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EL ESPÍRITU: SER EN EVOLUCION

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   Para poder ir adentrándonos en este tema, en primer lugar debemos enfocar bien lo que representa el ser espiritual, su origen  y cual es el objeto de su existencia.
   El espíritu es la chispa divina, emanada de Dios, hecha a su imagen y semejanza, en cuanto a sus atributos, no físicamente, porque Dios no tiene forma. Es como extraer una gota del océano, que tiene las mismas propiedades que el mismo océano de cual procede. El objeto de su creación, no es otro que el de alcanzar la perfección a través del desarrollo de todas las cualidades que posee en potencia de manera innata, porque Dios como Padre así lo ha querido.
  Para ello tendrá que recorrer un largo camino, enfrentarse a infinidad de experiencias y  pruebas, vivir en su propia carne lo que es la felicidad y el sufrimiento, tropezará y volverá a levantarse una y otra vez, se equivocará y  una voz interna le hará sentirse molesto para que lo reconozca y pueda rectificar, es la conciencia. Viajará por distintos mundos, cada uno de ellos, apropiado según su grado de evolución, y  a medida que va progresando en el desarrollo de sus atributos irá ampliando su grado de responsabilidad, e irá asimismo, conquistando mayor dominio sobre si mismo y alcanzará cotas más grandes de amor y de felicidad.
    Todos sin excepción, lo queramos o no, lo comprendamos ahora o no, hemos de recorrer dicho camino, y todos sin lugar a dudas lograremos llegar a la meta que es la perfección, que ahora no podemos siquiera mínimamente imaginar, e integrarnos en la divinidad, eso sí sin dejar de lado nuestra individualidad.
   Para ello, lógicamente hemos de disponer de la ayuda y las herramientas necesarias para poco a poco ir empezando las primeras fases del progreso, que pueden resultar quizás las más difíciles por la falta de experiencia y por el escaso desarrollo de nuestra conciencia.
     Debemos saber que el espíritu, a pesar de su falta de experiencia, es creado por Dios, puro e inocente, y además le ha dotado con la fuerza de voluntad necesaria y un grado mínimo de intuición para que vaya tomando decisiones y orientándose hacia la práctica del bien.
     Es fácil de entender que, al provenir de esa llama creadora que es Dios, hecho a su imagen y semejanza «no puede tener en sí mismo ni una pizca de maldad, de rebeldía, no conoce las pasiones o la agresividad, está limpio de tendencias inferiores y no posee ningún defecto o imperfección que lo incline desde sus orígenes o principios hacia el lado del mal.»
     La Ley de Evolución le impele constantemente al progreso, a la conquista de su bienestar, y al de los seres que le rodean, al conocimiento y dominio del medio en el que en cada momento se está desarrollando, a la búsqueda de la felicidad en una palabra, que es algo que también de manera innata todos sentimos y queremos sin excepciones.
     Esa pureza de espíritu, concede al ser que empieza su progreso la gran ventaja de hacerlo completamente limpio de todo mal. Le otorga pues, la posibilidad de emprender su progreso, escogiendo la senda del bien desde el principio.
    Si bien al tener materia, en contrapartida sentirá muchas presiones que le harán pensar en sí mismo, que le pueden llevar hacia el desarrollo del egoísmo o escoger el camino del mal, para eso Dios le ha dotado de la facultad de la voluntad y del sentido de la intuición. Además nunca estará sólo,, siempre tendrá a su lado la ayuda del plano espiritual que, en cada momento, velará por él, para ir corrigiéndolo y ayudándole, para que en cada nueva existencia pueda rectificar y no a ir acumulando errores, que son los que formarán su karma negativo y le pueden conducir a vidas de expiación y sufrimiento.
   Junto a estas dos cualidades, antes mencionadas que son la voluntad y el sentido de la intuición, Dios,  también dota al espíritu del libre albedrío, con lo cual, es dueño de sus actos, y aunque en las primeras fases de su evolución no es apenas responsable por sus actos, al igual que un bebé tampoco lo es, Dios, no toma en cuenta esos errores; sabiendo que el grado de responsabilidad va parejo al grado de evolución.
    Debemos conocer también que  las leyes del Padre, están creadas para nuestro beneficio, la Ley del Amor es la base que sustenta a todas las demás leyes, Dios nos ha creado por amor, y ese amor, sólo nos reajusta y equilibra a medida que nuestra conciencia, y por ende el sentido de la responsabilidad se va ampliando, es sólo entonces, cuando pueden empezar a llegar los reajustes, y emperezamos a recoger nuestros propios frutos, los que libremente hemos sembrado.
     El maestro primero nos da la clase, nos enseña las materias que debemos aprender, y nos dice como hacer los ejercicios, tan solo después de haber recibido esas enseñanzas,  es cuando se nos pone a prueba sometiéndonos a un examen o a realizar una serie de deberes, para verificar si lo hemos comprendido. Así pasa con el ser espiritual, en las primeras fases de su evolución, las primeras existencias representan las primeras nociones, son las primeras tomas de contacto con el mundo material, y con ellas empezamos a aprender.
     Las vidas en esas etapas transcurren muy rápidamente, el espíritu apenas pasa tiempo en el plano espiritual, porque lo que necesita es el contacto con la materia, y vivir múltiples experiencias. Con ellas, va forjándose en vivencias y conocimiento, va experimentado todas las sensaciones y con ellas, aprendiendo a distinguir el bien del mal, con mayor claridad. Algo que al principio, desde que ha sido creado, sólo tenía un vago sentimiento.
     Con las diferentes existencias va siendo más consciente y  capaz de discernir con más facilidad. Es entonces cuando comienza a ser más responsable de sus actos y cuando su libre albedrío lógicamente se tiene más en cuenta por las leyes de la evolución.
     Volviendo al ejemplo del bebe, ocurre algo parecido, el niño está en el mundo pero no se puede valer por sí mismo, necesita la ayuda de unos padres constantemente  para todo, va observando cuanto acontece a su alrededor, siente necesidades, comienza a experimentar, está recogiendo datos de todo y aprende, y desde el primer momento en que comienza a valerse por sí mismo, empieza a sentir los pequeños fracasos o alegrías.
     No dispone por completo  del  libre albedrío porque tiene una materia que lo limita demasiado, así pasa con el espíritu en sus inicios, le falta experiencia y no puede dominar la materia al completo pero va recabando múltiples experiencias y desarrollando sus potencialidades, hasta que llega un momento, en que deja esa infancia y ya es un espíritu, en fase de ser totalmente libre y responsable, a partir de ahí, ya estará gozando de pleno albedrío y por lo tanto, será responsable al cien por cien de sus actos.
    Esto nos recuerda la célebre frase del gran sabio egipcio Hermes Trimegisto, “el tres veces grande”: COMO ES ARRIBA ES ABAJO.
   El próximo artículo lo dedicaremos a estudio sobre el “bien y el mal”, intentando analizar porqué se pueden tomar estos dos caminos tan dispares.
 
Fermín Hernández Hernández

© Grupo Villena 2014

LA LIBERTAD

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Quizás sea éste uno de los valores más apreciados por el ser humano, ya que sin él no es posible ningún tipo de realización, y lo que es peor nuestros anhelos de felicidad quedan básicamente truncados, pues no podemos ser nosotros mismos, dirigir nuestras vidas y aspirar a ninguna clase de logro o conquista, que no esté condicionada y mediatizada por nuestra condición.
¿Pero qué es la libertad? ¿Qué significa ser libre? Esto es algo que a no dudar no tenemos bien claro todos los seres humanos, y según la mentalidad y la educación, los conocimientos y las experiencias que se hayan vivido se tendrá una respuesta distinta. A mi modo de ver la libertad es un valor interno y espiritual, y no un valor material que estribe en hacer lo que se quiera, lo cual es muy común bajo este pretexto: puedo hacer lo que quiera con mi vida, o con mi cuerpo. Estamos de acuerdo, pero la libertad es algo muy grande, y muy valioso que tiene un significado mucho más amplio y que no está sólo para que podamos hacer con nuestra vida lo que queramos, sino para algo más.
Vemos que en la naturaleza los animales, todo lo creado en general, no puede escapar del papel para el que han sido creados, que todo tiene una misión y un objetivo, y que debido a ello todo guarda una relación y un equilibrio, nada obedece al azar. Al ser humano le ocurre lo mismo, no está aquí porque sí, y aunque lo quiera no puede tampoco escapar al objeto que la Providencia le ha reservado, y tiene que descubrirlo y ser capaz de llevarlo a la práctica por sí mismo.
Ser libre significa, a mi entender que tenemos capacidad para elegir, para discernir y razonar, y saber en cada momento qué camino, qué decisión hemos de tomar. En esto radica el mérito de ser libres, en que pudiendo elegir en la vida varios caminos, somos conscientes de que no hemos de dejarnos llevar por el primer impulso, por la fuerza que llevan consigo nuestros defectos y debilidades, en especial la comodidad y el egoísmo, o las pasiones y deseos descontrolados, que son en muchas de las ocasiones quienes deciden por nosotros, y nos impiden optar por la decisión más sensata y cabal que nos llevaría a un derrotero de progreso y de superación.
Hemos de ser conscientes de que Dios nos dota de libre albedrío para que seamos los árbitros de nuestro propio destino, para que podamos labrarnos un futuro, y llenemos nuestra vida de un motivo, de una meta por la que luchar y vivir ilusionados. También nos da voluntad para que podamos superar los obstáculos y entorpecimientos que nos salen en el sendero, ahí está el significado de la libertad. El hombre es más hombre, cuanto mejor sabe orientarse en sus experiencias y realizaciones y sabe escoger la opción más justa, más noble y que contribuya a su mejora y perfección espiritual. Lo otro, el dejarse llevar por los deseos mundanos, el aferrarse a la desgana y la comodidad, el rebelarse ante el trabajo y el esfuerzo no es sino sinónimo de inferioridad moral, de ruindad espiritual y de un completo abandono de sí mismo, y un alejamiento del objeto de la vida humana.
Es un error enarbolar la bandera de la libertad para hacer lo que sólo nos satisfaga a nivel egoísta y material, porque la libertad está para algo más.
Soy libre porque puedo decidir por mí mismo, soy libre porque ante las opciones que se me presentan tengo la capacidad de elegir la que más conviene a mis intereses espirituales, a mis intereses de lucha y conquista de mis objetivos humanos, soy libre porque cuando es necesario soy capaz de realizar un esfuerzo para dominarme, controlar mis impulsos y orientarme positivamente en la vida, por todo eso soy libre, porque sé qué es lo que quiero y el modo en que puedo conseguirlo, sin violar la libertad de mis semejantes, sin faltar a los derechos de los demás. Hacia esos fines me conduce la libertad, y en el logro de los mismos es que puedo alcanzar cada día la dicha y la fuerza para levantarme cada mañana contento porque tengo algo en que trabajar, algo por lo cual luchar y dedicar todo el tiempo que sea necesario, porque eso es en definitiva lo que nutre mi alma y me da la alegría y las ganas de vivir.
Hay libertades que más que darnos opciones, nos esclavizan, nos conducen a lo más degradante de cuanto pueda existir en la creación, nos convierten en parias de la vida y nos llevan a perder la libertad que Dios nos dio, son los vicios, las pasiones y los defectos morales que ni siquiera nos dejan llegarnos a conocer, nos oscurecen la identidad espiritual que somos y nos hacen creer que en lo efímero, en la comodidad, en la vida fácil está la felicidad, qué error más torpe; pero como se repite en la humanidad, supone una señal del atraso espiritual que tenemos a la altura del año 2.000 en el que estamos.
En efecto, con el pretexto de ser libres nos metemos en laberintos de pasiones, de odios y resentimientos, de celos y envidias, de orgullos y vanidades, que oscurecen nuestra razón y nos impiden ver el claro horizonte que tenemos ante nuestros ojos. Si no somos libres para elegir qué es lo mejor para nuestro yo transcendente que está por encima de todo esto no somos libres en realidad, sino que somos marionetas de nuestra parte negativa, que todos llevamos dentro, no nos engañemos y que tantas veces nos gana la partida.
Hemos de entender esto y comprender que el mayor enemigo que tenemos para no ser libres, como en el fondo deseamos, somos nosotros mismos, son nuestras imperfecciones y limitaciones las que no nos dejan ser libres, ya lo decía el Maestro Jesús: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Libres de qué, de todo aquello que nos aparta del verdadero camino que nos conduce al objeto que hemos traído a esta vida, camino que ineludiblemente nos lleva también a la felicidad, porque ésta sólo puede venir cuando el espíritu tiene la satisfacción del trabajo realizado, lo demás es algo artificial, un espejismo tan efímero como todo lo que pertenece a este mundo.
Como vemos no somos libres de por sí. Tenemos libre albedrío, pero la libertad es algo que se gana con el esfuerzo, con el trabajo de ir dominándonos día tras día, conociéndonos cada vez mejor, y sabiendo lo que nuestra estancia por la tierra nos demanda y debemos darle. La libertad no es un privilegio, es una conquista, es algo que sólo alcanzan los que están limpios de corazón, los que no se sienten atados por nada de este mundo y son libres para realizarse, para dedicar su vida a aquello que sienten y por lo que se saben comprometidos, y en ello ponen toda su voluntad. Cuanto más libre se es más puede uno darse a los demás, esto es la prueba de que se goza de plena libertad.
Fermín Hernández
© Grupo Villena 2014

INTRODUCCIÓN

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Introducción al libre albedrío
Sin duda afrontamos una cuestión de lo más interesante, por su significación, por las consecuencias que se derivan de nuestros actos, y porque sin duda alguna comprender este aspecto de la ley natural nos puede ayudar a entender mucho mejor el sentido de la vida, especialmente cuando atravesamos experiencias duras y amargas, hechos inesperados, accidentes y todo tipo de circunstancias que nos hacen flaquear e incluso renegar de Dios.

Es esta una sección de difícil comprensión para algunas personas,  que por tanto debemos abordar con profundidad, con un estudio serio y reflexivo, analítico y concienzudo, desarrollando mes tras mes diferentes aspectos de las Leyes Espirituales que inciden en el proceso evolutivo de  nuestra conciencia individual y por ende de la comprensión o no de esta cuestión.

La comprensión del libre albedrío, ha constituido un enorme debate en diferentes épocas por parte de filósofos, pensadores, religiosos, etc., siendo una materia difícil de acordar, habiendo algunos movimientos que no comparten la idea de que el ser humano disponga de esta cualidad, o facultad por así llamarla para que pueda tomar sus libres decisiones en el transcurso de su vida.
Algunas corrientes abogan que el hombre esta a merced de sus circunstancias, y que estas junto a los instintos y procesos biológicos nos impiden tomar decisiones libremente, es decir que son muchos los hechos que coartan la libre voluntad que como seres libres deberíamos poseer. Es como si una corriente nos arrastrara río abajo y nos impidiera domar ese curso, con lo cual no seriamos responsables de nuestros actos, ya que estos en su mayoría estarían justificados por dichas circunstancias.
Solemos decir, por poner un ejemplo: esta persona tenía que terminar así, no podía terminar de ninguna otra manera pues debido a todo lo que le estaba pasando, no tenía otra opción y ha terminado por acortar sus días mediante el suicidio.  Por otro lado reza un refrán: Dios aprieta pero no ahoga. Ya tenemos aquí la contraposición a lo anterior.
           
¿Se pueden cambiar o modificar los destinos? ¿O existe por el contrario un fatalismo o determinismo ciego que ha posado su mano sobre algunas personas conduciéndoles a la desdicha más absoluta?
¿Por qué ante las mismas circunstancias unos obran con humildad y resignación, superando grandes dificultades y sufrimientos, y otros se rebelan contra todo, actúan con orgullo y rechazan todo tipo de esfuerzo y sacrificio, y sólo esperan que sean los demás quienes arreglen sus problemas?
Son muchos los matices y apreciaciones que debemos tener en cuenta para poder realizar un análisis completo y exhaustivo de todos los pormenores que inciden en el complejo análisis del porqué y para qué ocurren las cosas, por qué estamos rodeados de tanta desigualdad tanto intelectual, económica y sobre todo moral. Porqué cada uno de nosotros es de una forma tan distinta a los otros, y porqué desde el mismo momento en que nacemos parece que hay unas líneas maestras que pueden marcar el desarrollo que mas o menos vamos a poder realizar en nuestra vida.
 
Por todo ello pedimos al lector por contrapartida, que tenga amplitud de miras, que no se ciña a enjuiciar los acontecimientos de la vida desde un punto de vista de una sola existencia, porque desde ese planteamiento será imposible admitir y entender el significado de la vida, sobre todo cuando como decimos nos asolan circunstancias que parece ser que nos abocan a un determinismo y fatalismo ciego que no es posible cambiar, con lo cual hemos de pensar que no existe la justifica divina, ni nada parecido, que todo es obra de la mala fortuna, y de que no tenemos derecho a ser felices y a disfrutar de una vida digna, sosegada y placentera.
Trataremos de ampliar los conceptos de creación y evolución, de libertad y responsabilidad, de causa y efecto, reflexionaremos acerca del destino y la fatalidad, del dolor y la dicha, abordaremos cuestiones como la conciencia, el discernimiento, la intuición, la voluntad, el bien y el mal y otras que puedan ir surgiendo como consecuencia del estudio que nos hemos propuesto.
¿En qué consiste realmente el libre albedrío? ¿Existen los destinos fatales que no podemos evitar? ¿Somos dueños de nuestro destino? ¿Hay vidas destinadas al dolor y el sufrimiento? Conocedores como ya somos de la ley de los renacimientos cabe preguntarnos: ¿A medio y largo plazo cuál es la consecuencia de nuestras acciones, pensamientos y sentimientos?
Así como analizaremos cuando empieza realmente la elección de nuestro destino ¿Tenemos capacidad para elegirlo? ¿Podemos redirigir nuestro destino? ¿Somos libres para elegir un tipo u otro de vida?
Y qué decir del dolor, ¿por qué de la existencia del dolor y el sufrimiento? ¿Qué sentido tiene? Cuál es el papel de la misericordia y del amor divino en todo este proceso del que nadie prácticamente escapa, en mayor o menor medida. Cuestiones todas estas de gran profundidad, pero que necesario es  entender y conocer, para alcanzar una mayor claridad en todo lo que la vida nos depara día a día y tener la posibilidad de obrar siempre con acierto.
Convencidos estamos  que tenemos la potestad para obrar por libre reflexión y elección  a lo largo de la vida. Somos libres para pensar, somos libres para obrar, aunque muchas veces esto no esté en consonancia con la sociedad que nos ha tocado vivir o atente contra nuestros intereses particulares y pasemos a desoír la voz de la conciencia que actúa como fiel consejera para nuestro bien. Son entonces nuestras flaquezas e imperfecciones las que nos conducen a actuar deliberadamente en contra de lo que sería más correcto o adecuado a la ley de Dios, es entonces cuando nos estamos forjando un determinismo de causas que antes o después tendremos que afrontar.
Pero para terminar esta introducción no quiero dejar de expresar que lo que rige todo el Universo tanto en sus aspectos material como espiritual, es la Ley del Amor, que es el principio fundamental de nuestro Padre; ese eterno creador que llamamos Dios, pero que apenas comenzamos a vislumbrar o entender, El es el sumo hacedor que ha creado unas leyes sabias, justas y perfectas, sin hacer diferencias ni crear privilegios entre ninguno de sus hijos.
 
Introducción por: Fermín Hernández Hernández

© Amor, paz y caridad 2014
 
Cada uno de nosotros es el heredero forzoso de sus propias conquistas en el pasado, así como de sus propios errores. (Sebastián de Arauco)

LA RESPONSABILIDAD

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Uno de los valores que tienen más aprecio desde un punto de vista espiritual, es éste que trata el artículo de este mes. Esta particularidad tiene también gran importancia en el terreno humano a cualquier nivel, ya sea profesional, familiar, o social.

Por responsabilidad entendemos la obligación que se tiene de responder ante algo concreto. En el terreno espiritual, que es el que a nosotros nos interesa, responsabilidad es asumir con efectividad, con voluntad, y con todas las actitudes necesarias para ello, una tarea encomendada. Responsable es pues la persona que manifiesta una voluntad para cumplir o llevar a cabo aquello con lo que se ha comprometido, y lo hace de buena gana, con desprendimiento y soltura, puesto que es algo que ha aceptado y asumido libremente.

Una persona responsable debe ser por tanto consciente, trabajador, despierto y no tolerarse ni permitirse ningún tipo de negligencia o menoscabo en el cumplimiento de las obligaciones y deberes que le han sido confiados.

Responsabilidad es un sentimiento interior que transmite fuerza y decisión para tomarnos las cosas con la debida seriedad y disciplina. Responsabilidad es poner todos los medios y cualidades a nuestro alcance en marcha para resolver de las obligaciones y compromisos que tenemos y que se nos plantean cada día en todos los terrenos y actividades.

Una persona responsable transmite seguridad y tranquilidad. Sabemos cómo va a reaccionar, conocemos que es una persona noble y digna de fiarle empresas y tareas de dedicación y de corte delicado. Sabemos, en una palabra, que no nos va a fallar, que es leal y que su conducta, sus reglas y principios le llevan en todo momento a actuar honradamente, fiel al cumplimiento de sus responsabilidades.

Cuando una persona es responsable siempre da la cara, expone el resultado de sus acciones y difícilmente se ve asaltado por el elemento sorpresa, porque es al mismo tiempo precavido y sabe desenvolverse ante las dificultades, ya que le gusta cumplir con su cometido y no rendirse a las primeras de cambio. La responsabilidad es un sentimiento que se lleva dentro, es parte del progreso del espíritu, de aquellos que saben que no se puede engañar a nadie, que es uno a sí mismo a quien se engaña, que la verdad no se le puede ocultar al Padre que todo lo ve, y que nos juzga por todos nuestros actos, sean mayores o menores.

Si por el contrario se es inconsciente e irresponsable, se tratará de buscar excusas y justificaciones cuando no hemos cumplido con el deber asignado, o con aquello que moralmente era de nuestra obligación atender, o en el peor de los casos tratar de volcar la responsabilidad en otros. A veces cuesta más trabajo ocultar la verdad y querer evitar que se conozcan nuestros fallos, que asumir nuestros errores, o simplemente reconocer que no hemos podido hacer todo cuanto hubiéramos querido.

“Hace más el que quiere que el que puede”. Esta cita, que procede del refranero español, encierra una de las características que trae consigo el ser responsable y voluntarioso. La responsabilidad al ser un valor espiritual motiva a la persona al cumplimiento de sus funciones y deberes, y sobre todo al cumplimiento de los principios que como norma interior y sagrada le va marcando en cada momento la conciencia, como patrimonio personal adquirido en el transcurso de su evolución. Por eso a la persona responsable no es necesario hacerle hincapié, ni insistirle, sino que ella misma con esa regla interior que le guía y a la que se debe, tratará siempre de hacer las cosas lo mejor posible, porque principalmente esta es la forma de sentirse mejor consigo mismo.

Vemos que la responsabilidad es, aparte de una obligación, que nos puede corresponder por el mero de hecho de ocupar un cargo o un rango, una característica personal de cada individuo, y una distinción que le define del resto, como persona a la que se puede acudir en un momento dado, al merecernos seguridad y confianza y saber que siempre está dispuesto a ayudar y a hacer algo por sus semejantes.

La responsabilidad es por tanto una virtud muy especial, una característica de aquellas personas emprendedoras, valientes, luchadoras y de corazón noble, que ansían conseguir algo en la vida, y que se hacen adelante comprometiéndose con misiones y tareas, por su propia voluntad y deseos de trabajo y cooperación con otros. Por lo tanto, ser responsable es una actitud que se va manifestando poco a poco ya desde la niñez, y que los padres y educadores han de ir ayudando a que el niño vaya desarrollando aptitudes que le vayan responsabilizando, en la medida de sus posibilidades, no sólo a que sea responsable con sus decisiones y obligaciones, sino también a incentivarlo en la toma de responsabilidades, con lo cual el niño aprende a actuar con disciplina y seriedad, cuando así lo demanden las situaciones, y se evita el riesgo de convertir al niño en un ser ocioso, cómodo, perezoso y demás actitudes que son el contrapunto de la responsabilidad.

No obstante, ante la responsabilidad que se adquiere al hacernos cargo y asumir un compromiso, hemos de tener en cuenta nuestra fuerza y las posibilidades reales que tenemos para la consecución de aquello, y no aceptar una responsabilidad que no podamos o no sepamos si podremos llevar a cabo; o que por algún motivo no estemos dispuestos a realizar. Hemos de ser conscientes de que cuando se toma una responsabilidad estamos dispuestos a cumplir con ella, y que poseemos los medios necesarios para no fallar. De lo contrario se nos puede tildar de irresponsables.

Fermín Hernández Hernández
© 2014 Amor, paz y caridad

EDUCACIÓN

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La educación es la base que ofrece a la persona la mayor garantía para un desenvolvimiento correcto en las diferentes facetas que la vida nos presenta. La mejor ayuda que se nos puede prestar como individuos, desde que nacemos, es la de formarnos con una educación lo más completa posible, sin descuidar ni el menor detalle, para que a partir de ahí, desde la más tierna infancia siempre se tenga una guía, una claridad sobre la que ir compartiendo y encaminando nuestros pasos por la vida lo más certeros posible.
La educación no consiste sólo en dar al niño buenos estudios, una buena casa, unos padres que lo quieran y por ello le den regalos, le complazcan y procuren que el niño no sufra por nada. Digo esto así porque esas son, al parecer, las prioridades que muchos padres tienen para sus hijos, y aunque todo eso es bueno y está bien, no lo es todo.
Si el niño lo recibe todo, sin dar a cambio nada, podemos convertirlo en un ser egoísta y orgulloso. Si no se le enseña que debe guardar a los padres un respeto, y a las personas mayores también, aprenderá a vivir sin reglas, haciendo lo que en cada momento le venga bien a sus intereses; siendo muy difícil más adelante esperar de él un aprecio por las cosas y por las personas, impidiendo que se atenga a unas normas de conducta establecidas por la sociedad para bien de todos. Es bueno y justo hacer conscientes a los niños que han de aprender a ganarse por méritos propios lo que desean, estimulándoles de esa forma a ganarse el cariño y el aprecio de los otros hermanos, parientes o amiguitos, con su buena conducta y actitudes. El niño viene muy preparado desde el mundo espiritual, tiene una gran capacidad para captar los sentimientos y el aprendizaje; correspondiendo a los padres encauzarlo correctamente desde el principio, para que no emplee de forma egoísta sus cualidades en su exclusivo beneficio.
Ser educado no consiste sólo en los estudios y conocimientos que se tengan, sino por los buenos sentimientos, hábitos y actitudes que se hayan desarrollado. Por el respeto que se ha de sentir hacia todas las cosas. Por el miramiento hacia los semejantes para no causarles ningún daño. Por la delicadeza con que se hacen las cosas, por la obediencia hacia los padres, etc… Hay que distinguir entre la educación escolar que nos preparará para desarrollar más adelante otros estudios superiores y una profesión, y la educación que nos preparará para darle un sentido más profundo a nuestra vida, y le dará la ética y la moral que nos servirán de guía interior en cada experiencia que tengamos que pasar, acercándonos a la perfección que hemos de ir adquiriendo en el transcurso de nuestra evolución.
La universidad de la educación ha de ser el propio hogar, reducto insustituible para el niño en donde debe aprender lo que es bueno y malo, de la mano de sus padres. Si el niño recibe una buena educación sabrá distinguir, con esa base y ejemplo que sus padres le dan, todo lo demás que verá en la calle y en el colegio, y sabrá a qué atenerse en sus relaciones. Aunque sabemos que muchos niños se comportan en casa de una manera y en la calle de otra, al menos si se les está dando una buena educación, podrán resistirse y defenderse mejor cuando estén fuera del hogar en contacto con otros niños que están recibiendo otro tipo de educación.
Es en el hogar donde los niños han de aprender reglas de conducta y adquirir una formación íntegra, que les fortalezca y les dé seguridad a la hora de relacionarse fuera de él. Es un trabajo por parte de los padres muy arduo, que requiere paciencia, amor hacia los hijos, responsabilidad, y también ser conscientes del momento que vivimos, en el cual los niños están expuestos a multitud de influencias de todo tipo, desde la televisión, el cine, los videojuegos, las modas, el comportamiento de otros niños, etc.. Ellos se enfrentan a tanta variedad de actitudes y tendencias en la actualidad, que los padres deben hacerle el camino lo más fácil posible,  enseñándoles a distinguir en todo momento lo que está bien y está mal.
Otro aspecto fundamental, muy importante, es saber qué debilidades y defectos trae el niño para ayudarle a corregirse, antes que esas taras cojan tal fuerza que ya sea imposible frenarlos y se vean doblegados por las mismas. Esto es educar en la corrección de los hábitos desviados, sustituyéndolos por los hábitos buenos correspondientes.
En efecto, eso es tarea personal e ineludible de los padres, que son los responsables de la educación del niño, y que han de ser conscientes que todos los seres humanos que habitamos este planeta venimos a él en condiciones de necesidad, de progreso y para corregir viejos errores y defectos que traemos del pasado. Estos defectos e imperfecciones pronto comienzan a manifestarse desde la más tierna edad, siendo ese el momento en que los padres deben detectar dichas peculiaridades y características del niño que no son correctas, que son un peso con el que han venido y que a esa tierna edad es cuando deben empezar a corregirse, porque cuanto más tarde es más difícil. Y eso no es obligación de los profesores ni de nadie, y quién mejor que los padres para darse cuenta de esto y tenderle una mano a su hijo en la eliminación de dichas taras.
Pero esa es una labor muy costosa, que exige de los padres gran dedicación, paciencia y cariño, y a la que muchos no están dispuestos a sacrificarse por sus hijos; renunciando a muchas otras cosas a las que también tienen derecho. Muchos padres se amparan en que están cansados del trabajo, en que no tienen tiempo, etc…, y dejan su responsabilidad de padres a un lado, con lo cual, aunque lleven a sus hijos a muy buenos colegios y después a las mejores universidades, se convierten en unos completos desconocidos para sus hijos, con los que tienen muy poco en común, y entonces se dan cuenta  y comprenden que ni han visto a sus hijos crecer, ni tienen su respeto, y su cariño.
Educar es formar a los hijos en las más elementales normas de convivencia humana, ética y moral. Hacerles comprender por qué han de hacer las cosas, ganarse su respeto con la disciplina adecuada, y el amor verdadero, amor de padres bien entendido, ayudándoles a tener los menos obstáculos posibles en sus relaciones con el mundo que les rodea. Facilitar que desarrollen su personalidad lo más completa posible, asumiendo que están aquí por y para algo, conscientes de que han de encontrarle el sentido a todo lo que en su vida vayan aprendiendo.
Este es el mejor regalo que se le puede ofrecer a un hijo, ayudarle a crecer en un ambiente ejemplar, a saber escuchar lo que se le dice, a ser disciplinado, a querer a sus hermanos etc…, son muchas las cosas que se podrían decir, pero que están en la mente de todos y que hemos de llevarlas a la práctica si queremos verdaderamente que nuestros hijos sean el día de mañana como siempre se ha dicho “hombres de bien y de provecho”.
Educar es, en otra palabra, enseñar. Y para enseñar lo primero que hace falta es dar ejemplo, porque si el niño no ve que cumplimos lo que le decimos perdemos el tiempo, y peor aún, estaremos enseñándole a ser hipócrita, a mentir, nos ganaremos su temor y su miedo, pero no su cariño y respeto. Es aquí donde también muchos padres fallan, porque a la hora de la verdad no son el modelo que deberian ser para sus hijos. Los niños han de aprender en el hogar sólo cosas buenas y positivas, a ver en sus padres sólo buenos gestos, han de verse rodeados de cariño y de buenas formas y maneras, que después en la calle ya verán otras cosas menos positivas, entonces el niño irá sacando conclusiones y sabrá dónde tiene la seguridad, en quien confiar, e irá capacitándose para salvaguardarse de las malas amistades y los malos ejemplos.
Cada niño, según su forma de ser necesitará una determinada postura por parte de los padres, pues cada uno viene en unas condiciones distintas y hay que darle lo que necesita para su formación y desarrollo progresivo. Educarlos en la disciplina y el amor es el mejor legado que unos padres pueden dar a su hijo; pues con la primera se le corrigen los malos hábitos que trae del pasado y con el segundo se le abre la puerta a ser una persona íntegra y honesta, útil a su familia y a la sociedad.
Fermín Hernández
® 2014 Amor, paz y caridad

AMOR A LOS ELEGIDOS

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«Y si esos días no fuesen abreviados, ningún hombre se salvaría; pero esos días serán abreviados en atención a los elegidos.”
(San Mateo, 24:15 a 22.)

Estas palabras deben hacer, cuando menos, despertar en nosotros una especie de incertidumbre, desasosiego o preocupación. Hemos de tener en cuenta que estamos tratando de desentrañar algunas de las frases dichas por el maestro Jesús, que quedan recogidas en el Nuevo Testamento. Este hecho no lo podemos pasar por alto, y por supuesto debemos de afrontar con seriedad que estas palabras,  no las diría porque sí; sino por una razón concreta y específica.

El Maestro, no hablaba por hablar. Y aunque en muchas ocasiones utilizase parábolas o alegorías, hablando en sentido figurado,..; no siempre era así. El objetivo era llevar la luz y el entendimiento; unas veces para el presente, y otras, las más de las veces, con la mirada puesta en el porvenir. Dicho esto, no deberíamos de tomar el sentido de estas palabras a la ligera; sino tratando de hallar el significado oculto, velado; aquel que  no se podía descifrar todavía,  pero llegado el momento de su cumplimiento sí. Un significado del que, aunque no lo podamos desvelar al cien por cien, si pudiéramos acercarnos y hacernos una idea lo mas exacta posible.

 Es por ello que pese a parecer una aventura arriesgada nos ponemos en este empeño con la máxima humildad y corriendo el riesgo de que efectivamente podamos errar en todo o en parte.

Las palabras que encabezan este artículo son, eso sí, claras y sencillas. Anuncian un estado de las cosas más bien alarmante y preocupante. Sin querer ser agoreros; ni pretender traer el pesimismo; no transmiten estas palabras un orden social de optimismo e ilusión;  sino todo lo contrario.

No vemos más allá que nadie acerca del futuro; no lo podemos predecir; no, nosotros no; pero el Maestro sí. ¿Cuál sería la visión profética que le hizo pronunciar estas palabras? Palabras, que a mi juicio, no son parte del pasado, sino para cumplirse de aquí en adelante; son palabras ligadas al final de los tiempos, es un mensaje que encaja plenamente en una experiencia que corresponde a los momentos de cambio, de transición planetaria.

Anuncian si duda momentos difíciles, acontecimientos que se escapan a nuestro control, dificultades, sufrimientos, experiencias dolorosas, que incluso alcanzarán a los elegidos. ¿Quienes son los elegidos? Deben ser aquellos espíritus, que a lo largo de los siglos, han alcanzado un nivel mínimo de moralidad, acorde a los valores del Evangelio y a las enseñanzas de bien y de amor que Jesús nos indicó que habíamos de incorporar a nuestra alma. Pues hasta estos, los más evolucionados moralmente del planeta, corren el peligro de no ser salvos. ¿Salvos de qué?  Esta es la pregunta.

Jesús hablaba al espíritu,  no a la materia;  hablaba a nuestro yo espiritual, y  no se dirige a nadie en particular;  Él, es el guía de la humanidad;  por lo tanto, debemos enfocar esta materia como una cuestión general que nos atañe a todos los pobladores de la tierra en estos momentos. Está sin duda advirtiéndonos de los momentos de crisis espiritual que se puedan vivir una vez encarnados y que nos pueden sumir en el olvido y alejamiento de los propósitos que como espíritus comprometidos traemos a la tierra.

Para nosotros claro está, habla una vez más de la necesidad de un cambio de ciclo, necesario para que una parte de la humanidad pueda restablecerse de una vez por todas de todos los obstáculos y el sin fin de entorpecimientos que amenazan y destruyen el programa moral de los espíritus moradores en la tierra que quieren progresar dejando a un lado las debilidades de la materia y los defectos del espíritu. Por ello se deben abreviar los días de la tierra como planeta de expiación y prueba, mediante una selección espiritual, ha de llegar un momento en que se produzca un corte más o menos drástico.

Estando el mundo, su sociedad, tan materializada, impregnada por toda clase de imperfecciones, con tantos problemas tan acuciantes, y viendo que son muy, muy poquitos los que están dispuestos a poner de su parte, se hace necesario cortar de raíz; separar a los de la derecha y la izquierda del Cristo.

Como vemos todo está dicho, y muy bien explicado, Sólo nos queda a nosotros aceptarlo, comprenderlo, tener la suficiente humildad para entender que esta época tan determinante y difícil nos ha tocado a nosotros vivirla. Aunque nadie quiera estar aquí y vivirlo en su propia piel. Algunos dirán con tantos millones y millones de espíritus que nos encontramos como alumnos en la tierra, encarnados y desencarnados, y nos ha tenido que tocar a nosotros vivir los momentos  proféticos del final de los tiempos. Pero este planteamiento no es del todo correcto, porque las difíciles experiencias de la transición planetaria nos toca vivirla a todos, a cada cual en el lugar donde se encuentre, pero a todos y cada uno de nosotros este hecho tan transcendental nos colocará en el lugar que nos corresponda, en virtud de los méritos realizados.

Ay de aquellos que no sepan interpretar que estamos siendo sometidos a un examen final, ay de aquellos que no hayan sabido aprovechar las diferentes existencias que se nos han ofrecido para ser convidados en el juicio final a participar de la nueva era, porque entonces no nos quedará otra que reajustarnos, transmigrando a otro planeta que nos recibirá para ofrecernos de nuevo las lecciones no asimiladas hasta ahora. Para todos ellos será el rechinar de dientes, porque ese planeta se encuentra en un grado de evolución similar al que estuvo la tierra hace miles de años y significa volver a repetir otra vez experiencias y sufrimientos que ya hemos vivido. Todo ello con el recuerdo y la nostalgia interior de haber perdido una oportunidad de oro.

¿A donde nos lleva todo esto?, a una reflexión necesaria. Hemos de estar preparados para que venga lo que venga nuestros valores deben quedar íntegros, fieles al Maestro, soportando todas las pruebas que nos puedan sobrevenir, además de servir de soporte y de ayuda a todos los que se encuentren a nuestro alrededor y que puedan necesitar de nuestro apoyo y esclarecimiento.

Cuando la debilidad es fuerte y las pruebas nos puedan sumir en el sufrimiento, cuando se ponen a prueba nuestros valores, cuando nuestra fe se pone al límite, es entonces cuando hemos de dar el do de pecho, sacar fuerzas de flaqueza y demostrar las enseñanzas y la fortaleza interna que hemos adquirido. No sabemos lo que el Padre tiene dispuesto para nosotros, pero sí sabemos que antes o después a todos se nos ponen pruebas y experiencias en el camino para que demostremos el progreso alcanzado.

Por lo que vamos entendiendo no parece que la transición planetaria, el cambio de ciclo o como queramos llamarle, vaya a ser fácil, que sea sólo cuestión de un proceso de tiempo y por generación espontánea las cosas vayan a ir arreglándose. Al menos lo que se desprende de las palabras de Jesús lo desmiente, o por lo menos nos pone sobre aviso, insisto, SI NO FUESEN ABREVIADOS AQUELLOS DÍAS NINGÚN HOMBRE SERÍA SALVO.

Si Jesús, como guía espiritual de la Tierra, con toda esta serie de palabras que manifiesta en el evangelio, no se estuviera refiriendo a los días previos al cambio de ciclo… ¿A qué entonces se puede estar refiriendo? ¿A qué otro momento de la Historia? ¿Si esa parte de la Historia ya ha pasado, cuál es? Y si tiene que llegar,  no nos queda otro momento crucial, si no es,  el cambio de ciclo.

Es lógico pensar que parte del mensaje Jesús lo reservara precisamente a transmitirnos señales y enseñanzas de lo que acontecería en esos días.

Por lo tanto lo mejor que podemos hacer es prepararnos para ese momento lo mejor que podamos, empezando por tratar de entender que en efecto los tiempos son llegados;  sea que nos encontremos encarnados o desencarnados, eso da igual; aunque los más afectados seamos los que nos encontremos encarnados, por la oportunidad que tenemos de aprovechar esta existencia, cumpliendo con los objetivos trazados antes de nacer.

Creemos que los momentos que vienen a la Tierra no son de dulce, se aproximan tiempos difíciles, que pondrán a prueba hasta a los elegidos, no debemos pues confiarnos, no dejemos en el olvido las advertencias de Jesús y pongámonos en el trabajo de perfeccionamiento que no admite esperas, ya no hay tiempo de reserva.

La falta de conocimiento espiritual es bestial. Muchos de los llamados han desoído la voz. Al entrar en la materia y estar en contacto con el mundo, tal como está, se han dejado llevar por el materialismo y el estado de las cosas. Lo que desde el plano espiritual se ve muy claro, una vez aquí en la materia es difícil llevarlo a la práctica.

La vida tal como se está desarrollando no apunta a una mejoría de la humanidad, la situación analizada desde el punto de vista al que se someta, no augura una mejoría en ningún aspecto. Nombrar los aspectos económicos, sociales, el terrorismo, el medio ambiente, la inversión de los valores, el cambio climático, los agujeros en la capa de ozono, los disturbios constantes en todo el planeta, las guerras y conflictos que no cesan, así como analizar las políticas que se están emprendiendo en los diferentes países dominantes, no generan esperanza ni optimismo, sino todo lo contrario.

A todos los que se vean forzados por ley a abandonar el planeta, mediante la transmigración que se aproxima, por no haber adquirido los valores necesarios, se llevarán un recuerdo imborrable, ¡la pérdida de la oportunidad que tuvieron al alcance de su mano!

Que están encarnando en la tierra espíritus ya con un nivel que les permite formar parte de un mundo de regeneración es algo que está claro y que se puede percibir. Esto sin embargo no elimina las pruebas y acontecimientos que se tengan que vivir pues esto lamentablemente no soluciona el estado general de las cosas, No es suficiente, ya que una vez aquí, a pesar de sus buenos propósitos  e intenciones, se diluyen en el cómputo global de los encarnados. Si  analizamos nuestra sociedad, tal y como está, ellos por sí solos no pueden corregir los desvíos y el régimen de las cosas y de vida establecidos.

Son muchos los espíritus buenos que van encarnando paulatinamente, pero por las palabras de Jesús, se han de abreviar los días y dar lugar a un corte más o menos drástico que de comienzo a un nuevo orden y una nueva generación. Entonces sí, en ese nuevo ambiente, la ayuda y el ejemplo de estos espíritus preparados si se hará efectiva y notoria, serán la punta de lanza, aquella que marque las pautas de un nuevo orden social para una nueva humanidad.

Mientras tanto pensar otra cosa parece que es misión imposible.

Fermín Hernández Hernández

©  2013 Amor, paz y caridad

INTRODUCCIÓN CONVIVENCIA  

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Introducción convivencia

Ningún hombre tiene facultades completas. Por medio de la unión social se completan los unos a los otros para asegurarse el bienestar y progresar. De aquí que, necesitándose unos a otros, han sido hechos para vivir en sociedad y no aislados. 

Allan Kardec. Libro de los Espíritus, Cap. VII, Ley de Sociedad.

Hemos querido dedicar una sección completa de nuestra revista a este aspecto de la vida social, “LA CONVIVENCIA” debido a la gran  importancia que tiene, a la gran repercusión que conlleva, para bien, en todos aquellos grupos, asociaciones o reuniones de cualquier tipo, que haciendo un buen uso de esta cualidad, logren desarrollarse, compartiendo experiencias, ideas, actividades, sueños, ilusiones, empeños, etc.

La frase que encabeza este artículo nos da a entender lo importante que son las relaciones sociales, y como parte de las mismas la convivencia en todos los ámbitos de la vida. De hecho, no en vano, el libro de los espíritus dedica un capítulo entero a esta cuestión debido a la transcendencia que tiene para el ser humano, para su evolución y desarrollo.

Ningún hombre tiene facultades completas. Cierto, por ello la necesidad de unirse, para que los objetivos trazados puedan llegar a cumplirse, gracias a la voluntad de todos y cada uno de los componentes de una sociedad.

Pero unirse no es estar juntos, es algo muy diferente, se puede estar juntos pero separados por un muro que distancia a las personas. Estar unidos es estar compenetrados, sentirse cercanos, sentirse amigos, atraídos por los fines y objetivos mutuos. Las personas podemos unirnos por muchos aspectos, en nuestro caso es la filosofía espírita la que nos lleva a compartir ideas y criterios y a proponer métodos de acción y un sin fin de actividades que concurran en la difusión y propagación de la idea. Llegados aquí falta lo esencial, esa chispa que ha de movilizarnos e ir nutriéndonos de energías, entusiasmo e ilusión, para emprender este laborioso camino, esa energía sale de la afinidad y la simpatía recíprocas, de la unión sincera entre los componentes de un grupo y del deseo de progresar llevando a cabo dichas metas.

Es por ello que la convivencia cumple una finalidad primordial para llegar a ese punto de encuentro entre las almas y corazones de los miembros de un grupo, sin esta unión sincera y de hermandad no será posible que los objetivos y metas se puedan conseguir. Hemos de ser conscientes de que obstáculos y problemas van a surgir con toda seguridad, y estos  no se pueden superar sin la afinidad y la puesta en marcha de las cualidades morales por parte de todos los componentes. Dichas cualidades se desarrollan por medio de la convivencia, por medio del roce y del cariño que surgen en el trato diario y al compartir los objetivos. Es necesario ir todos a una.

Visto y comprobado está que sin esta unión cada miembro tira para un lado y así no solo es imposible el poder convivir juntos, sino que por el contrario se producen los desencuentros, las críticas destructivas, la separación y disgregación de los miembros del grupo que terminará por disuadirse, o lo que es peor quedará en manos de la parte espiritual negativa que es especialista en crear cizaña y malograr a los grupos para que no lleven a buen fin sus tareas y objetivos.

Es notorio que por multitud de circunstancias, en muchos grupos y asociaciones, así como a nivel familiar, no se practica como es debido esta cualidad, la de convivir. Estamos juntos, compartimos el mismo espacio, pero no nos conocemos, apenas nos tratamos, estamos separados por líneas invisibles que nos impiden disfrutar de la compañía y de las buenas cualidades que tiene el otro. De esta forma, ni las reuniones ni la familia cumplen los nobles y buenos propósitos que han de ser su fin: la ayuda mutua para el progreso social y el desarrollo espiritual individual de cada uno.

Vivimos sin darnos cuenta aislados los unos de los otros, nos cuesta compartir, nos cuesta ofrecer, nos cuesta manifestarnos tal como somos, con naturalidad. Muchas veces esto se debe a la falta de costumbre de convivir y de expresar nuestras ideas con sencillez y humildad. Tememos unas veces el rechazo, que nuestras ideas no sean correctas o acertadas, tememos que no se nos valore, en definitiva el temor, la cobardía, el orgullo, el egoísmo, en resumen los defectos morales, siempre los defectos morales insistimos en esto, provocan una falta de convivencia y por tanto persiste el que nos mantengamos aislados, encerrados en nosotros mismos, aunque compartamos muchas horas de unión con otras personas, pero unión material, no unión espiritual y de compromiso mutuo.

En este sentido la convivencia nos da una oportunidad de oro para que aprendamos a conocernos a nosotros mismo tal como somos, así como a valorar y apreciar el trabajo y el esfuerzo del resto de los componentes, y si verdaderamente estamos dispuestos a cambiar y progresar no nos falta mas que ponernos en marcha, ver qué cambios hemos de dar en nuestra conducta, y qué hemos de corregir y con toda la humildad del mundo ir poco a poco rompiendo moldes y barreras y abriéndonos a los demás, De este modo si que cambiaremos y haremos que nuestro yo espiritual vaya engrandeciéndose.

Si nos mantenemos solos y aislados es muy difícil que podamos llegar a conocernos, no viviremos las experiencias que nos obliguen a mejorar, no tendremos problemas, ni discutiremos con nadie, pero nuestra vida será inocua y falta de sentido, en una palabra habremos perdido la existencia.

Al convivir y compartir nuestra vida colaboramos de buen grado, aportando nuestro grano de arena al conjunto, progresamos individualmente y ayudamos al progreso del conjunto, haciendo fácil lo difícil, y proponiendo cada día metas más elevadas y nobles, dejamos de ver los errores en los demás, ¡son tantos los nuestros! que no perdemos ni un ápice de nuestro tiempo en censurar a los demás. Nos sentiremos a gusto, integrados en el grupo, partícipes de él, en nuestra medida, y contribuimos a crear un buen ambiente dentro del mismo, alejando a la par a las malas influencias, que sin duda siempre estarán revoloteando sobre el mismo intentando repescar a todos aquellos que, por sus defectos no estén en sintonía.

En definitiva la convivencia no trae más que ventajas y cosas positivas, en principio para uno mismo, y por ende para el grupo. No conozco ninguna contraindicación ni desventaja acerca de la convivencia. Todo son ventajas y fórmulas esperanzadoras las que nos ofrece. Aparta de nosotros la comodidad y la monotonía, nos mantiene alerta para no caer en el egoísmo y en causar ningún perjuicio a los demás, abre paso al amor que surge por los lazos de amistad y por los éxitos alcanzados, nos hincha el corazón de alegría y felicidad y pone de manifiesto que entre todos, no hay nada imposible de conseguir.

Porqué entonces no darle el valor que tiene esta cualidad, y nos proponemos como meta fundamental y como premisa para la práctica del espiritismo la obligación de convivir y de crear auténticos lazos de amistad entre los miembros de un grupo.

No dejemos que las comodidades y los defectos nos impidan establecer esas bases, sin las cuales es muy difícil que un grupo cumpla sus objetivos y demos al mundo la verdadera imagen de lo que es el espiritismo.

Introducción Convivencia por: Fermín Hernández Hernández

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GRATITUD

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“De bien nacidos es ser agradecidos”. Estas sencillas palabras resumen la importancia que tiene en el carácter de las personas saber reconocer la ayuda que se nos presta, y manifestarlo con la debida educación.
El hecho de estar aquí y ahora vivos, en este maravilloso planeta que aún hoy es, pese al daño que continuamente le hacemos, es motivo más que suficiente para estar agradecidos a la vida, a la naturaleza, al cielo y las estrellas, al sol que nos da su luz y calor gratis cada día, al agua, al aire, a la tierra, y por supuesto a ese ser grandioso que nos ha creado y nos da la posibilidad de ir perfeccionándonos, comprendiendo vida tras vida mejor el objeto de nuestra propia existencia, del porqué del dolor, de la lucha, del sacrificio y de todo el trabajo que nos cuesta ir a más, superándonos y creciendo interiormente, intelectualmente, espiritualmente en suma.
Sólo a la vida le debemos agradecimiento por todo lo que nos concede, claro está que es preciso ser conscientes de nuestra propia identidad, y del destino que la Providencia nos tiene reservado, que no es otro que el de gozar plenamente de la creación y de la felicidad que nos aporta el grado de adelantamiento y de perfección espiritual que vamos adquiriendo fruto del trabajo y del estudio que nos va transformando y nos saca de los estadios materiales y egoístas, que van quedando atrás y lejanos en nuestra evolución.
Esto es primordial, quien no se conoce a sí mismo, como ser en estado de evolución, quien no aspira a metas más elevadas, quien no sabe valorar todo lo que el Creador, nuestro padre amoroso ha puesto a nuestro alcance para progresar, poco puede apreciar lo que se halla a su alrededor y poco puede sentir un natural agradecimiento por el hecho de ser y existir. Al contrario, cuando desconocemos nuestro objeto en la vida y creemos que todo es fruto del azar o de la casualidad, todo lo achacamos a la mala suerte, a la buena estrella o a las condiciones innatas con que el azar ha dotado a cada cual, las cuales aprovecha para abrirse camino en la vida y triunfar.
Gratitud le debemos en primer lugar a nuestros padres, que nos han dado la oportunidad de venir en su hogar, nos han criado, nos han ofrecido todo cuanto de bueno poseían y nos han enseñado todo cuanto sabían, queriendo hacer de nosotros personas de bien y de provecho. Gratitud también le debemos a nuestros hermanos que han compartido con nosotros la infancia y la juventud, ayudándonos a crecer y a convivir, dando así los primeros pasos en nuestras actitudes y comportamiento que más tarde nos han de servir para saber comportarnos en sociedad. Gratitud también hacia los amigos y compañeros de escuela, profesores y hacia todas las personas en general, que de un modo u otro están ayudándonos a formar nuestra personalidad, a crecer interiormente. Sin darnos cuenta todo esto es lo que nos ayuda a formarnos día a día, y hace de nosotros lo que somos. Si viviésemos aislados de los demás, poco o nada adelantaríamos en nuestro progreso y ni siquiera llegaríamos a conocernos a nosotros mismos como en realidad somos.
Luego es totalmente falso cuando oímos decir, “no le debo nada a nadie, todo lo que soy me lo debo a mí mismo, porque nadie me ha regalado nada”. Estas palabras tienen en parte razón y en parte no. No obstante, es demasiado afirmar que no le debemos nada a nadie, esto más bien muestra un carácter desagradecido y egoísta, ya que en realidad no seríamos nadie si no fuese por los demás, por hallarnos en este mundo que nos propicia a cada cual los medios más idóneos para nuestro desarrollo y progreso.
La gratitud por lo tanto es algo que nos mueve a mostrarnos en deuda con los demás, y esa deuda la pagamos con amor, con aprecio, respeto y amistad, y se convierte de ese modo en un poderoso acicate que nos lleva a hacer tanto nuestra vida como la de nuestros semejantes mucho mejor. Hay muchas personas que no desean que se les devuelva nada a cambio, por un bien que se les halla hecho, esto es porque son personas verdaderamente altruistas y desprendidas, sin embargo esto no puede hacer que en nosotros halla nacido un sentimiento de amistad y de unión hacia ellas. Y es así, gracias a la educación y a las buenas maneras, como nuestra relación en la vida con otras personas puede ir mejorando y perfeccionándose.
Mostrarnos agradecidos a alguien que nos haya ayudado en algo, es positivo no sólo para nuestro enriquecimiento interior, sino que ayuda también a quien nos ayudó, porque le hace sentirse bien, le ayuda a valorarse a sí mismo, infundiéndole un sentimiento de utilidad hacia la sociedad, lo cual es una parte importante en el ser humano para que viéndose útil y respetado se aprecie a sí mismo y, se sienta digno y honrado de pertenecer a un colectivo social.
Saber manifestar nuestra gratitud hacia los demás, bien sea por pequeños detalles, bien sea por hechos más notorios es signo de delicadeza y de espiritualidad. La gratitud, cuando es sentida, normalmente desea manifestarse de una forma generosa y va más allá de las palabras pudiendo convertirse en un gesto de amabilidad, en una demostración de cariño, de aprecio, de amor.
La gratitud es la recompensa de los buenos actos, cuando caen en alguien que es a su vez educado y correcto. Mientras que otras personas carecen de esta sensibilidad, pensando que todo cuanto se pueda hacer en su favor, es algo que se merecen, o que se lo debemos, o a lo que estamos obligados, mostrando así su inferioridad y su falta de modales, la persona correcta y educada piensa en el bien que se le ha hecho y desea devolver favor por favor.
Es así como nacen entre algunas personas vínculos de amistad y de simpatía, por lo apetecible del trato entre ellas y por los buenos y mutuos sentimientos que se profesan, sabiendo respetarse y no abusando en ningún momento el uno del otro.
Otras personas en cambio, con su actitud, causan rechazo y se muestran hasta poco accesibles y tratables, probablemente no se den cuenta de esto, porque nadie desea verse sólo y aislado, situación que causan como consecuencia de su comportamiento, creen que son los demás quienes los marginan, sin embargo esto no ocurre así, cada cual se margina a sí mismo, y tiene a su alrededor el círculo de amistades que se muestran afines a su condición.
Gratitud es también no dejar caer en saco roto todo cuanto los demás, a menudo nuestros seres más queridos, hacen por nosotros. Por lo que ser agradecidos nos lleva también a ser responsables, dando así motivo de satisfacción a todo aquel que en un momento deseó y obró en nuestro bien.
Un ejemplo claro es el de aquellos hijos que, viendo la preocupación y todo el esfuerzo que en su beneficio derrochan sus padres, manifiestan su gratitud aprovechando sus consejos y los estudios que les facilitan, tomando la educación que reciben, etc…, etc… Esta es sin lugar a dudas una buena manera y muy activa de demostrar nuestro agradecimiento por la ayuda que se nos presta.
La gratitud en suma es una forma de manifestar el respeto y el aprecio que sentimos hacia las personas con quienes nos relacionamos. Hay una frase muy popular que dice así: “La confianza da asco”. En efecto, esto en muchas ocasiones viene a consecuencia de confundir la confianza, con la falta de respeto, con creer que a nuestros amigos o personas más cercanas no le debemos las muestras de gratitud y de respeto, sino que llegamos a abusar de ellos y encima creemos que por obligación han de actuar como nosotros creemos que han de hacerlo. Esto es un error, como ya hemos mencionado más arriba, sucede todo lo contrario, la amistad y el aprecio crecen en la misma medida que sabemos comportarnos con gratitud, y con aprecio, al mismo tiempo que sabemos responder en los momentos en que nos necesitan en cualquiera de las formas.
Fermín Hernández
© 2014 Amor, paz y caridad

ATENCIÓN FRATERNA

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La atención fraterna es una de las bases que sustentan a los grupos espiritas. Sin esta dedicación les faltaría algo., puesto que la razón principal del espiritismo como doctrina, y por consiguiente de los grupos animados de esta filosofía es la atención y la práctica de la caridad, en especial a las personas que acuden a los mismos porque generalmente tienen problemas de índole espiritual, tienen necesidad de conocimientos por las inquietudes que traen innatas. Tanto por un motivo u otro los grupos espiritas, como pequeñas micro sociedades, están obligadas por el carácter que tienen, a servir de ayuda y de amparo a todos aquellos que llaman a sus puertas.
 
 
No obstante, es preciso tener una buena estructura de grupo, formación, preparación, voluntad y porque no mencionarlo, una mínima vocación para poder desarrollar esta labor lo mejor posible.
 
No basta con querer hacer el bien, también es necesario disponer de las herramientas necesarias, es imprescindible la ayuda de un conjunto armónico entre los miembros del grupo, un buen ambiente espiritual. En este sentido se tiene que velar para que así sea, promoviendo siempre en el conjunto la convivencia, el compromiso de todos  y el buen hacer para que en ningún momento nos puedan sobrepasar las posibles experiencias y adversidades que los grupos sin duda tienen que pasar.
 
 También es muy importante saber ponernos en el lugar de los demás para poder prestarles la ayuda idónea que les ponga en el camino, se lo allane y que puedan desarrollar por sí mismos, con la ayuda precisa y el proceso necesario, el camino que el Padre les ha asignado en esta existencia.
 
La ayuda fraterna no se puede ofrecer de cualquier manera. Como digo se necesitan unos requisitos de grupo. Se tiene que valorar, además, que es una de las facetas más importantes que podemos emprender, y que por lo tanto no la podemos relegar a un último lugar.
 
Con lo cual tenemos que anteponer como premisa, la debida preparación y formación, habiendo desarrollado las iniciativas básicas para poder ejercer la función de amparo y enseñanza con eficacia y humildad, como auténticos representantes de una doctrina como lo es el espiritismo, que tiene como emblema el amor, la caridad y la instrucción.
 
Si bien todo es importante en los grupos: el estudio, el ejercicio de la mediumnidad, la convivencia, etc., al final es en la ayuda fraterna donde demostramos lo que hemos aprendido, lo que llevamos internamente y de qué manera hemos comprendido el Mensaje. Los ingredientes de los que está compuesto el espiritismo por encima de otros muchos, son el amor y la caridad, la humildad y la hospitalidad e impartir una enseñanza de los postulados clara y concisa. El estudio y todo lo demás van enfocados a hacernos mejores, es decir, mejoramos cuando desarrollamos los valores internos, y estos necesitan de una buena dosis de ayuda al semejante para que surtan efecto.
 
En muchas ocasiones los grupos carecen de un espacio, de un tiempo, de una formación y preparación adecuada para prestar la ayuda fraterna que muchísimas personas necesitan. Aquellos que acuden a solicitar ayuda, especialmente porque poseen alguna mediumnidad en desarrollo, porque son facultades entorpecidas, porque andan buscando donde expresar sus inquietudes, de carácter espiritual, muchas veces se pueden presentar sin previo aviso, pueden desviarnos de  los planes que habíamos previsto, pueden en definitiva romper con la rutina que previamente tenemos establecida. Es en esos momentos cuando hemos de tener la capacidad de adaptación, viendo en este hecho una prioridad a la que hay que atender, y no por ello pensar que estamos faltando a los principios del grupo, todo lo contrario, estamos actuando con caridad y amor, dándole preferencia a una necesidad que no se puede dejar para otro momento.
 
¿Acaso nos podríamos imaginar al Maestro relegando la ayuda fraterna y desinteresada porque estuviera dando un sermón a un reducido número de personas por poner un ejemplo? Por eso que el estudio y otras muchas actividades no pueden interferir sistemáticamente a la hora de prestar la atención fraterna para quien la necesite en un momento dado. Hemos de tener la previsión necesaria y los mecanismos de ayuda siempre dispuestos. Esa ayuda en ese momento concreto puede representar el todo para una persona, puede suponer una claridad para recomponer su vida, comenzar a comprender las cosas espirituales y de ahí en adelante que cambie su rumbo encontrando así la vía que le lleve al desarrollo de su misión en la tierra.
 
            Por lo tanto, si no ofrecemos un buen ejemplo y la ayuda sincera en el momento adecuado podemos estar perdiendo una oportunidad de oro para nuestro progreso, esto es, fracasar en las pruebas que el Padre nos coloca en el camino y no ver las posibilidades de  trabajo para nuestra evolución.
 
            Por eso es importante que los grupos dispongan de una buena organización, estableciendo preferencias. No nos podemos permitir el lujo de que los que lleguen a nuestro grupo en busca de ayuda, de conocimientos, de pautas de conducta, se marchen del mismo insatisfechos, con una mala imagen, con la decepción de sentir que no se les prestó la atención necesaria, la hospitalidad básica, en definitiva el buen hacer y la buena práctica de un grupo que lleva el apellido de “espírita”. Si no somos capaces de ofrecer una ayuda plena no merecemos la dignidad de llamarnos espíritas.
 
            Otra cosa es que la persona no esté de acuerdo en los principios fundamentales, que no sea lo que ande buscando, que no esté dispuesta a dar el pasito necesario para empezar a cambiar. Esto será otra cuestión; pero sobre todo, han de llevarse el ejemplo, la solidaridad y la atención fraterna, en eso no podemos fallar. Toda aquella persona que toque a nuestra puerta ha de llevarse una impresión positiva, de nuestro buen hacer y de la solidaridad y atención fraterna prestada. Se ha de poner el corazón y los mejores sentimientos, este lenguaje lo entiende todo el mundo y es lo que, en definitiva le va a quedar, al margen de estar de acuerdo o no en la teoría.
 
 
Fermín Hernández Hernández.
© Grupo Villena 2014

CONCORDIA

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Concordia
Concordia. – Conformidad, unión. Ajuste o convenio entre personas que contienden o litigan. De común acuerdo y consentimiento. conciliar2. Componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí. || 2. Conformar dos o más proposiciones o doctrinas al parecer contrarias. || 3. Granjear o ganar los ánimos y la benevolencia, o, alguna vez, el odio y aborrecimiento.

Afrontamos en esta ocasión desarrollar uno de los valores del que posiblemente estemos más necesitados en la actualidad presente, debido a los innumerables desacuerdos y enfrentamientos que dividen a la sociedad en general.    Desacuerdos a todos los niveles, que generan conflictos, desavenencias, rebeldía, malestar en general. Y una sociedad que está dividida y rota, por la falta de concordia, no puede conciliar una vida en paz y orden.

Pero no pretendemos enfocar este valor a nivel general, sino hacer un estudio del mismo que nos sirva a cada uno de nosotros, individualmente. Si a pequeños niveles no somos capaces de resolver nuestros problemas y hacer las paces, como suele decirse, con un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, etc.; no podemos pretender que a escala mucho mayor se pueda lograr una convivencia tranquila, en orden y pacífica.

    Fundamentalmente, para llegar a crear un espíritu de concordia, es preciso que tengamos voluntad y deseos de lograrlo. Muchas veces carecemos de esta voluntad, preferimos vivir con odios o querellas enquistadas, no saber nada del otro, ignorarlo, o lo que es peor, vivir indefinidamente enfrentados a él. Lo normal en estos casos es pensar que llevamos toda la razón, que de una u otra forma se nos ha ofendido, se nos a faltado el respeto, se ha abusado de nosotros, etc. etc. Lo que sea, da igual, el caso es que sólo vemos la paja en el ojo ajeno, y no entrevemos la viga en el nuestro.

    Esto supone lógicamente un verdadero obstáculo para poder llegar a convivir en buena unión y armonía con los seres que nos rodean. Si creemos que tenemos toda la razón, no estaremos dispuestos a ceder ni un ápice. Comienza aquí toda una serie de procesos en nuestra mente y en nuestro corazón, que sólo van a conseguir, aumentar mucho más la raíz del problema y enmarañarlo hasta cotas inusitadas, no vamos a ser capaces de parar ese proceso y, en consecuencia, las fuerzas poderosas de baja condición del mundo espiritual  van a potenciar “la discordia” con toda esa serie de pensamientos y sentimientos que lejos de ayudarnos a descubrir nuestros defectos y errores, nos amplificarán y harán ver mucho más grandes los defectos y errores de aquellos con los que tenemos algún desacuerdo.

    La Ley de Afinidad juega en estos casos un papel fundamental, pues en la misma medida que damos paso a considerar errores y defectos en los demás, estamos ocultando los nuestros, y sólo atraemos a nuestro raciocinio justificaciones que refuercen la manera de atentar contra el otro; en ese momento nos aliamos a fuerzas negativas que explotarán nuestros defectos sumiéndonos en una vorágine de confusión.

    Tener la razón, (si es que la tenemos), no es suficiente. Cuando creemos que estamos armados de razón, actuamos con todas nuestras fuerzas en contra del otro, perdemos el valor de la conciliación, y normalmente actuamos de manera desmedida y con falta de respeto, destacamos los fallos y errores del otro, nos importa más atacar y dejar en evidencia, actuamos como niños enfadados y de ese modo acabamos perdiendo la razón.

    Con esta actitud lo que conseguimos es poner a la defensiva a nuestro “enemigo” porque en realidad en el fondo de nuestro corazón lo consideramos enemigo, rival, contrincante. Es aquel que nos ha hecho daño, y lo tiene que reparar por encima de todo, en lugar de intentar hallar una solución que, razones aparte, una fraternalmente a las personas con ese espíritu de concordia y de conciliación que es lo primordial.

    Conciliar significa dejar a un lado las razones, para allanar el camino, para tender puentes y conseguir que en nuestra mente y corazón no prosperen los sentimientos inferiores que sacan de nosotros nuestro lado más primario. Significa perdonar, tolerar, comprender, ceder, dialogar, etc. etc. normas de comportamiento que ayudan a establecer lazos de unión y simpatía entre las personas, lazos de afecto y cariño que son las armas que poseemos para rodearnos de un halo de conectividad positiva, tanto entre las personas, como entre los buenos espíritus.

    Una actitud mental positiva, una conducta siempre prudente y conciliadora, nos hará rodearnos de fuerzas espirituales superiores que nos procurarán el amparo, la protección y una inspiración siempre inclinada a no culpabilizar  a los demás de nuestras desdichas o carencias, sino siempre buscar el modo de corregirnos y buscar el ambiente de armonía y equilibrio tan necesario en nuestras relaciones.

    Es muy frecuente advertir serias controversias y disputas entre personas que tienen una relación muy directa. ¿Cuál es el motivo? No es otro que los defectos e imperfecciones que todavía anidan en el carácter. Sin darnos cuenta nuestros instintos nos llevan a querer dominar el entorno. Queremos tener plena preponderancia en nuestra parcela, son los restos de nuestra naturaleza inferior, son los ecos del egoísmo y del orgullo; sino dominamos nuestra parcela nos sentimos débiles, dominados, y los defectos nos juegan una mala pasada, eso es algo que debemos advertir y vigilar para que los mismos no supongan una tara para el perfecto equilibrio y convivencia armónica con nuestros seres más allegados y queridos.

Para todos aquellos que pretendemos desarrollar una vida espiritual, y una mejora en nuestra conducta, aquellos que deseamos elevarnos por encima de los defectos, que son la base de todos lo problemas de la sociedad, tenemos que saber ignorar nuestros egoísmos y orgullos infantiles, para limpiarnos y saber sacar provecho de estos hechos, no justificándonos si tenemos o no razón en nuestros argumentos, sino impidiendo que las bajas pasiones y defectos nos dominen y dejen en evidencia las carencias espirituales que tenemos.

Es más importante la concordia, la fraternidad común, los principios de alegría y paz entre los miembros de una comunidad, que ir persiguiendo la razón a costa de todo, casi siempre incluso a costa de nuestra felicidad y siempre a costa de sembrar desequilibrios y falta de paz en nuestra sociedad.    Hemos de convertir los desacuerdos y la falta de concordia en oportunidades para conocernos mejor a nosotros mismos, y hacer un esfuerzo para corregir nuestro carácter, eso será de un mérito extraordinario, y sin ninguna duda estaremos creando las bases para resolver las pequeñas discrepancias que nos pueden mantener alejados de amigos y seres cercanos. Como dice el diccionario, es un cambio en nuestro estado de ánimo, y con los conocimientos que tenemos si lo hacemos veremos que fácil resulta deshacer los desacuerdos.
Fermín Hernández Hernández
© 2015 Amor, paz y caridad

 

“El corazón tiene razones que la razón no entiende”
Pascal  (matemático y filósofo francés s. XVII)

HOSPITALIDAD

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[infobox]Hospitalidad:

1. Virtud que se ejercita con peregrinos, menesterosos y desvalidos, recogiéndolos y prestándoles la debida asistencia en sus necesidades.[/infobox]

 Hemos de distinguir las diferentes facetas en las que puede manifestarse esta virtud. En la primera acepción tendremos que hacer gala especialmente de valores ligados todos ellos a la caridad en su expresión más delicada. La entrega  a las personas necesitadas, que lo pueden ser por diferentes motivos, prestándoles una atención primaria, y facilitándoles todos aquellos recursos y bienes que puedan estar necesitando para coger fuerzas y proseguir su camino.

Toda persona a la que se le preste en un momento dado la atención, cuidados y detalles, que se le trate con respeto y en definitiva se le auxilie de algún modo en aquellas necesidades de las que precise, no lo olvidará nunca, y se llevará en su alma un ejemplo que sin duda le servirá, antes o después, como pauta de conducta, a lo largo de su experiencia en la tierra.

En efecto, como telón de fondo tiene que existir en nosotros un sentimiento de ayuda y caridad, porque para practicar esta virtud, es necesario que llevemos dentro  esa cualidad que nos alienta a entregarnos a los demás, si no poseemos ese espíritu de entrega, pasarán por delante de nosotros, a lo largo de nuestra vida, multitud de experiencias en las que podamos desarrollar esta virtud, y sin embargo, nos pasarán desapercibidas.

Más tarde, cuando nos encontremos ya en el mundo espiritual, se nos pasará el video de lo  nuestra vida, para que nos hagamos conscientes de las veces que pudimos y debimos ser hospitalarios, y no lo fuimos. Será ese un momento de pesar para nuestra alma.

La práctica de la hospitalidad debiera ser una pauta natural en todos aquellos que poseemos inquietudes espirituales y deseos de progreso, pues es la manera más pura y limpia de demostrar lo que hemos aprendido. Lo que se aprende en las aulas, en los libros, en las reuniones, se ha de plasmar después en la vida real.

Es en la vida real donde se aprende y se demuestra todo aquello que hemos asimilado. Para eso encarnamos en una materia, para corregir los errores cometidos por un lado, y para desarrollar los conocimientos adquiridos.

Una práctica muy común, por parte de muchos grupos y personas anónimas, es la entrega de alimentos, para socorrer a familias y personas necesitadas. Esto está muy bien, y es algo que en estos tiempos se hace necesario, pero es una forma material de practicar la caridad, que no implica muchos de los valores que deben concurrir para ejercer la hospitalidad, que va mucho más allá de este  hecho.

Para ejercer de manera correcta las virtudes del espíritu, lo importante no es lo que se hace, sino cómo se hace, qué es lo que se transmite, cómo se llega al corazón de las personas. Hemos de tener en cuenta que lo importante son siempre las personas, antes que otras muchas cosas. Siempre hay que establecer un orden de prioridades, a la hora de aprovechar bien nuestro tiempo, y debemos saber qué es a lo que nos queremos dedicar. En este apartado, es preciso tener en cuenta que las personas deben figurar en los primeros puestos de nuestras preferencias.

Podemos apartar momentáneamente  a un lado  actividades, que se pueden dejar para mañana, pero a las personas si las dejamos para mañana, podemos perder muchas oportunidades de progreso y de perfección. No olvidemos que nos hacemos mejores, y adquirimos la  perfección que vamos buscando, en el contacto con las personas, a través de la hospitalidad, gracias a nuestra entrega y ayuda siempre desinteresada.

El estudio, el conocimiento, no nos hace mejores si no lo llevamos a la práctica, tan solo nos puede hacer más responsables. A más conocimiento más responsabilidad, pero no produce en nosotros una mejora significativa, ni mucho menos. En muchas ocasiones el  conocimiento y  el estudio nos suben el orgullo y la vanidad, nos llevan incluso a una falsa modestia, pero no nos hace mejores. En una palabra, necesitamos estudiar menos y practicar más.
Se produce una gran decepción cuando personas preparadas intelectualmente, y con una gran instrucción vemos que no van acompañadas de una buena práctica. Entonces pasa lo de siempre, “predica fraile, que predicas en el aire”.

Para llegar a ser hospitalarios, se precisa una buena escuela, no una escuela de estudiar y estudiar, sino una escuela en la que la prioridad sea el progreso del espíritu, una escuela que nos lleve a pensar en los demás, una escuela en la que nos digamos ¿Y esto como se hace? Después del estudio ¿Cómo lo llevo a la práctica? Desde luego si todas las actividades que desarrollamos se dedican al estudio. ¿cuando las voy a poder aplicar?

[infobox]Hospitalidad:

2. Buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes.[/infobox]

Esta segunda acepción del diccionario es sumamente importante, pues se refiere a una hospitalidad de carácter más espiritual, ya entran en juego otros valores como la amabilidad, el afecto, el cariño, la amistad, la cortesía, las buenas maneras, el amor en definitiva . Aquí ya es diferente la actitud que hemos de tomar con amigos, y visitantes. Es una prueba en la que verdaderamente vamos a sacar lo que llevamos dentro, y vamos a mostrar lo que hemos aprendido, si han sido sólo conocimientos, que quedan ahí, o auténticamente hemos sacado la esencia de los mismos.

Como anfitriones el buen trato, el afecto, el cariño, la amabilidad, la delicadeza, la atención, y otras muchísimas facetas de la educación y las buenas formas, no nos pueden faltar nunca cuando tengamos la ocasión de recibir a quién nos venga a visitar a nuestra casa. No podemos menos que ser cordiales, conciliadores y respetuosos. Actuar de la misma manera que nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Hemos de procurar por todos los medios que nuestros visitantes se sientan en primer lugar cómodos, como si estuviesen en su casa, como se suele decir, pero de verdad, que no sea una frase hecha, integrados, que sientan el afecto y que en serio son bien recibidos.

Llega un momento que es la hora de la acción, cuando el vaso está lleno hay que saber darlo en buenas dosis. Qué mejor ocasión que cuando se nos presenta la oportunidad de abrir nuestro corazón y dar rienda a los valores del espíritu. No es preciso esperar que vengan a visitarnos, también es necesario abrir la puerta de nuestra casa, invitando a aquellos que comparten nuestros ideales, y a todos aquellos que de una u otra forma llamen a nuestra puerta. Pensemos que no será casualidad que alguien llegue a nuestra casa, tal vez sea la prueba que necesitamos para dar paso a la practica de lo aprendido en la teoría.

Hay multitud de maneras de ser hospitalario, y de llevar a buen fin  una jornada de convivencia con seres amigos o con personas que nos quieren conocer, compartir experiencias, fomentar un buen diálogo, exponer opiniones y maneras de hacer las cosas, organizar un buen almuerzo, etc. todo lo que pueda contribuir a pasar una jornada amena y atractiva en la que nuestros visitantes pueden marchar satisfechos y con la sensación de haber aprovechado positivamente un viaje.

En algunas ocasiones hemos ido a algún lugar y nos hemos sentido extraños, incómodos, como que  molestamos, no nos hemos encontrado a gusto, deseamos marcharnos, ¿cuál es la razón? Sin duda el desconocimiento por parte de los anfitriones de lo que significa la hospitalidad.

Es una pena que no siempre se valore lo que significa el esfuerzo que representa el que unas personas vengan a visitarnos. Pero lo peor es que se dejan al descubierto muchas carencias que todavía tenemos, y que es preciso descubrir para ponerse a trabajar cuanto antes sobre las mismas.

Haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti.

Fermín Hernández Hernández

© 2014 Amor, paz y caridad

DAR

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Dar
Esta sencilla palabra no tiene rodeos y encierra un gran contenido, en el dar es donde se demuestra el grado de desprendimiento que de uno mismo se tiene en favor del bien común, lo que equivale también al grado de amor; o su ausencia muestra todo lo contrario, el grado de apego que tenemos hacia los bienes materiales, lo que consideramos nuestro, es decir la medida de egoísmo que rige nuestro rumbo en la vida.
Porque dar no es sólo el sentido que encierra fríamente la palabra, dar es un gesto, es la voluntad y la intención, el sentimiento que se pone con el mayor cariño y deseos de ayudar. Es algo que nos nace del fondo del corazón. Por eso dar halla su valor en ese sentimiento noble y limpio que se pone y que no tiene precio.
 
Siempre tratamos de darle un significado espiritual a los análisis que hacemos dentro de esta sección. Y como siempre, no nos quedamos con el aspecto material de las palabras. El significado que hallamos cuando hablamos de dar, no es el de dar cosas, sino el de darnos en alma y corazón. De dar una parte de nosotros cuando nos relacionamos con los demás, en especial cuando tratamos con personas necesitadas en cualquiera de los aspectos que pueda ser. Si damos un trozo de pan sin más, por la obligación moral que sentimos de atender a los necesitados, está bien, pero desatenderemos a esa persona en su parte interior que necesita algo más en el fondo, aunque lo primario sea el alimento. Pero si damos con el trozo de pan algo más, si damos nuestra comprensión, esta persona lo recibirá agradecida, tocada en sus fibras más sensibles y quedaremos en su recuerdo como un bálsamo que le ayudará a sobrevivir con más dignidad y con más ansias de luchar para seguir con su prueba o destino con mejor ánimo, le habremos dado la causa para seguir viviendo sin aborrecer su miseria y su desgracia.
 
“No hay hombre tan pobre que no tenga algo digno que dar”. Son palabras de Lope de Vega, que confirman lo que estamos diciendo. Dar no es privilegio de los ricos, éstos pueden dar parte de su dinero, ayudar en el aspecto material, pero dar amor, ayudar con el trabajo, dar cariño, ofrecer una sonrisa, socorrer en un momento dado, acompañar en la soledad, incluso enseñar, educar, y mil detalles más, es algo que sólo lo pueden dar aquellos que posean estas cualidades, indiferentemente de su condición social.
 
La felicidad no se puede comprar a ningún precio, ni se puede dar tampoco, a menos que se tenga un corazón alegre, jovial y optimista que sepa transmitir las ganas de vivir, que ayude a superar los momentos angustiosos, que se dé a sí mismo, dando a los demás la satisfacción que se siente cuando se es querido de verdad, y se está seguro de que se puede contar con alguien que es sincero y que nunca le va a echar en cara lo que de ayuda haya podido ofrecerle.
 
Cuando logramos darnos de verdad, de corazón, es cuando en realidad estamos progresando, es cuando hacemos las cosas por los demás igual que si lo hiciéramos por nosotros mismos, es también entonces cuando la persona lo siente así y se ve henchida de felicidad al poder decir, tengo algo que vale la pena de verdad, no tengo bienes materiales, ni riquezas, pero tengo algo que no se puede comprar con todo el oro del mundo, tengo amigos sinceros, me siento rico, me siento el hombre más feliz porque  he sido honrado con la dicha de saber que me estiman y me aprecian de verdad.
 
Pero hay una cosa que entorpece estos buenos sentimientos y deseos de ayuda que nuestro espíritu nos lanza y que nos señalan el camino correcto para elevamos espiritualmente, y esto sucede cuando dejamos que nuestra mente intervenga, cuando después de escuchar la voz de la conciencia y el corazón, le damos vueltas a la cabeza y dejamos que ésta intervenga, es entonces cuando surgen las pegas, y ya no nos parece tan buena la idea, nos excusamos, nos sale el egoísmo y la comodidad, el orgullo y los defectos materiales, que siempre acechan, y muchas veces estos nos ganan la partida y no nos dejan hacer lo positivo, lo correcto y la ayuda al semejante.
 
Cuando hacemos las cosas por cubrir el expediente, por hipocresía, con mala cara, es una lástima porque hemos perdido una oportunidad de cumplir con la palabra de Dios, con la enseñanza del Maestro Jesús “Haced a los demás lo que quisierais que hicieran con vosotros” y demostrar que estamos en el camino del amor, en el camino de la evolución que nos enseñan las leyes espirituales. ¿Qué comprensión de las Leyes Universales demostramos si no somos capaces de damos cuando se nos presenta la ocasión?
 
En el dar de esta forma, es donde encontramos la verdadera felicidad, quien no ha puesto esto en práctica no sabe de lo que estamos hablando, pero el que ha dado con sentimiento, el que se ha entregado a los demás desviviéndose por ellos, ha sentido la plena satisfacción interior del espíritu que se ha realizado sin egoísmo, sin miramiento hacia sí mismo y se ha visto embargado por sorpresa de un sentimiento de paz y de dicha inigualable, que no se parece en nada a las satisfacciones que se pueden lograr a nivel material. Las satisfacciones a nivel material pronto se desvanecen y quedan en nada, no ayudan a vivir con alegría. Las satisfacciones espirituales nos dan fuerza, alegría, optimismo, nos cargan las pilas para  salir un nuevo día pletóricos de entusiasmo para cumplir con nuestras responsabilidades diarias y con la sana intención de servir de ayuda y de apoyo a nuestros semejantes, y nos da también fe para superar las dificultades y valor para emprender empresas difíciles.
 
“Dad y se os dará” dice el evangelio, que más claro lo queremos, sólo nos falta convencernos, hacer nuestra esta frase tal como lo ejemplarizó el Maestro. Porque ahí nos está diciendo que dando es la forma más rápida de enriquecernos, seremos ricos de amor, de caridad, de humildad, de valores que no se pierden sino que se engrandecen en el mundo espiritual y que nos compensarán de forma insospechada cuando el Padre nos llame en el otro lado y nos diga esto es lo que has ganado en tu estancia en la Tierra con tus obras, mientras otros querrían trabajar y cobrarlo en la Tierra, tú con tu trabajo desinteresado, con tu ayuda abnegada, por darte a ti mismo en tus acciones has subido en tu grado de evolución, goza ahora de la dicha del plano que has alcanzado y sigue trabajando.
 
Esto es algo que sólo lo podremos apreciar cuando dejemos nuestra materia, pero ahora tenemos la satisfacción interna que nos transmite nuestro espíritu cuando hacemos algo por los demás, como lo marca la ley, dándonos a nosotros, si aún no hemos sentido esta felicidad es porque aún no lo hemos practicado, porque algo en nuestro interior nos impide ponerlo en práctica y nos está haciendo perder el tiempo sin duda alguna.
 
© Amor, paz y caridad
 
Dar no significa simplemente despojarse de cosas, sino enriquecer al otro con los propios valores.
B.T