GRATITUD: CONDICIÓN DEL SER HUMANO

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Gratitud: Condición del ser humano

(*) “La gratitud es la firma de Dios colocada en su obra. Cuando echa raíces en el sentimiento humano logra proporcionar armonía interna, liberación de conflictos, salud emocional, porque se destaca como una estrella en la inmensidad sideral”.

Si echamos una mirada al mundo en general, ¿diríamos que la sociedad, la mayoría de nosotros,  estamos contentos, que nos levantamos con el ánimo pleno de alegría? ¿Dando gracias a Dios por haber nacido y estar aquí disfrutando de la oportunidad de prosperar y de progresar, tanto material como espiritualmente? Más bien parece que no.

Un vacío, diría yo, en muchas ocasiones estremecedor, se nos instala en nuestro interior que nos provoca una honda sensación de vacuidad, de estar en la nada, de no saber siquiera qué hacemos aquí. Aparte de los goces, sensaciones materiales y objetivos de índole típicamente humana no visualizamos nada más.

Esto tiene una explicación: ¡Hemos perdido la conexión con nuestra auténtica fuente de vida! La universalidad, como parte de un todo al que pertenecemos, y el principio espiritual del cual no podemos escapar. Imaginemos un niño cuando se extravía y pierde la protección y el amparo de sus padres; se siente solo y perdido, una pesadumbre de temor, de miedo, de dudas le sorprende y no quiere otra cosa que volver a reencontrarse con sus padres. Esto mismo le pasa al espíritu en las primeras fases de vida de su realidad consciente o self. Sin embargo, toda vez que la realidad interna sabe cuál es su camino y centra sus fuerzas y facultades en coger la dirección y el rumbo correcto, se va llenando de luz, de fuerza, de satisfacción y de confianza; no necesita que sus padres materiales lo lleven de la mano, sino que sea su propia conciencia e individualidad la que marque el camino y lo acerque cada día un poco más a su creador y a sus hermanos.

Todos y cada uno de nosotros estamos aquí por una sola razón, “el adelanto espiritual”. Para lograr ese adelanto, más grande o más pequeño, venimos a la Tierra con un programa a realizar. Cada cual según su grado de evolución aspira a alcanzar unos logros que le satisfagan, y al mismo tiempo que le catapulten para mayores objetivos en vidas sucesivas.

Ese programa, por lo tanto, es muy distinto de unos a otros, es personalizado y busca el camino de la redención y la búsqueda de la luz y de la felicidad. Para unos puede suponer el encuentro con una siembra de vidas anteriores plagadas de errores y equivocaciones que sumieron a ese espíritu a la miseria espiritual, a verse envuelto dentro de los planos de las sombras y el sufrimiento. La expiación y las fuertes pruebas deberán templarle y hacerle comprender y responsabilizarse de todos sus errores, sometiéndose más o menos conscientemente a la ley de causa y efecto para devolver el bien por el mal causado y recuperar la senda que conduce a la elevación espiritual, por medio de los valores del bien que forjan esa elevación.

Para otros supone encarar nuevos retos, experiencias que no se han vivido y a las que se quiere enfrentar para seguir la dura ascensión que supone el progreso espiritual. Ese programa diferente le irá presentando nuevas pruebas, responsabilidades, compromisos plagados de esfuerzo y de trabajo para adquirir los valores y las facultades que necesita para seguir sintiendo la ilusión, el entusiasmo y la ambición sana del deseo de progreso.

Otros, por su adelanto y su amor a la humanidad, se comprometen a servir de guías y de tutelar a muchos otros para adquirir el conocimiento espiritual tan necesario para poder evitar todos los escollos y piedras que surgen en el camino, ese camino de progreso que tan fácil resulta de esquivar y de abandonar. Por lo tanto, todos tenemos mil y una razones para asirnos a la vida, y encontrar el sentido que esta tiene para nosotros.

Al igual que un niño se va transformando en joven y poco a poco va alcanzando su madurez, como espíritus que somos vamos adquiriendo experiencia y sabiduría en el transcurso de nuestra evolución, y así nuestros gustos, deseos y necesidades van también cambiando. Las reencarnaciones son una larga suma de experiencias y cada una de ellas nos sirve para ir aprendiendo, corrigiendo los errores y sumando valores al fondo de nuestra conciencia. La conciencia es como un fondo de armario que vamos llenando gracias a la riqueza de las vivencias que se nos brindan en cada nueva vida, lo cual nos fortalece y nos ayuda a ir diferenciando el bien del mal y nos impulsa a continuar en la lucha por descubrimos a nosotros mismos y darnos a los demás cada vez con más fe y confianza.

El mayor problema a salvar es el del olvido, ya que, cuando estamos en la materia encarnados, se nos presenta que la propia materia, el vehículo físico que es la herramienta de trabajo del ser consciente, nuestro espíritu, mira por así decirlo para todos los lados menos para el lado del progreso espiritual. Es como un caballo desbocado que está por domar, y si no logramos domesticarlo se nos rebela y nos lleva por donde él quiere, echando por tierra el objetivo por el cual venimos a este mundo.

Hay, por tanto, una lucha muy grande entre materia y espíritu. Nuestro vehículo físico tiene sus necesidades, sus atracciones; es cómodo también y perezoso, no se dispone tan fácilmente para el trabajo; hay que coger bien las riendas y saberlo gobernar, pero él tratará de llevarnos por donde a él le conviene y le atrae. También como seres espirituales que somos contamos con muchas herramientas para saber sobrellevar esa cuestión y enfocarnos disciplinadamente para conseguir alcanzar los objetivos; aquellas son principalmente la voluntad, la intuición, la gran ayuda espiritual que siempre está a nuestro lado inspirándonos y alentándonos hacia el trabajo y el progreso. Y muy especialmente la conciencia que tenemos de ser algo más que un ser material. A medida que nos vamos identificando como parte de un todo, como una entidad prodigiosa, como una chispa procedente de esa llama creadora infinita que es Dios, mejor nos vamos desprendiendo de las debilidades, de la ignorancia y de las imperfecciones que nos impiden la conexión con la fuente de luz y de amor a la cual pertenecemos.

(*) Llega un momento en que el ser se enriquece del júbilo de ser gentil y agradecido, no solo por las palabras sino, principalmente, por las actitudes que hacen agradable la existencia. La gratitud convierte al mundo y a las personas en más bellas y mas queridas.

Todos tenemos sin lugar a dudas esa conciencia, por más profunda que esté, de que somos una realidad transcendente, eterna, con una serie de potencias heredadas de esa grandiosidad cósmica que pobremente llamamos Dios, y que inunda todo el universo, tanto material como espiritual, por el creador de amor y de luz. Ningún ser humano puede negar, aunque por ignorancia así lo crea, que posee ese sentimiento innato que lo atraviesa profundamente y del cual no se puede apartar.

Otra cosa es que hagamos negación de ello porque estamos en la infancia de nuestro adelanto espiritual todavía; por necedad, por rebeldía, por comodidad, por materialismo, por todo lo que queramos, pero la realidad es que no podemos negarnos a nosotros mismos. Somos eternos e inmortales y nuestro destino está trazado, es el emprendimiento y realización de nuestro propio yo a escala superior. Somos como esa planta que busca la luz, el aire, el sol, el agua y todas aquellas energías que la hacen crecer y expandirse sin cesar. Ese es nuestro trabajo, principio y final de nuestra existencia aquí y ahora. Ni hablar de lo mucho más grandiosa que es la vida en los planos y reinos superiores donde ya no existe la materia y el progreso se sigue realizando fuera de los mundos físicos.

Por más que no lo queramos reconocer y entremos en un estado de rebeldía para afrontar esa realidad, y ponernos en el sendero de evolución de manera consciente, no lograremos esa comunión con todo lo que nuestro Creador pone a nuestra disposición para que rompamos el velo que nos mantiene dormidos para la plenitud de la vida espiritual y sumidos en la red de las ilusiones y fantasías que la vida material nos presenta, y que no es sino un espejismo de la verdadera felicidad intangible que nos aguarda. Esta es una ley que más tarde o más temprano todos acataremos. Pero por desgracia, muchos de nosotros necesitamos pasar una y otra vez por las mismas experiencias, quemar y quemar nuestras fuerzas en los planos materiales hasta hastiarnos y comprender que lo que en verdad buscamos y necesitamos está en nuestra propia naturaleza y en el darnos con el corazón a nuestro prójimo.

Llega entonces un momento en esa ascensión del camino en el que comenzamos a sentir ya el ansia de progreso. Necesitamos un cambio, despojarnos de muchas cadenas y entorpecimientos que son un peso que nos impide coger el impulso necesario para lanzarnos a la vida del dar sin recibir, de aprender y de estar abiertos y receptivos a lo que la propia vida nos exige internamente. Es en esos momentos cuando comenzamos a descubrir que todo lo que nos rodea es una dádiva, dones y regalos de la naturaleza para nuestro bien. Todo lo que nos rodea forma parte de un concierto universal, y nosotros somos una nota que ha de ir acorde en dicho concierto para no romper su armonía y belleza. Entonces aparece el fenómeno de la gratitud que sentimos por estar y ser una pieza fundamental, importante en ese conjunto y ese todo del que formamos parte.

(*) La psicología de la gratitud debe ser experimentada en todos los momentos de la existencia corporal. Hija de la madurez psicológica, enriquece de paz y de alegría a todo aquel que la cultiva.

Agradecemos la vida, agradecemos por existir, agradecemos estar rodeados de todos nuestros hermanos, compañeros de viaje en este largo periplo de mundos por conocer; agradecemos todo y pedimos al Creador que nos mantenga despiertos y concentrados para aprovechar cada día de nuestra existencia lo mejor posible. De este modo, por el sentimiento de gratitud que nos penetra profundamente el alma, todo cuanto nos acontece comenzamos a verlo de forma positiva, todo vamos entendiendo que nos sirve de progreso si lo enfocamos bien y transmutamos nuestros sentimientos para enriquecernos de todas las vivencias que experimentamos. Tanto las cosas positivas como las negativas nos deben de servir para el adelanto espiritual; dependerá del enfoque que le demos y de la reacción que tomemos. Si estamos ya conscientes del arduo camino espiritual que hemos de afrontar, reaccionaremos positivamente la mayor parte de las veces, al menos a eso debemos aspirar. Sabemos que necesitamos tanto de lo uno como de lo otro, experiencias de todo tipo: las positivas nos dan fuerza, coraje y confianza; y las menos positivas nos ponen a prueba, y si actuamos con rectitud y sabiduría nos fortalecerán y nos harán templar nuestras facultades para seguir cumpliendo fielmente con nuestra labor, resolviendo con corazón y con justicia todas las vicisitudes y circunstancias que nos asaltan en el camino.

Todo cuanto nos ocurre es, definitivamente, por y para nuestro bien. Debemos estar agradecidos, las vidas difíciles y de sufrimiento, si las sabemos encarar, son más provechosas y nos ayudan a progresar más rápidamente. Las vidas fáciles a menudo nos aportan muy poco y adormecen nuestras facultades. Las vidas duras nos obligan a reaccionar y a poner en uso todos los recursos que adornan nuestro espíritu, que están ahí pero que poco los ponemos en práctica.

 Agradezcamos siempre, valoremos todo lo que se nos ha dado, y si alguien nos hiciere algún tipo de mal pensemos que es por ignorancia y debilidad. Demos ejemplo de sabiduría, perdonemos y ayudémosle a comprender el objeto de la vida.

Gratitud: Condición del ser humano por: Fermín Hernández

© 2019 Amor, Paz y Caridad

(*) Los párrafos en negrita y con asterisco están extraídos de la obra PSICOLOGÍA DE LA GRATITUD; obra dictada por Joanna de Ângelis al médium Divaldo Pereira Franco.

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