Enfocando la actualidad

EL ODIO

“El amor es sabio, el odio es tonto”

Bertrand Rusell- Filósofo S. XX

En la noche de los tiempos se ilustra con claridad y nitidez que el odio entre los hombres, los pueblos y las sociedades, ha conducido a la barbarie de la muerte, la guerra y el sufrimiento a miles de millones de seres que han habitado este planeta desde que el homo sapiens lo reclamó para sí como la especie dominante del mismo.

El odio no es sólo un sentimiento de repulsión, aversión o enemistad para con otros, es igualmente lo contrario del amor, de la concordia y de la paz. Se argumenta con frecuencia y con acierto, que la persona que odia, no sólo sufre un estado mental perturbador y perjudicial; es sabido también que como expresa el dicho popular: “el amor une y el odio imanta”; proporcionando este último al hombre una fuerza que domina su mente y que deriva en una desarmonía psíquica mortificante.

Actualmente, con las investigaciones de la ciencia moderna de la psico-neuroinmunología y de la biología evolutiva, está más que demostrado el enorme deterioro que esta perniciosa emoción supone para la salud; al perturbar el equilibrio celular de nuestro cuerpo, por causa de la liberación de sustancias (cortisol, adrenalina, etc.) que nuestro cerebro secreta al torrente sanguíneo como consecuencia de las alteraciones que esta emoción perturbadora origina en las neuronas.

“La mente, las emociones y el cuerpo están comunicados. Cuando hay ira u odio se liberan hormonas y sustancias como adrenalinacortisol, prolactina; mientras más tiempo se secretan en el organismo más daño sufre el sistema inmunológico y el organismo es más susceptible ” Dr. Robert Ader

Algunas de las consecuencias físicas del odio son el deterioro celular; el envejecimiento de las células de nuestro organismo que se acelera con rapidez, el sistema inmunológico se debilita, los órganos enferman y antes o después aparecen los síntomas de diversas patologías, que, unas veces se tornan esporádicas, pero si seguimos odiando, pueden convertirse en crónicas y llevar incluso a la muerte del individuo.

Tal es la fuerza de nuestros pensamientos y emociones que, el odio es, sin lugar a duda, una de las emociones destructivas más evidentes.

Además de los perjuicios fisiológicos ya explicados y confirmados por la ciencia, hemos de ahondar en las repercusiones psicológicas que el odio produce en las personas que odian.

Entre estas últimas, sin duda una de las más importantes, es la “incapacidad de perdonar”; en el sustrato e inicio de una actitud de odio siempre se encuentra un concepto equivocado de la justicia, hay personas incapaces de ejercer el perdón, y ante cualquier agravio odian y no descansan hasta que obtienen “su venganza”. Quien ama y perdona se engrandece; quien odia se empequeñece.

“Si mis enemigos supiesen el daño que se hacen odiándome, no me odiarían”

Anónimo

Esta incapacidad, esta merma psicológica de tolerar el error humano y comprender la necesidad que todos tenemos de que se nos perdonen los errores cometidos, genera una obsesión mental, una adicción continua de pensamientos negativos hacia la persona objeto de nuestro odio.

Y estos pensamientos negativos persistentes y continuos producen un desequilibrio mental y cognitivo importante que deriva en patologías mentales graves como la esquizofrenia, la epilepsia y la ansiedad esquizoide; esta última les aparta de las relaciones de afecto y amistad, les vuelve fríos y poco empáticos con sus semejantes, viviendo únicamente para el objetivo personal de su odio: su venganza; y convirtiéndose en seres insensibles al sufrimiento ajeno.

La obsesión de esos pensamientos y sentimientos negativos; unida al hecho de que estos son fuerzas y energías que vibran en determinada sintonía y son capaces de afectar y perjudicar a la persona odiada, nos lleva a analizar las repercusiones espirituales del odio.

Hemos vistos los perjuicios físicos y psicológicos que el odio tiene para nuestra salud; analicemos ahora los espirituales. Como hemos analizado los sentimientos de odio son una fuerza-vibración dañinos hacia quienes se dirigen; pero actúan también contra el mismo que los emite. El que odia se envuelve cada vez más en esta red de vibraciones y fuerzas negativas y desequilibrantes que le atormentarán permanentemente.

Por ley de afinidad y sintonía vibratoria sabemos que “el semejante atrae al semejante” este hecho colabora también en perjuicio notable para el que odia, pues atrae con sus pensamientos de odio energías de la misma frecuencia y vibración producida por mentes desencarnadas; espíritus de baja condición que se imantarán a él por afinidad perjudicandole, obstaculizándose, alentándole a seguir odiando, a pesar de los males que pueda experimentar.

Aquel que odia no puede tener paz interior; ni en su mente ni en su alma. Otra de las graves repercusiones del odio es la siembra negativa que hacemos para con nuestro futuro. Siempre “recogemos lo que sembramos”; y en el futuro inmediato (esta misma vida) o sucesivo (vidas posteriores) recogeremos el odio que sembramos en nosotros mismos, siendo víctimas de nuestros propios errores, pues la justicia divina, a través de las leyes de causa y efecto nos devolverá todo lo realizado.

Sembrar un futuro negativo, infeliz, sufriente y desdichado, hará que el dolor llegue de forma violenta a nuestras vidas; depurando con ello todo el mal que nuestro odio ha originado en el pasado. Enfermedades, accidentes graves, dramas familiares, taras físicas y psicológicas, pérdidas traumáticas de seres queridos, etc.. serán algunas de las consecuencias que nuestro odio tendrá que afrontar en el futuro, restando paz y serenidad a nuestra alma y condenando a nuestro espíritu a experiencias de dolor durante tiempo.

El antídoto del odio es el amor; y dentro de este, el perdón. Somos los primeros interesados en perdonar de corazón, con ello ganaremos salud física, mental y psicológica en el presente y un futuro espiritual dichoso, en paz y armonía con nosotros mismos. El maestro Jesús lo explica con su sabiduría de psicoterapeuta superior en esta frase:

“Amad a vuestros enemigos”

Con esta actitud, no sólo nos comportamos adecuadamente con arreglo a las leyes divinas, evitando las repercusiones dolorosas del odio en la vida física y espiritual, sino que rompemos el poder que quieran ejercer sobre nosotros aquellos que nos odian; pues al devolver bien por mal, nuestros pensamientos y sentimientos de perdón contrarrestan aquellos de odio que nos dirigen.

“El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor.”

Buda

Antonio Lledó Flor

©2016, Amor paz y caridad

“El odio siempre mata, el amor nunca muere” Gandhi

Anteriores Artículos

ESPÍRITU ERRANTE

Siguientes Artículos

LA LEALTAD

Sin Comentarios

Deja tu opinión