imperfecciones morales, contra las lacras, de las que no se libran ni jueces ni reyes, los hombres van alterando la sociedad buscando que esta funcione un poco mejor. Pero la realidad es cruda, implacable, existen demasiados defectos. Todo individuo aplica sus criterios en la medida de sus limitaciones e intereses materiales. Evidentemente, quienes detentan la autoridad y la responsabilidad de impartir justicia, así como de elaborar nuevas y sabias leyes y corregir las existentes, podrían hacerlo teniendo presente la sagrada trilogía de “justicia, amor y caridad”. Podrían aplicar las leyes con imparcialidad, honradez y sabiduría, buscando el bien común y la reparación de los daños.

Reza un adagio: “hecha la ley, hecha la trampa”. La justicia suele ser más beneficiosa para las persona ricas y rara vez actúa con equidad para pobres y desheredados. La historia nos viene mostrando que esa máxima, promulgada vox populi, se cumple inexorablemente.

A quienes medran dentro del sistema judicial todo parece sonreírles; mientras que a los pobres, a las personas de baja condición social o desheredados de la fortuna, difícilmente les sonreirá, ya que la justicia responde, por lo general, a sus propios intereses. En modo alguno suele preocuparse por el respeto y consideración al individuo, sea cual fuere su condición. “Tanto tengo, mejor abogado tendré, mejores opciones para ganar cualquier pleito”. El resultado es que las personas más desfavorecidas quedan siempre malparadas en cualquier trámite procesal.

El jurado está compuesto por doce personas elegidas para decidir quién tiene el mejor abogado”.

Robert Frost, poeta estadounidense.

 Cuántas y cuántas injusticias se han venido cometiendo con esa premisa. ¡Qué triste papel el de la justicia de los hombres!

Y qué diremos sobre la interpretación de la ley, detentada por hombres y mujeres a caballo de sus limitaciones; con su mayor o menor voluntad para impartir justicia, aunque siempre esclavizados a sus limitaciones, a su carácter, a sus defectos, a su forma de entender la ley y la justicia. Cuántas veces observamos puntos de vista dispares entre los intérpretes de la justicia. Vivimos, definitivamente, en manos de seres humanos que aplicarán sus criterios según entiendan las circunstancias humanas. Lamentablemente, la justicia perfecta no existe entre los hombres, sí en las leyes universales.

Cuando se está sometido a la ley −aunque pueda resultar una paradoja−, lo menos relevante es el propio individuo. No puede auto-defenderse, necesita un intérprete, un letrado al que mueven ¿tus intereses?; ¿o los suyos?; ¿que se preocupa −realmente− de ti?

Letrados: personajes que viven de las desavenencias y conflictos entre los hombres; que se nutren de ellas; que fagocitan a sus representados −como el dios griego Chronos−, sus bienes, entregándoles a cambio incertidumbres y verdades a medias. Les importa más la forma de conseguir que los hechos decanten la ley a su favor que los hechos en sí mismos.

Leyes hay, lo que falta es justicia”.

Ernesto Mayo, escritor y periodista argentino.

 En verdad, debe ser harto complicado impartir justicia. Se trata, sin duda, de una dura prueba; de una prueba de gran responsabilidad.

¡Que el Todopoderoso ilumine a quienes tienen el compromiso y el deber de realizar dicha misión!

Porque habrán de responder al juicio de su conciencia por las decisiones que tomaren. No obstante, pueden conseguir una meritoria labor ayudando a muchas personas que se enfrentan a la justicia por causa de sus actos. También contraerán grandes responsabilidades ante la ley mayor si se dejan llevar por intereses mezquinos, por malas decisiones o una equivocada aplicación de la justicia.

Su formación requiere un arduo trabajo, vocación y un enorme respeto hacia el ser humano. La ley, en sus manos, debe permanecer viva, no letra muerta. Arrastran una enorme responsabilidad moral ante su propia conciencia y ante el género humano. Inexcusablemente, deberán aplicar las normas escritas, aparcando sus opiniones y criterios personales, pero por encima de todo −para llevar adelante su labor−, deberán considerar y aplicar las normas morales, pues, ante la verdadera ley, la ley mayor, ambos, víctima y verdugo, merecen el mayor respeto. Y sobre todo, no olvidar jamás que, por encima de todo, debe prevalecer la ley de justicia universal que inexorablemente aplica la auténtica justicia; aquella que trasciende al tiempo y al espacio.

Justicia sin misericordia es crueldad”

Santo Tomas de Aquino.

No olvidemos que el día de mañana tendremos que rendir cuentas ante la ley de justicia universal. Esta no nos preguntará si era legal todo cuanto hicimos según las leyes de los hombres, sino que preguntará a nuestra conciencia, y en virtud además de nuestros conocimientos y progreso así nos juzgará. Cuántos ejemplos nos ofrece la doctrina espírita por medio de la mediumnidad de los fracasos y decepciones que sufrimos cuando tenemos que dar cuenta de nuestros actos y nos encontramos desnudos de los parapetos materiales y no tenemos más defensa que asumir los hechos frente a la propia voz de la conciencia.

 La ley y la Justicia por:  Fermín Hernández

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

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