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NUNCA DEJARSE LLEVAR POR EL DESALIENTO

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Nunca dejarse llevar por el desaliento

Nunca dejarse llevar por el desaliento

En el transcurso de la evolución espiritual se van superando innumerables etapas. Llevados de la mano por las leyes universales establecidas por Dios y que rigen todo lo que existe, el ser humano pasa de un progreso casi mecánico, que dura muchos siglos, donde predominan los instintos y las pasiones sobre su naturaleza espiritual, todavía adormecida pero agitada por las experiencias que va viviendo, a otra fase en su progreso mucho más consciente. Son como los frutos verdes que necesitan madurar y que, con el pasar del tiempo y de forma natural, se va desprendiendo de sus distintas capas ya inservibles hasta alcanzar su verdadera esencia, quedando limpia y desnuda su realidad última, trascendente. Concomitante con ello, en el propio ser humano existen distintos ejes de fuerza determinantes que lo impulsan merced a su libre albedrío, como son la voluntad y los deseos de progreso.

Ese largo proceso del que hablamos finalmente consigue sensibilizar al espíritu, lo torna más receptivo. Empieza a comprender que forma parte de un todo, a través de las distintas conexiones que nos imbrican unos a otros. Se torna más sensible a lo que le rodea, al comportamiento de sus semejantes y al suyo propio.

Esta circunstancia lleva al ser, en un momento determinado de su evolución, a tomar mayor conciencia de sus errores; y su incidencia, su peso, crece en la medida en que aumenta su capacidad de empatía, de conexión con las otras personas con las que convive y se relaciona.

De ahí que las faltas propias, debido a todos esos factores mencionados anteriormente, adquieran una mayor dimensión en lo íntimo del ser, lo que no siempre resulta fácil de sobrellevar y solucionar.

Llegados a este punto, la mentora Joanna nos lanza algunos consejos muy útiles para superar estas circunstancias naturales de la vida…

Después que cometas un error y tengas conciencia de él, comienza tu rehabilitación.

Es importante, en primer lugar, tomar conciencia de lo que se ha hecho mal, es decir, analizar bien las circunstancias y el comportamiento final desarrollado. Por ejemplo, si en lugar de actuar reaccionó de forma automática e impulsiva, o si fue la respuesta al orgullo herido, o también una consecuencia de pensar egoístamente antes que en el prójimo.

Una vez realizado el análisis de los hechos, se ha de comenzar la rehabilitación de la forma más rápida y eficaz posible. Hay que ponerse manos a la obra.

Nada de entregarte al desaliento o al remordimiento.

El desaliento no ayuda en nada, puede ser una primera reacción natural que rápidamente ha de ser corregida. El desánimo resta fuerzas y puede nublar la razón, entorpecimiento que impide el progreso, agrava o estanca el error en los paisajes mentales del ser e impide que fluya hacia su resolución.

El remordimiento cumple también una función, hace sentir a la persona el peso de la responsabilidad para que tome conciencia del asunto, pero nada más. Una vez comprendido y asimilado, no debe caer en un bucle de pensamientos pesarosos, repetitivos, que no son para nada prácticos y que no conducen a nada positivo.

De la misma forma como no debes insistir en el propósito inferior, no te puedes dejar consumir por el arrepentimiento.

Aquí la Mentora espiritual nos indica la necesidad de variar el rumbo respecto a la conducta equivocada para poder salir del sentimiento de culpa, que es su consecuencia. O dicho de otro modo, hay que reconducir o eliminar aquello que genera ese mal para poder salir con fuerza de la situación.

También se pueden dar casos en los que, arrastrados por las circunstancias, resulta fácil caer en contradicciones de conducta; es decir, entre lo que se siente, lo que marca la conciencia, y lo que finalmente se hace; bien sea, por poner algún ejemplo, por una cuestión profesional (obligados por compromisos laborales), o también puede ser en el caso de la presión del entorno social que empuja al individuo hacia unos determinados comportamientos que son considerados adecuados por el grupo social al que pertenece, aunque él, interiormente, no esté de acuerdo.

En estos casos y también de forma general, si persiste en la conducta equivocada, aunque puedan existir atenuantes, anula la posibilidad de que desaparezca totalmente el sentimiento de culpa, siendo estéril el recurso de la autojustificación o el autoengaño como manera de acallar la voz interior. Se trata, en definitiva, de un conflicto que, si no se afronta con coraje y amplitud de miras, escuchando a su conciencia que es la guía perfecta de comportamiento y la única que le puede traer paz y sosiego, acabará por traerle consecuencias desagradables más pronto o más tarde.

No obstante, Joanna prosigue con el análisis del arrepentimiento, y comenta:

Este solo tiene la función de concientizarte del mal hecho.

El arrepentimiento cumple la función de toma de conciencia del error, del mal cometido; de lo contrario, el mal que ignora seguramente se repetirá, y los prejuicios instalados en su ser le pueden hacer creer que está haciendo “lo justo”, cuando en realidad se está “justificando”, que es muy distinto.

La falta de autoanálisis; el dejarse llevar por la marea, por las circunstancias, sin analizar los pensamientos y sentimientos que conducen a los actos ordinarios de cada día; la  escasez de vigilancia, y el no escuchar esa voz de la conciencia que venimos comentando hacen que se acumulen conflictos de variada naturaleza en su interior, generando un desasosiego que va creciendo con el tiempo hasta desembocar en cuadros a veces lamentables.

El vacío íntimo, la depresión, la ansiedad, el estrés e incluso, en casos muchos más graves, las tendencias suicidas, pueden ser el resultado de la acumulación de conflictos, de errores, de males cometidos que no se quisieron afrontar bien en el pasado o en el presente, persiguiéndolo como su propia sombra y generando una carga muy pesada, de la cual, para salir de ahí, se requiere en muchos casos del auxilio de otras personas para que le ayuden, con su mirada más imparcial, limpia y libre, a ir deshaciendo poco a poco la enorme maraña acumulada en el tiempo.

Para evitar todo eso, es necesario, como nos dice la Mentora, concienciarse del mal lo antes posible para evitar que se enquiste, y proseguir.

Perdónate, ten coraje y da inicio a la tarea de reequilibrio personal, al disminuir y reparar los perjuicios causados.

Es preciso el perdón, perdonarse para romper con el sentimiento de culpa. Perdonarse significa también dar el primer paso hacia la reparación de los perjuicios causados. Se trata de una tarea impostergable e imprescindible para restablecer el equilibrio personal.

Aunque no queramos, todos cometemos errores, faltas que pueden perjudicar a los demás, porque somos seres falibles, muy imperfectos todavía. Más en concreto, mientras el orgullo y el egoísmo formen parte del ser durante esta etapa evolutiva de la humanidad, seguirá apareciendo el remordimiento como respuesta íntima a los desajustes generados por una conducta errada.

Para evitar en la medida de lo posible estas circunstancias, es preciso aspirar a vivir y actuar siempre con justicia, y sobre todo en coherencia con los ideales superiores de la vida. Para ello tenemos el modelo y la guía inigualable de las enseñanzas morales del Maestro Jesús, faro inconfundible que ilumina a todos y no engaña nunca.

Por lo tanto, nunca hay que dejar paso al desaliento ni quedarse instalado en el remordimiento. Coraje siempre para superar todas las dificultades y proseguir, allanando el camino con una conducta saludable que debe llevar al alma hacia su objetivo final.

Nunca dejarse llevar por el desaliento por: José Manuel Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 41,  de Joanna de Ângelis,  Psicografiado por Divaldo Pereira Franco.

“ESPIRITIZAR”, CUALIFICAR Y HUMANIZAR

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“ESPIRITIZAR”, CUALIFICAR Y HUMANIZAR

“ESPIRITIZAR”, CUALIFICAR Y HUMANIZAR

Vamos a comenzar esta reflexión con dos premisas para que podamos entender la importancia de un grupo espirita; a saber: Primera: Individualmente muy poco se puede avanzar. Y segunda: Solamente desde la unión y el trabajo en equipo es como se puede crecer de verdad en el campo espiritual y lograr objetivos importantes en la vida.

La mentora Joanna de Ângelis nos recomienda que, para formar y desarrollar con garantías un Centro Espírita, se requieren tres aspectos o pilares fundamentales en los que hay que trabajar seriamente: “ESPIRITIZAR”, CUALIFICAR Y HUMANIZAR.

El primer lugar “ESPIRITIZAR”: Somos espíritas, no otra cosa.

Significa adquirir conocimientos en torno a las obras fundamentales de Allan Kardec; estos han de ser la base fundamental sobre donde han de descansar los cimientos de la institución. Para ello, se ha de realizar un estudio metódico y constante. También apoyarse en las obras complementarias, como son las obras de León Denís, Gabriel Delanne, la Revista Espírita del propio Allan Kardec, etc.

No podemos olvidar que el Espiritismo es el Consolador Prometido, y ciertamente se consuela cuando se esclarece. La mejor forma de consolar a alguien es arrancarle de la ignorancia, educarlo. De esa manera, el estudio ha de ser la base del trabajo en los Centros Espíritas.

Muchos caen por desgracia en el error de creer que, una vez han leído una o dos veces las obras básicas, ya saben lo suficiente, y a partir de ahí se deben explorar otras cosas, otras ideas o conocimientos aparentemente más profundos o complejos. ¡Gran error! Si el espiritismo deja de ser suficiente para él, esta actitud demuestra la superficialidad y la poca comprensión que ha adquirido de la doctrina.

Tengamos en cuenta que el verdadero espiritista es aquel que se da cuenta de la profundidad y calado que la doctrina de los espíritus posee, lo cual le lleva a comprender la necesidad de estudiar y trabajar su mundo interior. Un conocimiento que le sirve también para entender los problemas y desafíos que la vida le plantea, siempre en consonancia con los descubrimientos y avances que la ciencia moderna va adquiriendo.

Espiritizar” también significa que, en referencia a las diferentes actividades de estudio a desarrollar en los propios Centros Espíritas, los asistentes no se conviertan en actores pasivos, escuchantes sin más. Se les debe dar la oportunidad, sobre todo a los menos noveles, a que participen, analicen, reflexionen en voz alta con sus compañeros, en un diálogo franco y constructivo, aportando su granito de arena al conjunto con sus razonamientos y conclusiones.

 “El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender” (Plutarco)

En segundo lugar, CUALIFICAR:

¿Qué puedo hacer por los demás? ¿Cuáles son mis habilidades, mis aptitudes? ¿El Centro Espírita me brinda la oportunidad de poder aportar algo al conjunto con mi trabajo? Todas estas preguntas debemos de planteárnoslas, puesto que son fundamentales.

Tenemos la obligación de prepararnos en función de las aptitudes y cualidades que poseemos. Por ejemplo, unos pueden ser aptos para la comunicación, para escribir, hablar en público; otros para la logística; otros para organizar reuniones, convivencias o eventos; otros como ayudantes o auxiliares, y así sucesivamente. No obstante, hemos de tener muy claro que todas las tareas sin excepción son importantes, y tenemos la obligación de valorarlas en su justa medida. No podemos caer en el error de destacar unas sobre otras. Esto no es una vana idea sino que es una realidad, pues cuando esto falla, si no se cuidan esos detalles, es decir, cuando se sobrevalora uno mismo o se le da más importancia a unos por encima de otros, puede desembocar en situaciones de desánimo, desunión y distanciamiento.

Si cada uno aporta con ilusión y entusiasmo lo que tiene, seguro que las fuerzas no se sumarán sino que crecerán exponencialmente, formando un haz de varas, un conjunto armónico que multiplicará las posibilidades de trabajo y de eficacia.

A través de la cualificación se puede llegar a conseguir pasar de ser un simple grupo espírita a un verdadero equipo de trabajo en común.

En tercer lugar, HUMANIZAR:

El Maestro Kardec nos dice: “El progreso intelectual, llevado a cabo hasta el presente en las más vastas proporciones, constituye un gran paso… Pero por sí solo no tiene posibilidades de regenerar a la humanidad”.

“Solo el progreso moral puede garantizar a los hombres la felicidad en la Tierra…” (El Génesis; capítulo XVIII, 16).

En un grupo es muy importante el desarrollo de los valores morales de sus componentes a través de una convivencia sana, aprovechando las actividades programadas para desarrollar los vínculos que nacen de unos ideales comunes. En palabras de Zygmunt Bauman, sociólogo y filósofo polaco: “El regalo más importante que puedes hacer a los que quieres es darles el sacrificio de tu tiempo”.

Esos momentos de trabajo, de reunión fraterna, son el marco ideal para desarrollar cualidades como:

-EL RESPETO ante todo, evitando los enfrentamientos, las discusiones estériles, que devienen a veces por una confianza mal entendida. Los demás tienen el derecho a tener su propia manera de ver las cosas, aunque no las compartamos. La clave reside en buscar los puntos en común desde la delicadeza, la comprensión, la paciencia y, sobre todo, la tolerancia.

-LA VALORACIÓN DE LOS DEMÁS. Todos somos necesarios pero nadie imprescindible. Hemos de tomar conciencia de la importancia de nuestros compañeros, del esfuerzo y trabajo que realizan; de su aportación al conjunto.

-Además de otros valores fundamentales como son la CONFIANZA, la SINCERIDAD, la LEALTAD, el COMPROMISO…

Por otro lado, hay que ser conscientes de que un grupo espirita ha de ofrecer siempre una buena imagen a la sociedad. Ha de existir una correspondencia entre lo que predica y enseña, con sus actos ordinarios, su comportamiento individual y colectivo.

El ejemplo rompe la distancia que separa la utopía de la realidad práctica. Si alguien es capaz, los otros también.

Partiendo de la pequeñez propia pero con el trabajo en común, el objetivo que han de perseguir los Centros Espíritas es la de devolverle a la sociedad la fe en el ser humano, dar consuelo como hemos mencionado anteriormente, y también esperanza en el porvenir.

Además de esos valores fundamentales para el funcionamiento de los centros espíritas, también es muy importante tener en cuenta la ADAPTACIÓN SOCIAL.

Esto significa que el espiritismo, según en los países donde se desenvuelva, se ha de adaptar a la idiosincrasia cultural, religiosa y humana de cada pueblo. Por lo tanto, los centros espiritas han de ser flexibles. No se puede pretender que actúen todos de la misma manera, puesto que las necesidades difieren de unos lugares a otros. Verlo de otra forma sería caer en un fanatismo innecesario, ofreciendo una imagen muy pobre de la doctrina y desaprovechando todo lo que de bueno y práctico puede ofrecer a la sociedad.

 “Los espíritas del mundo entero tendrán principios en común que los ligarán, como a una gran familia por los vínculos sagrados de la fraternidad; pero la aplicación de esos principios variará conforme a los lugares, sin que por ello se rompa la unidad fundamental” (OBRAS PÓSTUMAS, Allan Kardec).

Y por último, no nos podemos olvidar de los jóvenes, puesto que son el futuro.

Un Centro Espirita que no se preocupa por los jóvenes está condenado a desaparecer. En ellos han de encontrar las posibilidades de desarrollo y crecimiento espiritual que la sociedad materialista no les proporciona. El joven de hoy día tiene muchas inquietudes, algunas de ellas de carácter social, de compromiso con los más necesitados, lo cual les lleva a colaborar y comprometerse con ONGs, donde se sienten útiles e importantes.

Por todo ello, uno de los objetivos que ha de perseguir el centro espírita ha de ser atraer y motivar a los jóvenes a que participen y aporten sus ideas, su energía y entusiasmo. Si solo son convocados para escuchar, al final se cansan y se marchan; es lógico y natural. Este es un extremo que hay que tratar de evitar.

Por lo tanto, hay que pensar en ellos, ayudarlos a crecer y cederles poco a poco el testigo, para que con su contribución se renueve la luz que de generación en generación ha de iluminar a la sociedad.

“ESPIRITIZAR”, CUALIFICAR Y HUMANIZAR por: José Manuel Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

VALOR EN LA LUCHA

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Valor en la lucha

Valor en la lucha

Es necesario recordar, en estos días de incertidumbre y de confusión global, las palabras del Maestro Jesús cuando nos narra la famosa parábola de los talentos (Mateo 25:14-30). Refleja la importancia de aprovechar los numerosos dones que hemos recibido, como por ejemplo la salud, el bienestar, el amor de los seres queridos, etc.; así como también los valiosos conocimientos que la parte espiritual nos proporciona a través de la doctrina espirita. De ese modo, el espiritismo se convierte en una hoja de ruta, en un código moral que, cuando se pone en práctica en todas las circunstancias de la vida y no se relega al campo de la teoría, en el apartado de los nobles deseos futuros que nunca se llegan a concretar, ofrece grandes beneficios para todos.

De forma resumida, nos cuenta la historia de un patrón que necesita estar fuera durante un tiempo, y llama a sus siervos para ofrecerles generosamente unos talentos. A cada uno le da una cantidad que se corresponde a sus capacidades para que lo inviertan y crezcan; y de ese modo, a su vuelta recibir los beneficios acumulados. Los resultados, como todos ya sabemos, son distintos. El que tenía cinco talentos los había multiplicado por dos; el que recibió dos talentos también los había duplicado. El problema surge cuando el tercero, que solo había recibido un talento, lo esconde por miedo a su señor, y se queda sin producir nada. En este último caso, la reacción del patrón es de rechazo absoluto y de reprobación.

Así ocurre en la actualidad con todos aquellos que poseen un conocimiento espiritual pero sin resultados prácticos; que lo esconden y se lo guardan para sí. Aquellos que no quieren compromisos, que ante las menores dificultades prefieren abstenerse de actuar, de esforzarse en pos del bien común. Son cómodos, inconstantes, negligentes; solo actúan cuando el viento corre a su favor o llevados por la marea, del esfuerzo de otros más decididos. Se quedan en la superficie de la doctrina, de la teoría, pero no la integran en sus vidas. Estos son los siervos que poseen un talento y lo escoden por miedo al fracaso, al qué dirán, a tener que sacrificarse y exponerse ante los demás. Las consecuencias, como también narra el propio Maestro, nos las podemos imaginar: “Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”.

Esta parábola que acabamos de analizar escuetamente tiene mucho que ver con la necesidad del valor en nuestras vidas, de la importancia del coraje.

Evitando la precipitación o los comportamientos irreflexivos o irresponsables, es momento de decisión ante estos tiempos tan convulsos que nos ha tocado vivir, y sobre los cuales los espíritas tenemos mucho que decir y bastantes cosas que aportar a la sociedad.

La inigualable Joanna nos habla precisamente de la importancia del “valor” en la lucha, y nos dice:

Conserva el valor en la lucha, sea cual sea la situación.

El valor es fundamental cuando se tiene claro cuál es el camino y los objetivos que se tienen marcados.

Sea cual sea la situación, el ánimo y el esfuerzo han de ser los mismos para conseguir las metas.

Lo contrario al valor es la cobardía, que puede estar fundamentada en ese miedo que todos poseemos en mayor o menor medida; miedo al fracaso, al ridículo, a caer en situaciones embarazosas o a tener que caminar contracorriente; en contra de las tendencias de una mayoría distraída y centrada en lo material.

Hay caminos menos difíciles de ser recorridos; ahora bien, todos exigen ser vencidos.

Todas las tareas deben ser atendidas con diligencia, con interés, con amor y desprendimiento absoluto; de lo pequeño a lo más grande. Allá donde seamos convocados hemos de poner nuestro sello particular, nuestra alma, el empeño para que las cosas salgan de la mejor manera posible. Ahí radica la cuestión, puesto que el valor no significa enfrentar grandes empresas con comportamientos heroicos, nada de eso; se trata de construir a partir de lo más pequeño hacia lo más grande. Cualquier edificio, sea cual sea el tamaño planificado en su construcción, empieza siempre con la primera piedra. Así hemos de afrontar los desafíos de la vida, de lo aparentemente más intrascendente a lo más grave, lo más importante.

Se piensa que, por el hecho de estar trabajando por el bien del prójimo, no se enfrentan dificultades y obstáculos. Es puro engaño. En todas partes y posición la criatura humana es la misma.

¡Es verdad! Hay quien piensa que, por el hecho de que se esté dedicando al bien, todo va a ir sobre ruedas, y que Dios lo va a aislar de los inconvenientes y dificultades del camino. Nada de eso.

No podemos olvidar que cada uno libra su batalla interior. Sin embargo, aquellos que se encuentran esclarecidos sobre la ruta a seguir y tienen claro cuáles son las prioridades, no escatiman esfuerzos, aceptan los sinsabores y contratiempos sin perturbarse. Saben que eso forma parte de los vericuetos del camino y no se sorprenden en absoluto; los asumen con tranquilidad y normalidad, prosiguiendo en las tareas, sin perder el tiempo en quejas estériles ni con reclamaciones innecesarias.

…Es el inmenso placer de servir, de sentirse útil a los demás.

San Vicente de Paúl, que tanto se dedicó a los pobres, afirmaba que estos “eran muy exigentes e ingratos”.

Vicente de Paúl, “el apóstol de los pobres”, no era ajeno a la realidad social que le envolvía en su época. Se desvivía por los más desfavorecidos, pero ¿qué recibía a cambio? Muchas veces incomprensiones, rebeldías, momentos que derivaban en situaciones embarazosas. Él lo tenía asumido, comprendía que no todos podían entender el alcance de la ayuda recibida. Sin embargo, se compadecía de ellos devolviendo bien por mal; aun incluso en los momentos de mayor ingratitud y de amargura. Estas cosas, para un alma tan virtuosa como la suya, no suponían un gran obstáculo. Él lo asumía con valor, como el peaje que tenía que pagar por la tarea encomendada.

Sin ninguna duda, y como vamos viendo hasta ahora, siempre aparece la necesidad del valor como factor determinante para afrontar los distintos retos que nos ofrece la vida.

Valor para todo y en todas las circunstancias; siendo conscientes de que el Padre, en su infinita misericordia, nos proporciona lo necesario para ser útiles a los demás (los talentos de la mencionada parábola). A partir de ahí, cada ser humano utiliza los recursos que posee de la manera y proporción que considera más oportunos.

De lo cual se desprende: “A cada quien según sus obras”, como reza otra cita del Evangelio. Aquello que se siembra, como es lógico, será lo que se recoja. En función de la dificultad y del esfuerzo, así será el mérito.

Ten, pues, buen ánimo siempre.

Cada día, al levantarse, hay que dar gracias a Dios por esta nueva oportunidad, por concedernos la posibilidad de crecer en el bien, en sus múltiples aspectos y manifestaciones. Por lo tanto, cada ser humano es un alma que viene al mundo con un propósito muy importante. Nadie está condenado a la inutilidad absoluta. Todos podemos ser útiles de una manera u otra, salvo aquellos que se auto-anulan con pensamientos negativos, ociosos, egoístas.

Por lo tanto, buen ánimo siempre y coraje para que esas bendiciones que suponen las enormes posibilidades de trabajo que nos facilita nuestro Padre nos colmen de satisfacción por los resultados obtenidos, más allá de los inconvenientes y dificultades naturales del camino.

Valor en la lucha por: José M. Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 59,  de Joanna de Ângelis,  Psicografiado por Divaldo Pereira Franco.

LA TRISTEZA HAY QUE SUPERARLA

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La tristeza hay que superarla

La tristeza hay que superarla

Es normal que los acontecimientos negativos de la vida, aquellos que ocurren en el entorno del ser humano, provoquen tristeza. No somos como rocas insensibles; tenemos sentimientos, emociones, que ante determinadas circunstancias desagradables pueden llegar a generar amargura y desasosiego.

La vida humana, en un mundo del nivel espiritual y moral como es el nuestro, está sometida a una permanente sucesión de hechos de variada índole que nos pueden generar situaciones tanto alegres como tristes. Esto obedece a que estamos en un proceso de evolución, de movimiento, de transformación continua. El progreso espiritual y humano está unido a constantes cambios, tanto personales como de aquellos que nos rodean.

Momentos de alegría, como por ejemplo, cuando el estudiante logra su graduación en la universidad, o también cuando ese amor tan ansiado es finalmente correspondido, o cuando se tiene un hijo…

Pero también, por otra parte, hay momentos que le envuelven de tristeza, como es el caso de la pérdida de un ser querido; o cuando sufre un accidente; o cuando una enfermedad golpea a la salud; o también la pérdida de un trabajo necesario para subsistir…

Por todo ello, la querida mentora Joanna de Ângelis nos avisa:

La tristeza es mensajera de sufrimiento.

Aquí no se habla de ese sentimiento leve, que casi se confunde con una cierta nostalgia, por acontecimientos felices del pasado que ya no se pueden recuperar; o quizás la tristeza que pueden motivar esas pequeñas frustraciones de aquellos anhelos imposibles, inalcanzables; no… se refiere a algo más profundo, a aquella que es portadora de un mensaje de sufrimiento.

No te prendas a ella, ni permitas contaminarte por sus miasmas. Es cierto que no todos los días son claros y ricos de alegría.

No hay que dejarse llevar por ella ni permitir que los pensamientos negativos, pesimistas, se instalen de manera permanente.

La vida no es una sucesión de hechos trágicos sin un sentido positivo; una especie de castigo divino para hacer justicia sobre el culpable.

La tristeza hay que procesarla y transformarla en oportunidades de crecimiento, con nuevas contrapartidas mentales saludables, para no dejarse llevar por su influencia nociva, evitando su agravamiento desde el momento en que se le permite germinar en los paisajes íntimos del alma.

No todos los días nos invitan al entusiasmo o a la alegría, como nos dice Joanna. No obstante, quien se acostumbra a la tristeza termina por ver siempre aquello que cree que le falta y no aquello que tiene. Es contrario a la gratitud, es decir, tomar conciencia y poner en valor lo mucho que se nos ha dado.

Hagamos un pequeño inciso. También es cierto que existe otro tipo de tristeza, la tristeza interior, que es aquella que aparece sin aparente motivo. En ese caso, puede ser una seria advertencia de que el rumbo que el ser ha tomado no se corresponde con las aspiraciones de carácter espiritual que trae en esta existencia física. Es la voz interior que pide socorro y se manifiesta con la desagradable sensación de un vacío que le corroe por dentro, y que precisa urgente reparación.

Hay ocasiones en que el sufrimiento parece dominar los cuadros de tu actividad. No obstante, examinadas las dificultades y sentidos los dolores, haz el sol íntimo, ahuyentando la tristeza de tu mente, a fin de que más fácilmente superes los difíciles acontecimientos.

Como vamos viendo, es necesario experimentar el sufrimiento como una experiencia de vida necesaria, a veces inevitable, que envuelve temporalmente al ser. No obstante, una vez analizada la situación y con el recurso inigualable de la oración, se hace perentorio reaccionar, revertir la visión del problema para que no anule el optimismo natural del que todos precisamos; ese sol íntimo que aleje los fantasmas perniciosos del pesimismo o del derrotismo injustificado.

Es al mismo tiempo comprender que: ¡Todo pasa!

Después de la tormenta, de la noche obscura, siempre existe un nuevo amanecer, con sus rayos de sol que inundan todos los rincones con su luz, vitalizando con sus energías renovadoras al ser, para que recomience sus tareas con entusiasmo y vigor.

El cultivo de la tristeza abre campo a varias enfermedades de la mente, de la emoción y del cuerpo. 

La tristeza, cuando no se gestiona de manera natural y sana, puede derivar en problemas psicológicos, como pueden ser la depresión, la ansiedad, el estrés. No podemos olvidar que somos campos de energía en constante movimiento. Nuestras células captan las vibraciones de los pensamientos y asimilan su naturaleza, sea buena o mala. Es obvio que el cuerpo humano es muy sabio y encuentra la manera de procesar esas energías de la manera más conveniente, saludable; no obstante, cuando el bombardeo mental es permanente y en sentido negativo, el organismo humano se ve desbordado y se resiente; el sistema inmunológico se debilita, dando paso a enfermedades de variada índole.

Sin ninguna duda, encontramos en las investigaciones de la ciencia actual, sobre todo en la física cuántica y en la medicina, la demostración palpable de la influencia que los pensamientos, sentimientos y emociones provocan en el organismo humano, generadores de bienestar, salud o enfermedad. Investigadores de prestigio como el biólogo celular Bruce Lipton y sus trabajos sobre la influencia de las creencias en los genes o el ADN; o la Dra. Candance Pert y sus estudios sobre la emoción afirmando que: “Las emociones son un puente, no solo entre la mente y el cuerpo, sino también entre el mundo físico y el espiritual”; o el bioquímico Joe Dispenza y sus investigaciones sobre la mente humana, afirmando categóricamente que: “La mente crea la realidad”.

Invariablemente, cuando la tristeza va acompañada de una falta de valores o de ideales trascendentes; cuando el ser se deja desbordar por esa marea gris, densa, que no le permite observar la existencia humana como un campo de pruebas, de aprendizaje, de posibilidades, es cuando el proceso puede desembocar, además de las mencionadas depresiones, ansiedades, etc., en la decisión más perturbadora y fatal para el ser humano, que es el suicidio.

Una educación como la que nos proporciona la espiritualidad a través de la doctrina espirita puede abrir un campo de posibilidades casi infinito. A partir de ahí, las cosas comienzan a verse de otra manera. La inmortalidad del alma y la confianza plena en Dios sobrepuja cualquier eventualidad. Se llega a comprender que las circunstancias desagradables de la vida son apenas meros accidentes pasajeros, transitorios.

Para ir finalizando, recordar aquellos pasajes memorables que reflejan los Evangelios sobre la personalidad y la vida del inigualable Mentor de la Humanidad. Se cuenta que el Maestro Jesús, movido por su inmenso amor, tampoco era ajeno a la tristeza; le envolvía muchas veces una profunda compasión al observar el comportamiento humano, lleno todavía de debilidades y pasiones generadoras de sufrimiento.

Él se entristecía al comprobar esos cuadros de dolor tan grandes, consecuencia del atraso evolutivo del ser humano. Sin embargo, esa tristeza no le llegaba a aturdir, no se dejaba dominar por ella; por el contrario, le empujaba con más ardor si cabe a la tarea de ayudar generosamente a sus hermanos, en una auténtica sinfonía de verdadera caridad… ¿Quién no recuerda, por ejemplo, aquel sermón memorable, cuando el Maestro se subió a la montaña seguido por una muchedumbre sedienta de pan espiritual, para hablar de las bienaventuranzas, de los consuelos y esperanzas que les están reservados a todos aquellos que sufren?

Pensemos en ello.

La tristeza hay que superarla por: José M. Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

 

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 106, Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

EL DESAFÍO DEL SUFRIMIENTO

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El desafío del sufrimiento

Encarar el sufrimiento con dignidad, aprovechando sus lecciones, es uno de los desafíos más grandes a los que se enfrenta el ser humano. Como es lógico, lo tratamos de evitar de una manera natural, instintiva; pero cuando aparece, cumple con una función terapéutica extraordinaria.

Grandes avatares que han pasado por la humanidad no estuvieron exentos del mismo; sin embargo, fueron capaces de afrontarlo con enorme entereza y sabiduría, sirviendo de ejemplo e inspiración para todos, en las diferentes épocas.

Antes o después, el sufrimiento llegará a tu corazón, pues el sufrimiento es parte de los fenómenos de la vida en progreso.

El sufrimiento forma parte de nuestro proceso evolutivo, se encuentra en todas partes y salpica a todo el mundo de un modo u otro. El conocimiento espiritual nos indica que vivimos en un mundo que se encuentra todavía en la fase de expiaciones y pruebas, lo cual significa que la felicidad no es un denominador común generalizado; ni tan siquiera en los mejores casos se está en condiciones de conocer la felicidad en su verdadera plenitud. Existen momentos, destellos que tarde o temprano pasan, como todas las cosas que ocurren en la Tierra. Todo es pasajero salvo el bagaje de experiencias adquiridas, así como también las conquistas de carácter intelectual y moral que elevan al ser y lo ennoblecen.

Sin su presencia, la soberbia, el despotismo, la agresividad se hacen insoportables.

El orgullo y el egoísmo insensibilizan al ser, lo tornan hostil; lo incapacitan para sentir empatía hacia sus semejantes. Una actitud ante la vida que genera insatisfacción y desasosiego allá por donde pasa.

El sufrimiento, sin embargo, baña de realidad al soberbio, al déspota, al agresivo, puesto que le muestra su vulnerabilidad y fragilidad, reblandeciéndole la coraza que consideraba infranqueable, tornándolo más sensible, receptivo al entorno. Se trata de taras morales, de una actitud comportamental que estanca al ser y le desconecta peligrosamente de su verdadera realidad interior.

Porque el hombre aún no entiende la voz suave del amor, enfrenta la aflicción que le lima las asperezas y lo induce a la reflexión, al bien.

El amor es aún hoy día el gran desconocido del ser humano en su periplo evolutivo actual. Se han conseguido algunos progresos, pero muy tímidos, alejados todavía de las realizaciones que serían deseables, donde el ideal del amor transformado en fraternidad y solidaridad estuviese extendido por todos los pueblos.

Las aflicciones, por tanto, cumplen la sagrada misión de reconducirnos, de restaurar los puentes dañados o abandonados que nos conectaban con lo Alto, con esa divinidad que es el origen y destino de todo ser. Para ello, es preciso recorrer un largo camino de experiencias, de pruebas, a lo largo de las diferentes existencias físicas como medio para elevarnos; debiendo superar, en la etapa actual, el primitivismo ancestral que todavía nos mantiene en la retaguardia y que nos impide avanzar con cierta claridad y rapidez.

A veces, el individuo reacciona, blasfema, protesta y termina por ceder, única manera de liberarse. De esta forma, no te rebeles ante el dolor, empeorando tu situación y desgastándote inútilmente.

Muestra clara de la inferioridad espiritual son las malas reacciones que se suscitan cuando aparecen los sufrimientos y las contrariedades. Se trata de las distintas etapas de un proceso del que todavía no se está maduro para aceptar ni asimilar, tanto en las pequeñas cosas como en las de gran trascendencia para el ser humano.

Recordemos las cinco fases de las que nos habla la doctora Elisabeth Kübler-Ross, y que ella observó y estudió tras haber pasado muchas horas con pacientes terminales en hospitales:

En primer lugar la negación, o incapacidad para aceptar la realidad: “Esto no me puede estar pasando a mí, no es posible”.

En segundo lugar la ira, o lo que es casi lo mismo, el rechazo violento de la nueva situación: “Yo no merezco esto, tengo muchas cosas por hacer todavía”.

En tercer lugar la negociación, es decir, revivir las creencias espirituales, muchas veces adormecidas y olvidadas hasta ese momento, para pactar una salida airosa de la situación.

En cuarto lugar la depresión, que es cuando el problema desborda y muestra las vulnerabilidades del ser y su incapacidad para controlarlo, generando una caída de la autoestima y modificando la percepción idealizada que tenía de sí mismo y de su entorno.

Y por último, cuando ya se ha hecho un análisis sereno de la situación después de haber atravesado las diferentes etapas anteriormente citadas, entonces es cuando surge la aceptación final.

Por lo tanto, ante las circunstancias adversas de la vida, el ser humano debe aprender a superarlas poniendo todo el empeño de su parte, pero con aceptación, puesto que aquello que le ocurre forma parte de su aprendizaje, del bagaje de experiencias que le va a permitir crecer exponencialmente. Por el contrario, con la rebeldía lo único que consigue es complicar y aumentar la carga ya de por sí, muchas veces pesada. Como nos dice la mentora Joanna, desgastando inútilmente las fuerzas que podrían aprovecharse para resarcirse y crecer.

La aceptación dinámica, esto es, la transformación del sufrimiento en experiencias realiza el milagro del éxito.

Muchas veces se habla del éxito, de las personas que logran alcanzar los mayores logros, quedándose con la imagen superficial, llamativa; la punta del iceberg. Pero se ignora la parte gigantesca de luchas y sacrificios que en su intimidad el océano oculta; de los fracasos, de las situaciones difíciles que con mucha dificultad se han ido superando para alcanzar las metas anheladas.

Sin embargo, tampoco hay que confundirse o engañarse; aceptación no significa resignación ciega, o el fanatismo de pensar que ante la “voluntad de Dios no se puede hacer nada”, puesto que no se sabe su voluntad última, y que para evitar esa circunstancia fatalista, al ser humano se le dotó de discernimiento y de voluntad, auténticas palancas del progreso. O dicho de otro modo: sufrir por sufrir, sin poner los medios para evitarlo, no conduce a ninguna parte. Es por ello que la inigualable Joanna habla de aceptación dinámica, y no pasiva.

Por todo ello, y para ir concluyendo, la finalidad de la vida es el progreso, las realizaciones edificantes, construir para así crecer. Lo que ocurre es que el ser se ve sometido cíclicamente a “reformas interiores”, como si se tratara de una vieja vivienda que precisa de reparaciones pendientes, mejoras que le permitan una mejor habitabilidad, para que se adapte a las necesidades que el habitante precisa. Estamos hablando del hogar, pero del hogar interior, el psicológico y trascendente, aquel que aporta la estabilidad suficiente para que ni las inclemencias ni las circunstancias exteriores le perturben hasta el punto de provocar un desmoronamiento total o parcial.

Finalmente, lo que la mentora Joanna de Ângelis propone con estas ideas consiste en transmutar el sufrimiento en experiencias ricas de sabiduría y de valores, permitiendo que el ser crezca, se libere del pasado obscuro y camine libre y sin ataduras hacia la luz de la comprensión y de la paz real, esa paz que es la consecuencia de una conciencia limpia y sin cargas negativas.

 

El desafío del sufrimiento por: José Manuel Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 185; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

SOMOS EJEMPLO PARA ALGUIEN

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Somos ejemplo para alguien

Somos ejemplo para alguien

Entre las leyes morales que nos explica de manera diáfana la codificación kardeciana se encuentra la ley de sociedad. De ella nos vamos a ocupar brevemente como introducción a las reflexiones que nos propone la mentora Joanna de Ângelis.

En la pregunta 766 del Libro de los Espíritus, las entidades venerables afirman que la vida social es algo natural. “Dios ha hecho al hombre para vivir en sociedad. No en vano le ha concedido la palabra y todas las demás facultades necesarias a la vida de relación”.

Afirman que gracias a algo tan básico como es el instinto, el hombre busca a sus semejantes, y de ese modo puede cumplir con su deber de colaborar en el progreso de todos, ayudándose mutuamente. Al mismo tiempo, y en el ángulo inverso, existe un peligro que puede llegar a ser grave; cuando el ser humano se aísla de los demás, se embrutece.

El progreso, desde esa perspectiva, nunca es individual, puesto que los demás poseen aquello que a uno le falta, y viceversa. “Ningún ser humano tiene facultades completas. Mediante la unión social los hombres se complementan recíprocamente a fin de asegurar su bienestar y progresar”. (Libro de los Espíritus; Ítem 768).

No obstante, podemos preguntarnos: ¿Cómo se opera dicho progreso? Una vez más, la venerable Joanna nos indica algunas claves:

Aunque no lo sepas, eres ejemplo para alguien. (*)

El hecho de vivir en sociedad hace que asimilemos, por ley de afinidad, lo que observamos de quienes nos rodean y con lo cual nos identificamos. Así ocurre desde la más tierna infancia, en el seno del hogar; incluso, podríamos decir, aquello que percibimos y sentimos desde antes de nacer, durante el periodo de gestación, por los vínculos espirituales y afectivos que se establecen con quien va a ser nuestra madre en la presente existencia, y la relación que ella tiene con el entorno que le rodea.

Por otro lado, en Hebreos 12:1 nos encontramos con un texto bastante significativo que va mucho más lejos: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso, y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”.

Somos ejemplo incluso para aquellos que no vemos, y que se encuentran en el otro plano de la existencia. En los procesos y terapias de desobsesión se recomienda siempre la moralización personal del “obsesado”, y obviamente del equipo que participa en la ayuda espiritual, para seducir no solo con palabras, sino con pensamientos, sentimientos y acciones edificantes a aquellos enemigos acérrimos del pasado. No existe otra terapia más poderosa que esa.

Siempre existen personas que están observando tus actos, incluso los equivocados, y se afinan con ellos.

Muchas personas buscan una justificación a sus actos, a su conducta diaria, bajo el principio de que la moral es muy laxa, con el argumento de que “todos hacen lo mismo”, o que es un problema generalizado que “yo no voy a resolver” o “la gente es así”. Creen que sus defectos y carencias, cuando se entremezclan con las del resto, pierden visibilidad e importancia.

Por ejemplo, aquella persona que es deshonesta en su vida puede justificarse con el argumento falso de que “todo el mundo de una manera u otra también lo hace, empujados por las circunstancias”, cuando la realidad es muy distinta. El grado de responsabilidad de cada uno no depende del círculo social en el que se mueve o de su escala de valores, sino del grado de conciencia, de moralidad que haya conseguido desarrollar. A mayor conocimiento, mayor responsabilidad. Ante esto no se puede alegar ignorancia, puesto que poseemos el legado que los grandes avatares de la humanidad y en todas las épocas nos han ofrecido, con su ejemplo, sus palabras y con sus vidas. Un Francisco de Asís, una Teresa de Ávila, el propio Maestro Jesús, Buda, Krishna, etc.

De ese modo eres responsable, no solo por lo que realices, como también por lo que tus ideas y actitudes inspiren a otros individuos.

Vivimos la era de la apariencia, de la hipocresía. Muchos ofrecen una imagen de unas cualidades que no posee y seguramente tampoco le interesan, pero necesitan de esa pantalla ficticia para sentirse integrados y aceptados socialmente.

Siendo conscientes de la responsabilidad que posee el ser humano en el transcurso de la convivencia social, como indica la mentora Joanna, se requiere de un recto pensar para hablar y manifestarse de manera correcta; y de esa manera, convertirse en una buena fuente de inspiración para los otros; para ello es imprescindible la coherencia entre las ideas, las actitudes y el comportamiento, evitando siempre la falta de integridad motivada por la hipocresía y la manipulación que se suscitan cuando se busca alcanzar un objetivo, pero no se tiene el coraje para afrontarlo, empujando a otros a que lo hagan por uno mismo.

Los dictadores y arbitrarios, a solas, nada conseguirían hacer, si no fuese por aquellos que piensan de igual modo y los apoyan.

La historia está llena de abusos y atropellos consecuencia de gente poderosa que buscaba ampliar su gloria, su poder y sus posesiones. Siempre, en esos casos, y como muy bien dice la mentora espiritual, sin la ayuda de otros tan ambiciosos como él jamás lo podrían haber logrado. Un poder y una gloria, por cierto, que acaba por ser efímera, cuyo momento álgido pasa más pronto o más tarde, como siempre ha ocurrido desde tiempos remotos.

Así también, la obra del bien fallecería si no hubiese personas que se vinculasen con sacrificio y amor.

Los buenos ejemplos siempre arrastran a otros. Tienen un poder que ni las apariencias ni las formas exteriores pueden substituir nunca. Muchos misioneros de lo Alto, espíritus superiores, encarnan sin cesar para ayudar en el progreso de los pueblos. Con su conducta de renuncia y amor incondicional despiertan conciencias, estimulan el progreso moral y el bien.

De esa manera, cuando el ser humano, ya con una cierta sensibilidad espiritual, recibe amor incondicional y experimenta sus beneficios inigualables, ya no vuelve a ser el mismo. A partir de entonces toma las riendas de su vida, comprende que forma parte de una gran familia espiritual; y al mismo tiempo que se entrega, encuentra la felicidad relativa, aquella a la que puede aspirar el ser humano en un mundo como este, todavía de expiaciones y pruebas.  Experimenta a su vez el gozo de darse a los demás; un descubrimiento que le empuja al progreso y a la ascensión sin retorno.

Cuida de lo que hables y realices, motivando seguidores que se edifiquen y obren correctamente.

Sin creerse superior a los demás, aquel que toma conciencia del papel que puede jugar en su entorno y de la influencia que puede ejercer sobre sus semejantes se responsabiliza, cuida más sus reacciones y comportamientos. Sin duda, continuará equivocándose; no obstante, será más consciente y tratará de corregirse para poder ayudar mejor, porque de esa manera se siente más satisfecho, más realizado interiormente.

En resumen y como reflexión final, somos como vasos comunicantes; vivimos inmersos en una marea de pensamientos, sentimientos, emociones. Es el propio ser quien decide el camino que quiere tomar, y al mismo tiempo, sin proponérselo, invita a otros a que le sigan.

 

Somos ejemplo para alguien por: José Manuel Meseguer

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 120; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

LAS LESIONES DEL ALMA

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Lesiones del alma

Las lesiones del alma

Durante el desarrollo del V Congreso Espirita Mundial celebrado en Cartagena (Colombia), en octubre del año 2007, el médium y orador brasileño Divaldo Pereira Franco recibió un mensaje psicográfico del espíritu de Ana Fuentes de Cardona, notable mujer que fue una incansable divulgadora del espiritismo en su querida Colombia.

En dicho mensaje, Ana Fuentes hace un repaso breve de la situación actual de nuestro mundo: por un lado el extraordinario avance cultural, científico y tecnológico del que disfrutamos; sin embargo, “nunca antes hubo tanto dolor y aflicción como en nuestros días”. Y completa la idea con lo siguiente: “El sufrimiento alcanza niveles jamás experimentados anteriormente”.

Además señala el hambre, las enfermedades infecto-contagiosas y el egoísmo como la consecuencia directa de la carencia de amor en el mundo: “Un mundo rico de cosas que podrían solucionar, por lo menos, una gran parte de los padecimientos de la Tierra”.

Y añade: “¡Jamás hubo tantas corrientes filosóficas y denominaciones religiosas y tan poca religiosidad!”.

Esta pequeña reseña del mensaje que hemos querido traer aquí marca claramente los derroteros por donde andan nuestros pasos hoy día, y que enlaza perfectamente con el tema que nos propone para la reflexión la mentora Joanna de Ângelis.

Las lesiones del alma son más mortificadoras. (*)

Ante esa falta de ideales generalizada y el vacío que supone la carencia de una educación moral y en valores; cuando no hay un camino espiritual claro, porque las corrientes filosóficas y religiosas imperantes no son lo suficientemente atrayentes o convincentes como para que puedan servir de trampolín que catapulten con entusiasmo hacia proyectos edificantes que puedan llenar de plenitud y alegría íntima; y cuando, además, el ser humano se deja llevar por la fuerte marea materialista, construyendo hacia afuera, pero descuidando la edificación interior, es cuando surgen las lesiones del alma, aquellas que son mortificadoras y complicadas de resolver.

Las heridas externas son de fácil cicatrización, mientras que aquellas que pululan en lo íntimo son de más demorado curso.

Las heridas exteriores son, por lo general, pasajeras; contratiempos que muchas veces afectan temporalmente el devenir de una existencia; sin embargo, aquellas que se gestan en el interior del ser van poco a poco calando más hondo y, por tanto, son mucho más problemáticas; requieren de otros recursos como son el auto-amor, la paciencia, el trabajo y el esfuerzo constante para empezar a resolverlas con alguna garantía de éxito.

No todos se encuentran con la claridad ni la fuerza suficiente como para afrontar ese tipo de heridas internas tan corrosivas y desgastantes. La prueba está en la cantidad de problemas psicológicos que inundan nuestra sociedad. El estrés, la ansiedad, la depresión, los cuadros obsesivos de variada índole llenan las consultas de psicólogos y psiquiatras, en la búsqueda de soluciones terapéuticas.

No podemos pasar por alto la enorme cantidad de coachings o gurús mediáticos, tan de moda, que inundan las redes sociales con sus charlas motivadoras o promocionando libros que hablan de autosuperación y del enorme potencial por desarrollar en cada ser humano. Todo ello puede ser de cierta utilidad para algunos, no obstante, no todos están con la claridad ni la energía suficiente como para asumir esos cambios propuestos, aparentemente sencillos de llevar a cabo.

Muchas veces, en esos discursos bien estructurados y estudiados, se olvidan del componente espiritual y de la necesidad de tener una convicción clara respecto al porvenir y la transitoriedad de todas las cosas tangibles, materiales. Una visión espiritualista que no siempre es tan comercial para unos, o tan atrayente para otros.

Báñate en las aguas de la confianza en Dios, de la paciencia, de la humildad, del perdón y del amor, no permitiendo que el odio, el egoísmo, la rebeldía y el resentimiento te mortifiquen los tejidos del alma.

La mentora espiritual nos está señalando, como recurso imprescindible para todas las situaciones, la confianza plena en Dios.

En alguna ocasión el propio Divaldo ha comentado una experiencia, una situación muy amarga que vivió hace muchos años y que lo sumió en una tristeza profunda. Cayó en un laberinto del que no sabía salir, donde el sentimiento de pena y la autocompasión envolvieron su vida durante un tiempo. Uno de esos días grises, y mientras se encontraba sumergido en oración, se le manifestó el espíritu del doctor Bezerra de Menezes, y le dijo: “Olvida, hijo mío. Cuando la gente no consigue entender algo, se lo deja a Dios”.

Efectivamente, hay que ser conscientes de que cada ser humano pilota un barco, el de su propia vida. Sin embargo, hay veces que el timón pasa a otras manos más sabias, y es Él en ese momento quien lo conduce temporalmente, rectificando unos grados el rumbo que lo tiene que llevar a buen puerto.

Para confiar el timón a esas manos tan sabias, sin rebeldía y sin mayores contratiempos, el ser humano debe dejarse inundar por la paciencia, consciente de que son procesos que requieren un tiempo de transformación, de maduración.

Humildad también para comprender las limitaciones humanas; que hay algo más grande que gobierna nuestras vidas y que sabe muy bien lo que hace. Auto-perdón para no exigirse más de lo que uno puede dar, siendo realista, y también para saber perdonar las faltas ajenas, puesto que todos erramos y cometemos torpezas. Y por último, el amor incondicional que atenúa y diluye las pasiones inferiores, los atavismos que nos atan al estrecho margen de visión, como son el odio, el egoísmo, la rebeldía y el resentimiento, que lastran los mejores proyectos de edificación interior, de crecimiento espiritual.

Muchas enfermedades del cuerpo proceden del espíritu dañado por los conflictos de la emoción o por el ácido de las imperfecciones morales.

Cuando a esos problemas internos, esa agitación interior, no se les da una salida y se enquistan, entonces surgen las dolencias del cuerpo, los trastornos biológicos de variada índole; son la consecuencia de aquellos conflictos emocionales que no son debidamente reconducidos hacia una solución favorable.

Sintetizando, podemos decir que, cuando uno se deja llevar por las imperfecciones morales y no se esfuerza, primero por conocerlas y luego por controlarlas, vienen toda esa serie de conflictos mencionados que provocan desequilibrios psíquicos, emocionales y físicos.

Cuida de los equipamientos internos, resguardándolos de la agresión contumaz, del vicio y de la irresponsabilidad.

Hay que estar muy atentos a los desafíos que la vida propone a cada instante, y que exigen una respuesta adecuada, un comportamiento eficaz que ayude al crecimiento interior y que evite caer en las redes del desequilibrio, la irresponsabilidad de no comprender la importancia de cada actuación, y del bien o del mal que se puede generar al semejante; hasta, incluso, la responsabilidad que se adquiere por el bien que se deja de hacer por falta de interés, motivación o voluntad.

También, siendo conscientes de la agresividad y del propio desequilibrio que impera por doquier, almas desprevenidas que pueden, en algún momento, arrastrar a otros a equivocaciones perfectamente evitables, cortando así esa corriente que inunda ciertos ámbitos sociales en la actualidad, consecuencia de los momentos de cambios tan profundos que se están experimentando a nivel mundial.

Concluiremos el breve análisis de las reflexiones de Joanna de Ângelis recordando la importancia de la propuesta del Evangelio de Jesús; un compendio moral insuperable que marca las directrices correctas para no desviarse del camino y evitar así numerosos tropiezos, numerosas dificultades, que serían perfectamente evitables si se prestara la debida atención al interior de cada uno.

Las lesiones del alma por: José Manuel Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*)El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 73; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

SERENIDAD ANTE TODO

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Serenidad ante todo

SERENIDAD ANTE TODO

Todo en la vida necesita de sus procesos, de su tiempo para madurar. El ser humano, que forma parte de la misma, de todo aquello que le rodea, ha de ser consciente de la realidad que a cada momento le afecta, pero siempre es mucho mejor afrontarla con serenidad para hacer un análisis correcto de cada situación y actuar de la mejor forma posible.

Existe una frase memorable atribuida a Francisco de Asís que dice: “Luchemos por alcanzar la serenidad de aceptar las cosas inevitables, el valor de cambiar las cosas que podamos y la sabiduría para poder distinguir unas de otras”.

Vivimos inmersos en un proceso evolutivo sabiamente dirigido por lo Alto, donde el acaso, el azar, la casualidad o la suerte no existen de la forma en que se entiende vulgarmente. Hay marcadas unas directrices que se adecuan a las necesidades de crecimiento espiritual, la mayoría de ellas programadas antes de encarnar; no obstante, alejadas de un falso determinismo que le condene irremediablemente.

Por tanto, la serenidad, cuando se cultiva y trabaja, se convierte en un valioso recurso que puede sustentar al ser humano en los procesos naturales de la vida para seguir creciendo, y así evitar muchos errores fruto de la imprevisión, el descontrol o la precipitación.

La serenidad sustenta la prudencia, la paciencia; es la consecuencia directa de la fe en Dios Padre y un signo inequívoco de la confianza en el porvenir que está reservado.

Como siempre, la mentora Joanna de Ângelis amplía los horizontes con sus sabios consejos y comenta al respecto:

Necesitas de serenidad a cada paso. Serenidad para discernir, actuar y vivir. (*)

La serenidad es imprescindible en todas las circunstancias de la vida, para discernir lo más adecuado y actuar en consecuencia. Forma parte de la esencia de vivir. No es en absoluto incompatible con la determinación, el coraje o la diligencia a la hora de acometer algo.

Nadie dice que sea tarea fácil, o que simplemente con proponérselo se pueda lograr sin autodisciplina o autocontrol.

La vida es galopante y cambia sus escenarios a cada minuto, exigiendo permanente serenidad a fin de no aplastar a las personas.

El ser humano vive inmerso en constantes vaivenes, tanto sociales como laborales, familiares y de carácter personal.

La exigencia es permanente. Casi de repente, sin proponérselo, se puede pasar de los momentos de sosiego y de tregua, a otros mucho más agitados,. Quien se deja llevar por las situaciones, por las corrientes sin control, será arrastrado por los caminos del desequilibrio, la incertidumbre y el desasosiego.

Quien se aflija e intente seguir la velocidad gigantesca de estos días se destruirá, porque sale de una para otra situación con mucha rapidez, sin tiempo para adaptarse en la fase anterior.

Nadie se debe sentir obligado a dejarse arrastrar por nada ni por nadie. Todo transcurre, como comenta la venerable benefactora, con mucha rapidez, sin apenas tiempo para adaptarse, y en consecuencia, sin poder aprovechar las enseñanzas que el momento y las circunstancias  proponen.

Por tanto, es muy necesario un respiro, para que las personas no se dejen avasallar ni envolver por los prejuicios, o también, quizás, por aquellos que, de forma precipitada, buscan aliados fieles en esta carrera sin control y sin un fin determinado.

Las noticias llegan y los acontecimientos pasan, produciendo inmenso desgaste emocional, mental y físico.

Un ejemplo claro es la pandemia que afecta actualmente a toda la sociedad mundial. Noticias y contranoticias se confunden y aturden todavía más. El miedo y una enorme inseguridad se instala en las personas; y en lugar de educarse en valores para una mejor convivencia se señalan unos a otros, acusándose de insolidarios, convirtiéndose en jueces y policías del prójimo. Todo ello provoca un inmenso desgaste que no conduce a nada positivo.

En resumen: A mayor ansiedad, angustia y miedo, menor autocontrol y claridad de ideas.

Por tanto, resulta impostergable la necesidad de trabajar íntimamente la serenidad para comprender que hay momentos para la reflexión, momentos para el silencio, momentos para opinar en diálogo constructivo y momentos para actuar con equidad, templanza; y sobre todo, coherencia.

Todo pasa, como ya pasaron otras pandemias, así como otros desastres; situaciones puntuales que sirven para reforzar aquello muy necesario que pudo haberse dejado de lado, eliminando pautas de comportamiento social que no son positivas para el conjunto. Históricamente está demostrado que, después de una catástrofe, viene una época de crecimiento y maduración de comportamientos, de nuevas posibilidades beneficiosas para la sociedad, lo que estimula el ingenio y obliga al ser humano a poner el foco en la dirección correcta; eliminando, por ejemplo,  ocupaciones estériles que hasta ahora podían estar absorbiendo negativamente.

Resguárdate en la serenidad, preservando los equipamientos de tu existencia, que están programados para un uso adecuado y no para el abuso.

La serenidad resguarda de muchas equivocaciones, de muchos desequilibrios. Por el contrario, la falta de vigilancia, de autocontrol, conduce al desgaste de esos equipamientos naturales que posee el ser humano, destinados para el crecimiento en todos los órdenes de la vida.

Es conveniente, por tanto, reflexionar sobre su conveniencia y necesidad permanente. Para ello se requiere autodisciplina, control de los pensamientos, porque ahí es donde nacen las edificaciones beneficiosas, así como también los grandes desastres cuando no están los pensamientos bien gobernados.

Si por acaso, en algún momento se pierde el control, resulta necesario recurrir a la oración revitalizadora, como una forma para reconectar con el yo interno, solicitando ayuda a lo Alto, a los benefactores que asisten y ayudan. Es humano errar, pero existe la oportunidad y también el deber de buscar la forma de restablecer el equilibrio perdido lo antes posible.

En definitiva, la serenidad permite ganar tiempo para madurar las cosas y optar por las mejores resoluciones que beneficien a todos. Es una forma clara de amor y respeto hacia uno mismo. Ayuda a escuchar el interior de cada uno para vislumbrar el auténtico camino; para ello es preciso silenciar el ruido exterior, haciendo un pequeño alto en el camino para sintonizar con la fuente Divina, lo que los guías espirituales sugieren, adquiriendo unas directrices que  marquen un rumbo seguro, lleno de confianza, asumiendo las responsabilidades auténticas en dirección al destino feliz.

Serenidad ante todo por: José M. Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 101; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

RECONEXIÓN ESPIRITUAL

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Reconexión espiritual

Reconexión espiritual

A pesar de que vivimos envueltos por una marea de actividades y ocupaciones que copan prácticamente la totalidad de nuestro tiempo a lo largo del día, muchas veces pensamos: “Debería dedicarle un momento a una pequeña meditación, o a una sencilla oración”. Sin embargo, pasa el día y los diversos acontecimientos cotidianos absorben de tal manera que, cuando llega la noche, el final del día, ya no se disponen de las energías ni de la suficiente voluntad para realizar lo que se había programado, posponiéndolo para otro día u otro momento que nunca, o casi nunca, llega. Con eso se pierden grandes oportunidades de “reconexión espiritual”, tan necesarias para el espíritu.

El ser humano olvida fácilmente que es algo más que materia física. Además de las necesidades fisiológicas inherentes a todos los seres que poblamos este globo, también existen otras necesidades, tan importantes o incluso más que las primeras. Nos estamos refiriendo a la vida espiritual, puesto que, aparte del cuerpo físico, tenemos un espíritu inmortal que será el que sobrevivirá cuando esta existencia finalice.

Esa parte espiritual no se la puede ignorar durante mucho tiempo… Si se desconecta de esa realidad, más pronto o más tarde se sufren las consecuencias.

Bien es cierto que el sueño reparador, además de reponer físicamente y mentalmente, supone para el alma una pequeña y momentánea liberación. Es por medio del reposo y descanso físico que el alma, en algunas ocasiones, se relaciona con otras, recibiendo consejos por parte de los seres queridos, tanto encarnados -liberados también temporalmente- como desencarnados. Sin olvidar al guía espiritual, que es quien recuerda los compromisos a sus tutelados, las metas que establecidas antes de encarnar. Tratando de concienciar de que todo aquello que no sea trabajar en pos del bien, aleja del objetivo esencial.

Al recobrar el estado de vigilia, por lo general, ya no se recuerda nada; y aunque queda la intuición de las informaciones y experiencias vividas, el cuerpo físico nubla la vista y condiciona sobremanera; dejándose absorber nuevamente por las actividades cotidianas, y permitiendo que el foco mental vuelva hacia las rutinas y ocupaciones establecidas.

El ser humano olvida muy pronto que todos somos “espíritu”, somos “energía” que constantemente interactúa con el entorno, con la energía de otras almas con las que convive. Recibe y emite pensamientos dentro de una compleja red “fluídica”, en donde los dos mundos se enlazan y complementan, tanto el material como el espiritual.

Debido a las vicisitudes en las que se desenvuelve el individuo, se produce un desgaste inevitable; con lo cual, se hace necesario un alto en el camino para renovarse, cargar las pilas; beber de la Fuente Universal.

Ante estas circunstancias, la mentora espiritual Joanna de Ângelis recomienda lo siguiente:

Siempre que sea posible, ilumínate con la oración (*).

¿Quién no ha sentido alguna vez esa brisa cálida y reconfortante que calma el espíritu, esa fuente sutil de esperanza; esa luz venida de lo Alto que clarifica la mente y depura los sentimientos?

El hábito de la oración nunca defrauda a nadie, salvo a quienes no la han descubierto todavía, o no tienen una fe sólida donde apoyarse. Son aquellos cuyas prioridades son de orden exclusivamente material, descuidando lo que será su vida futura, la vida imperecedera del espíritu.

Lo realmente difícil al principio es tomar conciencia de su necesidad para adquirir el hábito; tener la firme voluntad y la constancia suficiente para encontrar los momentos de elevación mental, de interiorización; buscando la conexión con la Divinidad; tomando la suficiente distancia con las preocupaciones cotidianas para no dejarse absorber del todo por ellas, fomentando los pensamientos y los sentimientos positivos.

Haz espacios mentales y busca las Fuentes de la Vida, donde absorberás energías puras y paz.

«Espacios mentales» significa la abstracción por un momento de las preocupaciones inherentes al ser humano. Y bien con una lectura edificante o con una pequeña meditación, crear el clima propicio para esa conexión con las “Fuentes de la Vida”.

Basta recordar la naturaleza moral de este mundo y sus tendencias. Pertenecemos todavía a un mundo muy atrasado espiritualmente, por lo que las energías que lo caracterizan son muy densas. Por ello, ese ejercicio de elevación diaria, tratando de sintonizar un poquito con esas energías superiores sutiles, pueden ayudar a disipar esas energías que nos envuelven a todos; y al mismo tiempo, facilita la posibilidad de que se efectúe una renovación interior, de fortalecimiento, iluminando la mente y el corazón.

Todos los santos y místicos que alteraron el rumbo moral de la Humanidad para mejor, en el Oriente como en el Occidente, son unánimes en aconsejar la oración como el recurso más eficaz para preservar o conquistar la armonía íntima.

Se trata de una pieza clave para el mantenimiento de la armonía interior. Los santos y místicos, con sus limitaciones y pruebas como cualquier otro ser humano, se refugiaban en la plegaria para luchar contra sus imperfecciones, sus carencias; encontrando en esa Fuente Divina el soporte necesario para ver con claridad el camino, sin desviarse de su objetivo trascendente.

Jesús mantenía la convivencia amiga con los discípulos y el pueblo, sin embargo, reservaba momentos para conversar con Dios a través de la oración, exaltando la excelencia de esos coloquios sublimes.

El Maestro convivía con la inferioridad e ignorancia de este planeta; fue un acto de piedad y de amor hacia todos. No obstante, también Él tuvo necesidad y buscó momentos para elevar su pensamiento en diálogo excelso con el Padre; recogiendo sus energías puras; renovándose también, tomando nota de las directrices seguras sobre la trayectoria que debía de seguir para con la Humanidad.

Si Jesús comprendía su necesidad y recurría a menudo a la oración, con cuanta más razón lo deben de hacer el resto de los mortales, que somos muy inferiores a Él.

Sal, por tanto, del torbellino en que te encuentras sumergido y sigue en el rumbo del oasis de la oración para rehacerte y bañarte de paz.

Con la oración el ser humano se resarce de los dolores, de las tribulaciones; adquiere fuerza, ánimo, consuelo, alegría de vivir. Las posibles soluciones a los problemas, a las dudas, surgen o toman otro cariz, otra dimensión; también adquiere seguridad.

Y sobre todo, la oración ayuda a trabajar la humildad; a comprender la pequeñez y fragilidad del ser; expuesto a mil circunstancias que pueden modificar fácilmente su proyecto de vida.

Invariablemente todos dependemos de la misericordia divina, de su auxilio a través de los innumerables mensajeros que descienden al plano físico para socorrer y asistir a todos los seres que poblamos el planeta.

La oración también es corriente de paz, para asumir la vida tal y como es. Es fuente de luz que permite comprender la transitoriedad de las pruebas, la necesidad de desarrollar y perfeccionar aquellas cualidades innatas que todos poseemos; al mismo tiempo para tomar conciencia de la necesidad de controlar las malas inclinaciones.

En realidad, nada material le pertenece al ser humano, salvo las buenas y malas obras; esto último es lo que se llevará al otro lado, cuando cruce el umbral y vuelva a la patria espiritual.

Por lo tanto, elevar el pensamiento puede ayudar a vivir con más claridad, con más entusiasmo, centrando las ideas que deben aproximar al ser a conseguir los grandes objetivos en la vida, aquellos que llevan a la felicidad, a la plenitud.

Sin duda, la oración no obra milagros, pero cuando se descubre y se experimentan sus notables beneficios, ya no se abandona jamás.

José M. Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem: 157; Joanna de Ângelis – Divaldo Pereira Franco.

SUPERACIÓN PERSONAL Y CONDUCTA MORAL

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Superación personal y conducta moral

SUPERACIÓN PERSONAL Y CONDUCTA MORAL

La vida está llena de ejemplos de superación personal; la lista es enorme y abarca distintas situaciones difíciles y dolorosas afrontadas por seres con un espíritu de lucha y trabajo notable.

Limitaciones físicas severas, como por ejemplo el caso del australiano Nick Vujicic, un hombre que nació sin brazos ni piernas. Pese a sus enormes dificultades se graduó en contabilidad, se casó y tiene actualmente 4 hijos; además, imparte conferencias en todo el mundo sobre motivación personal y optimismo ante la vida.

O el caso del pintor español Ataúlfo Casado: perdió de forma repentina la visión por retinosis pigmentaria a los 41 años, y se vio obligado a abandonar su carrera como pintor. Él mismo declaró posteriormente lo que pensó en aquel momento: “Le dije a Dios: Has hecho muy bien, y como los ojos son tuyos, ya me dirás qué quieres que haga en mi vida ahora sin ellos”. Sin embargo, un buen día pensó que debía intentar retomar lo que le apasionaba desde niño; desafiando sus limitaciones decidió, con la ayuda de otras personas, volver a la pintura para plasmar las ideas que permanecían en su mente, y al mismo tiempo “hacer felices a los demás”.

Estos dos ejemplos anteriormente mencionados ponen de relieve la respuesta que algunos ofrecen a las contrariedades y los obstáculos, a veces extremos, con que se enfrenta el ser humano. Son situaciones que invariablemente afectan y condicionan sobremanera el modus vivendi. Para unos como una barrera infranqueable, para otros como un campo de posibilidades. A partir de un determinado momento, cada quien adopta la actitud y transita el camino de la forma que decide, en base a su libre albedrío.

Ahora bien, la reflexión que nos propone la mentora Joanna de Ângelis va más allá, puesto que no depende de limitaciones físicas o del entorno. Se trata de un cambio profundo, íntimo, personal, producto de unos ideales superiores que demandan un cambio trascendental.

  • (*)Cuando el hombre decide modificar su conducta moral para mejor, parece enfrentar una conspiración general contra sus propósitos de ennoblecimiento.

No es para menos. La conducta moral depende del mundo interior, es decir, de aquellos pensamientos, sentimientos y emociones que permanecen en la capa más íntima, no expuesta al exterior, y muchas veces ni tan siquiera de una manera consciente para el propio individuo.

Desde el momento en que el ser humano decide una transformación moral, se movilizan los recursos espirituales venidos de lo Alto. El Padre, que ve y comprende todos los pliegues del alma y calibra el grado de sinceridad y de determinación, provee la ayuda espiritual necesaria para tal fin, puesto que la finalidad de la existencia es mejorar en dirección hacia la plenitud. Realmente, todos los acontecimientos de la vida están programados con esa intención clara de progreso.

Es como aquella persona que ha permanecido inactiva físicamente durante muchísimo tiempo y que un buen día comprende la necesidad de practicar deporte para mejorar su estado de salud. A partir de ese momento, moviliza a amigos serviciales, con experiencia, a modo de entrenadores personales para que le ayuden. Estos, como es lógico, le establecerán una hoja de ruta, un programa de actividades para modificar su estado físico, que conllevará sacrificios y esfuerzos constantes. Algo muy distinto a la rutina, a lo vivido hasta ese momento.

  • Todo se altera y se desgobierna.

Es normal, desde el momento en que se abandona el área de confort todo son dificultades o incomodidades. Son como terrenos inexplorados, o cuanto menos, no de la forma y con la visión que se tenía hasta ese momento. El grado de conciencia (sensibilidad) se amplía, y la percepción de las cosas se altera.

  • Las mínimas cosas se hacen complicadas, y el ritmo de los acontecimientos, por algún tiempo, cambian para peor. Ese estado de cosas lleva al candidato a la reforma íntima a retroceder, a desistir. Es natural que así ocurra.

Es una cuestión de enfoque, de actitud, de cambio de costumbres y de hábitos. A partir de ese momento todo se torna complejo, dificultoso. Ese nuevo panorama puede llegar a asustar, a crear inseguridades, dudas y miedos. El entorno social no lo suele poner fácil, sobre todo con aquellas personas que son más cercanas; y hasta, incluso, se pueden llegar a sentir incómodas con ese cambio de comportamiento. Sin olvidar tampoco a los enemigos invisibles, aquellos que viven en el otro plano y que no van a permitir ponerlo fácil, sugiriendo pensamientos pesimistas.

El gran dilema: proseguir o retroceder.

Es la salida del área de confort.

  • Toda transferencia modifica lo habitual.

Son terrenos inexplorados hasta ahora que afectan a lo más hondo del ser y que demandan lucha y atención constantes.

No podemos olvidar que somos los moldeadores de nuestro destino. Actualmente vivimos las consecuencias de lo sembrado en el pasado, y al mismo tiempo, estamos construyendo y hasta modificando el porvenir.

  • En el área de las acciones morales la reacción es mayor, ya que se adentra en las raíces del mal para extirparlo, a fin de dar surgimiento a nuevas y equilibradas costumbres.

Son muchos siglos instalados en atavismos comportamentales. Del mismo modo, las pasiones descontroladas van dejando paso, muy lentamente, a nuevas experiencias, nuevas sensaciones mucho más edificantes. Es tomar las riendas de un caballo acostumbrado a campar a sus anchas, despreocupado y distraído.

A partir del momento en que el ser toma conciencia y se ilumina, ya no vive dejándose llevar por los acontecimientos, de una forma pasiva. Recupera el control de su vida, explorando su interior, yendo al encuentro de sus males, sin esperar a que espontáneamente afloren como le ha estado ocurriendo hasta ahora. Incluso llega a descubrir reacciones propias inadecuadas, que hasta ese momento no había sido capaz de localizar de una manera consciente. La falta de vigilancia le impedía reconocerse para tomar cartas en el asunto.

Toda esa tarea previa que mencionamos es fundamental, imprescindible, para poco a poco adoptar nuevas costumbres que sustituyan a las viejas, y de esa manera sacarlo de la inferioridad, de la atonía donde estaba instalado.

  • No abandones, de ese modo, tus intentos de moralidad y crecimiento interior, debido a las primeras dificultades a enfrentar.

No se debe abandonar los intentos de perfeccionamiento moral. La tarea requiere de una firme determinación, paciencia, constancia, entrega.

La propuesta quedó reflejada claramente en el Evangelio: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (San Mateo 16, 24).

El que quiera seguir el ejemplo del Maestro ha de “negarse a sí mismo”. Significa exactamente lo que nos propone la mentora Joanna, negar en el sentido de modificar el hombre viejo por el hombre nuevo. Negarse para después afirmar una nueva propuesta de vida, de conducta, de trabajo.

Por todo ello, desistir en el empeño ¡nunca!

Superación personal y conducta moral por: José Manuel Meseguer.

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

(*)El texto en negrita pertenece al ítem 159 de la obra “VIDA FELIZ” de Joanna de Ângelis, psicografía de Divaldo Pereira Franco.

APERTURISMO DE IDEAS

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Aperturismo de ideas

APERTURISMO DE IDEAS

Estimados lectores, con la ilusión con que hacemos siempre nuestros trabajos iniciamos aquí un nuevo reto, una nueva sección titulada MEDITACIONES. En ella vamos a tratar de reflexionar sobre algunos de los consejos que nos transmiten las honorables entidades espirituales que nos ayudan desde el otro plano de la existencia. Me estoy refiriendo especialmente a Joanna de Ângelis y a su obra Vida Feliz. No obstante, esto no significa que en algún momento podamos incorporar alguna que otra reflexión de textos de otras obras.

La intención es que todos podamos aprender un poquito más a través de la reflexión interior, serena, de todos aquellos aspectos cotidianos que nos marcan el diario vivir, para que sepamos actuar en cada momento con mayor sabiduría, sabiendo localizar nuestras malas tendencias, aquellas actitudes e inclinaciones espontáneas que nos empujan de manera automática a cometer errores de carácter moral, así como para potenciar todo lo bueno que poseemos.

Con esa obrita anteriormente mencionada, la venerable mentora nos trata de prevenir y aconsejar, como si fuese una madre a sus hijos desde la intimidad del hogar, sobre los peligros que nos acechan y de lo frágiles que somos todavía ante los desafíos que nos impone la vida.

Para esta nueva sección, cada mes vamos a escoger preferentemente un tema de los propuestos en la obra VIDA FELIZ, y trataremos de desarrollarlo de forma sencilla.

Como inicio, hemos elegido el tema número 66:

“Sé una persona abierta a las ideas, a los conceptos nuevos.

Discútelos, compáralos con lo que sabes y piensas, retirando el mejor provecho de las informaciones que desconoces.

Las ideas saludables renuevan la emoción, abasteciendo los sentimientos con estímulos y entusiasmo.

Nadie es tan sabio que no necesite aprender más, ni tan completo que pueda prescindir de otras contribuciones para su crecimiento íntimo.

Aprende más, estando receptivo a nuevas contribuciones”.

Necesitamos estar abiertos a nuevas ideas. Como nos decía el insigne científico Albert Einstein: “La mente es como un paracaídas… Solo funciona si la tenemos abierta”. No podemos pensar en crecer, en desarrollar nuevas ideas, si nos complacemos y recreamos con aquello que ya hemos conseguido. Esta forma de enfocar la vida puede ser una forma sutil de comodidad, viviendo de rentas, de un pasado de esfuerzo y de estudio, pero que ya pasó. Nada se consigue sin trabajo, y no podemos olvidar que ignoramos todavía muchas cosas, y precisamos abrirnos  al conocimiento de los demás.

Es muy sano replantearse de vez en cuando aquello que consideramos como verdades inamovibles, como verdades absolutas. Somos seres todavía muy pequeños, frágiles y en proceso de crecimiento, en permanente construcción intelectual y moral. Poseemos la semilla divina, todas las potencialidades a nuestro alcance; no obstante, tenemos unas tareas asignadas acordes a nuestro nivel evolutivo. De lo Alto no nos pueden pedir más de aquello que podemos dar, comprender y asimilar; esto es una obviedad, pero los límites muchas veces nos los autoimponemos nosotros mismos. Cerramos la puerta a nuevas posibilidades, a nuevos retos, a profundizar sobre lo ya conocido.

La propuesta es también de debate, de discusión serena, tanto a nivel interno como a nivel externo con otras personas, siendo el medio más adecuado para la revisión de las ideas; cotejando las viejas con las posibles ideas nuevas. Incorporando, en el transcurso del estudio e investigación atenta, aquellas ideas renovadoras que seamos capaces de descubrir, enriqueciéndonos y, al mismo tiempo, aportando también a los demás.

Es como si se tratara de un golpe suave de aire fresco, una nueva perspectiva que nos ayuda a ver la vida de otra forma más rica, con nuevos matices; un estímulo para continuar en la senda del progreso. Nos ayuda a potenciar algunas ideas y al mismo tiempo nos renueva y modifica aquellas que ya están obsoletas.

Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella

(Aristóteles).

Hemos de ser conscientes de que nadie está blindado contra el error o el conocimiento equivocado o incompleto; esto sería una ilusión muy perjudicial, propia de una época de dogmas y de fanatismos; ni tampoco podemos creer que somos autosuficientes.

También hemos de huir de la fascinación que conduce al aislamiento o a la autocomplacencia. No ser tan orgullosos como para creer que nuestra verdad es superior a la de los demás; o que todos los demás están equivocados, menos yo.

El fanatismo nos empuja precisamente a todo eso; su intensidad es directamente proporcional a nuestro grado de inseguridad, y también al miedo a lo desconocido o inexplorado. Obedece a la necesidad de refugio y de sentirse protegido y seguro. Todos en algún momento hemos podido pasar por esa circunstancia, por muy leve que sea.

Es posible que, en la actualidad, mantengamos ideas que seguramente en el futuro serán reemplazadas por otras mejores, más completas o exactas. No hay que apurarse por ello. Es la historia del pensamiento humano, y es lo que ha ocurrido en relación a las enseñanzas de los grandes avatares enviados por lo Alto. Por lo general, el mensaje limpio y puro, en un primer momento, pasa por el filtro humano imperfecto; se contamina y pierde una parte, o hasta incluso, toda su esencia, a la espera de que, con el paso del tiempo, poseamos la suficiente madurez como para recuperar su verdadero significado.

Por tal motivo, aquellos que profesamos una doctrina espiritual como es la espírita sería bueno que escucháramos o leyéramos a otras personas que tienen otras perspectivas, e incluso que critican nuestro punto de vista. De todos se puede aprender algo. A veces, sus críticas pueden tener un fundamento coherente que no podemos soslayar. No obstante, todas las opiniones son respetables y de todo el mundo siempre se puede descubrir algún enfoque enriquecedor con el que no contábamos.

En definitiva, y pensando en el propio interés, no podemos prescindir nunca de aquello que nos pueden aportar los demás, esto sería contraproducente y retardaría mucho nuestro progreso. Somos seres sociales, ricos en matices por explorar, y por tanto, nos necesitamos unos a otros.

La mentora Joanna nos exhorta finalmente a aprender más, a estar receptivos y atentos a las nuevas aportaciones que nos puedan llegar del exterior.

Hemos de perder el miedo a descubrir cosas nuevas que pudieran sacudirnos de una posición de confort intelectual o que pudieran tener unas repercusiones morales.

Nada se consigue sin trabajo, como hemos dicho anteriormente, y para estar abiertos a nuevas ideas se requiere el esfuerzo de abrirse a los demás, con una actitud de humildad y sencillez.

La satisfacción que se experimenta cuando nos atrevemos a salir del área de confort para explorar nuevos territorios, lo que se llega a descubrir allí, no tiene precio, y a veces no se puede expresar con palabras.

Hace falta mucho coraje para salir y descubrir, así como para encontrarse con algún fracaso o tierra infecunda. Aun así, se aprende y se adquiere valiosa experiencia. Como dijo el propio científico Albert Einstein: “Los que nunca han cometido errores es porque nunca han intentado hacer cosas nuevas y diferentes”.

Aperturismo de ideas por: José Manuel Meseguer

© 2020 Amor, Paz y Caridad.