Psicografías

LA PARTIDA

REFLEXIONES DESDE EL OTRO LADO (*)

Debemos abordar ahora el momento trascendente de todo ser humano en la tierra; la circunstancia de la partida, del final, del tránsito al plano espiritual. Al no ser conscientes del nacimiento cuando venimos a la tierra, la muerte se convierte así en el momento catártico de toda vida humana.

En mi caso concreto, que es el que nos ocupa, sin darme cuenta fui preparándome para este momento abandonando la angustia y el deseo por las cuestiones materiales que ya casi nada representaban para mí; en esta actitud ante la llegada de la muerte tuvo mucho que ver la convicción profunda de la inmortalidad de mi alma.

Convicción a la que había llegado décadas atrás y que, unida a mis experiencias de vida y a las pruebas y experiencias espirituales que había conocido, sentido y observado, me permitían una fe inquebrantable y una confianza absoluta en el porvenir que me esperaba después del tránsito.

A esta convicción, unía otra no menos profunda y satisfactoria para mí; la de la esperanza de encontrar a mis seres queridos; aquellos que me antecedieron y que tanto me amaron. Simplemente cuando mi pensamiento se elevaba o los recordaba, una sensación de paz, de tranquilidad y de serenidad inundaba mi alma.

El desapego de las cuitas y problemas materiales, fue un punto importante que me permitió la facilidad de desligar mi periespíritu de aquellas anclas materiales que la organización celular biológica impone a todo ser humano en el momento de la partida.

Pero, ¿cuál era mi situación humana y cuáles mis circunstancias espirituales y psicológicas en ese momento trascendente? He de confirmar que eran absolutamente diferentes. En la primera el desapego familiar, la soledad individual y la incomprensión por parte de aquellos que guardaban relación material conmigo, eran más que evidentes. Sólo algún familiar cercano tuvo a bien encargarse de mí.

Esta circunstancia humana era inversamente proporcional a mi situación espiritual, dónde no experimenté soledad alguna; dónde siempre me vi confortado por mis guías espirituales, por otros espíritus que me rodeaban con su afecto y me enviaban fluidos saludables que mitigaban el dolor de la enfermedad irreversible que, ahora sí, definitivamente, iba a terminar con mi trayectoria terrena en esta, mi última existencia física.

A aquellos que espiritualmente me confortaban y me rodeaban; y que en muchas ocasiones no los percibía ni los sentía, no obstante sabía de su auxilio y de sus pensamientos y oraciones benéficas hacia mi, se unía una fuerza poderosa que llegaba hasta mi lecho en el hospital.

Una fuerza procedente de numerosos compañeros de ideal, en muchas partes, que con sus oraciones hacia Dios pidiendo por mí, materializaban las condiciones más favorables para que el tránsito fuera lo más suave y delicado posible.

Tanto es así que la catarsis que debía experimentar, fue para mi una liberación interior sencilla, en ningún momento traumática; y después de la turbación necesaria en el desprendimiento de todo ser humano cuando llega ese momento, experimenté un despertar suave que me permitió comprender cómo el amor de Dios es la fuerza más poderosa del universo.

Ese amor infinito se transmutaba, se manifestaba, se evidenciaba en el amor de aquellos que me recibieron: seres de luz; familiares queridos, a los que conocía de mi última existencia y otros que me amaban pero que no reconocía de momento. La sensación era de serenidad y de paz; y conforme fue desapareciendo de forma paulatina la turbación, se hacía más y más fuerte.

Casi de repente, sin percepción alguna del tiempo ni del espacio que me rodeaba, y como en una película, fueron pasando ante mi mente, de forma que no puedo explicar, los momentos vividos más importantes de mi existencia en la tierra. No puedo plasmarlo en palabras, pero al mismo tiempo que aparecían en mi mente, era capaz de captar la emoción, el sentimiento, positivo o negativo, que se asociaban a aquellas imágenes que veía y de la cual yo era el protagonista principal.

Ante este recorrido, que para mi fue como una grabación definitiva en mi conciencia, comprendí que el espíritu humano, liberado de la capacidad reductora de la materia física, es una enorme usina de energía inagotable, que como un gigantesco ordenador de memoria infinita graba y recuerda de forma precisa todos los acontecimientos vividos, directa o indirectamente, así se produzcan en el mundo físico o en el mundo espiritual.

Junto a ello, también es capaz de almacenar en nuestra conciencia espiritual las consecuencias de nuestros actos, tanto para nosotros como para aquellos que, de forma indirecta se ven afectados por nuestros actos, pensamientos y sentimientos.

Ahora comprendo que esto tiene que ver directamente con nuestra responsabilidad ante las leyes divinas. Pues la única manera de evolucionar y progresar es recordar lo que hicimos bien o mal, recuerdo consciente (en el mundo espiritual con cierta evolución) o inconsciente (en la tierra con un cuerpo físico).

Esa memoria de nuestra conciencia, que somos nosotros mismos, es la propia voz de nuestro espíritu inmortal; capaz de enfrentar en cada momento de nuestra evolución las situaciones que se producen, y teniendo como bagaje el propio conocimiento y experiencia que nos ofrece ese archivo milenario que recuerda con nitidez y claridad lo que somos, de dónde venimos y cuál es el camino que hemos de recorrer.

Después de la experiencia de revisión de mi trayectoria terrena, me tocó analizar el grado de compromiso adquirido antes de enfrentar la encarnación; así como tomar conciencia de cuales habían sido los objetivos conseguidos y aquellos otros en los que falle y no pude enfrentar o cumplir.

Pero las consecuencias de mi experiencia terrena, así como las enseñanzas que fui adquiriendo con la lucidez espiritual serán objeto de próximas entregas de esta serie, que analizaremos con rigor en el capítulo siguiente.

Ahora, para despedirme, permítaseme agradecer a todos aquellos que pidieron por mi alma en aquellos momentos. Quiero que sepan que, allá dónde me encuentre, mi gratitud irá con ellos; mi amor intentará envolverlos, mi pensamiento localizarlos y recíprocamente devolverles todo el bien que me hicieron al pedir por mí en el tránsito hacia mi nuevo estado.

 

La partida por: Benet de Canfield
Psicografiado por Antonio Lledó

©2017, Amor paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

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