LA FE MUEVE MONTAÑAS

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La fe mueve montañas

La fe mueve montañas

La fe otorga un tipo de lucidez que permite imaginar, ver con el pensamiento la meta que se quiere alcanzar. También los medios para conseguirlo, de modo que quien la posea, avanza, por así decirlo, con plena seguridad en su senda evolutiva. Sea cual sea el caso, esa fe permite obtener grandes realizaciones.

La fe sólida confía en la perseverancia, la energía y los recursos que permiten vencer los obstáculos. La fe vacilante aporta incertidumbre y duda, de la que se aprovechan los adversarios a quienes debemos combatir. Este tipo de fe no busca los medios para vencer, porque no cree poder hacerlo. (El Evangelio según el Espiritismo, cap. XIX, Alan Kardec).

Viviendo la experiencia de este virus −más conocido como COVID-19− asolando el planeta, es necesario pararse y reflexionar sobre el significado de la fe espiritual en nuestras vidas, la fe razonada que es la que ha venido enseñando el espiritismo. Y este hecho puede demostrar cuánto y cómo puede el ser humano desarrollar semejante fe en su interior. Es un tipo especial de fe, esa fe tan necesaria para las realizaciones, en especial, las espirituales.

El Evangelio narra una experiencia donde los apóstoles no pudieron expulsar un demonio que estaba maltratando a una niña. Así se lo comunicaron al Maestro Jesús, para que Él lo expulsase. Acto seguido, los apóstoles le preguntaron por qué Él sí pudo expulsarlo mientras que ellos no pudieron hacerlo. Jesús les respondió: “Si tuviereis fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a esa montaña ven aquí, y la moveríais”.

Evidentemente, no se trataba de una descripción literal sino de una parábola: el método utilizado por el Rabí de Galilea para comunicar sus ideas y que estas llegasen a todos. Estaba mostrando a las buenas gentes de Judea las implicaciones de una fe razonada, su fuerza, su extraordinario poder. Esa fe, incorporada al acervo de conocimientos espirituales del hombre y unida a un fuerte deseo de  progreso moral, poniendo en práctica la ley del amor, genera la energía que salva todos los obstáculos, todas las pruebas, todos los sacrificios, todas las penurias necesarias para el progreso moral.

¡Cuántas personas dicen tener fe! Una fe que en la práctica no es real, sino producto del conocimiento y la experiencia: de unas cualidades que finalmente hay que poner a prueba. Afortunadamente, el ser humano actual (en general salvo en determinados países y circunstancias particulares) tiene una vida fácil y, consecuentemente, oportunidades para llevar esa vida adelante sin necesidad de una fe arrolladora; de una fe que lleve a la superación de los obstáculos con determinación y coraje; que empuje a la búsqueda de soluciones frente a las arbitrariedades de la vida; de una fe que estimule el progreso espiritual mediante una vida física, una experiencia en la carne.

A los apóstoles de la narración anterior les faltó la convicción de actuar y curar como hacía el Rabí de Galilea. Primitivos y torpes, carecían de la elevación espiritual del Maestro. No obstante, si Jesús les llamó al orden era porque tenían capacidad para realizar ciertos prodigios. Y a quienes redactamos estas líneas, a todos los colaboradores y compañeros, apóstoles del espiritismo, trabajadores de la última hora, puede sucedernos igual… y, quizás en demasiadas ocasiones.

Esas montañas que transporta la fe son, efectivamente, las dificultades y trabas que obstaculizan al ser humano si este no utiliza el pensamiento y la fuerza moral que tiene su principio en la fe.

El conocimiento ayuda a la compresión; a escoger las herramientas necesarias para evolucionar. No obstante, ese conocimiento necesita, imperativamente, de una gran voluntad y fe; instrumentos del alma que, animados por el deseo de bien, de pulir los valores espirituales, el amor, la paciencia, la tolerancia y la caridad, le conducen, indefectiblemente, a la felicidad.

Estas cualidades son necesarias por obtener la seguridad −imprescindible− de la presencia de Dios en nuestras vidas, en nuestra andadura espiritual, en nuestra caminata evolutiva. Cuando una persona se ve animada por el deseo de practicar el bien, por una vida en los valores del espíritu, del amor, de la tolerancia y de la caridad, debe estar preparado para todo tipo de adversidades, sacrificios y sinsabores. Cualquier impedimento, cualquier traba o circunstancia contraproducente le empujarán a echarse atrás. Aparecerán entonces el miedo, la cobardía, las excusas, la comodidad, el orgullo. En resumen, todas las formas de egoísmo que atenazan al ser humano y le impiden rentabilizar las experiencias físicas.

Estas frases no son palabras banales ni falsos argumentos. Os hablo, única y exclusivamente, de leyes espirituales. El hombre, en su andadura evolutiva, jamás camina solo; muy al contrario, camina bien o mal acompañado según sea su inclinación moral; su inclinación hacia el bien o, por el contrario, hacia el mal. Y eso depende, única y exclusivamente, de su propia decisión. Reza el saber popular: “Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

¡Y  nosotros, espíritas, ¿somos realmente conscientes de las implicaciones? ¿Hemos aprendido algo de las enseñanzas del espiritismo, de las recomendaciones de los espíritus superiores?!

Esta pandemia que experimentamos ahora no tiene parangón en el pasado reciente de la humanidad, exceptuando las experiencias colectivas que representaron las guerras mundiales, quizás más horribles que ellas. No obstante las calamidades y sufrimientos, se trata −lamentablemente− de experiencias colectivas necesarias para la evolución del género humano. ¡Aunque ¡nunca olvidemos que el hombre no está solo! Que el Supremo Hacedor ha puesto a su disposición los recursos para rentabilizar la experiencia, y que esta vivencia sea una más en su largo peregrinaje.

Asumiendo que el ser humano es aquello que piensa, y que existen leyes cósmicas fijadas por el Arquitecto Universal para su evolución y progreso moral y espiritual, leyes como la de Vibración y Afinidad que facultan la captación de energías positivas… o negativas −siempre en consonancia con la forma de pensar y actuar del individuo−, tengamos la certeza de que las entidades que rigen los planos superiores van a estar ayudando siempre, acompañándonos. Por descontado, queda en la mano del individuo permanecer estático ¡o no!; quedar paralizado en el confort del hogar, auto-justificarse, aislarse del resto de la sociedad para evitar cualquier tipo de contagio.

Sin embargo, tenemos ejemplos de conocidos que, en tiempos de la dictadura militar −post guerra civil−, tenían prohibidas completamente las reuniones colectivas, so pena de dar con los huesos en la cárcel o arriesgar la vida. A pesar de tales riesgos, muchos de estos grupos continuaron reuniéndose a escondidas, ora en casa de cierta persona, ora en casa de otra. Ellos seguían las directrices de los guías espirituales, que les animaban a continuar su hermandad y aprendizaje. La memoria espírita guarda recuerdos imborrables de dichas experiencias.

Esas personas de buena voluntad esperaban tiempos mejores mientras trabajaban cumpliendo sus compromisos espirituales. ¿Qué habría sucedido entonces de haber paralizado sus actividades durante 40 años; si hubiesen abandonado sus compromisos; en qué medida habrían dañado su experiencia de vida y frenado la siembra que debían ceder a las futuras generaciones? Ellos, al igual que los mártires de la antigua Roma, han dejado una huella indeleble en los anales de la civilización.

Ahora pienso que, al igual que ellos, estamos siendo probados. Por ello, entiendo, debemos actuar con precaución, cautelosamente. Y precaución no implica dejar a un lado los compromisos, abandonar la convivencia, las reuniones, compartir momentos y situaciones con personas afines a las labores espiritas. Evidentemente, no es lo mismo una algarabía tumultuosa, un botellón, que una reunión coherente y cívica, dotada de las medidas de seguridad, precaución y control necesarios. En suma, una reunión dedicada a la ayuda y progreso espiritual.

En cada situación, las intenciones, motivaciones y objetivos son evidentemente distintos. Y la ley de afinidad y vibración, en justa correspondencia, faculta una enorme ayuda espiritual a unos… y, justo lo contrario, a los otros.

Para que esto sea así se debe buscar el modo, el método de llevarlo a cabo. Y ahí está la fe, la fuerza de voluntad y el deseo de progreso. Las autoridades, lógicamente, deben fijar normas, velar por la seguridad ciudadana. Lamentablemente, carecen de conocimiento espiritual, de la sabiduría y la gran ayuda que propicia el mundo espiritual. Y ese mundo superior actúa para que, una vez concluida su labor de ayuda −realizada con la debida cautela−, las personas no tengan que abandonar sus labores, para que nada ni nadie pueda frenar la evolución individual y los compromisos pactados.

Así que, poniendo en práctica aquella frase del Maestro que dice “tenemos que mover montañas”, convenzámonos de que la parte espiritual superior está ahí, preparada para ayudar. Traen un escudo de vibraciones positivas, vibraciones lumínicas que impiden cualquier enfermedad, excepto aquellas que figuran en la ficha kármica de cada persona.

Una reunión espiritual no se realiza entre cuatro paredes vacías. Están, por un lado, los asistentes encarnados, que deben acudir en buenas condiciones morales, libres de toda inclinación y vicios materiales; dispuestos a realizar un trabajo de intercambio con el plano espiritual. Y hacerlo requiere un mínimo de condiciones. Así, y solo así, se puede garantizar un ambiente adecuado. Por otra parte está el equipo espiritual, que procura también una atmósfera espiritual limpia y armónica, dotada de las medidas de protección y seguridad necesarias.

Las personas interesadas por las obras mediúmnicas de muchos escritores, entre ellos Chico Xavier, Divaldo P. Franco, Allan Kardec, ¡cómo no! –por citar algunos−, permiten vislumbrar la dedicación y esmero con que se preparan las reuniones mediúmnicas desde el plano espiritual. Cómo obtienen el ambiente vibratorio que propicia las manifestaciones espirituales. Sus medidas de higiene, desinfección y profilaxis impiden el paso de los parásitos espirituales, de los pensamientos y energías oscuras provenientes de los planos inferiores; todo tipo de injerencia que busque dañar la ejecución de esa importante labor de ayuda. En paralelo, el plano espiritual adecúa, limpia el plano físico de toxinas y virus orgánicos que perjudiquen el buen trabajo de los intervinientes.

No obstante, para conseguir ese “tonus vibratorio” los grupos deben alcanzar unas condiciones mínimas para merecer la ayuda y dedicación de estos equipos de trabajo.

“Si la higuera es estéril, ya sabemos qué le ocurrió” (Cita evangélica).

Por haberlo demostrado las ciencias psíquicas, sabemos además que, cuando las personas están seguras de sí mismas, entusiasmadas, ilusionadas, cuando tienen fe, atraen fuerzas positivas muy poderosas. Se ven rodeadas por energías que impiden la aproximación de pensamientos negativos, que impiden acercarse a las entidades oscurecidas; se crea un escudo protector que las repele. Cuando el ser humano irradia pensamientos luminosos, amorosos; cuando transmite deseos de auto-realización, está atrayendo, entonces, vibraciones de idéntica naturaleza. Vibraciones que conforman un escudo protector que nada ni nadie puede destruir, un escudo que protege y ampara al individuo y su trabajo espiritual.

Y desde ese momento, el individuo contará con la fuerza adecuada, con la confianza que necesita. Entonces las cosas comenzarán a salirle bien. Porque la “Fuente de Vida” le acompaña. Y es que cada chispa divina, cada individuo forma parte de Él. Esta es una de las claves: tener la confianza y seguridad de que Dios nos acompaña, que su fuerza, su poder transmuta el universo entero. Ante Él, la oscuridad, la negatividad, las malas influencias, lo negativo, todo desaparece. Su energía será el compañero de viaje. Únicamente las debilidades propias del ser humano pondrán límite a sus realizaciones.

En caso contrario, el individuo será el foco de la negatividad, de las malas vibraciones, del pesimismo, de las lacras del carácter humano. El hombre se dejará llevar por la rutina, para darse cuenta, finalmente −demasiado tarde−, como aquellos compañeros de Jesús de Nazareth, que carecían de la fe necesaria para completar la tarea.

Evidentemente, los trabajadores de la obra espírita, los trabajadores de la última hora, no pueden flaquear, vacilar ni dudar; dejar pasar una experiencia extraordinaria como la presente. Se impone afrontar la situación con ánimo, buen talante y renovado esfuerzo. No podemos dejar que las vicisitudes cotidianas −alias pandemias− marquen el ritmo de trabajo que se debe hacer. Es el momento de mostrar a la sociedad la actitud de compromiso y el mensaje de consuelo de la filosofía espírita; de dejar a un lado la comodidad, el hastío, la inercia, el inmovilismo. Es momento de sortear todos los obstáculos que la pandemia impone.

Por tanto, trabajadores espíritas, ¡no os quedéis parados! Acecha el peligro de ser estigmatizados bajo el título de: “Hombres de poca fe”.

La fe mueve montañas por: Fermín Hernández Hernández

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