LA LEALTAD, UN VALOR A RESCATAR

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La lealtad, un valor a rescatar

La lealtad, un valor a rescatar

¿Qué es Lealtad?

Así responde la R.A.E.:

  • Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor.
  • Amor y fidelidad que muestran a su dueño ciertos animales como el perro y el caballo.
  • Legalidad, verdad, realidad.

Entendemos como lealtad la capacidad de vínculo y compromiso de toda persona o animal. Implica, también un sentimiento de respeto y fidelidad hacia determinada persona, institución o principio moral. Este vocablo proviene de término latino fidelitas.

Con su uso emergen ciertas reminiscencias, una añoranza de tiempos pasados. Entonces, la fidelitas comprometida, la palabra jurada, el honor creaban vínculos sagrados. Y tales compromisos solían ir destinados a estamentos superiores: reyes, señores feudales, la propia Iglesia. Esta fidelidad tenía un valor incalculable, muy superior al dinero, e incluso a los vínculos de sangre. Hoy, con la perspectiva del tiempo, podemos afirmar con rotundidad que esta rara virtud ha desaparecido en la práctica.

En la definición primera de la RAE observamos que esa fidelitas es una cualidad determinante en algunos animales, como el caballo y el perro, y que, adecuadamente entrenados, la devuelven quintuplicada. De ahí la insistencia en las ventajas de una formación equilibrada, tanto en personas como en animales, para que esa rara virtud, la lealtad, encauce el carácter del individuo.

En la época que nos ha tocado vivir reina el dios “dinero”. Todo queda supeditado al valor monetario. Cualquier fidelidad, de existir, se reserva para la empresa que paga la nómina. Y de existir una oferta mejor, la fidelitas cambia de lugar; poco importan los desvelos de la empresa que apostó inicialmente por determinada persona.

Ejemplos: El mundo del deporte; en él priman los intereses económicos disfrazados de clubes famosos, donde los deportistas muestran una fidelidad extrema… hasta que aparece una oferta mejor, más sustanciosa.

No obstante, aún quedan excepciones, y en ciertos países de “rancias” tradiciones, tradiciones antiguas, se premia esa rara virtud que es la lealtad, la fidelitas.

Tal y como define el enunciado, el enfoque hacia el compromiso, hacia la fidelidad, hacia el vínculo, es un valor que adorna el carácter de las personas que se fijan −voluntariamente− la meta de atender sus compromisos de fidelidad y lealtad hacia ciertos valores o personas; por ejemplo, compartir un ideal, haciéndolo además  desde la más profunda convicción.

Este sentimiento adorna también a las personas de carácter noble que desprecian los intereses personales y que se inclinan −reflexivamente− hacia un ideal mayor, hacia un compromiso fijado de manera libre, voluntaria y responsable.

Y esa fidelitas −esa lealtad− exige sacrificio, renuncia, esfuerzo, trabajo honrado, generosidad y compromiso. En la práctica, grandes condicionantes en la vida del ser humano. Es una entrega que requiere gran fuerza de voluntad, por sus innumerables dificultades y retos.

Y la vemos en forma de promesa: promesa a un amigo, en la palabra dada, ayuda, acuerdo entre caballeros. Y ese compromiso no debe olvidarse ni incumplirse, ya que pone en entredicho la propia honradez, la sinceridad. Faltar a ese compromiso implicaría falta de seriedad, compromiso o palabra.

La fidelitas se traduce, de hecho, en una vigilancia constante de las propias actuaciones, ya que podrían surgir impedimentos, o incluso llegarse a incumplir los pactos comprometidos. Por tanto, el individuo responsable tiene la obligación de encontrar métodos que le ayuden a llevar adelante sus acuerdos, sus compromisos, y hacerlo con independencia de los problemas, dificultades, tormentas o nubarrones que puedan surgir, pues el compromiso pactado, aquel que por su valor se considera sagrado, debe ser atendido en todo momento.

En el diccionario de la RAE existe otro precioso vocablo −de enorme relevancia−, cual es la palabra “desvivirse”. Palabra que dicho estamento define como: “Mostrar un interés vivo e incesante. Solicitud o amor por alguien o algo”. En este caso concreto, atender el vínculo de lealtad, fidelidad y compromiso.

Existen también otros valores que ayudan a impulsar los ideales. Estos son: la ilusión, el buen talante y la fuerza de voluntad. Cualidades estas que ayudan a forjar la personalidad del individuo y que redundan, a la par, en la conversión de ese individuo en una persona de carácter recto y firme; una persona que no se deja influir por pensamientos y sentimientos; por sensaciones que inciden negativamente sobre él: la comodidad, la pereza y la falta de coraje para mantener los vínculos comprometidos.

Vemos así que el compromiso de lealtad, de fidelitas, conlleva enormes sacrificios… durante una existencia o muchas.

Y yo pregunto:

¿Acaso no es este el camino del progreso espiritual?

¿Experimentar una o más existencias de nobles sentimientos, afrontando dificultades y retos firme, resolutivamente?

¿No es este, acaso, el camino transformador del espíritu?

¿El camino que le hace afrontar, con expectativas de acierto, las nuevas encarnaciones?

¿El camino que le permite avanzar en el tiempo y el espacio?

La fidelidad actúa sobre la constancia, y esta sobre la voluntad. Se trata de virtudes que, junto con el amor hacia una causa noble, la propia autoestima y un carácter firme y tenaz, llevan al camino de la justicia. Y lo hacen siempre desde el más íntimo convencimiento.

La falta de constancia incapacita al individuo para llevar adelante empresas arduas, las debilita, las deja ociosas, dispersas, mal usadas y carentes de objetivos. (Jaime Balmes)

El control de las emociones, de los miedos, de las debilidades y de las inseguridades ponen a prueba, cotidianamente, la voluntad del hombre. De ahí la necesidad de fortalecer esa voluntad y bloquear su dispersión.

Cada individuo se debe a una causa mayor, a un objetivo último. Cada persona forma parte de un todo superior. Por ello, todo hombre debe ser consciente, luchar con todas sus fuerzas para no perderse en el camino. Así, yo recomiendo: “Desvivámonos cuanto sea necesario, controlemos la propia existencia y encaremos fijamente el puerto en que deseamos recalar”.

¿Dónde habrían llegado personajes como Gandhi, la madre Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer, por citar algunos, sin la voluntad y firme convicción en su destino? Y no digamos del mayor avatar de este planeta, Jesús de Nazareth. O incluso el intermediario de los genios tutelares, Hippolyte Léon Denizard Rivail, más conocido como Allan Kardec.

En este último caso −el de Allan Kardec−, los espíritus protectores, los genios tutelares, ya le advirtieron de la misión que tenía encomendada; más especialmente sobre las dificultades, sacrificios y renuncias que habría de afrontar, los enemigos que se granjearía y la incomprensión generalizada que le esperaba. También sobre el hecho de que esta conjunción de calamidades acortaría su horizonte de vida. No obstante, pudo contemplar, en paralelo, el premio que le aguardaba tras su labor.

Nosotros, vulgares mortales, en función del adelanto conseguido, arrastramos también una enorme responsabilidad. Debemos evolucionar, y hacerlo intelectual y moralmente… Y, por descontado, contamos con herramientas para hacerlo. Somos los trabajadores de la hora postrera, los trabajadores de la última hora; la hora de la transición a un mundo superior, un mundo mejor, más evolucionado. No obstante, las calamidades, los sufrimientos, no pueden obviarse, el peaje es obligatorio. Todo avance conlleva sacrificios, penalidades, sufrimientos y pruebas. Nada es gratuito en la búsqueda de la perfección.  Por tanto, nada de esperar vidas fáciles, el trabajo espera… espera siempre, trabajo, más trabajo. Es el único camino. Y cada cual habrá de hacerlo con las cartas que el destino le ofrece.

De nada sirven las justificaciones, las excusas. La fidelitas, la lealtad, lleva implícita, como digo, la superación de barreras y obstáculos. Son tropiezos que surgirán indefectiblemente, que aparecerán buscando poner a prueba los principios morales, la honestidad, la voluntad y la autoestima. Sin objetivos, sin metas, poco avance evolutivo se podrá conseguir.

Fidelidad y lealtad son virtudes que nacen de lo más profundo del alma. Son sentimientos imposibles de explicar, pero que tienen mucho que ver con la fe en el Supremo Hacedor y el desarrollo evolutivo alcanzado por todo individuo durante eones de renuncias y sacrificios. Su fuerza pone a caminar al simio y lo transforma en ángel, le impele a buscar la Justicia Universal y el Amor que todo sublima.

Este objetivo se muestra inalcanzable para los individuos cuyos proyectos de futuro se centran únicamente en lo material, en el ansia de poseer bienes que el agua corroe y el viento arrastra. Son personas egoístas, envidiosas, vanidosas, que en nada creen y que son incapaces de compartir −siquiera migajas−. Esas personas difícilmente conocerán el valor de la lealtad, de la fidelitas; su único Dios es la auto-satisfacción egoísta.

Merced a la lealtad, la fidelitas, se establecen vínculos más sólidos, más fuertes, entre quienes comparten los mismos proyectos de futuro. Con semejantes pruebas, los individuos consiguen testar sus imperfecciones, sus limitaciones, sus intenciones. Es justo en ese momento cuando salen a la luz los principios morales y la fidelidad a una idea. Diré −siempre− que la lealtad engarza con el amor, y este con la entrega desinteresada. Es un engranaje −dentro del todo− que impele al individuo a mayores retos en el concierto universal.

Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

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