Psicografías

MADURANDO EN CONCIENCIA

(*) Reflexiones desde el Otro Lado

Fueron cerca de sesenta años los que dediqué de mi vida física al conocimiento, divulgación, servicio y trabajo de la doctrina de Kardec. Y aunque en estas décadas mi aprendizaje fue continuo; hoy puedo afirmar con rotundidad, que los años dedicados, no dan ninguna carta de naturaleza, ni privilegio alguno cuando llegamos de nuevo a nuestra casa espiritual.

Lo que cuenta son, indudablemente, las obras que realizamos por nuestro prójimo; los esfuerzos que enfrentamos por superar nuestras malas inclinaciones, la superación del orgullo y el egoísmo, así como la forma de enfrentar las expiaciones y las pruebas que todos tenemos que pasar en la tierra.

Además hay un aspecto que debemos siempre tener presente; el de nuestra herencia culposa; nuestros actos equivocados de vidas anteriores condicionan indudablemente el esfuerzo y los méritos de aquello que realizamos a la hora de incorporarlo a nuestro bagaje espiritual positivo.

Qué desilusión y sorpresa se depara a aquellos espíritus que, creyéndose en posesión de la verdad, retornan a la patria del espíritu y esperan que salgan a recibirlos los ángeles, los santos o el propio Dios. Es una frustración enorme cuando, después de creerse con todo tipo de derechos a un cielo que su religión les prometió, apenas encuentran un pálido auxilio; pues trabajaron únicamente de forma egoísta para la salvación de su alma, sin pensar en los demás.

E incluso aquellas obras de bien que realizaban, que únicamente llevaban la intención de ganar el propio cielo, y no el sentimiento caritativo, sincero y altruísta de socorrer a aquel que lo necesita, les sirvieron mucho menos de lo que ellos esperaban.

Pues bien, yo tenía muy bien comprendida esta circunstancia, pues la filosofía espírita y la ciencia del espíritu nos advierte sobre esto. Pero a continuación tuve que ir un poco más allá y comprender que; a pesar de mis conocimientos, lo que nadie podemos hacer es requerir la retribución de los méritos contraídos en la tierra; pues ignoramos nuestra herencia del pasado, así como las deudas y saldos negativos que arrastramos para saldar con la ley de causa y efecto.

Incluso sembrando el bien a todas horas y en todo momento, cualquier espíritu puede regresar al mundo espiritual y darse cuenta de que no ha sido del todo suficiente para saldar su deuda; pues sus crímenes del pasado no sólo le obligaban a esto, sino que ha de seguir en la misma dinámica por mucho tiempo más, hasta que corrija aquello que hizo mal y lo repare.

La justicia es perfecta, y el conocimiento de la doctrina espírita nos hacer ver la realidad de lo que somos: espíritus pequeños en evolución y progreso, caminando poco a poco en el rescate de nuestro pasado delictuoso y creciendo espiritualmente en base al perdón, al amor, a la entrega desinteresada hacia el prójimo y a nuestra propia redención.

Cuando comprendemos esto, las tentaciones del personalismo, la vanidad y el orgullo, quedan para otros. Entendemos que la oportunidad que se nos brinda de encarnar, es una bendición que nos otorga nuestro padre celestial para progresar y liberarnos del dolor; caminando hacia la dicha, la plenitud y la felicidad a través del propio esfuerzo y el mérito de nuestras acciones.

Mis compañeros y hermanos queridos que leéis estas memorias póstumas: siempre gozamos de la protección de Dios y de su misericordia; pero nunca debemos olvidar que nada se concede gratuita ni arbitrariamente. Hemos de conquistar nuestra dicha y nuestra elevación espiritual trabajando, sirviendo y cumpliendo con los deberes que cada reencarnación nos demanda.

Que mayor grandeza que elevarnos por encima de la materia, conquistar nuestro interior, nuestra grandeza como espíritus inmortales a través de la fuerza poderosa del amor, que se encuentra en todo aquello que existe e impregna el universo físico y espiritual.

Cuando no estamos en el camino del progreso espiritual somos incapaces de entender esto; ni siquiera de comprender a Dios. Pero una vez abrimos nuestra mente y nuestro corazón a la verdad de la vida, a la inmortalidad de nuestro ser, a la gratitud para con Dios por su creación, comenzamos a entender, a sentir, a ver a Dios en todas partes, a reconocerle hasta en la desgracia, a experimentar su grandeza, su bondad y su misericordia.

Estudiemos, aprendamos, abramos nuestra mente con razonamiento y claridad, sin prejuicios, con auténtico deseo de crecer espiritualmente. Este es el primer paso. Luego, los demás, vienen con la experiencia y la vivencia, con la actitud humilde ante las pruebas, con la comprensión de la bendición que supone el sufrimiento, pues rescata nuestras deudas y sensibiliza nuestra alma.

Y unido a esto, la transitoriedad de la vida, -los pocos años que nos toca vivir en la tierra-, nos ofrecen la perspectiva de que la perfección del espíritu no es cuestión de una o mil vidas en la carne; son muchos los procesos que el espíritu recorre hasta llegar al final; no obstante existe un punto de inflexión que permite caminar de forma consciente y nos concede la oportunidad de rectificar y no volver a sufrir: el despertar de nuestra conciencia a la realidad espiritual.

Kardec preguntó a los espíritus; ¿dónde se encuentra la ley de Dios? Y los espíritus respondieron: esculpida en la conciencia del hombre. Y así es en realidad. El despertar de la conciencia nos permite caminar sabiendo porqué lo hacemos, cuáles son los beneficios que nos esperan. También nos hace conscientes de la justicia divina, y a partir de aquí todo comienza a tener sentido y reciprocidad. Nadie es responsable de los errores de otro. Además nos permite entrever que nuestro destino se encuentra en nuestras propias manos; somos los dueños de nuestro futuro feliz o sufriente en base al uso que hagamos de nuestro libre albedrío.

Lecciones de vida que engrandecen la obra de Dios y que yo iba comprendiendo a medida que crecía espiritualmente, que trabajaba, que me entregaba a la obra de esta doctrina y de mis hermanos en la tierra.

Estas lecciones me iban permitiendo madurar, al propio tiempo que compaginaba los conocimientos que adquiría con las experiencias de todo tipo que iba viviendo. Tanto es así que, a veces, las lecciones más hermosas, me las brindaban mis propios compañeros de ideal. Unas podían ser lecciones de bien, de entrega, de ayuda; y otras de resentimiento, envidia, incluso reproches varios o pequeñas traiciones, propias de la miseria humana que no entiende de limpieza, renuncia y sacrificio pues prioriza el egoísmo personal a la entrega desinteresada.

Ambas me tocó vivir, y doy gracias a Dios por todas ellas, las buenas y las malas, las positivas y sobre todo las negativas, aquellas que me afectaban y me causaban dolor moral, pues en ellas pude poner a prueba mi capacidad de no juzgar, de perdonar, de comprender y de amar.

Esta maduración espiritual, llegó poco a poco, enfrentando las dificultades y comprendiendo que yo mismo, ni siquiera sabía cual era mi final; pero si algo tuve claro a lo largo de este recorrido fue, que cuando retornara al plano espiritual mi deseo sería seguir trabajando, ayudando e inspirando en aquello que me fuera posible; a fin de cooperar en la divulgación, en la explicación y en el esclarecimiento de esta maravillosa doctrina.

Madurando en conciencia por:    Benet de Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

©2017 Amor, paz y caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en la que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia; así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usaremos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

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