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EL ODIO

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El odio

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«El amor es sabio, el odio es tonto»

Bertrand Rusell- Filósofo S. XX

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En la noche de los tiempos se ilustra con claridad y nitidez que el odio entre los hombres, los pueblos y las sociedades, ha conducido a la barbarie de la muerte, la guerra y el sufrimiento a miles de millones de seres que han habitado este planeta desde que el homo sapiens lo reclamó para sí como la especie dominante del mismo.

El odio no es sólo un sentimiento de repulsión, aversión o enemistad para con otros, es igualmente lo contrario del amor, de la concordia y de la paz. Se argumenta con frecuencia y con acierto, que la persona que odia, no sólo sufre un estado mental perturbador y perjudicial; es sabido también que como expresa el dicho popular: «el amor une y el odio imanta»; proporcionando este último al hombre una fuerza que domina su mente y que deriva en una desarmonía psíquica mortificante.

Actualmente, con las investigaciones de la ciencia moderna de la psico-neuroinmunología y de la biología evolutiva, está más que demostrado el enorme deterioro que esta perniciosa emoción supone para la salud; al perturbar el equilibrio celular de nuestro cuerpo, por causa de la liberación de sustancias (cortisol, adrenalina, etc.) que nuestro cerebro secreta al torrente sanguíneo como consecuencia de las alteraciones que esta emoción perturbadora origina en las neuronas.

«La mente, las emociones y el cuerpo están comunicados. Cuando hay ira u odio se liberan hormonas y sustancias como adrenalinacortisol, prolactina; mientras más tiempo se secretan en el organismo más daño sufre el sistema inmunológico y el organismo es más susceptible » Dr. Robert Ader

Algunas de las consecuencias físicas del odio son el deterioro celular; el envejecimiento de las células de nuestro organismo que se acelera con rapidez, el sistema inmunológico se debilita, los órganos enferman y antes o después aparecen los síntomas de diversas patologías, que, unas veces se tornan esporádicas, pero si seguimos odiando, pueden convertirse en crónicas y llevar incluso a la muerte del individuo.

Tal es la fuerza de nuestros pensamientos y emociones que, el odio es, sin lugar a duda, una de las emociones destructivas más evidentes.

Además de los perjuicios fisiológicos ya explicados y confirmados por la ciencia, hemos de ahondar en las repercusiones psicológicas que el odio produce en las personas que odian.

Entre estas últimas, sin duda una de las más importantes, es la «incapacidad de perdonar»; en el sustrato e inicio de una actitud de odio siempre se encuentra un concepto equivocado de la justicia, hay personas incapaces de ejercer el perdón, y ante cualquier agravio odian y no descansan hasta que obtienen «su venganza». Quien ama y perdona se engrandece; quien odia se empequeñece.

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«Si mis enemigos supiesen el daño que se hacen odiándome, no me odiarían»

Anónimo

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Esta incapacidad, esta merma psicológica de tolerar el error humano y comprender la necesidad que todos tenemos de que se nos perdonen los errores cometidos, genera una obsesión mental, una adicción continua de pensamientos negativos hacia la persona objeto de nuestro odio.

Y estos pensamientos negativos persistentes y continuos producen un desequilibrio mental y cognitivo importante que deriva en patologías mentales graves como la esquizofrenia, la epilepsia y la ansiedad esquizoide; esta última les aparta de las relaciones de afecto y amistad, les vuelve fríos y poco empáticos con sus semejantes, viviendo únicamente para el objetivo personal de su odio: su venganza; y convirtiéndose en seres insensibles al sufrimiento ajeno.

La obsesión de esos pensamientos y sentimientos negativos; unida al hecho de que estos son fuerzas y energías que vibran en determinada sintonía y son capaces de afectar y perjudicar a la persona odiada, nos lleva a analizar las repercusiones espirituales del odio.

Hemos vistos los perjuicios físicos y psicológicos que el odio tiene para nuestra salud; analicemos ahora los espirituales. Como hemos analizado los sentimientos de odio son una fuerza-vibración dañinos hacia quienes se dirigen; pero actúan también contra el mismo que los emite. El que odia se envuelve cada vez más en esta red de vibraciones y fuerzas negativas y desequilibrantes que le atormentarán permanentemente.

Por ley de afinidad y sintonía vibratoria sabemos que «el semejante atrae al semejante» este hecho colabora también en perjuicio notable para el que odia, pues atrae con sus pensamientos de odio energías de la misma frecuencia y vibración producida por mentes desencarnadas; espíritus de baja condición que se imantarán a él por afinidad perjudicandole, obstaculizándose, alentándole a seguir odiando, a pesar de los males que pueda experimentar.

Aquel que odia no puede tener paz interior; ni en su mente ni en su alma. Otra de las graves repercusiones del odio es la siembra negativa que hacemos para con nuestro futuro. Siempre «recogemos lo que sembramos»; y en el futuro inmediato (esta misma vida) o sucesivo (vidas posteriores) recogeremos el odio que sembramos en nosotros mismos, siendo víctimas de nuestros propios errores, pues la justicia divina, a través de las leyes de causa y efecto nos devolverá todo lo realizado.

Sembrar un futuro negativo, infeliz, sufriente y desdichado, hará que el dolor llegue de forma violenta a nuestras vidas; depurando con ello todo el mal que nuestro odio ha originado en el pasado. Enfermedades, accidentes graves, dramas familiares, taras físicas y psicológicas, pérdidas traumáticas de seres queridos, etc.. serán algunas de las consecuencias que nuestro odio tendrá que afrontar en el futuro, restando paz y serenidad a nuestra alma y condenando a nuestro espíritu a experiencias de dolor durante tiempo.

El antídoto del odio es el amor; y dentro de este, el perdón. Somos los primeros interesados en perdonar de corazón, con ello ganaremos salud física, mental y psicológica en el presente y un futuro espiritual dichoso, en paz y armonía con nosotros mismos. El maestro Jesús lo explica con su sabiduría de psicoterapeuta superior en esta frase:

«Amad a vuestros enemigos»

Con esta actitud, no sólo nos comportamos adecuadamente con arreglo a las leyes divinas, evitando las repercusiones dolorosas del odio en la vida física y espiritual, sino que rompemos el poder que quieran ejercer sobre nosotros aquellos que nos odian; pues al devolver bien por mal, nuestros pensamientos y sentimientos de perdón contrarrestan aquellos de odio que nos dirigen.

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«El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor.»

Buda

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Antonio Lledó Flor

©2016, Amor paz y caridad

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«El odio siempre mata, el amor nunca muere» Gandhi

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CONCLUSIONES EDUCACIÓN MEDIUMNICA 2

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Conclusiones educación mediumnica 2

La mediumnidad es todo un símbolo de la grandeza espiritual de Dios; cuando ésta se realiza con dignidad, cuando se alcanzan los objetivos que tiene establecidos, la grandeza de Dios suele brillar con luz propia, pues entonces se dan los hechos más prodigiosos y los imposibles se solucionan de forma maravillosa. Es lo que en otras épocas se ha denominado como milagros, pero la comprensión de las leyes que rigen la mediumnidad nos indican que los milagros no existen; sólo es la intervención divina manifestada a través de un intermediario fiel, fidedigno, capaz de transmitir la fuerza divina a los planos del mundo material.

Es todo un fenómeno de luz y de claridad de conciencia para el hombre. Sabido es que, la escasa evolución de la humanidad necesita de vez en cuando de “prodigios” para que las conciencias despierten a la realidad espiritual. Para que abandonemos el materialismo egoísta que nos inunda y nos interesemos por nuestro propio adelanto evolutivo. Este es uno de los más importantes objetivos de la mediumnidad: DESPERTAR LAS CONCIENCIAS DE LOS HOMBRES A SU AUTÉNTICA REALIDAD ESPIRITUAL.

La mediumnidad es pues un instrumento que Dios pone a nuestra disposición para que logremos adelantar en nuestro camino hacia Él; pero al mismo tiempo, para que, con ella, podamos enseñar a nuestros semejantes el camino a seguir. Sería repetitivo mencionar lo que en otras ocasiones hemos señalado como bases espirituales en el comportamiento del médium, baste decir que: un médium que realice esfuerzos diarios por su mejoramiento moral siempre estará asistido por entidades de bien y de una u otra forma conseguirá los objetivos que se ha propuesto espiritualmente.

La responsabilidad del médium es tan importante que, todo aquél que posea una facultad, lejos de rechazarla, debe interesarse por ella, pues, los beneficios espirituales que puede lograr son extraordinarios tanto para él como para los que le rodean.

Cuanto tengamos dudas acerca de cómo hemos de enfrentar un problema que la mediumnidad nos presenta, debemos recurrir siempre al conocimiento que de ella nos proporciona el espiritismo; y si a pesar de ello, la cuestión es tan personal que nadie nos puede orientar, antes de tomar una decisión tomemos como modelo aquellas facultades que han marcado rumbos durante su existencia en la tierra; aquellos espíritus de luz y evolución moral que supieron llevar sus facultades con tanta dignidad y beneficio hacia el prójimo que han sido ejemplos vivos de la grandiosidad divina.

Preguntémonos entonces de qué forma estos espíritus solucionarían el problema, cuál sería su comportamiento y su actuación e intentemos imitarles en lo posible.

Tampoco hemos de olvidar que, UNA MEDIUMNIDAD ES UN COMPROMISO DE DOBLE DIRECCIÓN: EL QUE SE ESTABLECE ANTES DE ENCARNAR ENTRE EL ESPÍRITU PROTECTOR Y EL ENCARNADO. Si nosotros actuamos correctamente hemos de tener la completa seguridad de que la protección también lo hará; no obstante siempre las protecciones son superiores en evolución a los encarnados. Sin embargo, si no llevamos bien nuestra facultad, podemos llevarnos la gran sorpresa al desencarnar, pues es posible que nuestra protección haya cumplido con creces su compromiso mientras que nosotros hayamos equivocado nuestro rumbo.

Para finalizar con esta sección, debiéramos manifestar que nuestra intención en todo momento ha sido la de aclarar aquellos conceptos que no estuvieran del todo diáfanos para las facultades, orientando a las mediumnidades a que busquen siempre el estudio, la instrucción, que no se dejen llevar por su impulsos ni por las tendencias fantasiosas que todavía abundan a nivel popular. Es éste un tema muy serio, de gran importancia para el desarrollo y evolución del espíritu que posee una facultad.

Nos atrevemos a decir que, el buen ejercicio de una facultad mediúmnica es sin duda el objetivo primordial de la persona que la posee espiritualmente hablando, pues no debemos olvidar que, a la tierra se viene principalmente a progresar espiritualmente, a avanzar en el camino de la evolución de nuestra conciencia.

Así pues, LA EDUCACIÓN MEDIÚMNICA DEBE SER EL OBJETIVO IMPRESCINDIBLE DE TODA FACULTAD, pues a través de ella encontraremos el auténtico sentido a nuestra vida; el cumplimiento de la misión que hemos venido a realizar y lo más importante: conseguiremos agradar y agradecer a Dios con nuestras obras la gran oportunidad de progreso que nos ha concedido.

Conclusiones educación mediumnica 2:   Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

LA MEMORIA

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La memoria

 «Función cerebral que permite al organismo, almacenar y recordar el pasado»

Esta es la definición biológica de lo que es la memoria; no obstante otras definiciones de memoria aluden a la «facultad psíquica» por medio de la cual recuperamos información del pasado.

Sin duda la memoria viene asociada al aprendizaje y a la capacidad de retener experiencias pasadas, sea de forma consciente o subconsciente. Por ello se habla de diferentes tipos de memoria; la memoria a corto plazo, la de largo plazo, la memoria subconsciente e incluso la memoria extra-cerebral. Además de asociada al aprendizaje, se identifica a la memoria a menudo con «los recuerdos» que una persona pueda tener en un momento dado. En este sentido Platón, cuatro siglos antes de Cristo, decía con gran sabiduría:

«Aprender es recordar lo que ya se sabe»

El avance de la biología evolutiva y de la psicología cognitiva han explicado los procesos cerebrales y psíquicos según se procesa, almacena y recuerda la memoria; así como también algunos trastornos y patologías que se producen sobre ella.

No obstante en este campo todavía la ciencia está en la niñez de las investigaciones; prueba de ello es la terrorífica enfermedad neuro-degenerativa del alzheimer que no tiene cura; y se caracteriza precisamente por la pérdida de los recuerdos y de la memoria; algo que, con el tiempo, lleva aparejada la pérdida también de funciones fisiológicas y el deterioro de los órganos físicos como consecuencia del mal funcionamiento del cerebro.

Si tenemos que escoger sobre que tiene más peso, en el proceso de la memoria del ser humano, entre la definición biológica y la psicológica, nos decantamos por esta última. Pues las conexiones neuronales (sinapsis), explican una parte muy pequeña del funcionamiento cerebral en el que se ve implicada la memoria.

Sin duda es más coherente el planteamiento psicológico, al definir la memoria como una «facultad de la psique (alma)». Las últimas investigaciones de la neurociencia y neurología cognitiva demuestran que la mente puede modificarse y manipularse afectando al órgano biológico del cerebro y modificando su estructura; lo que lleva a la conclusión de que la mente está por encima del cerebro, y no al contrario, como se creía hasta hace unas pocas décadas.

«La memoria es el centinela del cerebro»
William Shakespeare (1564-1616) Escritor británico

Esto confirma que la mente inconsciente y la memoria que ella procesa, retiene y estimula, son procesos más psicológicos que biológicos. Hay muchos tipos de memoria, como hemos detallado arriba, pero hay muy pocas explicaciones coherentes sobre lo que se denomina como «Memoria Extra-cerebral»; y esta es el objeto principal de este artículo.

Esta última tiene que ver notablemente con multitud de procesos cognitivos que, sin explicación alguna desde el enfoque puramente materialista, se presentan a millones en todo el mundo. Algunos de esos procesos son los «estados alterados de conciencia», o los «recuerdos espontáneos de vidas anteriores», otros tienen que ver con el «deja Vu», otros con los «recuerdos de los niños» que de dos a siete años (etapa de desarrollo final del cerebro humano) tienen memoria de otras vidas, hechos probados por multitud de investigadores como el Dr. Ian Stvenson.

E incluso otro de los hechos que únicamente puede explicarse por la memoria extra-cerebral son las «terapias de Vidas Pasadas» (TVP) que con notable frecuencia utilizan médicos, psicólogos y neurólogos de reconocido prestigio (Ej.: Dr. Brian Weis) para conseguir sanar traumas y patologías cuyo origen se sitúa en vidas pasadas del sujeto.

Adentrándonos en la explicación trascendente; la memoria extra-cerebral no es más que los recuerdos que almacena el espíritu humano de sus experiencias vida tras vida, en el incesante recorrido del progreso evolutivo a través de diferentes cuerpos físicos en distintas épocas y etapas. Toda experiencia, positiva o negativa, desdichada o feliz pasa a formar parte del acervo de nuestra alma inmortal. Y aquellas situaciones emocionalmente muy fuertes tienden a marcar una «impronta psicológica» que acompañará al individuo a través del tiempo y el espacio, incluso durante varios siglos, en distintos cuerpos o distintas vidas.

Todo esto no hace más que confirmar; como otra de las pruebas evidentes, la inmortalidad del alma humana y su trayectoria evolutiva hacia nuevas capacidades intelectuales y morales que constituyen la base del progreso del ser humano. Como bien definía Carl Jung; se trata de ir abandonando «la sombra»: las tendencias primitivas arquetípicas de nuestro «ego» inferior, para ir trasmutándolas por el desarrollo del «self» (Esencia, Espíritu, Alma), alcanzando así la madurez psicológico-espiritual.

Hasta que la ciencia no se permita la investigación del ser humano bajo un aspecto integral: biológico, psico-social y espiritual; seguirá con la venda puesta, y sin poder explicar multitud de aspectos que acontecen no sólo en lo que hace referencia al funcionamiento del cerebro, sino a los fenómenos que acontecen con respecto a la conciencia, la memoria extra-cerebral y la mente humana.

En estas últimas décadas se observa, en todas las ramas de disciplinas científicas, un acercamiento permanente de la ciencia a la parte trascendente del ser humano; prueba de ello son las investigaciones de la Psicología Transpersonal, la Neurociencia afectiva, la Biología molecular, y la Genética.

Demos la bienvenida al cambio de rumbo; que como un mar inmenso, imparable y extraordinario, esta rompiendo los diques del exclusivismo científico y el dogma de la supina ignorancia, que algunos pseudo-científicos mantienen a toda costa negándose así mismos el esfuerzo de la búsqueda de la verdad, aferrados a su orgullo y arrogancia intelectual y negándose a investigar aquello que desconocen.

La memoria por:    Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

Sostengo que el reduccionismo científico rebaja de manera increíble el misterio de lo humano con su prometedor materialismo, con la pretensión de poder explicar todo cuanto sucede en el mundo espiritual por medio de patrones de actividad neuronal. Esta idea debe catalogarse como superstición. (…) Debemos reconocer que somos criaturas espirituales, dotadas de almas que moran en un mundo espiritual, así como seres materiales cuyos cuerpos y cerebros existen en un mundo material”

SIR JOHN ECCLES: (Neurofisiólogo Australiano – Premio Nobel en 1963)

CONCLUSIONES EDUCACIÓN MEDIUMNICA

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Conclusiones educación mediumnidad

Desde hace muchos meses, venimos desarrollando esta sección dedicada a la problemática concreta y específica de la mediumnidad. Es hora ya de que realicemos una breve síntesis de todo lo expuesto hasta la fecha; resaltando todo aquello que siempre ha de quedar en la mente y conducta del médium para el buen desarrollo de su facultad.

Durante este mes y el próximo explicaremos de forma breve aquellos conceptos ya mencionados anteriormente pero que a nuestro entender son básicos para el buen desenvolvimiento de cualquier facultad espiritual; con ello daremos por finalizada esta sección, deseando haya servido para conocimiento e instrucción de todos aquellos que, teniendo una facultad espiritual, desean alcanzar el conocimiento necesario para ejercerla con dignidad y en provecho de sus semejantes.

Conceptos tales como: ¿qué es un médium?, ¿para qué sirve?, ¿cuál es el sentido de la mediumnidad?, ¿qué responsabilidad tiene un médium?, ¿hay diversos tipos de mediumnidad?, ¿qué grado de veracidad me ofrecen las comunicaciones mediúmnicas?, ¿cómo se clasifican los médiums?, ¿es conveniente la instrucción del médium?, ¿qué peligros encierra la mediumnidad?, etc…, han sido debidamente expuestos y aclarados.

No obstante, es seguro que alguna que otra pregunta ha podido quedarse en el tintero; para ello, si algún lector así lo desea le rogamos no dude en escribirnos y muy gustosamente contestaremos por carta aquellas dudas que hayan podido suscitarse a raíz de todos estos artículos.

Una de las más importantes cuestiones que hemos pretendido al realizar esta sección, ha sido la de aclarar aquellos conceptos que por falta de información, ignorancia o falsas interpretaciones han hecho de la mediumnidad un tema tabú en nuestra sociedad española. Es lamentable que, el descrédito derivado por comportamientos fanáticos e ignorantes de algunas mediumnidades, logre implantar una opinión social negativa de la mediumnidad.

Trístemente, hemos de combatir estas falsedades y mistificaciones de algunos médiums, cuyos comportamientos han originado un rechazo social hacia el médium y por ende, debido a la ignorancia existente, hacia el espiritismo, que es la única filosofía que explica con claridad sus causas y consecuencias.

Todavía hoy, comenzando el siglo XXI; cuando hace ya más de siglo y medio de la aparición del espiritismo, la sociedad europea, y más concretamente la española, confunde y entremezcla conceptos tan dispares como mediumnidad y espiritismo. Nuestro trabajo ha ido dirigido a aclarar qué es cada cosa y para qué sirve; de esta forma hemos pretendido colocar todo en su sitio; y, si bien la mediumnidad no es más que un instrumento para conseguir un mayor progreso espiritual ayudando al prójimo, el espiritismo es toda una filosofía con un cuerpo doctrinario libre, ecléptico, amplio, con moral evangélica, con razonamientos científicos y con esperanzas renovadas para la redención humana.

Si a lo largo de todos los artículos realizados hemos sabido diferenciar ambos aspectos, habremos conseguido uno de nuestros objetivos; pues, no debemos olvidar que, en los tiempos que vivimos, la carencia de conocimientos espirituales que resistan el análisis del razonamiento más exigente son muchos, y el espiritismo posee la virtud de la que carecen otras filosofías: resiste con entereza el análisis racional, supera las barreras provocadas por los dogmatismos y los ritos religiosos, se sitúa por encima de las doctrinas científicas dedicadas al estudio del comportamiento del hombre, pues analiza a éste no sólo en su comportamiento emocional o psicológico sino también en el espiritual.

La carencia de valores humanos producida por diversas circunstancias; el retraso moral y evolutivo que vive nuestra sociedad actual y las taras sociales que nos toca vivir en este final de siglo, no son producto de la casualidad o el egoísmo de unos pocos.

El espiritismo nos aclara todo esto y además es la base de la comprensión de todos los problemas que acontecen con la mediumnidad. Si no existe un estudio del espiritismo la mediumnidad quedará huérfana de instrucción, salvo en el único caso de las facultades excepcionales que por evolución personal a lo largo de múltiples vidas, han alcanzado este conocimiento por su propio adelanto evolutivo. Lamentablemente, hoy día se pueden contar con los dedos de una mano las mediumnidades de este tipo en todo el mundo. Continuaremos pues este resumen para finalizarlo en el próximo capítulo.

Conclusiones educación mediumnica:  Antonio LLedó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

 

SOLIDARIDAD ESPIRITUAL

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Solidaridad espiritual

“El que no vive para servir, no sirve para vivir.”
Madre Teresa de Calcuta

Es cierto que ante las injusticias, las desigualdades, la miseria, la desgracia y la aflicción, el hombre sensible se siente solidario y, con frecuencia, colabora y ayuda para intentar mitigar el sufrimiento o el dolor que se presenta ante su vista. En un mundo injusto como el que vivimos, son frecuentes los acontecimientos y desgracias que ponen a prueba nuestra capacidad de ser solidarios.

La solidaridad implica la mayoría de las veces humanidad, empatía, caridad, fraternidad, etc. Es entonces cuando aflora lo mejor del ser humano y con ello se demuestra una vez más que, a pesar de los errores e imperfecciones de nuestra naturaleza humana, el sentimiento de aflicción ante la desgracia y el sufrimiento ajeno moviliza conciencias y remueve sentimientos y emociones que promueven la solidaridad humana.

No obstante, la intención no es explicar tanto la solidaridad humana, sino profundizar en la solidaridad espiritual. La que tiene lugar de alma a alma, de ser a ser, de hombre a hombre, del plano espiritual al físico y viceversa. Esta solidaridad espiritual no es más que la sublimación de la solidaridad humana en fraternidad. La solidaridad humana, material, tiene su continuidad más allá de la tumba; en el espacio. Y aquí adquiere una dimensión mayor, debido a los enormes recursos de los que dispone el espíritu cuando se ve libre de la cárcel que supone la materia.

Cuando el alma se libera de la carne, sus atributos nobles, caritativos y solidarios se expanden de forma exponencial; todas aquellas emociones y sensibilidades que posee nuestra alma, se ven acrecentadas con la fuerza del pensamiento libre; y la capacidad del amor al prójimo (solidaridad fraternal) aumenta extraordinariamente si ya lo tenemos conquistado en nuestro acervo espiritual.

La solidaridad tiene la base en la relación entre los seres humanos; y en el aspecto espiritual es algo que tiene lugar de forma permanente entre la población espiritual que conforma el aura del planeta tierra a partir de determinado grado de progreso y evolución moral.

«Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos»

Apuleyo – Escritor romano  S. II

Pero esta relación fraterna que la solidaridad proporciona, no se produce únicamente entre los espíritus que vibran en el bien en el plano del espacio, sino que se vuelca y se traslada permanentemente hacia la tierra; hacia los encarnados. Baste comprender la jerarquía espiritual, la cantidad de ocupaciones, responsabilidades y misiones que los espíritus nobles y generosos realizan en la tierra para darse cuenta de que en el auxilio, el consuelo, la inspiración y todo tipo de ayuda que practican para con los encarnados están desarrollando un alto grado de solidaridad espiritual; siendo un reflejo del amor que sienten por aquellos a quienes ayudan.

Es más; al igual que las experiencias en la carne, vida tras vida, son solidarias entre sí, también las relaciones de los espíritus con los seres encarnados son igualmente solidarias.

Espíritus hay; comprometidos unos con otros, que se proponen la ayuda mutua y el compromiso de asistencia entre los dos planos de la vida; el físico y el espiritual. De manera que, mientras uno reencarna para cumplir con una misión, el otro queda ayudándole desde el espacio para ayudarle a cumplir sus objetivos.

Esta situación puede desarrollarse igualmente a la inversa; pues cuando el encarnado traspasa el umbral de la muerte física, agradece la ayuda prestada por el espíritu desencarnado y este último puede proponer reencarnarse a fin de recibir la ayuda de aquel al que ayudó. Normalmente este caso obedece a espíritus o almas afines; que desde siglos vienen desarrollando y viviendo experiencias conjuntas; unas veces ambos espíritus en la materia como familiares, amigos, etc, y en otras ocasiones han desarrollado misiones o actividades de trabajo comunes en el espacio.

Cuando son varias las vidas y las relaciones entre los espíritus, se crean formas de pensar similares, maneras de actuar parecidas, y esa afinidad mental y de trabajo permite sobremanera la ayuda entre ambos. Pues no sólo las vidas son solidarias entre sí, sino también los afectos, los lazos de amor, el pensamiento del bien, la intención del progreso, etc. Y en estos casos no importa tanto si se está reencarnado o en el plano espiritual. La conexión es fácil, el campo mental está abonado, la actitud dispuesta y el nivel emotivo mediante el amor garantiza la correspondiente ayuda y solidaridad de uno para con el otro.

Esto no es más que un ejemplo de los muchos que podríamos explicar sobre la solidaridad espiritual. Mencionemos por ejemplo también, a los espíritus misioneros encargados de auxiliar a los espíritus que desencarnan en las catástrofes naturales o accidentes globales que se producen.

O a los espíritus especialistas en el rescate de los planos inferiores del astral de aquellos espíritus que solicitan ayuda para regenerarse espiritualmente después de una reencarnación delictuosa y que se ven sometidos al acoso de otros como ellos que pretenden cobrarse venganza mediante la esclavitud espiritual y mental a la que los someten en esos planos de vida inferior.

Y por qué no, especifiquemos aquí también a aquellos espíritus encargados de recoger y auxiliar a aquellos que desencarnan en la más absoluta de las soledades materiales. O a aquellos otros que colaboran con espíritus que fueron facultativos en la tierra para mitigar el dolor y sufrimiento moral y mental del que no pueden evadirse aquellos que desencarnan en penosas condiciones fruto de su malsana vida mental y emocional.

Son tantos los ejemplos de solidaridad espiritual que la solidaridad humana es apenas un pálido reflejo de aquello que se vuelca desde el plano espiritual al plano físico. Esto es otra prueba más de que la evolución y la iluminación del ser humano nunca puede acontecer en solitario; siéndole imprescindible no sólo la relación con sus semejantes, sino el compromiso con todos ellos para ayudarse, auxilliarse y confortarse en el árduo camino del progreso hacia la plenitud.

Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, Paz y Caridad

«El propósito de la vida humana es servir y mostrar compasión y voluntad de ayudar a los demás.»

Albert Schweitzer – Médico y Filósofo Alemán

TIEMPO Y ESPACIO

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Espacio y tiempo

Ambas, tiempo y espacio, son dimensiones físicas que desde la teoría de la relatividad de Albert Einstein permanecen invariablemente relacionadas y afectan a todos los «eventos físicos» del universo.

Remarcamos la característica de «físicos» debido a que; con el avance de la física cuántica y de partículas desde Einstein hasta aquí, son muchas las cuestiones sin resolver al respecto de las propiedades de la materia y la energía en sus elementos más primarios. Así pues, las dimensiones de los micro-universos que van descubriéndose, son cada vez más complejas y difíciles de interpretar, (Universos paralelos, Teoría de cuerdas, Sub-partículas atómicas, Interacción no local, Principio de Incertidumbre, etc..)

Observemos que en todo momento estamos hablando de dimensiones físicas, mientras que lo que nos interesa realmente explicar son otras dimensiones que existen igualmente, algunas de ellas probadas ya por la ciencia, como la importancia de la modificación de la materia en función de la conciencia del observador. En este caso, es el sujeto que observa el experimento cuántico, el que modifica el resultado del mismo si deja de observarlo.

«Mens agitat Molem» (La Mente mueve la Materia)
Virgilio -Poeta Latino S. I a.C.

Pues bien, si el tiempo y el espacio son susceptibles de modificación a través de la mente del individuo y de la conciencia del mismo, no debe en absoluto extrañarnos que estas dos dimensiones (espacio-tiempo) tengan también su expresión distinta y diferente en función del estado de conciencia del que la experimenta. Se llega así, perfectamente a comprender, que las dimensiones de espacio y tiempo son absolutamente relativas; son categorías que se adaptan dependiendo del observador.

Además, cuando se vive en un cuerpo físico percibimos el tiempo y el espacio de determinada forma en función de nuestros sentidos físicos. Pero cuando traspasamos el umbral de la muerte y pasamos al mundo espiritual, el tiempo y el espacio adquieren para el alma o conciencia del individuo características totalmente diferentes en cuanto a percepción, dimensión y formas de manifestación.

Pongamos algunos ejemplos; cuando tenemos un cuerpo físico solemos distinguir dos tipos de tiempo, el cronológico y el ontológico. El primero es aquel que inexorablemente marca el reloj marcando segundos, minutos, horas, días, semanas, años, etc. El segundo (ontológico) es la percepción interior del tiempo transcurrido: hay veces que esperando algo, una hora se nos hace eterna y en otras ocasiones un largo tiempo nos da la impresión de haber pasado con brevedad.

«El tiempo físico nos es extraño, mientras el tiempo interior es nosotros mismos.»

Alexis Carrel – Nobel de Fisiología 1912

La trascendencia espiritual del espacio-tiempo para el alma humana; para el ser inmortal que sobrevive a la muerte, es también relativa, directamente proporcional a su grado de adelanto y evolución espiritual. En la amplia jerarquía de los mundos, tanto físicos como espirituales, estas dimensiones son notablemente diversas y diferentes.

Otro ejemplo: el tiempo cronológico es relativo porque no es igual en ninguna parte del universo; pues en el caso de la tierra depende de la rotación de la misma alrededor del sol (365 días y 6 horas = Un año). Este hecho, exclusivo de la tierra, en otros planetas es radicalmente diferente.

En el aspecto espiritual del alma, a mayor adelanto, pasa a formar parte de estados elevados de conciencia y de planos superiores de luz y elevación donde el tiempo y el espacio apenas tienen efecto alguno sobre sus voluntades, pensamientos u acciones.

Siendo el pensamiento el vehículo del movimiento del espíritu, este alcanza una velocidad extraordinaria, y como ya han demostrado en física: «a velocidades cercanas a la luz el tiempo discurre más despacio y el espacio se contrae.» Y siendo la conciencia la esencia del alma humana; a mayor perfección y elevación espiritual, los cuerpos espirituales de los espíritus más avanzados son simplemente más sutiles, y su voluntad de manifestación, movimiento y acción es mucho mayor de lo que podamos imaginar.

Para estos espíritus adelantados, que han conquistado la iluminación mediante su propio esfuerzo, apenas existen barreras temporales, espaciales, gravitatorias, electromagnéticas, etc.. Son conocedores de la esencia espiritual del universo, se identifican con la obra divina, participan en la organización, proyección y elaboración del progreso de las humanidades en distintos planetas habitados. Para ellos no existen barreras temporales, físicas, psíquicas, de tiempo ni de espacio, de ninguna índole.

Así pues, confirmando la teoría de la relatividad, hemos de aseverar que también en el mundo del espíritu esta no sólo es relativa sino que apenas importa para el trabajo espiritual que las almas de los hombres realizan en esos planos. No siendo apenas un obstáculo para su trabajo y compromiso. A mayor evolución, más capacidad, más trabajo, más responsabilidad, más luz, más dicha y felicidad, más amor…..

“El Inconsciente no tiene tiempo. No hay problemas acerca del Tiempo en él. Parte de nuestra Psique no está en el tiempo ni en el espacio. Estos son solo una ilusión, Tiempo y Espacio, y así en parte de nuestra Psique el tiempo no cuenta para nada.”   Carl Gustav Jung – Médico Psiquiatra

En definitiva las dimensiones del espíritu inmortal no se ven en absoluto constreñidas por las dimensiones físicas que ahora comenzamos a comprender a través de la ciencia desde hace apenas un siglo. Pues, creado a imagen y semejanza de Dios, el espíritu humano posee en su naturaleza, en forma de germen, los atributos propios de la divinidad, que deberá ir conquistando con el transcurso de su evolución y grado de adelanto, a través de los mundos físicos y las esferas espirituales cuando supere con suficiencia la etapa de la reencarnación.

Nada ni nadie puede contener el espíritu iluminado, perfecto y evolucionado; las condiciones, la diversidad y las dimensiones de la materia no le afectan, pues es principalmente energía; y por ello nada le obstaculiza ni le impide llegar a donde se proponga.

Antonio Lledó

©2016, Amor, Paz y caridad

«El espíritu es como el viento, sopla donde quiere y oís su voz; pero nadie sabe de dónde viene ni a donde va.»

Jesús de Nazareth – Ev. San Juan Cap III

MARCANDO RUMBOS

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Marcando rumbos

El hombre, en su ilimitada capacidad de aprendizaje, necesita muchas veces de modelos o arquetipos que le sirvan como referencia para desarrollar bien su trabajo. Esto es frecuente en todos los ámbitos de la actividad humana; en la investigación más simple, en el desarrollo de la ciencia, las artes, la filosofía, etc..

Pues bien; en el campo mediúmnico que a nosotros nos toca estudiar, también es muy necesario y de gran ayuda poseer referencias válidas que nos ayuden a elegir el camino correcto dentro del desarrollo de una facultad. E incluso en el trabajo diario y cotidiano de esa mediumnidad.

Ejemplos de grandes facultades han existido muchos a lo largo de la historia; no obstante, algunos de ellos se nos aparecen como extremadamente difíciles de imitar por su grandeza espiritual; personajes tales como Jesús, Buda, Mahoma, Francisco de Asís, etc. Estos grandes espíritus, mensajeros de la divinidad para favorecer el progreso espiritual del hombre en la Tierra, han de servirnos más como ejemplo moral y de conducta. Mientras que, para el desenvolvimiento normal de nuestras mediumnidades, es preciso acogerse a ejemplos más cercanos; ejemplos que podamos tener a nuestro alcance, facultades conocidas que nos inspiren máxima confianza al conocer su trayectoria de progreso, desarrollo y evolución moral.

Estas facultades no son precisamente abundantes; antes al contrario escasean bastante, pero no por ello dejan de existir; tienen la gran misión de marcar el rumbo a muchas otras que vienen detrás, y en la gran mayoría de los casos son facultades de ayuda, espiritualmente avanzadas, que se han comprometido con muchos espíritus con el fin de ayudarlos a través de su ejemplo y sacrificio.

Si en nuestro entorno hemos tenido la facilidad de encontrarnos con alguno de estos ejemplos, deberemos dar gracias a lo alto por la oportunidad que nos han brindado; pues no es fácil gozar de un modelo tan certero que te indique con su ejemplo el camino a seguir; el rumbo que hemos de tomar en estas circunstancias tan difíciles, como son las de una humanidad materializada donde al trabajo del mundo espiritual apenas se le concede la importancia que merece.

Estas facultades traen una misión de ayuda y sacrificio pero también de progreso, pues con su ejemplo, ayudan a progresar a otros muchos en sus facultades y esto les ha de suponer enormes ventajas y beneficios espirituales el día de mañana. No debemos olvidar que, el espíritu humano no retrocede en su progreso y que lo que aprende, lo consolida existencia tras existencia; es por ello que la gran mayoría de estas facultades de ayuda, además de su propio progreso ganarán el respeto, el cariño y la admiración de todos aquellos a los que han ayudado.

Este sentimiento de gratitud no durará únicamente unos pocos años sino que, esos espíritus que se han beneficiado de esa ayuda seguirán siendo agradecidos al ejemplo que se les ha ofrecido durante siglos. Cuando una facultad de ayuda viene a la Tierra para marcar el rumbo a muchas otras, se la reconoce por diversos aspectos; en primer lugar destaca su evolución moral, y dentro de ésta, especialmente la humildad y la pureza. Además de esto, dos de las cualidades principales que destacan en el ejercicio de su propia facultad son la discreción y la prudencia.

Sobresalientes en la capacidad de perdonar, ejemplifican con su vida cotidiana esta actitud; ayudando incansablemente a todo aquél que lo necesita; con un alto sentido de la justicia pero sin dejar de lado la caridad y la tolerancia, acompañada por la delicadeza en la corrección y señalamiento de las equivocaciones ajenas.

Si en todos estos aspectos mencionados ya nos indican cuál es el camino a seguir; en el desarrollo del amor altruista y la ausencia de egoísmo nos manifiestan la grandeza de su espíritu. La incansable actividad, y su deseo de aprender constantemente a través del estudio y la observación son también cualidades que, añadidas a las anteriores indican que nos encontramos ante un espíritu que ha venido a la tierra con una misión muy especial.

Y por último, si a todo esto le añadimos la capacidad de sacrificio personal en beneficio de su prójimo y del bienestar ajeno, nos encontramos con un espíritu de avanzado nivel que nos está mostrando, a través de sus gestos, palabras, pensamientos, sentimientos, actitudes y trabajos, cuál es el rumbo a seguir para alcanzar el progreso espiritual más rápido.

Si además de todas estas cualidades personales, nos encontramos con una facultad instruida y con altos conocimientos espirituales; podremos decir que tenemos la mejor guía, el mejor camino, el rumbo certero que nos conduce a través de su ejemplo a la auténtica consecución de nuestras metas espirituales.

Si en alguna ocasión hemos conocido o conocemos facultades con estas características, no desaprovechemos el tiempo ni la oportunidad que Dios pone en nuestro camino; aprendamos de ellas, imitemos en lo posible sus comportamientos espirituales, corrijamos todas aquellas actitudes, comportamientos o pensamientos que no estén acordes con el rumbo que ellas marcan.

El hombre necesita de luz en su camino; desgraciadamente muy pocas veces a lo largo de nuestras vidas somos capaces de encontrar esa luz que nos indica el camino; es por ello, que si hemos tenido la fortuna de encontrarla quizá no es casualidad, aprovechemos el momento, sigamos la estela de la luz que nos conduce hasta nuestro propio progreso espiritual.

A veces, limitados por nuestras propias imperfecciones, las tendencias negativas que aún animan nuestro interior y que proceden del pasado, intentarán hacerse fuertes en nosotros para que no abandonemos la comodidad material que nos suponen; pero si tenemos claro que el objetivo de la vida humana es el progreso espiritual, no nos importará rechazar las tendencias de la materia para luchar con todas nuestras fuerzas por nuestro propio adelanto evolutivo; por nuestra propia redención moral y espiritual.

Cuando estos espíritus que MARCAN RUMBOS, se encuentran en el camino de los hombres, debemos admirarlos, respetarlos e imitarlos; no les idolatremos, aceptemos la ayuda que nos brindan con su ejemplo, y agradezcamos esa ayuda con nuestro propio esfuerzo intentando mejorar día a día; intentando avanzar en el camino que nos han propuesto.

Estos espíritus, maestros de la vida, nunca pasan desapercibidos, su obra siempre perdura, y aunque durante su estancia en la tierra los hombres no hayan sido capaces de reconocerlos, el tiempo cimentará su esfuerzo, y la semilla que siembran será esplendorosa y extraordinaria, fructificando en las conciencias de aquellos a los que ayudaron.

Marcando rumbos por: Antonio Lledó Flor

©2016, Amor paz y caridad

ALAS DE ANGEL

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Alas de angel
Fotografía de: Alice Popkorn

En la mitología de numerosos pueblos, culturas y religiones, tanto en oriente como occidente, aparecen seres iluminados y alados que representan la excelsitud, la elevación moral y su capacidad de ascensión a planos superiores de luz y claridad. En oriente son identificados como dioses; en occidente, y principalmente en base a la tradición cultural judeo-cristiana, se les denomina ángeles.

Con frecuencia aparecen con alas que representan la capacidad de su elevación hacia Dios. En la comprensión de las jerarquías espirituales(*) que pueblan las esferas superiores del plano espiritual, sabemos con certeza que las alas son el simbolismo de dos cualidades que distinguen a estos seres superiores espiritualmente hablando.

(*) «Existe una cadena de seres inteligentes que se remonta hasta una inteligencia última, Dios, que es el Universo mismo. Dios es igual al Universo.

Dr. Fred Hoyle (Matemático y Astrófísico)

Estas cualidades no son otras que la Sabiduría y el Amor. Hay quien, bajo el simbolismo que ambas representan, identifica ambas con las dos alas del ángel que elevan al espíritu humano hacia la divinidad por sus propios méritos. Nadie alcanza ese estado por arbitrariedad o capricho divino; el ángel del hoy fue, sin lugar a dudas, el salvaje del ayer, que, a través del esfuerzo propio y del progreso espiritual, fue conquistando etapas de pureza y perfección que a nosotros se nos antojan todavía imposibles.

La sabiduría no sólo es el más alto grado de conocimiento; sino el equilibrio perfecto entre razón e intuición, entre pensamiento y la emoción; la integración del cuerpo con el alma, la de la ciencia con la conciencia. Si hablamos de sabiduría espiritual, debemos añadir a lo anterior el conocimiento interno de uno mismo y externo de la auténtica realidad de la vida; pues nadie puede conocerse a sí mismo sino se reconoce como un espíritu en evolución, ya que la vida no sólo es material sino también espiritual.

De tal forma que aquel que adquiere la sabiduría de las cosas espirituales, ha debido con antelación, conocerse en profundidad y encaminar sus actos, pensamientos y sentimientos al principal objetivo del ser humano en la tierra: el progreso de su espíritu inmortal. Para ello dirige toda su energía al crecimiento espiritual, que se adquiere con el esfuerzo por mejorarse interiormente, dedicándose al bien, al trabajo y al servicio desinteresado; y alcanzando en cada existencia en la tierra nuevos niveles de elevación espiritual y perfeccionamiento moral.

Sin duda, los humanos, tendemos a confundir conocimiento y sabiduría, tanto es así que con frecuencia creemos que aquel que posee muchos conocimientos es muy sabio; y no siempre es así. También necesitamos paradigmas para reflejarnos en ellos y que nos sirvan como ejemplo a seguir. Uno de los mayores paradigmas de la sabiduría en la tierra fue, sin duda, el gran maestro y filósofo del siglo IV a. C.: Sócrates, que a la pregunta de si era el hombre más sabio de Grecia siempre respondía: «Solo sé que nada sé». Y cuando le interrogaban sobre la sabiduría, respondía así:

«El hombre sabio es el hombre virtuoso»

Esta es una de las «alas» de ángel: la sabiduría que viene acompañada de la virtud y la búsqueda de la perfección moral. La segunda de las alas del ángel es el amor; pero no hablamos aquí del amor humano, del amor sexual, del afecto, etc. Hablamos del «amor con mayúsculas»; aquella cualidad del alma que se identifica con el perdón, la entrega, el sacrificio por nuestros semejantes, la total renuncia al egoísmo y al odio.

Este amor superior, excelso, espiritual y superlativo, es el que conecta íntimamente al ser humano con su creador. Pues Dios es la mayor expresión del Amor; y nosotros, todos los seres humanos, tenemos un alma creada por el arquitecto supremo a su imagen y semejanza en cuanto a su esencia espiritual. En nuestro interior todos llevamos en germen el amor divino que vamos desarrollando conforme vamos progresando, purificando nuestro espíritu y elevándonos espiritualmente.

Es, sin duda la mayor expresión de Dios en el hombre, y también la forma más íntima de sentirlo, vivirlo y experimentarlo también en todo aquello que nos rodea. El mayor paradigma de la expresión del amor en la tierra es sin duda el maestro Jesús de Nazareth; un ángel encarnado, que, como la mayor expresión del amor divino conocido nunca en este planeta, supo dejar su huella para que todos sepamos el camino a recorrer para alcanzar la perfección, la dicha y la felicidad futura. El decía: «nadie va al Padre sino es a través de mí», confirmando que el camino a recorrer era intentar seguir su ejemplo de vida y renuncia personal. Y la mayor ley divina que vino a explicar fue aquella que resumió en esta frase:

«Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo»

Son esas dos alas: la sabiduría y el amor, los retos a conquistar por todo aquel que desea alcanzar la dicha y la felicidad presente y futura. Son los atributos del ser angélico; aquel que junto a estas dos alas dirige su acción y su pensamiento hacia el bien supremo, siempre guiado por el timón de una fe razonada, que impulsa sus principios morales hacia la elevación y el crecimiento espiritual de su propio ser inmortal.

Alas de angel por: Antonio Lledó Flor

©2016, Amor Paz y caridad

«El hombre es un ser medio entre las bestias y los ángeles»

San Agustín

EL MIEDO

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El miedo

Inicialmente el miedo está considerado como una de las emociones primarias del ser humano, al igual que la ira o el amor. Sin embargo, esta emoción, lejos de ser, en principio perniciosa como podemos suponer, ha jugado un protagonismo ineludible en la evolución biológico-psicológica y espiritual del ser humano.

Es esta emoción la que ha propiciado que el hombre haya desarrollado multitud de habilidades y actitudes, físicas y psicológicas, en la preservación de la especie humana a lo largo de millones de años, alertándonos de los peligros inminentes desde las primeras etapas de nuestra evolución como homo sapiens.

Bien es sabido que, según nos informan los psicólogos y biólogos evolutivos, esta emoción, nos permite estar en guardia, y, cuando sentimos miedo, angustia o estrés, las sustancias que segrega nuestro cerebro a través del torrente sanguíneo (adrenalina, serotonina, cortisol, etc.) modifican el ritmo cardiaco, la tensión arterial, la contracción de determinados músculos y nervios, a fin de facilitar el instinto de supervivencia, inherente en todas las especies.  Todo ello con el fin de mostrarnos alerta automáticamente ante cualquier agresión, riesgo o peligro que nuestra mente detecta.

«Todo recién nacido siente miedo cuando se lo separa de su madre; el grito y el miedo (al nacer en todos los mamíferos) van acompañados de una reacción de estrés que secreta unas hormonas que ayudan a dominar el miedo. Pueden parecer instintos innatos, pero no lo son, se trata de experiencias en el dominio del miedo y el estrés grabadas en el cerebro.»

Gerald Huther – Neurobiólogo

Pero el miedo tiene también su connotación negativa; pues cuando no es puntual como reacción ante un peligro, y sin embargo adquiere forma de hábito en nuestra mente, suele degenerar en un estado de ánimo perturbador que se traduce en pánico y/o angustia vital llevando a la persona a patologías mentales y enfermedades psicológicas de difícil curación.

En el análisis del miedo se especifican varias perspectivas: filosóficas, psicológicas, espirituales, biológicas, etc.. Hay quien dice que tenemos miedo a lo desconocido; y sin embargo, en análisis más profundos hay quien defiende que el miedo surge de la postura contraria: de aquello que nos es conocido, aquello con lo que nos identificamos, aquello que creemos que es de nuestra propiedad. En este último caso es el «miedo a perder» aquello que poseemos o con lo que nos identificamos: una creencia, un ser querido, una cuenta corriente, un prestigio social, etc.

Es cierto que lo desconocido crea prevención; pero no es menos cierto que, las personas excesivamente materializadas, que únicamente conceden valor a lo transitorio, «al tener en vez de al ser», sienten pánico cuando están en riesgo de perder aquello que consideran como propio y sin lo cual se sienten vacíos, desamparados, etc.

El miedo es pues un estado anímico que el alma humana experimenta; unas veces como consecuencia de la detección de un peligro que amenaza la supervivencia, otra como la sensación de la pérdida de cualquier cosa. El miedo a sentir dolor es algo también justificable y todo ello a pesar de que intentamos resguardarnos con multitud de recursos psicológicos (en el caso del dolor moral) y médicos (en el caso del dolor físico).

Pongamos un ejemplo: «ante la muerte de un hijo querido, puedo recurrir a mi creencia en la reencarnación para evitar más sufrimiento psicológico.» Esto nos hace ver la importancia del conocimiento en todas las áreas de la conducta y de la vida humana. Pero sobre todo, nos pone en evidencia la importancia de conocer las leyes que rigen la vida espiritual para encontrar en ellas las respuestas y el consuelo a las aflicciones que rigen nuestra vida.

La moderna psicología nos indica que la comprensión y aceptación del sufrimiento inevitable; así como la adaptación frente a una perturbación o situación adversa, permite al ser humano sobrellevar el dolor de forma digna, eliminando la angustia y fortaleciendo nuestro carácter ante las desgracias de la vida; a esto lo denominan «resiliencia».

Pero la comprensión de las leyes espirituales y el origen de los sufrimientos y expiaciones que la vida nos presenta, amplia el concepto psicológico y nos presenta el sentido de la Justicia Divina, completando así el círculo con el entendimiento del porqué ocurren las cosas, comprendiendo definitivamente que el origen del dolor en la vida actual se encuentra en las causas delictuosas, generadas por nosotros mismos en el pasado; en vidas anteriores y que hemos de rescatar como deudas en nuestra contabilidad moral negativa.

Por ello es tan importante, a la hora de valorar y experimentar el miedo; comprender porqué ocurren las cosas, pues nada ocurre por azar, todo tiene una causa y un efecto. Entendiendo esto en profundidad, el miedo psicológico desaparece, ya deja de paralizarnos, no presenta más su cara desagradable. Y aunque el miedo físico, ante un riesgo que amenace nuestra integridad física va a seguir existiendo, este es algo puntual que surge cuando se produce únicamente una circunstancia de este tipo.

El miedo paralizante es el psicológico; y cuando se entienden las causas del dolor, del sufrimiento, las consecuencias y circunstancias evolutivas del espíritu humano es cuando nos rearmamos de fortaleza interior para comprender que el azar o el acaso no juegan ningún papel en nuestras vidas, y que todo tiene un porqué y un para qué.

Es preciso comprender la sabiduría y la perfección de las leyes que rigen el destino del hombre, su libre albedrío, la responsabilidad que tienen sobre sus propios actos felices o desdichados. Debemos entender que no existe, ni debe existir miedo, incertidumbre ni duda cuando estamos convencidos de nuestra inmortalidad como seres espirituales eternos.

El miedo se combate firmemente con la comprensión de nuestra realidad, aquella que tiene que ver con la esencia de lo que somos, del porqué estamos aquí y la esperanza en un futuro mejor, siempre al alcance de nuestra propia mano; pues somos, cada uno de nosotros los forjadores de nuestro propio destino.

«Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos.»

 Marie Curie (1867-1934) Física francesa  y Premio Nobel de Física

Así pues, esta emoción perturbadora en lo psicológico, va dejando paso a la seguridad, la esperanza, el optimismo y la fe en el mañana en la misma medida en que nuestros principios espirituales se consolidan dentro de nosotros como auténticas convicciones (no sólo creencias).

En la nueva psicología positiva, la esperanza en el futuro con que la convicción de la inmortalidad fortalece al hombre, se convierte así en la palanca y motor de una mayor felicidad del ser humano aquí y ahora, consiguiendo desactivar el miedo paralizante de la ignorancia y la nada.

Traducido a términos espirituales viene a ser lo siguiente: la fe razonada en nuestra inmortalidad, el reencuentro después de la muerte con nuestros seres queridos; la confianza en una causa primera e inteligencia suprema (Dios) creador del universo, justo y bueno, que otorga a cada cual según sus obras y que nos permite rectificar una y otra vez nuestros errores a través de las diversas existencias en las que aparecemos en la tierra, permite así nuestra iluminación interior y el crecimiento espiritual que nos lleva a la plenitud y por ende a la felicidad y la perfección.

Ante esto no existe ni puede existir miedo alguno; sólo confianza, fe, gratitud, esperanza y amor por la vida, sea bueno o malo lo que ésta nos presenta; en la seguridad de que en todo ello existe un trasfondo que, bien comprendido y razonado, nos permitirá crecer interiormente y fortalecer nuestra alma, cumpliendo con aquello que nos ha traído hasta aquí.

El miedo por: Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

«Muchos no creen en nada, pero temen a todo«

Friedrich Hebbel (1813-1863) Poeta y dramaturgo alemán

FUERZA Y ENERGÍA

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Fuerza y energía

El amplio concepto que abarcan estas dos palabras se ve modificado en función de cómo sean empleadas y bajo qué contexto se utilicen. Tanto es así que aquí las vamos a desarrollar en una aspecto meramente espiritual y bajo un prisma concreto: la fuerza humana y la energía espiritual.

Cuando hablamos de fuerza humana nos estamos refiriendo a aquella potencia que posee el hombre para realizar determinadas actividades. Si éstas son de carácter espiritual la fuerza humana será mayor o menor según sea la voluntad que pongamos en ella.

En el aspecto concreto de la mediumnidad, la fuerza del médium viene dada por el grado de voluntad que éste pone en movimiento a la hora de pensar, sentir o actuar. Cuanto mayor es la fuerza de voluntad que imprimimos a nuestros actos, la fuerza que de ellos se deriva es igualmente más grande y viceversa.

La fuerza que liberamos a la hora de pensar es de gran ayuda para los demás si lleva aparejada sentimientos de bien y de ayuda al prójimo. Esta fuerza positiva que muchas veces el médium envía al espacio solicitando ayuda, se convierte en energía y posee innumerables ventajas y beneficios si la intención y el deseo de bien es el sentimiento que la ha provocado.

Así pues, el médium carece de energía, lo que posee es fuerza para orar y fuerza para amar; cuando estas últimas se ponen en movimiento con auténtico deseo fraterno de ayudar al prójimo, ese pensamiento se convierte en energía al llegar al espacio, y allí, es recogido por entidades espirituales de bien que utilizan esa energía para ayudar al destinatario de la petición.

Este es el mecanismo esencial de la oración sentida y realizada, oración de la que hablamos en un artículo anterior, pero que era preciso ampliar su contenido para explicar pormenorizadamente el funcionamiento de esta importante herramienta de trabajo para el médium.

Al igual que ocurre con los pensamientos y sentimientos de bien, ocurre con los sentimientos de odio y negativos. Cuando se utiliza la fuerza humana para desear el mal a otros, esos pensamientos se convierten en una energía en el espacio que atrae entidades de baja condición que pueden potenciarlos y perjudicar sobremanera al destinatario de ese mal pensamiento.

Es por ello que, muchas veces una sola persona pensando negativamente puede perjudicar a muchas si se lo propone, ya que su fuerza de pensamiento se convierte en energía negativa y ésta es aprovechada por otras entidades que utilizan esa energía para perjudicar a muchas personas.

Esto es utilizado por muchas facultades mal orientadas, que dedican su actividad al mal y que por ello tendrán una gravísima responsabilidad el día de mañana; debiendo pagar por ello y responder ante las leyes de Dios por su nefasto comportamiento como médiums.

Así pues, el médium tiene innumerables ventajas si sabe utilizar su facultad convenientemente. Puede progresar enormemente ayudando a otros de forma anónima y altruista, y puede además tener la confianza y la seguridad de que su esfuerzo no es en vano, que redunda en un beneficio inmediato para todos aquellos a los que ayuda.

Es pues necesario distinguir entre fuerza y energía; la primera es propia de los seres encarnados, médiums o no; la segunda es exclusiva de las entidades espirituales y sólo ellos pueden manejarla convenientemente.

Es preciso tener claro este concepto, pues con frecuencia se oye a muchos médiums proclamar que poseen una gran energía para hacer “esto» o “aquello”. Nada más lejos de la realidad; ninguna materia encarnada posee energía espiritual que puedan dominar a voluntad; se posee la voluntad, la fuerza para pensar, sentir y amar y con ello podemos conseguir que nuestros pensamientos se conviertan en energía cuando llegan al espacio y son recogidos por las entidades espirituales de bien.

De aquí se deduce, como indicábamos en el artículo dedicado a la oración, la importancia de la misma como herramienta de trabajo y perfeccionamiento del médium.

Fuerza y energía por:  Antonio Lledó Flor

©2016, Amor paz y caridad

“La oración es el acto omnipotente que pone las fuerzas del cielo a disposición de los hombres.” Lacordaire

PERSEVERANCIA, ATENCIÓN Y DETERMINACIÓN

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Perseverancia, atención y determinación.

La editorial del mes pasado estaba dedicada fundamentalmente a dos conceptos imprescindibles y necesarios para todos aquellos que desean buscar la felicidad interior y el progreso aquí en la tierra. Nos referíamos a la importancia del conocimiento de uno mismo por un lado; y por otro explicábamos que la dicha y la felicidad, presente y futura, depende exclusivamente de un aspecto: el grado de perfeccionamiento moral.

Detallábamos como un axioma ineludible que el sufrimiento es directamente proporcional al grado de imperfección de nuestra alma; tanto es así que esta regla universal no sólo nos afecta aquí en la tierra, sino fundamentalmente cuando traspasamos la línea de la muerte biológica y accedemos a la vida espiritual.

A mayor perfeccionamiento moral; a menor egoísmo, envidia, concupiscencia, materialismo, etc.. nuestro espíritu es capaz de elevar su frecuencia vibratoria y atraer permanentemente pensamientos, sentimientos y acciones afines. Esto es pura ciencia; en el sentido de que nuestros pensamientos y acciones son energías que vibran en determinadas frecuencia de onda, y que por afinidad conectan con otras que les son similares. El cultivo de pensamientos de bien y sentimientos ennoblecedores, modifica nuestro paisaje mental; y como ya están demostrando los neurólogos y psicólogos, del control y orden de nuestros pensamientos y emociones dependen no sólo nuestra salud psicológica sino también el bienestar físico y mental.

Lo mismo sirve a la hora de sintonizar con otras entidades del mismo registro vibratorio que se encuentran en el plano espiritual; con ello, somos asistidos, auxiliados y protegidos si nuestra condición moral vibra en el bien, mientras que nos vemos rodeados de perturbación si nuestros pensamientos y acciones viven enfrascados en las adicciones materiales, las pasiones, los vicios o los defectos que nos imantan al materialismo embrutecedor.

Una vez comprendida esta realidad, que se presenta de forma automática en nuestras vidas, es preciso comprender cuál sería la mejor actitud psicológica para enfrentar el conocimiento personal y nuestra reforma interior. Y en este sentido hemos de mencionar algunas herramientas, a disposición de todo ser humano, que nos ayudan mucho en este trabajo tan arduo (el más difícil que existe) como es el conocimiento de nosotros mismos.

Con frecuencia, todos aquellos que anhelamos superarnos moralmente y crecer espiritualmente, solemos afligirnos al comprobar que cometemos errores de la misma naturaleza una y otra vez. En este sentido nos hacemos conscientes de nuestra propia imperfección y de lo difícil que es esta labor. No obstante en este sentido lo importante es «darse cuenta». Es este darse cuenta, lo que nos faculta para estar sobre aviso la próxima vez; a fin de que llegado el momento tomemos el control de la situación y tengamos la reacción precisa que nos ayude a superar el error reincidente.

En este eterno camino de búsqueda de la perfección interior y del conocimiento de uno mismo, son muy importantes la perseverancia, la atención y la determinación (voluntad). Es beneficioso perseverar en nuestra actitud de cambio hacia el bien; a pesar de que la comprensión de nuestra naturaleza imperfecta  intente abatirnos el ánimo y llevarnos a la depresión, e incluso  a la equivocada idea que a veces alimentamos: «no puedo cambiar». Todo cambia en el universo; todo se transforma, y el hombre todavía más, pues tiene los recursos para hacerlo, necesitando únicamente paciencia y voluntad.

“Con todas las fuerzas en contra, perseverar. Jamás doblegarse. Mostrarse fuerte atrae el auxilio de los dioses”  Goethe

La segunda herramienta que debemos estimar y mantener siempre vigilante es la atención. Vivimos en una sociedad donde la prisa, el dejarse llevar por el momento y las circunstancias que nos rodean, nos llevan a la distracción de nuestros objetivos espirituales, pues impiden que centremos nuestra atención en lo que es verdaderamente importante para nuestro ser interior.

Así pues, la atención a nosotros mismos, como explicábamos en la editorial del mes pasado, es un objetivo prioritario para alcanzar la comprensión de aquellas cosas que son importantes en nuestro carácter y que el tiempo nos permitirá superar. Un auto análisis diario sobre nuestras debilidades e imperfecciones, que a veces se manifiestan a través de los errores y el daño que infringimos a los demás (muchas veces inconscientemente, pues no nos damos cuenta) es importantísimo.

Pongamos un ejemplo: si yo no soy consciente de mi amor propio, y ante la más leve insinuación por parte de otra persona de una equivocación cometida por mí, reacciono con violencia…. he de focalizar mi atención en esta imperfección que me granjeará muchos disgustos, e incluso enfrentamientos con mis semejantes.

«Si cambias la forma en que miras las cosas, las cosas a las que miras cambian»    Wayne Dyer – Psicólogo

Una tercera herramienta a nuestra disposición es la determinación para el cambio; para la transformación interior, y para el esfuerzo que ello supone. Ante la realidad de la imperfección moral que, de una u otra forma todos tenemos, hemos de determinarnos para enfrentar ese conocimiento con humildad; sabedores de nuestra limitada evolución espiritual, y por ende, la necesidad de conocernos espiritual e internamente para corregir aquello que hacemos mal.

La actitud correcta, a pesar de los errores, es la de levantarse una y otra vez, mejorando nuestro estado de ánimo sin abatimientos y permaneciendo atentos a nuestras equivocaciones. Si hacemos esto con auténtica intención por mejorar, recibimos el auxilio y la ayuda de aquel que nos acompaña, el guía espiritual que todos tenemos, y que, como un auténtico maestro, intentará educarnos espiritualmente señalando con delicadeza aquellas cosas que debemos mejorar; ampliando de ese modo la visión y comprensión de nuestra propia realidad, e indicando el camino cierto que debemos recorrer en nuestra renovación moral para crecer espiritualmente y encontrar el equilibrio, la armonía y la paz interior que conduce a la felicidad.

El trabajo, la lucha y la superación personal son cuestiones inevitables, que tienen como recompensa la dicha y la paz interior, la felicidad presente y futura; las nuevas realidades de luz y claridad y de entendimiento de la verdad de la vida. Y además, todo ello ha de realizarse con paciencia; bien denominada como «ciencia de la paz»; porque es este el sentimiento primordial que inunda nuestra alma cuando conquistamos esa virtud tan preciada e inexistente hoy día, en la sociedad de la competencia, la prisa y la alienación mental en que vivimos.

Taras morales que, durante años o siglos, formaron parte de nuestro carácter y personalidades múltiples en las diversas existencias vividas, son difíciles de erradicar de la noche a la mañana; pero, «una atención consciente en una existencia consciente, facilitan mucho el camino para corregir muchas cosas en muy poco tiempo»; aplicando la voluntad de mejorar y el esfuerzo por superar las malas inclinaciones de nuestro carácter.

Pongámonos a ello, pues no sólo nos beneficia enormemente y nos permite construir un futuro feliz y venturoso; sino que en el presente mejora nuestras relaciones con nuestro prójimo, nos eleva por encima de la ceguera material, nos otorga la serenidad interior y la paz, fortaleciéndonos enormemente con cada conquista, al poner a prueba nuestra fe y nuestra capacidad de cambiar a mejor.

Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

«El triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas del error»  Pablo Neruda – Poeta

BUSCANDO LA INMORTALIDAD (3)

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Buscando la inmortalidad 3

Cómo ya detallamos en los dos artículos previos al presente, la inmortalidad se encuentra en la base de los problemas irresolubles que han preocupado al hombre desde que inició su proceso evolutivo sobre la tierra como ser consciente. La historia, la teología, la filosofía y la ciencia, esta última con mayor profusión en estas dos últimas décadas, se han preocupado constantemente de esta cuestión.

La divergencia viene desde el concepto que aceptamos como «Ser Humano», y su posible trascendencia o simple desaparición después de la muerte. Si consideramos al hombre como una máquina biológico-psicológica y social, y no apreciamos su parte transcendente (conciencia, espíritu o mente), es evidente que consideraremos a la mente y/o alma humana como un mero epifenómeno derivado de las conexiones neuronales de nuestro cerebro.

Pero esta concepción científica, ya no lo es tanto en las últimas décadas, como bien demuestran los estudios mencionados en los artículos anteriores (psicología traspersonal, física cuántica, neurología, ciencia de la conciencia, etc.) Es por ello que es preciso tomar en consideración la otra parte científica procedente de la sabiduría antigua, de la filosofía permanente, de la espiritualidad exenta de dogmatismos y exclusivismos religiosos.

Desde una postura racional, con libertad de pensamiento y, sobre todo, libertad plena de conciencia, analizamos los parámetros del ser que sobrevive a la muerte. Es a partir de este análisis donde pocos quieren profundizar, pues la ceguera social respecto a la «cultura de la muerte» pretende que al obviarla o ignorarla esta desaparezca. Existen toda una serie de protocolos, costumbres y rituales cuyo fin tiende a minimizar el aspecto de la muerte a fin de no pensar que existe y que algún día podrá afectarnos. Esto ocurre más en occidente que en oriente, pues en esta otra pare del mundo las religiones y creencias siempre han tenido muy presente la finitud de la vida.

En el análisis profundo que el conocimiento filosófico de la doctrina de kardec nos ofrece, encontramos explicada con claridad meridiana el aspecto de la inmortalidad; pues el objetivo de venir a la vida humana es progresar mediante las experiencias que vivimos, las expiaciones y sufrimientos que padecemos (como consecuencia de nuestros errores del pasado) y las actitudes superiores que ejecutamos en pro del bien para nuestro mejoramiento y superación de las imperfecciones.

La felicidad y la dicha es inversamente proporcional a las imperfecciones que tenemos. Y estas últimas, nos afectan no sólo al venir a la vida, sino sobre todo, al regresar a la patria espiritual, auténtica morada del espíritu inmortal.

Así pues nuestra personalidad humana, cuando estamos encarnados presenta una trilogía que podría sintetizarse en espíritu, periespíritu y cuerpo físico. El primero es creado por Dios igual a todos los demás, sencillo e ignorante, y a través de las experiencias que le proporciona la reencarnación, evoluciona y progresa hasta alcanzar su meta final: un estado de perfección o plenitud en el que, liberado de sus propios errores e imperfecciones, seguirá progresando pero ya sin la necesidad de recurrir a la reencarnación.

El segundo elemento, periespíritu, es el intermediario entre el espíritu y el cuerpo físico, es el elemento aglutinador del principio vital que permite la vida y regula los flujos de las experiencias desde la materia hacia el espíritu y los pensamientos e impulsos del espíritu hacia el cerebro biológico. En este perespíritu está la clave de todos los fenómenos anímicos, psicológicos, mediúmnicos o espirituales que podamos imaginar o conocer.

El cuerpo biológico es la máquina perfecta compuesta de trillones de células, en un perfecto entramado fisiológico-evolutivo, que también va perfeccionándose con el tiempo hasta alcanzar formas más sutiles, menos groseras, también acordes a la evolución y el progreso del espíritu que lo anima.

Cuando fallecemos, nuestro periespíritu abandona el cuerpo junto al espíritu, y a partir de ese momento comienza la descomposición de la materia, pues el elemento que la «animaba» ya no está actuando. Es entonces cuando el espíritu inmortal regresa al que es su verdadero hogar, y en función de su grado de materialismo o espiritualidad, tendrá más fácil o más difícil desprenderse del cuerpo físico y a continuación reconocer la nueva realidad que le espera.

La inmortalidad es una realidad porque la muerte no existe; el espíritu no muere nunca, pues desde que fue creado por Dios es eterno, al ser de la misma naturaleza que su creador. La materia (cuerpo físico) se transforma, y nuestros átomos pasan a formar parte de la naturaleza que animarán otros cuerpos u otras formas de vida.

A veces oímos hablar sobre personas que en estado terminal desean prepararse para un bien morir. Pues bien; la mejor forma de prepararse para ello es corregir aquellas tendencias que nos materializan en exceso, la avaricia, el orgullo, el egoísmo, la concupiscencia, el sensualismo, la lujuria, los celos, el odio, la envidia. Todo aquello que perturbe nuestra mente y la tenga permanentemente imantada a pensamientos, emociones, pasiones o excesos materiales, condicionará sobre manera nuestra partida hacia el otro lado de la vida.

La ciencia descubre a pasos de gigante que realmente «somos lo que pensamos»; aquello que impregnamos en nuestra mente de forma contínua, así como las emociones que mantenemos (destructivas o constructivas), forman nuestro carácter y generan un hábito que es nuestra forma de ser.

Si estos hábitos son constructivos, mediante emociones y pensamientos nobles, altruístas, de bien común, de perdón, de amor de tolerancia, etc.. nuestra mente está perfectamente preparada para el tránsito hacia el más allá; y este se realiza de forma sencilla, nada traumática; sin dolor moral alguno, y con la ayuda permanente que nuestras acciones y pensamientos de bien merecen por parte de aquellos que nos quieren y que nos precedieron en el viaje.

Porque la frecuencia de nuestros pensamientos determina con quien estamos conectando en el plano espiritual; si son positivos y buenos, otras almas, espíritus familiares, espíritus queridos de otras vidas, etc,, acuden a recibirnos con un amor indescriptible que inunda nuestra conciencia de seguridad, paz y plenitud para realizar este viaje.

La muerte es entonces dulce, sin crisis, con lucidez de conciencia y claridad de espíritu. Se convierte en el despertar de un apacible sueño en el que despertamos a la auténtica realidad de nuestro ser inmortal.

Es por ello que según nuestras acciones, pensamientos y emociones, preparamos nuestra vida para un tránsito apacible o tormentoso. Sobre todo, en este último caso, si estamos profundamente materializados; si nuestra mente vibra permanentemente en el egoísmo, la avaricia, las pasiones o los vicios; quedamos esclavizados a esas actitudes y hábitos que son los que mantenemos, y cuando llega el momento de desencarnar, apenas somos conscientes de que estamos en el otro plano, pues nuestra mente sigue imantada al dinero, al vicio, a la concupiscencia, el sensualismo y las percepciones materiales que la dominan.

En estos casos vagamos sin rumbo, intentando hacer lo mismo que hacíamos, intentando satisfacer las sensaciones materiales que nos envuelven. Hasta que nos damos cuenta de que no no es posible; pues no tenemos ya un vehículo físico que nos permita experimentar esos vicios, pasiones o adicciones; al mismo tiempo, y poco a poco, la desesperación se apodera de nosotros al no poder comunicar con aquellos a los que vemos y oímos pero que no nos atienden.

El sufrimiento comienza entonces, y se va ampliando al comprobar como se reparten nuestra herencia (en el caso del avaro), al ver que no podemos satisfacer nuestros vicios (no podemos beber, ni fumar y nos acercamos a aquellos que lo hacen para aspirar el éter que calma un poco nuestra ansiedad), etc. La angustia sigue aumentando hasta que llegado un momento somos conscientes de nuestra falta de cuerpo físico, y solicitamos ayuda. En ese momento somos recogidos y ayudados para comprender nuestra situación. Aspecto que a algunos espíritus les cuesta años y años reconocer.

Estos ejemplos, son apenas algunas informaciones que ratifican lo que acontece después de la muerte, pero en esto, como en lo tocante a la ley humana, el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Pues las leyes divinas son perfectas, e iguales para todos, siendo su único objetivo facilitar el progreso del espíritu hacia el camino de la perfección.

Comencemos pues a entender que la inmortalidad del ser humano afecta a aquello que no puede morir: la vida del espíritu inmortal; creación divina por amor, que la causa primera e inteligencia suprema (Dios) tuvo la misericordia de incluir en el programa de su obra perfecta e infinita: El Universo físico y Espiritual.

Antonio Lledó Flor

©2016, Amor,paz y caridad

«Los materialistas del siglo diecinueve y sus herederos marxistas del siglo veinte trataron de decirnos que, a medida que la ciencia proveyera más conocimiento acerca de la creación, podríamos vivir sin fe en un Creador. Sin embargo, hasta ahora, con cada nueva respuesta hemos descubierto nuevas preguntas. Cuanto mejor entendemos el plan maestro para las galaxias, más razón hallamos para admirarnos ante la maravilla de lo que Dios ha creado.»

Wherner Von Braun – Físico