LA TRANSICIÓN DESPUÉS DE LA MUERTE

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La transición después de la muerte

La transición después de la muerte

En primer lugar hemos de hacer una distinción clara, a la luz del conocimiento espiritual, entre la muerte y lo que es, en sí, la desencarnación. La muerte es el fin de la actividad biológica del cuerpo; a partir de ese momento, el organismo comienza su proceso natural de descomposición como ocurre con todos los seres. Esto último se inicia en el momento en que se rompe el denominado lazo fluídico o cordón de plata, nexo de unión entre la materia y la parte espiritual o semimaterial.

La desencarnación es otro proceso distinto, muy vinculado, lógicamente, a la interacción entre el cuerpo y el periespíritu. Depende de otros factores que facilitan o complican su proceso de ruptura total.

Para poder continuar con claridad, hemos de explicar una vez más la trilogía del ser humano, muy importante para comprender la inmensa mayoría de los fenómenos que encierran la vida del ser. Por un lado, la parte más visible y hasta grosera que es el cuerpo humano o biológico. Por otro lado está el espíritu, que es el principio inteligente individualizado, la chispa divina latente en él. Y finalmente se encuentra el periespíritu, que es el cuerpo intermedio, semimaterial que une a ambos. Este último no se separa ni antes ni después de la muerte. Su forma es idéntica a la del cuerpo físico.

Durante el proceso de desencarnación, el fluido periespiritual se desprende poco a poco de todos los órganos.

(*) “Solamente la separación es completa cuando no queda un solo átomo del periespíritu unido a una molécula del cuerpo”.

El párrafo anterior es clave. La desencarnación es totalmente efectiva cuando ya no existe ningún nexo de unión entre los dos cuerpos, el periespiritual y el material, aunque este último haya comenzado su proceso normal de descomposición.

“La sensación dolorosa que experimenta el alma depende de la suma de puntos de contacto que existan entre el cuerpo y el periespíritu, y de la mayor o menor dificultad o lentitud que ofrezca la separación”.

Aquí entramos en aquello que más nos preocupa, el dolor durante el trance de la muerte. De esto nos vamos a ocupar a continuación.

Grosso modo, existen cuatro posibilidades o alternativas con respecto al proceso de desencarnación, como muy bien nos lo explica detalladamente la segunda parte, capítulo I, titulado La Transición, de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO, escrita por Allan Kardec.

  • La primera posibilidad sería cuando el periespíritu está desprendido del cuerpo en el momento de la extinción de la vida orgánica; en ese caso, el alma no siente absolutamente nada.
  • La segunda posibilidad, totalmente opuesta a la anterior, sería cuando el nexo de unión entre cuerpo y periespíritu fuese muy fuerte; en tal caso, la ruptura sería abrupta, difícil y dolorosa para el alma; a modo de desgarramiento entre las dos partes.
  • La tercera sería cuando la unión es muy débil, en ese caso, tan solo un pequeño esfuerzo será suficiente para romper definitivamente los lazos que los unen.
  • Y por último, la cuarta, cuando con el cese de la vida orgánica todavía existen muchos puntos de conexión entre el cuerpo y el periespíritu, la separación resulta difícil y muy dolorosa; hasta incluso llegar a sentir y sufrir el proceso de descomposición hasta que el fluido periespiritual se haya desprendido totalmente de todos los órganos del cuerpo.

En resumen, como hemos visto hasta ahora, el sufrimiento será mayor o menor en función de la fuerza cohesiva que exista entre los dos cuerpos, el material y el semimaterial.

Durante el proceso de la muerte el alma sufre un entorpecimiento que paraliza sus facultades y que anula en cierto modo sus sensaciones. A ese estado se le denomina turbación.

La turbación es un estado normal en los procesos de muerte. Su duración depende del grado de clarificación que el alma sea capaz de alcanzar; es como el despertar de un sueño profundo. Su estado de confusión o embotamiento se va diluyendo en la medida en que se esclarece; esto varía mucho de unos casos a otros, de la mayor o menor espiritualidad adquirida.

“El estado moral del alma es la causa principal que influye sobre la mayor o menor facilidad del desprendimiento”.

El estado moral es la clave, fundamental. Aquellas personas que han vivido por y para la vida material, y que además han estado cargadas de pasiones y vicios, se encuentran, en el momento de abandonar el mundo material, con un fardo demasiado pesado del que es difícil desprenderse. No estamos hablando de religiosidad o de tradiciones, sino de una disposición y actitud mental equilibrada que le haya predispuesto a identificarse con la vida del espíritu. Es decir, a hacer el bien, a ser moderado de costumbres, a respetar al prójimo; a ser desprendido de las cosas materiales para darles el valor que les corresponde, como una herramienta útil si se utiliza correctamente.

En la misma obra EL CIELO Y EL INFIERNO, en la cual se basa este artículo, encontramos en su segunda parte gran cantidad de testimonios recogidos mediúmnicamente que reflejan el estado del espíritu dependiendo de sus circunstancias personales. Según fueron sus vidas en el plano físico, así se encuentran al despertar a la verdadera realidad espiritual.

Por otro lado, el género de muerte también influye en la manera en que el espíritu se desprende de su cuerpo físico, así como las sensaciones y circunstancias que lo envuelven posteriormente.

En la muerte natural, bien por edad o enfermedad, la separación suele ser gradual. Pero aquí también influye de una forma determinante el estado espiritual del ser. Si sus pensamientos son elevados, desprendidos de las cosas materiales, el trance entre las dos vidas suele ser muy ligero; apenas unas pequeñas conexiones muy débiles sostienen la unión entre cuerpo y alma. Solo un pequeño percance fisiológico es suficiente para romper esos lazos, ya de por sí muy frágiles.

En el ser humano sensual, apegado a las cosas y preocupaciones materiales, el trance suele ser difícil y doloroso. Una lucha se establece entre la naturaleza biológica que trata de finalizar su ciclo y una oposición fuerte por parte del espíritu que no está dispuesto a ceder. Las convulsiones de la agonía son muchas veces el testimonio vivo de esa clase de lucha imposible.

Incluso con la llegada de la muerte biológica, la turbación continúa. Siente que sigue vivo pero no sabe en qué plano se encuentra.

“El espíritu se apega tanto más a la vida cuanto nada ve más allá de ella”.

Durante la muerte violenta, la vida orgánica con todo su vigor se detiene de repente. La separación del periespíritu se inicia a partir de ese momento en casi todos los casos, pero, como hemos visto anteriormente, no se realiza de forma instantánea.

El espíritu sorprendido por su nueva situación no toma conciencia de inmediato, puesto que comprueba que sigue teniendo un cuerpo idéntico al anterior, pero se trata de un cuerpo fluídico. Intenta comunicarse con las personas que tiene alrededor, pero no le hacen caso y tampoco le contestan a las preguntas que les formula. Esto le produce confusión y disgusto en un primer momento.

En estos casos, como en los anteriores, el grado de elevación moral y de desprendimiento hace que la situación se resuelva favorablemente de una manera rápida y sin sobresaltos, o que ocurra todo lo contrario, un trance doloroso y difícil que se puede prolongar por mucho tiempo.

En los suicidios la situación suele ser mucho más grave. El cuerpo retiene al periespíritu, y le transmite todas sus convulsiones al alma. Una situación lamentable de la que cuesta mucho salir.

En conclusión, podemos decir que la conducta humana, los pensamientos e incluso el conocimiento sobre el porvenir son palancas que facilitan sobremanera ese trance natural que todos, sin excepción, debemos de vivir algún día.

“Para que la humanidad se esfuerce por su propia purificación, reprimiendo sus malas inclinaciones y dominando sus pasiones, es necesario conocer las ventajas del futuro”.

La oración es un antídoto muy efectivo; es un torrente poderoso de esperanza y auxilio que alivia, esclarece y facilita el tránsito a aquellas almas que ya dejaron su cuerpo físico y que precisan adaptarse a su nueva situación para continuar su proceso de elevación, de crecimiento espiritual en dirección a la perfección.

La transición después de la muerte por: José Manuel Meseguer

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

 

(*) Las frases en negrita están extraídas del capítulo I, La Transición, de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO, escrita por Allan Kardec).

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