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VALORAR A LOS DEMÁS

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Valorar a los demás

Valorar a los demás

“La persona que se siente entendida y querida adquiere una liberación muy grande”.

(Doctor Mario Alonso Puig)

Vivimos en sociedad y nos necesitamos unos a otros, de esto no cabe la menor duda. Nadie es autosuficiente, lo que le falta a uno o no tiene muy desarrollado, lo posee el otro.

Cuando afrontamos un compromiso espiritual, una misión en la vida, esta siempre posee dos vertientes: una, que es la personal e intransferible; nadie puede hacer por nosotros lo que nos corresponde hacer. Y otra que depende de la colaboración y la sintonía con el resto de compañeros en el ideal, del trabajo en común.

Muchas veces, en el transcurso de las actividades que realizamos en grupo, nos centramos tanto en la parte que nos toca que olvidamos la contribución tan importante de aquellos que nos rodean. Ahí entra en juego la percepción que tenemos del entorno en el que nos movemos y el valor que le atribuimos.

La base para saber si valoramos a los demás reside en plantearnos si les prestamos la suficiente atención a nuestros compañeros de grupo, si sabemos escuchar para saber de sus problemas, pensamientos e inquietudes, si tenemos en cuenta sus opiniones o propuestas.

Hay que tener en cuenta que en las relaciones sociales somos como espejos; proyectamos y recibimos constantemente. Poseemos dos clases de lenguaje, uno verbal y otro corporal, y el segundo es más poderoso que el primero.

El orgullo es el principal enemigo del trabajo colectivo y la valoración del prójimo. En palabras del pedagogo francés Allan Kardec: “¿Cómo un hombre, bastante vano para creer en la importancia de su personalidad y en la supremacía de sus cualidades, puede tener al mismo tiempo bastante abnegación para hacer resaltar en otro el bien que podría eclipsarle, en lugar del mal que podría realzarle?» (El Evangelio según el Espiritismo; capítulo 10, ítem 10).

No obstante, poner en valor lo que otros hacen es una muestra palpable de reconocimiento y de gratitud, estimula la confianza y refuerza los lazos de cooperación.

Desde un punto de vista espiritual, trascendente, hemos de comprender que no es casualidad estar con las personas que forman parte de nuestras vidas, aquellas con quienes compartimos unos ideales comunes; incluso con las que nos unen unos vínculos familiares y afectivos. Existen para con ellas unas obligaciones y unos compromisos que hemos de saber identificar y trabajar eficazmente.

Para saber en qué punto se encuentra la valoración que hacemos de los demás, nos puede ayudar el formularnos las siguientes preguntas:

  • ¿Qué aporto yo al conjunto y qué espero de mis compañeros?
  • ¿Soy exigente con los demás? ¿Y conmigo mismo, soy exigente?
  • ¿Estoy dispuesto a comprender y tolerar las limitaciones de mis compañeros? ¿Soy consciente de las mías?
  • ¿Considero mi trabajo o aportación más relevante que el de los otros?
  • ¿Qué estoy haciendo para que mis compañeros se sientan valorados, queridos?
  • ¿Soy consciente de las enormes posibilidades que encierra un trabajo colectivo, y que yo mismo, sin los demás, apenas soy nada?

Olvidamos que el talento y la grandeza son elementos básicos que se esconden en todas las personas. La excelencia, el éxito, no se regalan, requieren de mucho esfuerzo, disciplina, constancia; un precio que muy pocos están dispuestos a pagar, sobre todo en una sociedad tan inmediatista, tan resultona, que busca el éxito a través de golpes de suerte o de genio muy rápido. Esto es algo ilusorio, que no se corresponde con la realidad.

Aquellas personas y grupos que han alcanzado algún objetivo importante se han encontrado por el camino con un rosario de complicaciones a superar, desde incomprensiones familiares y sociales hasta muchos fracasos; sin olvidar las disputas, conflictos de diversa índole entre los propios compañeros… ¿Dónde está la diferencia? En que unos han creído y luchado hasta el final y los otros han desistido.

Los grupos idílicos no existen, los campeones de la comprensión, la solidaridad y el trabajo en equipo perfecto es una fantasía a día de hoy, al menos en un mundo como el nuestro. Esta sería una percepción nada realista y hasta un obstáculo serio para afrontar cualquier realización.

Admiramos los logros de otros como si fueran verdaderos héroes, y quizás en cierto sentido sí lo sean; llegamos incluso a mitificarlos, a verlos como iconos, espejos donde reflejarnos. Cuando tienen incluso una relevancia social y tenemos la suerte de coincidir con ellos, nos gusta darnos un cierto valor aproximándonos y haciéndonos fotos, escuchando sus conferencias o comprando sus libros. Olvidamos que son personas como las demás. La diferencia entre ellos y nosotros estriba en la fe y en la persistencia que han puesto siempre en sus objetivos trascendentes. Cuando se han caído, en lugar de lamentarse o buscar culpables, han tratado de entender la situación para después volver a levantarse y proseguir su camino, lo cual nos lleva a la conclusión de que en todo ser humano hay grandeza; lo único que nos falta es descubrir cuál es la nuestra, trabajarla con tesón y ponerla al servicio de los demás.

Por el contrario, si no valoramos, si no creemos en las personas que tenemos alrededor, compañeros, amigos, etc., difícilmente se van a poder alcanzar resultados satisfactorios. En este campo, como en muchos otros, el que más tiene es quien más debe de dar, buscando siempre el bien general antes que el propio.

Cuando hablamos de un trabajo colectivo, de carácter espiritual, hemos de ser conscientes de que no todos lo van a vivir de la misma forma, y no todos van a tener la constancia y paciencia suficiente como para implicarse por tiempo indefinido. Después del entusiasmo inicial, muchos desisten porque no están dispuestos a realizar sacrificios. Esta circunstancia es comprensible y muy respetable, pero esto es algo que no debe desanimar ni paralizar. Se trata de un camino sólo apto para personas comprometidas, que necesitan impregnarse de los mejores sentimientos, del apoyo y la valoración mutua; dejándose envolver por esa fuerza positiva que nace de la colaboración, de la solidaridad, de la confianza.

El Maestro Jesús eligió a personas sencillas, simples, con sus conflictos y defectos; sin embargo, esto no le desanimó. Prosiguió trabajando con ellos pese a sus fragilidades y dudas hasta el final de sus días, demostrando amor y perdón incondicional. Ahí estuvo la clave del éxito, persistir en el “mensaje” que traía de lo Alto para que sus discípulos pudieran madurar con el paso del tiempo, tomaran conciencia de su verdadero significado y, de esa forma, acercarse al modelo de conducta, de vida interior que se necesita para crecer y elevarse.

Nosotros, infinitamente más pequeños que Él, debemos de imitarle. Primero trabajando nuestro interior, exigiéndonos a nosotros mismos antes que a los demás, para posteriormente saber apreciar lo bueno, lo positivo, la grandeza que existe en las personas que nos rodean. Esa es la clave.

Si no soy capaz de valorar y apreciar a mis compañeros o amigos más cercanos, cómo voy a ser capaz de comprender y ayudar a personas que no conozco.

El saber que el otro cree en ti, que no te juzga, procura ver lo positivo y si en algo considera que puedes mejorar, te lo insinúa, no como un reproche, sino como una posibilidad que quizás no te habías planteado. Esta metodología de comportamiento social abre muchas puertas y elimina muchos conflictos, puesto que los ahoga antes de que lleguen a desarrollarse, o incluso, que puedan llegar ni tan siquiera a aparecer.

Para llegar a este último punto se requiere de bastante trabajo interior, teniendo claras las prioridades. Para eso se requiere de un punto de madurez y de generosidad que no está al alcance de cualquiera; no obstante, se puede conseguir. También se necesita diálogo pero desde el respeto, buscando empatizar desde la igualdad y la sencillez, sin buscar que prevalezcan nuestras opiniones sobre otras, siempre en un tono constructivo, sereno y analítico.

Por el contrario, cuando no existe confianza y valoración, se puede llegar a generar un vacío, una frialdad por donde la parte negativa puede hacer su trabajo de desunión con mayor facilidad, potenciando los malos entendidos, despertando malquerencias, recelos, rivalidades, etc.

Por lo tanto, eliminar las dudas, los miedos y los prejuicios es una tarea que nos compete a todos. Un grupo es un engranaje que para que funcione bien necesita que sus componentes aminoren sus egos, los yoes, para dar paso al nosotros. Se trata de un laboratorio común que sirve para poner en práctica los preceptos morales que nos han enseñado, en especial el de la caridad, la tolerancia; y al mismo tiempo, sabiendo valorar el aporte de los demás.

Valorar a los demás por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

¿EL CIELO EXISTE?

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¿El Cielo existe?

¿El Cielo existe? Hablar del “Cielo” con cierto rigor es una misión casi imposible, por la cantidad de connotaciones religiosas que lleva aparejado este concepto. Ya de por sí, el término es asociado a un lugar determinado. Según definición de la RAE (Real Academia de la Lengua): “En la tradición cristiana, morada en que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios”.

Durante siglos, y como ya hemos comentado en otras ocasiones, ha existido la firme e implacable voluntad por parte de las autoridades religiosas de controlar las creencias y las posturas que eran consideradas aceptables respecto al Más Allá. La vida futura quedaba reducida a una serie de alternativas, de premios o castigos, consecuencia de la naturaleza de los actos de la vida, y la predisposición al arrepentimiento de los pecados y la posibilidad del perdón divino. Si eras malo ibas al Infierno, si eras bueno y cumplías con los preceptos religiosos, ibas al Cielo. Un Cielo que es representado como una especie de oasis contemplativo, con la visión permanente de Dios y de toda su inmensidad. Hasta ahí llega la imaginación, se para y ya no da para más.

Se trata de un Cielo donde sus pobladores no poseen ni la capacidad para contactar ni la de intervenir en el plano físico; de eso se encargan los ángeles que han sido creados al margen del resto, son seres privilegiados que no han hecho ningún mérito para ser lo que son. Al mismo tiempo, el reencuentro con los seres queridos solo será posible, según esta idea, cuando todos hayan muerto. Mientras tanto, a los que todavía se encuentran en el mundo físico, y como sólo se vive una vez, apenas queda la esperanza y el consuelo de aspirar a alcanzar ese mismo Cielo feliz a través del bien y el cumplimiento de los preceptos establecidos; de lo contrario, y según estas ideas ya desfasadas, el reencuentro será eternamente imposible.

Esta visión tan limitante como ilógica de lo que se ha considerado como Cielo, según estas creencias dogmáticas, es uno de los motivos que explican la distancia que ha existido entre la ciencia y la espiritualidad hasta hace unas décadas. La ciencia, siguiendo su camino, nos ha demostrado que no somos, ni mucho menos, el centro del universo. La visión limitada de la vida y del cosmos se ha visto superada por los enormes avances científicos. Hoy día se habla de otras dimensiones, de varios niveles de conciencia que hacen que la felicidad sea un estado interior y que no dependa de lo externo. Las creencias limitantes han dado paso a un escenario de reflexión, de amplitud de miras, de fe razonada que nos abre un sinfín de posibilidades. Como decía Ortega y Gasset: “En las creencias estamos”. No obstante, la realidad es tozuda y no paramos de descubrir nuevos ángulos de esa misma realidad. Somos nosotros los que tenemos la llave, la libertad y la posibilidad de cambiar para ser capaces de captar la grandeza que nos rodea.

“En esa inmensidad sin límites, ¿dónde se halla el Cielo? Por doquier, pues no tiene límites; los mundos felices son las últimas estancias antes de llegar a él; las virtudes abren el camino, los vicios cortan el acceso”. Capítulo III; 18. Allan Kardec.

Tampoco podemos creer que lo que podríamos denominar como Cielo sea un lugar de inactividad y de contemplación perpetua. No olvidemos la inolvidable respuesta del Maestro cuando le increpaban porque curaba en sábado, día festivo para los judíos: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo”. (San Juan; 5, 17).

El mensaje del Maestro es muy claro y profundo. El Padre trabaja desde la noche de los tiempos. No nos podemos imaginar un solo instante de inactividad. Para ello sólo basta observar el Universo, los distintos soles y planetas formando los casi infinitos sistemas solares, en constante movimiento armónico. O aquí mismo, en nuestro planeta, podemos examinar a la naturaleza cómo actúa sin cesar, la propia vida esforzándose por abrirse paso. Nada permanece estático. Si además, por las informaciones que poseemos, el plano material es un pálido reflejo de la realidad espiritual, en consecuencia nos podremos dar cuenta fácilmente de que la actividad en los planos superiores, inmateriales, debe de ser todavía mucho mayor.

“El Universo es, al mismo tiempo, un mecanismo inconmensurable conducido por un número no menos inconmensurable de inteligencias; un inmenso gobierno donde cada ser inteligente tiene su parte de acción bajo la mirada del soberano Señor, cuya voluntad única mantiene en todas partes, la unidad”. (La Génesis, Capítulo XVIII, 4; Allan Kardec).

El espíritu, desde que es creado, trae una misión a cumplir; para ello, comienza su largo periplo de crecimiento, de expansión de su conciencia, de control de sus instintos para dar paso a las percepciones más sutiles y elevadas. Muchas existencias de trabajo, sacrificio, dolor, caídas y ascensiones. El Homo sapiens va dando paso al Homo spiritualis. Las imperfecciones morales poco a poco van perdiendo fuerza en el espíritu a través de las pruebas que la vida una, durante sus múltiples existencias, le proporciona. Del mismo modo, con el paso del tiempo el espíritu se engrandece, las cualidades y virtudes se desarrollan, así como sus capacidades de trabajo y servicio, aumentando sus responsabilidades en el concierto universal. Es, en definitiva, una ascensión perpetua hacia la plenitud, hacia la perfección.

 “Las atribuciones de los espíritus guardan relación directa con su progreso, iluminación, capacidad, experiencia y grado de confianza que inspiren al Soberano Señor. No existen privilegios ni favores… Las misiones más importantes son confiadas a quienes Dios los sabe capaces de cumplirlas sin fallar”. (Capítulo III; 13.- Allan Kardec; El Cielo y el Infierno).

Por lo tanto, podemos decir que el grado de felicidad está en relación directa con el grado de progreso alcanzado. Esto es algo que al espíritu evolucionado le permite desarrollar misiones cada vez más delicadas e importantes en el concierto universal, lo cual aumenta su grado de satisfacción y de alegría interior. Estamos hablando de estados de conciencia y de percepción del espíritu que en el actual grado de evolución, así como el hecho de estar encarnados en un plano material, con los sentidos físicos, nos es muy difícil, por no decir imposible, comprender todavía.

Formamos parte, como hemos visto ya, de una unidad. Formamos parte de un todo, en donde la confianza de lo Alto nos la tenemos que ganar día a día. Dios asigna responsabilidades a todos los espíritus desde que son creados, desde las más ínfimas a las más grandes. Todas son importantes, todas tienen un porqué y para qué, un sentido superior. Hasta que no las cumplimos, no podemos pasar a otras más importantes, de mayor envergadura. Nada es producto del azar. Cuando nos preguntamos cuál es nuestra misión en la vida, debemos hacer un alto en el camino y, con serenidad y humildad, observar a nuestro alrededor para comprobar que tenemos una misión para con nosotros mismos, tratando de ser cada día mejores; tenemos una misión con la familia, dando ejemplo y ayudando en la medida de lo posible; tenemos una misión en nuestro trabajo, con los compañeros; también con los amigos, con la sociedad; etc.

Por otro lado, sabemos que existen distintos grados de evolución de los planetas; del mismo modo, existen distintos planos espirituales. A mayor elevación, mayor perfección y belleza. Las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) nos dejan multitud de testimonios; luz y paz inefables al final de un túnel, descripciones maravillosas de realidades paralelas, como es el caso del archiconocido doctor Eben Alexander que nos habla de un escenario de gran hermosura. Son multitud de testimonios de personas a las que se les ha permitido, durante  momentos muy críticos de salud, debatiéndose entre la vida y la muerte, visitar regiones impensables para la gran mayoría de personas corrientes como nosotros. Son pruebas evidentes de una realidad que está al margen de creencias o supersticiones.

No es ya cuestión de una fe ciega, sino de una fe razonada y avalada por estos testimonios fuertemente vividos, así como otras vías de información espiritual que nos hablan de esa realidad espiritual, como es el ejemplo de las informaciones recogidas a través de la mediumnidad, donde nos hablan los propios espíritus de lugares paradisiacos, alejados de las sombras y de las miserias características de mundos como el nuestro, sin desdeñar la grandeza que también albergan.

Las experiencias vividas por esas personas, así como el resto de testimonios que por diferentes medios nos van llegando, nos permiten poseer una claridad que nos ofrece seguridad sobre el porvenir. Ya no es tiempo para las utopías, ya no es momento para sostener unas creencias dogmáticas que no resistan al análisis, a la razón.

El Cielo existe, pero no como nos lo habían contado. El Cielo se construye y se gana día a día, superando los conflictos y las pruebas temporales que nos preparan para las adquisiciones, los valores del espíritu eterno e inmortal. La seguridad en el porvenir reporta al espíritu mayor fuerza y mayor ánimo, le facilita el éxito en sus empresas, calma y paciencia en las batallas de la vida y resignación ante aquello que no puede cambiar, pues estamos en manos de alguien infinitamente sabio que sabe lo que nos conviene, en el transcurso de una preparación meticulosa hacia un futuro lleno de posibilidades y de plenitud.

¿El Cielo existe? por: José M. Meseguer

   © Amor, Paz y Caridad, 2019

EL MANIPULADOR EMOCIONAL

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El manipulador emocional

El manipulador emocional.

Es curiosa la cantidad tan grande de información que se puede encontrar, en páginas web de psicología o de autoayuda, sobre un tema tan poco conocido pero tan importante; un trabajo desarrollado y divulgado por numerosos psicólogos y especialistas de la mente humana en diferentes medios de comunicación, así como en algunas obras escritas. Tan sólo vamos a citar a cuatro especialistas que aconsejo consultar, todas mujeres, que han hablado y escrito sobre este espinoso tema y en el que se va a basar este artículo: La psicóloga doctoranda Gema Sánchez Cuevas de la Universidad de Salamanca, la psicóloga y comunicadora Raquel Aldana, la psicóloga clínica y profesora Neus Colomer y, por último, la psicóloga clínica y colaboradora en distintos programas de radio y televisión Pilar Muñoz.

En primer lugar, diremos que existe un abanico muy amplio de posibilidades respecto a este problema, partiendo de los más graves y que pueden desembocar hasta en el suicidio de sus víctimas, a otros menos destructivos, pero no por ello menos preocupantes y que necesiten de una solución, o al menos de una visión clara del problema.

El manipulador emocional lo podemos encontrar en cualquier ambiente y situación. Puede aparecer en el terreno sentimental o de pareja, en el laboral e incluso en ambientes y grupos de carácter espiritual (a este último caso vamos a prestar especial atención). Suelen fijarse en las personas bondadosas, nobles y que no piensan mal de nadie. Se centran en ese tipo de personas porque tienen cualidades que se sienten incapaces de alcanzar.

Son especialmente peligrosos porque se cuelan muy sutilmente, sin darse cuenta nadie. El perfil psicológico de este tipo de personas, hablamos siempre desde un punto de vista muy general con casi infinitos matices, es el de aquellos que han tenido algunas frustraciones en la vida.

Parasitan, se refugian y se aprovechan de su o sus víctimas, quienes les perciben como a personas incomprendidas por el resto y que necesitan apoyo y cariño. El manipulador emocional se siente inferior a los demás, y lo compensa con un aire de superioridad y de aparente conocimiento profundo de la vida y de las personas; al mismo tiempo, se disfraza de persona modesta y humilde. Aquellos que han caído en sus redes tratan de incorporarlo a tareas que él mismo, por su propia iniciativa, nunca estará dispuesto a solicitar al conjunto abiertamente.

El manipulador o depredador emocional nunca pierde los nervios ni se altera de una manera visible ante la gente. Suele hablar mostrando control y autodominio. Es una máscara, es la manera en la que pretende mostrarse a los demás escondiendo sus carencias.

En el círculo social en que aparecen suelen mostrar muy bien su capacidad camaleónica, adaptándose rápidamente a la idiosincrasia del grupo, deshaciéndose en elogios hacia todos para ser fácilmente aceptados, y ya en ese entorno empezar a buscar aquello que más les interesa. Se muestran al principio como personas muy abiertas, entusiastas, generosas (suelen hacer algún regalo); es su manera de seducción, a la espera de que alguien quede prendado de su simpatía y saber estar. Pasado el entusiasmo inicial, y puesto que ese comportamiento no es natural sino ficticio, llega un momento en que ya se estabilizan y se acomodan con las personas que les proporcionan aquello que ellos buscan; a esas personas procuran cuidarlas, desentendiéndose muy sutilmente del resto.

El segundo paso suele ser el de aislar a la víctima o víctimas en la medida de lo posible, generándolas una cierta dependencia necesaria para que el depredador siga ejerciendo su influencia, por pequeña que sea; nunca hemos de olvidar el terreno tan sutil en el que se mueve. Con su arte de seducción atrae y distrae a la víctima, creando pequeños hábitos de conducta que siempre repite la víctima hacia el manipulador, sin que aquella se dé cuenta, algo que este último nunca haría con la misma constancia y desinterés por nadie. Si por alguna razón la víctima se aleja, el manipulador buscará hábilmente la manera de que vuelva a su círculo restringido, y a ser posible, que repita los mismos esquemas comportamentales. No le conviene que la víctima se aleje demasiado de él o ella, porque esta situación dejaría al descubierto, desamparado, al manipulador con respecto al grupo social en el que se mueve.

Una vez ya se ha instalado, esta nueva situación afecta, de rebote, al resto, provocando un desequilibrio que desemboca en conflictos de intereses entre aquellos que, fascinados, han caído en sus redes, y aquellos otros que con mayor frialdad y distancia observan la jugada. A partir de ese momento, el comportamiento de las personas que se han dejado seducir ha cambiado pero sin darse cuenta; la cohesión natural de aquellos que comparten sentimientos y aspiraciones, que comprenden de forma natural y espontánea que todos son iguales en un grupo y que no existen categorías ni diferencias, queda perturbada al incorporarse un elemento extraño que no sintoniza con los ideales comunes, y que tan sólo busca sus intereses egocéntricos, generando una falla, una pequeña fractura que pone en juego la estabilidad y el futuro del conjunto. Es una situación tan sutil como peligrosa, poniendo a prueba la cohesión, la amistad y la nobleza de un grupo quizás forjado con mucho esfuerzo y posiblemente a lo largo de muchos años.

El perfil psicológico de estas personas, tal y como nos lo explican los especialistas, es, en lo que atañe a su infancia, el de niños que tiran la piedra y esconden la mano, es decir, nunca se ven envueltos en peleas o conflictos, aunque indirectamente puedan haber sido los causantes. Son niños que anhelan protagonismo; al no obtenerlo de la manera que ellos quieren, lo inhiben, lo frenan. De adolescentes se mueven en círculos sociales restringidos, suelen encerrarse entre muy pocos amigos o amigas, a quienes de alguna manera también manipulan. Tienen proyectos, empiezan muchas cosas pero nunca terminan nada.

Ya adulta, los demás van a ver a una persona muy controlada, muy estable y sociable. Tiene vocación de líder, le gustaría ser una especie de mentor o salvador del grupo en el que se mueven. Tienen una necesidad de sentirse admirados, reconocidos. Suelen ser tacaños con el grupo pero interesadamente generosos con sus tutelados, hacia ellos sí que suelen tener algún detalle.

Según afirman los especialistas, no suelen tener una buena conexión entre su mente y sus emociones. Tampoco son capaces de abrir su corazón y de expresar sus sentimientos verdaderos, ni tan siquiera hablar públicamente de sus aspiraciones personales ni mucho menos de sus conflictos o dudas. Suelen dar consejos de casi cualquier tema a nivel privado, pero nunca los piden. Actúan con disimulo social porque se sienten vigilados.

Otras características pueden ser: Transmitir dudas y una visión pesimista de las cosas que puede llegar a contagiar a sus víctimas. Tienen iniciativas para aquellas cosas que les interesan y que incentivan la separación del resto. Haciendo honor a este perfil psicológico, son incapaces de mostrar entusiasmo por proyectos u objetivos comunes.

En las situaciones difíciles no actúan ellos; los manipuladores jamás se exponen, dan consejos y orientaciones para que sean otros los que tengan que resolver los inconvenientes y dificultades. Si no lo consiguen solucionar, argumentan: “Ya te dije yo que…”, “ha faltado esto o aquello…”, etc.

Es muy difícil que la víctima o víctimas sean capaces, por sí mismas, de salir de ese círculo vicioso; suelen precisar ayuda psicológica para lograrlo, para lo que necesitarían reestructurar su percepción de la realidad que se ha visto alterada. Desgraciadamente, esta situación las descentra y las desorienta, provocando una pérdida de energía y de capacidad de sintonía con su entorno social, porque sus expectativas están puestas sobre el manipulador o manipuladora.

Tan solo la paciencia, el afecto de los familiares y la comprensión de sus amigos o compañeros construida en el tiempo pueden sostener una relación que se encuentra desviada por intereses nada nobles. En cualquier caso, se deben de evitar las disputas o los enfrentamientos, porque es una cuestión de percepción más o menos profunda, en la que tan solo los posibles desengaños que se puedan suscitar pueden lograr abrir unos ojos que están fascinados por una realidad artificial. No se pueden forzar cambios, salvo cuando se pudiera llegar a una situación extrema en la que pudiera estar en riesgo la estabilidad o el futuro de unos proyectos que afectan al conjunto.

Por otro lado, el manipulador o depredador emocional debe de observar firmeza y coherencia en su entorno, que el grupo no se deja arrastrar, y que su comportamiento falso y nada claro no convence a nadie. Son personas necesitadas de ayuda, pero siempre desde la unión total de los componentes de un grupo, sin fisuras, todos a una. Esa fortaleza grupal es la única forma que podría forzarles a un cambio de actitud. Han de aprender a ser una más en el conjunto, a respetar las normas de convivencia sin falsedades ni hipocresías. Bajo ninguna circunstancia se debe permitir que logren desestabilizar a un conjunto, un ideal común, una meta.

El manipulador emocional por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

LA MUERTE: LUCES Y SOMBRAS

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La muerte: Luces y sombras

La muerte sigue siendo, a día de hoy, uno de los enigmas más importantes con que se enfrentan filósofos y científicos del momento. Parece que es un tema casi irresoluble, sin fin, sin posibilidad de solución. Es la gran incertidumbre, como la cola del perro o el gato que es perseguido por el propio animal con anhelo, pero que jamás consigue alcanzar por muchas vueltas que dé.

Nuestro origen, antes de nacer, como nuestro final cuando morimos, son clave para comprender la esencia de la vida. Bien es cierto que, para mantener una vida equilibrada y aprovechar en el día a día todas nuestras potencialidades como seres humanos, tal y como nos indican la psiquiatría y la psicología modernas, es imprescindible vivir en el presente con plenitud; no ser cautivos del pasado ni sentirnos atrapados por la incertidumbre del porvenir, de aquello que nos pueda suceder en el futuro. Sobre todo para reforzar la intención de entresacar las cualidades, las potencialidades que todos poseemos, y de ese modo lograr lo que nos propongamos; aprendiendo de los errores y persistiendo hasta alcanzar el objetivo final, sin etiquetas extremas de éxito o fracaso.

Pero la cuestión que nos ocupa no resulta tan sencilla para muchas personas. No obstante, la muerte es un fenómeno natural, y como todo aquello que es natural lo deberíamos de analizar con naturalidad. Pensar que esta incógnita es irresoluble sería quizás simplificar demasiado y cerrar demasiadas puertas al entendimiento. Es quitarse de en medio una cuestión que está repleta de prejuicios religiosos y culturales, algo que incomoda y que parece estar falsamente condenado a transitar por el terreno de las creencias o de los dogmas.

Sin embargo, resulta complicado escapar de la angustia ante los fenómenos comunes a la condición humana, como por ejemplo cuando perdemos a seres queridos, o cuando se nos diagnostica una enfermedad incurable y que puede tener un desarrollo fatal, o cuando los reveses de la vida, como pueden ser accidentes, nos merman las facultades o las posibilidades físicas; o también esas mismas enfermedades que nos hacen pasar por un calvario de molestias, dolor, intervenciones quirúrgicas frecuentes, demostrándonos la enorme vulnerabilidad de nuestras vidas.

El miedo a la muerte nos puede llegar a colocar en la misma tesitura mental que cuando nos enfrentamos a un gran peligro, frente a algo que no podemos controlar y que nos llena de inseguridad, de enorme incertidumbre. Su principio se basa en el instinto de conservación, y este nunca puede ser malo. Pero en este caso nos referimos al miedo visto desde otro ángulo, ante la gran duda de no saber con lo que nos vamos a encontrar cuando todo haya terminado, cuando los lazos que nos unen al cuerpo se hayan roto definitivamente, bien de una manera brusca o después de un proceso patológico más o menos largo.

No podemos perder de vista la cultura religiosa en la que estamos inmersos, es nuestra herencia, es lo que aprendimos de pequeños y el origen de las ideas que nos han inculcado con toda la buena intención. Después, con el paso de los años, esas ideas las hemos ido consolidando o modificando en un proceso que nos ha encaminado a la aceptación sin más, o al rechazo y la incredulidad. Otros han buscado alternativas que pudieran satisfacer sus expectativas, su lógica, su manera de ver la vida, en donde todas las piezas pudieran encajar de una manera más o menos razonable. Algunos piensan que es un tema imposible de resolver, optando por una postura agnóstica, inaccesible al conocimiento humano.

A esto hay que añadir nuestro estado interior actual, la percepción que tenemos de nosotros mismos, sea positiva o negativa, y las consecuencias que consideramos se pueden derivar de nuestros actos una vez hayamos dejado el cuerpo físico, en la línea de premios y castigos. Un caso podría ser el sentimiento de culpabilidad por alguna razón, por no haber hecho las cosas bien en algún aspecto de nuestra vida; esta circunstancia nos puede condicionar la percepción del futuro y de aquello que podemos esperar para después de la muerte.

También puede existir otra postura distinta, la de aquel que todo le sonríe en la vida y tiene miedo a perder sus posesiones, su estatus; le gustaría que todo permaneciera de la misma forma durante muchísimo tiempo. En algunos casos, el tema de la muerte y sus posibilidades permanece en las antípodas de sus preocupaciones y pensamientos; no se dan cuenta de la transitoriedad de las cosas. Tanto la tristeza y el dolor como la alegría y la felicidad terrena son estados totalmente efímeros. Desde un punto de vista material, nos vamos como vinimos al mundo, sin nada.

Por otro lado, aceptar las circunstancias de la vida y sus distintas etapas, esperando la muerte con esperanza y serenidad, denota madurez y equilibrio espiritual. Al alcance de aquellos que saben que somos algo más que un cuerpo o unas circunstancias pasajeras. Conscientes de que todo aquello que poseemos se nos puede arrebatar en un momento.

Si miramos hacia atrás, a la historia del hombre, nos daremos cuenta de que, en cierto sentido, hemos acallado nuestra voz interior, aquella que en el pasado, hace ya miles de años, hacía del hombre un ser comprometido con su destino. Sabía interiormente, sin que nadie se lo explicara, el origen de la vida y su destino final. No solo no temía a la muerte y la vida después de la vida, sino que confiaba en una vuelta al mundo de las formas, es decir, los seres queridos retornarían en hijos o nietos. Algunos arqueólogos creen que esa fue la razón de que en la nueva edad de Piedra (10.000-5.000 a. de C.) se enterraran los cuerpos en posición fetal, para facilitar el renacimiento.

¡Es fascinante! ¡Cuánta sabiduría!; ahora perdida por los condicionantes religiosos y culturales sedimentados en el tiempo, desvirtuándonos de sentimientos e intuiciones que procedían de lo más profundo del ser humano.

Hoy día, sin embargo, continuamos con las mismas angustias e incertidumbres, sobre todo cuando la muerte asoma o cuando perdemos a los seres queridos. Los temores que nos han inculcado sobre un porvenir sin punto medio, con dos alternativas bien marcadas: o la felicidad absoluta o el sufrimiento perpetuo, nos marcan un escenario nada halagüeño, de enorme desazón, de sueños perdidos. “Todo ello crea entre vivos y muertos una distancia tal, que la separación parece eterna; por esa razón la generalidad prefiere tener cerca suyo, aun sufriendo, a los seres que ama, a verlos partir, aunque sea hacia el cielo”. (Allan Kardec; capítulo II, 9; El Cielo y el Infierno).

La sensación, muchas veces, de que, una vez las ilusiones y aspiraciones materiales se diluyen con el tiempo, o cuando los resultados no son como se esperaban (un vacío interior, una inseguridad, una zozobra), nos hace ver el futuro como una losa, un muro infranqueable. El fenómeno de la muerte se observa entonces como algo mucho más desalentador.

Sin embargo, cuando hacemos caso a nuestro interior nos despojamos de los prejuicios, escuchamos esa misma voz que escuchaban nuestros ancestros y entonces es cuando emerge el verdadero significado, la verdadera dimensión de la vida una. Comprendemos que con la muerte no acaba nada, simplemente abandonamos un ropaje que ya no nos sirve, y como el crepúsculo que da paso a la noche, pronto aparecerá un nuevo amanecer lleno de esperanzas e ilusiones. La muerte pasará entonces a ser vida, la auténtica vida; la paloma se despoja de su jaula y vuela libre buscando nuevos rumbos, nuevas metas.

A la muerte no la podemos encasillar como una cuestión meramente religiosa o dogmática. Su verdadero lugar se corresponde con las vías filosóficas, científicas y hasta experimentales, unos escenarios en donde podremos encontrar numerosas respuestas que puedan satisfacer a la razón y al corazón. Es un tema que debemos alejarlo del terreno de las utopías, de las vanas ilusiones inaccesibles para sustituirlas por realidades y convicciones.

No es más auténtico aquello que tocamos o podemos ver, existen otras realidades más sutiles, inmateriales o imperceptibles a nuestros sentidos físicos más primarios, como nos lo demuestra la moderna física cuántica.

La muerte es una puerta a la verdadera vida. Estamos de paso por este mundo, vivimos en una realidad aparente, transitoria. Lo imperecedero, lo verdaderamente importante se escapa a nuestros sentidos. Si tenemos el coraje de buscar respuestas con sinceridad, las encontraremos en nuestro propio interior a través de multitud de señales que nos hablan de una puerta a otra dimensión, llena de esperanzas y posibilidades.

Sirva como conclusión lo que el espiritismo nos dice al respecto: A medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el temor a la muerte decrece(…) “La seguridad de volver a encontrar a sus amigos después de morir, la certeza de poder retomar las relaciones interrumpidas, el hecho de saber que el fruto de sus esfuerzos le valdrá y que cuanto haya logrado en inteligencia y perfección no estará perdido, todo ello le otorga paciencia para saber esperar y valor para soportar las fatigas momentáneas de esta vida terrenal”. (Allan Kardec; capítulo II, 3; El Cielo y el Infierno).

La muerte: Luces y sombras por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL PODER DE LA FE

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El poder de la fe

Cuando se habla de fe se asocia a las creencias, como por ejemplo la fe en Dios, en las religiones, en los dogmas, etc.; sin embargo, es algo mucho más profundo, más esencial y básico en el ser humano.

La verdadera fe es innata en el ser y nunca es utópica; se sustenta en la certeza del porvenir; sabe en su fuero interno de lo que es capaz, y estimula al ser para que finalmente logre lo que se propone. No le ofrece nada que no sea posible y real, salvo cuando se nubla por las pasiones y cae en las redes del fanatismo y la fantasía.

Las barreras de aquello que puede alcanzar las pone uno mismo, fruto de la ignorancia y de las debilidades humanas. Es, junto a la voluntad, la más poderosa herramienta que posee el alma y que le posibilita caminar hacia su destino final, que es la perfección y la plenitud.

Viene a ser como una diminuta semilla que desconoce su destino. Sin embargo, posee en estado latente todos los recursos necesarios para llegar a ser árbol. En cuanto la naturaleza generosa le ofrece una oportunidad para desarrollarse la aprovecha; si no llegan esos bienes de inmediato en forma de agua y tierra, no se desespera, sabe aguardar el momento propicio, porque sabe que es cuestión de tiempo. Cuando finalmente se le dan las condiciones, despliega sus recursos para ir creciendo y alcanzar el estado final de plenitud, de total desarrollo, convirtiéndose en un espectacular y frondoso árbol que sirve de cobijo a las aves, de alimento y de sombra a todos aquellos seres que pasan por su alrededor. A partir de entonces, comienza a devolver a la naturaleza todo aquello que esta le ha proporcionado y le permite ser lo que es; pasa a ser un elemento importante en el inmenso bosque.

La metáfora de la semilla resume el origen y destino del espíritu en el devenir de sus múltiples existencias, en sus continuas luchas por crecer y desarrollarse, por romper el cascarón primitivo y, a su vez, dar paso a la esencia divina que alberga, y que esta despliegue sus alas majestuosas.

La auténtica fe proporciona seguridad al ser humano, porque es consciente del tesoro que guarda, que son sus cualidades y valores; como le ocurre al minero que tiene la certeza de que en el interior de una gran roca existe algo valioso que merece ser descubierto; para ello tendrá que trabajar duro y en condiciones a veces difíciles para ir poco a poco eliminando lo que le sobra al mineral; mas no le importa, porque sabe que la recompensa final merece todos los sacrificios.

En el sentido opuesto también ocurre que, cuando se consiguen las cosas con mucha facilidad, no solemos darles el valor que merecen. Por poner un ejemplo claro, hay países donde escasea el agua potable debido a las prolongadas sequías, y tienen que andar desde sus aldeas todos los días muchos kilómetros para poder recoger este elemento imprescindible de un pozo, para el uso familiar o comunitario. Al mismo tiempo, en otros países más desarrollados tan solo tienen que girar con los dedos un pequeño grifo para tener en sus domicilios toda el agua que quieran. ¿Dónde sabrán apreciar mejor el valor del agua y su necesidad vital?

Existe un término muy de moda hoy día, y es la palabra ‘resiliencia’. Etimológicamente procede del latín, de la palabra “resilio”, es decir, rebote, volver atrás. Su significado tiene relación con la capacidad humana de sobreponerse a las adversidades con entereza, sin afectación. En realidad, se trata de convertir un problema o un obstáculo en una oportunidad. Para ello se requiere un amplio campo de visión mental, no quedarse en los aspectos negativos sino en la posibilidad de revertir la situación, adaptándose. Es como plantearse la siguiente cuestión: ¿Qué puedo aprender de esta situación? ¿Cuál debe de ser mi respuesta, mi línea de trabajo? Es el verse forzado por las circunstancias a salir de la zona de confort para explorar nuevas posibilidades, lidiar con las incertidumbres, con el desconocimiento del resultado final. En última instancia, es comprobar cómo las dificultades externas son capaces de movilizar algunos recursos internos que permanecían dormidos.

Por contra, quien carece de fe no busca los medios para superar las dificultades porque considera que no es posible lograrlo. Son aquellos que desprecian o ignoran lo bueno que les ocurre en la vida; son aquellos cuyo foco de atención, sus pensamientos, están orientados a observar siempre lo negativo: “No puedo”, “no valgo”, “no merece la pena intentarlo”…, etc.

A esto hay que añadir aquellas personas que son tóxicas, porque su ignorancia les lleva a compartir con los demás su visión negativa de las cosas. Son aquellos que dicen: “Yo ya lo intenté y vi que era imposible, muy difícil”, o  también: “pronto te llevarás un fuerte desengaño”. O esos otros con cargos de responsabilidad que declaran: “Usted no tiene aptitudes para esto”; “Es mejor que se dedique a otra cosa”; “No tiene talento”, etc. Afortunadamente, algunas personas que fueron aconsejadas a variar de rumbo por sus fracasos iniciales, no hicieron caso de sus recomendaciones y continuaron por su camino hacia el éxito final. Ahí están los casos de Winston Churchill, Albert Einstein, Walt Disney, Giuseppe Verdi, Picasso,  etc. El fracaso les sirvió de lección, les hizo más fuertes, porque les supuso una experiencia valiosa, algo que para quien se mueve exclusivamente entre éxitos no posee. Es curioso cómo varían las percepciones de las cosas según los países y culturas. En Europa, por poner un ejemplo, el fracaso está mal visto; no obstante, en Estados Unidos lo consideran un valor, una herramienta positiva de crecimiento.

La fe es inmanente a la ilusión, a la esperanza de realizar algo con éxito y, por lo tanto, no se puede permitir que otros maten esa ilusión, esos deseos de mejorar, de crecer. No obstante, hay que ser analíticos y juiciosos para no caer tampoco en sueños utópicos, en cosas irreales o que nos desvíen del verdadero propósito de nuestra existencia.

La idea es muy clara, en cuanto el objetivo está establecido y creemos en él, hay que poner los cinco sentido en su consecución, sin distracciones. La persona que se sustenta en la fe sabe priorizar y aprovechar el tiempo muy bien.

Por tanto, la fe tiene mucho que ver con la actitud mental, con los valores y con la capacidad de afrontar las vicisitudes de la vida. Estar convencidos de nuestras propias posibilidades facilita la realización de cosas, algo que para los inseguros y pesimistas está fuera de su alcance, no porque no puedan, sino porque ellos mismos se excusan y se colocan sus propias barreras.

“Justifica tus limitaciones y ciertamente las tendrás” (Richard Bach)

Tenemos ejemplos muy claros de superación en personas que carecen de brazos o de piernas y desarrollan una actividad artística, como puede ser la pintura con la boca, o con los pies, dependiendo de sus circunstancias personales. En lugar de compadecerse o pensar que todo ha terminado para ellos, han encontrado una vía, una posibilidad para desarrollar nuevas habilidades con esfuerzo y disciplina.

La fe es imposible para aquel que no se ama, que siente lástima de sí mismo.

La fe nos hace comprender que, tanto lo bueno como lo malo, son elementos transitorios, son circunstancias del camino que nos deben de enriquecer y elevar a estados de mayor plenitud y conciencia.

La fe es paciente porque sabe que los resultados van a llegar, más pronto o más tarde. Está provista de seguridad y de gran energía positiva, lo que le permite descubrir potencialidades que el propio individuo desconoce.

Arrastramos del pasado remoto, de otras existencias, herencias negativas de errores y fracasos que subyacen en lo más profundo del subconsciente; lo cual, si no nos reestructuramos mentalmente, si no nos auto-educamos,  puede suponer un freno, un obstáculo para el desarrollo de la fe y sus posibilidades. También, en esta misma vida, si se recibe una educación deficiente y restrictiva puede afectar el desarrollo de ser humano, dejándole una herencia psicológica de limitaciones, complejos y barreras importantes que pueden poner muy cuesta arriba la creatividad y la ilusión por alcanzar nuevas metas.

Es a través del autoanálisis como podemos reestructurar nuestro interior con una nueva visión de las cosas; descubrir aquello que falla para ponerle remedio; dejar de justificarnos o de culpar a los demás; abandonar las posturas cómodas y simples de auto-justificación; de transferir nuestros conflictos sin enfrentarnos a ellos. Localizando las causas podemos darles remedio.

Vamos a finalizar con una frase de Saint-Exupéry, autor de El Principito: «El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va».

 

El poder de la fe por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL FUTURO Y LA NADA

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El futuro y la nada

En el capítulo primero de la obra EL CIELO Y EL INFIERNO, Allan Kardec nos hace un amplio análisis y reflexión sobre la idea que nos formamos los seres humanos respecto a el futuro y la nada; un debate que existe desde que el hombre es hombre y que perdura hasta nuestros días. Las consecuencias de algunas de las ideas materialistas que circulan al respecto, y de la falta de claridad sobre el sentido de la vida, se ven reflejadas actualmente en casi todos los ámbitos de las manifestaciones humanas.

(*) “Al no creer en nada, el hombre concentra forzosamente todos sus pensamientos en la vida presente, pues, ¿cómo preocuparse por un futuro en el que no cree?”

Como consecuencia de la descreencia generalizada y la falta de claridad respecto al futuro, donde las religiones no son capaces de aportar argumentos que satisfagan la razón, el hombre concentra sus expectativas en el aquí y ahora. Todo pasa por alcanzar unos objetivos que están más vinculados al tener que al ser, y de carácter inmediatista. El hombre de hoy se admira cuando contempla ejemplos de personas que han conseguido sus sueños, sembrando con ímpetu y energía y recogiendo los frutos de una manera casi inmediata. El anhelo de muchos es satisfacer sus ideales prácticos alcanzando en poco tiempo, por ejemplo, un estatus económico, social, académico, deportivo, etc.; para ello se apela a la fe en uno mismo y en sus posibilidades. Es la filosofía del no hay nada imposible si te lo propones. Cuando el objetivo finalmente se alcanza llega la alegría, la satisfacción, pero poco después, una vez alcanzada la meta, surge la pregunta: ¿Y ahora, qué? ¿Cuál habrá de ser el siguiente paso? ¿Cuál será el próximo objetivo?

Estamos hablando de objetivos concretos, de carácter material, que visualizamos e imaginamos, y cuyo recorrido así como el esfuerzo son estimables; no obstante, si miramos más alto, por encima de lo que vemos, podemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Dónde quedan los proyectos grandes, aquellos que forman parte de unos ideales superiores, de unas pautas de trabajo y de esfuerzo que nos ocupen toda una vida y cuyos resultados (aunque se pueda sentir una cierta satisfacción por las conquistas parciales alcanzadas), la cosecha definitiva nos aguarde después de esta vida física? ¿Dónde quedan esos esfuerzos por ser cada día mejores, por el mero hecho de ser consecuentes con unas aspiraciones de carácter espiritual asumidos íntimamente, al comprender la transitoriedad de la vida física y la certeza de un futuro mucho mejor y más feliz en el otro plano de la existencia? Esto son palabras mayores, estamos hablando de lo más profundo del ser, fruto de un proyecto de vida, delineado a través de un conocimiento espiritual razonado y adquirido libremente, que nos hace ver la realidad de una manera distinta a como la ve la mayoría de la gente, y que afecta a la forma en que decidimos conducirnos por la vida y asumir retos de gran trascendencia.

No obstante, hoy día, al carecer de unos objetivos superiores, nos quedamos en el substrato material que aspira exclusivamente al bienestar y el confort material. De esa forma, las familias, la educación, las instituciones, etc., centran sus esfuerzos en ese propósito, sin profundizar en otros aspectos de la vida. Bien es cierto que el objetivo en un principio tiene un fondo positivo y justo, pero no nos podemos quedar sólo en eso, en perseguir exclusivamente una seguridad económica y social. El bienestar no debería ser un objetivo último, sino un medio para alcanzar otras metas. El poseer estabilidad económica y laboral puede ser un medio que facilite el trabajar en otros objetivos superiores, en desarrollar capacidades personales, bien sean artísticas, intelectuales, etc.; también nos puede permitir colaborar en obras sociales, en favorecer a aquellos que son vulnerables por su situación personal. En definitiva, un desarrollo de actividades enfocadas a las solidaridad y la fraternidad, construyendo entre todos una sociedad más justa y equilibrada. Por el contrario, pretender alcanzar el bienestar para goce exclusivamente personal y egoísta no tiene justificación y no es su sentido real, su verdadero significado.

Para resumir en pocas palabras, no hemos venido al mundo de vacaciones, para vivir de rentas y del ocio continuado. Esto sería contrario a la salud psíquica y espiritual, vaciar de contenido la existencia, ahogar la llama interna que nos reclama actuaciones edificantes.

Es la falta de un horizonte claro lo que lleva a la incredulidad, y esta, a su vez, a una conclusión grave desde el punto de vista colectivo. Hoy día lo podemos observar con bastante profusión: “Gocemos a pesar de todo; cada cual para sí; la felicidad terrenal siempre será del más astuto”. Creen que la ley humana sólo alcanza a los tontos, razón por la cual utilizan su inteligencia para encontrar medios que les permitan esquivarla.

Esto lo observamos todos los días con los casos de corrupción de los poderosos que llenan los periódicos de casi todos los países. Muchos de ellos hablan de aspiraciones sociales, del bien para la comunidad, y ofrecen una imagen de valores ético-morales que no poseen; sin embargo, necesitan aparentar para que la gente confíe en ellos y les vote. Pero esto es apenas un reflejo de lo que ocurre en la sociedad. Ante los malos ejemplos, la gente piensa que no hay que ser tontos: “Si todo el mundo mira para sí, no vamos a ser ingenuos y hacer lo contrario, en perjuicio personal”.

Como nos indica el insigne codificador: La doctrina de la nada es la más dañina y antisocial de todas, porque destruye los auténticos lazos de solidaridad y fraternidad, que son la base de las relaciones sociales.

Sin duda alguna, este no es el camino; y además, transitar por esos derroteros es la forma más segura de desestructurar, desnortar y dividir a la sociedad, como ya lo estamos comprobando hoy día.

Por otra parte, se debería estimular el crecimiento de una sociedad en base a unos valores básicos y comunes, con un proyecto de vida que pudiera satisfacer todas las conciencias, todas las aspiraciones; con razonamientos prácticos y sólidos, amparados en la libertad, la fraternidad  y la igualdad, como fue proclamado por primera vez durante la revolución francesa, siendo, por cierto, el lema de algunos países en la actualidad. Unos principios que deberían inculcarse desde la más tierna infancia, empezando por la familia y continuando en la escuela. Partiendo además de la base de que somos seres complejos, con sentimientos, emociones e inteligencia; un conjunto de atributos que no son casuales y que nos deben de servir para descubrir cuáles son nuestras aptitudes, y a partir de ahí formarnos un proyecto de vida que no dependa exclusivamente de los vaivenes materiales de la existencia.

Necesitamos recuperar unos ideales nobles que puedan mirar cara a cara al futuro con optimismo y seguridad. La ciencia camina en ese sentido; hoy día existe una corriente más abierta a la espiritualidad que nos habla de una realidad de la que ya nos hablaban en la antigüedad los filósofos y sabios, y que también se puede encontrar fácilmente en los innumerables testimonios recibidos desde “el otro lado”, a través de la mediumnidad en distintas partes del mundo.

Kardec afirmaba en el siglo XIX: “Lo que le falta a la religión en este siglo positivista –que quiere comprender para luego creer-, es la confirmación de sus creencias mediante hechos científicamente verificados”. Eso es algo que está avanzando a pasos agigantados. El ser humano necesita respuestas, hechos que demuestren la otra realidad, que le aproximen a una comprensión diáfana del futuro que le espera, una vez deje el cuerpo físico (algo, por cierto, inevitable y que forma parte de la misma vida), desechando las viejas creencias basadas en dogmas, utopías o conceptos muy confusos que alejan al ser humano de esa misma realidad, sin un soporte sólido que resista cualquier análisis.

Prestigiosos investigadores y pensadores de hoy día están llegando a contundentes conclusiones, desembarazados ya de los prejuicios que existían antaño. Por citar algunos ejemplos actuales, la experiencia personal vivida por el profesor de Harvard Eben Alexander, las investigaciones del cardiólogo Pim Van Lommel o las del profesor de física Konstantin Korotkov, entre otros; sin olvidar a algunos pioneros que impulsaron la investigación hace algunas décadas, como Raymond Moody o Elisabeth Kübler-Ross. Todos ellos están aportando unos resultados, fruto de sus investigaciones, que no podemos pasar por alto.

Vivimos, por tanto, una época crucial. Permanezcamos atentos y receptivos a las distintas alternativas y posibilidades que en esta sociedad moderna podemos encontrar. Sobre todo, siendo conscientes de las herramientas poderosísimas con las que cuenta el ser humano: por un lado la razón para comprender, y por otro, la voluntad para superar todas las dificultades. Todas ellas nos deben llevar hacia la consecución de unos ideales superiores que den un sentido auténtico a nuestras vidas.

 

El futuro y la nada por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

(*) Lo destacado en negrita y cursiva está extraído del capítulo I de la obra “EL CIELO Y EL INFIERNO o la justicia divina” de Allan Kardec.

EL HOGAR Y LA FAMILIA

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El hogar y la familia

A veces no somos conscientes de la importancia que supone el hogar y la familia en nuestras vidas. Probablemente porque nacemos en ella y no la valoramos hasta que cambian las circunstancias, bien porque los hijos se independizan y crean sus propias relaciones, o porque las personas desaparecen de la esfera física con el paso inevitable de los años.

En un sentido estrictamente espiritual, podemos darnos cuenta de que la primera piedra de toque, el primer molde-escuela al que nos vemos sometidos durante la infancia, pasa por las personas más queridas y cercanas, poniendo de manifiesto en torno al hogar nuestra personalidad en desarrollo, o dicho de otro modo, las virtudes y defectos.

Cuando los pilares que sostienen el hogar y la familia son el respeto, la solidaridad, la comprensión y el cariño, se genera un ambiente común de progreso, propiciando el desarrollo interno de cada componente familiar. Seguramente, una de sus tareas primordiales sea favorecer el enriquecimiento espiritual de todos con una sana convivencia, empezando en primer lugar por los padres, educando a través de su ejemplo a los hijos; tarea nada fácil, ya que estos últimos algún día se tendrán que enfrentar a las pruebas que les depare el destino, así como el compromiso que tendrán que afrontar al formar su propio hogar.

No obstante, debido al materialismo que envuelve a nuestra sociedad, se puede observar con facilidad el establecimiento de relaciones de pareja cuya base no es el amor auténtico, sino que se sustentan en satisfacer exclusivamente los gustos personales, es decir, vivir para el sensualismo, el disfrute exclusivo de los estímulos materiales o priorizando el éxito profesional y económico por encima de las relaciones humanas de afecto y cariño. Las consecuencias de este tipo de relaciones interesadas no tardarán en llegar: vacío interior, soledad, depresión, hastío. Si además predominan en dicha relación los egos, la falta de respeto inicial, dejándose llevar por el orgullo y el egoísmo, el hogar se puede convertir en un tormento y fuente permanente de desequilibrio.

Finalmente, si las parejas optan por la ruptura y además existen hijos de por medio, corren el riesgo estos últimos de convertirse en las primeras víctimas inocentes. También los procesos legales de separación de bienes y custodia de los propios hijos pueden ser fuente de sufrimientos y disgustos, no sólo para los padres sino también para los abuelos y familiares allegados. Desgraciadamente se transforma, lo que era en principio un proyecto de amor en común, en un campo de batalla y de sufrimiento.

Sin duda, no es una tarea fácil. Para acercarnos lo máximo posible a ese ideal de equilibrio familiar resulta necesario un esfuerzo constante, renunciar a muchos de los gustos personales y unas grandes dosis de comprensión y tolerancia hacia las torpezas ajenas, del mismo modo que ellos tienen que soportar las nuestras.

Ciertamente, si lo logramos habremos encontrado la fuerza y el estímulo necesarios para afrontar todas las vicisitudes de esta existencia; además, se habrán alcanzado las claves para un progreso en común más rápido y feliz. Habrá vencido el amor en sus variadas formas de manifestación.

Para muchos, por desgracia, el matrimonio (con todo lo que conlleva) ya no es sinónimo de responsabilidad ni de un compromiso a asumir; simplemente se busca el mero disfrute mutuo de una manera superficial y sin mayor relevancia. Cuando dicha relación se agota o pierde estímulos, tendemos a buscar alternativas en busca de nuevas experiencias y sensaciones. Pensamos que el error, si es que lo ha habido, está en la otra parte, en la pareja. Con ello, tenemos la excusa perfecta para continuar buscando la pareja ideal, sin pensar en que, quizás, somos nosotros parte del problema, el obstáculo para concretar una relación sana y estable.

Esa es probablemente una de las principales causas por las que la tasa de separaciones y divorcios haya crecido exponencialmente en nuestra sociedad en las últimas décadas. Relaciones que se establecen de una manera más o menos formal y se rompen a los pocos meses o a los pocos años.

Otro de los motivos de las rupturas de pareja puede venir también cuando llega el momento de plantearse la conveniencia de tener o no tener hijos. Muchos lo observan como una traba para satisfacer sus anhelos más inmediatos, o como algo secundario que debe de llegar cuando se haya disfrutado suficientemente de la vida, o también una vez alcanzados los objetivos materiales que se consideran prioritarios. Por desgracia, muchas parejas llegan tarde cuando consideran que ha llegado el momento de ampliar la familia, bien porque cuando lo buscan no llega, incluso con la ayuda de los recursos que nos aporta la medicina moderna que facilitan la natalidad, o simplemente por haber alcanzado una edad difícil o inadecuada para ello, generando todas estas circunstancias una cierta impotencia, vacío interior y malestar. Resulta, por tanto, necesario considerar bien esta cuestión, no es un tema menor. En la mayoría de los casos, el construir un hogar, así como traer hijos al mundo, forma parte de los compromisos que se traen del pasado, y cada quien debe de examinar su conciencia, su interior, para reconocer el momento en el que se encuentran, y a través del diálogo sincero tomar las decisiones que sean mejores para todos.

Al mismo tiempo, observamos también casos en que, cuando se presentan los hijos por propia voluntad o por accidente, la carga se hace muy incómoda y hasta insoportable para algunas parejas, sobre todo por la acumulación natural de responsabilidades y porque las dificultades aumentan. Si no existe una buena base de amor y cariño común, de ese amor dispuesto al sacrificio y la renuncia, entonces es cuando surgen los conflictos y las rupturas.

Todas estas trabas que el propio ser humano se genera pueden llevarle a desaprovechar una oportunidad de progreso muy grande.

En general, la familia debe funcionar como un buen engranaje forjado con esfuerzo y constancia. El hilo conductor que la une y cohesiona es el respeto y la tolerancia, consecuencia directa del amor en sus diversas formas de manifestación. El hogar es un laboratorio perfecto del que, si salimos victoriosos, redundará no sólo en beneficio propio sino también en beneficio de la sociedad. Es en ese entorno afectivo donde nos manifestamos como somos, sin máscaras. Tarde o temprano salen a relucir todas nuestras deficiencias y debilidades, sobre todo cuando surgen las dificultades, los inconvenientes que nos ponen a prueba.

Hay que tener en cuenta, en lo concerniente a este aspecto de la vida, que todo aquello que realmente merece la pena, que significa un motivo de satisfacción y de alegría, aquello que podemos considerar como una verdadera felicidad interior, requiere de un trabajo, de una disciplina, de un tiempo de dedicación, de esfuerzo. Lo fácil, cómodo e inmediato no puede traer nada duradero y que merezca la pena. Es algo parecido a las sensaciones de los ludópatas, la búsqueda de pequeñas dosis de éxito económico que desaparecen rápidamente en cuanto se consume el beneficio acumulado.

La base del progreso social nace y se construye a partir de las relaciones humanas en el hogar. La familia es el termómetro que mide la temperatura y los niveles de salud de una sociedad, por eso es tan importante. Es desde ahí de donde parte la estabilidad emocional, la alegría de vivir, el entusiasmo, la ilusión. Es también ahí donde damos los primeros pasos, vamos forjando la personalidad y aprendemos de lo que vemos y experimentamos.

La compresión espiritual sobre el motivo por el que venimos al mundo y la necesidad de relacionarnos para construir un futuro en paz y solidaridad nos puede facilitar el camino; algo de lo que, por desgracia, se ignora y se desestima en un amplio espectro de nuestra sociedad. El materialismo, el afán individualista y el éxito rápido a cualquier precio priman por encima de otras cuestiones trascendentes.

Somos espíritus con unas necesidades espirituales, ese es el motivo principal de que estemos aquí. Nacemos y vivimos en un entorno que no es casual. Los lazos familiares se configuran espiritualmente antes de encarnar, bien por simpatías del pasado o por deudas que a su vez nos imponen unos compromisos para reparar o restablecer el equilibrio, la armonía. Unas relaciones nos fortalecen, otras nos liberan de cargas del pasado; no obstante, todas están destinadas a ser una fuente de progreso y de crecimiento espiritual sin par.

 

El hogar y la familia por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

CREENCIAS Y MÁS ALLÁ

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Creencias y más allá

Estimados lectores, iniciamos una nueva sección bajo el título: CONSIDERACIONES SOBRE EL MÁS ALLÁ, que esperamos sea de su interés. Con la intención de seguir profundizando en la temática espiritual, abrimos un nuevo apartado para analizar ciertos temas relacionados con el Más Allá y la vida futura, cuestiones de permanente actualidad y debate.

La fuente principal desde donde nos vamos a inspirar para construir unos argumentos y desarrollar unos temas mes tras mes procederán de la obra “EL CIELO Y EL INFIERNO o la justicia divina según el espiritismo”, de Allan Kardec.

Cuestiones como la muerte y la angustiosa incertidumbre que existe en torno a ella, el cielo, el infierno, los ángeles, los demonios, las penas eternas, etc., van a ser abordadas en esta sección.

Por lo general, las religiones dominantes y su falta de flexibilidad han provocado, a lo largo de la historia, una ruptura entre lo que debería ser una fe razonada, que pudiera mirar frente a frente a la razón, y lo que es la fe ciega o dogmática. También una ruptura entre lo que son simples creencias y lo que pueden llegar a ser convicciones avaladas por unos hechos, por una ciencia libre y no sometida a las obras consideradas sagradas, defendidas como verdades absolutas emanadas directamente por Dios.

“La inmersión de la humanidad en las tinieblas medievales llevó a la naturaleza humana a un retroceso histórico”, nos dice Herculano Pires. Unas tinieblas, como afirma el insigne espírita brasileño, de las que todavía no hemos salido del todo, pese a los siglos transcurridos y a los esfuerzos de almas abnegadas y sabias que, periódicamente y en todas las épocas, han encarnado en nuestro mundo para impulsar reformas y avances significativos que retomen la senda del progreso, la ciencia y el bien. En pocas palabras, recuperar la esencia del mensaje del Maestro Jesús sin manipulaciones ni interpretaciones interesadas.

El hombre de hoy exige respuestas, no se conforma con los argumentos tradicionales que pueden todavía satisfacer a algunos; sin embargo, ya no son suficientes para aquellos que acostumbran a razonar, que necesitan entender para creer. Rechazan una fe ciega en algo indeterminado, ambiguo, difuso, lejano. No puede ser que la realidad material y la espiritual estén tan lejanas la una de la otra, que no tengan puntos de conexión claros. No se entiende que un Dios misericordioso someta y exija creer en Él sin facilitar unas respuestas básicas que permitan comprender algo de su justicia, bondad, y que somos todos iguales para Él, como verdaderos hijos.

No se entiende un Dios caprichoso que toma partido por un bando religioso concreto; no se entiende que permita sufrir a unos y beneficiar a otros aparentemente sin merecerlo, simplemente por el mero hecho de ser hijo o hija de una familia rica o poderosa. Otros, condenados a la miseria, al hambre, a las penalidades sin opción de salir…, solo porque Dios lo quiere así.

“Son los designios inescrutables de Dios”. ¡Vaya barbaridad! Es como si nos dijeran: No preguntes, sométete y calla. La inquietud que te promueve la inteligencia, la misma que tiene hambre de comprender, debes de acallarla con sometimiento y obediencia. Esa misma inteligencia que Dios nos ha dado y que nos ha permitido los avances en la ciencia; que nos brinda la posibilidad de avanzar hacia progreso, el bienestar, superando enfermedades; que ha derribado barreras; que nos permite viajar rápidamente por el mundo y acceder a la información, al conocimiento, de manera fácil, haciéndonos la vida más cómoda y feliz. Empero, para las cuestiones religiosas no sirve, hay que acallarla, hay que silenciarla y someterla.

¿Cuál es el resultado de dicho panorama? Por un lado, una corriente significativa de personas que son fieles a las tradiciones, no exenta de buena voluntad; un sector de la sociedad acomodado a los preceptos religiosos instaurados desde hace siglos. Muchas veces son personas conformistas, que prefieren que se lo den todo hecho y estructurado, para ahorrarles la necesidad de pensar y construir por sí mismos; con poco o ningún interés por explorar nuevos conceptos, nuevas ideas que enriquezcan sus conocimientos espirituales o religiosos…

Por otro lado, existe otro sector de la sociedad más numeroso con un escepticismo mayúsculo, un rechazo casi instintivo a los corsés dogmáticos y caducos que tratan de maniatarlo y que no le permiten margen de maniobra, la posibilidad de descubrir, profundizar o elegir por sí mismo. Estas personas, ante tanta dificultad, y puesto que todavía no han encontrado alternativas a las respuestas que les ofrecen dichas religiones, prefieren desistir, dedicarse a otras cosas más razonables que les puedan dar un margen de libertad.

Al mismo tiempo nos encontramos, afortunadamente, con otras alternativas; son aquellas ideas que han sobrevivido en pequeñísimos círculos a la censura durante siglos; algunas escuelas, en otra época esotéricas, que promulgaban ideas revolucionarias como la reencarnación, la comunicabilidad de los espíritus; con una visión del Maestro Jesús como profeta y hombre, jamás Dios; o la transformación moral como la única vía de salvación y no a través de fórmulas exteriores. Y así un largo etcétera.

El conocimiento es luz, aleja los fantasmas del miedo, de la culpa. Hemos de desconfiar de aquellas creencias con argumentos débiles que no nos resuelven los problemas básicos del ser humano, de una importancia vital para conducirnos con claridad y firmeza por los intricados vericuetos de la vida. Preguntas trascendentes como: ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy? requieren de toda la atención y análisis riguroso.

Hemos de desterrar las dudas con el trabajo y el esfuerzo por buscar alternativas, respuestas que satisfagan todas las preguntas, no acomodarnos a lo que nos puede transmitir el entorno social o incluso familiar, sino que, delante de nuestra conciencia, honestamente, dichas respuestas han de cubrir todas las expectativas, sin dejar ningún cabo suelto, alguna duda que pudiera hacer tambalear la estructura argumental que hayamos podido construir. Si además, no solo la filosofía, sino también la ciencia, avalan nuestras convicciones, nos situaremos en un marco de seguridad que nos permitirá avanzar rumbo a un trabajo edificante, de crecimiento y progreso inigualables.

Sin embargo, tampoco podemos caer en el error de considerarnos inexpugnables, pensar que a través de la inteligencia podemos resolverlo todo, comprenderlo todo. La inteligencia es una herramienta poderosísima, fundamental, pero por sí sola no es suficiente para descifrar todos los enigmas, todos los misterios. Además del conocimiento se requiere la vivencia, la experiencia y el autoanálisis para crecer en todos los aspectos. Dicho de otro modo, un conocimiento sin obras es un conocimiento muerto, sin alma.

Es muy importante saber hacia dónde vamos, para que el trabajo aquí y ahora se pueda centrar en unos objetivos concretos. La muerte no puede ser un tema ambiguo, misterioso, cuando desde hace siglos, especialmente desde el siglo XIX a esta parte, el mundo espiritual nos está diciendo a gritos: aquí estamos, la vida sigue, lo nuestro es una realidad concreta y diáfana, no es algo amorfo, difuso… Estamos hablando de algo muy real. Precisamente con el nacimiento del Espiritismo se plantó una semilla que no ha dejado de crecer; marcó un antes y un después. Con la proliferación de las manifestaciones mediúmnicas, y sus mensajes llenos de consuelos y de esperanzas, se rompían ciertas barreras y al mismo tiempo se establecían puentes entre los dos planos; unos puentes que se irán ensanchando en la medida en que el hombre progrese. Ya no hay vuelta atrás.

Sin menospreciar a las religiones y el trabajo innegablemente positivo que han realizado en favor de la humanidad, bien es cierto que no han sabido o no han querido afrontar la realidad que demanda el progreso natural del hombre. El mundo avanza gracias al esfuerzo, al trabajo y al desarrollo del pensamiento humano. Si las religiones tradicionales no se sienten por aludidas, es su problema. En una mayoría de países del mundo hay libertad de culto y de creencias. El hombre posee la libertad para elegir y si, como hemos comentado anteriormente, ya no le satisface una cosa, buscará otra más acorde con sus expectativas y sus aspiraciones.

En los próximos artículos seguiremos profundizando en todo ello.

 

Creencias y más allá por:  José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL ESPÍRITU PROTECTOR

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El espíritu protector

Sabemos, tal y como nos explica la Codificación Espirita, que existe un Dios Padre como la causa primera de todas las cosas, la Inteligencia Suprema, siendo el Creador del Universo y de todos los seres, en especial de los seres inteligentes que lo pueblan.

Todos los espíritus, tanto encarnados como desencarnados, están sometidos a unas leyes de perfeccionamiento, de tal forma que, en la medida en que progresan, se elevan, crecen en virtudes, facultades, sabiduría; desarrollan potencialidades que les permiten asumir, en el concierto universal, trabajos cada vez de mayor responsabilidad. En base a los esfuerzos y a los méritos de cada uno, quedan establecidas unas jerarquías espirituales que regulan las misiones a cumplir. De ese modo, el superior ayuda al inferior, poniendo en práctica la caridad y la solidaridad que nace de la ley del amor, en la incesante búsqueda de la perfección.

Podríamos establecer una escala que suele ser común para la mayoría de religiones; pueden variar las denominaciones de unas creencias a otras, empezando en la cúspide por el mismísimo Dios, continuando por los espíritus perfectos, querubines, serafines, arcángeles, los ángeles, espíritus buenos, etc., recorriendo todo el escalafón hasta llegar a los espíritus más inferiores.

En esta ocasión nos vamos a centrar en una figura muy concreta, la del protector o ángel de la guarda.

Puesto que somos muy inferiores todavía y estamos dominados, en mayor o menor medida, por las imperfecciones morales, por unas debilidades que nos enturbian y confunden, el Padre nos manda como auxilio, un Guía Espiritual para que nos oriente y conduzca siempre por el buen camino.

Es el gran olvidado, a quien  prestamos poca atención o simplemente ignoramos. A la inmensa mayoría de personas, al no tener unas referencias claras sobre él y su misión, se nos queda en un difuso segundo plano. Por ejemplo, a la hora de pedir ayuda espiritual, muchas veces nos encomendamos a los espíritus superiores, o incluso a aquellos que nos generan seguridad o confianza, olvidando la cercanía y el amor que ese espíritu protector pone en todas sus acciones, velando especialmente por nosotros desde el momento en que nacemos hasta la desencarnación física, incluso siguiéndonos durante varias existencias físicas. Siempre se presta a ayudarnos, aunque no nos acordemos de Él.

En la pregunta 491 del Libro de los Espíritus encontramos una definición bastante precisa de cuál es su tarea: “La de un padre para con sus hijos: conducir a su protegido por la buena senda, ayudarle con sus consejos, consolarlo en sus aflicciones, sostener su valor en las pruebas de la vida”.

Efectivamente, son aquellos espíritus de orden elevado que nos acompañan en nuestras luchas y derroteros por la vida física. Ellos ya han pasado por las situaciones que estamos atravesando en la actualidad y su misión consiste, primero, en recordarnos el compromiso adquirido antes de encarnar, y en segundo lugar, en velar para facilitarnos la labor encomendada en la Tierra. Es feliz cuando comprueba que sus consejos son atendidos y puestos en práctica, transitando por el camino del bien. No obstante, se sienten tristes cuando observan que su protegido se desvía y no actúa correctamente.

Nadie nos conoce mejor que Él.

Nunca debemos confundir al espíritu protector o ángel de la guarda con lo que se denominan espíritus familiares. El primero cumple una misión, como hemos dicho anteriormente, desde el nacimiento; los otros pueden ser agregados posteriormente al desencarnar: un padre, un abuelo, una madre, una hermana, etc.; seres simpáticos que han formado parte de nuestra familia carnal, en esta o en otras existencias, y colaboran en la medida de sus capacidades.

La labor del Guía Espiritual no es fácil, sobre todo cuando su protegido se encuentra dominado por el orgullo y el egoísmo, o por los vicios y pasiones mundanas. Como no puede interferir en el libre albedrío para cederle todo el mérito de sus propias resoluciones, aguarda pacientemente hasta encontrar la oportunidad y la fórmula para dar una llamada de atención cuando los caminos son equivocados, inspirando la necesidad de realizar un giro positivo de conducta. Aprovechan con frecuencia las horas de sueño, cuando estamos desprendidos temporalmente de la envoltura física, para hablarnos de las responsabilidades que tenemos contraídas y el modo de cumplir mejor con nuestro compromiso, sin desviaciones ni errores graves.

También es verdad que su colaboración queda supeditada a nuestro interés y afán por superarnos, pues si nosotros no somos receptivos a su apoyo y ayuda, difícilmente pueden influirnos con eficacia. Por ello, la oración humilde juega un rol determinante para entablar una comunicación más directa y fluida con Él; de ese modo, elevamos el nivel vibratorio para facilitarles su trabajo y recibir sus sabias orientaciones.

Por otro lado, cuando observan que sus consejos son reiteradamente rechazados y tomamos un mal camino, se alejan hasta que el protegido, fruto de sus amargas experiencias y reveses, comprende que no va bien, y entonces se sensibiliza y se vuelve más receptivo a escuchar “esa voz interna” que le invita al cambio, a la reflexión, a la cordura y sensatez. Es su guía que está de vuelta, puesto que nunca se aleja del todo. Siempre está ahí, presto a ayudar, a consolar, a sostener en las luchas diarias.

“Pensad que tenéis junto a vosotros a seres que os son superiores y que están permanentemente ahí para aconsejaros y sosteneros, para ayudaros a ascender la áspera montaña del bien; que son amigos más seguros y abnegados que las amistades más íntimas susceptibles de ser contraídas en la Tierra, ¿no es acaso una idea muy confortadora?… Sea donde fuere, él estará con vosotros: prisiones, hospitales, antros del vicio, soledad…” (San Luis, San Agustín; Libro de los Espíritus, ítem 495.)

En ocasiones se trata de espíritus que tuvieron lazos de afecto con sus protegidos en otras existencias y su nivel evolutivo actual les permite asumir la responsabilidad de guías o protectores.

Otro aspecto a tener en cuenta es que la misión de los guías espirituales o ángeles de la guarda no siempre se circunscribe a un solo espíritu. Hay otros que cumplen funciones colectivas, como puede ser asistir o dirigir a grupos con una orientación diversa, sea de tipo intelectual o moral y espiritual. Tampoco podemos pasar por alto la asistencia a colectivos grandes, como pueden ser pueblos, ciudades e incluso naciones. Son espíritus de un orden muy elevado, junto a muchos otros espíritus auxiliares que cumplen una función conductora muy importante, puesto que “esos conglomerados constituyen individualidades colectivas que marchan movidas por un objetivo común y que necesitan de una dirección superior”. (Libro de los Espíritus, ítem 519).

Nos puede resultar de gran ayuda y consuelo el saber que, desde nuestro nacimiento hasta el momento de la desencarnación, hay alguien que no se separa de nosotros. Nos respeta, nos ama, y trata de evitarnos errores generadores de dolor y estancamiento espiritual. Además, nos alienta y anima a seguir por el camino del bien. Realiza, en definitiva, la misma tarea que nosotros algún día, cuando hallamos alcanzado un determinado nivel, podremos desempeñar sobre otros que, a su vez, estarán necesitados de ayuda.

Queremos hacer mención de otra figura espiritual, la del espíritu protector, cuya función se circunscribe al desarrollo y trabajo conjunto con una mediumnidad. Sobre este particular hemos hablado ampliamente en otras secciones de esta página web relacionadas con el tema de las facultades. Son espíritus a los que su compromiso se ciñe única y exclusivamente a ayudar a la persona que viene a realizar un trabajo como médium. Son distintos a los espíritus guías o ángeles de la guarda. Su labor no se inicia desde el nacimiento, como ocurre con los otros guías.

En cualquier caso, la andadura por este mundo nunca es solitaria; siempre hay un amigo que vela por nosotros, aunque no lo veamos con los ojos materiales. Su presencia y testimonio llevan el sello de Aquel a quien todo se lo debemos, que es Dios Padre.

Llegará el día en que ya no será necesaria esa asistencia espiritual, cuando seamos capaces de conducirnos por nosotros mismos sin riesgo a desviaciones. Será en aquel momento en que hayamos desarrollado unas capacidades y, sobre todo, unas cualidades que serán una garantía total de éxito en nuestras empresas, en aquellos retos que nos propongamos alcanzar. Ese momento está todavía muy lejano. Mientras tanto, aprovechemos ese regalo de amor que nos envuelve en todos los momentos de nuestra existencia. No existe mayor satisfacción y alegría que el tomar conciencia de ello, que siempre está a nuestro lado.

El espíritu protector por:  José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

SERES VENIDOS DE OTRAS ESFERAS

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Seres venidos de otras esferas

Seres venidos de otras esferas (Parte final)

También fue anunciado en el Nuevo Testamento: “En los postreros tiempos veréis señales en los cielos”. Como ya hemos hecho referencia anteriormente, muchas de esas señales, que no tienen una explicación física conocida y que se observan desde hace muchas décadas en el cielo, son ignoradas o despreciadas por las autoridades de la mayoría de países. Esto obedece, en múltiples ocasiones, a los defectos y las pasiones humanas de no admitir aquello que no pueden controlar y que les haría descender de su pedestal de dominio; el orgullo se subleva ante la idea de que pueda existir algo por encima de ellos.

La actual situación de crisis globalizada supone una seria amenaza para el equilibrio universal que es imprescindible para la vida en los distintos planetas, puesto que, como hemos mencionado al principio, todo está conectado e interactúa formando una unidad cósmica. De lo Alto no podrían permitir una degradación o destrucción irreparable, y para su control y preservación hacen falta “hermanos encarnados” pertenecientes a mundos más avanzados, moral, espiritual y científicamente, para evitar un desastre irrecuperable que pudiera afectar a la estabilidad de todo nuestro sistema solar.

Esta circunstancia demuestra también que poseemos libre albedrío, pero que éste tiene sus limitaciones. El ser humano no está abandonado a su suerte, ni tampoco a merced de ciertos incautos que abusan de su privilegiada posición de poder y que desprecian la oportunidad que se les ha confiado para preservar el medio ambiente y también para transformar y mejorar la sociedad.

Por otra parte, no podemos ignorar que el planeta Tierra se formó, según las últimas estimaciones, hace 4.470 millones de años. Los primeros seres vivos (células muy rudimentarias) aparecieron sobre el planeta hace 3.500 millones de años; y el hombre, según las estimaciones, entre 40.000 y 50.000 años. Un trabajo evolutivo gigantesco e ímprobo, realizado con toda la minuciosidad y el amor imaginable por el Creador, siendo parte de un universo regido por leyes cósmicas perfectas; y a pesar de estos tiempos tan convulsos, esta obra maravillosa no puede ser arrojada por la borda.

Por tanto, lo que podríamos denominar como “solidaridad extraterrestre” supone un caudal de esperanza y consuelo que viene a reforzar los argumentos ya existentes que nos permiten avanzar confiadamente hacia un futuro mejor; sobre todo al saber que contamos con la atenta mirada, el esfuerzo y el trabajo de hermanos venidos de otros mundos bajo la dirección del Maestro Jesús, para desarrollar una labor que culminará en el momento en que se complete el proceso de cambio de ciclo.

Quizás ahora pueda parecer utópico, pero el Espiritismo, ayudado por los avances científicos y la evolución del pensamiento humano, cumple con la misión de derribar los muros de los prejuicios, de lo que parecen utopías, hasta que con el paso del tiempo y de los acontecimientos se conviertan en verdades irrefutables. Ciertamente es cuestión de tiempo, pero también de la implicación de todos los espiritistas audaces.

Al mismo tiempo, nos indican ciertas informaciones espirituales de la encarnación en nuestro mundo, desde hace décadas, de espíritus venidos de mundos superiores, que renuncian a su felicidad ganada con el propio esfuerzo para colaborar en un mundo tan convulso como el nuestro y ayudar en su proceso de regeneración (1). Vienen a colaborar para sentar las bases de una nueva humanidad, con la ayuda de otros espíritus que ya alcanzaron la preparación adecuada en otras existencias y en este mismo mundo. También junto a otros que ya realizaron sus aportaciones en el pasado, espíritus comprometidos con la ciencia, el arte y la cultura, que encarnaron en el pasado para favorecer el avance a esta humanidad. Ahora vienen a revitalizar e impulsar nuevamente el progreso en todos los campos del conocimiento humano.

Son transmigraciones masivas de almas con una finalidad concreta; como ya ocurrió en este mundo en otra época, hace ahora miles de años, cuando encarnaron temporalmente espíritus venidos de otros planetas, avanzados intelectualmente, pero necesitados de un reajuste moral y espiritual; aportando sus experiencias y conocimientos a los espíritus vinculados desde un principio a este mundo, pero que comenzaban una nueva etapa evolutiva, una vez superada la primera fase primitiva. Como podemos comprobar, todo se enlaza sabiamente y como se suele decir popularmente “Dios no da puntada sin hilo”.

En conclusión: El tema “Pluralidad de mundos habitados y los seres venidos de otras esferas” requiere toda nuestra atención y análisis. No es un tema baladí, no podemos permitirnos el lujo de que los acontecimientos actuales, así como los futuros, nos puedan desbordar.

Recuperemos un párrafo de la ponencia titulada Los espiritas ante el fenómeno OVNI” (2), expuesta en el Congreso Nacional Espirita del año 1981, en Madrid; un congreso que reunió a importantes figuras del movimiento espírita internacional y que fue el primero tras un largo periodo de dictadura que impedía el libre desenvolvimiento de la doctrina espirita en España:

Una última pregunta podemos formularnos: ¿por qué es importante saber lo más posible sobre el fenómeno ovni? ¿no es acaso una mera curiosidad que en nada nos afecta a nosotros o a la marcha de la sociedad? A esto debemos responder planteándonos la siguiente pregunta ¿era importante para el hombre del siglo XIX saber lo que se escondía tras esos curiosos fenómenos de las manifestaciones mediúmnicas? Hoy responderíamos que sí, pues tras unos hechos intrascendentes en apariencia, se hallaba la respuesta tan ansiada por la humanidad del porqué de la vida humana.”

Vamos a finalizar esta sección con un pensamiento del insigne escritor francés Víctor Hugo “No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.”

 

Seres venidos de otras esferas por:   José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

  • Léanse las obra psicografiadas por Divaldo Pereira Franco, formando una trilogía: “TRANSICIÓN PLANETARIA”, ”AMANECER DE UNA NUEVA ERA” y “PERTURBACIONES ESPIRITUALES”.
  • Consultar la obra “CONGRESO NACIONAL DE ESPIRITISMO 1981”. Ponencia titulada: Los espiritas ante el fenómeno OVNI; páginas 138 a 141.

¿SOMOS REALMENTE LIBRES?

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¿Somos realmente libres?

¿Somos realmente libres? Esta es una cuestión muy interesante, puesto que nos referimos a un principio básico del ser humano como es la libertad. Sin embargo, de entrada, resulta complicado dar un perfil que pueda satisfacer a todas las personas de diferentes culturas y credos. Lo bien cierto es que dicha palabra ha sido utilizada muy a menudo a lo largo de la historia como emblema o pretexto en revoluciones políticas, religiosas y sociales.

Las interpretaciones al respecto varían dependiendo de las circunstancias de cada uno, según su posición o intereses particulares. Hay quien llama libertad a hacer con su cuerpo lo que quiera (ahí tenemos los debates sobre el aborto, la eutanasia o la donación de órganos, entre otros). O también la visión muy particular de libertad que sostienen algunos mandatarios  políticos, así como aquella minoría que ostentan casi todo el poder económico mundial, quienes consideran imprescindible, en base a su ambición, vanidad y orgullo, privar o restringírsela a los otros. Los primeros porque mayor libertad y democracia amenazaría su perpetuidad en el poder, y los últimos, porque mejorar las condiciones a los trabajadores irían en detrimento de sus intereses económicos.

También hay quien llama libertad a la capacidad de hacer lo que a uno le place en cualquier momento, sin tener en cuenta a los demás. Esto, más bien, sería libertinaje, concepto asociado al descontrol, falta de respeto al semejante y a la indisciplina.

Esto último, por desgracia, es bastante frecuente hoy día, sobre todo a lo que respecta a la educación de los hijos. Es fácil observar en lugares públicos esos cuadros lamentables de desorden, es decir, molestias e impertinencias que provocan algunos niños a las personas que tienen a su alrededor, ante la pasividad de unos padres despreocupados, que obligan a los demás a tener que soportarlos estoicamente; sin estar pendientes de ellos para inculcarles una educación, una enseñanza sobre el respeto a los demás, para que sepan convivir con los adultos, pues esa es su responsabilidad. Muchas veces permitiendo esos mismos padres que los niños generen un exceso de ruido, o también invadiendo el espacio que necesitan las otras personas, sin intervenir para nada, o muy débilmente. Teniendo siempre a mano una justificación, una excusa para tapar esas deficiencias, afirmando: “Son cosas de niños”. Piensan erróneamente que la vida y el tiempo corregirán de manera automática y natural esos comportamientos, a veces, embrutecidos. ¡Craso error!

Al mismo tiempo, esos padres que menosprecian la educación en valores son los que les proporcionan todos los caprichos a sus hijos, incentivándoles el afán de poseer sin medida, exclusivamente por el dudoso mérito de haber obtenido buenas notas en el colegio.

No cabe duda que la sociedad materialista de hoy día se ha despreocupado del auténtico significado de la palabra libertad. Sin embargo, podemos encontrar algunas claves que nos ayuden a entender, como son las que nos proporciona la doctrina espírita.

En la pregunta 826 del Libro de los Espíritus, estos afirman lo siguiente: “Tan pronto como haya dos hombres juntos, tendrán derechos ajenos que respetar y, por tanto, ya no gozarán de libertad absoluta”. De esa manera, el convivir obliga al autocontrol y a respetar el espacio del otro.

La Real Academia de la Lengua, al definirla, nos aporta otros matices como: Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Es una definición muy interesante porque asocia libertad a responsabilidad, lo que supone que el hacer o no hacer tiene sus consecuencias.

Se trata de un bien innato, forma parte de la naturaleza del ser. Es un derecho que en el transcurso de la evolución hemos de aprender a encauzar y usar con sabiduría; teniendo claro no sólo los derechos que poseemos, sino también las obligaciones para con el prójimo, para una correcta convivencia y armonía con nuestro entorno; así lo afirma la pregunta 827 del Libro de los Espíritus: “La naturaleza nos otorga el derecho de ser dueños de nosotros mismos”.

En el Evangelio también encontramos referencias muy importantes sobre la libertad, como son las siguientes palabras del Maestro: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». (Juan 8, 31-32)

Este comentario del insigne rabí es muy significativo, puesto que nos habla de “mantenerse en su palabra”. Se refiere a la constancia y al sacrificio. Es el precio de un ideal superior y de mantenerlo a toda costa, pese a las dificultades del camino, los sinsabores, las zancadillas, incomprensiones y los propios defectos que ensombrecen el camino que tenemos trazado, para proseguir con esfuerzo y tesón, y de ese modo, alcanzar los objetivos.

¿Cuál es el resultado de esa lucha por mantenerse fiel a esos ideales o Palabra? El descubrimiento de la verdad, esa verdad que clarifica, reconforta y ofrece seguridad. Es, en pocas palabras, el encuentro con la auténtica libertad; aquella que supera todas las barreras; que no vacila, que confía y consigue siempre buenos resultados. Es la misma verdad que se le niega a los poderosos, o a aquellos que se envanecen por su aparente saber.

Por otro lado, persistir en el error, en las debilidades o defectos nos atan, nos imantan a los planos groseros, adquiriendo nuevas responsabilidades, deudas que nos privan de la ansiada libertad hasta que la reparación esté concluida, como nos aclara el Maestro en la siguiente cita: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo…» (Juan 8, 34).

Sabemos que la actual existencia no es más que una de tantas de la larga sucesión de vidas físicas necesarias para nuestro desarrollo y evolución espiritual. Obviamente, el uso de la libertad se convierte en un gran bien para aquel que conoce cuál es su misión y el destino al que aspira; si es capaz de aprovechar su tiempo en el cumplimiento de sus tareas, tanto en beneficio propio como en el de sus semejantes.

En ocasiones, cuando un espíritu está muy atrasado e instalado en el mal y no es capaz de conducirse, haciendo que su estancamiento sea excesivamente prolongado, es cuando actúan las leyes para favorecer el reajuste necesario. Privándole temporalmente, si fuera necesario, de esa libertad natural e innata, hasta que el proceso regenerador haya concluido. Obligándole a tomar un nuevo cuerpo, muchas veces en condiciones muy penosas, para sensibilizarlo y comenzar a rescatar sus débitos del pasado, generados en otras existencias.

Por lo tanto, la libertad se desarrolla según el nivel de evolución alcanzado, como la responsabilidad de sus actos. Con la muerte física, y una vez desembarazado de los lazos materiales, el ser goza de una mayor autonomía que le permite desenvolverse con una mayor facilidad, al desaparecer el obstáculo que le ataba; pero aun así, existen las limitaciones propias del grado de elevación de cada espíritu.

Dios nos dota de sus atributos, nos concede la libertad para decidir el camino que deseamos recorrer por propia voluntad, pero tarde o temprano vivimos las consecuencias de lo sembrado. Efectivamente, “somos libres para sembrar, pero la cosecha es obligatoria”. El camino del orgullo y del egoísmo, cuando no existe vigilancia y autocontrol, nos puede empujar hacia unas actuaciones equivocadas que retardarán nuestro progreso e impedirán la conquista de la libertad plena y la felicidad tan anhelada. Del mismo modo, si  optamos  por el camino del bien y del amor, el horizonte se irá despejando y se descubrirá ante nosotros un camino lleno de posibilidades. La luz irá diluyendo las sombras de la duda, acercándonos día a día al Creador.

Hemos de pensar en que gozamos de un verdadero tesoro, que consiste en la capacidad de poder decidir libremente, de actuar, de aprender. Hemos de valorar cada momento en su verdadera dimensión. Los hechos del pasado ya no los podemos cambiar, permanecen inamovibles; el presente es su consecuencia inmediata. De las actuaciones que resolvamos acometer, así será el futuro; algo que estamos escribiendo ahora mismo. De nosotros depende el soltar amarras, desembarazarnos de los grilletes que nos aprisionan, que representan los errores y limitaciones del pasado, cumpliendo con la ley del amor y siendo fieles a nuestros compromisos adquiridos libremente antes de encarnar.

¿Somos realmente libres? por:   José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

CAMBIO DE CICLO Y EXTRATERRESTRES

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Cambio de ciclo y extraterrestres

Sin embargo, no podemos obviar otra circunstancia que puede confundir, enmarañar la comprensión y valoración de este trabajo fraterno tan importante. Nos estamos refiriendo a las manifestaciones que ciertas entidades de baja condición realizan, tratando de desprestigiar la labor extraterrestre con simulacros de secuestros a supuestas naves, manifestándose “disfrazados” de forma extraña y a veces hasta repulsiva, para que los confundamos con los verdaderos viajeros de otras galaxias, aquellos seres de cierta elevación comandados por el propio Maestro Jesús. A pesar de ello, esto no puede empañar ni distraernos de su verdadera labor y su mensaje. Debemos ser prudentes y discernir, analizar bien para no caer en las trampas que esas entidades engañosas pretenden tendernos. La doctrina espirita es lo suficientemente clarificadora en este asunto. Si estudiamos la mecánica de la mediumnidad, podremos descubrir y entender que hay muchas personas que poseen facultades sin saberlo, y de ellas se aprovechan entidades espirituales que por sintonía o por ignorancia del sujeto se aproximan, provocando en algunos casos experiencias de todo tipo, algunas un tanto desagradables, como las que hemos mencionado anteriormente.

Del mismo modo, los médiums preparados y que son conscientes de su responsabilidad, deben prestar mucha atención en aquello que perciben para no ser mixtificados, así como todos aquellos, en general, que participan de cualquier actividad de carácter mediúmnico, analizando escrupulosamente todas las comunicaciones que pudieran tener relación con este campo, separando la paja del trigo.

Además de las trabas anteriormente mencionadas de esas entidades que se disfrazan para engañar y que obedecen a una estrategia de desprestigio y de confusión, existen los obstáculos propios de la ignorancia, la mera curiosidad y el desconocimiento. Nos referimos a ciertos grupos de personas que se mueven alrededor del fenómeno OVNI-extraterrestres y que han podido vivir determinadas experiencias con un fin útil. Si no son capaces de comprender el mensaje trascendente que traen y se dejan llevar por la imaginación o la fantasía, recreándose en los aspectos superficiales o exteriores, esas mismas manifestaciones dejarán de tener valor.

Dicho de otro modo, no se puede pretender resolver un enigma, como ocurre en otros apartados de la vida, exclusivamente con la constancia de un fenómeno y la recopilación de casos, sin buscar su verdadera trascendencia espiritual. Las manifestaciones por sí solas no son el argumento principal; lo que realmente ayuda a comprender es la búsqueda seria y sincera de respuestas. No es necesario ver para creer. Las creencias dan paso a las convicciones cuando observamos el sentido lógico de las cosas, y que no ponen en entredicho la armonía y sabiduría de aquello que nos rodea, formando un todo armónico, lleno de sentido. Es a partir de ese momento cuando solemos decir que: “Todas las piezas encajan perfectamente”. Alejando, al mismo tiempo, lo misterioso, lo extraño, o rechazando con prudencia aquello que no soporta el escrutinio y el análisis lógico.

Volviendo a la cuestión principal, lo que no podemos perder de vista nunca es que ellos vienen para AYUDAR en las múltiples formas ya mencionadas y en base al principio de solidaridad que comentábamos. Siempre respetando nuestro libre albedrío. Lo han hecho en todas las épocas y lo van a seguir haciendo hasta la culminación total del proceso de cambio en el que estamos inmersos.

Sin embargo, con el paso del tiempo se observa una mayor presencia, una mayor manifestación en nuestro plano de los auténticos hermanos venidos de otras dimensiones, consecuencia de que se aproxima la culminación de una labor perfectamente diseñada para esta época decisiva, y porque existe una mayor receptividad por parte de las personas que buscan respuestas y explicaciones lógicas ante los acontecimientos que estamos viviendo; con la madurez suficiente como para aceptar de una manera natural el mensaje renovador que nos traen, un mensaje que no difiere en nada con el que la espiritualidad superior nos demanda desde hace mucho tiempo.

Recordemos por ejemplo lo que era, hasta hace unos pocos años, el tema del CAMBIO DE CICLO en el ámbito espiritista; casi nadie lo tomaba en cuenta. Ahora, impulsado por los acontecimientos mundiales y por algunas obras psicográficas, vuelve a la actualidad con más fuerza. En los congresos y simposios de todo el mundo espiritista, e incluso fuera de él, se habla muy a menudo de la TRANSICIÓN PLANETARIA. No es un tema nuevo, Allan Kardec lo desarrolló pero hasta cierto punto, puesto que era necesario dejar transcurrir el tiempo para que los acontecimientos posteriores a aquella época confirmaran y ampliaran lo revelado hasta ese momento, y porque el noble codificador no disponía de mucho tiempo para avanzar en todos los campos. Lo mismo va a ocurrir con el tema extraterrestre. En base a las circunstancias que estamos viviendo hoy día, seguro que se van a producir notables avances.

Por tanto, los seguidores de la doctrina espirita debemos asumir nuestra responsabilidad, abordar el tema seriamente y darle la importancia que merece. Motivos importantes no nos faltan.

Estos hermanos espirituales venidos de otros mundos trabajan también en los centros espiritas; colaboran desempeñando labores en coordinación con los guías espirituales que nos acompañan, desde la más absoluta discreción para no perturbar a los encarnados, y porque el reconocimiento a su labor se producirá progresivamente, de una forma paulatina y gradual.

Al mismo tiempo y desde el punto de vista global, planetario, colaboran para contener las graves imprudencias de los intereses espurios de algunos estados muy poderosos, de los círculos de poder que no respetan el medio ambiente y sólo miran por sus intereses económicos, y no por la conservación de nuestro planeta-hogar completamente sano y en armonía con la naturaleza. Todo esto sin olvidar las constantes amenazas de guerras y la mala utilización de energías como la nuclear, cuyo uso indebido podría provocar efectos devastadores. Todo ello complementado por un cambio climático irreversible ya anunciado por expertos, de consecuencias a medio plazo catastróficas, aún imprevisibles pero nada halagüeñas.

Cambio de ciclo y extraterrestres por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018