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EL SENTIMIENTO

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Sentimientos, pensamientos y deseos son las tres fuerzas que mueven al ser humano para llevar a cabo sus actuaciones en el transcurso de su vida. Según la característica predominante en cada cual así será el carácter que imprima a sus realizaciones y su vida navegará más o menos consciente en una dirección u otra. Hay personas en las cuales el predominante es el aspecto mental, son calculadoras, frías, todo lo pasan por el tamiz de sus pensamientos, y en la gran mayoría de estas personas ese pensamiento está regido además por sus preferencias, por su grado de egoísmo que es quien en el fondo está dirigiendo todos los pasos que esa persona da.

Esta condición, a la larga, limita a la persona a mirar sólo para sí y los suyos, que se va acostumbrando a ese comportamiento sin darse apenas cuenta, cree que lo que hace está bien y sigue haciéndolo uno y otro día sin percatarse que su comportamiento no es el más adecuado y que poco a poco van creándose distancias entre él y los demás, sin saber a qué achacar esta circunstancia, cuando a su juicio él todo lo hace bien, pensado cabalmente.

Hay otras personas que su predominante estriba en sus deseos momentáneos, no piensan las cosas dos veces, no saben en muchas ocasiones porqué hacen esto o aquello, no son conscientes de lo que pasa a su alrededor porque ellos sólo viven el presente y no son capaces de dominar sus tendencias y deseos. Estas personas no suelen tener malas inclinaciones, porque no son capaces de querer el mal para los demás conscientemente pero al no dirigir sus vidas con conciencia de sus actos cometen muchos errores de los que más tarde se van dando cuenta y es entonces cuando comienzan a poner remedio y a sacar la fuerza de voluntad para saber qué es lo que más les conviene.

Hay por último otro tipo de personas que es el más equilibrado, que ha comenzado a desarrollar el plano de los sentimientos y que es capaz de ponerse en el lugar de los demás para no infringir ningún género de daño a sus semejantes. Piensa las cosas, pero no en beneficio suyo, sino en aquello que en justicia es lo más adecuado y conveniente para todos en general, es capaz de sacrificarse y de renunciar, sabiendo que esa es la forma más corta y correcta para crecer interiormente y para superar las imperfecciones que le hacen ver las cosas de un color distinto al que en realidad son.

En este tipo de personas los sentimientos, el corazón, se convierte en una herramienta de trabajo valiosísima, pues aporta con su sensibilidad una guía y una orientación muy importante que le ayuda a olvidarse de sí mismo en favor de los demás y a ser consciente de las necesidades espirituales que como ser en proceso de depuración de defectos necesita.

Esta es la diferencia que podemos advertir entre estos tres tipos de conducta tan diferenciados, cada uno de ellos lleva a la persona a regirse por unos derroteros muy distintos y es necesario saber en qué grado de los mismos nos encontramos nosotros, si de verdad queremos avanzar en nuestro sendero de progreso positivamente, dando pasos acertados y sin necesidad de engañarnos a nosotros mismos.

Llevar un equilibrio entre los pensamientos y sentimientos es fundamental para el progreso espiritual que pretendemos conseguir día a día, si estos no están en concordancia significa que algo estamos haciendo mal, los sentimientos y la forma de llevar a la práctica nuestros ideales es el aval que confirma que vamos por buen camino, de otro modo llegará un día en que se desmoronará todo aquel trabajo que no hayamos realizado correctamente y tendremos que empezarlo de nuevo, haciendo borrón y cuenta nueva, teniendo entonces que luchar con las costumbres y tendencias que hemos hecho nuestras durante tanto tiempo, con lo que si no nos disponemos a ese trabajo en serio, puede que nos cueste más de lo que pensamos y que incluso nos veamos en verdaderas dificultades para ponernos a la altura de las circunstancias en que deberíamos estar.

De aquí que para la vida espiritual sea tan necesario aportar el plano de los sentimientos. Hay que razonar las cosas, analizarlas y llegar a ver con claridad las metas y objetivos que tenemos, pero hay también que poner el corazoncito, si no dejamos que el corazón y los sentimientos aporten su lado bueno, entonces nuestro pensamiento con mucha facilidad se deja envolver por el orgullo, el egoísmo y hasta la hipocresía, se hacen las cosas sin sentirlas, se engaña a los demás con muy buenos argumentos, se da una imagen exterior pero en el interior no hemos cambiado siendo éste uno de los errores más grandes que podemos cometer.

¿Cómo podemos desarrollar los sentimientos? Es esta una pregunta clave y muy transcendente dada la necesidad que tenemos de progresar espiritualmente con limpieza y de alcanzar un equilibrio entre nuestros valores, lo cual es esencial para llevar una pauta de comportamiento ecuánime y justa. Yo creo que para poder desarrollar el plano de los sentimientos y dejar que nuestro corazón aporte su valiosa parte positiva es necesario ponerse en el lugar de los demás, estudiar de qué manera podemos ayudar y ser sinceros en todo momento, esto nos lleva ineludiblemente a olvidarnos un poco de uno mismo y a aprender a renunciar a nuestros gustos y tendencias que es un gran escollo para el progreso espiritual.

Si no somos capaces de ponernos en el lugar de los demás, y no hacemos un esfuerzo por ayudar a quien lo necesite es difícil que los sentimientos se pongan a trabajar, es difícil dejar a un lado nuestra parte egoísta, fría y calculadora que por inercia piensa primero y después en uno mismo sin importarle lo que acontece a su alrededor.

La caridad, la solidaridad, el amor en suma, son valores que parten del sentimiento, más que del pensamiento y que para llevarlos a la práctica no hace falta darle muchas vueltas a la cabeza, porque ésta es más fácil que entorpezca a que ayude, ya que es notorio que con mucha facilidad surgen excusas y justificaciones para dejar a cada cual con la situación que esté atravesando, y eso a su vez es lo más cómodo, lo cual indica que no es el camino que nos han enseñado los grandes maestros que han encarnado en la Tierra dándonos un ejemplo de conducta, que sin duda es el camino que hemos de imitar.

Fermín Hernández Hernández

© Amor, paz y caridad

DESTINOS Y FATALISMO

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A primera vista, la libertad del hombre parece muy limitada en el círculo de fatalidades que lo encierra:necesidades físicas, condiciones sociales, intereses o instintos. Pero considerando la cuestión más de cerca, se ve que esta libertad es siempre suficiente para permitir que el alma quiebre este círculo y escape de las fuerzas opresoras.

Extraído de la obra. « El problema del ser y del destino» de Leon Denis.

Poco a poco nos vamos adentrando en este apasionante tema del libre albedrío, profundizando en todos sus aspectos, para obtener la mayor claridad de ideas al respecto. Hemos trazado una línea maestra, que consiste en aceptar que el estudio de esta cuestión ha de ser analizado de acuerdo a la comprensión de las leyes espirituales, admitiendo que somos espíritus en proceso de evolución, y que dichas leyes han sido creadas por Dios, para establecer orden y concierto en el universo, tanto material como espiritual, nos afectan íntegramente, lo queramos o no.

Hemos hablado del bien y del mal. Considerando que las mismas opciones tiene el espíritu para emprender acciones inclinadas hacia cada uno de esos aspectos. Hemos analizado también, que siendo muchas las influencias que tiene a su alrededor todo espíritu, siempre cuenta con las herramientas que el Padre le ha dado; voluntad, intuición, conciencia y libre albedrío para romper todos esos lazos y obrar en consonancia con las leyes universales.

Hemos comprendido que nuestro libre albedrío, no comienza aquí y ahora, en cada nueva existencia, sino que siendo las vidas solidarias entre sí, cada vida no es un capítulo aparte, sino que viene condicionado por el pasado, por las vidas anteriores que son los capítulos anteriores. Al igual que no se puede comprender una serie sin haber visto los capítulos anteriores, no se pueden entender muchos de los porqués de una vida sin saber que ha pasado en las anteriores.

Por lo tanto, ya podemos empezar a comprender que muchos de los sucesos que nos ocurren a lo largo de nuestra existencia, sobre todo los importantes, los que tienen transcendencia , los que afectan a nuestros valores, a nuestra vida moral y social, a nuestra salud, son consecuencia de lo que libremente hemos sembrado en el pasado, no son una fatalidad, como podemos entender, sino que son parte de un destino que ha madurado y que comienza a devolvernos los frutos de nuestras obras.

También como es lógico se pueden cometer en esta vida actual errores y desaciertos que ya empezamos a pagar y sufrir sus consecuencias en esta misma vida.

Con lo cual podemos diferenciar que existen efectos que podemos recibir bien de nuestro pasado o bien de la vida presente, y que en cuanto a los destinos, estos pueden ser voluntarios, o compulsorios.

Son voluntarios cuando el espíritu acepta una existencia en la que se van a producir ciertos acontecimientos predestinados para que los experimente y comience a expiar parte de sus faltas y deudas, comenzando así un proceso de sensibilización y regeneración de su alma.

Y compulsorios cuando no lo acepta, rechazando cualquier tipo de ayuda y planificación superior, entonces es cuando por ley es obligado a encadenar en contra de su voluntad y a recibir drásticamente experiencias que le hagan comprender que ha traspasado ciertos límites y que no puede seguir por ese camino.

No existe un destino venturoso o doloroso porque sí, que caprichosamente da a unos mucho, en forma de felicidad, abundancia, alegrías, buena familia, buen trabajo. Y a otros muy poco, que viven rodeados de sufrimientos, de escasez, de enfermedades, y similares. No existen los destinos fatales, a causa del azar o la casualidad, existe el debe y el haber, la cosecha y la siembra, el reajuste que llama a nuestra puerta y que viene para restablecer el orden y la paz en nuestra conciencia.

Ahora bien, por muy comprometida que tengamos la existencia, siempre tenemos la oportunidad de mejorarla, de atenuar sus dificultades o sufrimientos, incluso de reconducir algunos aspectos de la misma, para aminorar los efectos que vienen a nosotros por cumplimiento de la ley de acción y reacción.

Esto es posible, desde un punto de vista psicológico, adoptando una actitud positiva ante las dificultades y experiencias que estemos viviendo. Demostrado está que una actitud humilde, de aceptación de las circunstancias que nos afectan de una manera directa, acompañada de una predisposición hacia la superación de las mismas, y de adoptar todas las medidas necesarias para eliminar en lo posible sus consecuencias, ayuda y mucho a situarse por encima de esas limitaciones y a ver como se dibuja ante nosotros un panorama totalmente diferente.

Hay infinidad de ejemplos de personas que han sufrido en el transcurso de su vida situaciones límite, por accidentes, por afecciones de salud, o por un cambio de fortuna, y han sabido disciplinarse, adoptar las medidas y los cambios necesarios para poder levantarse y emprender de nuevo su vida, sin dejar que dichos acontecimientos les atormenten y les arruinen todavía más su existencia.

Hay situaciones que desde luego hemos de pasar, porque se cumplió el tiempo establecido por la ley para cambiar de rumbo y no lo hicimos. Hay un karma que ineludiblemente nos va a poner en situaciones y circunstancias que no podemos ignorar, pero si podemos ante eso, adoptar infinidad de posturas, que son las que definitivamente nos van a condicionar, y a producir que el sufrimiento se agrave, o por el contrario, se vaya reduciendo.

Podemos adoptar una postura de comprensión y aceptación, de humildad y búsqueda de soluciones, o todo lo contrario; podemos adoptar una postura de rebeldía, de inconformidad, de resistirnos ante todas las pruebas y culpar a Dios, y a los demás de nuestros males, con lo cual no ponemos ninguna solución, sino que aún podemos hundirnos más en el pozo en el que nos hayamos.

Las leyes que regulan nuestro devenir por la tierra, en los diferentes ciclos de existencias que nos propician para nuestro adelanto y progreso espiritual, velan siempre por nosotros, están creadas para nuestro propio beneficio. No debemos ver ante las situaciones difíciles y dolorosas, ningún castigo, o desafecto hacia nosotros por parte del creador. Todo lo contrario, nos está tendiendo puentes para que corrijamos nuestras acciones, orientemos nuestra vida por el derrotero que ayude a que germinen en nosotros las virtudes que encerramos en nuestro interior, que por errores en ciertas decisiones y momentos de nuestro pasado transmutamos en defectos y bajas pasiones; que son la causa del sufrimiento y la infelicidad.

Dios está siempre con nosotros, nuestra escasa visión del porvenir y del futuro que a todos nos espera nos hace ver las cosas de un modo muy distinto al que son en realidad. Las imperfecciones morales y la escasez en el desarrollo de nuestros valores internos nos amordazan, nos confunden y nos llevan por senderos de sufrimiento y situaciones límite. Pero sacando la fuerza de voluntad y el deseo de mejora innato que llevamos se pueden corregir muchas situaciones, se puede modificar el destino y minimizar en mucho los pagos que la ley nos reclama.

Por poner un ejemplo material, si pedimos un crédito a una entidad, nos estamos comprometiendo a realizar pagos a plazo, en determinadas fechas, si no lo hacemos subirán los intereses, al final pagaremos mucho más de lo establecido, sin embargo, ese mismo pago se puede ir adelantando si anticipamos cuotas, con lo cual podemos reducir la cantidad, o el tiempo de finalización del crédito. Lo que no debemos hacer es rebelarnos y no querer pagar algo que hemos solicitado libremente para nuestro desarrollo y beneficio, y luego no queremos saber nada de ello, esto es una gran responsabilidad, porque está fuera de la ley, y recaerá todo el peso de la misma sobre nosotros, antes o después.

El karma acumulado, o karma negativo, es una especie de crédito, que antes o después hemos de asumir. Dios nos concede el libre albedrío, la voluntad, la intuición, la vida y nos pone en la tierra, nos deja actuar y con ello vamos adquiriendo conocimientos, experiencia y también responsabilidad. Podemos acertar o equivocarnos, alternativamente. Llegado un momento de nuestra evolución, la ley nos pide cuentas, especialmente cuando nos estamos desviando demasiado del camino del bien, es entonces cuando el creador por medio de sus leyes justas y sabias viene en nuestro rescate, para que restablezcamos el equilibrio perdido y encontremos el camino de la felicidad del que tanto nos habíamos alejado.

Hay espíritus que llegado ese momento en que se les llama a la reparación de sus faltas y a desandar lo andado, lo aceptan, conscientes de que sin la ayuda e intervención del plano espiritual no pueden, por si mismos, evolucionar en sentido positivo, y se acogen a la planificación que desde el plano espiritual les proponen, en su beneficio. En estos casos, dicha planificación puede ser mas o menos dolorosa, o fuerte, según lo que el espíritu en cuestión desee adelantar, o se vea con la suficiente fuerza para soportar las penalidades y sufrimientos por los que haya de pasar.

Hay espíritus que se planifican vidas muy dolorosas porque quieren acabar cuanto antes con las deudas contraídas, quieren devolver todo el mal que hicieron a sus víctimas y desean salir de la barbarie y de la maldad que han acumulado en su personalidad. Otros sin embargo se lo toman con mas calma, son más prudentes y dosifican el sufrimiento por el que han de pasar en diferentes existencias consecutivas.

Hay otros casos, en los que se manifiesta todo lo contrario, siguen rebeldes, y no aceptan voluntariamente las pruebas y expiaciones que han de experimentar, en estos casos es cuando la ley actúa de manera compulsoria obligando a estos espíritus a reencarnar en condiciones que no van a poder ser dueños de su materia y que irremisiblemente van a tener que sufrir existencias muy dolorosas, a fin de ir sensibilizando sus almas por medio del dolor. De esta manera irán comprendiendo que no se puede vivir por siempre al borde de la ley, sino que hay fuerzas y leyes por encima de ellos que les obligan a buscar la felicidad por los caminos del bien y el amor, de la superación de las imperfecciones y bajas pasiones.

Para muchos espíritus lamentablemente, no hay otra forma de que entiendan además de que hay una Ley de Justicia universal de la que nadie escapa, la justicia está hecha desde el mismo momento en que realizamos una acción, ya que obedece a dicho principio, no hay acción sin reacción. Solo resta el tiempo en que su producirá la respuesta, pero para Dios no existe el tiempo, para nosotros si, y afortunadamente espíritus superiores velan por nosotros para que los acontecimientos vengan cuando mejor nos puede resultar para nuestro adelanto espiritual.

Como vemos el libre albedrío está subordinado en muchas ocasiones a un sin fin de condicionantes, aunque en cada momento y lugar seguimos teniendo la opción de afrontar las circunstancias de una forma u otra. Eso si, el margen de elección en muchos momentos tendrá sus limitaciones; en virtud de las pruebas o expiaciones que se nos pongan en el camino, siempre con la intención y objetivo que nos sirva para nuestro progreso espiritual.

Hay ciertas vidas que por mas que queramos, es tanto lo que un espíritu viene a pagar y expiar, que no tiene prácticamente margen de maniobra, solo lo tiene en su fuero íntimo, son existencias muy duras y dolorosas que bastante tienen con soportar y sufrir con valentía y estoicismo. Son esas vidas que a veces podemos conocer por cercanía y que difícilmente podemos entender, solo nos queda la fe y la caridad de pedir ayuda para que estos hermanos tengan fuerzas y la esperanza de que esas experiencias les han de servir en mucho en el futuro.

Así pues, todos tenemos créditos que asumir, la vida es una oportunidad que nuestro creador nos da para sacarle el máximo provecho posible. Una existencia da para mucho si se sabe aprovechar convenientemente, pues son infinitas las vivencias que se nos presentan y todas ellas para el desarrollo de nuestros valores y aprendizaje. Todas las experiencias de la vida nos quieren acercar cada día un poco más hacia el camino de la perfección, que va sin duda ninguna unido al de la propia felicidad. Pero requiere esfuerzo, sacrificio y trabajo constante, y a veces el fruto no viene al instante. Un asalariado cobra su nomina después de haber trabajado un mes. Nuestro creador paga mejor que nadie, y nos da todas las herramientas y materiales para poder ejercer nuestro rol de aprendices, pero en muchas ocasiones despreciamos las herramientas y hacemos un mal uso de los materiales.

Hasta que la ley nos ponga las medidas correctivas necesarias para que comprendamos por nosotros mismos en donde y en que nos equivocamos y seamos capaces de corregirnos, bien por la vía voluntaria, bien por la vía de expiación.

Siempre nuestro creador nos brinda la oportunidad de progresar y aprender en la escuela del amor, para que voluntariamente vayamos aprendiendo, y caso de errar, podamos corregir a tiempo, ayuda no nos falta, ni medios. Sin embargo, muchos de nosotros al desarrollar en demasía el egoísmo, el orgullo, la ambición, la maldad por generalizar, necesitamos otro maestro, este no es otro que el dolor, el dolor causado a nuestros semejantes a causa de nuestras imperfecciones, y que antes o después hemos de experimentar en nuestra propia carne.

Luego hemos de ser conscientes de que la fatalidad, o eso que llamamos fatalidad, es lo que justamente nos corresponde vivir por los deméritos del pasado, y haríamos bien en comprender que, la misma, no es sino una liberación para nuestro espíritu.

Fermín Hernández Hernández

©  2015 Amor, paz y caridad

No obstante, el destino por adverso que sea, puede ser modificado mediante el propio esfuerzo; pues, DESTINO NO ES FATALISMO CIEGO, SINO UN DETERMINISMO DE LAS CAUSAS. Las vidas difíciles que no encuentran calma y de las que parece huir toda felicidad, son reajustes, son las que van pagando las maldades cometidas en ésta o en otras existencias; porque las diversas vidas humanas de cada ser espiritual, son solidariamente responsables entre sí.

Extraído de la obra «Tres enfoques sobre la reencarnación» de Sebastián de Arauco.

CONVIVIR ES LUCHA INTERIOR

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Convivir no es lo que aparentemente puede parecer, es algo más profundo y suele ser más difícil de lo que a priori se suele suponer.

Una cosa es convivir de manera superficial, sin más compromiso. Otra muy distinta diferente es practicar la convivencia con el objeto de crear un núcleo compacto, un grupo de personas dispuestas a entenderse y a sacrificar lo que personalmente sea necesario en aras del conjunto.

Esta es la convivencia que a nosotros nos interesa, y por la que debemos estar dispuestos a realizar el esfuerzo necesario para que por nuestra parte nada interrumpa o pueda perjudicar al conjunto.

Nuestra mentalidad debe adaptarse lógicamente a la idea de conjunto, ya que no es lo mismo estar a solas, que participar de los objetivos de un grupo que persigue metas en común. El ser humano tiene la capacidad de adaptarse a su entorno, y de saber en cada momento cual ha de ser su comportamiento. Esto es lo importante, ser conscientes de que como parte de un engranaje, hemos de ser copartícipes del mismo, colaborando en el mismo sin causar ningún obstáculo para su desenvolvimiento.

Por lo tanto, hemos de ser conscientes de que para lograr ser parte y miembros activos del mismo, debemos acoplarnos íntegramente como parte esencial de esa maquinaria, y para ello hemos de realizar un trabajo interno que nos va a exigir ir progresivamente evolucionando para que dicha maquinaria se mantenga perfectamente engrasada y no haya ninguna astilla que pueda suponer un peligro para su funcionamiento.

Cada uno de nosotros tiene un carácter, una forma de ser diferente, y esto hay que respetarlo, de la misma manera que deseamos ser respetados, hemos de respetar a todos. En este sentido una faceta imprescindible es el autocontrol, y el conocimiento de si mismo. Estas son las herramientas que tenemos que poner en marcha, porque de no hacerlo enseguida surgirán los roces y las desavenencias con los compañeros, simplemente porque algo no se hizo a nuestro gusto.

Los gustos propios es algo que habrá que ir limitando, así como las tendencias individualistas, el afán de protagonismo y todo aquello que perjudica e interrumpe la marcha normal del conjunto. Para ello deberemos entablar una lucha denodada con nosotros mismos. Hay que ir eliminado el egoísmo, el individualismo, la vanidad, los defectos morales en una palabra, que son las lacras que minan los intentos para establecer los lazos de amistad y de solidaridad entre las personas.

En la convivencia es donde surgen los roces, las asperezas, el rechazo, incluso la animosidad, las antipatías, etc., infinidad de situaciones adversas que suponen un impedimento muy importante para poner en marcha la práctica de la convivencia. Sin duda todos y cada uno de los miembros de un grupo han de poner de su parte, para evitar todos y cada uno de esos obstáculos que surgen en el día a día, y que sólo se pueden evitar a través de la tolerancia, del respeto y aceptando que en muchas ocasiones el error está en nosotros.

Es por ello que el autocontrol, unido al autoanálisis ha de servirnos para pensar las cosas dos veces, y no dejarnos llevar por un arrebato, por ideas preconcebidas, por impulsos descontrolados, o simplemente por creer que las nuestras son las mejores ideas o que nuestro comportamiento es siempre el más adecuado.

Si no nos conocemos bien a nosotros mismos, como vamos a conocer lo suficientemente a los demás, para juzgarles, criticarles, censurarles, etc., debemos actuar siempre con mucha prudencia y pulcritud, esmerándonos en el trato, para no dañar a ningún compañero, menospreciarlo o herirlo de alguna manera, hechos estos que cuando se producen causan consecuencias que después pueden ser muy difíciles de enmendar y eliminar.

Nuestra tarea como individuos que formamos parte de un grupo consiste, las más de las veces, en tender puentes, en ayudar a que todos alcancen ese grado de compromiso y homogeneidad, para que todos estén a la misma altura y no concurran en el conjunto circunstancias que alejen a los unos de los otros, en lugar de acercarlos.

Debemos acariciar la bella idea de conseguir una convivencia, sino plena de armonía, porque aún tenemos muchos defectos, lo más cercana a ella, al menos consiguiendo la amistad entre todos, el compañerismo, la solidaridad, y poco a poco, ir adquiriendo mayores dosis de afinidad entre todos. El buen criterio, el sentido común, y principalmente el amor, en forma de unión, afecto y solidaridad han de crear las bases sobre las que se sostenga con firmeza nuestro pequeño edificio, para que cuando surjan los problemas, las discrepancias o cualquier otro tipo de situaciones, sea más fuerte el amor y los principios de unificación, para que se puedan resolver con presteza dichos problemas, que por otra parte son inevitables que ocurran.

Esto no se consigue por azar, no viene por generación espontánea, hay que trabajarlo, hay que lucharlo y anteponer en muchas ocasiones nuestro personalismo, la vanidad y todo aquello que puede romper dichos lazos de amistad y de afinidad. Es preciso llegar a entenderse, sabiendo ceder, sabiendo ponerse en el lugar del otro, en la piel del otro, es preciso saber renunciar al yo egoísta que todos llevamos dentro, para resaltar los principios del grupo.

La convivencia nos propicia, como ninguna otra actividad humana y social, un campo sin límites para que descubramos como somos en realidad, que cambios hemos de efectuar en nuestra personalidad para ir perfeccionándonos, mejorando en el día a día nuestra conducta y comportamiento. No hay nada mejor para el progreso espiritual que compartir ideas, metas y objetivos para el progreso moral, que es la prueba y la asignatura más importante que podemos tener quizás todos y cada uno de nosotros.

Mediante la convivencia nos podemos hacer perfectamente conscientes de cuales son nuestras carencias, limitaciones, malos hábitos y conductas, y si queremos salir triunfantes y victoriosos no nos queda más remedio que poner manos a la obra y comenzar a ser humildes y valientes al mismo tiempo, para realizar ese trabajo tan estoico como es el rectificar y corregir viejos hábitos y defectos que arrastramos desde épocas remotas.

Todos los defectos pueden ir apareciendo en nosotros cuando participamos de una convivencia, semana tras semana, con los miembros de un mismo grupo, la comodidad, el orgullo, el egoísmo, la vanidad, la envidia, el rencor, los malos pensamientos y sentimientos, de todo tipo, nos asaltan sin darnos cuenta, a veces cuando somos conscientes ya es tarde, ya hemos errado. Pero si tenemos buena voluntad, y deseos de mejorar y de contribuir en el bien del conjunto, siempre estamos a tiempo de enmendarnos, de rectificar, de pedir perdón.

Asimismo cuando se van eliminado estos defectos, va surgiendo la afinidad, la simpatía. El afecto, el cariño surge de manera espontánea, el acercamiento, entonces se vive en armonía y sacamos a la luz lo mejor de nosotros mismos, y se convive fraternalmente, se desea estar juntos cuanto más tiempo mejor. Se liman las asperezas, se superan los pequeños escollos del principio y todo empieza a sumar. Todos están a gusto consigo mismos, no salen los comportamientos o actitudes egoístas, porque ya no caben, el engranaje cada día esta más perfecto y funciona mejor, no le falta ninguna pieza, ninguna esta desajustada. Eso si siempre hay que estar vigilantes y realizar el trabajo de mantenimiento, Nunca hay que confiarse, porque el enemigo esta dentro de cada uno de nosotros y hasta no erradicarlo del todo no se puede descuidar. Mientras estemos en este mundo siempre existe la posibilidad de que vuelva a resurgir.

Ese es el trabajo de todos, no dejar que surjan las más mínimas desavenencias y corregirlas en el momento se produzcan para que no tomen fuerza.

Pensemos en ello, La convivencia en armonía es algo que hay que trabajar y es cosa de todos, nada se nos regala.

Convivir es lucha interior por: Fermín Hernández Hernández

© 2015 Amor, paz y caridad

¿QUE ES EL ESPIRITISMO? AUDIO

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Audio de la conferencia ofrecida por Fermín Hernández Hernández en la ciudad de Villena el 2 de Mayo de 2013. En el transcurso de esta conferencia, se aborda el tema ¿Que es el espiritismo? desde un punto de vista practico, humano y fraterno.

EL TRABAJO

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El trabajo representa una necesidad absoluta en todos los órdenes de la vida, esto es lógico y natural y así está aceptado por el ser humano desde que comenzó a ser una criatura civilizada y a labrarse un porvenir con mayor bienestar y seguridad, a medida que iba desarrollando al mismo tiempo su inteligencia.

Desde un punto de vista material, el trabajo es considerado una obligación penosa, una imposición de la que no podemos sustraernos, todos buscamos un trabajo lo menos pesado posible y que nos remunere económicamente cuanto más mejor. Trabajamos por pura necesidad egoísta y material, para escalar puestos en la sociedad y porque no tenemos más remedio. Pocos son los que trabajan motivados por un espíritu de perfeccionamiento, movidos por un sentimiento de servir a la sociedad y con la alegría de saber que están realizando una obra útil para ésta.

Aunque siempre se han visto esos dignos ejemplos de hombres que han dedicado su vida al estudio y perfeccionamiento de una ciencia o una técnica, ayudando así sobremanera al progreso de la humanidad, una mayor parte de nuestra sociedad trabaja sí, pero sólo con miras materiales para sacar su propio beneficio, sin pensar en los demás.

El trabajo, espiritualmente, está considerado como una ley natural impuesta por Dios a la humanidad para dos fines concretos, que son la propia subsistencia y el desarrollo de los valores espirituales que anidamos, los cuales no se pueden desarrollar y perfeccionar lógicamente sin el trabajo arduo y constante de la persona.

El trabajo es pues a todas luces un medio de progreso poderosísimo para el espíritu humano, que ha de coger esa labor no como una imposición penosa, sino como un medio para ir a más en todos los aspectos que la vida representa, y elevarse así de su parte atrasada e ignorante, convirtiéndose en personas más limpias de conciencia y más libres de estar sometidos a trabajos rústicos y pesados propios de una humanidad inferior.

A medida que el ser humano evolucione en su faceta espiritual, irá despojándose de necesidades artificiales que se ha creado producto de su escasa compresión espiritual, sabrá en qué ha de dedicarse con más ímpetu e ilusión, y al mismo tiempo que desarrollará una tecnología más avanzada, dedicará al trabajo material, es decir al trabajo para la propia subsistencia, la mínima parte, orientándose mayormente al desarrollo de sus cualidades intelectuales, morales y artísticas. Actualmente, por el contrario, a falta de un conocimiento general de las leyes universales, aunque el desarrollo tecnológico no cesa, no sabemos darle una correcta orientación y mientras unos viven en la abundancia, otros carecen casi de todo, viendo como una buena parte de la población de nuestro mundo está sumida en una miseria tal que se podría decir que los animales viven mejor que ellos.

El trabajo es un don que Dios nos ha concedido para  que con nuestra inteligencia, deseos de ayudar y voluntad podamos ayudarnos los unos a los otros, colaborando en el bienestar de la sociedad en general. Quién sólo trabaja lo mínimo y todo lo dedica a sí mismo, en definitiva es un peso para la sociedad, porque sólo va a sacar todo lo bueno que pueda de ella sin aportar nada más, se convierte en un individuo que está sacando el mayor provecho, dejándose llevar por su parte cómoda y material sin darse cuenta que de esa manera está contrayendo una deuda con la humanidad que tarde

o temprano tendrá que saldar.

Para las personas volcadas en la vida espiritual, que sienten deseos de progreso, el trabajo, como decía en el párrafo anterior, es un don que Dios les ha dado para su adelanto espiritual, hacen las cosas porque ven la necesidad y no les cuesta trabajo movilizar su voluntad y sus habilidades para sentirse útiles a los demás.

Mientras se sienten útiles a la sociedad y colaboran en campañas en las que se requiere la ayuda espontánea y generosa se sienten felices y realizados. El ocio para ellos, por tanto tiene la limitación de que no sean requeridos para ayudar en las necesidades que surjan en su entorno, siendo algo que no lo buscan, que lo disfrutan cuando pueden, mientras que para la persona egoísta y que basa su vida en un plano material, el ocio y el disfrute de la mayor parte de su tiempo es lo que prima sin mirar si puede ayudar en algo, o si puede aportar un beneficio para la sociedad en general.

Mientras la persona se mantiene con una mente sana y equilibrada, con miras a su perfeccionamiento el trabajo se lo toma como una cosa necesaria y natural, no piensa que con dedicarle ocho o las horas que sea a su profesión ya ha cumplido con la sociedad, no, porque eso es lo que la vida tal y como está ahora organizada le exige, pero después de cumplir con esta necesidad y obligación, es cuando por su libre albedrío y propia voluntad demuestra su nivel de evolución espiritual, dedicándose al estudio de lo que quiera o perteneciendo a grupos y asociaciones sin lucro y con proyectos de ayuda social que redunden en beneficio de los más necesitados.

Al decir trabajo no nos referimos solamente a la cuestión material, sino a todo aquello que la persona hace para mejorar y perfeccionarse, sea estudiando algo que le ayude a estar mejor preparado humanamente, sea el trabajo interior que le reporta la necesaria transformación moral, sea la práctica de un deporte con el cual se mantenga mejor físicamente, etc…, todo trabajo que el ser humano realice en pro del desarrollo de sus facultades latentes es algo que le va a beneficiar sin ninguna duda.

Así el ser humano empieza a trabajar por su propio perfeccionamiento sin que le cueste trabajo, sino porque le nace y porque considera que está llamado en conciencia a hacer algo más de lo que la sociedad laboral le exige. El trabajo material sin más nos embrutece y nos conduce a una sociedad de consumo que sólo busca el placer de los sentidos y el estar en mejores condiciones materiales que el vecino, mientras que el trabajo desde un proyecto de vida espiritual nos eleva, dedicándole a cada cosa su tiempo y nos hace más conscientes de nuestro lugar en el mundo, más solidarios y nos da la ilusión de vivir con un sentimiento de desprendimiento en favor de los demás.

Fermín Hernández

INFLUENCIAS Y DETERMINISMO

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El libre albedrío es la libertad de la que todos gozamos  para obrar, según sea nuestra voluntad. Intervienen muchos factores para tomar una decisión, puede influirnos de una manera determinante el que queramos conseguir algo con premura, un deseo, un capricho, cualquier objetivo a corto plazo que hayamos planificado. Las tendencias, los gustos, los defectos morales, la educación, la cultura adquirida, los amigos, etc., todos estos son agentes que pueden influirnos a la hora de toma de decisiones, pero nunca serán factores determinantes, porque por encima de ellos está también nuestra voluntad, el raciocinio, la ética y la moral, la legalidad, es decir contamos con cosas a favor y  en contra. Y  por supuesto, también influye notablemente el grado de evolución alcanzado en nuestro proceso evolutivo.

Son un sinfín los factores que intervienen, de un modo u otro, a la hora de dirigir nuestras acciones, pensamientos y sentimientos. Todos ellos vamos a decir que son factores condicionantes, pero no son determinantes. Al final toda persona hace lo que quiere hacer, generalmente hace lo que cree que es más importante para conseguir sus fines y propósitos, o para alcanzar aquello que desea, que cree que le va a reportar más placer o felicidad.

En este sentido, tiene una gran importancia la educación recibida, los buenos hábitos y métodos de vida, y especialmente  el grado de responsabilidad que posea un individuo y su sentido común.

Por poner un ejemplo, un chico joven es libre para decidir si desea comenzar a trabajar y dejar los estudios, o por el contrario, iniciar una carrera universitaria. Sus padres le orientan, le aconsejan, incluso sus profesores también pueden ayudarle a tomar dicha decisión, pero será el quien deba decir la última palabra. Si le obligan a estudiar, en ese caso no será una decisión por la que optó libremente, por lo tanto no es del todo responsable del resultado final de esa opción.

Pero si decide optar por una carrera universitaria, ha de ser consciente de todo lo que ello significa. Ha sido libre para tomar una decisión transcendental para toda su vida futura, y esa libertad conlleva una gran responsabilidad. Sus padres se sacrifican por él poniendo a su disposición todos los recursos necesarios para llevar a buen fin ese proceso de estudios. Pero, ha de saber que en la propia elección,  está comprometiéndose  a realizar un gran esfuerzo y dedicación personal para llegar a alcanzar los objetivos finales.

El hecho de escoger esa opción, supone un sacrificio, y una renuncia a otras muchas cosas, que no son compatibles entre sí. Podemos pues comprobar, lo complicado y sutil que puede ser la cuestión del libe albedrío, somos libres para escoger, pero no para desprendernos de las obligaciones que suponen las decisiones. El hecho de ser responsables, y  cumplir con los objetivos y metas que nos hemos propuesto, o hacer todo lo contrario, puede marcar nuestro futuro en un sentido positivo o negativo, y depende exclusivamente de nosotros.

Son por tanto numerosas las partes que pueden influirnos tanto para decidir, como para obrar, pero la decisión siempre es nuestra, pudiendo escoger cualquiera de los caminos que se abren ante nosotros. Por la fuerza de voluntad y por el uso de la razón podemos determinar siempre que opción escoger. Como es bien conocido, la siembra es libre, la cosecha obligatoria.

Ante un mismo hecho, cada persona actúa de una forma distinta. No somos autómatas, somos de libre albedrío, y además es la formación y el grado de adelanto espiritual el que marca y determina la manera de actuar de cada uno individualmente.

Desde el momento, en el que  tomamos una decisión, nuestro libre albedrío está ya condicionado y hemos de ser consecuentes. ¿Qué significa esto?, que la libertad conlleva al mismo tiempo una responsabilidad. Somos por supuesto responsables de todos nuestros actos, y estos tienen unas consecuencias, y estas acarrean que en muchas ocasiones no podamos, simplemente hacer lo que nos plazca.

Con el proceso evolutivo del espíritu ocurre algo muy parecido. Es el ser espiritual, en ese otro plano de vida, que es nuestra verdadera patria,  donde  toma muchas de las decisiones y se marca los objetivos a alcanzar en su próxima existencia. Estos objetivos están priorizados por las necesidades más imperiosas que como espíritu tiene, según el grado de evolución alcanzado,  la ambición de progreso que tenga, y el karma más inmediato al que deba rescatar. Como espíritus en proceso de evolución hemos de comenzar a entender que no nos podemos desprender de los hilos que nos atan a circunstancias del pasado.

Recordemos las palabras del Maestro Jesús: “lo que atares en la tierra, tendrás que desatarlo en la tierra”.

Otras veces, esa nueva vida que ha de tomar el ser espiritual, viene marcado por un determinismo grave, fruto de la siembra realizada anteriormente, quizás de siglos y vidas repletas de faltas y errores muy dañosos para nuestros semejantes, que por decirlo de algún modo ha madurado ya y no se puede postergar por mas tiempo, es entonces cuando venimos marcados por destinos mas o menos dolorosos, vidas difíciles y de sufrimiento de las que por mucho que nos empeñemos no podemos evadir. Esta cuestión es muy importante y será objeto de un estudio más pormenorizado más adelante.

Con lo cual en muchas ocasiones nuestro libre albedrío, no comienza aquí en la tierra, comenzó a la hora de tomar la decisión de una nueva encarnación, para la cual nos trazamos una trayectoria, que engloba desde la familia en la que nacemos, la sociedad en la que vamos a crecer y educarnos, y todas las situaciones y pormenores que, de una forma u otra  van a condicionar y limitar en gran medida nuestro desenvolvimiento. Hemos de precisar, que no partimos de una tabla rasa, sino que la propia elección de las pruebas, retos y experiencias que van a dibujar esta próxima encarnación viene también en gran parte determinada por el pasado del que no podemos escapar.

 Aquí y ahora, podemos no recordarlo, o no querer afrontar los sacrificios y los esfuerzos necesarios para salir victoriosos de esta empresa que supone una nueva vida, podemos incluso rechazar y huir de las responsabilidades. Esto es muy fácil de detectar, es cuando la persona se rebela ante su destino, y no quiere realizar ningún cambio en su interior que le permita afrontar con más facilidad sus experiencias para corregir viejos hábitos.

Somos de libre albedrío, sí, pero eso no nos da derecho a hacer lo que nos apetece sin más, sin sufrir las consecuencias positivas o negativas de nuestros actos.  Las leyes universales que rigen el proceso evolutivo del espíritu, disciplinan nuestro transito por la vida, regulan el resultado de todas nuestras acciones y en su momento nos piden cuentas,  evalúan e interpretan con exactitud absoluta el grado de ajuste que necesitemos después de nuestro paso por la tierra, y no sólo eso, si también de lo que seguimos haciendo en el plano espiritual.

Las leyes de nuestro Padre tienen como misión devolvernos el equilibrio libremente perdido, son leyes  reeducadoras que están ahí para que restablezcamos la armonía que perdimos al haber escogido caminos equivocados, a costa en muchas ocasiones de condicionar y limitar el libre albedrío.

Fermín Hernández Hernández
© 2014 Grupo Villena

 

CONVIVIR ES AYUDAR

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En el devenir de los grupos, se producen multitud de situaciones constantemente, es algo natural, pues los componentes de un grupo son diferentes los unos de los otros, diferentes por su carácter, por su cultura, por la familia de la que proceden, por su grado de evolución, por la misión que traen, etc.  Esto es lo atractivo que tiene un grupo y es algo que hay que respetar y valorar al mismo tiempo.

En una comunicación que se recibió vía mediúmnica, se nos dijo que los miembros de un grupo, cada uno con su particular forma de ser  y de expresarse formaban un bonito ramo de flores. Si todas las flores fueran iguales, perderían ese atractivo multicolor, de formas y de perfumes. Por ello es fundamental que cada persona preserve su identidad, manera de sentir, y  sus características personales.

Resulta muy positivo, pues entre todos ellos se complementan, se ayudan y cubren las funciones que sean necesarias atender, en virtud de las cualidades de cada uno. Lo primordial en un grupo es entender que todos, absolutamente todos, somos necesarios, y que nadie es imprescindible. Todos somos una pieza necesaria de un engranaje más sofisticado, ninguna pieza sobra.

Sin embargo, esto también puede conllevar algún tipo de problema, si no se comprende el aspecto anterior, y si entre alguno de sus miembros surgen desavenencias porque, entre los diferentes caracteres no logren entenderse o compenetrarse. Posiblemente, todos hemos experimentado a lo largo de nuestra vida, alguna situación en la que nos hemos cruzado con alguna persona y esta, sin haber hecho nada en nuestra contra, no nos ha caído bien desde el principio. Después, al conocerla un poco mejor, hemos comprendido que estábamos equivocados y que la habíamos juzgado mal. Y otras veces este hecho ha permanecido en el tiempo, seguramente porque por nuestra parte no hemos hecho nada para remediar dicha situación.

Esto es algo que hemos de atajar por todos los medios, porque supone un grave obstáculo, tanto desde el punto de vista de las relaciones humanas,  y mucho más en las relaciones dentro de un grupo. De este hecho se desprenden una serie de consecuencias bastante perniciosas para la buena proyección y convivencia, y suponen una barrera y un entorpecimiento muy perjudicial que una vez detectado debemos proponernos urgentemente resolver.

Si firmemente nos proponemos poner fin a dicha situación hemos de partir de una base de humildad, enfocando la cuestión desde el punto de vista de que el fallo está en nosotros, y que el cambio de mentalidad y de sentimientos lo hemos de centralizar sobre nuestra persona. Si pensamos que todos los errores están localizados fuera de nosotros, será misión imposible conseguir algo positivo en dicha relación.

Al mismo tiempo, tenemos que recurrir a los principios fundamentales de nuestra filosofía, que es caridad, amor al prójimo y ayuda sin poner condiciones ni esperar nada a cambio. ¿Cómo nos gusta ser tratados? Sin duda nos gusta que nos traten con cariño, con afecto, con respeto. No gusta que nos valoren, que se nos tenga en cuenta, etc. pues así mismo tenemos que hacer y tratar a los demás.

Cuando hay algo en una persona que no nos complace, que no nos cae bien, y esta  no ha hecho nada para que merezca un trato diferente al que le ofrecemos a los demás, tenemos un problema en nuestro interior. Es una prueba a superar, algo hay que debemos corregir en nuestra personalidad con respecto a esa situación, y desde luego, debemos procurar  no convertirnos en su enemigo, por acción, pensamiento, sentimiento u omisión, muy al contrario hemos de procurar  prestarle cercanía, respeto y tolerancia.

El simple hecho de que una persona no nos caiga bien, supone, como intentamos recalcar, un grave problema para la convivencia,  procuramos que otros, los más afines piensen igual. Creamos sin darnos cuenta una especie de bandos con propósitos de batallar. De ahí surge la crítica, la incomprensión, la falta de respeto hacia todo lo que diga o haga la otra persona, en fin una cadena de despropósitos que conducen a una cangrena interna dentro del grupo que destruye la convivencia, y con ella todas las grandes ventajas que se derivan de la misma.

Es decir, estamos promoviendo y generando todo lo contrario que se debe propiciar en un grupo, máxime si este tiene connotaciones espirituales,  si nos llamamos espiritistas. En lugar de hermanos nos convertimos en enemigos, en contrincantes, en inquisidores. Exigimos que cambien los demás, somos capaces de afirmar que tenemos toda la razón, echamos toda la responsabilidad al resto. Mientras, ¿nosotros que hacemos?; simplemente querer dominar, gobernar, mandar, querer llevar la batuta.

Obrando así, estamos muy equivocados, en un grupo espiritual ha de primar la solidaridad, la fraternidad, el entendimiento, la humildad, y el que crea que está por encima de los demás es el primero que tiene que dar ejemplo.

Hay dos maneras de proceder completamente opuestas. La primera es la más generalizada. Tratamos de llevar la razón, creemos que los otros son los responsables de nuestras faltas, carencias o errores, con ello pretendemos que ellos cambien, no actuamos con nobleza, tratamos de llevar a nuestro terreno a los demás. Damos pie a la crítica, a la censura, hasta a la  maledicencia, perdemos la parcialidad y no vemos nada positivo en otros compañeros del grupo, que, sin embargo lo que quieren y desean para el mismo es que este progrese y consiga sus objetivos, al igual que nosotros. Pero no nos quedamos ahí, queremos destruir al compañero, que ya no es eso, es un contrincante, un adversario, lo descalificamos y empleamos todos los argumentos para conseguir nuestro objetivo.

La segunda es la más difícil, es la espiritual, es intentar llevar a la práctica las enseñanzas morales, lo que a la postre es nuestra misión en la tierra, no ver la paja en el ojo ajeno, sino la viga en el nuestro, nos sentirnos molestos  con nosotros mismos por la fealdad de nuestra actitud hacia  otros compañeros, por considerarlos no iguales a nosotros, quizás hemos pensado en algún momento que nos pueden molestar para conseguir puestos deseados, entonces vemos el mal en nosotros, lo consideramos perjudicial para nuestra salud interna, para los fines del grupo, e intentamos corregirnos.

 Si somos nobles y humildes, debemos pensar si en algo podemos ayudar a esas personas, por ejemplo, quitando las barreras y allanando el camino. Acercándonos a ellas e intentando comprenderlas, conseguiremos con toda seguridad que se nos vayan las manías que teníamos  y verlas de otro modo. En realidad si tomamos esta decisión a quien más estamos ayudando es a nosotros mismos, porque estamos haciendo un esfuerzo para corregirnos y estamos progresando.

Tenemos que intentar profundizar en los aspectos espirituales, cuando nosotros o cualquier otra persona, tiene una forma de ser, de expresarse, de hablar, de lo que sea, eso tiene unas raíces profundas, no es fruto del día de ayer, es consecuencia de muchas experiencias, y hemos de ayudarles a mejorar, esta ayuda comienza por nuestro ejemplo, por ser tolerante, comprensivo y respetuoso. No podemos dar ejemplo desde los altares, el ejemplo se da a pie de calle y con las obras.

Convivir es ayudar a mejorar lo que tenemos, desde la base de construir, de abrazar a todos, de no crear diferencias ni privilegios entre los miembros de una sociedad, no olvidemos que todos somos necesarios y nadie imprescindible.

Convivir no es destruir, pelear por lograr una supremacía. Dios nos ha hecho a todos iguales, y nos ha encomendado la misión de ayudarnos y de convivir en paz y en armonía.

Convivir es ayudar por: Fermín Hernández Hernández

© 2014 Grupo Villena

CONVIVIR ES RESPETAR, TOLERAR, COMPRENDER

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Convivir es respetar, comprender, tolerar

Siguiendo con las pautas que han de marcar nuestra actuación dentro de un grupo con inquietudes espirituales, examinamos ahora el significado de la tolerancia, el respeto y la comprensión.

Sin guardar como principios necesarios estos valores, es muy difícil que en el seno de un conjunto se puedan llevar a cabo las tareas, las iniciativas y las actividades que formen parte de los objetivos que se hayan establecido. Máxime, cuando uno de esos objetivos primordiales, ha de ser el de la convivencia, sin la cual, como ya mencionamos al enfocar esta sección, va a ser prácticamente imposible el que podamos relacionarnos debidamente y conseguir los compromisos asumidos “como miembros de un grupo” al encarnar en la tierra.

Tolerar es respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.Comprender es encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro. Y respetar es tener miramiento, guardar atención a los demás.

No son sólo palabras, son auténticos baluartes de la educación, de las buenas formas y de la conducta moral que siempre hemos de intentar que nos acompañen en cada actuación, en todo momento, a la hora de relacionarnos con nuestros semejantes. Para algunos pueden ser solo palabras, cuando no están dispuestos a ceder, a aceptar que otros pueden tener también buenas ideas, a asumir que nos podemos equivocar, y que las cosas son de todos y para todos, que nadie debe erigirse en líder absoluto de nada, ya que de ahí al fanatismo, a la intransigencia, a la soberbia, hay un solo paso.

Al contrario, lo más bonito del mundo es compartir, vivir una sana y limpia convivencia, sin imposiciones, sin mandatos, sin rodeos, sin doblez. Dejar opinar a todos y cada uno de los miembros del grupo, dejar que del análisis y de la experiencia de todos salga la luz y la mejor opción, demostrando con esa manera de proceder que todos son válidos, que no siempre nuestra idea u opinión es la mejor, y que lo importante es que sea cual sea la decisión que se tome, sea esta una decisión consensuada y aceptada por la mayoría.

Para llegar a esta practica de convivencia, y a compartir las cosas que atañen a todos, es preciso tener un dominio de nosotros mismos, y la humildad suficiente para aceptar ideas de los demás, aunque estas no coincidan con las nuestras,tolerar es respetar las ideas…. 

También es necesario que la caridad esté germinando ya en nuestro corazón, para poder llegar a comprender las expectativas de los demás y dejar que todos se sientan necesarios, útiles y componentes del grupo como el primero, sino es así, poco nos importarán las opiniones del conjunto, porque consideraremos las nuestras mejores. El egoísta y el orgulloso siempre quieren salirse con la suya y pretende convencernos de que su preparación es mayor y se ha de hacer lo que el dice porque es lo mejor. Esto es el polo opuesto a la humildad, y por consiguiente una gran traba para poder realizarnos dentro de un grupo, y que éste logre desarrollarse libre y sin los entorpecimientos propios de los defectos humanos, tan típicos, y que solo sirven para destruir e interrumpir los procesos evolutivos con eficacia.

Respetar es tener miramiento … Qué sucede cuando en un grupo van todos a una: que hay respeto y se tiene en cuenta la opinión de todos, y se le presta a cada uno la atención que merece, con la educación y el trato ajustado a la moral cristiana. Sucede que todo fluye mucho mejor, no hay enfrentamientos porque no hay rivalidad. No hay peleas, porque se discuten los problemas y las decisiones a través de un diálogo constructivo, con la mira puesta en el conjunto, sin que nadie pretenda llevar la razón. No hay malos entendidos porque se razonan los puntos de vista expuestos, anteponiendo la comprensión y el respeto hacia las personas por encima de otras cuestiones. No hay enfados, porque hay cariño.

¿Qué nos sucede cuando se nos trata con esa estima y consideración? Que nos venimos arriba, nos sentimos queridos, respetados, crece nuestra autoestima, nos embarga un estado de felicidad y de armonía, que por ley natural nos sentimos obligados a retribuirlo de la misma manera, esto es lo importante: el amor y el cariño nos dan la fuerza y el estímulo suficientes para sentirnos en la obligación de devolverlo con creces a ese mismo grupo y a toda la sociedad.

Cuando nos tratan mal, sucede lo contrario, nos embarga un sentimiento de menosprecio, de agravio, de ganas de arrojar la toalla, y en ocasiones se genera en nuestro interior un sentimiento de rencor o de malquerer, que nos conduce al estancamiento espiritual y a convertirnos en una rémora para el grupo, en un obstáculo en lugar de ser una ayuda.

Es en definitiva todo un ejercicio de convivencia pacífica, democrática, en armonía, y sobre todo procurando todos un control sobre sí mismos, evitando que los personalismos, la vanidad o el amor propio nos conduzcan a acciones, pensamientos y sentimientos que generen desarmonía, el mal ambiente y lo que es peor, la disensión en los grupos por cuestiones mínimas y sin transcendencia.

Comprender es encontrar una justificación… Esto es lo que nos hace falta en muchas ocasiones, “ponernos en el lugar de los demás” para poder entender porqué una persona obra de una forma determinada, y tiene sus opiniones al respecto de algo. Es entonces cuando partiendo de dicha comprensión, podemos hacer uso del sentido común, de la sensibilidad, e intentar llegar a un acuerdo mutuo, por la vía del amor y del entendimiento. Sin dicho amor, en la mayoría de las ocasiones es muy difícil converger y llevar a buen fin los criterios.

Sin embargo, cuando prima el amor, la comprensión, el respeto, la cordura y todos estas cualidades afines, es muy fácil y sencillo llegar a un acuerdo, porque entonces además se recibe una ayuda del plano espiritual que lima y allana las asperezas, haciendo que las personas se contagien de los buenos sentimientos, no dando lugar a las diferencias que parten principalmente del la falta de cariño y de amor entre compañeros.

Por el contrario la falta de estos valores tan fundamentales sólo genera rivalidad, rechazo, desapego, desilusión, desgana, apatía. Se llega a un estado de desarmonía que se discute por todo, y se deja la puerta abierta para que las entidades negativas del plano espiritual pongan el resto, implanten la bandera de guerra, los unos contra los otros, creando parcelas, sectarismo, rumores, desunión en una palabra. Y mientras tanto el trabajo sin hacer, la imagen por los suelos, y las mentes de todos generando desarmonías y desánimos que conducen sólo a la desaparición paulatina del grupo.

No dejemos que ocurra esto, trabajemos por nuestra reforma interior, no queda otra. Nos lo debemos a nosotros mismos, y al Maestro. Pensemos que en algo estamos fallando cuando las cosas no andan bien y se producen tan lamentables hechos y situaciones que van dando lugar a la confusión. No es culpa de la doctrina, es responsabilidad nuestra de todos y cada uno. Dejemos de ser un espectáculo para la parte invisible que juega con nosotros, y propiciemos la vibración positiva para que los protectores y los espíritus que desean ayudarnos puedan hacerlo.

La fuerza de un grupo debemos entender de una vez por todas que se basa en la fortaleza y en el buen ánimo que presida las relaciones de sus componentes. No se basa en lo mucho que sepamos de espiritismo, sino en la solidez que hayan adquirido como grupo, componente a componente, porque entre ellos se destila amor fraterno, solidaridad, entendimiento mutuo y auténtico compañerismo. Todos estos factores que sólo se pueden conseguir llevando a la práctica los conocimientos que nos enseña la doctrina, llevados a cabo individualmente, con el trabajo interno y responsable de cada uno, son los que hacen que el grupo perdure en el tiempo, y que no se dejen a un lado los verdaderos objetivos asumidos.

A su vez estos factores son los que hacen que se llegue a los demás, porque se transmite autenticidad, se transmite una vivencia que no la pueden transmitir los libros, ni las reuniones, se transmiten en el tú a tú, al dejar el corazón y tener empatía con los demás. Esa y no otra es la fuerza de un grupo, la que se trasmite por los poros de la piel al haber adquirido ya unos valores y haberlos sabido compenetrar en el conjunto.

Todo esto y mucho más se puede adquirir gracias al respeto, la tolerancia y la comprensión.

Convivir es respetar, tolerar, comprender por: Fermín Hernández Hernández

© 2014 Amor paz y caridad

EL BIEN Y EL MAL

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¿Por qué ciertos Espíritus han seguido la senda del bien y otros la del mal?

– ¿No poseen acaso libre albedrío? Dios no creó Espíritus malos, los creó simples e ignorantes, esto es, poseedores de tanta aptitud para el bien como para el mal. Los que son malos han llegado a serlo por su voluntad. 

(El libro de los espíritus. Cap. I de los espíritus. Tema X.- Progresión de los espíritus. Allan Kardec.)

Esta es otra de las grandes cuestiones que se desprenden del libre albedrío, que nos pueden llevar a serias discusiones, y que a algunas personas les cuesta comprender, es por ello que creemos oportuno pararnos a reflexionar sobre la cuestión, con la única intención de arrojar un poquito de luz.

Tenemos eso sí en consideración  que son temas de índole netamente espiritual, y que sólo podemos llegar a un entendimiento pleno examinando tales cuestiones con los ojos del espíritu, teniendo en cuenta los principios puramente espirituales, analizados con la óptica de las leyes universales que marcan nuestros destinos, desde el primer momento en que somos creados.

El bien y el mal, definidos sencillamente así, son dos caminos opuestos, que se pueden tomar desde los primeros estadios de la evolución. La responsabilidad y la decisión de escoger uno u otro son individuales y dependen de cada espíritu. No podemos achacar las culpas o la toma de decisiones a cualquier persona o elemento ajeno a nosotros.

Desde que un espíritu inicia su progreso espiritual,  es creado puro e inocente, sin inclinaciones hacia uno u otro lado, tiene las mismas propiedades tanto para el bien como para el mal, por tanto, puede escoger un sendero u otro con la misma facilidad. ¿Dónde está pues la clave que determina el hecho de actuar bien o actuar mal?: sencillamente en la fuerza de voluntad, que es la herramienta con la que Dios nos dota desde el principio para que podamos ir sorteando las experiencias y las pruebas que irán surgiendo en el día a día, y, existencia tras existencia.

En los inicios de la evolución no hemos desarrollado todavía los conocimientos, ni la inteligencia, ni los valores propios del intelecto y el razonamiento, pero si que disponemos de la fuerza de voluntad necesaria y del sentido de la intuición, si los ejercemos adecuadamente, el espíritu irá esforzándose en rechazar las malas inclinaciones, irá aprendiendo a diferenciar el bien de mal, ý no se dejará llevar por la comodidad o por los instintos más primarios, e irá dirigiendo sus pasos hacia el bien.

Cuando obra así, recibe la recompensa en su interior de sentirse bien, se llena de júbilo y alegría, empieza a experimentar la satisfacción del buen hacer, esto le llena interiormente, le fortalece y le ayuda a adquirir buenos sentimientos. La práctica del bien comienza a ser su enseña, sabe que puede optar siempre por varias opciones, pero, en lugar de escoger la más fácil, la cómoda, escoge la que sabe que al final va a redundar en su propio bien y la que le va a aportar una fuerza interna que día a día se va multiplicando.

Cuando después de una existencia este espíritu sube al plano espiritual, los hermanos de más categoría que están siempre ayudándole y velando por la evolución en estos estadios primarios, le hacen ver todo lo que ha hecho, le muestran los frutos de su esfuerzo y de su sacrificio por superar las malas inclinaciones, y este espíritu siente otra vez una gran satisfacción interior. Sabe que es mucho el camino que le queda por recorrer, muchas las pruebas que superar, pero ve que ha ascendido un poquito y pide volver a la tierra, para recibir nuevas experiencias, nuevas lecciones y para ese fin se prepara nuevamente, con el propósito de no desvanecer y no sucumbir ante ninguna dificultad o pruebas difíciles que puedan presentársele.

Hemos de tener en cuenta que en los estadios más incipientes de la evolución también existe la ayuda espiritual por parte de seres de gran evolución que ya encarnan junto a estos hermanos para servirles de ejemplo y de apoyo. No se encargan de transmitir mensajes de conocimientos, pero sí son portadores de formas de actuar para ir encauzándolos y para que aprendan a desechar la maldad, dejándola a un lado.

Debemos saber que existen espíritus así, es decir que desde el inicio de su evolución se proponen no caer en el mal, aciertan en sus decisiones, siguen las enseñanzas y los consejos que se reciben por parte del plano espiritual y de los espíritus más adelantados que ya están entre ellos y consiguen sortear la gran mayoría de los obstáculos, y cuando  no lo logran, se muestran contrariados y asumen el propósito de corregirse lo antes posible.

Si bien es verdad que hay otros espíritus a los que les cuesta mucho más, y lo que unos hacen en pocas vidas, a otros les cuesta muchísimas vidas más.

Este es el caso contrario, los espíritus que por no querer someterse a ningún tipo de esfuerzo no ponen en práctica la fuerza de voluntad, no quieren reconocer ningún error y por lo mismo poco a poco se van obstinando en el mal, se complacen en su práctica, con lo cual, sin darse cuenta van desarrollando los malos sentimientos, los defectos morales desde el principio y no consideran que sus malas inclinaciones puedan tener más adelante cualquier tipo de consecuencias.

Hacen caso omiso a todo tipo de sugerencias, enseñanzas y consejos, y llega un momento en que su voluntad esta totalmente quebrada, sólo la emplean en su propio beneficio, por puro egoísmo y ambición, la intuición y el sentido de la conciencia se les va nublando, porque ellos mismos han cerrado esa vía de entrada y no les interesa nada que les contraríe y les conduzca al camino del bien. Poco les importa hallarse encarnados o desencarnados, siguen obrando igual.

Hasta que más adelante comienzan a recibir las consecuencias de sus obras, empiezan a vivir sufrimientos y penas, venganzas y todo tipo de situaciones nada agradables para ellos, pero la rebeldía y el orgullo ya se instalaron en ellos y van siguiendo por la senda del mal vida tras vida, no se elevan nada, y permanecen atados y vinculados a planos inferiores complicándose en cada vida más y más.

Todo por no desarrollar esa fuerza de voluntad de la que Dios le dotó y por creerse superiores a todos los que le rodean. Para estos espíritus llegará un momento en el que Dios saldrá a su paso, mediante el reajuste necesario propiciado por las leyes universales, que mediante el sufrimiento y las vidas de durísima expiación tendrán que soportar para desandar lo andado y  empiecen a comprender que hay algo muy por encima de ellos, que por amor les hará ir corrigiendo todos estos defectos y sus malas inclinaciones.

Por muy difícil que nos parezca esta cuestión entre el bien y el mal, es así de simple, somos los jueces y árbitros de nuestro destino, desde el principio de los tiempos, tan fácil es escoger un camino como el otro.

¿No nos sigue pasando esto mismo todavía hoy en día, con lo civilizados que se supone que estamos? ¿No nos dice la conciencia, lo que debemos y no debemos hacer? ¿No sabemos ya más que suficientemente cual es la diferencia entre el bien y el mal? Y sin embargo las más de las veces hacemos lo que más satisface a nuestros intereses particulares y egoístas.

Por puro sentido común, diríamos que al tener más conocimiento y más desarrollados todos los sentidos en comparación a un ser humano primario, no nos debería pasar esto, es decir obrar contra natura, a sabiendas de que lo que hacemos está mal y que podemos hacerlo mucho mejor, seguimos haciendo infinidad de cosas mal al cabo del día, son pequeños detalles, no sólo de acción, sino de pensamiento y sentimiento. ¿Qué es lo que falla entonces? Vuelvo a insistir la falta de voluntad, unida además a los defectos morales que hemos ido desarrollando en el curso de nuestra evolución y que son como un lastre que no nos deja manifestarnos libremente, con  esa pureza e inocencia con la que Dios nos creó.

Volvemos a lo de siempre, el problema está en el uso que le damos a nuestra  libertad para elegir, en nuestras imperfecciones y en el poco esfuerzo que ponemos en superar las malas inclinaciones. Los que busquen la causa de estas imperfecciones y de la existencia del bien y del mal, en otros argumentos, han de pensar que Dios no se equivoca, no hagamos como los espíritus rebeldes que van contra las mismas leyes de Dios, pensando que en su obra está la causa de sus males.

Fermín Hernández Hernández

© 2014 Amor paz y caridad

LA PACIENCIA

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Normalmente se suele admirar a las personas pacientes por la perseverancia que muestran en su actitud, porque no se rebelan ante situaciones que, por lo general, llevan a la mayoría de nosotros a romper con las mismas ya que no sabemos soportarlas.

La paciencia es una gran virtud que estriba en saber soportar los infortunios, saber tolerar las incomprensiones, saber esperar aquello que se desea, sufrir con resignación trabajos molestos y pesados, etc… de la manera más callada y pacífica. La paciencia es lo opuesto a la ira, y es un gran freno que, junto a la prudencia, nos ayuda a controlamos, a pensar dos veces las cosas, y a saber sufrir con abnegación incluso experiencias que no nos corresponden.

Paciencia es también dar tiempo para que se puedan suceder los acontecimientos en el momento oportuno y más idóneo. Los seres humanos somos en muchas ocasiones por inercia impacientes, queremos las cosas ya, nuestros defectos nos hacen incluso impulsivos, inconscientes, atrevidos, imprudentes, y nos llevan a cometer errores, y también a perjudicar a terceras personas, a las que debíamos haber ayudado dándoles el tiempo que necesitaban para alcanzar sus objetivos.

Todas estas circunstancias se subsanan con una buena dosis de paciencia sabiendo esperar a que por su natural se produzcan los acontecimientos necesarios para poder realizar aquello que se anhela. Muchas veces solemos decir, ¡qué paciencia hay que tener! Efectivamente hay situaciones en las que hay que tener mucha paciencia, saber controlarse para no dejarse llevar por la emotividad o por nuestro fundamento, con lo cual agravaríamos la situación o podríamos dar motivo a mayor controversia.

Trabajando con paciencia y perseverancia se pueden conseguir grandes resultados. El progreso espiritual, es en muchos aspectos, un trabajo de paciencia, de ir sembrando, de ir superándonos en el esfuerzo por comprender mejor la vida, a las personas, que todo aquello que vamos haciendo debemos ir puliéndolo, eso sí con las ideas claras y tratando de caminar con pasos certeros.

Una actitud de paciencia nos ayuda mucho en nuestro progreso interior, sobre todo a la hora de no discutir, de no emitir juicios y opiniones infundadas, y a no dejarnos llevar por las apariencias. Esto es muy importante, ya que hacemos en nosotros un trabajo de autocontrol y de análisis de las situaciones que nos puede ofrecer una visión muy clara de las experiencias que vivimos, ayudándonos a darle a cada hecho su significado, llegando así a conclusiones acertadas. Mientras que si nos dejamos llevar por arrebatos de ira incontrolados, agravamos las situaciones aportando pocas soluciones.

Una actitud de paciencia cobra una importancia mayor cuando se ha venido a la Tierra a realizar un trabajo en conjunto, y también cuando se ha venido a ayudar a determinadas personas con las cuales estamos unidos y tenemos por misión ayudarles a cumplir con el compromiso que a su vez ellas han traído. ¿Por qué es esto así? Porque normalmente la persona que viene a ayudar tiene una visión muy clara de lo que hay que realizar, y la forma de hacerlo, y se lo transmite a los demás, pero éstos por sus entorpecimientos y defectos que traen les cuesta mucho verlo, y también porque se rebelan ante lo que hay que hacer, es por esto que se ha de tener mucha paciencia para poder ayudar a algunas personas con las que se ha venido comprometido, y no hay que echarlo todo a rodar porque cueste alcanzar ese momento en que todo empiece a funcionar y se vea que se están consiguiendo los propósitos que se persiguen.

Como vemos es importante la paciencia, porque no se puede forzar a nadie, ni tampoco se deben forzar las situaciones, ya que esto lleva a que se hagan las cosas sin comprenderlas y esto sirve de muy poco. Ser paciente es darnos una oportunidad más a nosotros mismos, y a su vez nos capacita para ser lo suficientemente indulgentes y comprensivos para darles otra oportunidad a los demás.

Siempre se ha dicho que la prisa no es buena consejera y es cierto. La persona prudente es paciente y con el trabajo constante, aunque le resulte penoso y costoso, pone toda su voluntad y su fe al servicio de su progreso adquiriendo una férrea voluntad y un espíritu disciplinado que le guiará en el transcurso de su vida. Mientras que el imprudente se torna impaciente, con lo cual no se hace consciente de muchas situaciones y deja pasar por su lado infinidad de ocasiones, que podía haber aprovechado en pro de su adelanto.

Un ejemplo de paciencia nos lo está transmitiendo continuamente nuestro Padre Amoroso, que viendo la sucesión de errores que cometemos, viendo tanta torpeza con la que tropezamos continuamente, sin atinar por el camino más acertado para nuestro progreso, nos da uno y otro día, una y otra vida, para que vayamos haciéndonos conscientes del estado en el que estamos y podamos corregir los fallos para bien nuestro. Esto mismo es lo que hemos de hacer con nuestros compañeros y amigos, ayudarles a caminar, tendiéndoles la mano cuando sea necesario y dejarles bien patente que pueden contar con nosotros para lo que necesiten.

Fermín Hernández Hernández

CONVIVIR ES COMPARTIR

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Convivir es compartir

Vivir en compañía de otro u otros; así es como define el D.R.A.E. la palabra convivir. Por eso titulamos este artículo “convivir es compartir”. Compartir ideas, vivencias, sueños, ilusiones, proyectos, todo aquello que pueda modelar y dar vida a un conjunto de personas que se reúnen atraídos por un mismo fin.

Vivir en compañía de otros, no es lo mismo que vivir sólo, es algo muy diferente y que en consecuencia nos exige mucho más. Uno se puede exigir mucho o poco a sí mismo, si no comparte nada con otros, a nadie tiene que darle cuentas o explicaciones, no tiene que adaptarse a un conjunto, no tiene que regirse por unas reglas o normas, no tiene que aportar su granito de arena, sus soluciones, sus cualidades, es una modalidad de vida muy diferente.

Vivir en soledad, aporta muy poco a la experiencia humana, no nos enriquece, no tenemos a nuestro lado una brújula que nos indique en que rumbo andamos, no tenemos la posibilidad de medirnos para evaluar que tal lo estamos haciendo. Es tan sólo vivir la vida de forma rutinaria y sin más motivación que buscar o alcanzar una vida cómoda sin que nada nos inquiete o nos moleste.

Este no es el fin para el que estamos llamados. Esta no es la enseñanza y el ejemplo transmitido por los guías y maestros espirituales que buscan en nosotros no sólo que participemos de una vida activa, dedicada al estudio y a volcarnos en la ayuda de nuestros semejantes, sino que debemos aspirar también a dar un ejemplo e imagen de conjunto en armonía y solidaridad entre todos sus miembros. El ejemplo al que estamos acostumbrados es de una vida laboriosa, de trabajo y sobre todo de unión y cooperación entre varios individuos. Esto lo podemos observar en la literatura dictada a Chico Xavier – entre otros médiums-por medio de su psicografía en la que siempre podremos observar que desde el plano espiritual trabajan siempre en equipo y se ayudan y respaldan los unos a los otros cada uno según su preparación y características.

Es por ello que debemos tener claro cómo hemos de participar en nuestro entorno, ya sea en la vida familiar, laboral, social y por añadidura y con más razón en los grupos espirituales.

Convivir es algo más que reunirnos, es hacerlo bajo la responsabilidad del respeto al otro, de la tolerancia, de la activa participación, aportando nuestras características, nuestra personalidad, nuestro apoyo, nuestras opiniones, etc. La pasividad, la comodidad, la monotonía son los enemigos a ultranza de los grupos espirituales.

La pasividad porque nos hace pensar que hay otros más preparados que nosotros para realizar las actividades, para pensar, para organizar, para hablar, etc., esta es una postura muy común, y muy fácil de llevar a cabo: no hago nada, no me equivoco, no me esfuerzo, voy montado en el vagón, y cuando algo no beneficie a mis intereses con hacer marcha atrás, con negar mi participación, es suficiente, y cuando las cosas salgan mal siempre puedo echar la culpa a los que se ocuparon de aquella tarea. Somos los últimos en participar y los primeros en criticar.

La comodidad, porque es muy fácil dejarse llevar, siempre y cuando yo sea un mero espectador, estoy pero sin estar, quiero todos los derechos pero obligaciones pocas o ninguna. Estos miembros del grupo que obran así son un peligro para la subsistencia del mismo, porque son un foco de atracción de entidades de baja condición, que poco a poco irán creando un ambiente de relajación y de inactividad en el grupo que va minando las fuerzas de los que si quieren realizar actividades pero que ven sus fuerzas e iniciativas menoscabadas por los que vibran en esa otra sintonia.

Estos dos factores conllevan como digo a un malestar en el entorno del grupo, una división de fuerzas y de iniciativas que chocan entre sí, son el puente hacia las discusiones sin sentido, la falta de afecto, de compromiso, de unión en una palabra. Y sin unión como estamos comprendiendo, un grupo está abocado o bien al fracaso o bien a su destrucción. Todo ello degenera en una situación del grupo mucho peor ya que las puertas quedan abiertas para entidades de mucha peor condición que las anteriores, que sin duda abocarán al conjunto a un estado lamentable de confusión y de enfrentamientos que harán que este deje de estar enfocado y encaminado hacia los fines que se propuso.

Todo lo contrario ocurre cuando en un grupo hay armonía, atracción y cariño entre sus componentes, y además buena voluntad y deseos de trabajar, entonces las ideas fluyen poco a poco, estas se van materializando en realizaciones y objetivos cumplidos, esto a su vez fortifica a todos los compañeros, se vigorizan más los lazos de unión, crece el estímulo y el entusiasmo en todos, y se crea un ambiente de protección contra las fuerzas negativas, a la misma vez que la parte espiritual positiva se siente vinculada y también con el compromiso de amparar y proteger a este grupo.

Con ello también crece la responsabilidad, por supuesto, y no significa que no hallan obstáculos y cosas que superar, estos siempre los habrá, que nadie lo dude, porque seguimos siendo imperfectos, pero con la buena predisposición, la humildad, las ganas de trabajar y la ayuda del mundo espiritual todo se consigue.

Pero hemos de saber que todo ello no viene por inercia, porque pertenezcamos a un grupo bajo las siglas “grupo espírita”, no, no nos engañemos, todo esto viene como consecuencia de un trabajo interno de muchos años, y de un trabajo enfocado a la armonía y buen hacer del conjunto en general, renunciando y sacrificando muchas cosas particulares en beneficio del grupo. Es lo mismo que ocurre con la mediumnidad, podemos ser médiums porque se nos ha concedido dicha facultad, de ahí ha desarrollarla y llevarla a la práctica con todas las garantías va un mundo, no es así, pues lo mismo ocurre con el espiritismo; podemos serlo por creencia pero por hechos tenemos que demostrarlo.

Los grupos espirituales hemos de huir del misticismo, del ostracismo, de cualquier parecido a las manifestaciones religiosas de épocas remotas. No olvidemos que muchos de nosotros provenimos de dichas fuentes, arrastramos tendencias de otros tiempos que no tienen nada que ver con los momentos actuales. Ahora hemos venido sobre todo a dar ejemplo de alegría, de simpatía, de dinamismo, de cordura, de aperturismo, debemos abrirnos a la sociedad, somos nosotros los que debemos acercarnos a la sociedad, y no al contrario.

Para ello debemos empezar dando ejemplo sincero dentro de nuestro propio grupo. Si no sabemos vivir en compañía con el otro, siendo este nuestro propio compañero de grupo, cómo pretendemos saber vivir con el resto, es algo muy difícil, porque con el compañero de grupo lo tenemos todo a favor, con esto quiero decir que el terreno para la confianza está abonado, para poder ser escuchados, para poder abrir nuestro corazón sin ningún miedo ni temor, porque prima por encima de todo el respeto, la tolerancia y la comprensión, ya que ninguno de nosotros somos perfectos y nos necesitamos todos por igual.

Jesús enseñó a sus discípulos un nuevo mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. ¿Qué somos nosotros sino unos sencillos discípulos más? ¿Y cómo podemos amarnos si no convivimos entre nosotros, y no compartimos ni las ideas, ni los problemas, ni aportamos nuestro grano de arena para que se puedan ir realizando los proyectos y las metas comunes?

Me pregunto si un grupo que no practica la convivencia puede llamarse grupo. Se podrá llamar reunión de estudios, centro de investigación, lo que sea, pero centro espírita o espiritualista de cualquier índole sería cosa de verlo, porque le falta lo principal, la salsa de toda agrupación la amistad, la unión y el compromiso homogéneo.

La escasa convivencia, la falta de conocerse entre los miembros de un grupo, la falta de cariño sincero, crea un vacío en las relaciones, un profundo desencuentro y desilusión en muchos de sus componentes que optan por el abandono, y es un agujero directo para la penetración de las fuerzas inferiores, de esos hermanitos que buscan nuestras debilidades para atacarnos y provocar la nulidad en los grupos.

Es lamentable comprobar que esto es un hecho fehaciente en todo el mundo, se cuentan los grupos por número, pero no por su preparación y su penetración en la sociedad y por el modo en que propagan la doctrina y la dan a conocer. En este sentido hemos de tener en cuenta que no importa la cantidad, sino la calidad. El mundo espiritual no busca número, sino personas implicadas, preparadas, instruidas y con ganas de trabajar. El trabajo sepamos de una vez por todas que comienza por el conocimiento de uno mismo, y de los esfuerzos que realizamos por mejorarnos y regenerarnos. Convivir entre sí los miembros de un grupo es una parte más de este laborioso trabajo. En este aspecto la convivencia es un aliado extremo que nos aporta un sin fin de ventajas y apoyos para que vayamos conociéndonos y mejorando paulatinamente nuestra conducta y las maneras de relacionarnos con los demás.

Por poner un ejemplo material, véase lo que ocurre en un equipo deportivo, puede estar formado por grandes individualidades, pero si a nivel de conjunto no funciona, si no se ayudan mutuamente, si no están compenetrados, si no hay simpatía, sino rivalidad, si no hay altruismo sino egoísmo, si no se piensa en el equipo, lo que ocurre es que este equipo no funciona, pues lo mismo ocurre en el aspecto espiritual, debemos ser un equipo, basta con probarlo y proponérnoslo es lo mas bonito que nos puede pasar.

Animamos desde aquí a todos los grupos a emprender este trabajo de unión y compromiso a través de la convivencia, consideramos que es una faceta olvidada, y sin embargo trae tantos frutos positivos que no nos podemos imaginar como cambia la iniciativa y la dinámica de un grupo, y como cambian las personas cuando todas, desde la primera hasta la última se sienten valoradas y útiles, porque no olvidemos que todos somos necesarios, pero ninguno imprescindible.

Pueden haber otros caminos pero tan ventajosos y directos como el de convivir junto a un grupo bien formado y preparado lo dudo mucho.

Convivir es compartir por: Fermín Hernández Hernández

© Amor, paz y caridad 2014

VIDAS SUCESIVAS:  RESPUESTA A LAS DESIGUALDADES HUMANAS

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Conferencia Vidas sucesivas: respuesta a las desigualdades humanas, impartida el pasado día 18 de octubre en Cocentaina (Alicante), a cargo de nuestro compañero Fermín Hernández; profundo conocedor de la temática espiritual, en la que, de una manera sencilla y directa al corazón, desgrana con gran claridad aspectos tan fundamentales como: los motivos por los que existen las desigualdades humanas, significado del dolor, la reencarnación, el sentido de la vida, así como otras cuestiones que siguió el público asistente con gran interés, abriendo nuevos caminos de reflexión y de aprendizaje.
Redacción