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REFLEXIONES FINALES

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Reflexiones finales

Reflexiones finales

A la luz del estudio y análisis de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO o la Justicia Divina según el Espiritismo, publicada en 1865 por Allan Kardec, hemos desarrollado esta sección titulada CONSIDERACIONES SOBRE EL MÁS ALLÁ.

Nuestra intención ha sido reflexionar sobre los postulados que allí se esgrimen, en base a sus argumentos de enorme solidez, tanto de carácter filosófico como de las consecuencias morales que se derivan.

Hemos considerado necesario y hasta urgente reflexionar para clarificarnos el camino en estos tiempos tan convulsos. Al carecer durante mucho tiempo de una luz clara que ilumine la razón e inspire al corazón, el hombre de hoy, por lo general, navega sin rumbo, dejándose arrastrar por una corriente que no es saludable y que le aboca al precipicio del desequilibrio y el desaliento.

Es necesario comprender que traemos una misión a cumplir; para cada uno de nosotros la tarea es diferente pero muy importante; que la muerte no es el fin de todo, tan solo el final de una etapa para vivir otra diferente; de esa manera, se elimina el temor y la angustia que supone la incertidumbre sobre el porvenir.

“A medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el temor a la muerte decrece, pero al mismo tiempo, al comprender más cabalmente su misión en la Tierra, espera su fin con más calma y resignación y sin temores”.

(El Cielo y el Infierno. Capítulo II; ítem 3).

El propio Kardec insiste en la necesidad de una fe razonada, aquella que puede mirar a la razón cara a cara en todas las épocas de la humanidad. Aquella que nos estimula al progreso y a las acciones edificantes puesto que posee la convicción de un futuro mejor; que nos aporta la idea poderosa de la inmortalidad del alma; del progreso sin fin. No solo de que la pérdida de los seres queridos no es tal, solo momentánea, sino que muchos de ellos nos asisten y sostienen en nuestras luchas desde el otro plano de la vida; sin olvidar que el reencuentro se hará efectivo una vez acabemos la etapa de esta existencia física, como ya nos ha ocurrido otras veces, en base a las existencias múltiples, y bajo el amparo del infinito amor y misericordia que nuestro Padre Celestial nos proporciona a cada instante.

De la misma forma, al comprender la realidad espiritual que nos envuelve, se disipan las dudas respecto a los premios y castigos de los que nos hablan las religiones tradicionales, unos conceptos propios de la mentalidad de otros tiempos. No obstante, hoy día necesario es renovar, actualizar esas ideas para que desaparezca esa fe inconsistente y utópica. Cada quien recoge aquello que ha sembrado. Tarea incompleta, tarea pendiente para el futuro. La siembra es voluntaria pero la cosecha obligatoria; somos los forjadores de nuestro destino, y por tanto, nadie ha de sufrir algo que no merezca ni gozar de una felicidad que no ha merecido por su esfuerzo y sacrificio.

En referencia al perdón de los pecados, nadie nos puede eximir de esa responsabilidad. Quien perdona por un agravio recibido salda una cuenta pendiente con la ley, puesto que somos todavía espíritus muy imperfectos y con grandes débitos del pasado. Por tanto, el perdón que podamos recibir de nuestros semejantes no nos libra de una reparación en el presente o en el futuro.

En resumen: Somos responsables del bien que hacemos, del mal que provocamos y del mal consecuencia del bien que dejamos de hacer.

Al respecto de las religiones, el mismo codificador nos señala:

“Mientras la humanidad avanza, la religión se inmoviliza en sus viejos errores, tanto en materia espiritual como en el terreno científico, por lo cual llega un momento en que ella es desbordada por la incredulidad”.

(El Cielo y el Infierno. Capítulo X; ítem 3).

Una buena parte del materialismo que impera en nuestro mundo es producto de esa incredulidad de la que habla el codificador Allan Kardec. Al no ofrecer respuestas convincentes las religiones, el hombre se aleja de las creencias y se aferra a aquello que ve y que puede palpar con sus sentidos. Sin embargo, algo a nivel interno le reclama la atención poderosamente: estamos hablando de la naturaleza espiritual que todos poseemos. Esa realidad interior, del propio espíritu, trata de recordarnos la necesidad de llevar a cabo unos objetivos espirituales programados antes de encarnar, pero que hemos olvidado y silenciado por las distracciones y objetivos materiales. Se produce un conflicto ante la falta de ideales superiores y de un trabajo interior que nos serene, nos haga felices y nos llene de autenticidad. Ese desequilibrio espiritual nos aboca frecuentemente a la ansiedad, el estrés, la depresión, a todo tipo de trastornos, e incluso en casos extremos al suicidio.

Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la depresión es una enfermedad frecuente en todo el mundo, y se calcula que afecta a más de 300 millones de personas, y más de 260 millones tienen trastornos de ansiedad.

También nos informa la OMS de que más de 800.000 personas se suicidan cada año, lo que representa una muerte cada 40 segundos. Y otro dato terrible: el suicidio es la segunda causa principal de defunción entre las personas de 15 a 29 años.

Ante estas alucinantes cifras recogidas de organismos internacionales cualificados, resulta apremiante la necesidad de estudiar y divulgar el espiritismo en su estricta pureza. Aportar los conocimientos y las pruebas que posee respecto a la inmortalidad del alma para variar el rumbo de miles, millones de personas que permanecen en la obscuridad y la desesperanza.

La vida es única, porque aunque ahora estemos encarnados, con posterioridad pasaremos al otro lado, liberándonos del yugo de la carne, para posteriormente volver de nuevo al mundo físico; así sucesivamente en una espiral ascendente de progreso y evolución.

Por otro lado, es necesario entender que los ángeles y los demonios no son seres aparte en la Creación. Dios nos crea sencillos e ignorantes pero perfectibles. Somos responsables de nuestras acciones, y en base a ello sufrimos y gozamos las consecuencias de nuestros actos, de tal forma que existen espíritus en todos los grados de evolución. Los considerados demonios no son más que espíritus muy atrasados que se complacen temporalmente en el mal, hasta que les llegue el despertar de su conciencia, a través de existencias de dolor y sufrimiento reparador. Por contrapartida, los ángeles serían aquellos espíritus ya purificados que atravesaron todas o casi todas las escalas evolutivas, alcanzando una plenitud que es consecuencia de su evolución espiritual.

Por lo tanto, el mal es un estado transitorio. La finalidad de la vida es crecer hacia la plenitud sin límites. No existen las penas eternas. El mal perdura mientras exista la causa que lo provocó. Hemos de sustituir las ideas de castigos y penas por las de reajustes y desafíos existenciales.

Todo obedece a un plan cuya base es el amor y la sabiduría de nuestro Padre. Es Él quien nos conduce, respetando nuestro libre albedrío, marcándonos una misión a cumplir dentro del concierto universal.

Para concluir, hemos de ser conscientes de los importantes avances que nos proporciona la ciencia actual, en dirección a corroborar los postulados espíritas referentes a la supervivencia del espíritu después de la muerte, a través de los incontables testimonios en todo el mundo de pacientes que han vivido Experiencias Cercanas a la Muerte. También es significativo el recuerdo de vidas pasadas a cargo de niños que manifiestan de repente una identidad que no es la suya; tal y como demuestran los resultados de las investigaciones realizadas por los doctores Ian Stevenson, o el profesor Hernani Guimaraes Andrade, o Hemendra Nath Banerjee, etc.

Resultan destacables también los trabajos a cargo de notables terapeutas, como por ejemplo la doctora Edith Fiore o el doctor Brian Weiss con las regresiones de memoria, capaces de desentrañar, en algunos casos, conflictos ocurridos en otras vidas y que todavía son causa de aflicción en esta existencia. Sin olvidar la inestimable aportación de la moderna física cuántica que nos habla de universos paralelos; también del llamado biocentrismo, tal y como nos explica el médico y científico estadounidense Robert Lanza: “La muerte es una ilusión. La vida crea el universo y no al revés. Significa que el tiempo y el espacio no existen en la forma lineal que pensamos que existe”.

Es momento de cambio, de decisión. Ya no podemos alegar ignorancia ni falta de medios o posibilidades. Se trata de un reto, de un desafío para este siglo XXI que todos tenemos que afrontar inevitablemente. No hay tiempo para ensayos o lamentaciones. El ser humano debe de caminar consciente hacia su destino final que es la plenitud. Un camino con luz propia que nada ni nadie va a poder parar.

Reflexiones finales por: José Manuel Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

REALIDAD Y ESPIRITUALIDAD

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Realidad y espiritualidad

Realidad y espiritualidad

¿Qué sabemos de la realidad? ¿La realidad existe como tal? ¿Es algo concreto, inmutable o variable? ¿Estamos plenamente capacitados para percibirla en su plenitud o tenemos ciertas limitaciones que nos condicionan? ¿Quién tiene la potestad intelectual, moral o científica para decirnos lo que es real y lo que no?

Son preguntas difíciles de contestar, al menos desde un punto de vista que pueda satisfacer a todas las diferentes maneras de pensar e interpretar lo que nos rodea. A día de hoy no existen respuestas categóricas, sobre todo a tenor de los importantes avances en el campo de la física cuántica y en otras disciplinas científicas que nos muestran una realidad más compleja y amplia de lo que se pensaba. El catedrático de Física Cuántica José Ignacio Latorre afirmó en una entrevista: «La realidad es un concepto sutil. Existe en la medida en que la miras. Acercarte a conocerla… la condiciona, ¡la crea!». A lo que podríamos añadir: La realidad se descubre ante nosotros en función del grado de conciencia desarrollado.

La realidad a la que nos referimos está relacionada con las ideas preconcebidas que los seres humanos nos formamos de todas las cosas; unos hablando en nombre de la ciencia, otros en nombre de la religión, y que pueden llegar a suponer muros infranqueables que nos alejen en lugar de acercarnos a la verdad.

 Cualquier cosa que se aparte de lo establecido o reconocido oficialmente por la comunidad científica es catalogado como irreal, dogmático, fantasioso y hasta incluso, en casos extremos, como patológico. Sobre este último punto tenemos el ejemplo del prestigioso escritor Víctor Hugo, quien publicó hace más de 150 años una obra titulada Lo que dicen las mesas parlantes, en donde recoge algunas comunicaciones mediúmnicas supuestamente de personajes ilustres del pasado, como son Platón, Shakespeare, Galileo y un largo etcétera. Puesto que para la comunidad intelectual sus obras literarias son de una calidad incuestionable, el hecho de que fuese un estudioso de la mediumnidad y del espiritismo, como no entra dentro de la lógica convencional y mayoritaria, alguien justificó «su desvarío» con una posible patología denominada «parafrenia fantástica», enfermedad mental que suele avanzar hacia ideas «extravagantes y alucinaciones».

Algo parecido ocurre con Amalia Domingo Soler, la gran escritora y poetisa; la cronista de los pobres. En una obra sobre su vida publicada recientemente se justifica su anexión incondicional al Espiritismo por su “necesidad de contacto con el más allá para hacer más habitable el más acá”. “Vida y muerte y la necesidad de poner en comunicación ambos mundos… trazan el entramado de la fábula espiritista”. (Mujeres en la Historia; Amalia Domingo Soler).

Partiendo de la base de que todas las opiniones son muy respetables, no es menos obvio que cada quien percibe la parte de la verdad para la que está capacitado; no es solo una cuestión intelectual, sino que intervienen muchos más factores. No podemos elevar exclusivamente la inteligencia junto con los conocimientos académicos a los altares, como única forma de alcanzar la sabiduría; intervienen otros elementos del ser humano que lo engloban, que tienen que ver con la parte emocional, los sentimientos, las experiencias de vida e incluso la condición moral.  Por el hecho de haber estudiado una o varias disciplinas académicas, sus opiniones pueden ser muy válidas, a considerar, pero no son infalibles, como se ha demostrado muchas veces a lo largo de la historia. Si se parte desde una posición rígida se corre el peligro de convertirse en aquello que dicen combatir racionalmente. Sería conveniente en todos los casos que matizaran con honestidad si lo que están manifestando son opiniones personales o hablan con cierto conocimiento de causa.

Muchas veces son impresiones muy subjetivas de algo que no les ha interesado ni les ha preocupado nunca. Incluso los hay que leen algo superficialmente, con poco interés, con la intención de etiquetar un tema y formarse una idea rápida de un asunto del que necesitan tener una opinión de cara a los demás.

Veamos por un momento la siguiente idea: partiendo de cero, vamos a plantearnos como una hipótesis de trabajo y estudio que la vida espiritual es una realidad incuestionable, y que cuando morimos biológicamente pasamos a vivir en otro plano. Si esto, como sería lógico, ocurre desde que el mundo es mundo, ¿de cuántos espíritus estaríamos hablando que han cruzado a lo largo de la historia el umbral? Siendo así, los miles, millones de espíritus que conforman el otro lado, ¿formarían sus humanidades una organización, unas actividades, como ocurre en este plano físico, o se encontrarían aislados por barreras infranqueables sin ninguna capacidad de manifestarse, o incluso de evolucionar, de progresar? ¿Sería lógico que ambas realidades fueran incompatibles e inaccesibles cuando la ciencia nos demuestra cada día que existen los universos paralelos y que están interconectados? Esas mismas humanidades, por la simpatía, y sobre todo, por los seres queridos que dejan aquí, ¿tendrían motivos para esforzarse en demostrarnos que hay vida después de la vida material o carecería de interés para ellos? Y por último, algo tan importante y trascendente como es el conocimiento de la vida en sus múltiples manifestaciones, ¿merece nuestra atención o es preferible mirar hacia otro lado, ignorándolo?

“Nuestros pensamientos y sentimientos también desempeñan un papel a la hora de determinar cómo funciona el universo y cómo lo percibimos. El modo en que pensamos tiene consecuencias físicas en lo que percibimos, hecho que ha dado pie a una revolución tanto en física como en la filosofía y la investigación de la conciencia”. (Cardiólogo y científico holandés Pim Van Lommel).

Desconocer algo no significa que no exista. Cada ser humano pone el foco de su atención hacia donde se siente más cómodo, más identificado. Tenemos unas limitaciones de variada índole que nos condiciona la percepción de la realidad. Una de ellas, quizás la más importante, es que apenas nos conocemos interiormente. A nivel personal vivimos ante tres realidades. La primera, cómo nos vemos a nosotros mismos; la segunda, cómo nos ven los demás; y la tercera, cómo somos realmente.

El estudio de las ECM (Experiencias cercanas a la muerte) nos introduce en un campo muy vasto en donde existen miles de testimonios de personas de todo el mundo que han sufrido una experiencia de este tipo, narran la vivencia de una realidad muy intensa, profunda; trasladando a nuestro campo de experiencia aspectos de la vida que hasta ahora pertenecían al campo exclusivo de la filosofía, la teología o de las creencias religiosas. Justificar estas experiencias como alucinaciones o desvaríos mentales sería muy poco serio y riguroso. Existe una casuística enorme, rica en matices, que nos muestra una realidad poco explorada hasta hace unas cuantas décadas. Incluso reputados investigadores, médicos y psiquiatras de prestigio mundial se han visto salpicados directa o indirectamente por este fenómeno global. Ahí está el famoso caso del neurocirujano Eben Alexander, profesor en Harvard, quien sufrió una experiencia límite: estuvo en coma por una meningitis en el año 2008, durante la cual vivió una experiencia fuera del cuerpo. Se le mostró una realidad a la que él había manifestado a lo largo de su vida gran escepticismo e incredulidad. A raíz de dicha experiencia publicó una obra titulada La Prueba del Cielo. Declaró en una entrevista: “La vida tras la muerte existe y la ciencia debe tomarlo en serio”. 

Mencionar también los casos de reencarnación comprobada. Investigadores como el Dr. Ian Stevenson, quien recopiló miles de casos en todo el mundo, investigó personalmente muchos de ellos. Para un diario de la Asociación Médica de Estados Unidos el Dr. Stevenson declaró: “Con respecto a la reencarnación he recopilado minuciosamente una serie de casos en la India, casos en los cuales las pruebas halladas son difíciles de explicar de cualquier otra forma”. Observemos la actitud prudente y abierta del investigador canadiense; no afirma categóricamente que sean casos de reencarnación comprobada, sino que «son difíciles de explicar de cualquier otra forma».

Podríamos enumerar muchísimos más, estos son un par de ejemplos relevantes. Sin contar con la enorme y rica experiencia popular, consecuencia de sus vivencias personales, y que no sacan a la luz pública por el qué dirán, por timidez, o simplemente porque dudan incluso de aquello que han vivido intensamente, chocando incluso con sus creencias o convicciones íntimas.

En ocasiones todo queda reducido a un problema de semántica; nos sentimos más cómodos con unas palabras que con otras para definir determinadas cosas, por las connotaciones que tienen algunas de ellas. Por ejemplo, hablar de espíritu, vida espiritual, Dios, inmortalidad… supone un problema para algunos. Sin embargo, cuando se habla de conciencia, energía pensante, vida en otra dimensión o universo paralelo, conciencia cósmica, etc., es mejor aceptado por una mayoría. En el fondo estamos hablando de los mismos conceptos.

Investigadores serios comprenden, a medida que avanzan en sus conocimientos y experiencias, que estamos muy lejos de la verdad. Cada día surgen nuevos interrogantes que dejan en entredicho nuestro saber, nuestra percepción de la realidad. La vieja idea de que somos lo que vemos y lo que tocamos ha quedado obsoleta desde hace mucho tiempo.

Son caminos diferentes que están condenados a converger algún día. La ciencia está dando pasos de gigante. La espiritualidad, prescindiendo de los dogmas religiosos, se encuentra también en la línea de madurez suficiente para encontrarse en un punto que cohesione definitivamente los conceptos científicos y filosóficos; las ideas que configuran la realidad una, una realidad global.

 

Realidad y espiritualidad por: José M. Meseguer

©2019, Amor, Paz y Caridad

LA UNIÓN: TAREA DE TODOS

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La unión: Tarea de todos

La unión

Ocurrió en febrero de 1986 cuando se inauguraba un nuevo centro espírita en una ciudad española. Compañeros de otras localidades acudían a tan importante acontecimiento. Un ambiente de alegría y de ilusión quedaba reflejado en los rostros de aquellos que participaban; personas de todas las edades con muchas ganas de iniciar una andadura de trabajo, aprendizaje y divulgación del conocimiento espiritual.

Entre los diferentes diálogos que espontáneamente se suscitaron en la recepción de los compañeros que acudían de otros grupos surgió una conversación entre una persona madura, perteneciente a otro centro espirita de gran experiencia, con uno de los noveles que debutaba en esa ciudad. La conversación transcurría hablando el joven sobre las nuevas expectativas e ilusiones de la nueva sede, de la preocupación natural de si sabrían llegar a la sociedad atendiendo sus necesidades de conocimiento y de luz espiritual. Sin embargo, el compañero, tras escuchar con atención, lanzó una reflexión que el joven espírita sorprendido no olvidó: “Si trabajáis en la unión y sois capaces de lograrlo, el noventa por ciento del trabajo lo tenéis hecho”.

Detengámonos en esta frase y analicémosla por un momento. El joven se centraba en las necesidades de la gente, de la proyección hacia afuera; el compañero visitante hablaba de lo más importante, del viaje interior. Sin duda, se trata de un trabajo imprescindible que todos los grupos deben desarrollar para adquirir madurez y experiencia, para que, a su vez, se pueda proyectar hacia el exterior de la forma más eficaz. Estamos hablando del desarrollo de la fraternidad, del compañerismo, de la unión en todas sus facetas y vertientes. En ese diálogo espontáneo uno hablaba de lo más superficial, el otro hablaba de lo verdaderamente trascendente.

La unión es indispensable en cualquier ámbito de la vida, como por ejemplo ocurre en el deporte de élite. Cuando los equipos, sea cual sea la disciplina deportiva, trabajan unidos para preparar una competición, por lo general suelen cosechar muchos más éxitos que cuando se trata de equipos con grandes individualidades, pero donde cada uno se centra exclusivamente en su talento y sus capacidades personales. Muchas veces, los entrenadores y técnicos sufren verdaderos problemas para poder gestionar los egos de algunas estrellas, poco acostumbradas a los contratiempos o a soportar situaciones que consideran les resta el protagonismo que creen merecer.

Efectivamente, el comentario del compañero experimentado se centraba en la unión, pero como una aspiración común, una meta a conseguir; para ello hay que recorrer un largo camino con espinas (las espinas de las contrariedades y de nuestros propios defectos); así como pagar un precio para lograrlo, que consiste en el desarrollo de la comprensión, la tolerancia para con los errores o defectos ajenos; también supone la renuncia a los pequeños gustos y tendencias personales en beneficio de la generalidad, del grupo.

Por el contrario, los grandes enemigos para lograr la unión son el personalismo y el endiosamiento, comportamientos que minan la confianza y el espíritu de colaboración, y que nos alejan unos de otros. Es también cuando, sin darnos cuenta y sin una verdadera justificación, sustituimos el “nosotros”, palabra integradora que incluye a los demás, por el abuso del “yo”, que en muchos casos no se ajusta a la realidad, y que además genera frialdad y distancia entre unos y otros: “Yo conozco a…; yo no tengo conocimiento de esa situación; yo le dije que…; yo no le dije nada; yo ya sabía que…; y un largo etcétera. Una actitud personalista que invade el espacio colectivo, restándole el protagonismo que merece el trabajo en común.

Respetar es dar visibilidad al otro y darnos cuenta de que cada uno es diferente, único y excepcional. Aceptar las diferencias es clave de bienestar. Respetar es, en definitiva, saber comunicarnos.

(Valeria Sabater; psicóloga)

Sin ninguna duda, para que exista verdadera unión no puede faltar nunca el diálogo y la comunicación sincera. El exceso de amor propio puede hacernos creer que nosotros estamos siempre por el buen camino y que son los otros los que están equivocados, y por lo tanto, son quienes se tienen que preocupar por variar su rumbo, o pedir consejos a sus compañeros.

En las siguientes palabras del sabio apóstol de la caridad, como fue Vicente de Paúl, encontramos algunas de las claves importantes que tienen que ver con aquello que estamos analizando y también con la labor que la parte negativa está realizando, aprovechándose de nuestros defectos y debilidades, con la intención de que muchos grupos fracasen, bien disolviéndose, desviándose de los objetivos iniciales, o para que sus fuerzas se dividan y que cada uno siga por derroteros diferentes, y hasta quizás, enfrentados:

La unión hace la fuerza. En consecuencia, permaneced unidos para ser fuertes… Es menester que os tornéis invulnerables a los dardos emponzoñados de la calumnia y de la negra falange de los espíritus ignorantes, egoístas e hipócritas. Para conseguirlo, una indulgencia y una afabilidad recíprocas deben presidir las relaciones entre vosotros. Vuestros defectos tienen que pasar inadvertidos y sólo vuestras virtudes deben señalarse…”. Vicente de Paúl. (Capítulo XXXI; Disertaciones espíritas, ítem XX. Libro de los Médiums).

“…Si surgen disensiones entre vosotros, solo podrán ser inspiradas por malos espíritus. De esta manera, los miembros del grupo que en sí hayan desarrollado más el sentimiento de los deberes que les imponen tanto la urbanidad como el verdadero espiritismo, son los que tienen que mostrarse más pacientes, decorosos y dignos. Los buenos espíritus pueden, a veces, permitir que se produzcan esas luchas a fin de que tanto los buenos como los malos sentimientos tengan ocasión de exteriorizarse, siendo posible entonces separar el buen grano de la cizaña, y ellos estarán siempre del lado en que haya más humildad y verdadera caridad”. Vicente de Paúl. (Capítulo XXXI; Disertaciones espíritas, ítem XXVI. Libro de los Médiums).

Al mismo tiempo, para que la llama de la ilusión permanezca viva entre todos es necesaria, además de la auto-vigilancia para controlar nuestros impulsos y malas tendencias, valorar a nuestros compañeros, respetarlos; acostumbrarse a la toma de decisiones importantes entre todos los miembros del grupo; compartir trabajos y responsabilidades, especialmente con la gente joven, dejándoles un espacio y libertad para que se desenvuelvan como mejor consideren.

“La incomprensión fomenta la caída de excelentes construcciones del amor”.

Joanna de Ângelis.

Efectivamente, no podemos permitir que la incomprensión, el miedo o la comodidad sean los obstáculos que minen esas excelentes construcciones de amor. Edificios de trabajo que entre todos, como piedra sobre piedra, se han podido construir con el esfuerzo de todos, conformando una bella obra, todavía inacabada y necesitada de conservación y desarrollo. Un legado que parte de nuestros antecesores; aquellos que con toda la ilusión y llenos de dificultades trabajaron para allanarnos el camino a nosotros, que éramos sus futuras generaciones. Un testigo dado en mano con la responsabilidad de cederlo a las personas que nos sucedan en el futuro. Un tesoro que no se puede despreciar o tirar por la borda. Sin olvidar que, en palabras de la propia mentora Joanna de Ângelis, “La permanencia en los elevados ideales espirituales es una de las tareas más difíciles a las que se enfrenta el ser humano”.

Si falla la comunicación, si no se afrontan los problemas con diálogo sincero, respetuoso, con la intención de mejorar sin buscar culpables; si solo vemos los fallos ajenos como los verdaderos problemas, lo normal es que la tendencia ante esa manera de ver las cosas sea el individualismo; es decir, el que cada uno se centre en sus tareas y responsabilidades si las tuviera, además de buscar a aquellas personas con las que se pueda sentir más identificado formando un subgrupo dentro del propio grupo. Esta situación, que se puede ir gestando con el tiempo, no suele acabar bien. Al final suele llegar la división o incluso la disolución.

Si esto finalmente ocurre, el éxito habría que otorgárselo a esa parte negativa de la que hablaba el venerable Vicente de Paúl, aprovechándose de la falta de vigilancia de nuestros defectos, perdiendo una hermosa y muy valiosa oportunidad de crecimiento espiritual. Una tarea que rogamos a los Planos Superiores nos ofreciese cuando estábamos en el espacio, para redimir nuestras numerosas faltas. Una oportunidad para la que meticulosamente nos habíamos preparado.

Los tiempos que nos ha tocado vivir no son casualidad. Cada época tiene sus complicaciones y la actual también tiene las suyas. Unas dificultades de las que tomamos conciencia, puesto que se nos advirtió cuando aceptamos este reto en el plano espiritual. Por lo tanto, no tenemos excusas ni justificaciones, se trata de una responsabilidad de la que tendremos que rendir cuentas el día en que dejemos este mundo.

La unión: Tarea de todos por: José Manuel Meseguer

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

LA TRANSICIÓN DESPUÉS DE LA MUERTE

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La transición después de la muerte

La transición después de la muerte

En primer lugar hemos de hacer una distinción clara, a la luz del conocimiento espiritual, entre la muerte y lo que es, en sí, la desencarnación. La muerte es el fin de la actividad biológica del cuerpo; a partir de ese momento, el organismo comienza su proceso natural de descomposición como ocurre con todos los seres. Esto último se inicia en el momento en que se rompe el denominado lazo fluídico o cordón de plata, nexo de unión entre la materia y la parte espiritual o semimaterial.

La desencarnación es otro proceso distinto, muy vinculado, lógicamente, a la interacción entre el cuerpo y el periespíritu. Depende de otros factores que facilitan o complican su proceso de ruptura total.

Para poder continuar con claridad, hemos de explicar una vez más la trilogía del ser humano, muy importante para comprender la inmensa mayoría de los fenómenos que encierran la vida del ser. Por un lado, la parte más visible y hasta grosera que es el cuerpo humano o biológico. Por otro lado está el espíritu, que es el principio inteligente individualizado, la chispa divina latente en él. Y finalmente se encuentra el periespíritu, que es el cuerpo intermedio, semimaterial que une a ambos. Este último no se separa ni antes ni después de la muerte. Su forma es idéntica a la del cuerpo físico.

Durante el proceso de desencarnación, el fluido periespiritual se desprende poco a poco de todos los órganos.

(*) “Solamente la separación es completa cuando no queda un solo átomo del periespíritu unido a una molécula del cuerpo”.

El párrafo anterior es clave. La desencarnación es totalmente efectiva cuando ya no existe ningún nexo de unión entre los dos cuerpos, el periespiritual y el material, aunque este último haya comenzado su proceso normal de descomposición.

“La sensación dolorosa que experimenta el alma depende de la suma de puntos de contacto que existan entre el cuerpo y el periespíritu, y de la mayor o menor dificultad o lentitud que ofrezca la separación”.

Aquí entramos en aquello que más nos preocupa, el dolor durante el trance de la muerte. De esto nos vamos a ocupar a continuación.

Grosso modo, existen cuatro posibilidades o alternativas con respecto al proceso de desencarnación, como muy bien nos lo explica detalladamente la segunda parte, capítulo I, titulado La Transición, de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO, escrita por Allan Kardec.

  • La primera posibilidad sería cuando el periespíritu está desprendido del cuerpo en el momento de la extinción de la vida orgánica; en ese caso, el alma no siente absolutamente nada.
  • La segunda posibilidad, totalmente opuesta a la anterior, sería cuando el nexo de unión entre cuerpo y periespíritu fuese muy fuerte; en tal caso, la ruptura sería abrupta, difícil y dolorosa para el alma; a modo de desgarramiento entre las dos partes.
  • La tercera sería cuando la unión es muy débil, en ese caso, tan solo un pequeño esfuerzo será suficiente para romper definitivamente los lazos que los unen.
  • Y por último, la cuarta, cuando con el cese de la vida orgánica todavía existen muchos puntos de conexión entre el cuerpo y el periespíritu, la separación resulta difícil y muy dolorosa; hasta incluso llegar a sentir y sufrir el proceso de descomposición hasta que el fluido periespiritual se haya desprendido totalmente de todos los órganos del cuerpo.

En resumen, como hemos visto hasta ahora, el sufrimiento será mayor o menor en función de la fuerza cohesiva que exista entre los dos cuerpos, el material y el semimaterial.

Durante el proceso de la muerte el alma sufre un entorpecimiento que paraliza sus facultades y que anula en cierto modo sus sensaciones. A ese estado se le denomina turbación.

La turbación es un estado normal en los procesos de muerte. Su duración depende del grado de clarificación que el alma sea capaz de alcanzar; es como el despertar de un sueño profundo. Su estado de confusión o embotamiento se va diluyendo en la medida en que se esclarece; esto varía mucho de unos casos a otros, de la mayor o menor espiritualidad adquirida.

“El estado moral del alma es la causa principal que influye sobre la mayor o menor facilidad del desprendimiento”.

El estado moral es la clave, fundamental. Aquellas personas que han vivido por y para la vida material, y que además han estado cargadas de pasiones y vicios, se encuentran, en el momento de abandonar el mundo material, con un fardo demasiado pesado del que es difícil desprenderse. No estamos hablando de religiosidad o de tradiciones, sino de una disposición y actitud mental equilibrada que le haya predispuesto a identificarse con la vida del espíritu. Es decir, a hacer el bien, a ser moderado de costumbres, a respetar al prójimo; a ser desprendido de las cosas materiales para darles el valor que les corresponde, como una herramienta útil si se utiliza correctamente.

En la misma obra EL CIELO Y EL INFIERNO, en la cual se basa este artículo, encontramos en su segunda parte gran cantidad de testimonios recogidos mediúmnicamente que reflejan el estado del espíritu dependiendo de sus circunstancias personales. Según fueron sus vidas en el plano físico, así se encuentran al despertar a la verdadera realidad espiritual.

Por otro lado, el género de muerte también influye en la manera en que el espíritu se desprende de su cuerpo físico, así como las sensaciones y circunstancias que lo envuelven posteriormente.

En la muerte natural, bien por edad o enfermedad, la separación suele ser gradual. Pero aquí también influye de una forma determinante el estado espiritual del ser. Si sus pensamientos son elevados, desprendidos de las cosas materiales, el trance entre las dos vidas suele ser muy ligero; apenas unas pequeñas conexiones muy débiles sostienen la unión entre cuerpo y alma. Solo un pequeño percance fisiológico es suficiente para romper esos lazos, ya de por sí muy frágiles.

En el ser humano sensual, apegado a las cosas y preocupaciones materiales, el trance suele ser difícil y doloroso. Una lucha se establece entre la naturaleza biológica que trata de finalizar su ciclo y una oposición fuerte por parte del espíritu que no está dispuesto a ceder. Las convulsiones de la agonía son muchas veces el testimonio vivo de esa clase de lucha imposible.

Incluso con la llegada de la muerte biológica, la turbación continúa. Siente que sigue vivo pero no sabe en qué plano se encuentra.

“El espíritu se apega tanto más a la vida cuanto nada ve más allá de ella”.

Durante la muerte violenta, la vida orgánica con todo su vigor se detiene de repente. La separación del periespíritu se inicia a partir de ese momento en casi todos los casos, pero, como hemos visto anteriormente, no se realiza de forma instantánea.

El espíritu sorprendido por su nueva situación no toma conciencia de inmediato, puesto que comprueba que sigue teniendo un cuerpo idéntico al anterior, pero se trata de un cuerpo fluídico. Intenta comunicarse con las personas que tiene alrededor, pero no le hacen caso y tampoco le contestan a las preguntas que les formula. Esto le produce confusión y disgusto en un primer momento.

En estos casos, como en los anteriores, el grado de elevación moral y de desprendimiento hace que la situación se resuelva favorablemente de una manera rápida y sin sobresaltos, o que ocurra todo lo contrario, un trance doloroso y difícil que se puede prolongar por mucho tiempo.

En los suicidios la situación suele ser mucho más grave. El cuerpo retiene al periespíritu, y le transmite todas sus convulsiones al alma. Una situación lamentable de la que cuesta mucho salir.

En conclusión, podemos decir que la conducta humana, los pensamientos e incluso el conocimiento sobre el porvenir son palancas que facilitan sobremanera ese trance natural que todos, sin excepción, debemos de vivir algún día.

“Para que la humanidad se esfuerce por su propia purificación, reprimiendo sus malas inclinaciones y dominando sus pasiones, es necesario conocer las ventajas del futuro”.

La oración es un antídoto muy efectivo; es un torrente poderoso de esperanza y auxilio que alivia, esclarece y facilita el tránsito a aquellas almas que ya dejaron su cuerpo físico y que precisan adaptarse a su nueva situación para continuar su proceso de elevación, de crecimiento espiritual en dirección a la perfección.

La transición después de la muerte por: José Manuel Meseguer

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

 

(*) Las frases en negrita están extraídas del capítulo I, La Transición, de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO, escrita por Allan Kardec).

PÉRDIDA DE LOS SERES QUERIDOS

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Pérdida de los seres queridos

Pérdida de los seres queridos

A lo largo de estos últimos meses hemos hecho un recorrido por las distintas interpretaciones históricas, culturales y religiosas que ha ido desarrollando el ser humano respecto a la muerte y todo aquello que la rodea en el ámbito cristiano; una idea que ha ido evolucionando muy lentamente con el paso de los siglos. Hemos hablado también de que las religiones, con sus tradiciones, desde tiempo inmemorial, han arraigado en el inconsciente colectivo una visión muy particular sobre lo que significa la extinción de la vida en este mundo físico; la hemos asumido psicológica y socialmente de una manera que por lo general nos provoca incertidumbre, angustia y dolor. Una visión poco convincente, de la que es complicado salir sin una mente abierta que nos permita explorar otras maneras de ver este hecho tan natural.

Por otro lado, la misma ciencia oficial ha trabajado y trabaja por desentrañar aquellos misterios, aquellos desafíos que la vida nos presenta para mejorar en todos los sentidos y tratar de comprender los mecanismos de la misma. No obstante, al fenómeno de la muerte no le ha prestado suficiente atención. Una parte de la ciencia, la más ortodoxa y materialista, la ha encasillado dentro del apartado de las creencias religiosas o dogmáticas. Su planteamiento ante la muerte sería el siguiente: “Una vida humana se encuentra en estado terminal o se acaba de extinguir; la ciencia ya no puede hacer nada; caso cerrado”.

La tristeza y el sufrimiento, son por regla general, el estado que caracteriza a las personas cuando se  enfrentan a la pérdida de los seres queridos, un proceso por el que todos tenemos que pasar en distintos momentos de nuestras vidas.

A esta reacción que tenemos en respuesta a una muerte se la denomina duelo. Se trata de un estado psicológico que varía de unas personas a otras; depende también de factores como pueden ser el tipo de muerte, la edad del fallecido o el papel que jugaba en nuestras vidas. En función de todas esas circunstancias, el duelo se puede alargar más o menos en el tiempo.

El problema surge cuando, en función del carácter psicológico de la persona y la carencia de unas convicciones espirituales claras respecto al futuro y la vida en el Más Allá, esa tristeza, que en principio es natural se cronifíca, se convierte en un círculo vicioso del que no se sabe o no se tienen recursos para salir, degenerando en una depresión u otro disturbio de carácter psicológico o psicosomático. En casos así es preciso, en primer lugar, acudir a especialistas para que les ayuden a resolver el problema y que la pérdida deje de ser, al menos, un foco de perturbación en su vida.

Por todo ello, resultaría conveniente trasladar a la sociedad las investigaciones científicas que existen sobre este tema. También profundizar en aquellas ideas filosóficas y espirituales llenas de lógica y sentido común que nos proporciona el Espiritismo respecto a los principios espirituales que rigen al ser. Incluso con los testimonios recibidos de seres queridos en manifestaciones espontáneas de carácter mediúmnico y que la doctrina espírita viene estudiando desde hace más de 150 años. Con todo ello se conseguiría mitigar el choque emocional de una pérdida, y serviría como consuelo y también como esperanza de un reencuentro futuro.

La muerte es un cambio a otra dimensión, recuperar la libertad sin el yugo de la carne.

Para una mejor comprensión, y aunque próximamente lo abordaremos con mayor profundidad, es necesario analizar grosso modo el estado en que se encuentran los seres queridos una vez han dejado el cuerpo físico. Varía extraordinariamente de unos casos a otros. De cualquier manera, tenemos la obligación moral de ayudarles durante ese proceso, en la medida de lo posible. Lo más importante es adoptar una actitud mental positiva, acompañándola con una oración sentida y sincera que le va a ayudar a superar ese trance, hacia su reingreso y adaptación a la nueva vida en el mundo espiritual.

No podemos olvidar que el pensamiento es una forma de energía muy poderosa, es un lenguaje universal que llega a las almas con quienes establecemos un diálogo. Cuando se trata de seres queridos ya desencarnados, el círculo afectivo se estrecha y la comunicación no verbal es más intensa.

Dependiendo de las circunstancias particulares, si el estado del recién fallecido no es bueno, los pensamientos positivos y las oraciones dirigidas al Creador le pueden aliviar de una manera importante. En la obra El Cielo y el Infierno, de Allan Kardec, encontramos numerosos testimonios de espíritus sufrientes que a través del vehículo mediúmnico agradecen la ayuda recibida, e incluso ruegan a familiares y a todos los presentes que no se olviden de seguir pidiendo por ellos.

Si se trata del caso de suicidas, la situación se complica exponencialmente. En estos casos, se deben redoblar los esfuerzos por mantener en el tiempo las oraciones para su propio beneficio, puesto que, aunque siempre varía de unos casos a otros, los sufrimientos son importantes. De tal forma, la ayuda que se les puedan dispensar siempre la agradecen de una manera especial, dada su difícil situación.

Por otro lado están aquellos que, debido a su estado espiritual equilibrado, se encuentran felices por retornar a la patria espiritual. Poseen mayor facilidad para sintonizar con los pensamientos de familiares y amigos. Las oraciones también las reciben con agrado, refuerzan los lazos espirituales ya existentes y les hacen más felices si cabe. Se establecen unos vínculos entre los dos planos que permiten a unos y a otros permanecer en contacto, aunque dichos espíritus, pasado un cierto tiempo, se encuentren ya desempeñando otras funciones o tareas en el mundo espiritual.

Tanto en unos casos como en los otros, lo que nunca se debe hacer es dejarse llevar por la desesperación o el desánimo. Hay que tratar de evitar a toda costa el “apego” emocional y psíquico hacia los desencarnados, puesto que una reacción de esa naturaleza les ocasiona ansiedad, tristeza y perturbación.

No tenemos el derecho de reclamar como si la muerte fuese una injusticia, o de rebelarnos ante esta circunstancia humana. Por mucho que hayamos podido amar a otras personas, no podemos permitir que esos sentimientos se contaminen de egoísmo, por el hecho de perderlas de nuestra vista.

 Hay que plantearse la situación de otra manera muy distinta, no tan traumática. En el Evangelio según el Espiritismo encontramos sabias palabras al respecto por el espíritu de Sansón, recibida en el año 1863, que reproducimos aquí:

Regocijaos, en vez de quejaros, cuando Dios quiere llevarse a uno de sus hijos de ese valle de miserias. ¿Acaso no es egoísmo el desear que se quede sufriendo con vosotros? ¡Ah! Este dolor se concibe en el que no tiene fe y que ve en la muerte una separación eterna. Pero vosotros, espiritistas, vosotros sabéis que el alma vive mejor desembarazada de su envoltura corporal; madres, vosotras sabéis que vuestros hijos muy queridos, están cerca de vosotras, sí, están muy cerca, sus cuerpos fluídicos os rodean, sus pensamientos os protegen, vuestro recuerdo los embriaga de alegría, pero también vuestros dolores infundados les afligen, porque denotan falta de fe y son contra la voluntad de Dios”.

(Capítulo V; Bienaventurados los afligidos, ítem 21).

Existen infinidad de mensajes que hablan a propósito de esta circunstancia dolorosa; hijos u otros familiares que desencarnaron y se ven obligados a buscar, por los distintos medios a su alcance, la manera de manifestarse a sus seres queridos para que puedan comprobar que ya no sufren y que son felices, que la separación es pasajera; puesto que ese dolor y tristeza de los familiares les supone una angustia que les impide avanzar y disfrutar de la felicidad que se han ganado. O en el caso de espíritus que se encuentran en una situación precaria espiritualmente, la angustia y el sufrimiento de los familiares hace que se complique mucho más su estado. Sin ninguna duda, no tenemos el derecho de actuar así; muchas veces, producto de la ignorancia, del egoísmo y la falta de conocimiento de la realidad espiritual.

La muerte es un fenómeno natural y hasta necesario; forma parte del proceso natural de la vida.

No puede existir crecimiento sin transformación, sin cambios continuos.

¿Nos podemos imaginar una sociedad en donde nadie pudiera cambiar de trabajo o de vivienda? ¿O una sociedad en donde nadie tuviera la posibilidad de abandonar el hogar; padres, hermanos y abuelos para formar su propio hogar? ¿Se imaginan una sociedad donde nadie pudiera viajar para explorar otras culturas, otras gentes, y tuvieran que estar apegados a sus casas, a sus padres, y a sus barrios indefinidamente?… ¿Por qué la muerte no ha de ser un cambio a mejor?

Hemos de comprender que dichas separaciones no son un “Hasta siempre, sino un hasta pronto”. Hemos de hacer un esfuerzo por comprender que, aunque se disponen a recoger aquello que sembraron durante su última existencia, con su partida siempre estarán en buenas manos, y que necesitan continuar su proceso de crecimiento espiritual en el otro plano, fuera ya del yugo y de las preocupaciones penosas del plano material.

Si de verdad les amamos su felicidad debería ser lo primero.

 

Pérdida de los seres queridos por: José Manuel Meseguer

© 2019 Amor, Paz y Caridad

¿EXISTEN SERES DESTINADOS AL MAL?

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¿Existen seres destinados al mal?

Cuando nos hablan de seres malignos que tratan de influenciar a los seres humanos, cuando nos cuentan sobre los exorcismos que realiza la Iglesia para liberar a algunas personas de su nefasto dominio, la pregunta surge rápidamente: ¿Existen los demonios? Si existen, ¿quién los creó? ¿Se trata de seres destinados al mal eternamente? ¿Cuál es su origen?

Según nos cuentan las tradiciones religiosas, los demonios son ángeles caídos, seres que fueron creados llenos de virtudes y que un buen día, dominados por la envidia y los celos, sucumbieron a las tentaciones, desafiando la potestad del Creador, contraviniendo su voluntad e intentando transmutar el Universo en un reino donde predominara el mal y el sufrimiento. De esta circunstancia se aprovecharía Dios Padre para probar a sus hijos, dejándoles la responsabilidad de elegir un camino, bien el trazado por Él mismo o el sugerido por esas criaturas perversas desviadas del camino recto.

Respetando todas las creencias y opiniones, desde nuestro punto de vista esta idea presenta deficiencias difíciles de resolver. Si Dios Todopoderoso es conocedor de todas las cosas pasadas, presentes y futuras, ya sabría de antemano que existiría un grupo de ángeles que se rebelarían a sus designios en un momento determinado. “Estaban destinados al mal a perpetuidad y predestinados a convertirse en demonios para arrastrar a los hombres al mal”. (Allan Kardec. El Cielo y el Infierno; capítulo IX, ítem 12).

Según esta hipótesis religiosa, con aquellos ángeles que cayeron no hay marcha atrás, están condenados a perpetuidad. Por tanto, “¿de qué les serviría no perseverar en el mal si el arrepentimiento es inútil?” “…Si perseveran en el mal, es porque la esperanza les es negada”. (Allan Kardec. El Cielo y el Infierno; capítulo IX, ítem 19).

Resumiendo este sofisma, Dios crea a seres perfectos, llenos de virtudes denominados Ángeles; son sus ministros que cogobiernan el Universo junto con Él. En un momento determinado, a algunos de ellos se les olvidan sus virtudes extraordinarias y sus perfecciones, dejándose seducir por las tentaciones del ego y de las pasiones materiales (algo de lo que, según esta teoría, siempre han carecido puesto que nunca han tenido contacto con lo material). A partir de ese momento le hacen una competencia feroz a Aquel a quien todo se lo deben. Son privilegiados que no saben apreciar lo que tienen, puesto que desde su origen no hicieron ningún mérito para poseer las virtudes que les regalaron. El resto de seres que poblamos el Universo estamos condenados a trabajar y sufrir, a subir los peldaños del progreso con mucho esfuerzo. No obstante, hay otros que no hicieron mérito alguno, e incluso algunos, como acabamos de explicar, se rebelaron con descaro y premeditación.

Como vamos viendo, estas teorías presentan graves deficiencias que ponen en entredicho la perfección y la sabiduría del Creador. Quizás en el pasado, debido al desconocimiento que existía respecto a las cuestiones espirituales, esas ideas podrían tener alguna justificación, pero para el hombre de hoy día carece de sentido la idea de seres destinados al mal.

Partimos de la base de que Dios estableció unas grandes leyes universales que son iguales para todos, inmutables y eternas. No se puede concebir un Universo con privilegios y comportamientos caprichosos para algunos, que desdigan el amor, la justicia y la misericordia divina.

La ley de la evolución nos indica que todos somos creados en las mismas condiciones y que partimos desde un mismo punto sin distinción alguna; debemos de recorrer un largo camino donde el mal es la ausencia del bien, o dicho de otro modo, cuando se transgreden las leyes establecidas por Dios y no se atiende la voz de la conciencia.

No podemos olvidar que el espíritu desde un primer momento toma uno de los dos caminos voluntariamente: el del bien o el del mal. Goza de libre albedrío y su responsabilidad crece en la medida en que es consciente de lo que hace. La voz de la conciencia le indica el camino más recto. Al mismo tiempo, espíritus guías le orientan e inspiran para seguir por la senda del bien. Sea cual sea su decisión será siempre bajo su responsabilidad.

Precisamente en esas primeras etapas, si el espíritu no hace caso a su interior y a los diferentes avisos que recibe de los planos superiores, dejándose llevar por sus defectos y pasiones, entonces se embrutece y se insensibiliza. El ego toma mucha fuerza y a partir de ese momento rompe la conexión con su conciencia que le instaba al bien y al autodominio. La capacidad de empatía y el desarrollo de unos valores que contribuyan al mejoramiento de su entorno, como son la solidaridad, la fraternidad, el altruismo, el espíritu de colaboración, etc., en una sociedad en la que nos necesitamos unos a otros, es sustituido por el mal que nace del egoísmo y del orgullo, por el afán de servirse de los demás.

Sin duda, el espíritu muy poco evolucionado puede quedarse temporalmente instalado en el mal, su libre albedrío así se lo permite. Esa maldad puede adquirir proporciones muy grandes. Ese es el motivo por el que se les haya podido confundir con seres creados o destinados a perpetuidad con ese fin; pero esto es una circunstancia temporal, aunque ahora pueda parecer impensable por el grado de perversidad y crueldad que puedan manifestar algunos.

El mal es apenas un estado transitorio que más pronto o más tarde tendrá que dar paso al bien. A quien lo padece se le estimula al cambio de conducta, a dar un giro hacia el bien definitivo. Del mismo modo, no se puede concebir que del mal pueda surgir el bien abrazando la perspectiva de una sola existencia, para ello necesitamos comprender la ley de la reencarnación o de vidas sucesivas. La vida actual es consecuencia de nuestro pasado, y en esta construimos nuestro futuro. Por lo tanto, las diferentes existencias son solidarias entre sí, siempre tendentes al progreso, a la adquisición de sabiduría y cualidades morales.

También hay que considerar la circunstancia de que, al desencarnar, el espíritu no se transforma de repente, en el mundo espiritual continuamos con las mismas tendencias y características morales; y del mismo modo en que aquí nos asociamos con otras personas para hacer el bien o para hacer el mal, en el mundo espiritual ocurre exactamente lo mismo.

Otro aspecto a valorar es que aquello que concluimos como una mala influencia por parte de los que se consideran como “demonios” o “seres del mal” puede obedecer a deudas kármicas del pasado. Es el gran problema de la obsesión, bien por ley de afinidad, por la cual atraemos con nuestra actitud y pensamientos nocivos a espíritus que vibran en una frecuencia muy baja, o también por faltas graves cometidas sobre nuestros semejantes en tiempos pretéritos. En el otro plano puede haber víctimas del pasado que no estén dispuestas a perdonar y que traten de tomarse la justicia por su mano, perturbando y ocasionando enormes perjuicios a sus obsesados. Tan solo un cambio de actitud por ambas partes, utilizando la terapia efectiva del perdón y del amor, se puede desenredar este tipo de conflictos, reparando, en la medida de lo posible, las cuentas pendientes del ayer.

Por otro lado, cuando voluntariamente no se modifican las conductas y el espíritu permanece estacionado en el mal durante mucho tiempo, termina por surgir el dolor y el sufrimiento; y tras numerosas existencias padeciendo terriblemente, rescatando errores del pasado, llega un momento en que, cansado de sufrir, se sensibiliza. A partir de ese momento se le abre una nueva aurora, un camino evolutivo por redescubrir que abandonó hace siglos o quizás miles de años. Es el momento del rescate consciente y voluntario, un nuevo programa de recuperación en el que el espíritu retoma la senda del bien; espíritus amigos le acompañarán en su difícil ascensión. Poco a poco, pasito a pasito y con mucho esfuerzo irá aligerando la pesada carga hasta recuperar la ilusión y la autoestima.

Se trata de existencias difíciles, llenas de privaciones, enfermedades y otras circunstancias que obligan al espíritu a realizar un gran esfuerzo. Tras un periodo más o menos largo con cuerpo físico, finalmente le llega la muerte, toma fuerzas en el mundo espiritual y vuelve nuevamente a la experiencia de la carne con los ánimos renovados. De esa forma se va sacudiendo paulatinamente un lastre que le impedía ascender.

Por lo tanto, y como hemos ido viendo hasta ahora, el mal es temporal. Los demonios son en realidad espíritus muy atrasados que todavía no han sido capaces de descubrir los beneficios de la paz y el amor. En este momento, y puesto que nos encontramos en un proceso de cambio de ciclo planetario, su influencia se está manifestando con mayor claridad, pero esto son apenas los estertores de la muerte de una etapa crucial. Se prepara una nueva aurora, de tal forma que quienes sigan obstinados en el mal tendrán que continuar su proceso espiritual en otro mundo similar a este. El planeta Tierra está finalizando su etapa como mundo de expiación y prueba para pasar a formar parte de los mundos de regeneración. En él ya no cabrá el mal y sí las ansias de superación y de progreso.

¿Existen seres destinados al mal? por: José M. Meseguer

© 2019 Amor, Paz y Caridad

LOS ÁNGELES Y SU MISIÓN

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Los ángeles y su misión

En el ítem 128 del Libro de los Espíritus nos definen claramente lo que son los ángeles, arcángeles y serafines: “Son espíritus puros, los que se hallan en el peldaño más alto de la escala y reúnen todas las perfecciones”.

En el ítem 129 añaden: “Los ángeles recorrieron todos los grados de perfeccionamiento”.

Pertenecieron a mundos físicos que ya no existen, recorrieron todas las escalas evolutivas en diferentes planetas que se formaron y desarrollaron en otras épocas. Una vez cumplido su ciclo vital, esos mundos se disgregaron y se confundieron con esa gran fuente inagotable de energía cósmica, para posteriormente formar nuevos mundos, y así seguirá ocurriendo sucesivamente en el tiempo sin tiempo.

“Ángeles o espíritus puros los hubo en todos los tiempos, su existencia humana se pierde a través de todas las épocas”. (Capítulo VIII, ítem 14; EL CIELO Y EL INFIERNO).

Actualmente, nosotros estamos en ese proceso de evolución en los mundos físicos; tenemos necesidad de ellos, iremos creciendo paulatinamente en este mundo y en otros más avanzados en el futuro para seguir acumulando sabiduría y perfección, hasta llegar a un punto en que las pruebas y el contacto con una materia ya no serán necesarios. A partir de entonces continuaremos nuestro periplo evolutivo, pero ya en otra fase mucho más elevada, netamente espiritual.

Es en esa fase evolutiva tan avanzada, donde aparecen los ángeles. Seres ya limpios de impurezas cuya misión consiste en ser copartícipes de la gran obra de Dios, ejecutando sus designios perfectamente. No obstante, sobre esto debemos hacer una matización, ya que a veces este tema se puede prestar a confusión; esos seres que pertenecen a la escala más alta no son autómatas. La perfección, aunque estamos muy lejos de entenderla ni en su más simple expresión, podemos decir que no significa un pensamiento único para hacer las cosas. Es verdad que trabajan en equipo y se marcan unas pautas, unas directrices, pero la idiosincrasia, la creatividad y las características singulares de cada espíritu superior se mantienen.

Debemos de tener en cuenta que las humanidades sujetas a los avatares de la materia física poseen libre albedrío, y en función del comportamiento y de los caminos que escogen, individual y colectivamente, esas almas ya excelsas que las tutelan se adaptan a las circunstancias y estudian en cada caso la manera de favorecer su progreso. De tal forma que no hay dos casos idénticos, y pueden ir variando las circunstancias en función de la respuesta a las pruebas y expiaciones en el transcurso de las diferentes vidas.

En esa línea, sabemos que los guías espirituales no son apuntadores, más debemos de añadir, no lo son ni ahora ni lo han sido nunca. Aunque el espíritu alcance las cotas más elevadas de perfeccionamiento, y aunque siempre tendrá a alguien de quien recibirá una inspiración superior (en ultimísima instancia del propio Creador), el sello distintivo de cada espíritu quedará manifiesto de una manera u otra.

Analizándolo desde otro punto de vista, Dios Padre, en base a su inmenso amor, otorga toda su confianza a sus hijos más adelantados para que desenvuelvan una labor de elevadísima responsabilidad, con entera libertad puesto que sabe que no cometerán fallos. De lo contrario, nos encontraríamos con un libre albedrío que se estrecha en la medida en que el espíritu se perfecciona, un círculo evolutivo que se abre a la creatividad durante millones de años para posteriormente volverse a cerrar.

De ese modo, la perfección no es incompatible con la “personalidad singular” de cada espíritu forjada a lo largo de los milenios. De lo contrario, estaríamos hablando de una especie de panteísmo, es decir, el error de creer que el espíritu, creado sencillo e ignorante, se perfecciona pero hasta un punto en que pierde su identidad y se confunde con la divinidad. Esto sería contrario a la lógica y al sentido común.

Al mismo tiempo, los ángeles son seres que viven en plenitud y con absoluta felicidad, pero una felicidad que nace de la satisfacción por ejecutar los designios y las responsabilidades confiadas por el Padre en el desempeño de las más altas misiones. Les son distribuidas las tareas que pasan desde la formación de nuevos mundos, el desarrollo y evolución de los distintos reinos de la naturaleza, la tutela de sus humanidades, etc. En resumen, velar por el cumplimiento de las grandes leyes universales en todo el Universo.

“Llegar a ser un actor del drama divino, uno de los agentes de Dios en su obra eterna; trabajar para el Universo como el Universo trabaja para nosotros: ¡He aquí el secreto del destino!” (León Denis; El problema del ser y del destino).

Por el contrario, la idea que todavía sostienen algunas religiones de que los ángeles son seres excepcionales creados por Dios no se sostiene bajo una lógica espiritual. Obedece a la construcción de un pensamiento que parte del estrecho margen que supone una única vida en el mundo. Se resumen sus postulados en un Dios que hace y deshace, donde unos viven en la opulencia y otros en la miseria, que juzga caprichosamente, que premia y castiga, que su premio consiste en la contemplación perpetua, y el castigo en la condena eterna; que otorga el paraíso a aquellos que murieron muy pequeños y no tuvieron tiempo de hacer el bien ni el mal. Esa misma eternidad que te clasifica para bien o para mal en función del comportamiento desarrollado en unos pocos años de vida en el cuerpo físico, sin posibilidad de enmendar los errores cometidos a través de otras nuevas oportunidades.

Ciertamente, Dios nos crea sencillos e ignorantes, sin privilegios para nadie. Todos, absolutamente todos, debemos recorrer un largo camino a través de múltiples existencias, conquistando el progreso con nuestro propio esfuerzo, luchando, cayendo y levantándonos una y otra vez; así sucesivamente en dirección a la perfección.

Otra tarea que realizan estos espíritus excelsos y que nos atañe más directamente es la de ser nuestros ángeles guardianes; cumplen una misión específica con cada espíritu en proceso de crecimiento espiritual. Nos acompañan desde que nacemos hasta que desencarnamos, incluso mucho antes de esta encarnación, y su seguimiento se puede prolongar durante siglos. Ellos nos sostienen, nos inspiran, nos alientan y estimulan hacia el progreso; nos acompañan en los sufrimientos y comparten nuestras alegrías. Marcan las directrices a los protectores y espíritus familiares que se encuentran mucho más próximos a nuestra esfera material. Es en resumen, la manifestación más hermosa del amor incondicional y que más se asemeja al Amor puro de nuestro Padre.

Por lo tanto, nunca estamos solos. El pensamiento de que esas almas tan perfectas están más cerca de lo que nos imaginamos nos debe inspirar y motivar para seguir adelante. Ellos recogen nuestras peticiones, nuestros anhelos, nuestras aspiraciones y tratan de darnos una respuesta con la sabiduría y oportunidad que ellos consideran mejor para nosotros. Es la pureza de sentimientos y de intenciones la que nos aproxima más rápidamente a ellos, recibiendo sus sabios consejos y la inspiración necesaria para recorrer el camino con más entusiasmo y fuerza.

Vamos a finalizar con una reflexión. Cuando estudiamos toda la información que nos aporta la ciencia moderna respecto al origen y constante transformación de nuestro mundo, con sus diferentes etapas geológicas, comprobando cómo las formas primitivas de vida fueron dando paso a otras más complejas: la aparición del reino vegetal, posteriormente el reino animal, para finalmente la aparición y el desenvolvimiento del hombre y sus progresos a lo largo de muchos siglos, hay que comprender que, tras todo ese espectáculo, tras esa obra de arte viviente sin igual, se encuentra el trabajo silencioso de esos seres extraordinarios inspirados por Dios, arquitectos divinos que fueron preparando con mucho amor y minuciosamente a este mundo durante millones y millones de años para que pudiera reunir las condiciones de equilibrio y habitabilidad, proporcionándonos unos recursos casi inagotables y con una puesta en escena que combina inteligencia sublime con una gran belleza. Una obra que no es fruto del azar o la casualidad, sino del trabajo minucioso de esos ángeles y arcángeles, bajo la atenta mirada de nuestro Padre.

Un trabajo que pone de relieve la superioridad de quienes lo ejecutaron. Una obra coral, tan sólo oscurecida por la mano torpe del hombre que no es capaz todavía de respetar y cuidar su entorno, un hogar inmenso que se nos concede como préstamo y que debemos legar a las generaciones futuras en las mejores condiciones.

Los ángeles y su misión por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 

“En todo hombre reposa la partícula de la divinidad del Creador, con la cual puede la criatura terrestre participar de los poderes sagrados de la Creación”. (EL CONSOLADOR; F. Cándido Xavier, espíritu Emmanuel).

¿EXISTEN LAS PENAS ETERNAS?

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La pregunta sobre la que vamos a reflexionar es la que da título a este artículo: ¿Existen las penas eternas? La existencia del bien, la existencia del mal, los premios y los castigos; el sufrimiento y la felicidad. ¿Qué será de nosotros una vez hayamos cruzado el umbral? ¿Seremos felices o desdichados? ¿La situación que pasemos a vivir será irreversible, sin posibilidad de variación? ¿Si soy infeliz, tendré la posibilidad de mejorar mi estado? Si, por el contrario, mi situación es dichosa, ¿podría deteriorarse, o por el contrario, podría mejorarse aún más?

Efectivamente, estos son algunos de los interrogantes que se ha planteado el ser humano desde la noche de los tiempos. Bien es cierto que el hombre, aunque con mucha lentitud, ha ido dando pasos en dirección al esclarecimiento de estas cuestiones. Los dogmas y los prejuicios, consecuencia del fanatismo y las pasiones humanas, han retardado sobremanera el avance en este campo tan fundamental como en otras áreas del progreso.

No obstante, si recordamos las palabras del inigualable rabí: “No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido” (Mateo 10:26), nos anuncia la llegada al mundo de una época en la que el ser humano poseerá la suficiente capacidad como para admitir sin demasiada dificultad ciertas verdades que han permanecido ocultas, o quizás al alcance de unos pocos. Lógicamente, este hecho no se podría entender como fortuito o aislado y que de repente golpeara o deslumbrara al hombre. La evolución no funciona de esa manera.

A lo largo de la historia han existido señales, vestigios de esas verdades que han permanecido veladas; personajes del mundo de la ciencia y de la mística que aportaron, con mayor o menor éxito, sus descubrimientos y experiencias. Hemos de situarnos irremediablemente en una época clave, el siglo XIX y sus manifestaciones mediúmnicas, a saber: mesas parlantes, fenómenos de tiptología, materializaciones ectoplasmáticas, etc. Se abría definitivamente la puerta de la otra dimensión. A partir de entonces el intercambio se intensificó, siendo vulgarizados por muchos; pero otros, más bien escasos en un primer momento, supieron comprender la gravedad del mensaje que contenían dichas manifestaciones y que significaban la instauración de una nueva era para la humanidad. Se empezaban a cumplir las palabras del Maestro. “No hay nada oculto que no deba ser revelado…”.

Es en esa misma etapa histórica cuando aparece el Espiritismo, una doctrina transmitida por los propios espíritus y codificada por un hombre extraordinario que supo entender la trascendencia del mensaje que traían a la Humanidad, el filósofo y profesor francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, más conocido como Allan Kardec.

Precisamente, la visión tan clara que tiene la doctrina espirita sobre el Más Allá y las penas futuras se basa en numerosas observaciones que le otorgan autoridad, y también a la multitud de testimonios de almas desencarnadas que vienen a manifestar sus sensaciones y experiencias, en base a su situación personal y en función de cómo fue su última vida con cuerpo físico.

La primera idea fundamental que se desprende de los testimonios de los espíritus, y que se pueden encontrar en la segunda parte de la obra “El cielo y el infierno” del propio Allan Kardec, es que: “A cada quien según sus obras” (Romanos 2: 6).

Ítem 28.- “La situación del espíritu en el mundo espiritual es aquella que éste se preparó para sí durante su existencia corpórea”. “Quien mucho sufre en la Tierra es atribuible a que mucho debía expiar”.

Es decir, aquellos que han hecho el bien, que se han esforzado en su autoreforma y que han aceptado las pruebas sin murmurar, estas almas, al abandonar la materia solo pueden encontrar felicidad por el deber cumplido, también por haberse despojado de imperfecciones que son las causantes de desdicha e infelicidad.

Por el contrario, aquellos que se dejaron llevar por el mal durante su última existencia física, que no atendieron a los llamados de su conciencia, que desaprovecharon el tiempo, la oportunidad de automejorarse y de hacer el bien, esas almas, lógicamente, no pueden tener ningún tipo de compensación, puesto que lo que sembraron es lo que les corresponde recoger.

Ítem 6.- “El espíritu debe sufrir no sólo en razón del mal que obró, sino también del bien que pudo hacer y no lo hizo durante su estancia terrestre”.

Ahora bien, volviendo al principio y al interrogante que da título a este artículo, ¿existen las penas eternas? Podemos contestar con las siguientes reflexiones:

El sufrimiento es inherente a la imperfección. De tal modo que seres perversos e irremediablemente alejados del bien de un modo perpetuo significaría que las leyes divinas se sentirían incapaces de sensibilizar a ese espíritu y, ni el tiempo sin tiempo ni las continuas experiencias acumuladas sin fin, serían capaces de reconducirlo, lo cual señalaría un grave error de previsión; una chispa divina bloqueada e insensible a perpetuidad, algo que no se corresponde ni con la sabiduría ni con la misericordia divina.

También nos podríamos plantear el porqué de la existencia del mal; de no existir, se nos podría haber evitado muchos sufrimientos y equivocaciones. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que sólo podemos hablar de verdadera responsabilidad espiritual cuando tenemos libertad para elegir y capacidad para hacer lo correcto. La responsabilidad varía en función del conocimiento que posee el ser y la experiencia acumulada. No obstante, si solo existieran automatismos comportamentales para el ser humano, no se le podría exigir verdadera responsabilidad. O dicho de otro modo, si solamente pudiera elegir un camino no existiría auténtica libertad, y sin libertad ni responsabilidad es imposible crecer y perfeccionarse, ni tampoco conocer el valor de la obra divina que nos envuelve y de la que todavía estamos muy lejos de comprender en toda su majestuosidad. Esta sea quizás la idea más importante que puede justificar la existencia del mal. Por tanto, no se equivocan aquellos que afirman que el mal es la ausencia de Dios.

Ahora bien, la pregunta que a continuación podríamos formularnos es: ¿si el mal no es perpetuo, de qué modo borra el espíritu sus faltas? La codificación nos lo aclara nítidamente:

Ítem 16.- “El arrepentimiento, la expiación y la reparación son las tres condiciones necesarias para borrar las huellas de una falta y de sus consecuencias”.

A través del arrepentimiento el alma analiza y comprende sensibilizada su error. Es sin duda el primer paso, de lo contrario es imposible corregir voluntariamente lo que no se ve o comprende.

En segundo lugar la expiación, que son los sufrimientos físicos o morales de las faltas cometidas, bien en el plano físico o espiritual, hasta que se borren por completo sus huellas.

En tercer lugar, la reparación: Ítem 17; nota al pie; “La necesidad de la reparación es un principio de rigurosa justicia que podemos considerar como la auténtica ley de rehabilitación moral de los espíritus”. Consiste en hacer todo el bien posible a aquellos a quienes se les perjudicó, muchas veces reencarnando en una misma familia carnal; otras veces propiciándose relaciones sociales, familiares o sentimentales que nos demandan una conducta recta, unas obligaciones morales; de ese modo nos perfeccionamos, hacemos el bien y rescatamos las posibles deudas que tengamos pendientes con ellos. “Así es como el espíritu progresa aprovechando su pasado”.

En resumen: Ítem 33.- “Todo hombre puede liberarse de sus imperfecciones por obra de su voluntad”.

Por lo tanto, las penas eternas a la luz del espiritismo son una quimera que se desmiente con la lógica y el conocimiento práctico de las leyes espirituales que nos rigen. La obra de Dios es renovadora y creciente, tendente a la perfección. La eternidad de penas o de castigos sería una especie de enfermedad incurable, un corte de digestión letal contrario a la naturaleza del ser y a los mecanismos de transformación permanente de la propia vida.

¿Existen las penas eternas? por: José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 (*) Las frases en cursiva y negrita pertenecen al capítulo VII “Las penas futuras según el Espiritismo”, del libro EL CIELO Y EL INFIERNO, por Allan Kardec.

LAS ECM Y LA MUERTE

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Las ECM y la muerte

El tema de la muerte o la frontera entre la vida física, que es la que conocemos, y la otra vida, suscita permanentes debates e incertidumbres que obligan al hombre común a buscar respuestas que le ofrezcan, a ser posible, una claridad, una certeza sobre el porvenir.

La muerte y el Más Allá no son un tema a resolver exclusivamente desde un punto de vista filosófico o religioso, ni tan siquiera científico, puesto que atañe a la esencia misma del ser humano y al grado de madurez espiritual que haya sido capaz de alcanzar, de una sensibilidad que le permita captar el significado trascendente de la vida. Nace de dentro hacia afuera, muchas veces basta con que encuentre los estímulos externos que le hagan despertar en su interior.

A lo largo de estos últimos artículos hemos repasado algunas creencias establecidas en nuestra cultura religiosa: el cielo, el infierno, el purgatorio…, incluso la “nada” como la opción más materialista. Sin embargo, en esta ocasión nos vamos a detener en el terreno de las experiencias personales, aquellas que guardan relación con los acontecimientos que les ocurren a ciertas personas que se encuentran en el umbral de la muerte, e incluso llegan a estar clínicamente muertas. Nos referimos a las ECM o Experiencias Cercanas a la Muerte.

Este tema lo consideramos de extraordinaria relevancia por cuanto contribuye con sus innumerables testimonios a reforzar otros ámbitos de las manifestaciones de tipo espiritual que nos hablan en un mismo sentido, como pueden ser las manifestaciones mediúmnicas o la transcomunicación instrumental (TCI), por citar algunas.

Se trata de las experiencias que les ocurren a muchas personas en el transcurso de una crisis orgánica, bien sea producto de un accidente o de una enfermedad. En un momento dado quedan clínicamente muertas, es decir, se detiene el corazón y la actividad cerebral se para. A partir de ese momento, mientras los equipos sanitarios tratan de recuperar al paciente, este comienza a vivir una experiencia que no olvidará jamás.

Se ve flotar y al mismo tiempo observa desde lo alto de la sala un cuerpo al cual muchas personas tratan de reanimar; enfermeras y médicos corren de un lugar para otro; ya no siente ninguna molestia física, y piensa que no merece la pena recuperar el cuerpo inerte. En su nuevo estado se encuentra con que posee un cuerpo espiritual idéntico al que acaba de dejar pero que no le perturba lo más mínimo. Posteriormente, observa un punto de luz que por momentos se va haciendo más grande hasta que lo llega a envolver ofreciéndole una sensación de paz y de amor indescriptible. Percibe a seres de luz que muchas veces no llega ver, pero que los siente con claridad; le acompañan en todo momento, incluso algunos de ellos los reconoce como familiares ya fallecidos.

En ocasiones, algunos sujetos que viven estas experiencias se ven trasportados a lugares maravillosos, de un colorido y de una belleza imposible de comparar con nada de la Tierra. Observan con los ojos del alma, durante un tiempo imposible de medir, los acontecimientos de sus vidas, pero desde otra perspectiva diferente, es decir, en base a los sentimientos y reacciones que ha provocado en los demás.

Finalmente, llegan a una especie de frontera en que se les advierte que no la pueden traspasar, pues esto ocasionaría la ruptura total con la vida física. Se les comunica que su misión no ha finalizado todavía; una misión que consiste básicamente en aprender a amar incondicionalmente y a adquirir sabiduría. Posteriormente vuelven al cuerpo físico y retoman los dolores y sufrimientos propios del estado en el que se encontraban, recuperan la consciencia y observan al equipo médico, pero esta vez ya desde “dentro de su cuerpo”.

Esta es, grosso modo, el modelo de experiencia común a una mayoría de pacientes que se han visto envueltos en este tipo de crisis fisiológica grave, variando de unos a otros algunos matices y circunstancias.

Los trabajos, entre otros, del Doctor Raymond Moody, la doctora Elisabeth Kübler Ross, del cardiólogo Pim van Lommel o Sam Parnia, de la Universidad Stony Brook en Nueva York (EE.UU.), son encomiables, puesto que fueron capaces de recabar y clasificar entre todos ellos miles de casos en todo el mundo, poniendo de relieve la importancia de las Experiencias Cercanas a la Muerte. Cabe destacar sobre todo a los dos primeros, el doctor Moody y la doctora Kübler Ross, quienes fueron verdaderos pioneros, puesto que abrieron una vía nueva de observación de los fenómenos denominados “casi muertes”. Un estudio serio, objetivo y riguroso que, sin embargo, no les supuso un reconocimiento inmediato de su trabajo, sino todo lo contrario, un rechazo, como suele ocurrir cuando surgen ideas nuevas que amenazan las que están ya establecidas desde tiempo casi inmemorial. Estamos hablando de una época, finales de los 60, e incluso bastantes años después, donde la muerte continuaba siendo una cuestión tabú en el campo de la medicina; nadie le prestaba atención en los ámbitos académicos y científicos.

En la medicina de aquella época se observaba la muerte como un fracaso de la ciencia, y que una vez se había consumado en el paciente ya no se le prestaba ninguna atención. Las experiencias cercanas a la muerte se observaban con mucho escepticismo o incluso eran catalogadas como “anomalías” extrañas e irrelevantes. Tuvieron que ser estos investigadores audaces ya mencionados, así como otros posteriores, los que abrieran el tarro de las esencias del verdadero sentido de un fenómeno muy común pero escondido a la luz pública.

¿Por qué es tan importante el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte? Sin ninguna duda, por muchos motivos:

– Porque no discrimina edad, creencias u origen cultural. Cualquier persona de cualquier país del mundo es susceptible de vivir este tipo de experiencias.

– Porque los testimonios son abrumadoramente coincidentes. Pueden variar en matices o detalles más o menos extensos, pero la base fundamental es común a todos ellos.

– Porque también atañen a los niños, seres que todavía no han tenido tiempo de ser manipulados o fuertemente influenciados por creencias o informaciones recibidas.

– Porque marcan extraordinarias similitudes y coincidencias con lo vivido por ciertos místicos de todas las épocas y de diferentes religiones, al narrar sus experiencias de verse desprendidos de su cuerpo físico, en un estado de alteración de la conciencia.

– Porque también ha alcanzado a los propios médicos y a personajes ilustres del campo de la medicina o de la ciencia, personas tan poco dudosas como es, por ejemplo, el doctor Eben Alexander, neurocirujano de Harvard, quien vivió una experiencia muy intensa y extraordinaria, recogida en su obra best seller “La Prueba del Cielo”.

– Porque coincide con los mensajes recibidos a través de numerosos médiums, y que fueron codificados y ampliamente explicados por Allan Kardec, el padre del espiritualismo moderno, bien llamado Espiritismo.

Es digno de mención el paralelismo existente entre el método de trabajo riguroso e imparcial de los doctores Moody, Kübler Ross, Van Lommel o Sam Parnia de la época actual, con las investigaciones de Allan Kardec a mediados del siglo XIX. El denominador común a todos ellos fue y es la recopilación de testimonios de personas que se “fueron” y vivieron una intensa experiencia, para después “volver” al cuerpo físico. En el caso espírita, son aquellos que se fueron pero ya no volvieron con su propio cuerpo físico, pero que ayudados por intermediarios sensibles (médiums) fueron capaces de transmitir su experiencia a  nuestro plano material.

¿Coincidencia? ¿Casualidad? Sería mucho decir. Más bien se trata de unas evidencias que cada día, en base a los progresos de la humanidad, se hacen más patentes. El grado de aceptación e interés por estudiar estos temas trascendentes que tienen que ver con el Más Allá y lo que ocurre después de la muerte ya no son extraños para una mayoría, incluso en el campo científico y en base a los nuevos descubrimientos que la física cuántica está constatando: Universos paralelos, partículas que varían su comportamiento sólo cuando son observadas, etc., nos abren un abanico de posibilidades que converge con aquello que nos transmite la doctrina espirita recopilada por el propio Allan Kardec.

Por lo tanto, podemos afirmar que la muerte no existe. Las ECM siguen siendo a día de hoy un poderoso pilar donde se puede apoyar el ser humano para confirmar aquello que a nivel teórico ya sospechaba, dándole un sentido definitivo a su vida, priorizando el trabajo que atañe a su realidad espiritual y que es, sencillamente, el aprendizaje del amor incondicional y el conocimiento práctico. Un camino seguro hacia la plenitud.

Las ECM y la muerte por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

EL PURGATORIO Y LAS PENAS TEMPORALES

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El purgatorio y las penas temporales
Pintura en la que se representa al Purgatorio. Joseph Anton Koch

En 1871 falleció una monja por una epidemia en el Convento de Valognes (Francia). En 1874, la hermana Sor María de la Cruz comenzó a escuchar unos gemidos extraños en ese mismo convento. Tras consultar con la madre superiora, fue aconsejada a que  preguntara. Ese mismo año comenzó a escribir sus diálogos con el alma de la fallecida: se trataba de su antigua compañera, de nombre Sor María Gabriela. Así permanecieron en comunicación frecuente hasta el año 1890, describiéndole ésta su situación espiritual y lo que es el Purgatorio. La obra fue autorizada por la Iglesia para ser publicada bajo el título: “El Manuscrito del Purgatorio”.

Hoy día apenas se habla del Purgatorio; parece que pertenece a otra época. Sin embargo, posee toda su vigencia para quienes creen en la doctrina de la Iglesia y en una sola vida física.

El debate surgió casi desde el principio, cuando se instauró el cristianismo como religión oficial del Imperio Romano y se establecieron los dogmas, así como la base de la nueva doctrina católica. Al considerar que sólo se vivía una sola vez, una sola oportunidad de vida material, se generaban varios problemas respecto a las consecuencias de los actos del ser humano, irresolubles si solo se podía recurrir al infierno o al paraíso como solución única.

Aquellos que cometían faltas muy graves estaban condenados al infierno, y aquellos que habían hecho mucho bien y habían sido muy virtuosos iban directamente al Paraíso; sin embargo, ¿qué ocurría con aquellos que no eran lo suficientemente buenos, o sus faltas no eran graves? ¿Se les podía considerar iguales a los otros, merecían el mismo castigo o premio?

Con este asunto los teólogos tuvieron un problema mayúsculo. Lo resolvieron en el año 593 cuando anunciaron un lugar intermedio, que no aparece en las Sagradas Escrituras, provisorio, destinado a expiar temporalmente las almas sin suficientes méritos como para pertenecer a un rango celestial. A ese lugar le llamaron Purgatorio.

 “La iglesia creyó necesario -después de seis siglos- suplir el silencio de Jesús declarando la existencia del purgatorio, es decir, reconociendo que Cristo no lo había dicho todo. ¿Por qué no ha de ser igual con respecto a otros temas?” (Allan Kardec; El Cielo y el Infierno, capítulo V, ítem 10).

Al quedar de manifiesto este problema, tal y como nos dice Allan Kardec, es evidente que el Maestro no lo había dicho todo. Había temas que el porvenir debía resolver cuando la humanidad hubiera madurado lo suficiente.

Según esa forma de concebir el futuro, a quienes les faltan méritos para ir al Cielo, la solución pasaba por ingresar en ese lugar denominado Purgatorio; ahora bien, la pregunta es evidente: ¿De qué manera se podía superar el Purgatorio para formar parte de los elegidos, según los teólogos?

Pues a través de las oraciones de los familiares o amigos, o también de las plegarias de otros cristianos piadosos. Esto que en un principio se podría considerar como lógico y razonable, degeneró en otras épocas en una falsa idea de intermediación, que desembocó en un evidente negocio por parte de las autoridades eclesiales: las denominadas indulgencias, y que llevó a la rebelión de varios clérigos, entre ellos Martin Lutero y Erasmo de Rotterdam (siglo XVI), quienes vieron en esas prácticas un abuso mercantilista contrario a la caridad cristiana. Este conflicto desembocó en un cisma que dividió a la iglesia entre católicos y protestantes.

Evidentemente, si nos paramos por un momento a analizar la realidad espiritual de este mundo, ¿cuánta gente merecería ir al infierno? Seguramente mucha gente, si observamos la maldad que impera en el mundo. ¿Y al cielo? Muchos menos. Sin embargo, ¿cuánta gente se considera a sí misma pecadora e imperfecta? Sin duda, la inmensa mayoría de personas; esta circunstancia nos lleva a pensar que el Purgatorio debería ser el lugar que nos correspondería a casi todos los seres humanos que poblamos este mundo.

Otro de los problemas graves que se les planteaba a los teólogos y filósofos era el tema de los niños o bebés que morían sin bautizar –con lo cual, y según la interpretación bíblica, no se les podía lavar el pecado original con el que nacemos todos los seres humanos-,  y tampoco se les podía juzgar por no haber tenido tiempo para hacer el bien o el mal. A esto había que añadir el problema de aquellos que vivieron antes de la época de Cristo, o aquellos otros que nunca tuvieron posibilidad de conocer la doctrina evangélica del Maestro Jesús. La idea del infierno o del cielo no podía encajar bien para ninguno de los mencionados casos, puesto que no podían ser plenamente responsables, unos por imposibilidad material y otros por ignorancia histórica, cultural o geográfica.

Para todos ellos se concibió la idea del “Limbo”, un lugar insensible destinado para el adormecimiento eterno. Si puede valer la expresión, un lugar para las almas con defecto de forma, descatalogadas o que no se les puede enjuiciar por falta de argumentos a favor o en contra.

No ha sido hasta este mismo siglo XXI cuando la Iglesia ha declarado oficialmente que: “El niño que muera sin bautizar queda en manos de ‘la misericordia de Dios’ e irán quizá al paraíso”.

No obstante,  el 19 de abril del año 2007, bajo el mandato del Papa Benedicto XVI, el Vaticano autorizó la publicación de las resoluciones a las que había llegado una Comisión Teológica Internacional. Entre otras cosas se declaró que: “La teoría del Limbo continúa siendo una hipótesis teológica posible”.

Con todo lo expuesto hasta aquí, podemos observar la cantidad de problemas filosóficos y teológicos que genera el concepto de una “única vida”, o dicho de otro modo: “una sola oportunidad de hacer las cosas bien o mal en este mundo”. Empero, nada ocurre por azar.

Solamente la idea de las vidas múltiples puede desatascar dicho conflicto trascendente al comprender que el presente es consecuencia del pasado, y que cada existencia es apenas un eslabón en la larga cadena de la vida. Cada paso por el plano material se convierte en una nueva oportunidad de progreso y evolución. Dios concede cuantas oportunidades sean necesarias para crecer, errar y rectificar, aprender, experimentar… en pocas palabras, resarcirse de los errores y madurar por la vía de la inteligencia y el desarrollo de los valores imperecederos del espíritu, sobre todo el del amor.

El concepto de Purgatorio, por tanto, tiene sentido si lo trasladamos a lo que es el mundo corporal actual, el planeta que nos ha tocado vivir, un lugar de expiaciones y pruebas. En él, el espíritu encarnado se redime de sus faltas pasadas, pasa a vivir las consecuencias de sus actos pasados o actuales. Sin embargo, posee libertad para abreviar o prolongar sus sufrimientos, depende de su voluntad. Cuando desencarna ocurre lo mismo, si no ha obrado bien sufre en el mundo espiritual, hasta que llega un punto en el que el arrepentimiento o la misma justicia divina actúa directamente para rescatar al espíritu sufriente con una nueva oportunidad de resarcimiento espiritual, primero preparándose concienzudamente, estudiando sus errores en ese mismo plano espiritual y fortaleciéndose para posteriormente, con energías renovadas, afrontar un nuevo capítulo en el mundo físico.

“Que el castigo tenga lugar en el Mundo Espiritual o en la Tierra, sea cual fuese su duración, siempre tiene un término, más o menos largo o corto. En realidad, el espíritu sólo tiene dos alternativas: castigo temporario conforme a la culpabilidad o recompensa graduada según el mérito”. (Allan Kardec; El Cielo y el Infierno, capítulo V, ítem 9).

Las oraciones verdaderamente sentidas juegan un papel muy importante, se trata de una obra de caridad fundamental; su propósito es interceder para que el espíritu perturbado o sufriente pueda ser reconducido al bien, también para que los fluidos benefactores que se generan con dichos pensamientos piadosos alcancen al sujeto para aliviarle y para que le inspiren arrepentimiento, lo que le ha de llevar a adoptar renovadas y positivas resoluciones de cara al futuro.

Para concluir, hemos de observar que las penas eternas no existen, y que aquello que se denomina como Purgatorio es real, pero que precisa de importantes aclaraciones. Somos responsables de nuestros actos, y vivimos, tanto en el mundo corporal como después en el plano espiritual, las consecuencias de aquello que hemos sembrado. Las injusticias no existen, así como tampoco premios ni castigos. Cada quien es forjador de su destino. Sin embargo, la Misericordia Divina siempre ampara y vela por nosotros con gran maestría para ayudarnos a salir de la inferioridad en la que estamos inmersos.

El Purgatorio y las penas temporales por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 “El Purgatorio de los religiosos es más largo y más riguroso que el de las personas del mundo, porque ellas han abusado de mayor número de gracias”. (El Manuscrito del Purgatorio).

¿ES EL PASE LA ÚNICA FORMA DE TRANSFERENCIA DE ENERGÍAS?

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¿Es el pase la única forma de transferencia de energías?

“Nada reposa; todo se mueve; todo vibra”. Hermes Trismegisto.

El pase magnético consiste en una transferencia de energías donde hay un emisor (el pasista) y un receptor (persona necesitada).

 “El pase que nosotros aplicamos en los Centros Espíritas, proviene de la sintonía con los Espíritus Superiores, lo que conviene considerar como una sintonía mental y no como una vinculación para la incorporación”.

(Divaldo Pereira, Directrices de seguridad).

El pase no es una nueva forma de sacramento religioso; no es una ceremonia de purificación donde el sujeto pasivo recibe la dádiva divina.

Hay que tener siempre presente que la mejor forma de renovación o revitalización de nuestra energía espiritual es la que llega como consecuencia del trabajo diario, modificando el paisaje mental, retirando pensamientos negativos, nocivos, sustituyéndolos por otros más optimistas, positivos, alegres. Esta es una tarea que nadie puede hacer por nosotros, y es básica y fundamental.

El pase nunca puede ser una rutina establecida en los Centros Espiritas, vulgarizando su práctica.

Aunque importante, y en algunos casos muy necesario, las tareas de pase tampoco puede ser la única manera en que aquellos que se incorporan a las tareas de un centro espirita se puedan sentir útiles. Existen múltiples formas de cooperación, de auxilio y de ayuda a los compañeros o a las personas necesitadas que puedan acudir a nuestro centro de reunión espiritual.

Hay que ser cuidadosos con la imagen que proyectamos a la sociedad. En algunos países, sobre todo en Europa, sin previo esclarecimiento, el pase puede llegar a generar una mala imagen de lo que es el verdadero Espiritismo, incluso hasta cierta incomodidad o rechazo.

Lo que muchas personas buscan en un Centro Espirita es esclarecimiento, no otra cosa.

Hay que evitar, aunque la intención sea buena, los protagonismos innecesarios.

Tampoco se puede confundir al pasista con el médium de cura, son cosas distintas. Aunque en momentos excepcionales, de verdadera necesidad para el semejante, cualquiera que actúe con verdadera fe puede realizar una imposición de manos.

No hay necesidad de escenificar la ayuda espiritual, sobre todo ante un público neófito que desconoce la doctrina. Es por ello que deben de existir lugares en el Centro Espirita discretos, fuera de los ojos de la gente, para desarrollar este tipo de actividades, de auxilio espiritual.

 “Al final, si hacer es una obligación, saber hacer es un deber; y hacer lo correcto, en el tiempo, momento y lugar seguro, es buscar la perfección”.

Jacob Melo, ingeniero, autor de la obra Cura de la depresión por el magnetismo.

¿Sería el pase la única forma de transferencia energética, de ayuda al necesitado en los Centros Espíritas? Sin ninguna duda, existen múltiples formas de ayuda al semejante.

Transferencia energética positiva existe cuando aquellos que acuden:

  • Son gratamente acogidos y perciben cercanía, o lo que es lo mismo, que hay personas que van a estar a tu lado dispuestas a ayudarte.
  • Se sienten escuchados y valorados.
  • Se contagian de la armonía y paz que existe en el Centro Espírita.
  • Encuentran esclarecimiento franco y sereno.
  • Comprueban por sí mismos la coherencia y lógica de las reflexiones y razonamientos que reciben, invitando al estudio, despertando el interés por profundizar, por seguir descubriendo y aprendiendo ante el nuevo horizonte que se les descubre.
  • Reciben, sobre todo en algunos casos en particular, el beneficio de la ayuda espiritual a través de la oración en grupo, tomando nota de la persona en cuestión, para solicitar socorro espiritual para ella.

Hay que trasladar a las personas la firme convicción de que cualquiera puede solicitar ayuda espiritual y que va a ser escuchado, si lo pide de corazón, con verdadera fe.

La invocación a lo Alto no es patrimonio de los médiums, dirigentes espiritas o de los frecuentadores a los Centros Espíritas. Es una herramienta que todos los seres humanos poseemos sin excepción, y de la cual, se debe concienciar de ello a toda persona que acuda solicitando ayuda y esclarecimiento.

“Kardec agrega un tercer nivel de energía que es el Espiritual por excelencia. En este caso, no existirá ninguna necesidad de un instrumento físico. Los espíritus proyectan directamente las energías sobre los necesitados”.

(Divaldo Pereira Franco, Directrices de seguridad).

Este sería, como nos traslada el párrafo anterior, el punto ideal de sintonía espiritual. Un trabajo en el plano físico, de superación de las taras morales; un esfuerzo de crecimiento espiritual que nace de la fraternidad, de la tolerancia, de la comprensión, del esclarecimiento, que permita a los planos espirituales superiores encontrar el ambiente adecuado para que se puedan sentir cómodos a la hora de desarrollar su trabajo con los menores entorpecimientos posibles.

Nunca hay que olvidar, y debemos de insistir en ello, que el verdadero trabajo lo realizan los Espíritus Superiores. No nos podemos equivocar o confundir, puesto que son únicamente ellos los que conocen en profundidad las necesidades y prioridades de los encarnados.

Somos espíritus todavía muy endeudados e imperfectos, y por esa razón existe una gran necesidad de ponerse en sus manos, pero con discreción, humildad, sencillez, para lograr un trabajo conjunto efectivo y eficaz.

¿Es el pase la única forma de transferencia de energías? por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019 

“En el hombre, las cosas que no son mensurables son más importantes que las que se pueden medir”.

Alexis Carrel.

¿EL INFIERNO EXISTE?

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¿Existe el infierno?
Dante Alighieri y la Divina Comedia (I): Inferno

En esta ocasión vamos a abordar un tema que tiene una relación muy directa con el mal, el sentimiento de culpa y las responsabilidades que se derivan de nuestros actos.

“En todas las épocas el hombre ha creído, en forma intuitiva, que su vida futura sería feliz o desdichada según el bien o el mal que haya hecho en la Tierra”. (El Infierno; Capítulo IV, 1; El Cielo y el Infierno, Allan Kardec).

Dios nos ha dotado de una conciencia para distinguir entre el bien y el mal. Una especie de brújula interior que marca un norte relacionado siempre con el bien y todas las acciones que se derivan de él. De tal forma que, cuando la desoímos y hacemos el mal, o hasta incluso dejamos de hacer el bien desaprovechando la ocasión, esa misma brújula se agita y nos indica que algo va mal, que no hemos obrado correctamente o no hemos hecho lo suficiente.

El verdadero sentido de la vida consiste en crecer a través del bien, desarrollar las potencialidades del ser humano, como es la inteligencia, fortalecer la voluntad, y aquellas cualidades que en estado latente todo espíritu, desde el momento que es creado, trae para su desarrollo y crecimiento sin fin. Existe un Plan Divino, un programa que, debido a nuestra inferioridad espiritual, apenas somos capaces de entrever. Es por ello que las actuaciones consecuencia del libre albedrío tienen su peso y sus consecuencias inevitables.

Si se hace el bien no es necesario que nadie explique lo que se siente, una satisfacción, una alegría interior, una plenitud. Sin embargo, cuando se obra mal, el desasosiego, el vacío interior, el sentimiento de culpa, la tristeza, el remordimiento se instalan en el ser. Se trata de una situación muy incómoda y desagradable que conmina a la rectificación, a corregir y reparar los errores, las malas acciones. Pero ¿qué ocurre cuando, debido a esa misma inferioridad moral, el mal es mantenido, desarrollado y perfeccionado (si se puede decir así) con el paso del tiempo? ¿Qué pasa cuando no se hace caso de las advertencias de la conciencia e incluso de los espíritus guías que tratan de inspirar siempre en el bien, perdiendo el rumbo trazado, olvidando que todos formamos parte de un engranaje regido por unas mismas leyes espirituales, cuya base, su máxima expresión, se cimenta en el precepto: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo?

Cuando se arrastran varias existencias físicas haciendo el mal, ignorando los avisos sobre las malas praxis, olvidando los compromisos y tareas que cada ser trae a la vida para con sus semejantes, vienen las consecuencias inevitables. Las leyes espirituales actúan, especialmente la ley de afinidad, por medio de la cual el semejante atrae a sus semejantes, a aquellos que se encuentran en la misma faja vibratoria y con unos mismos intereses comunes. También la ley de causa y efecto, es decir, aquella  que regula las acciones, actúa a su debido tiempo y su función es la de equilibrar y reajustar. La sabiduría popular la recoge con este antiguo axioma: “La siembra es voluntaria y la cosecha obligatoria”.

Por tanto, los espíritus endurecidos, insensibles al dolor ajeno, que se ha instalado voluntariamente en el mal, más pronto o más tarde pasan a sufrir las consecuencias de sus actos reprobables. Se trata de un largo proceso de caída y de acumulación de errores no justificados en base a un libre albedrío mal empleado; de pruebas no superadas; de acomodar y situar la vida en un proceso de actuación contraria al amor, a la misericordia y la bondad Divina.

Dichas consecuencias nefastas el espíritu las empieza a sufrir muchas veces en la propia existencia física, para posteriormente continuar en los planos espirituales inferiores, una vez ha desencarnado. Apuntar que el sufrimiento es siempre proporcional a las faltas. Dependiendo de la gravedad de sus actos, puede llegar a vivir situaciones muy desagradables en ambientes deplorables, casi indescriptibles para la imaginación humana.

Hablamos del infierno que ciertos místicos y santos del pasado visitaron y describieron, como le ocurrió a Santa Catalina de Siena (siglo XIV), o a Santa Teresa de Ávila (siglo XVI), a San Juan Bosco (siglo XIX), entre otros. Es también la experiencia de algunos que han estado al borde de la muerte y se han visto transportados a lugares sombríos, decadentes, llenos de obscuridad y con escenas lamentables. Hay que recordar que estamos hablando de verdadera maldad, de espíritus rebeldes, muy desviados del camino recto, cuyas mentes se encuentran instaladas en las pasiones más bajas y en constante desequilibrio moral.

En la obra “Evolución en dos mundos” (*)  del espíritu André Luiz, psicografiado por Francisco Cándido Xavier; cap19; Después de la muerte), encontramos alguna explicación muy interesante al respecto:

(*) “El infierno de las distintas religiones, existe perfectamente como órgano controlador del equilibrio moral en los reinos del Espíritu, así como la cárcel y el hospital se erigen en la Tierra como instrumentos correctivos y de recuperación”.

El espíritu, en el devenir de sus existencias y en el uso de su libre albedrío, se prepara el escenario espiritual exterior que ya empieza a vivir en su interior. Dicho de otro modo, no es equivocada la idea que sostienen algunos espiritualistas y religiosos cuando dicen que, tanto el cielo como el infierno, son estados de conciencia, que pueden ser tormentosos o agradables, según los casos.

El peor suplicio es la sensación de eternidad de las penas, algo que no se corresponde con la realidad. Dios no puede ser tan perverso como para regocijarse contemplando escenas donde sus hijos pudieran estar eternamente sufriendo, esto es algo contrario a su bondad y misericordia, e incluso, al sentido común. Esta circunstancia solo se podría justificar si realmente se estuviera durante toda una eternidad haciendo el mal, entonces sí que sería lógico que sufriera eternamente, pero eso es algo que la ley de evolución no permite. Nada permanece estancado eternamente, eso es una falacia mayúscula.

(*) “Después de la muerte física, el alma culpable sufre un estricto proceso de purgación, tanto más fructífero cuanto más se manifieste su dolor y su arrepentimiento, pues luego de eso podrá́ elevarse a esferas reconfortantes para su reeducación”.

El dolor y el arrepentimiento actúan como palancas poderosas que impulsan al espíritu hacia su regeneración. Insensible hasta ese momento, cambia de actitud, y es a partir de ahí cuando comienza su fase de recuperación, de trabajo reeducativo, de revisión de sus actuaciones pasadas, analizando las causas que le llevaron a cometer esas faltas hediondas, fortaleciendo su espíritu con buenas resoluciones y actitudes renovadas. Es el comienzo de una nueva etapa de rescate preparada por los espíritus benefactores que están con él en todo momento. Nuevas existencias, nuevas oportunidades donde pueda trabajar el control de sus defectos y pasiones, purgar sus errores con vidas de sacrificios y sufrimientos, soltando parte del lastre psíquico acumulado.

Por tanto, esos lugares que se pueden denominar también como bajo astral, planos inferiores o groseros, actúan como una especie de cárceles u hospitales, lugares donde el espíritu está confinado temporalmente, sometido a un proceso de purga. Esos espíritus permanecen mentalmente atrapados por sus culpas, visionando sus errores o a sus víctimas una y otra vez, como si de una película repetitiva se tratara. Algunos pasando a ser víctimas de otros espíritus vengativos que no son capaces de perdonar el daño recibido.

No se trata en este artículo de describir ese tipo de escenarios, como sí ocurrió en otras épocas por las autoridades religiosas, para infundir miedo, sentimiento de culpa, y de ese modo lograr amedrentar y dominar al pueblo sencillo e ignorante. No debemos de caer en la exageración pero tampoco podemos ignorar la realidad. Existen distintos grados de paz y felicidad, pero también de sufrimiento y dolor, como podemos comprobar también en nuestro propio mundo físico, lugares y entornos llenos de desgracia, horror, miseria y dolores constantes.

Dios es amor y misericordia, pero en base al libre albedrio, como hemos comentado al principio, se pueden tomar caminos equivocados, muy desviados del objetivo principal. Sin duda, la meta es la plenitud y la felicidad, de eso no nos puede caber la menor duda. Sin embargo, las resoluciones que se adopten, así como las actuaciones derivadas de ello, pueden retrasar y hasta estancar temporalmente el destino final.

Concluiremos con una idea: nuestra percepción de la realidad se ve cercenada por nuestra forma de percibir la vida; estamos muy limitados por los sentidos de la materia física, de tal forma que valoramos y medimos en función de lo que vemos y pensamos. A medida que el espíritu se eleva, las circunstancias y vicisitudes que ahora le pueden llegar a atormentar temporalmente son contempladas desde los planos superiores como “pequeños accidentes”, si se comparan con la verdadera inmensidad, con todo aquello tan bello y grandioso que se le tiene reservado una vez se haya desembarazado de las cadenas que le atan a su inferioridad moral.

“En tanto en el hombre predomine más la materia que el espíritu, difícilmente comprenderá los deleites de la espiritualidad”. (El Infierno; Capítulo IV, 1; El Cielo y el Infierno, Allan Kardec).

 

¿El infierno existe?por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019