EL ABORTO ¿UN DERECHO?

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Aborto ¿Un derecho?

EL ABORTO ¿UN DERECHO?

¿Es el aborto un derecho? ¿Nos consideramos de verdad dueños de una vida que no es nuestra?  ¿El hecho de que la mujer sea portadora de una vida que lleva en su interior la convierte en dueña de la misma? Esa vida no le pertenece; aunque es una cosa muy distinta no querer asumir la responsabilidad de criarla.

Tomar la decisión de si debe o no llegar a término el proceso de gestación de otro ser humano es algo muy serio, de extrema gravedad por su importancia. Todos aquellos que estamos adentrándonos en el desarrollo del conocimiento espiritual sabemos que, de hecho, la vida y la muerte no es una decisión que nos corresponde a nosotros, es algo sumamente trascendente, de una importancia vital de la cual nosotros, como seres humanos, tenemos la obligación de cuidar y proteger; debemos aprovechar al máximo nuestra vida que, es el don más preciado que se nos ha concedido, y sobre todo no tenemos la autoridad, ni moral ni de justicia ni de ninguna clase, para cortar la vida de ese otro ser que llevamos en nuestro seno.

Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.

Verso de la obra de Kalil Gibran El profeta (Háblanos de los hijos).

En este sentido, que más pruebas podemos tener de aquellos que queriendo ser madres y padres no pueden serlo, porque hay cualquier situación material, fisiológica, que así lo impide. Por contra, cuántos matrimonios hay que les ocurre todo lo contrario: no quisieran tener más hijos y, sin embargo, forman familias numerosas. ¿Por qué puede ocurrir esto? Precisamente porque La Vida, con mayúsculas, es un hecho ajeno a nuestra voluntad. Hay fuerzas invisibles, fuerzas poderosas, hechos que vienen de un pasado más o menos remoto y que inciden en todo este tipo de circunstancias, por lo cual no tenemos lo que queremos, lo que deseamos, sino aquello que como fruto de lo sembrado en vidas precedentes ahora estamos recogiendo.

Esto, dicho así, sin apenas conocimiento espiritual, puede ser una tontería, algo sin sentido que solemos rechazar sin darle su significado y su trascendencia; pero estamos hablando de cortar la posibilidad de vida de un ser que, sin ningún lugar a dudas, tenemos con él un compromiso, y lo natural, lo justo y acertado es brindarle la posibilidad, abrirle las puertas del mundo para que pueda crecer, desarrollarse e ir en busca de su destino. Querámoslo o no, es un hecho que está ahí, una responsabilidad tan importante que bien vale la pena de razonar e instruirnos para que actuemos de la manera más acertada, y así evitar contraer responsabilidades de cara al futuro que supondrán sufrimiento, limitaciones y que tengamos que vivir en nuestra propia carne aquello que hemos hecho padecer a otros.

Todos nuestros actos generan unas consecuencias, conllevan su responsabilidad; para ello, se van aprobando leyes que regulan las relaciones entre las personas, a nivel social y material. Somos responsables de nuestros actos, los que debemos afrontar ante la ley humana. Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellas acciones que escapan todavía hoy por hoy a esa justicia humana y social, la cual lógicamente es imperfecta, y se va mejorando conforme la propia sociedad va adelantando?

Sin embargo, también observamos que se promulgan leyes que vienen como consecuencia de una demanda social, sea justa o no, y que políticamente no se tiene más remedio que aprobar, debido a la suma de intereses de diferente índole, y que no tienen en cuenta los aspectos espirituales de esta cuestión. Por desgracia, vivimos todavía en un momento en que las consecuencias espirituales, del porvenir en próximas existencias, no se tienen en cuenta, se ignoran completamente; de ahí el sufrimiento y las condiciones en las cuales nos encontramos ya nada más nacer.

La ignorancia no nos exime de nuestra responsabilidad, ni material ni tampoco a nivel espiritual; todo tiene su trascendencia y sus consecuencias. ¿Cómo podemos ignorar o creer que privar de vida a un ser que no se puede defender no va a tener sus consecuencias? ¿Es posible que se pueda legislar en contra de la propia vida? ¿Cómo podemos asumir un hecho tan relevante como es la vida de un ser humano, y que este hecho pueda quedar exento de su responsabilidad? ¿No es acaso la vida el bien más preciado que poseemos? ¿Cómo, pues, podemos permitir, y no solo eso, sino apoyar y defender el derecho a la muerte de un ser indefenso del que no nos corresponde tomar la decisión de su vida?

Ya no se trata de defender la vida, de estar absolutamente en contra de la ley del aborto, de estar convencidos de que no tenemos ese derecho de ninguna de las maneras por razones de fe, religiosas, ideológicas, sino que además actualmente está más que probado que ese ser que alberga la mujer en su interior no es un ser únicamente orgánico, sino que es una entidad espiritual, una conciencia en proceso de desarrollo y evolución y que, como todos nosotros, necesita una vez más venir a la Tierra, reencarnar nuevamente.

Está más que probado que el espíritu preexiste al nacimiento del niño, y que una vez concluida su vida física con la muerte sobrevive a este hecho, porque la conciencia es inmortal, imperecedera; utiliza el cuerpo físico para progresar, y como ropa usada y vieja en desuso la abandona sin más. Este es un hecho corroborado científicamente por multitud de evidencias que muchísimas personalidades dentro del área científica, ya sea en la psiquiatría, en la física cuántica, en la psicología o la neurología entre otros muchos campos, saben perfectamente que lo que somos cada uno de nosotros es un espíritu en proceso de evolución.

El hecho de que esta verdad no sea todavía hoy algo oficial en el área de la ciencia no le quita ningún vigor, no le quita la más mínima porción de veracidad a la cuestión. Otra cosa es que todas las verdades llegan a su tiempo, y la sociedad las va incorporando en su acervo cultural siempre mucho tiempo después de que hayan sido probados y comprobados los avances de los que siempre hay pioneros que se adelantan a su época. Esto ha pasado siempre: la humanidad no aprende en seguida, se resiste a incorporar nuevas verdades y conceptos, con lo cual va en perjuicio de todos nosotros en general.

Por lo tanto, lo más grave no es solo que liquidamos una vida, sino que además negamos la posibilidad de progreso a un espíritu que llama a nuestra puerta y al que le han concedido desde los planos superiores esa oportunidad tan necesaria.

Es por ello que es muy lamentable que se enarbolen banderas en defensa de aquellos derechos que consideramos de suma importancia, que consideramos que vienen en beneficio de nuestra vida, de nuestra libertad, cuando en realidad suponen un atentado a la ley universal del progreso, delito y crimen considerado el más grande que se puede cometer por parte del ser humano después del suicidio, que es atentar contra la propia vida. Este hecho nunca queda exento de su responsabilidad, y más tarde o más temprano se nos pedirán cuentas de ello.

No obstante, hay que decir también que no todos los casos son iguales, no se puede generalizar; se dan de hecho multitud de circunstancias y de situaciones personales que pueden dar lugar a desembocar en este trance tan desastroso como es eliminar la vida de un ser que ha venido y nos está pidiendo paso. La responsabilidad y las pruebas o expiaciones que deberán pasar todos aquellos que participan de estos crímenes se medirán según cada caso en particular.

Se debe considerar también que, en muchas ocasiones, aquellos espíritus que vienen a engrosar nuestra familia no es por casualidad, sino que con ellos tenemos una relación de otras existencias, y es por esto que vienen junto a nosotros porque es preciso eliminar ciertas asperezas y desajustes que traemos de atrás; de ahí la importancia de no cerrar esa puerta e impedir que vengan junto a nosotros. Por nuestro propio bien nos interesa dejar zanjados ciertos asuntos y ayudarnos mutuamente, transmutando todas aquellas antipatías y, quizás, siglos de odio y rencor, en armonía y fraternidad: Esta es la grandeza de la ley de reencarnación, que permite estrechar lazos de amor y unión entre aquellos espíritus que un día se equivocaron y se hicieron daño mutuo.

Para comprender todo esto es preciso instruirnos, estudiar acerca de la ley de la reencarnación, de la ley de consecuencias y del porqué y para qué estamos aquí.

Todas aquellas personas que de uno u otro modo permitan, provoquen, apoyen un hecho como el aborto, desde los propios médicos pasando también por aquellos legisladores que hacen caso omiso a su conciencia y que instan a la sociedad a cometer este hecho tan terrible, todos ellos contraen una grave responsabilidad que tendrán que asumir el día de mañana.

No se puede parar el progreso ni la evolución, estamos sometidos a unas leyes naturales creadas por Dios para nuestro progreso y evolución. Cuanto más tarde lleguemos a comprenderlas, asimilarlas y aceptarlas, más peligro tenemos de equivocarnos y de cometer acciones que supondrán el día de mañana ajustes y pruebas o expiaciones que tenemos que experimentar para distinguir lo que está bien de lo que está mal.

Debemos empezar a ser conscientes de la trascendencia de la vida y de la responsabilidad que contraemos con nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Es hora de que nos gobernemos debidamente, haciendo uso de nuestra conciencia y razonamiento, dejando a un lado el egoísmo, la comodidad y la ignorancia, que son en su mayor parte la causa de todos los males que asolan la humanidad y que nos llevan a defender causas y propósitos muy alejados de la verdad de la vida.

Fermín Hernández Hernández

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