“DEOTROPISMO”
«Invocado o no invocado, Dios está presente.»
Erasmo de Rotterdam, Humanista y Filósofo, s. XVI
Lo que determina la presencia de la evolución consciente del ser es el impulso de trascendencia, el ansia bio-psíquica del hombre de proyectarse más allá de sus limitaciones humanas, en la búsqueda de lo divino. Una conciencia madura procura siempre elevarse, crecer, aunque haya partido de una conciencia inmadura.
La propia función de la muerte, en todos los reinos de la Naturaleza y no sólo en lo humano, es transformarse, desenvolver las potencialidades latentes, llevándolas a las mayores realizaciones posibles de sí mismas. Es por esto que aquellos que confunden el sentido de la vida y de la muerte apegándose a la vida material pierden el significado auténtico de la existencia humana, que es trascender en conciencia en un camino cuyo final es la plenitud e integración del ser en la conciencia divina. Y para llegar a la plenitud, el único camino para trascender es el amor, como afirmó el notable psiquiatra Viktor Frankl:
«El amor es la meta más elevada y esencial a la que puede aspirar el ser humano, la plenitud de la vida está en el amor y se realiza a través de él.»
Por ello, encontrar el sentido profundo de la existencia es descubrir el significado de la misma centrando sus objetivos en lo verdaderamente importante: aquello que no muere, que se transforma, que trasciende pasando de una dimensión a otra, elevando sus registros de progreso y adelanto y que retorna de nuevo a la vida en la búsqueda de ese propósito superior que es la evolución espiritual de nuestra esencia divina.
Y ese agente que se sublima, se eleva y se perfecciona de forma constante a pesar del tiempo, las eras y el espacio es el alma humana. El espíritu. De ahí que aquellos que sólo prestan atención a su vida sensorial y física, ignorando su ser profundo e inmortal, desperdician un tiempo precioso perdiendo las oportunidades de aprendizaje espiritual que la vida les presenta.
“Aquellos que se apegan a la propia vida la perderán, y los que la pierden, en verdad, la ganarán”.
Jesús de Nazareth
Este impulso del que hablamos no es otra cosa que un “deotropismo” inevitable. Pues se trata de la finalidad última con las que Dios creó al hombre; a saber: reintegrarnos con ÉL, en plenitud de las condiciones latentes y realizaciones superiores que el Creador colocó en nuestra conciencia cuando nos creó. Es el antiguo concepto de la palabra latina “re-ligare” (volver a unir) del que en los tiempos pretéritos surgió la palabra religión.
En el hombre, este impulso es de trascendencia de la propia conciencia, mientras que en otros reinos inferiores de la naturaleza (animales y plantas) obedece a las fuerzas naturales del instinto y el tropismo propio de la especie mediante el cual se dejan llevar por la corriente de la vida que los impulsa. Por ello, la intención de la Mente Superior de Dios incluye necesariamente al hombre que muere para renacer en el mismo ritmo ascensional de las cosas y de los seres. Pero en el caso del hombre le exige la toma de conciencia espiritual en un determinado punto de su trayectoria. Es la planificación divina para el hombre, que contempla la complejidad y temporalidad de su trayectoria y que de forma poética podríamos resumir en la siguiente frase:
“Id, recorred los desiertos, montañas y mares. Apoderaos de cada molécula viva que encontréis en el camino y creced, creced y creced y volved a mí convertidos constructores de mundos, en guías de humanidades”
El impulso de trascendencia que se encuentra asentado en el espíritu humano supera los hitos y espacios temporales de la vida humana. Por ello, la muerte y el nacimiento no son más que episodios necesarios y obligatorios de esta fuerza imparable que dirige al ser humano hacia su destino final: el del reencuentro con su creador, en plenitud de capacidades individuales y colaborando con la Mente Divina al convertirse en ejecutor de sus planes.
Vibrando al unísono con las fuerzas superiores de la creación impulsadas por el Amor Divino. Esto supone un estado de felicidad y dicha inenarrable que, lejos de asentarse en la ociosidad irresponsable y fatua, supone actividad incesante, trabajo constante y permanente al servicio de la obra de Dios en todas las partes del universo donde nos encontremos.
Cuanto mayores son las perfectibilidades alcanzadas por el espíritu puro (aquel que ya no necesita reencarnar al haber superado las pruebas de los mundos físicos), su capacidad creadora es más expansiva, convirtiéndose al final en constructores de mundos y guías de humanidades. Son las fuerzas superiores del cosmos que, integradas, pero independientes de la Conciencia Cósmica, dan curso a los planes de la Mente Divina ejecutándolos mediante el trabajo, la sabiduría y el amor que han llegado a alcanzar en su trayectoria de acercamiento a Dios.
Todo comienza pues con este impulso inconsciente en los reinos inferiores de la naturaleza, con la energía vital o principio espiritual que existe en cualquier molécula que viene a existir y que con los milenios llega a alcanzar la fase humana y se transforma en un espíritu inmortal con la capacidad de llegar a Dios mediante su propio esfuerzo, desarrollando su nivel de conciencia hasta niveles insospechados.
La propia naturaleza del periespíritu, ese envoltorio que hace de lazo o unión entre el cuerpo y el alma, nos permite comprender el proceso de depuración y transformación del alma humana, pues allí vemos los millones de años que la trayectoria del espíritu ha necesitado para despertar a la conciencia inmortal que es. Y por ello encontramos la herencia, la memoria psíquica y biológica, los automatismos desarrollados, el inconsciente y una serie de características que vienen a probar el plan divino para con el alma humana.
Ese impulso inconsciente, que se refleja como instinto en los reinos de la naturaleza inferiores, se convierte en el hombre en impulso consciente cuando despierta a la realidad inmortal de su auténtico ser. Y siempre es Dios el «primer motor», como afirmaba Aristóteles, que como causa primera inicia el movimiento del universo físico y espiritual cuando lo crea mediante un acto de su voluntad. ÉL, que siempre está presente, independientemente de que creamos en su existencia o no, como afirma Erasmo de Rotterdam en la famosa frase que encabeza este artículo y que, siglos después, adornaba la entrada de la consulta del gran psicoanalista Carl G. Jung en Zurich (Suiza).
Comprobamos entonces cómo todo en el universo está pensado para la plenitud del espíritu que progresa; el periespíritu es un ejemplo de herramienta que el alma necesita, la reencarnación es otra, y así sucesivamente. Ahora bien, todo ello quedaría en nada si en el interior de la chispa divina, nuestro espíritu inmortal, no brillara con fuerza inextinguible e inmarcesible el impulso vital y trascendente de Dios animando al espíritu en su recorrido milenario.
Pues es la propia conciencia, como atributo esencial del espíritu, la que trasciende la proyección de la realidad humana antes del nacimiento, durante la vida y después de la muerte. Con ello crecemos en inteligencia y virtudes que vamos alcanzando en nuestra trayectoria evolutiva a través de los mundos, las etapas y los hitos de nuestra propia “escalera de Jacob”.
Una escalera propia, individual, única e intransferible, que nadie puede recorrer por nosotros, en la que avanzamos hacia Dios, y donde ÉL, como supremo arquitecto universal, nos impulsa permanentemente, nos guía a través de sus leyes y nos ama de tal forma que la directriz que colocó en nuestra alma, al crearnos, tiene como destino final la plenitud y la dicha a la que estamos destinados todos, sin excepción alguna.
Impulso de transcendencia humana por: Redacción
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Allán Kardec













