Enfocando la actualidad

EL MIEDO

Inicialmente el miedo está considerado como una de las emociones primarias del ser humano, al igual que la ira o el amor. Sin embargo, esta emoción, lejos de ser, en principio perniciosa como podemos suponer, ha jugado un protagonismo ineludible en la evolución biológico-psicológica y espiritual del ser humano.

Es esta emoción la que ha propiciado que el hombre haya desarrollado multitud de habilidades y actitudes, físicas y psicológicas, en la preservación de la especie humana a lo largo de millones de años, alertándonos de los peligros inminentes desde las primeras etapas de nuestra evolución como homo sapiens.

Bien es sabido que, según nos informan los psicólogos y biólogos evolutivos, esta emoción, nos permite estar en guardia, y, cuando sentimos miedo, angustia o estrés, las sustancias que segrega nuestro cerebro a través del torrente sanguíneo (adrenalina, serotonina, cortisol, etc.) modifican el ritmo cardiaco, la tensión arterial, la contracción de determinados músculos y nervios, a fin de facilitar el instinto de supervivencia, inherente en todas las especies.  Todo ello con el fin de mostrarnos alerta automáticamente ante cualquier agresión, riesgo o peligro que nuestra mente detecta.

“Todo recién nacido siente miedo cuando se lo separa de su madre; el grito y el miedo (al nacer en todos los mamíferos) van acompañados de una reacción de estrés que secreta unas hormonas que ayudan a dominar el miedo. Pueden parecer instintos innatos, pero no lo son, se trata de experiencias en el dominio del miedo y el estrés grabadas en el cerebro.”

Gerald Huther – Neurobiólogo

Pero el miedo tiene también su connotación negativa; pues cuando no es puntual como reacción ante un peligro, y sin embargo adquiere forma de hábito en nuestra mente, suele degenerar en un estado de ánimo perturbador que se traduce en pánico y/o angustia vital llevando a la persona a patologías mentales y enfermedades psicológicas de difícil curación.

En el análisis del miedo se especifican varias perspectivas: filosóficas, psicológicas, espirituales, biológicas, etc.. Hay quien dice que tenemos miedo a lo desconocido; y sin embargo, en análisis más profundos hay quien defiende que el miedo surge de la postura contraria: de aquello que nos es conocido, aquello con lo que nos identificamos, aquello que creemos que es de nuestra propiedad. En este último caso es el “miedo a perder” aquello que poseemos o con lo que nos identificamos: una creencia, un ser querido, una cuenta corriente, un prestigio social, etc.

Es cierto que lo desconocido crea prevención; pero no es menos cierto que, las personas excesivamente materializadas, que únicamente conceden valor a lo transitorio, “al tener en vez de al ser”, sienten pánico cuando están en riesgo de perder aquello que consideran como propio y sin lo cual se sienten vacíos, desamparados, etc.

El miedo es pues un estado anímico que el alma humana experimenta; unas veces como consecuencia de la detección de un peligro que amenaza la supervivencia, otra como la sensación de la pérdida de cualquier cosa. El miedo a sentir dolor es algo también justificable y todo ello a pesar de que intentamos resguardarnos con multitud de recursos psicológicos (en el caso del dolor moral) y médicos (en el caso del dolor físico).

Pongamos un ejemplo: “ante la muerte de un hijo querido, puedo recurrir a mi creencia en la reencarnación para evitar más sufrimiento psicológico.” Esto nos hace ver la importancia del conocimiento en todas las áreas de la conducta y de la vida humana. Pero sobre todo, nos pone en evidencia la importancia de conocer las leyes que rigen la vida espiritual para encontrar en ellas las respuestas y el consuelo a las aflicciones que rigen nuestra vida.

La moderna psicología nos indica que la comprensión y aceptación del sufrimiento inevitable; así como la adaptación frente a una perturbación o situación adversa, permite al ser humano sobrellevar el dolor de forma digna, eliminando la angustia y fortaleciendo nuestro carácter ante las desgracias de la vida; a esto lo denominan “resiliencia”.

Pero la comprensión de las leyes espirituales y el origen de los sufrimientos y expiaciones que la vida nos presenta, amplia el concepto psicológico y nos presenta el sentido de la Justicia Divina, completando así el círculo con el entendimiento del porqué ocurren las cosas, comprendiendo definitivamente que el origen del dolor en la vida actual se encuentra en las causas delictuosas, generadas por nosotros mismos en el pasado; en vidas anteriores y que hemos de rescatar como deudas en nuestra contabilidad moral negativa.

Por ello es tan importante, a la hora de valorar y experimentar el miedo; comprender porqué ocurren las cosas, pues nada ocurre por azar, todo tiene una causa y un efecto. Entendiendo esto en profundidad, el miedo psicológico desaparece, ya deja de paralizarnos, no presenta más su cara desagradable. Y aunque el miedo físico, ante un riesgo que amenace nuestra integridad física va a seguir existiendo, este es algo puntual que surge cuando se produce únicamente una circunstancia de este tipo.

El miedo paralizante es el psicológico; y cuando se entienden las causas del dolor, del sufrimiento, las consecuencias y circunstancias evolutivas del espíritu humano es cuando nos rearmamos de fortaleza interior para comprender que el azar o el acaso no juegan ningún papel en nuestras vidas, y que todo tiene un porqué y un para qué.

Es preciso comprender la sabiduría y la perfección de las leyes que rigen el destino del hombre, su libre albedrío, la responsabilidad que tienen sobre sus propios actos felices o desdichados. Debemos entender que no existe, ni debe existir miedo, incertidumbre ni duda cuando estamos convencidos de nuestra inmortalidad como seres espirituales eternos.

El miedo se combate firmemente con la comprensión de nuestra realidad, aquella que tiene que ver con la esencia de lo que somos, del porqué estamos aquí y la esperanza en un futuro mejor, siempre al alcance de nuestra propia mano; pues somos, cada uno de nosotros los forjadores de nuestro propio destino.

“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos.”

 Marie Curie (1867-1934) Física francesa  y Premio Nobel de Física

Así pues, esta emoción perturbadora en lo psicológico, va dejando paso a la seguridad, la esperanza, el optimismo y la fe en el mañana en la misma medida en que nuestros principios espirituales se consolidan dentro de nosotros como auténticas convicciones (no sólo creencias).

En la nueva psicología positiva, la esperanza en el futuro con que la convicción de la inmortalidad fortalece al hombre, se convierte así en la palanca y motor de una mayor felicidad del ser humano aquí y ahora, consiguiendo desactivar el miedo paralizante de la ignorancia y la nada.

Traducido a términos espirituales viene a ser lo siguiente: la fe razonada en nuestra inmortalidad, el reencuentro después de la muerte con nuestros seres queridos; la confianza en una causa primera e inteligencia suprema (Dios) creador del universo, justo y bueno, que otorga a cada cual según sus obras y que nos permite rectificar una y otra vez nuestros errores a través de las diversas existencias en las que aparecemos en la tierra, permite así nuestra iluminación interior y el crecimiento espiritual que nos lleva a la plenitud y por ende a la felicidad y la perfección.

Ante esto no existe ni puede existir miedo alguno; sólo confianza, fe, gratitud, esperanza y amor por la vida, sea bueno o malo lo que ésta nos presenta; en la seguridad de que en todo ello existe un trasfondo que, bien comprendido y razonado, nos permitirá crecer interiormente y fortalecer nuestra alma, cumpliendo con aquello que nos ha traído hasta aquí.

El miedo por: Antonio Lledó Flor

©2016, Amor, paz y caridad

“Muchos no creen en nada, pero temen a todo

Friedrich Hebbel (1813-1863) Poeta y dramaturgo alemán

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