Enfocando la actualidad

LA MUERTE INEXISTENTE

 “La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”

Haruri Murakami – Escritor Japonés

La muerte es, sin duda alguna una de las cuestiones principales que preocupan al hombre. Unos la aceptan, otros la niegan y últimamente hay una tercera opción que intenta combatirla, vislumbrando la posibilidad de derrotarla.

Aunque pueda parecer una paradoja, el problema de la muerte ha condicionado la vida del ser humano desde la época de las cavernas hasta ahora mismo. La realidad del fenómeno, causaba ya honda impresión en los hombres del paleolítico, que honraban y enterraban a sus muertos en señal de respeto y protección para ellos mismos.

La cultura, las religiones, e incluso la ciencia han instrumentalizado la muerte; haciendo de ella un punto principal alrededor del cual gira la vida. Tanto es así que la mayoría de la población del planeta vive bajo la perspectiva y en función de lo que creen que acontecerá después de la muerte.

La muerte; analizada desde el punto biológico no es más que el proceso natural en el que todos vamos a desembocar por el mero desgaste de los elementos que forman nuestros órganos y nuestra energía vital con el paso del tiempo. No obstante, en los albores de este siglo XXI existen ya iniciativas, proyectos de investigación, de serios e importantes científicos que abogan por la lucha contra la muerte a fin de conseguir una eterna juventud.

Esto que parece una utopía, no lo es tanto según la perspectiva de estos investigadores. Para ello se basan de algunas certezas que mencionamos a continuación; la primera es que el desarrollo de la medicina y otras disciplinas ha conseguido reducir las causas de la muerte ampliando la esperanza de vida, al combatir las enfermedades de tal forma que en un sólo siglo la esperanza de vida del ser humano se ha duplicado.

Hoy en día en los países desarrollados la esperanza media de vida alcanza 80 años; mientras que hace un siglo, y fundamentalmente antes del descubrimiento de las vacunas, los microbios y los virus situaban esta esperanza de vida en algunas décadas menos. Hemos de hacer la consideración de que este avance, no representa la capacidad de ampliar la esperanza de vida en sí, sino el desarrollo de la medicina para curar enfermedades cuyas causas producían la muerte y eran anteriormente desconocidas.

La ampliación de la esperanza de vida únicamente puede hacerse si somos capaces de regenerar órganos y tejidos dañados, o sustituirlos por otros nuevos, o eliminando de raíz las causas de las enfermedades degenerativas allí dónde tienen su germen, en la propia herencia genética que las permite. Así pues, un aumento de la esperanza de vida como el que se pronostica para el año 2050, donde se cree que podremos elevar la media de los 80 a los 120 años es bastante improbable mientras que la ingeniería genética, la nanotecnología y la regeneración de órganos y trasplantes de nuevos elementos, no se desarrollen a niveles nunca vistos.

Podemos pensar que el desarrollo exponencial de estas disciplinas en los últimos diez años; -sobre todo a raíz de la decodificación del genoma humano en el año 2000- ofrece este tipo de esperanzas, y, efectivamente se ha avanzado mucho, pero todavía estamos muy lejos de poder regenerar tejidos y órganos que sean compatibles en el cuerpo humano y que nos devuelvan la juventud y la vitalidad perdida que teníamos cuando cumplimos 25 años.

Nadie -con cierto conocimiento del tema- duda que el avance tecnológico posibilitará la ampliación de la esperanza de vida en décadas en este siglo que recientemente iniciamos; pero es bastante improbable que logremos alcanzar inmortalidad alguna con un cuerpo físico, por la cuestión evidente de que el hombre no es sólo biología, sino que presenta un componente espiritual que es el que vitaliza y anima el cuerpo físico, siendo la fuente permanente de la vida y responsable por tanto de la misma.

Si realizamos el enfoque desde el punto de vista espiritual, se ofrecen menos problemas. No es preciso pensar en la muerte, puesto que esta no existe para el espíritu. El alma humana vive en un cuerpo físico y de repente se retira y el cuerpo comienza su descomposición al perder el componente vital que lo animaba -“anima”-. Desde ese momento el alma se desprende del cuerpo y se traslada al mundo del espíritu donde seguirá viviendo, sintiendo, progresando y experimentando hasta que tenga una nueva oportunidad de volver a la tierra en otro cuerpo de un niño, es decir, hasta que vuelva a reencarnar.

“El que llamas muerto, no murió, mas partió primero.”

Séneca – Filósofo Romano s. I

Siempre somos los mismos, con cuerpo físico o sin él, nuestra personalidad no se pierde, antes al contrario, vida tras vida y durante el intervalo que permanecemos en estado espiritual, nuestros conocimientos siguen creciendo, nuestras actitudes y competencias se siguen desarrollando, y nuestros defectos y virtudes siguen siendo los mismos, hasta que el progreso y la evolución personal logran agrandar nuestra conciencia y ampliar nuestras capacidades intelectivas y morales.

La muerte no existe para el espíritu por otro importante motivo; el espíritu no tiene forma, no tiene sexo, no es materia, es energía purísima, una “chispa divina” creada por Dios a su imagen y semejanza en cuanto a los atributos divinos de perfección y eternidad. Por ello, desde que somos creados por Dios ya poseemos el gran objetivo que persiguen los que quieren vencer a la muerte: “La inmortalidad”. Esta es uno de los atributos de nuestra alma.

Ya somos inmortales; nuestra conciencia transciende a la muerte y sigue creciendo, avanzando, progresando y conquistando mayores metas de plenitud y progreso hasta que lleguemos a la felicidad, a la que estamos destinados mediante el desarrollo interior de nuestras capacidades divinas. Cuando la semilla inmortal de la esencia divina que anida en nosotros, se desarrolla y se convierte en un árbol frondoso, las capacidades se amplían exponencialmente al amparo de la inmortalidad de la que ya gozamos.

Pasamos de ser salvajes y primitivos a ser genios y hombres de elevada condición moral e intelectual; aunque para ello necesitemos algunos milenios de experiencias, y muchas vidas de aciertos y errores, de sufrimientos o de goces. Tenemos el tiempo que precisemos, pues somos los dueños de nuestro propio destino en base al libre albedrío del que gozamos; aunque por ello seamos igualmente responsables ante las leyes que rigen el proceso de evolución, y recibamos en vidas posteriores la cosecha de aquello que hemos sembrado con anterioridad.

Así pues, mientras la ciencia persevera en conquistar la inmortalidad para el cuerpo, el espíritu agradece el avance porque le permite vivir más tiempo y en mejores condiciones con el vehículo del que se sirve para progresar. Ese vehículo constituido de billones de células, de un diseño extraordinario, donde cada elemento desempeña su función a la perfección para permitir a la esencia divina, -el espíritu humano-, la realización de su progreso y avance hacia la plenitud y la felicidad siempre al amparo de la inmortalidad que posee desde que fue creado por Dios hace milenios.

“La inmortalidad del alma es una realidad, no una conquista que debamos alcanzar”. El cuerpo biológico podrá mejorar su esperanza de vida, viviendo más años y en mejores condiciones, pero siempre se verá supeditado al proceso evolutivo del espíritu que lo anima y le permite la vida. Es por ello que la muerte es inexistente para el alma.

Antonio Lledó Flor

©2017, Amor, paz y caridad

“Ni temas ni desees la muerte.”

Marco Valerio Marcial (40-104) Poeta latino

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