LEY DE VIBRACIÓN Y AFINIDAD: LOS SEMEJANTES SE ATRAEN

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Ley de vibración y afinidad: Los semejantes se atraen

Ley de vibración y afinidad: Los semejantes se atraen

En el conjunto de leyes universales que rigen los principios de la vida física y espiritual existen dos de ellas que están en segundo plano, es decir, no reciben la atención que merecen. Existen otras que reciben mayor atención. Citaré, por ejemplo, la ley de Reencarnación y la ley de Causa y Efecto. No obstante, existe otra Ley cuyo conocimiento puede ayudar a todas las personas en su vida cotidiana, pues se manifiesta en todo momento y repercute en el ser humano de forma significativa.

Me estoy refiriendo a la ley de Vibración y Atracción. El principio de esta ley es francamente sencillo: todo lo que ocupa un lugar en el universo tiene una vibración que le es propia; no existe la inercia, el reposo, todo vibra constantemente, desde los infinitesimales átomos a las partículas, las moléculas, las células; también vibran los planetas y las estrellas. La especie humana, la más evolucionada de este planeta, también posee su vibración, aunque más elevada, más intensa, ya que cada persona, según su grado evolutivo, vibra más o menos positivamente, con su particular nivel vibratorio. Vibran los minerales, vibran las plantas, los animales, el universo entero vibra. Todo es energía, y la materia, o lo que nosotros conocemos como tal, es energía condensada, pura energía. Cada forma de la naturaleza vibra según su estado evolutivo. Esta tesis ya fue confirmada por la matemática y las leyes físicas. Estas ratifican que el ser humano es un emisor-receptor de energías, si bien limitado a las que es capaz de percibir, aquellas que le son afines, que están en sintonía con él.

 En idéntica medida, todo cuanto nace de la mente humana: los pensamientos, las ideas, los sentimientos, las emociones, las palabras, todo cuanto brota de su interior tiene  propia vibración.

Aunque incapaz de percibirlo, el ser humano vive inmerso en un océano de vibraciones. Del mismo modo que los peces viven rodeados por agua sin ser conscientes de ello, también el ser humano vive rodeado de vibraciones de todo tipo. No obstante, limitado por su corta evolución, el ser humano percibe apenas aquellas vibraciones de orden físico que actúan sobre su organismo directamente, sobre su salud, sobre su estabilidad emocional y física. Son las vibraciones sonoras, luminosas y caloríficas.

Como vienen demostrando las leyes que rigen el universo físico, el hombre no se compone únicamente de cuerpo físico; es una trilogía: cuerpo, mente y espíritu. Así, queda expuesto constantemente a las vibraciones de sus tres naturalezas: física, psíquica y espiritual.

En resumen, todo cuanto existe −aun en sus formas más ínfimas− tiene vida propia y, por tanto, vibra, tiene vibración propia, especialmente, el ser humano, en quien vibran sus sentimientos, pensamientos y emociones. El ser humano emite ondas constantemente a través de su mente. Vibran también los trillones de células que lo componen, porque todas tienen vida propia. Tienen la rara peculiaridad de ser sensibles, se afectan por su propia vibración, por su intensidad, bien sean vibraciones elevadas, vibraciones de amor o bajas, como el odio. Diremos que el cuerpo humano percibe el impacto de sus pensamientos, sentimientos y emociones, algo que implica, necesariamente, una alteración del sistema inmunológico central, su equilibrio. Así como también puede percibir los sentimientos y pensamientos que otras personas de nuestro mundo y hermanos del plano espiritual pueden estarle arrojando.

Es un hecho comprobado −sin que la ciencia tenga que demostrarlo− que los sentimientos continuados de rencor, envidia, odio, celos –entre otros− destruyen la armonía íntima, generan un desequilibrio emocional que altera la mente, que induce a estados depresivos que llevan al individuo a la agresividad y a la irritabilidad; a estados que alteran su percepción de la realidad, que le impiden ver cómo son las cosas en realidad. Esta desarmonía íntima les mantiene en una tensión constante, en un enfrentamiento irracional que acaba repercutiendo en el organismo, perjudicando su sistema nervioso y linfático. Finalmente aparece la enfermedad, consecuencia del deterioro generalizado de los diferentes sistemas orgánicos, los cuales sucumben a esas terribles vibraciones.

Es acertado cuando se dice que no hay enfermedades sino enfermos.

Por tanto, el ser humano debe ser consciente de que esas vibraciones repercuten en su organismo. El sentimiento de culpa, los disgustos, la malas decisiones, los malos comportamientos, los malos deseos, los malos sentimientos hacia otras personas afectan, ¡y de qué manera! El propio organismo, haciendo que esos sentimientos negativos vuelvan −cual boomerang− hacia el punto de partida, hacia su origen, que se conviertan en una lacra para la conciencia. Y la conciencia advierte, constantemente, sobre las malas decisiones, sobre el mal camino emprendido. Finalmente afectan al propio organismo, produciendo enfermedades.

“Anda, ve y no peques más”, palabras de ese médico del alma que fue Jesús de Nazareth”

Al ser humano le mueven los deseos, y estos estimulan los pensamientos, las emociones y los sentimientos. La suma de todos ellos conduce a la acción, a actuar en un sentido u otro. A diferencia de los reinos animal, vegetal y mineral, que vibran positivamente, según su especie, el género humano tiene la capacidad de discernir, de comprender; tiene, en suma, libre albedrío. Tiene la libertad para actuar, para experimentar, para generar el bien o el mal, tiene la capacidad de actuar sobre el entorno por su voluntad y por su comprensión del mundo que le rodea. No obstante, la ley le impone sus limitaciones, sembrará libremente aunque recogerá indefectiblemente. Reza un adagio popular: “Aquello que siembres recogerás”.

Mediante sus actos el hombre impregna sus pensamientos, sentimientos y emociones de energía psíquica. De una carga psíquica que irradia directamente sobre su objetivo, que llega hasta él. De ahí la recomendación de mens sana, de unos pensamientos limpios que ayuden al prójimo y que no dañen a los semejantes y evitar los pensamientos, sentimientos y emociones que hieran o desarmonicen al semejante. El ser humano debe aprender a controlar sus actos, sus sentimientos, sus emociones, sus palabras, sus obras; debe procurar no herir o perjudicar a quienes le rodean.

El hombre es incapaz de controlar sus pensamientos, sus acciones, sus sentimientos, así como la vibración que automáticamente generan. Y como reza la ley de causa y efecto, ley de acción y reacción o ley del karma, el ser humano es responsable de sus actos, de sus consecuencias. De ahí la recomendación de extremar la prudencia al tomar decisiones y de emitir y sostener pensamientos y sentimientos de orden inferior que puedan causar daño, porque volverán a nosotros, el origen de donde partieron. De ahí tantos casos de locura y desequilibrios psíquicos y mentales.

Pero la ley de vibración va aún más lejos, abarca también la ley de atracción y repulsión, por la que el igual atrae a igual y el semejante al semejante. Quiero llamar la atención sobre un hecho cotidiano apenas percibido, aunque sí sentido, el sentimiento de rechazo, frialdad o atracción hacia determinadas personas, al cruzarse con ellas o coincidir en cualquier momento o lugar. ¿Cuál puede ser la causa de semejante atracción o repulsión? Es, sencillamente, la ley de afinidad en acción, el igual atrayendo al igual y el contrario rechazando al opuesto. Esa ley viene a dar luz sobre tales sensaciones, las causas de esa atracción o rechazo hacia cierta persona. Explica el disgusto o agrado hacia determinadas compañías.

Este hecho cobra especial relevancia en las relaciones con las personas de nuestro círculo, las personas encarnadas, pero también, y muy especialmente, con las entidades que integran nuestra esfera espiritual; personas que no percibimos ni vemos, pero que indefectiblemente están ahí, a nuestro lado. Y la ley actúa indistintamente sobre encarnados y desencarnados. El ser humano, aunque lo desee, no está aislado del plano espiritual, únicamente es incapaz de percibirlo. Se libran aquellas personas con la capacidad de verlo y sentirlo.

Los planos material y espiritual están perfectamente interpenetrados, mucho más de lo que la limitada comprensión humana puede entender. Las enseñanzas espíritas han traído luz a esas limitaciones. Los espíritus superiores, en su misión de aclarar dudas a los mortales que pueblan el planeta, han dejado incontables premisas y aclaraciones. Entre ellas, y extraído del Libro de los Espíritus, traigo a colación el siguiente texto: “Contiene los principios de la doctrina espírita sobre la inmortalidad del alma, la naturaleza de los espíritus y sus relaciones con los hombres, las leyes morales, la vida presente, la vida futura y el porvenir de la humanidad, según la enseñanza dada por los espíritus superiores con la ayuda de diversos médiums”.

De ahí, reseñaré la siguiente línea: “la naturaleza de los espíritus y sus relaciones con los hombres”, pues aunque despierta cierta curiosidad, cuando se inicia el estudio del espiritismo termina aparcada en el rincón del olvido, al sobreentenderse, como algo natural, que los espíritus estén lejos, apartados. No obstante, la realidad viene a demostrar lo contrario: que están ahí, muy cerca, próximos, que participan de nuestros actos cotidianos.

Sin embargo, analizada y comprendida la ley de vibración y afinidad, quiero recalcar la importancia que tiene para el género humano mantenerse en armonía con las leyes morales, resguardarse, ampararse en la ayuda de los espíritus superiores, de los ángeles cautelares, vibrando siempre en amor hacia el género humano, ayudando constantemente a todos los seres que buscan el bien.

Conviene saber que existe una enorme cantidad de seres rebeldes en el plano espiritual, entidades contrarias a la evolución y el bien generalizado. Su objetivo único es perjudicar, dañar, entorpecer el trabajo de aquellas personas comprometidas en las labores espirituales o que desarrollan labores humanitarias, labores de apoyo fraternal. ¡Influyen, y de qué modo! Nunca ha de olvidarse que la mente del hombre, el ser humano, es una emisora radiando y recibiendo constantemente pensamientos, ideas, sentimientos y emociones; que el ser humano atrae o llama −mediante pensamientos o emociones− a seres que vibran igual que él, que tienen su mismo tono vital.

En igual medida que por simpatía u objetivos, propósitos y aficiones, el ser humano se une a otro, compartiendo sentimientos comunes, el individuo atrae a aquellos espíritus que comparten sentimientos análogos, sean de índole altruista, maliciosos o dañinos.

Con buenas inclinaciones, voluntad y fuertes deseos de aprendizaje y progreso, el ser humano lucha contra sus malas inclinaciones, genera una vibración específica que le protege de las malas influencias. Atrae, en paralelo, a seres elevados que le ayudarán en la toma de decisiones. Hermanos mayores que le ayudarán a escoger el camino del bien común, la superación de los defectos, el trabajo contra las deficiencias de comportamiento y carácter. Cuando el ánimo desfallece, un simple recordatorio, una simple petición desencadenará su ayuda, esa ayuda necesaria en los momentos difíciles.

Pero si no se busca esa sintonía, llegarán espíritus de baja condición, espíritus de vibración análoga a los pensamientos y sentimientos negativos generados por el individuo desarmonizado. Si medra la comodidad, la pereza, el egoísmo, tales defectos reforzarán las decisiones; producirán los medios para que triunfe la actitud negativa. Y si alguien pone la voz en alto por esa mala actuación, por esa falta de responsabilidad, esa mente estará ya condicionada para repeler cualquier pensamiento que busque rectificación, reajuste, el rechazo a las intuiciones de los hermanos mayores. Esos espíritus superiores, esos hermanos elevados, ayudan a los humanos a superarse,  a vencer las pruebas que llegan. Les inducen al trabajo, a buscar mayores y mejores experiencias de vida; vivencias que son oportunidades únicas para el desarrollo personal. Mientras tanto, las entidades negativas, aquellas que buscan la involución del género humano, luchan para estancar al individuo, para explotar sus debilidades, sus vicios, sus pasiones. Huelga decir que también buscan utilizar sus cuerpos físicos para obtener satisfacciones que ya no pueden alcanzar, al carecer de un cuerpo físico.

Esos hermanos inferiores influyen en las personas, especialmente en aquellas con quienes comparten deudas pasadas, con aquellas que continúan ligadas por lazos invisibles, por la ley de causa y efecto. Les obsesionan, les subyugan, les fuerzan a realizar desatinos, incluso les imbuyen al suicidio. Es la ley de afinidad que atrae al semejante, que lo imanta; que une a quienes comparten ideas y pensamientos ruines. Mientras tanto, el amor une… con lazos generosos.

Por todo ello, amables lectores, os ruego toméis conciencia de la gravedad de esta problemática. Os pido, amables lectores, vigiléis vuestros pensamientos y deseos, esas fuerzas poderosas que inciden en la psique humana. Os pido rechacéis los sentimientos ruines, las envidias, los rencores, las malas opiniones sobre quien os desagrada. Os pido disculpéis a toda persona que os ofenda o hiera, que os falte al respeto. Os pido no avivéis la llama del rencor, os pido disculpéis a vuestros deudores, a vuestros contrarios, a vuestros enemigos. Ellos ignoran lo que hacen; ignoran el daño que generan sobre… ¡ellos mismos! Lo hacen por su propio atraso evolutivo, por su ignorancia respecto a los mecanismos de las leyes superiores. ¡Perdonad… siempre!

Si el hombre pudiese contemplar la entidades que atrae cuando piensa egoístamente, cuando se deja llevar por la codicia, la envidia, el odio y el rencor más abyecto, o cuando la comodidad y la molicie imponen su ley, ¡se asombraría! ¡Se asustaría, incluso!, al contemplar esas formas desfiguradas, estigmatizadas por los vicios… cambiaría de actitud, depondría sus actos.

Y tengamos la certeza de que en todo momento −si no estamos vigilantes− nos acompañan enemigos invisibles, buscando paralizar los esfuerzos de progreso, nuestros deseos de aprendizaje, de convivencia. Ellos buscarán nuestra desarmonía interior, el enfrentamiento, la discusión inútil con aquellos que compartimos nuestros ideales y objetivos; incluso con nuestra familia, intentarán romperla. Toda persona dedicada al bien común, a los conocimientos espiritualistas, a la divulgación de las verdades cósmicas, todas ellas son su blanco predilecto. Por tanto, mucha vigilancia, mucha observancia de las propias actitudes, de los pensamientos y de los deseos, el portal por donde entrarán desaforados si les abrimos las puertas.

Ley de vibración y afinidad: Los semejantes se atraen por:

Fermín Hernández Hernández

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

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