LA FELICIDAD NO ES DE ESTE MUNDO

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LA FELICIDAD NO ES DE ESTE MUNDO

Así a priori “quién lo diría”, pero ya aparece en las escrituras del Eclesiastés como reflexión de la vida del rey Salomón. Y sin embargo es una realidad que podemos apreciar en la práctica y en la vida nuestra de hoy día, en la cual ni siquiera los más ricos, los más afortunados por su salud, por su belleza, por todo lo que la vida les ha regalado se atreven a decir que son del todo felices, felices plenamente. Si no nos falta una cosa nos falta otra; si tenemos una cosa queremos algo más, deseamos lo que no hemos conseguido, el amor quizás de la pareja deseada, su fidelidad, la prosperidad en el trabajo, la rectitud de nuestros hijos, el reconocimiento social y tantísimas otras cosas que podríamos ir enumerando.

Es cierto, no existe la felicidad completa; me atrevo a decir que ni siquiera podemos tener un atisbo de lo que significa eso. Algún destello hemos podido sentir, pero ¿cuánto nos ha durado? ¿Conocemos a alguien que se atreva a decir: soy completamente dichoso, tengo todo lo que quiero, no necesito nada más para ser feliz y estoy complacido, y realmente siento la felicidad dentro de todo mi ser? Francamente, no conocemos a nadie capaz de afirmar semejante sentencia.

Otra cosa es conformarse con lo que uno tiene, sentirse dichoso de la vida que ha alcanzado, porque es “feliz con el fruto de su trabajo”. Tiene un porvenir por delante, voluntad para seguir con entusiasmo e ilusión; está acompañado en la vida, no está solo, ha hecho una familia; se ha planificado una vida de pequeños logros y objetivos y los va consiguiendo; tiene todo lo que necesita para vivir y en eso está su dicha, y da gracias a Dios. Esta persona está en el camino del bien y está sembrando su felicidad futura. Cada día que pasa da un pasito más en el logro de cotas más altas de dicha y felicidad, porque ha hallado en el trabajo y la realización una meta que alcanzar, un propósito que cumplir, y en ello pone sus fuerzas y aspiraciones sin desear nada que no le pertenezca.

Pero este no es el ideal de la felicidad, porque si mira a su alrededor, ¿qué es lo que contempla? Desdicha y sufrimiento por doquier. Y si ve las noticias de prensa y televisión, ¿qué es lo que escucha? Sobre todo malas noticias, tragedias, crímenes, que en parte le quitan la felicidad y los momentos de paz que con justicia se merece.

Por tanto, podemos concluir que efectivamente la felicidad no es de este mundo. A este mundo venimos, más que a otra cosa, a aprender a vivir, a aprender a relacionarnos, a conocernos en lo más profundo de nuestro ser, cómo somos y, muy importante, lo que tenemos que llegar a ser. Venimos a enfrentar las vicisitudes, grandes o pequeñas, que la propia vida nos va a ir deparando; venimos a descubrir el sentido de la vida en este mundo y cuáles son nuestros deberes y obligaciones para con la vida.

El objeto principal de la vida no es la felicidad, la felicidad será el resultado de nuestras realizaciones. Si cumplo mi propósito estaré en el camino de sentir la felicidad; es el premio a las conquistas hechas con el trabajo y el esfuerzo, esa y no otra es la realidad de la vida. No estamos aquí porque sí; ni somos el resultado del azar o la casualidad; no somos fruto de la nada; no estamos hechos para vivir y morir simplemente. Desde el momento en que somos creados tenemos un propósito, cual es la evolución. Conseguido ese propósito a lo largo de miles de años y de pasar por multitud de estaciones y cambios, viene como consecuencia una de las finalidades de nuestra creación: la felicidad.

Una pequeña semilla evoluciona hasta llegar a su pleno desarrollo, el que lleva dentro en potencia, y hasta que comienza a dar frutos pasa por diferentes etapas y requiere de un gran trabajo y dedicación. Nosotros, como espíritus creados por Dios, también poseemos muchas potencialidades que desarrollar, y también tenemos que dar frutos y también pasamos por diferentes etapas. ¿Dónde? En cada vida venimos en diferentes condiciones que nos facilitan ese pleno desarrollo; según el grado de evolución adquirido y las pruebas y expiaciones que tengamos que cumplir, así serán las condiciones en las que vengamos. Dichas potencialidades son los valores morales o las virtudes; podemos ponerles el nombre que queramos, pero no estaremos completos hasta el pleno desarrollo de las mismas. A esto le llamamos perfección.

Por lo tanto, el camino es largo; cuanto antes seamos conscientes de esta realidad, antes iremos alcanzando pequeñas fracciones de virtud y de perfección, y en la misma proporción nos sentiremos satisfechos y gozando de parte de la felicidad que nos espera. Pero hay que ganárselo, porque no hemos sido creados ángeles y perfectos, sino que se nos ha puesto al principio del camino, habiendo sido creados simples e ignorantes, pero inocentes, con la misma posibilidad para emprender el viaje merced al libre albedrío, escogiendo el camino de las realizaciones positivas, el bien, o por las realizaciones negativas, el mal, y de ahí en adelante se va marcando y dibujando el destino de los unos y los otros.

Unos avanzan mas rápido y con menos sufrimiento, empezando a sentir los primeros destellos de la felicidad, mientras que los otros caminan por senderos tortuosos, apenas avanzan y no hacen más que sembrar y cosechar sufrimiento y vidas penosas.

La pregunta es por qué nos cuesta tanto llegar a esta conclusión, por qué no lo tenemos grabado a fuego y podríamos dedicarnos en cuerpo y alma a trabajar en pro de nuestro crecimiento y desarrollo. Es muy sencillo: cuando estamos encarnados enfocamos la vida desde el punto de vista material; pensamos que solo tenemos una vida, y lo más fácil es coger el camino que consideramos más corto para hallar la felicidad, el de los placeres sensoriales, el de la comodidad, el egoísmo y todos sus valores afines, valores en sentido negativo.

Siendo (*) la felicidad algo que realmente nos está reservado, sentimos que la debemos buscar; nos creemos perfectamente merecedores de vivir dichosos y plenamente felices, pero olvidamos que la felicidad no es un fin en si misma sino una consecuencia, y olvidamos asimismo cómo hallarla para que no se nos vaya escapando de las manos. La felicidad a través de las cosas materiales es efímera y pasajera, es una sombra pobre de la verdadera felicidad.

No nos hemos enfocado al trabajo real que debemos realizar en nosotros mismos. Vemos la realidad vestida de materia, y nos engañamos una y otra vez, hasta que empezamos a comprender y reflexionar por qué no somos felices y tenemos una y otra vida de desdichas. En este sentido, el dolor, como agente rectificador y purificador del alma, actúa como un buen amigo que nos hace despertar del letargo en el que nos sume la visión material de la vida, que nos lleva a desconocer nuestra naturaleza espiritual y el compromiso que tenemos con las leyes de evolución. Es nuestro mejor maestro, él nos muestra el camino, y a base de tener que rectificar y admitir los copiosos errores que cometemos vamos cambiado y aprendiendo a enfocar la vida como realmente es: un camino de superación y de descubrimiento de valores.

No podemos cambiar porque sí, porque nos lo digan una y otra vez; hasta que no lo comprendamos y nos consideremos seres inmortales, no empezaremos a emprender ese camino que es individual y que nadie puede realizar por nosotros. Hasta que no entramos en esa era del espíritu y nos observemos como tales, muy difícilmente podremos cambiar de actitud y comenzar a dar paso a paso, considerando la vida como un eslabón que nos va a conducir a otro superior y a otro y a otro, aprendiendo en cada una de ellas la lección que toca.

La vida es, sí, una escuela donde se viene a aprender; el que no lo hace, pierde el tiempo y siembra  sufrimiento y se demora, con la complejidad añadida de que cada lección, suspendida por no aprendida, le sumerge quizás en la rebeldía y en la falta de actitud para no volver a cometer los mismos errores; la obstinación y la falta de fe en que es necesario adquirir los valores, sobre todo el amor, son un gran obstáculo para avanzar en el proceso de nuestra evolución.

Aprendamos a enfocar bien nuestra mente para que detectemos cuál es la autentica realidad de la vida que tenemos delante de nosotros. Sepamos discernir cuál es el trabajo que tenemos que realizar, trabajo que ha de redundar en nuestro mejoramiento espiritual y desarrollo de las potencialidades: amor, sabiduría, justicia, etc. No perdamos más el tiempo queriendo encontrar la felicidad y la dicha, las ganas de vivir, donde no están.

La felicidad no es de este mundo, pero se encuentra poco a poco si aprovechamos la vida tal y como  nos la hemos planificado antes de encarnar, como seres espirituales que somos.

La felicidad no es de este mundo por: Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

(*) Enlace a un hermoso cuento oriental.

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