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EINSTEIN Y EL AMOR

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Einstein y el amor

Sea en su acepción de Fraternidad o de Caridad bien entendida, el sentimiento del Amor está siempre presente en la vida del hombre. Y esto si lo calificamos como una emoción o un sentimiento; pues hay quien lo denomina como la mayor fuerza del universo, por encima de la Ley de la Gravedad o la Fusión Nuclear, como el propio Albert Einstein afirmó al respecto:

«Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el Amor…..»

Visto así, de esta forma, esta fuerza poderosa que opera en todo el Universo es incomprensible en muchas de sus acepciones para nuestra limitada inteligencia humana. ¿Cómo podemos pensar que detrás de cada desgracia, enfermedad, dolor o sufrimiento, podemos encontrar el amor del que tantas veces nos han hablado.?

Para entender esto, es preciso conocer el funcionamiento de las Leyes Espirituales, al igual que para conocer las relaciones entre los cuerpos celestes es imprescindible conocer la ley de la gravedad. Al ser el hombre un ser dual, compuesto de alma y cuerpo es preciso entender que las leyes que le afectan lo hacen por igual para todos, sean de una u otra condición.

Cuando el dolor y el sufrimiento provienen del libre albedrío del ser humano empleado equivocadamente, comprendemos que somos nosotros mismos los que engendramos el origen de tal sufrimiento y es más fácil aceptarlo. Pero cuando no sabemos la causa, o ignoramos que ésta se encuentra en nuestro olvidado pasado, nos resistimos de forma rebelde a aceptar tal circunstancia.

En este sentido la comprensión de la ley de la reencarnación, la solidaridad entre sí de las existencias que vivimos y el olvido del pasado son las explicaciones plausibles que enmarcan el dolor y el sufrimiento en causas derivadas de nuestra propia conducta delictuosa, y que por tanto hacen que la justicia universal se manifieste también a través de las edades y de la trayectoria evolutiva del ser humano: «a cada cual según sus obras».

En el enfoque que pretendemos dar a esa explicación comprenderemos que, si las leyes que rigen la vida espiritual del hombre son justas y perfectas, ello no se debe al azar, la casualidad o la nada; sino a la Causa Primera (Dios) que las ha elaborado y colocado en la naturaleza para que cada ser, cada hombre, utilice su libre albedrío en el bien, en el progreso, en el avance intelectual y moral.

El acto de justicia, al tener que devolver el mal cometido mediante nuestro propio sufrimiento, no es más que una reparación que exige la ley de causa y efecto (Ley de consecuencias o Ley del Karma); y como tal un Acto de Amor extraordinario que el creador obra con su criatura al corregir nuestras faltas y conseguir con ello nuestro crecimiento moral. Esto nos permite avanzar en conciencia, responsabilidad y en la comprensión del funcionamiento de las leyes que rigen los principios espirituales del Universo.

En ello se ve implicada la renuncia a nuestro propio egoísmo, a la inclinación al perdón (pues todos queremos que se nos perdonen nuestras faltas), la necesidad de adquirir mayor humildad que nos permita desechar el orgullo, origen de tantas imperfecciones y defectos.

Y Einstein siguió diciendo a su hija Liesert:

«…El amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El amor es Dios, y Dios es amor….»

Hoy la Física cuántica, así como numerosos investigadores y científicos abogan por admitir una fuerza desconocida y superior a cualquier otra cosa que impregna todo el universo conocido; desde las galaxias más grandes a las partículas elementales de la materia más pequeñas. El nombre que se le da es lo de menos: Aristóteles lo denominó «Quintaesencia», el elemento que impregna todo el universo. Muchos coinciden en que se trata de un campo de energía capaz de propiciar un «Orden Implícito» (término acuñado por el Nobel de Física David Bhom) que relaciona todo lo que existe, de forma holográfica: la parte está en el todo y viceversa.

Todo lleva a confirmar las tesis que hablan de que todo lo que existe se origina por una fuerza: una «Mente Consciente e Inteligente» (Max Planck – Premio Nobel y Padre de la física cuántica). Este Campo de Energía («Matriz Divina», según lo denomina el Dr. en Física Gregg Braden) tiene como base de relación las emociones, los sentimientos y las creencias del ser humano. Y esta fuerza tiene su mayor proyección en el amor humano.

Y Albert Einstein continuó:

«…Si en lugar de E= mc2 aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites…..»

La comprensión de las leyes que rigen la evolución del espíritu nos hacen comprender que el Amor es la fuerza poderosa que derriba todos los egoísmos, que nos permite perdonar, sentir, trascender por encima de la vida material, biológica, psicológica, etc., El Universo es una obra de amor, diseñada, planificada y preparada para beneficiar al hombre concediéndole la oportunidad de llegar a la felicidad y la plenitud por sí mismo.

Para ello se nos ha dotado de libre albedrío, de individualidad, de voluntad y de sentido moral; esto es el hombre: un ser a imagen y semejanza de su creador en cuanto a los atributos espirituales que como una semilla ha de desarrollar y potenciar para alcanzar la perfección. Este es el camino, y por ello todos, absolutamente todos, desde el salvaje al genio, desde el virtuoso al criminal, hemos de desarrollar el Amor en nosotros a lo largo de múltiples vidas; entregando el fruto de ese amor a nuestros semejantes, consiguiendo así el mayor sentido de la vida y la interacción con la mayor fuerza y poder de la naturaleza: el Amor de Dios.

Y Albert Einstein terminó su carta así:

«Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quintaesencia de la vida.»

Einstein y el amor por:   Redacción

©2017, Amor, paz y caridad

MISIÓN Y REDENCIÓN

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Misión y redención

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Así pues, mientras trabajaba, me dedicaba y me entregaba con denuedo a la nueva perspectiva que se abría en mi vida de ser útil, de servir a mis semejantes, mi conciencia se iba expandiendo, mi comprensión de la realidad se ampliaba; y lo más sorprendente era que mi dicha iba en aumento a medida que el trabajo bien hecho se concretaba.

Poco a poco, sin apenas proponérmelo de forma consciente, fui comprendiendo que aquello que daba sentido a mi vida estaba comenzando a experimentarlo. El propósito de mi vida, mi misión o mi compromiso, como queramos llamarlo, iba tomando forma delante de mí mismo.

El sentido de mi estancia en la tierra aparecía ahora más claro que nunca; y los pequeños actos de renuncia, sacrificio, dedicación y trabajo en esta maravillosa filosofía de vida que es la doctrina espírita, tomaban auténtico significado para mi alma.

Este significado que se traducía en dicha, en felicidad interior por el deber cumplido paso a paso, no era en absoluto permanente, pues mi condición moral imperfecta, como la de la mayoría de los hombres, no nos permite un estado de felicidad plena continuado. Las taras morales, alternan los momentos de dicha con otros de decepción, al comprobar cómo nuestras miserias morales nos devuelven a la realidad de lo que somos realmente.

Pero ahora existía una gran diferencia respecto a mi condición anterior; pues aunque cada día era más consciente de mis propias debilidades, ahora sabía cuáles eran, y mi propósito y mi voluntad se encontraban en la lucha por superarlas; lo que me fortalecía enormemente a cada paso que daba en este sentido. En la etapa anterior de mi vida podría ser consciente de mis imperfecciones pero nunca hacía nada por superarlas, convivía y me refugiaba en ellas.

Esto había cambiado rotundamente; ahora entendía, comprendía y me alejaba lo más posible de las malas inclinaciones del carácter; sabía de ellas, las conocía mejor día a día, y mi empeño estaba siempre vigilante en superarlas y evitar que dañaran a mi prójimo.

El cambio se estaba operando; y a la vez que descubría mi misión y mi trabajo exterior, estaba encontrando el camino de mi redención moral, al conocerme interiormente mejor y trabajar sobre mí mismo. Recordaba entonces las sabias frases de Kardec respecto al código penal de la vida futura; en el que con la sabiduría acostumbrada, inspirada por el mundo espiritual superior, nos recordaba que la felicidad del espíritu es directamente proporcional al grado de perfeccionamiento del mismo. La imperfección moral es así mismo la fuente del dolor, del sufrimiento y de la infelicidad en el mundo del espíritu y en la materia con cuerpo físico.

Interiorizando, aprehendiendo y comprendiendo la importancia de esta máxima inicié mi redención moral, a fin de rescatar deudas del pasado, repararlas y encontrar, en el servicio desinteresado hacia mi prójimo, el bálsamo que me permitiera crecer espiritualmente, elevarme por encima de mis propias miserias y alcanzar un estado medianamente equilibrado entre mi espíritu inmortal y mi personalidad física.

Buscaba sin saberlo la auto iluminación; porque esta conduce a la felicidad, el equilibrio y la verdad. Pero iba comprendiendo al mismo tiempo que, esta auto realización no podía alcanzarse únicamente con recogimiento interior, con posturas de aislamiento, soledad o introspección. La auténtica iluminación interior se alcanza sublimando nuestros esfuerzos al servicio de una causa noble, en favor de los demás.

La entrega al prójimo desinteresada y permanente permite el olvido del ego; pues, cuando nuestra voluntad y pensamiento vive por y para los demás, la fuerza del egoísmo personal y del amor propio disminuye exponencialmente.

Esto pude comprobarlo cuando, sin pensar en las consecuencias o penurias materiales que podría experimentar, coloqué por delante de mis prioridades personales el trabajo que realizaba; dando conferencias, seminarios, traduciendo, escribiendo, trabajando en las instituciones en las que colaboraba, comprometiendo mi tiempo, mi salud y mi economía sin apenas importarme cuando, carente de los recursos necesarios, me embarcaba en viajes para divulgar la doctrina a lo largo de la geografía de mi país y por todo el mundo.

En este camino iniciado, tuve la grata satisfacción de comprobar como era auxiliado por espíritus amigos que poco a poco se fueron haciendo patentes en mi vida a medida que crecía espiritualmente. Tanto es así que, de una incipiente mediumnidad, mis facultades fueron ampliándose notablemente hasta el punto de encontrar en la asistencia de estos amigos y hermanos del espacio el consuelo y el auxilio necesario cuando las circunstancias se volvían hostiles a fin de cumplir los retos, servicios y deberes que tenía que afrontar.

Fui pues agraciado con la percepción del mundo espiritual de varias formas; se presentaron ante mi manifestaciones que fortalecían mi fe, mi carácter y mi determinación en todo lo que estaba realizando, reafirmando así que estaba en el camino cierto de mi misión en la tierra y de mi redención moral.

Ver a los espíritus, poder comunicarte con ellos, recibir sus mensajes de orientación y consuelo y utilizar estas bendiciones para ayudar a mi prójimo; era algo extraordinario en un principio, que fue convirtiéndose en algo normal que me acompañó hasta el final de mis días.

Pero estas evidencias con las que era bendecido, y por las que agradecía todas las noches a Dios; me han vuelto a confirmar algo que ya manifesté anteriormente: el hecho de que sólo el mérito, el esfuerzo por mejorar, por superar nuestras debilidades y miserias morales, alcanza para elevar nuestra frecuencia vibratoria y ser más receptivos, estar en sintonía con los planos superiores del bien y del amor.

Salvo casos excepcionales, el equilibrio de la mediumnidad se alcanza con el tiempo, cuando se comprende su auténtico sentido como una oportunidad de progreso para rescatar deudas con la práctica del bien; sin mercantilismo alguno y poniendo al servicio del prójimo los beneficios y aspectos caritativos de la facultad.

La ayuda que el ejercicio responsable de la mediumnidad me concedió, fue otro de los apoyos que contribuyó al cumplimiento de mi trabajo en la tierra. Un trabajo que, ya adelanto, no fue completado en su totalidad, pero sí en gran parte, y que ha representado para mí el gran tesoro con el que pude retornar a esta patria espiritual en la que me encuentro, con gran satisfacción por el deber cumplido.

Así pues, el trabajo, la reforma interior, el servicio desinteresado hacia el prójimo, la iluminación interior y la práctica responsable de la mediumnidad fueron, en mi caso, las herramientas de las que se sirvió mi espíritu inmortal para el cumplimiento de mi misión en la tierra y alcanzar la redención moral que precisaba.

Misión y redención por: Benet de Canfield
Psicografiado por: Antonio Lledó

©2017, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

LOS SUEÑOS

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Los sueños

«Desde muy antiguo (probablemente desde los albores de la humanidad), los sueños se han considerado material interpretable y se han formulado diferentes teorías sobre su significado (la más conocida es la que Sigmund Freud propone en La interpretación de los sueños), pero su estudio científico entraña grandes dificultades.»

¿Porqué soñamos? ¿Qué son los sueños? ¿Tienen alguna explicación o influencia en nuestras vidas? Si atendemos a las escasas investigaciones y avances científicos sobre este tema, llegamos siempre a la conclusión de que es el inconsciente el que produce nuestros sueños, como imágenes mentales que tienen relación con nuestra vida de vigilia, nuestros deseos, preocupaciones, emociones o sentimientos más profundos.

Hasta aquí la explicación que la ciencia nos ofrece; muy poco más podemos argumentar salvo algunas clasificaciones o tipos de sueños. En este sentido destacan dos grandes grupos; los sueños agradables y las pesadillas. Los primeros presentan la característica de ser lúcidos muchas veces, y al despertar dejan en nosotros una sensación placentera, de bienestar o serenidad. Por el contrario, las pesadillas también afloran de nuestro inconsciente pero son el reflejo de nuestros miedos, nuestros traumas, nuestras obsesiones o preocupaciones.

Esto en cuanto al planteamiento que el psicoanálisis puede ofrecernos; pero si analizamos las causas de los sueños desde el punto de vista metafísico o espiritual, comprobaremos que, al ser el hombre un ser compuesto de alma y cuerpo físico, el sueño no es más que el desdoblamiento del alma cuando entramos en la inconsciencia del sueño. Este desdoblamiento permite al alma vivir, sentir, experimentar sus propias experiencias en el plano que le es propio: el mundo espiritual.

«El sueño libera parcialmente el alma del cuerpo. Cuando se duerme, se está por un momento en el mismo estado en que se encuentra el hombre, de manera fija, después de la muerte.»

Allan Kardec. L.E. Item 402

Y estas experiencias, sensaciones, percepciones, contactos y relaciones se traducen también en sueños que nos afectan profundamente; algunos de ellos dignos del mayor significado e importancia para nosotros. Aquí encuadraríamos los sueños premonitorios sobre algo que nos va a ocurrir y que luego acontece durante el periodo de vigilia.

La historia antigua está plagada en los libros sagrados, la biblia, los vedas, Egipto, la antigua Grecia y Roma, de las premoniciones y los augurios que los sueños han dado a los hombres desde tiempo inmemorial. Precisamente los pitagóricos consideraban que «el sueño era un vehículo de comunicación con seres del más allá».

Los contactos entre esos seres del más allá y los hombres, han sido constantes desde el principio de los tiempos, ¿Qué son sino los sueños proféticos que anunciaban la victoria en la guerra, o la muerte de alguien? Como por ejemplo el que el Rey Craso recibió acerca de la guerra contra los persas y su derrota en la batalla? O cómo denominar el sueño de Escipión relatado por Cicerón en su obra «La República», o el de Nabucodonosor interpretado por el profeta Daniel en la biblia?

¿Y todos aquellos otros que avisan del peligro para nosotros o para otros conocidos, en circunstancias concretas.? Y que podemos decir sobre los sueños de precognición, donde se nos ofrece el conocimiento cierto de un hecho futuro que ha de acontecer, y a la mañana siguiente o en días sucesivos lo soñado efectivamente acontece.

También en este aspecto incluiríamos las informaciones que se suelen recibir por parte de otras entidades, espíritus afines, almas de familiares que nos antecedieron en el tránsito a la otra vida y que, aprovechan nuestro estado espiritual durante el sueño, para contactar con nosotros y orientarnos, auxiliarnos, ayudarnos y aconsejarnos.

Todo el mundo sueña, aunque no lo recordemos. Pues todas las personas, son un alma encarnada en la tierra, y la emancipación del alma es un hecho probado y conocido desde hace miles de años. La prueba del desprendimiento del alma no viene únicamente a través de los sueños, sino que tiene su confirmación también durante la vigilia; cuando mediante técnicas adecuadas de relajación, el alma se separa del cuerpo e inicia lo que se denomina como «viaje o proyección astral».

A este respecto, no podemos únicamente contemplar las opiniones de Freud, sino también remarcar las aportaciones de Carl G. Jung, que junto a Freud elaboraron el psicoanálisis. No obstante, aunque Freud consideraba que el instinto era la fuerza que impulsaba en el inconsciente la producción de los sueños; Jung discrepaba al considerar que el hombre posee un alma que es la generadora de estos procesos, que es autónoma e independiente por sí misma.

Al razonamiento e investigación Jung pudo unir su propia experiencia; pues a lo largo de su vida tuvo un sinfín de sueños premonitorios, algunos muy relevantes, acerca de la vida y la muerte de seres conocidos y familiares, como detalla con profusión y claridad en su obra: «Recuerdos, Sueños y pensamientos».

Sea como fuere, los sueños tienen una finalidad; corresponde al que sueña saber y encontrar su significado. Unas veces son advertencias, otras orientaciones, otras avisos personales o para terceros; las más reflejan las angustias, deseos o preocupaciones propias de nuestra vigilia que el alma refleja, amplificándolas en grado superlativo, al no tener el freno y la función reductora que ejerce el cerebro -para la conciencia- en el estado de vigilia.

Los sueños son una prueba más de que la conciencia no se encuentra en el cerebro. Son también una manifestación de la realidad del alma. E incluso a veces, como ocurre en los sueños proféticos o de precognición, manifiestan las características psíquicas del alma humana, sus distintos niveles de conciencia, sus capacidades paranormales, tan reales y significativas o más que aquellas que se experimentan en estado de vigilia.

Las investigaciones de la Psicología Transpersonal confirman estas realidades de la conciencia; y todas ellas tuvieron su origen en el «estado numinoso» del que hablaba Jung; retomado por Stanislav Grof (fundador de la P. Transpersonal) para confirmar que: «los estados alterados de conciencia como el éxtasis, el trance, la mediumnidad, el sueño, no son más que manifestaciones de otra realidad, tan nítida y clara como la que poseemos en estado de vigilia.»

Estos estados nunca más deben ser considerados patológicos, sino que deben estudiarse con la profundidad que requiere la comprensión de la realidad del alma; pues esta última es el origen profundo de la psique humana y la explicación evidente de aquellos estados de conciencia diferentes al estado de vigilia.

Prestemos atención a nuestros sueños, sin obsesionarnos con ellos tampoco, pues a través de los mismos se reciben a veces las soluciones que tanto ansiamos conocer en nuestra vida de vigilia.

«Confía en los sueños, porque en ellos se esconde la puerta a la eternidad»

Khalil Gibran – Poeta

 

Antonio Lledó Flor

©2017, Amor,paz y caridad

TRABAJO Y SERVICIO

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Trabajo y servicio

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Como ya expliqué anteriormente, fue el descubrimiento paulatino de mi compromiso espiritual en la tierra el que me iba dotando de mayor fortaleza y claridad para atender las necesidades espirituales que mi alma tenía en esta última encarnación.

Una de las lecciones que mejor aprendí, no sin un enorme dolor y sin la aflicción consecuente que me produjo, fue que, a medida que avanzamos en el trabajo de nuestra redención espiritual, este se hace más arduo, más difícil, y aunque proporcionalmente contamos con mayor auxilio y amparo espiritual, el esfuerzo es personal, como lo es el mérito que de él se deriva si hacemos las cosas bien.

Al mismo tiempo la lección del recorrido me llevó a ser presa de las fuerzas de las sombras que intentaron varias veces, de forma persistente y continua, hacerme desistir de mi determinación de progreso espiritual dedicado al bien y al prójimo.

Pude comprobar con qué facilidad podemos ser desviados, entretenidos o despistados; a fin de justificar con cualquier excusa de carácter material, social o sentimental instalada repetidamente en mi mente dedicar mi tiempo a estas cuitas en vez de a lo verdaderamente importante que mi compromiso demandaba.

No sólo la inducción mental sutil de estos espíritus, inteligentes pero mixtificadores, pretendían desviarme del camino, sino que no dudaron en pedir ayuda a otras fuerzas de las sombras para atacar mis debilidades psicológicas y morales a fin de conseguir mi renuncia y abandono del compromiso espiritual abrazado.

Llegaron a tal punto de intervención, que incluso fueron capaces de activar mecanismos poderosos de influencia material sobre las cosas que me rodeaban; a fin de asustarme, ponerme en evidencia y advertirme de las consecuencias nefastas para mi propia integridad física si continuaba por el derrotero del progreso espiritual y moral.

Pero gracias a Dios, cuando llegó ese momento, yo ya albergaba en mi interior los recursos necesarios para hacerles frente; y si bien es cierto que en algún momento, aprovechándose de mi soledad material, pudieron acobardarme; el recurso de la oración, la ayuda espiritual de mi espíritu protector y los sabios consejos de amigos materiales que poseían gran capacidad de consejo y claridad por sus facultades medianímicas; fueron ayudas suficientes para resistir los embates de estas fuerzas negativas a fin de que no consiguieran su objetivo, que no era otro más que apartarme del camino.

Así pues, el trabajo diario, la dedicación a las instituciones en las que trabajaba, la atención a otros trabajos de ayuda y traducción de obras espíritas, y la bendita oportunidad de iniciar un ciclo de conferencias que poco a poco fueron proyectándose a mi alrededor, fueron el refugio, el bálsamo y la gran oportunidad que se me brindaba de servir a los demás con altruísmo.

Toda esta dedicación fue llenándome de vida, de dicha, de plenitud y de satisfacción por momentos; de forma que, aunque recurrentemente aparecían aflicciones materiales, bien por causas familiares o por otras circunstancias, eran fácilmente superadas al encontrarme en la dinámica de la gratitud hacia la vida y hacia Dios por todo aquello que acontecía a mi alrededor y que, ahora sí, comprendía que se trataba de cuestiones que debía afrontar para mi progreso y dicha futura.

Impartía conferencias, desarrollaba escritos en distintas publicaciones, elaboraba traducciones, colaboraba en la organización de varias instituciones, aportando mi experiencia material y espiritual, mis consejos. Y una gran satisfacción llegó a mi vida cuando, además de consejos y aportaciones materiales, los espíritus que me acompañaban iban permitiéndome ayudar, consolar y auxiliar a aquellos que se acercaban en búsqueda de orientación y/o conocimiento espiritual.

Iba enfrentando etapas de mi vida y comprendía que, la grandiosidad del conocimiento que nos brinda la doctrina espirita hace que estemos siempre conectados a nuestros seres queridos mediante el pensamiento.

Mi madre, auténtico guía espiritual para mi alma en la última existencia, y ángel propiciador de mi educación moral, se marchó a la patria espiritual en momentos delicados de mi vida; no obstante, el conocimiento de la eternidad del espíritu, y la alegría y esperanza del reencuentro posterior me hizo encontrar las fuerzas para seguir adelante.

Cuando comprendemos esto, nadie se encuentra nunca solo en el universo; sea con materia en la tierra o en el plano espiritual, los espíritus que son afines a nuestros pensamientos y acciones se unen con nosotros por vínculos afectivos y de afinidad. La argamasa que nos une es no sólo la afinidad de pensamientos y sentimientos, sino el amor mútuo que nos profesamos.

Ese amor que transciende las fronteras de la muerte, del mundo físico; ese amor que nos reúne al regresar a la patria espiritual y que nos fortalece y nos recuerda nuestro origen divino, al ser hijos de Dios a su imagen y semejanza.

Conforme avanzaba, trabajaba y servía, ese amor me iba inundando por allí donde pasaba; las muestras de agradecimiento ya no eran únicamente físicas (una palabra de gratitud, un gesto de afecto), se trataba de sentimientos que mi alma iba sintiendo, vibrando, emocionándose y experimentando y que a mí me eran válidos, como única reciprocidad que recibía a mis trabajos y servicios en pro de mi prójimo y de los ideales que defendía y divulgaba con tanto ahínco y vehemencia.

Muchos que lean estas líneas posiblemente me conozcan, pero a todos ellos les digo que aquel que conocieron ya no es el mismo; el trabajo y el servicio modificaron mi condición moral como nunca antes pude sospechar; como yo mismo, sorprendido por tal circunstancia pude comprobar cuando llegué al plano espiritual.

Benet de Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

CRÓNICA XXIII CONGRESO ESPIRITA NACIONAL

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XXIII Congreso espirita nacional
Grupo de jóvenes, en un momento de su interpretación musical.

El pasado fin de semana tuvo lugar en Calpe -Alicante- , la celebración del XXIII CONGRESO ESPIRITA NACIONAL. Organizado por la F.E.E. (Federación Espírita Española), fueron tres días de aprendizaje, convivencia y renovación de lazos afectivos entre aquellos que allí nos encontramos. Desde aquí nuestra enhorabuena a la organización y a todos los responsables y trabajadores anónimos que han hecho posible este magno evento.

La calidad de las conferencias superó las expectativas programadas. Al frente de las mismas tuvimos la oportunidad de disfrutar, un año más, de la lucidez e inspiración de Divaldo Pereira Franco; el mayor orador y divulgador del espiritismo internacional. Junto a él, excelentes compañeros, no sólo españoles, sino también de otras nacionalidades expusieron brillantes exposiciones relacionadas con el lema del congreso: «Los Mensajeros Espirituales».

Hubo muchas brillantes intervenciones, seminarios, etc., pero el acto más emotivo fue sin duda el de los jóvenes, que el último día nos obsequiaron con una brillante obra de teatro basada en un aspecto de la vida y la obra de Chico Xavier; enriquecida con emotivas canciones que fuimos entonando los participantes para cerrar ese acto que iba directo al corazón de los asistentes.

Nuestra Asociación también estuvo representada por un buen número de congresistas participantes. Además de ello, se nos brindó la oportunidad de ofrecer una conferencia a cargo de nuestro compañero Antonio Lledó, titulada «Mensajes del otro lado de la vida a través de los sueños», y que pueden visualizar justo aquí mismo en el enlace que se adjunta en esta página.

El ambiente, las relaciones, los intercambios de experiencias, conocimientos y ayuda mutua estuvieron presentes en todo momento, fortificando, estrechando relaciones, en una atmósfera de alegría, sencillez, camaradería y sincero afecto. Todos aquellos que no asistieron perdieron la oportunidad inmejorable de ampliar sus lazos de fraternidad con aquellos que, compañeros de camino, más o menos acertados, se vinculan por un mismo ideal y son partícipes del mismo compromiso espiritual.

Animamos a todos aquellos que así lo sientan y lo deseen a no perderse el Congreso del próximo año, que se celebrará en el mismo lugar Hotel Diamante Beach en Calpe (Alicante) y por las mismas fechas. Es una magnífica oportunidad de consolidar afectos, ampliar conocimientos y brindar lo mejor de nosotros mismos a los demás, poniendo en practica la fraternidad que es la base de la doctrina espirita basada en el código moral del sublime maestro Jesús.

Redacción

©2016, Amor Paz y caridad

¿CREER O SABER?

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¿Saber o creer?

«Fé razonada es aquella que puede mirar frente a frente a la razón en todas las épocas de la humanidad»

Allán Kardec

Traemos a colación esta frase de Kardec para resaltar la importancia de la fe en la vida humana. La fe entendida como fuerza motora de todas las realizaciones, físicas, psicológicas, espirituales, materiales, etc. Despojamos de ella la connotación religiosa de la fe irracional, ciega o fanática que asumen determinadas ideologías o religiones en sus postulados, impidiendo la crítica, la duda o el cuestionamiento más simple.

Cuando hablamos de fe, utilizamos la palabra en su acepción más importante, la de una fuerza interior del ser humano que le permite creer en sí mismo, en sus capacidades de progreso intelectual, cultural, científico, moral, etc. La fe en uno mismo es una poderosa herramienta que permite al ser humano enfrentar las dificultades y conseguir los objetivos de todo tipo que éste se propone.

Esta «creencia» en las posibilidades de uno mismo, tiene mucho que ver con la autoestima de la persona; lo que le permite superar los miedos que nuestro inconsciente trae de vez en cuando al plano consciente y que nos atenazan y nos inmovilizan para crecer, evolucionar o progresar en la vida.

Hablamos de creencia en uno mismo como un aspecto positivo que nos permite levantarnos después de los errores, retomar el camino a pesar de los obstáculos, enfrentar las pruebas que la vida nos presenta; no rendirnos nunca ante la adversidad si nuestro objetivo en la vida está claramente definido y aceptado.

Desde este aspecto, la creencia en uno mismo, o en una escala de valores culturales, educativos o religiosos que nuestra sociedad nos ha inculcado, forman parte de ese conglomerado de principios que todo ser humano posee en mayor o menor medida. Cuando estos principios no son analizados ni cuestionados, y simplemente se aceptan como únicos o verdaderos, cometemos el error de no discernir suficientemente, cayendo con frecuencia en la descalificación de aquel que es diferente, aquel o aquellos que por cultura o educación no tienen los mismos principios que nosotros o piensan de otra forma.

En esta actitud; si no somos capaces de dudar, cuestionar o replantearnos los valores y principios adquiridos por herencia, educación familiar o social, tradición o costumbres que son contrarias a la razón y al sentido común, caemos en el foso del prejuicio, el preconcepto, el dogmatismo y la inflexibilidad. Hay quien lleva esta actitud a extremos de auténtica violencia: nacionalismos, extremismos, sexismo, racismo, xenofobia, etc.. No son más que expresiones de la errónea interpretación de creer que somos diferentes; y  del orgullo exacerbado al pensar que solamente a nosotros nos asiste el exclusivismo de la verdad y la razón. A lo largo de la historia estas actitudes han sido el detonante de violencias, injusticias y millones de muertos en las guerras de religión, de raza superior, etc..

La creencia sin razón y sin sentido crítico supone una ceguera mental que nos lleva al fanatismo, la destrucción y la exclusión; viendo en los que piensan diferente sólo adversarios o enemigos. En vez de aceptar la diversidad, la riqueza de valores, principios y pensamientos de todos los seres humanos, comprendiendo que todos somos iguales y que nadie es diferente en su origen y naturaleza espiritual, nos obcecamos en dividir, fragmentar, separar y distinguir a unos de otros simplemente por lo que «creen, piensan o son».

Esta es la parte negativa de la creencia; aquella que es ciega y no permite discernir ni usar un sentido crítico de la misma. Y no hablamos sólo de creencia religiosa, sino también de la creencia política, de raza, de nación, científica incluso. Este «exclusivismo» que se atribuyen algunos en cuanto a su «única visión del mundo y de la vida» no es más que el error propio de mentes obtusas; encerradas en la comodidad de principios que no se atreven a cuestionar por comodidad, fanatismo, orgullo intelectual o de raza o creencias ciegas a la razón y al sentido común.

«La mente es un paracaídas; sólo sirve si se abre»
Albert Einstein

La creencia no es un mal atributo, por la fuerza que otorga al hombre en sus realizaciones, pero en nuestra humilde opinión debe ir después de la sapiencia; primero saber, dudar, cuestionarse, discernir, abrir la mente, razonar y aplicar el sentido común; para después, una vez aceptados los principios que nos parecen justos y razonables, creer en ellos con convicción y fomentarlos con absoluta fortaleza y determinación.

Este razonamiento anterior es válido para la ciencia, la religión, la filosofía, la espiritualidad, etc. El comprender la realidad de la vida que nos rodea, cuestionar aquellos principios que por educación, cultura, tradición o herencia damos por sentados y que nos parecen ilógicos o incoherentes, es un ejercicio mental saludable que nos hace libres y nos ayuda a discernir. Por practicar esta actitud no atentamos contra nada ni contra nadie, sólo elevamos nuestra capacidad de pensar, de actuar acertadamente, de razonar y eliminar con valentía aquello que hemos recibido y que sin duda no es lo que nuestra razón y sentido común acepta como válido.

Por ello el conocimiento es luz, acaba con la ignorancia, desbroza los caminos de la superstición, del engaño, del fanatismo, de la irracionalidad de algunas creencias; y coloca al hombre en la cima del discernimiento, para que pueda, por sí mismo, libremente elegir el camino a recorrer en su vida, alejado de los condicionamientos sociales, culturales o religiosos que le impone la sociedad y la educación recibida.

Sólo así se es libre verdaderamente; pues la libertad de conciencia, de pensamiento y de actuación, la libertad de poder elegir, es el atributo más grande de Dios concedió al hombre para su evolución y progreso. Todo lo que cercena o intenta restringir esta cualidad en el hombre es sin duda equivocado y contrario a la naturaleza del ser humano.

La cuestión entre creer o saber se dilucida pues rápidamente; lo primero es comprender, desterrar la ignorancia, razonar, cuestionar, discernir y actuar; y la convicción sobre aquello que aceptamos como válido, se convierte entonces en creencia indestructible, fortaleza mayor, que ha superado los test de la duda, el razonamiento, y nos acerca a la verdad de la vida y del hombre.

En el terreno de lo espiritual, cuando se destierra la ignorancia, el fanatismo, los prejuicios y los preconceptos religiosos recibidos desde niños, se está en condiciones de comprender la verdad del alma, del espíritu de Dios y de sus leyes.

Cuando aplicamos la fe razonada, derivada de la convicción adquirida libremente en principios espirituales que nuestra conciencia y sentido común nos sanciona como válidos, estamos ya en condiciones de andar por nosotros mismos en el camino del progreso espiritual. Sin tutelas de ningún representante de Dios en la tierra, sin restricciones dogmáticas de religiones proselitistas con intereses espurios. Con el paso firme y seguro de la convicción personal que nos concede una conciencia clara, nítida y sin manchas, que no entorpezca nuestro camino de ascensión hacia la plenitud, encontrando así la llave de la felicidad.

Es a partir de ese momento cuando, ayudados por la instrucción que nos ofrece el conocimiento de la vida espiritual, abrigamos la esperanza de conquistar nuevos atributos de felicidad que descubrimos en nuestro interior; y que nos encaminan con la determinación inexpugnable, de aquel que va descubriendo día a día nuevos conceptos de verdad, a la consecución del objetivo mayor de la vida de todo ser humano: el crecimiento en el amor a través de la transformación moral.

¿Creer o saber? por:     Antonio LLedó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

«En el comienzo no se trata de creer, es preciso saber; para alcanzar la convicción que nos proporciona la fuerza de la fe razonada y que nos concede un progreso espiritual libremente aceptado mediante la transformación moral»

DEBER Y RESPONSABILIDAD

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Deber y responsabilidad

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Desde mi ignorancia en el inicio del camino espiritual nunca supe de la responsabilidad y compromiso que mi espíritu endeudado traía a la tierra. No obstante, a medida que profundizaba en las circunstancias que me acontecían y en la comprensión de la Justicia Divina al amparo de los conocimientos que me aportaba el conocimiento de la filosofía espírita, algo en mi interior se agitaba de forma inquieta, advirtiéndome de que mi vida tenía un sentido y un propósito que todavía no había alcanzado a comprender.

Sin una base racional que sustentara tal impresión; pero con la fuerte convicción interna de que se trataba de una realidad auténtica, me fui decantando por saber, estudiar, profundizar y agrandar mis conocimientos y mis actitudes al tiempo que iba caminando en el nuevo derrotero que se abría ante mí.

Ahora, desde este plano, puedo comprender con claridad la fuerza de impulsión de mi ser interno, de mi espíritu, que presionaba al ego, a la personalidad que yo representaba para que no perdiera el tiempo y encontrara cuanto antes el sentido de mi misión y responsabilidad en la tierra.

Las circunstancias materiales que me rodeaban, me hubieran permitido la formación de una familia, no obstante tal circunstancia nunca se dio de manera rotunda; por lo que poco a poco las inquietudes y aspiraciones de mi alma encarnada se iban decantando por un trabajo espiritual que iba calmando la ansiedad de las ilusiones materiales hasta convertirlas en meros obstáculos que de vez en cuando se presentaban, pero que, con determinación y confianza en mis nuevas expectativas de progreso y superación personal se solventaban cada vez con mayor facilidad ante mi propia sorpresa.

Así pues, comencé a preguntarme cuál sería el trabajo que venía a realizar y de qué manera podría acertar para incrementar en mi interior la calma y la serenidad que iba alcanzando cada vez más, y que contrastaba rotundamente con la angustia, la zozobra, la ansiedad y la competitividad que mis actividades profesionales me exigían a diario.

Sin duda, las exigencias de un trabajo sometido a gran presión y responsabilidades continuas, eran una traba enorme para adquirir el equilibrio y la paz necesaria que me permitiera desarrollar y crecer en mi vida interior. La auténtica vida de mi espíritu que comenzaba a descubrir y admirar.

Fue en los momentos de encarnizada lucha entre mi parte espiritual y material cuando, elevando mi pensamiento y orando con profunda emoción al Padre de todos, recibí la inestimable ayuda, el consuelo necesario y la protección del espíritu que luego, mucho más tarde, se identificó como mi protector, mi guía espiritual.

Este espíritu; al que estaré agradecido por siempre, supo educarme espiritualmente; consolarme en los momentos de tribulación y protegerme ante los sinsabores que mis propias imperfecciones me producían. Situaciones que amenazaban con debilitar mi resistencia psicológico-espiritual, a fin de hundirme en la tristeza, el desconsuelo y la depresión que me impidiera levantarme de los tropiezos y errores.

Él me inspiraba fortaleza y, lejos de justificar mis faltas, me las hacía patentes con delicadeza para que prestara atención sobre ellas y no volviera a repetirlas; al tiempo que insuflaba mi mente de pensamientos positivos y optimistas para trascender y superar el error cometido, ayudando a levantarme y haciéndome ver que la grandeza del espíritu se mide no por las veces que acierta, sino por las veces que nos equivocamos y somos capaces de levantarnos y superarnos.

Así fue como iba adquiriendo consciencia del deber con el que debía cumplir, de la importancia de luchar por cambiar nuestra naturaleza imperfecta, de la ayuda que todo ser humano tiene desde el plano espiritual si somos capaces de solicitarla con humildad y merecerla por nuestras intenciones y acciones.

Ahora, ya desde aquí compruebo con alegría cómo una parte importante del trabajo que me llevó a encarnar en la tierra fue realizado, con mayor o menor precisión, con más o menos acierto; pero con la voluntad de trabajar en el servicio del bien y de mi propia redención espiritual.

El sentido del deber; y la impresión de mi conciencia acerca de un compromiso espiritual que todavía se me antojaba difuso y sin mucha claridad, me llevó a tomar parte de forma activa en las organizaciones e instituciones que divulgaban estas ideas en mi país, llegando a ostentar importantes representaciones, con el fin de ayudar a la causa de la divulgación de la verdad filosófico-moral del espiritismo.

Estas labores y trabajos me abrieron otras puertas a nivel internacional; dónde pude conocer a muchísimos compañeros de ideal que nutrieron mi mente, mi corazón y mi alma con ejemplos, conocimientos y experiencias valiosísimas para mi avance y progreso moral.

Tanto es así que, en franca convivencia, fraternidad y trabajos mutuos en multitud de eventos a nivel internacional, iba aprendiendo, contrastando, sintiendo y viviendo cada vez más el acierto de la decisión adoptada de dedicar mi vida al bien; a la divulgación de la verdad y a la superación moral que el código moral de Jesús nos recomienda a través de las obras de Kardec.

En una etapa más avanzada, estas relaciones me brindaron la oportunidad de trabajar junto a otros compañeros, ayudándoles en la divulgación de sus obras por todo el mundo; en la justa reciprocidad de que ese era uno de los compromisos que yo acepté voluntariamente pero que el mundo espiritual había puesto también en mi camino.

A consecuencia de esto último, y en etapas finales de mi transitar en la tierra, tuve la osadía de intentar también publicar algunos libros de mi autoría, inspirados por los espíritus que me guiaban, preparándome así para trabajos ulteriores como el que ahora mismo estoy llevando a cabo, a fin de ser útil, servir a mis semejantes, con aquello que humildemente puediera aportar.

Como bien sabemos, todos traemos a la tierra responsabilidades, obligaciones y deberes que cumplir; unos son pruebas para el fortalecimiento de nuestro espíritu, otros son expiaciones que debemos afrontar con abnegación, sin murmuración y con paciencia, al tratarse de rescates de nuestros errores del pasado.

Lo importante es comprender cuál es el deber y la responsabilidad que nos compete, y poco a poco ir descubriéndolo y ejecutándolo, a fin de no regresar a la patria espiritual con las manos vacías, aprovechando la oportunidad de progreso que Dios nos brinda en su infinita misericordia y bondad con cada encarnación.

Benet de Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

©2016, Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos él nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

PARANORMALIDAD Y GLÁNDULA PINEAL

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Glándula Pineal
© El Centro Base de Datos de Ciencias de la Vida.

Una de las razones mediante las que la ciencia se resiste a admitir la para-normalidad como un fenómeno normal en la persona, era hasta hace poco tiempo, la inexistencia de un órgano físico que fuera el origen de los fenómenos como los estados alterados de conciencia, el trance, el éxtasis, la mediumnidad, etc.

Nadie pone en duda desde hace más de un siglo la existencia de estos fenómenos mal llamados «paranormales»; lo que genera la controversia y dónde no se ponen de acuerdo es en su procedencia, manifestación y localización. Para la psicología, la medicina, la psiquiatría o la biología evolutiva tienen su origen en diferentes causas.

Así pues, mientras la psiquiatría los vino denominando hasta el siglo pasado como «enfermedades mentales», la moderna psicología transpersonal cambió su denominación a «estados de conciencia alterados», dejando de considerarlos una enfermedad sino una serie de estados de la psique humana que merecía la pena estudiar no en sus derivaciones negativas, sino en aquellas positivas que también ofrecen.

«En los estados de conciencia alterados, las dimensiones espirituales de la realidad pueden ser directamente experimentadas de un modo tan convincente como nuestra experiencia del mundo material, si no más aún. El estudio detallado de estas experiencias demuestra que no pueden ser explicadas como productos de una enfermedad mental en el cerebro, sino que son reales».

Stanislav Groff – Psiquiatra, Psicólogo, Fundador de la Psicología Transpersonal en 1978.

La biología evolutiva simplemente contempla estos fenómenos como «exudaciones neuronales» de los procesos electro-químicos del cerebro, que liberan una serie de sustancias que alcanzan el torrente sanguíneo produciendo diferentes tipos de reacciones físicas, psicológicas y químicas, capaces de alterar el normal funcionamiento del cuerpo.

Si contemplamos la interpretación de una «ciencia sin alma», siendo ésta apenas un epifenómeno derivado del funcionamiento de nuestro cerebro, es una explicación insuficiente y precaria, pues apenas alcanza para explicar algunos pequeños fenómenos de la paranormalidad humana; mientras que la mayoría de ellos quedan sin explicación plausible.

«La física, la neurociencia, y la psicologia humanista, todas convergen en el mismo principio: la mente no puede reducirse a la materia. La vana expectativa de que el cerebro pueda algún día dar cuenta de la mente es como el sueño del alquimista de producir oro a través del plomo».

George Stanciou (Físico) y Rober Augros (Filósofo)

No obstante, si recurrimos a la explicación de la «ciencia del espíritu», la amplitud de respuestas y conocimientos precisos se nos antojan más que suficientes al colocar en el «principio espiritual» (el alma humana independiente del cuerpo) la base y el origen de todos estos fenómenos que aparecen perfectamente lógicos, sin anormalidad alguna, propios del desarrollo evolutivo del ser.

La mediumnidad, explicada por la filosofía espiritista de Kardec es, hasta la fecha, el mejor método explicativo de todos y cada uno de los fenómenos paranormales; ésta extraordinaria ciencia del espíritu nos aclara como, entre el cuerpo físico y el alma encontramos un cuerpo intermedio denominado periespíritu que es el origen de todos los fenómenos psicológicos, anímicos, espirituales, paranormales y mediúmnicos que se producen en el ser humano, siendo el responsable de los denominados estados de conciencia alterados.

Este cuerpo intermedio, de naturaleza semi-material, es capaz de interconectar las moléculas físicas del cuerpo biológico con sus correspondientes moléculas periespirituales, y a través de un órgano biológico, situado también en el cerebro, se produce la intereconexión que permite toda esta serie de fenómenos que ya dejaron de ser paranormales para ser totalmente normales y capaces de ser desarrollados en cualquier persona.

Este órgano no es otro que la glándula pineal, situada en la parte baja del cerebro, que cumple una importancia fundamental hasta la pubertad de los seres humanos, pero que a partir de esas edades adolescentes restringe casi totalmente su actividad biológica. A través de este órgano se producen los fenómenos de la mediumnidad, la doble vista, la telequinesia, la telepatía, el éxtasis, el trance, etc…

Charles Richet, premio Nobel de medicina, definió la mediumnidad como «el sexto sentido del ser humano». Y mucho antes que él; el gran filósofo René Descartes, padre del racionalismo en el siglo XVI, afirmaba con rotundidad que «el alma humana se aloja en la glándula pineal».

Aunque hoy sabemos que no es exactamente así; pues el alma interpenetra y sobrepuja todo el cuerpo físico, como cualquier fluido impregna todos los átomos de un cuerpo; no es menos cierto que las nuevas investigaciones realizadas sobre paranormalidad humana con las últimas tecnologías de escáneres cerebrales y tomografías computerizadas, manifiestan una alteración evidente, en luminiscencia, y acumulación de energía cuando el individuo, portador de paranormalidad o mediumnidad, está en pleno ejercicio de la misma.

Mientras que, los mismos individuos, cuando no están ejercitando su facultad paranormal presentan una glándula pineal exactamente igual al resto de las personas. Sin apenas manifestaciones destacables, se presentan como personas totalmente normales en su funcionamiento.

La ciencia viene a confirmar la realidad de la filosofía Espirita cuando Kardec en el libro de los médiums pregunta a los espíritus acerca del mecanismo que posibilita la mediumnidad y estos le responden que a través de la glándula pineal se producen las manifestaciones mediúmnicas, pues en esta área cerebral se interconexionan las moléculas del periespíritu del médium con las del periespíritu del espíritu que comunica, traduciendo así los pensamientos y emociones de este último para el primero, a fin de transmitirlos por la palabra, la escritura, la vista, etc..

Así pues, tenemos que aplicar y explicar la realidad de los fenómenos paranormales como algo natural, real, al alcance de todo el mundo. No se trata en modo alguno de ninguna «gracia», «ningún don divino», no es tampoco «ningún castigo», «no es una lacra», «no es una enfermedad mental». Es preciso comprender que, cuando estas circunstancias se presentan tienen un porqué y un para qué, de nada sirve esconder la cabeza como el avestruz, pues se vuelve a presentar cada vez con mayor virulencia.

Es preciso pues entender su objeto, el porqué y el para qué tenemos esa hipersensibilidad. Y en ello la doctrina de Kardec nos ayuda sobre manera explicando las causas y los propósitos por los que tenemos facultades, así como la utilidad de las mismas para la realización personal del que la posee, y el beneficio que con ellas se puede aportar a nuestro prójimo de manera desinteresada.

Para todos los que desean saber el porqué y el para qué de estas cuestiones, les decimos que no son «seres raros o especiales» sino totalmente normales; únicamente precisan estudiar y dar sentido a esas manifestaciones; usándolas en su propio beneficio de equilibrio, armonía y realización personal, y al mismo tiempo ejerciéndolas con prudencia, discreción, altruismo y humildad.

Y siendo conscientes además de que al desarrollar estas facultades correctamente, se convierten así, ellos mismos, en la prueba evidente de la inmortalidad el alma; al permitir que «desde el otro lado de la vida» y por su intermedio, se ofrezcan los hechos y las pruebas de la inmortalidad del ser humano, ofreciendo así el consuelo, la esperanza, el optimismo y la fe en el porvenir, que nos aguarda a todos sin excepción.

Antonio LLedó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

«El fin providencial de las manifestaciones es convencer a los incrédulos de que no todo acaba con la vida física, y ofreciendo a lo que ya creen ideas más exactas sobre el porvenir».

Allan Kardec. Libro: ¿Qué es el Espiritismo? Cap. II.

EL DESPERTAR

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El despertar

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Sirvan estas primeras impresiones para agradecer profundamente la oportunidad que se me brinda de explicar, revisar y reflexionar sobre algunos aspectos de mi vida en la tierra que tienen una trascendencia espiritual fundamental para mi persona y que, sin duda, pueden servir de ejemplo a otros muchos que aquí puedan leerlos e identificarse con ellos.

Como es evidente, el único ánimo que me mueve al realizar esta revisión de experiencias es encuadrarlas en las lecciones espirituales que me brindaron para seguir progresando y evolucionando; cambiando mi interior hacia mejor, y encontrando un camino de redención que es tan necesario a la mayoría de las personas que de una u otra forma encarnamos en la tierra.

Ahora, desde la lucidez que se me brinda en este otro plano de vida, el análisis de las situaciones y de las circunstancias vividas adquiere otra dimensión más profunda; puedo valorar las cosas de forma que con materia me era imposible realizarlo. Los múltiples aspectos de mi visión sobre las cosas que ahora tengo, me avalan para entender la realidad de las causas que antes comprendía deficientemente y ahora entiendo con claridad y nitidez.

Tanto en los aspectos dichosos como en los infelices vividos en la tierra, y que recuerdo con nitidez, pues no hace mucho tiempo que traspasé el umbral de la vida física hacia la espiritual en la que ahora me encuentro; como digo, en muchos aspectos entiendo la repercusión de nuestras acciones, pensamientos e intenciones con una profundidad impensable de alcanzar en la tierra para mí.

Así pues esto es para mi como un despertar, pues el evaluar la revisión de los acontecimientos vividos en la tierra con esta lucidez; ha supuesto para mí un conocimiento de la realidad más profunda de mi propio ser, de mi propia conciencia; de la trayectoria inmortal que como espíritu vengo recorriendo desde que Dios me concedió la oportunidad de la vida mediante su creación.

A este despertar espiritual que todos tenemos al regresar a la patria verdadera del espíritu, se une otro muy distinto que también fue muy importante para mi y que supuso un rumbo de vida; un cambio que determinó mi futuro en la última existencia. Este otro despertar al que me refiero ocurrió cuando yo llevaba una vida acomodada en mi país, y de repente llegó a mi vida la información de una filosofía espiritual que aclaraba multitud de dudas que mi interior albergaba; dudas que, unidas a la propia juventud y a la búsqueda errónea de la felicidad en las pasiones materiales, cerraban mis sentidos espirituales a todo aquello que supusiera renuncia al propio egoísmo.

Este despertar de conciencia, fue acompañado por acontecimientos materiales graves; importantes; las pruebas se sucedían, las expiaciones llegaban a mi vida con virulencia; y ante tales circunstancias mi interior todavía no era lo suficientemente maduro para entender aquello que ocurría a mi alrededor.

Tanto es así que mis primeras reacciones fueron de escepticismo, rebeldía e incomprensión; a pesar de que de una u otra forma, el consuelo del conocimiento iba llegando a mi vida por uno y otro lado. Comencé a leer, a comprender cuestiones como la reencarnación, la ley de causa y efecto, la inmortalidad del espíritu.

Pero he de confesar que, en una primera etapa, tomaba estas cuestiones como una fuga, un sitio donde refugiarme y encontrar respuestas y soluciones a las aflicciones que en aquellos momentos cercaban y rodeaban mi vida por todas partes. Fallecimientos de seres queridos vinieron a agravar las circunstancias; mi condición emocional se deterioraba por momentos y no encontraba el consuelo necesario todavía.

Mientras me debatía en la lucha entre la incredulidad y la fe, del análisis de las nuevas ideas que llegaban a mi vida y enfrentando los feroces acontecimientos que me acosaban; descubrí con sorpresa que existían personas que abrazaban estas ideas con alegría, con renuncia, sobreponiéndose a sus propias dificultades. Esto fue para mi un rayo de luz, una esperanza, pues si otros eran capaces de superar estas situaciones, yo podría hacer lo mismo.

Al preguntar a alguna de estas personas cual era la fuerza que les motivaba para hacer frente a tamañas dificultades me contestaron: la creencia en la Justicia y el Amor de Dios. Según ellos nada ocurría por casualidad, todo tenía un sentido, esculpido en nuestro pasado. Los sufrimientos de hoy eran consecuencia de los errores cometidos en el ayer, y la dicha del mañana se forja con nuestros actos del presente.

Todo esto yo ya lo sabía, lo había leído, pero no lo había interiorizado, no lo había comprendido. Cuando pasé de saber a comprender fue el momento de mi despertar espiritual; y a partir de esta circunstancia mi concepción del mundo y de la vida experimentó un giro de ciento ochenta grados.

Este despertar espiritual fue lento; pero sólo el dolor, sólo el sufrimiento, fue capaz de espolear mi conciencia para abrir mi mente y desear profundamente aprender, comprender y vivir aquellas verdades y conceptos nuevos que llegaban a mi vida explicando como nadie la Justicia Divina, el porqué del sufrimiento y la realidad de la vida aquí en la tierra.

Mi mente y mi conciencia se abrieron desde ese momento a una nueva realidad que deseo compartir con todos aquellos que lean estas reflexiones. No sólo entendí la Justicia Divina, sino que a partir de ese momento la Vida tomó una dimensión tan profunda y clara que comencé a a agradecer a Dios por la oportunidad de saber, aprender y comprender.

Esta circunstancia que me liberó de la oscuridad de la mente material para abrir mi mente y mis sentidos espirituales, me planteó en poco tiempo la gran pregunta de qué quería hacer con mi vida, sabiendo a ciencia cierta que todos venimos a la tierra con una misión o compromiso a realizar.

La propia necesidad de progreso que yo detectaba en mi interior se convirtió en una impaciencia por aprender y trabajar, por crecer espiritualmente, por ayudar y ayudarme; a partir de ahí me propuse estudiar, aprender y modificar mi vida en el nuevo camino descubierto, para ir en búsqueda de mi felicidad interior y de una nueva realidad de la vida que comenzaba a percibir.

No obstante, este cambio, esta nueva realidad me iba a exigir algunas renuncias y sacrificios materiales que inicialmente no estaba muy por la labor de realizar.

Pero el compromiso espiritual que albergaba en mi interior, y que sin duda traía desde antes de encarnar, me impelía con fuerza inusitada a afrontar el reto; ahora ya sí, con el conocimiento necesario y preciso que anteriormente no tenía, y que ya sustentaba mi mente en razonamientos precisos, lúcidos y esclarecedores para sostenerme en el camino del cambio y la transformación moral.

Sobre esta fuerza interna, basada en el compromiso y en el conocimiento espiritual que iba adquiriendo, profundizaremos en la siguiente oportunidad.

Benet de Canfield

El despertar por: Psicografiado por Antonio Lledó Flor

© 2016, Amor Paz y Caridad

[Nota*] Serie de psicografías que iremos publicando mensualmente; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace unos pocos años, comenta experiencias de vida en su última existencia, así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos él nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos: Benet de Canfield

ELEVACIÓN, ASCENSIÓN Y FUENTE DE PODER

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Elevación, Ascensión y Fuente de poder

«Semper Ascendens»

En la larga andadura del espíritu a través de su evolución espiritual, así como también en el desarrollo biológico del ser humano existen una serie de constantes que se presentan en todo tiempo y lugar, así como en cada periodo de crecimiento.

La primera y más importante es la de la transformación y el cambio constante; hoy la ciencia demuestra que todo está en permanente cambio y modificación; desde las neuronas cerebrales que mueren por millares a diario y son sustituidas por otras nuevas así como las modificaciones que se experimentan en los universos físicos, microscópicos o macroscópicos como en las transformaciones de las galaxias y el cosmos en general.

Esta impulsión que induce a todo lo que existe a la constante modificación y transformación ha cambiado el paradigma del estudio de la materia; esta era hasta hace unas décadas el único objeto de la realidad y se ha visto sustituida por la energía como patrón exclusivo de todo lo que existe; pues hasta la propia materia, según la física cuántica y de partículas, no es otra cosa que energía en diferentes grados de vibración y frecuencia.

Esa impulsión física se traduce en el espíritu en el impulso inmanente que le impele a progresar de forma constante. No podemos olvidar que el espíritu humano es también energía; una energía sutil, purísima, que al igual que las ondas electromagnéticas o fuerza de la gravedad, son invisibles a nuestros ojos. La física está llegando a la conclusión de que lo invisible es más real que lo visible. Pues todo lo que no vemos se debe a nuestra percepción sensorial en tres dimensiones, lo que nos impide captar multitud de realidades, tan presentes en nuestra vida diaria, como el aire que respiramos (que tampoco vemos) ni la atmósfera de la que nos servimos (sin la cual no existiría vida en la tierra).

Existen multitud de dimensiones que los científicos ya han demostrado y que no son perceptibles a nuestros cinco sentidos. Y son tan reales, tan importantes y nos afectan tanto o más que aquellas que vemos o percibimos. Estamos rodeados, inundados y constantemente influenciados por energías que desconocemos y no percibimos.

La realidad del espíritu humano, así como su pensamiento y sus emociones forman parte de energías que ya pueden medirse, comprobarse y certificarse desde hace más de un siglo. Y si hemos avanzado que la transformación y el cambio de la materia es constante y nadie puede detenerlo; el espíritu, energía permanente, surgida de un acto de creación, inmortal como la esencia de la que procede, está también sujeta a unas leyes de cambio, progreso y transformación que le permiten desarrollar aquellas cualidades latentes que, como una semilla, alberga en su interior a falta de desarrollar.

Estas cualidades no son otras que los atributos de la perfección y la divinidad que el creador puso en el espíritu para que, por sí mismo, bajo los parámetros del libre albedrío, la voluntad y la consciencia, y únicamente mediante su propio esfuerzo, alcance la plenitud y la dicha. Siendo su naturaleza espiritual, energética, inmortal, e inextinguible, su energía es así mismo imperecedera; se renueva de forma constante, en el espacio y en la tierra; es decir, encarnado en un cuerpo físico, o en estado de liberación cuando regresa al mundo del espíritu.

El espíritu necesita ELEVARSE Y ASCENDER, en la escala evolutiva mediante el desarrollo de esas cualidades latentes mencionadas; y ellas son fundamentalmente dos: el Amor y la Sabiduría. Creciendo en el amor se identifica y armoniza con la fuente de poder del Universo físico y espiritual; esa fuente a la que pobremente llamamos Dios y que apenas podemos definir, es amor universal.

De tal forma que cuando los pensamientos, los sentimientos, las acciones y las obras se ven guiadas por sentimientos nobles, caritativos, altruistas, desinteresados, de ayuda al prójimo, etc.. Emitimos vibraciones de una determinada frecuencia que nos permiten conectar con las franjas superiores del mundo espiritual, recibiendo a cambio la energía vivificadora, poderosa y eterna del amor universal.

Esta energía «recarga las baterías del espíritu», permitiéndole afrontar nuevos compromisos, por difíciles que estos sean o supongan cualquier tipo de desgaste. «Todo lo que yo hago vosotros lo podéis hacer, si queréis» (Jesús de Nazareth). El camino más directo hacia la elevación y ascensión del espíritu humano es pues el amor; pero este no puede caminar sólo, le es preciso conocer, aprender, encontrar las cualidades que la razón, la intuición y el conocimiento le proporcionan para saber discernir, para no equivocarse, para no confundirse sobre las decisiones a tomar en tal o cual circunstancia.

Este conocimiento no se adquiere en la escuela formal, se adquiere en el desarrollo de la conciencia; y esta llega al hombre cuando es capaz a de afrontar sus deberes con responsabilidad, con gratitud, con equilibrio y honradez. La conciencia y su desarrollo permite al hombre alcanzar «sabiduría»; una palabra usada con frecuencia pero muy poco comprendida. La sabiduría no sólo acompaña al amor en el recorrido que permite la elevación y ascensión del espíritu, sino que a veces, sus determinaciones son contrarias a la razón humana, no así a las leyes divinas, que respeta y engrandece de forma notable.

La elevación del espíritu humano es pues la tarea que todo ser tiene desde que es creado por Dios. Y hacia ella debemos encaminar todos los esfuerzos, todas las energías de que disponemos. Hoy la ciencia viene en auxilio de la espiritualidad; y así como el mundo de los espíritus es una realidad desde que existe el hombre; la verdad de las leyes que rigen el mundo se abre paso como un torrente a través de los nuevos paradigmas científicos del siglo XXI. La evolución darwiniana ya «no se comprende sin el desarrollo del amor entre los seres humanos», y no únicamente de la competitividad que los materialistas enarbolan como única fuerza del cambio y la transformación de las especies.

La aparición de la vida en la tierra tampoco se entiende sin «la intervención de una causa primera», un «diseño inteligente» que proyecta y dirige la vida en los diferentes universos, galaxias, y espacios cósmicos que conocemos y aquellos otros que todavía ignoramos. La propia célula, elemento primigenio de la vida, presenta a los investigadores del genoma humano la realidad última de «un primer motor» capaz de activarla y desencadenar su evolución, desarrollo y reproducción. El azar dejó hace tiempo de ser una explicación; pues todo efecto tiene una causa.Y la causa del origen de la vida, de la célula, de la materia y la energía,, no es otra que ese arquitecto universal al que llamamos Dios.

Y, todo efecto inteligente tiene una causa inteligente. Esto es lo que aplicamos al espíritu humano; inteligencia creada por una inteligencia suprema. Y con ello se encuentran las explicaciones precisas y necesarias que le permiten cumplir el objetivo para el que fue creado: formar parte de la obra más extraordinaria jamás pensada, jamás concebida por mente humana; y además hacerlo en plenitud de conciencia, con total individualidad y plenitud, alcanzando la dicha permanente y eterna que sólo el amor (la fuerza más poderosa del universo) es capaz de otorgar.

La identificación con el amor, «la fuente del poder del universo», permite al espíritu humano Elevarse y Ascender en el camino que le llevará a la plenitud; aunque antes, y por milenios, debamos desarrollar esas cualidades que Dios puso en nosotros como una semilla, para que a través de las experiencias en las vidas físicas y en el mundo espiritual, podamos alcanzar por nosotros mismos, con total justicia y merecimiento ese estado de conciencia elevada que sólo distingue a los espíritus perfectos, llenos de amor y de sabiduría.

Elevación, Ascensión y Fuente de poder por:  Antonio LLedó Flor

© 2016, Amor, paz y caridad

«El amor es la fuerza que Dios deposita en el corazón de todos los seres humanos, a cada uno corresponde decidir vivir como un paladín o un cobarde, como un conquistador o un conformista, como un ser excelente o un mediocre, como un ser lleno de luz o quien permanece por siempre en la oscuridad; el amor hace nacer la fuerza para atrevernos a ser auténticos colaboradores en la grandeza de la creación.» Anónimo

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO

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Reflexiones desde el otro lado

INTRODUCCIÓN

Iniciamos  esta nueva sección, Reflexiones desde el otro lado (*) protagonizada por un espíritu amigo, que hace algún tiempo abandonó su materia para regresar a la verdadera patria; el mundo espiritual. Bajo su propia petición, prescindiremos de dar su nombre en la última existencia; eludiendo así controversias innecesarias respecto a aquellos que le conocieron. Utilizaremos pues, el nombre que tuvo en una existencia anterior.

Con este anonimato evitaremos que nadie idolatre su memoria; pues su auténtica intención al realizar este trabajo no es otra que dar a conocer su experiencia de vida; su recorrido, dificultades, aciertos y errores; haciendo ver a los demás que si él pudo transformarse y progresar, todos podemos conseguirlo, cumpliendo como él con el compromiso que traemos a la tierra, si ponemos la voluntad y determinación suficiente.

Se trata pues de una serie de psicografías; delineadas y planificadas por el propio espíritu, donde éste nos explica desde su visión actual en el plano espiritual, los momentos más trascendentes de su vida y despertar espiritual en la tierra; cómo los vivió y cómo los comprende ahora, con una mayor amplitud y profundidad.

Él; agradecido y comprometido con la tarea de la divulgación de la realidad de la vida, que con éxito realizó mientras estuvo en la tierra, ha querido seguir trabajando en este compromiso, intentando plasmar a través de su propia experiencia terrena, y ahora en el espacio, una serie de lecciones de vida que desea transmitir a todos los lectores de nuestra revista.

A través de ilustrar algunas verdades y conceptos, que en el transcurrir de las expiaciones y las pruebas la vida nos presenta; de la forma adecuada de enfrentar estas realidades desde su propia experiencia; de la manera de sobreponerse a las adversidades o sucumbir a ellas; nos hace comprender que «la dimensión humana soporta todavía las llagas de la imperfección espiritual; » y que a todos nos alcanza desde el mismo momento que precisamos de una materia para adquirir experiencias y solventar con reciprocidad y justicia los errores del pasado.

Y todo ello desde una perspectiva vital; comprometida desde antes de encarnar para efectuar una misión de auténtica relevancia en cuanto a su propia redención espiritual. A veces, y de forma errónea, solemos pensar que aquello que realizamos por los demás de forma altruista o desinteresada nos salva de los errores cometidos en el pasado; nunca es exactamente así. Si bien es cierto que cualquier acto de amor, altruismo y sacrificio por nuestro prójimo nos ayuda a distanciar el egoísmo y nos abre nuevas sendas de progreso, los estigmas que nuestra conciencia arrastra de tiempos pretéritos hemos de solventarlos siempre con reparación, arrepentimiento y expiación.

Se trata de un espíritu sabio en existencias anteriores a la última que tuvo en la tierra; en una de ellas, hace varios siglos, se llamó Benet de Canfield, y bajo este nombre firmaremos su trabajo. En la última reencarnación, a la que hacen referencia estas reflexiones, fue un incansable trabajador de la doctrina espirita; comprometido con la familia espiritual de millones de espíritus dirigidos por el maestro. Espíritus, que pululan en el espacio junto a los encarnados, comprometidos en el trabajo incesante de preparación del nuevo tiempo de regeneración que se aproxima.

Junto a él, muchos todavía encarnados debemos aprender, debemos discernir, debemos comprometer nuestros esfuerzos y nuestra vida, a pesar de nuestros errores, de las imperfecciones que todavía nos dominan. Este compromiso no es con nadie más que con nosotros mismos y con la verdad; y si en este recorrido abrazamos la defensa del bien y la superación de nuestras debilidades espirituales, nos encontraremos cada vez más cerca del paradigma moral que predicó el maestro Jesús; auténtico convocante de todos aquellos que luchan por la fraternidad, la solidaridad, el amor, la caridad y la concordia entre los hombres de este planeta.

En esta tarea, que simultáneamente comporta nuestra propia redención como espíritus, nuestro rescate de faltas anteriores, nuestra elevación espiritual a través de la propia superación moral, encontraremos los ejemplos de espíritus como el que nos acompaña en esta revisión de vida y reflexión de experiencias; para darnos cuenta de que todos podemos cambiar, mejorar, luchar y elevarnos por encima de las miserias propias y ajenas, si utilizamos las dos fuerzas más poderosas del universo que anidan en el interior de todo ser humano: la voluntad y el amor.

También contamos, como él explica profundamente, con la lucidez, la claridad y la racionalidad de la doctrina de Kardec; a fin de llevarnos a encontrar las respuestas que a veces precisamos a la hora de levantarnos ante las dificultades.

Esta filosofía de vida, injustamente tratada y denostada, acosada por la intransigencia, el fanatismo y el exclusivismo científico y religioso; sin el más mínimo ejercicio de análisis, ni de la comprensión de los enormes beneficios que comporta su conocimiento sobre la vida y la muerte, fue la principal de sus luchas; defendiendo su verdad y los enormes y extraordinarios réditos que la comprensión de la misma supone para el hombre, al derrotar a la muerte y explicar, como nadie, la inmortalidad del alma.

Ahora, ya sin materia, persiste en este noble ejercicio, demostrando con su propio ejemplo al colaborar en esta serie de artículos que vamos a publicar, que su personalidad integral sigue creando, pensando, viviendo y sintiendo más que nunca, con profusión de ideas esclarecedoras, con una visión más profunda de la realidad. Él es otra prueba, otra demostración fehaciente de la realidad de la vida después de la muerte, al transmitir su pensamiento con notoriedad, verdad, raciocinio, compromiso y lucidez.

Ojalá estas experiencias vitales, explicadas en primera persona desde el otro lado de la vida, y con la nobleza y la veracidad que le caracterizó en la tierra, sirvan para ayudar a muchos otros que, ignorantes de la realidad de la vida despierten a la misma.

Y quizás, porqué no, muchos que ya conocen, que ya saben de estas ideas, puedan darse cuenta de que únicamente con saber no es suficiente; la redención del espíritu encarnado se encuentra en el mérito, en el propio esfuerzo, en la conquista de la perfección interior, no sin sacrificio personal ni abnegación.

También consiste en levantarse después de la caída, en utilizar la voluntad para conseguir nuestros objetivos, en luchar contra ese enemigo interior, nuestras imperfecciones morales, y que son directamente proporcionales al grado de sufrimiento o dicha que nos espera el día de mañana.

Este espíritu es ejemplo de esto; desde su humanidad, sencillez, conocimiento y nobleza, nunca pretendió ser un paradigma, nunca ambicionó ser una estrella. Al tiempo que se adentraba en el conocimiento profundo de la vida, de las leyes que rigen el proceso evolutivo del ser, su principal ambición fue la del trabajo y el servicio en beneficio de su prójimo; pero sin dejar de lado la perspectiva de la reforma interior, aquella que nos coloca en nuestro verdadero lugar cuando regresamos a la patria espiritual; la que las leyes de Dios, esculpidas en nuestra propia conciencia, nos recuerdan constantemente.

Invitamos a todos nuestros lectores a seguir la serie de artículos que darán comienzo el próximo mes; donde apreciarán la trayectoria ineludible de un espíritu encarnado, haciendo frente en primera persona, a las realidades de una vida y a la comprensión de las verdades espirituales bajo la experiencia, la observación y el conocimiento que paulatinamente fue adquiriendo hasta el final de sus días.

Agradecemos a este compañero de viaje este compromiso, con afecto y gratitud, esperando que sea paciente con nuestras incomodidades e imperfecciones materiales; y al mismo tiempo deseamos que, para todo aquel que lea estas reflexiones desde el más allá, desde la auténtica realidad de la vida, sirvan de conocimiento, de ejemplo y de pauta de actuación, para aquellos que desean errar lo menos posible en el camino de la evolución que cada espíritu tiene comprometido en la tierra.

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO por: Antonio Lledó Flor

©2016, Amor Paz y Caridad

[*] Serie de psicografías que publicaremos mensualmente; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace unos pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia hace ya varios siglos: Benet de Canfield

EL DESEO

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El deseo

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«El hombre tiene el amor por ala, y el deseo por yugo»

Victor Hugo – Escritor

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Sentimiento que posee el ser humano por conseguir algo, anhelar algo, aspirar a algo o saciar cualquier cosa. Es pues, una fuerza motriz del alma humana que impulsa a la persona a esforzarse por conseguir aquello que anhela.

El deseo no es perjudicial en sí mismo; tiene sus aspectos positivos como elemento dinamizador del ser humano, y presenta la característica de enfocar la energía interior del hombre en la búsqueda y consecución de sus objetivos.

Cuando detrás del deseo se encuentra la intención noble y generosa de alcanzar cualquier objetivo de bien, altruista o de realización personal, encontramos que el propio deseo se convierte en una fuerza que focaliza nuestra mente y nuestras aspiraciones de forma positiva.

«No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz» 

Epicteto de Frigia (55-135) Filósofo y Esclavo grecolatino.

Pero cuando el deseo alberga (en nuestra mente y en su trasfondo) intereses egoístas, violentos, posesivos o de manipulación de los demás para satisfacer nuestros más bajos instintos; el deseo se convierte en un terrible acompañante, que nos induce a cometer errores, uno tras otro, perjudicando a los demás y a nosotros mismos. Y si no somos capaces de alejarnos de la energía perjudicial que nos envuelve, nubla la razón y fomenta la intranquilidad y la angustia interior mientras no conseguimos satisfacerlo.

En las filosofías orientales son muy proclives a ver el deseo como un grave entorpecimiento en el desarrollo espiritual del ser humano;  singularmente lo presentan como un enorme obstáculo por la característica que tiene el deseo de esclavizarnos a algo, a alguien, a una idea, a una persona, a un objeto, a una institución, etc.

Cuando este deseo central de nuestra mente alcanza características obsesivas, cerramos el canal del discernimiento; nos volvemos ciegos a la realidad, sordos a las sugerencias, a los consejos, derrapamos por el camino de la intransigencia o el fanatismo, pues dejamos de usar la razón y «el sentido común». En esos momentos, la única energía que focaliza nuestra mente y moviliza nuestras acciones es la que nos esclaviza mediante ese deseo central que nos domina.

El deseo pierde mucha fuerza una vez se ha conseguido el objetivo que nos habíamos propuesto a través del mismo. No obstante, es interesante observar que, en función de la naturaleza del deseo, y del arraigo de ésta en nuestra mente, esa fuerza va desapareciendo o por el contrario se estimula y se regenera.

El aspecto esclavizante del deseo que hemos mencionado más arriba, es algo probado ciertamente en psicología; pues, cuando una mono-idea revestida de deseo se hace fuerte en nuestra mente, puede llegar a ser tan poderosa hasta el punto de convertirse en una auto-obsesión; capaz incluso de generar enfermedades mentales y trastornos psicológicos cuando somos incapaces de debilitarla mediante un ordenado control de nuestras emociones y pensamientos.

«Los deseos deben obedecer a la razón»

Cicerón (106 AC-43 AC) Escritor, orador y político romano.

Es en este sentido como el deseo presenta su aspecto más perjudicial. Aquel que domina sus emociones y controla sus pensamientos es difícil que pueda verse atrapado en la redes de un deseo esclavizante. Para ello se precisa un poco de auto-conocimiento, de reflexión interior, de análisis objetivo, disciplina mental y una claridad de ideas importante respecto a lo que queremos conseguir en la vida.

Si priorizamos la parte material, evidentemente costará mucho más liberarnos de la fuerza de los deseos materiales; que a veces degeneran en pasiones malsanas por convertirse en obsesivas y/o en hábitos descontrolados que producen infelicidad e insatisfacción. Incluso esta última se ve acentuada a pesar de conseguir parcialmente el objeto de nuestro deseo interior, generando con ello nuevas intenciones de satisfacer el deseo y llevándonos con ello a episodios mayores de sufrimiento interior y angustia que deriva en frustración.

Los deseos son como los peldaños de una escalera, que cuanto más subes, tanto menos contento te hallas.

Arturo Graf (1848-1913) Escritor y poeta italiano

Si los deseos principales constituyen aspectos de desarrollo personal, psicológico, espiritual, o metas que redundan en nuestro crecimiento y realización como personas, la satisfacción de conseguir la meta propuesta nos ofrece nuevas energías que movilizan nuestra psique y nuestra mente, a fin de seguir creciendo, progresando, avanzando y mejorando.

La llamada «inteligencia espiritual», basada en el desarrollo de las cualidades personales, en aquellos aspectos que nos elevan por encima de la materia, en la contemplación de la belleza, en el ejercicio de la reforma moral, en la adquisición de virtudes que engrandecen nuestro interior y nos colman de paz interior, de armonía y bienestar, tiene mucho que decir al respecto de la fuerza del deseo y de la ejecución del mismo respecto al objetivo principal del ser humano: la consecución de la felicidad interior.

Esta dicha solo se alcanza mediante el equilibrio, la paz, el bienestar y la salud física, psicológica y espiritual. Y para ello necesitamos del desarrollo del Amor y de las cualidades que le acompañan; el amor a uno mismo, al prójimo, a la vida, a Dios, etc. Pero un amor no posesivo, no egoísta, sino un amor que potencie el desarrollo de todas las virtudes que posee el espíritu humano latentes en su interior: caridad, perdón, humildad, sabiduría, etc.

Para ello es preciso utilizar la fuerza del deseo como enseñaba Séneca, el gran filósofo romano del siglo I, que decía así:

«Si deseas ser amado, ama.»

Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad