BIENESTAR Y FELICIDAD

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Bienestar y felicidad

Bienestar y felicidad

Entiendo que no debe confundirse el término bienestar con el de felicidad, pues se trata de  conceptos diferentes. A lo largo de este artículo buscaré establecer diferencias palpables entre uno y otro concepto. Yo diría, básicamente, que el bienestar encara aspectos materiales de la existencia, mientras que la felicidad incide, en mayor medida, en los aspectos espirituales.

El bienestar implica, entre otras opciones: vivir en un país desarrollado, tener una aceptable situación económica, un buen trabajo, un hogar bien equipado, vehículo, vacaciones, alguna que otra salida con amigos o conocidos y un adecuado servicio sanitario.

Y aunque estos condicionantes por sí mismos no implican, intrínsecamente, que se pueda alcanzar ese punto de felicidad, lo cierto es que el bienestar íntimo no puede comprarse, y que tampoco depende de una elección personal. Influyen determinadas circunstancias, un cúmulo de factores que el hombre no puede controlar.

El ser humano, a lo largo de la historia, ha demostrado ser un ente gregario; depender de otras personas, necesitar ligarse con otros individuos a quienes se supedita. Citaré el ejemplo de la amistad, especialmente entre niños y jóvenes, los cuales, cuando se encuentran sin amigos, se sienten melancólicos, tristes, les falta algo esencial. Fijémonos hasta dónde llega tal sentimiento, que ellos valoran más su relación de amistad que los adultos las cosas materiales. Necesitan pertenecer a un grupo, compartir juegos, deporte, entretenimiento o paseos. Y si les falta ese amigo o no consiguen adscribirse a un círculo de ellos, se sienten vacíos, infelices; añoran compartir vivencias, ilusiones, anhelos; se sienten discriminados.

En la medida que el ser humano desarrolla su carácter, forja su personalidad, soporta mejor la soledad, se hace más fuerte. Puede incluso habituarse a ella, ya que los bienes materiales ayudan a suplir, aun parcialmente, las carencias de la vida en sociedad.

No obstante, quienes consiguen mantener a lo largo de su vida relaciones de amistad y familia, se sienten más arropados, protegidos; sienten formar parte de algo insustituible que no cambiarían por nada. Estas relaciones hacen que el individuo se sienta más dichoso, satisfecho, y que necesite, en menor medida, el disfrute de las cosas materiales, de bienes que en el fondo ni necesita ni echa en falta.

La pérdida de una amistad infantil o la ruptura con algún familiar a causa de un imprevisto llega a romper la salud del individuo y socavar su capacidad de relación. Incide también y, especialmente, en los principios que sustentan dicha amistad, al modificar las bases que la soporta y traducirlas en infelicidad.

Disponer de una economía saneada, utilizarla convenientemente, acceder a bienes materiales; todo ello suele generar seguridad y bienestar, incluso momentos de felicidad si se comparte con seres queridos. Aunque eso representa, únicamente, instantes sutiles de felicidad. Momentos fugaces, quizás los únicos que se puede conseguir, pues la felicidad continua y plena es una utopía en la fase actual de la experiencia humana.

La búsqueda de la felicidad es un recurso extraordinario capaz de poner en jaque las energías del individuo y llevarle a estudiar sus objetivos y metas, con lo que su progreso sería mucho más difícil; opciones sin las que se encontraría bloqueado, paralizado. Por otro lado, el hecho de sentirse querido, valorado, o confiar en el círculo familiar −también en las amistades− le proporciona gran estabilidad y seguridad ante las dificultades. Y tal seguridad le lleva a desestimar caprichos y lujos; veleidades que muchas personas sustituyen por la amistad y el afecto.

El ser humano ha sobrevivido gracias a pertenecer a una especie de “tribu”, un conglomerado social y humano del que forma parte y al que se siente vinculado. No obstante, y pese a las tecnologías, sigue necesitando a sus iguales. Pondré un ejemplo: Un niño −salvo que sufra una ludopatía severa−, cuando es reclamado por su círculo de amigos, dejará todo cuanto esté realizando para atender a ese llamado. Resulta evidente: necesita sentirse valorado por los componentes de su tribu, de su grupo social.

Y en el caso de la vida en pareja, de producirse una ruptura sentimental, ambos pueden experimentar el −posiblemente− mayor fracaso de su vida. Situación que no superarán hasta encontrar su −nueva− media naranja. Igual sucede con las relaciones sociales, en especial al manifestarse ante los iguales. Ese sentimiento de confianza genera plenitud, felicidad interior; nada comparable al producido por los placeres y bienes materiales.

La felicidad percibida esas veces en las que hemos triunfado con un amigo, con nuestra pareja, en los estudios, en el trabajo, en la familia, no se puede comparar con nada, y además es  inexplicable aquello que sentimos por dentro. Diré incluso que los bienes materiales, en su justa medida, no deben despreciarse. Lamentablemente, no todas las personas llegan a disfrutarlos en igual medida, consecuencia de las desigualdades humanas.

Observamos que surgen, también, algunas tendencias basadas en la tecnología que pretenden sustituir las relaciones sociales, las relaciones humanas. Sucede que se da más relevancia al contacto tecnológico que al contacto humano, personal. Sin embargo, observamos también una vuelta a la naturaleza, a la vida en núcleos humanos reducidos; lugares donde se respira y vive mejor; lugares donde se comparten experiencias y donde las enfermedades sociales desaparecen como por arte de magia. Hablo de presiones de todo tipo, estrés, fobias, angustias ante los compromisos de pago, miedo a perder el trabajo, etc. Observamos así que ciertas personas abandonan su medio de vida en busca de otro más natural, más acorde a sus anhelos íntimos.

A causa de la gran ignorancia del ser humano sobre su yo interior, es decir, sobre sus potencialidades íntimas, termina confundiendo bienestar con felicidad. Dedica más y más tiempo a buscar la felicidad: adornar su vivienda, equiparla más y mejor, hacerla más atractiva, incluso deseable al resto de personas. Vemos como el ser humano solapa cuanto le falta en la intimidad. Y qué duda cabe que al hacerlo se equivoca de manera supina.

La sociedad actual −fruto del desequilibrio y las desigualdades− se muestra más individualista, menos gregaria; defiende los valores individuales y desprecia los comunitarios. Olvida su tribu, el grupo sin el cual sería incapaz de subsistir. Sucede que el ser humano nunca podrá sustituir los valores sociales por los materiales.

Dedica excesivo tiempo y esfuerzo a conseguir bienes materiales, a intentar vivir lo más cómodamente posible, “sin que falte de nada”. No obstante, sigue adoleciendo de lo esencial, de lo más importante, la armonía de vivir con una conciencia tranquila; con la sensación de trascender, de cuidar el yo espiritual, la entidad que encarna para evolucionar.

Así que yo recomiendo: Mejor dediquémonos a adornar el espíritu de esas cualidades que alberga rudimentariamente, y cuidemos también la armonía con el Creador y con la Naturaleza. Porque cuidando la felicidad ajena haremos que este sea un mundo mejor, un mundo solidario y feliz.

En la medida que el hombre desarrolla su parte espiritual, se conecta en mayor medida a la fuente de luz y amor que es el Padre Universal. Comienza, de ese modo, a sentirse dichoso; le es posible captar ya, aunque de modo diferente, el universo que le rodea. Las cosas materiales pierden su valor y estatus original. Entonces, el ser humano, el ente evolutivo, comienza a percibir el sentido, la razón de ser de su vida física en la materia; a conocer de dónde viene, cuál es la razón de su existencia y hacia dónde se dirige.

El individualismo lleva a la comodidad, a no presentar cuentas a nadie; el individuo hace lo que desea –no importa quien diga y piense lo contrario−; desaparece la necesidad de ponderar o discutir con nadie. Pero ¿cómo saber si se equivoca? Por ello, yo pregunto: ¿No será mejor debatir las cosas en grupo que hacer valer la opinión propia, equivocada o no?

¿De qué sirven ciudades cada vez mayores y más modernas? ¿De qué sirve tanta tecnología si el hombre es incapaz de convivir con sus semejantes? La felicidad es algo que llega, quizás, sin buscarlo; es la consecuencia de abrir el corazón a la vida, de expresar las potencialidades individuales, libre y responsablemente; de mostrar el fruto de un trabajo bien realizado a lo largo de siglos.

Todos sabéis que un momento de felicidad exige enorme trabajo. Es el caso del virtuoso, con sus inacabables horas de práctica y estudio para lograr la perfección que busca. La excelencia implica enormes dosis de sudor cuando se quiere la perfección.

Laurie Santos, una de las mayores expertas y más conocida en psicología positiva y en la búsqueda de la felicidad, describe 5 pautas necesarias para el desarrollo de la felicidad en el ser humano, que son el fruto de sus investigaciones, entrevistas e infinidad de estudios y estadísticas con base científica; son las siguientes:

1/ Ser agradecido.

2/ Centrarnos en los demás y dejar de ser tan egoístas.

3/ Socializar. Las personas más felices pasan mucho tiempo con otros.

4/ Pensar más en los demás, en transmitir y desear el bien ajeno.

5/ Hacer buenas acciones.

Como vemos, son pautas de conducta nada nuevas, que se hallan en los principios y postulados de las grandes religiones y filosofías; no obstante, tienen que venir estos estudios de expertos para descubrirnos lo que ya sabemos.

Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

  1. La vida social, ¿está en la naturaleza?  –Sin ninguna duda. Dios ha hecho al hombre para vivir en sociedad. No en vano lo ha dotado del habla y de las demás facultades necesarias para la vida de relación”. L. E., Allan Kardec.
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