REFLEXIONES FINALES

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Reflexiones finales

Reflexiones finales

A la luz del estudio y análisis de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO o la Justicia Divina según el Espiritismo, publicada en 1865 por Allan Kardec, hemos desarrollado esta sección titulada CONSIDERACIONES SOBRE EL MÁS ALLÁ.

Nuestra intención ha sido reflexionar sobre los postulados que allí se esgrimen, en base a sus argumentos de enorme solidez, tanto de carácter filosófico como de las consecuencias morales que se derivan.

Hemos considerado necesario y hasta urgente reflexionar para clarificarnos el camino en estos tiempos tan convulsos. Al carecer durante mucho tiempo de una luz clara que ilumine la razón e inspire al corazón, el hombre de hoy, por lo general, navega sin rumbo, dejándose arrastrar por una corriente que no es saludable y que le aboca al precipicio del desequilibrio y el desaliento.

Es necesario comprender que traemos una misión a cumplir; para cada uno de nosotros la tarea es diferente pero muy importante; que la muerte no es el fin de todo, tan solo el final de una etapa para vivir otra diferente; de esa manera, se elimina el temor y la angustia que supone la incertidumbre sobre el porvenir.

“A medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el temor a la muerte decrece, pero al mismo tiempo, al comprender más cabalmente su misión en la Tierra, espera su fin con más calma y resignación y sin temores”.

(El Cielo y el Infierno. Capítulo II; ítem 3).

El propio Kardec insiste en la necesidad de una fe razonada, aquella que puede mirar a la razón cara a cara en todas las épocas de la humanidad. Aquella que nos estimula al progreso y a las acciones edificantes puesto que posee la convicción de un futuro mejor; que nos aporta la idea poderosa de la inmortalidad del alma; del progreso sin fin. No solo de que la pérdida de los seres queridos no es tal, solo momentánea, sino que muchos de ellos nos asisten y sostienen en nuestras luchas desde el otro plano de la vida; sin olvidar que el reencuentro se hará efectivo una vez acabemos la etapa de esta existencia física, como ya nos ha ocurrido otras veces, en base a las existencias múltiples, y bajo el amparo del infinito amor y misericordia que nuestro Padre Celestial nos proporciona a cada instante.

De la misma forma, al comprender la realidad espiritual que nos envuelve, se disipan las dudas respecto a los premios y castigos de los que nos hablan las religiones tradicionales, unos conceptos propios de la mentalidad de otros tiempos. No obstante, hoy día necesario es renovar, actualizar esas ideas para que desaparezca esa fe inconsistente y utópica. Cada quien recoge aquello que ha sembrado. Tarea incompleta, tarea pendiente para el futuro. La siembra es voluntaria pero la cosecha obligatoria; somos los forjadores de nuestro destino, y por tanto, nadie ha de sufrir algo que no merezca ni gozar de una felicidad que no ha merecido por su esfuerzo y sacrificio.

En referencia al perdón de los pecados, nadie nos puede eximir de esa responsabilidad. Quien perdona por un agravio recibido salda una cuenta pendiente con la ley, puesto que somos todavía espíritus muy imperfectos y con grandes débitos del pasado. Por tanto, el perdón que podamos recibir de nuestros semejantes no nos libra de una reparación en el presente o en el futuro.

En resumen: Somos responsables del bien que hacemos, del mal que provocamos y del mal consecuencia del bien que dejamos de hacer.

Al respecto de las religiones, el mismo codificador nos señala:

“Mientras la humanidad avanza, la religión se inmoviliza en sus viejos errores, tanto en materia espiritual como en el terreno científico, por lo cual llega un momento en que ella es desbordada por la incredulidad”.

(El Cielo y el Infierno. Capítulo X; ítem 3).

Una buena parte del materialismo que impera en nuestro mundo es producto de esa incredulidad de la que habla el codificador Allan Kardec. Al no ofrecer respuestas convincentes las religiones, el hombre se aleja de las creencias y se aferra a aquello que ve y que puede palpar con sus sentidos. Sin embargo, algo a nivel interno le reclama la atención poderosamente: estamos hablando de la naturaleza espiritual que todos poseemos. Esa realidad interior, del propio espíritu, trata de recordarnos la necesidad de llevar a cabo unos objetivos espirituales programados antes de encarnar, pero que hemos olvidado y silenciado por las distracciones y objetivos materiales. Se produce un conflicto ante la falta de ideales superiores y de un trabajo interior que nos serene, nos haga felices y nos llene de autenticidad. Ese desequilibrio espiritual nos aboca frecuentemente a la ansiedad, el estrés, la depresión, a todo tipo de trastornos, e incluso en casos extremos al suicidio.

Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la depresión es una enfermedad frecuente en todo el mundo, y se calcula que afecta a más de 300 millones de personas, y más de 260 millones tienen trastornos de ansiedad.

También nos informa la OMS de que más de 800.000 personas se suicidan cada año, lo que representa una muerte cada 40 segundos. Y otro dato terrible: el suicidio es la segunda causa principal de defunción entre las personas de 15 a 29 años.

Ante estas alucinantes cifras recogidas de organismos internacionales cualificados, resulta apremiante la necesidad de estudiar y divulgar el espiritismo en su estricta pureza. Aportar los conocimientos y las pruebas que posee respecto a la inmortalidad del alma para variar el rumbo de miles, millones de personas que permanecen en la obscuridad y la desesperanza.

La vida es única, porque aunque ahora estemos encarnados, con posterioridad pasaremos al otro lado, liberándonos del yugo de la carne, para posteriormente volver de nuevo al mundo físico; así sucesivamente en una espiral ascendente de progreso y evolución.

Por otro lado, es necesario entender que los ángeles y los demonios no son seres aparte en la Creación. Dios nos crea sencillos e ignorantes pero perfectibles. Somos responsables de nuestras acciones, y en base a ello sufrimos y gozamos las consecuencias de nuestros actos, de tal forma que existen espíritus en todos los grados de evolución. Los considerados demonios no son más que espíritus muy atrasados que se complacen temporalmente en el mal, hasta que les llegue el despertar de su conciencia, a través de existencias de dolor y sufrimiento reparador. Por contrapartida, los ángeles serían aquellos espíritus ya purificados que atravesaron todas o casi todas las escalas evolutivas, alcanzando una plenitud que es consecuencia de su evolución espiritual.

Por lo tanto, el mal es un estado transitorio. La finalidad de la vida es crecer hacia la plenitud sin límites. No existen las penas eternas. El mal perdura mientras exista la causa que lo provocó. Hemos de sustituir las ideas de castigos y penas por las de reajustes y desafíos existenciales.

Todo obedece a un plan cuya base es el amor y la sabiduría de nuestro Padre. Es Él quien nos conduce, respetando nuestro libre albedrío, marcándonos una misión a cumplir dentro del concierto universal.

Para concluir, hemos de ser conscientes de los importantes avances que nos proporciona la ciencia actual, en dirección a corroborar los postulados espíritas referentes a la supervivencia del espíritu después de la muerte, a través de los incontables testimonios en todo el mundo de pacientes que han vivido Experiencias Cercanas a la Muerte. También es significativo el recuerdo de vidas pasadas a cargo de niños que manifiestan de repente una identidad que no es la suya; tal y como demuestran los resultados de las investigaciones realizadas por los doctores Ian Stevenson, o el profesor Hernani Guimaraes Andrade, o Hemendra Nath Banerjee, etc.

Resultan destacables también los trabajos a cargo de notables terapeutas, como por ejemplo la doctora Edith Fiore o el doctor Brian Weiss con las regresiones de memoria, capaces de desentrañar, en algunos casos, conflictos ocurridos en otras vidas y que todavía son causa de aflicción en esta existencia. Sin olvidar la inestimable aportación de la moderna física cuántica que nos habla de universos paralelos; también del llamado biocentrismo, tal y como nos explica el médico y científico estadounidense Robert Lanza: “La muerte es una ilusión. La vida crea el universo y no al revés. Significa que el tiempo y el espacio no existen en la forma lineal que pensamos que existe”.

Es momento de cambio, de decisión. Ya no podemos alegar ignorancia ni falta de medios o posibilidades. Se trata de un reto, de un desafío para este siglo XXI que todos tenemos que afrontar inevitablemente. No hay tiempo para ensayos o lamentaciones. El ser humano debe de caminar consciente hacia su destino final que es la plenitud. Un camino con luz propia que nada ni nadie va a poder parar.

Reflexiones finales por: José Manuel Meseguer

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