PÉRDIDA DE LOS SERES QUERIDOS

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Pérdida de los seres queridos

Pérdida de los seres queridos

A lo largo de estos últimos meses hemos hecho un recorrido por las distintas interpretaciones históricas, culturales y religiosas que ha ido desarrollando el ser humano respecto a la muerte y todo aquello que la rodea en el ámbito cristiano; una idea que ha ido evolucionando muy lentamente con el paso de los siglos. Hemos hablado también de que las religiones, con sus tradiciones, desde tiempo inmemorial, han arraigado en el inconsciente colectivo una visión muy particular sobre lo que significa la extinción de la vida en este mundo físico; la hemos asumido psicológica y socialmente de una manera que por lo general nos provoca incertidumbre, angustia y dolor. Una visión poco convincente, de la que es complicado salir sin una mente abierta que nos permita explorar otras maneras de ver este hecho tan natural.

Por otro lado, la misma ciencia ha trabajado y trabaja por desentrañar aquellos misterios, aquellos desafíos que la vida nos presenta para mejorar en todos los sentidos y tratar de comprender los mecanismos de la misma. No obstante, al fenómeno de la muerte no le ha prestado atención, debido a que este tema lo ha encasillado de una manera, digamos oficial, dentro del apartado de las creencias religiosas o dogmáticas. Su planteamiento ante la muerte es el siguiente: “Una vida humana se encuentra en estado terminal o se acaba de extinguir; la ciencia ya no puede hacer nada; caso cerrado”.

La tristeza y el sufrimiento, son por regla general, el estado que caracteriza a las personas cuando se  enfrentan a la pérdida de los seres queridos, un proceso por el que todos tenemos que pasar en distintos momentos de nuestras vidas.

A esta reacción que tenemos en respuesta a una muerte se la denomina duelo. Se trata de un estado psicológico que varía de unas personas a otras; depende también de factores como pueden ser el tipo de muerte, la edad del fallecido o el papel que jugaba en nuestras vidas. En función de todas esas circunstancias, el duelo se puede alargar más o menos en el tiempo.

El problema surge cuando, en función del carácter psicológico de la persona y la carencia de unas convicciones espirituales claras respecto al futuro y la vida en el Más Allá, esa tristeza, que en principio es natural se cronifíca, se convierte en un círculo vicioso del que no se sabe o no se tienen recursos para salir, degenerando en una depresión u otro disturbio de carácter psicológico o psicosomático. En casos así es preciso, en primer lugar, acudir a especialistas para que les ayuden a resolver el problema y que la pérdida deje de ser, al menos, un foco de perturbación en su vida.

Por todo ello, resultaría conveniente trasladar a la sociedad las investigaciones científicas que existen sobre este tema. También profundizar en aquellas ideas filosóficas y espirituales llenas de lógica y sentido común que nos proporciona el Espiritismo respecto a los principios espirituales que rigen al ser. Incluso con los testimonios recibidos de seres queridos en manifestaciones espontáneas de carácter mediúmnico y que la doctrina espírita viene estudiando desde hace más de 150 años. Con todo ello se conseguiría mitigar el choque emocional de una pérdida, y serviría como consuelo y también como esperanza de un reencuentro futuro.

La muerte es un cambio a otra dimensión, recuperar la libertad sin el yugo de la carne.

Para una mejor comprensión, y aunque próximamente lo abordaremos con mayor profundidad, es necesario analizar grosso modo el estado en que se encuentran los seres queridos una vez han dejado el cuerpo físico. Varía extraordinariamente de unos casos a otros. De cualquier manera, tenemos la obligación moral de ayudarles durante ese proceso, en la medida de lo posible. Lo más importante es adoptar una actitud mental positiva, acompañándola con una oración sentida y sincera que le va a ayudar a superar ese trance, hacia su reingreso y adaptación a la nueva vida en el mundo espiritual.

No podemos olvidar que el pensamiento es una forma de energía muy poderosa, es un lenguaje universal que llega a las almas con quienes establecemos un diálogo. Cuando se trata de seres queridos ya desencarnados, el círculo afectivo se estrecha y la comunicación no verbal es más intensa.

Dependiendo de las circunstancias particulares, si el estado del recién fallecido no es bueno, los pensamientos positivos y las oraciones dirigidas al Creador le pueden aliviar de una manera importante. En la obra El Cielo y el Infierno, de Allan Kardec, encontramos numerosos testimonios de espíritus sufrientes que a través del vehículo mediúmnico agradecen la ayuda recibida, e incluso ruegan a familiares y a todos los presentes que no se olviden de seguir pidiendo por ellos.

Si se trata del caso de suicidas, la situación se complica exponencialmente. En estos casos, se deben redoblar los esfuerzos por mantener en el tiempo las oraciones para su propio beneficio, puesto que, aunque siempre varía de unos casos a otros, los sufrimientos son importantes. De tal forma, la ayuda que se les puedan dispensar siempre la agradecen de una manera especial, dada su difícil situación.

Por otro lado están aquellos que, debido a su estado espiritual equilibrado, se encuentran felices por retornar a la patria espiritual. Poseen mayor facilidad para sintonizar con los pensamientos de familiares y amigos. Las oraciones también las reciben con agrado, refuerzan los lazos espirituales ya existentes y les hacen más felices si cabe. Se establecen unos vínculos entre los dos planos que permiten a unos y a otros permanecer en contacto, aunque dichos espíritus, pasado un cierto tiempo, se encuentren ya desempeñando otras funciones o tareas en el mundo espiritual.

Tanto en unos casos como en los otros, lo que nunca se debe hacer es dejarse llevar por la desesperación o el desánimo. Hay que tratar de evitar a toda costa el “apego” emocional y psíquico hacia los desencarnados, puesto que una reacción de esa naturaleza les ocasiona ansiedad, tristeza y perturbación.

No tenemos el derecho de reclamar como si la muerte fuese una injusticia, o de rebelarnos ante esta circunstancia humana. Por mucho que hayamos podido amar a otras personas, no podemos permitir que esos sentimientos se contaminen de egoísmo, por el hecho de perderlas de nuestra vista.

 Hay que plantearse la situación de otra manera muy distinta, no tan traumática. En el Evangelio según el Espiritismo encontramos sabias palabras al respecto por el espíritu de Sansón, recibida en el año 1863, que reproducimos aquí:

Regocijaos, en vez de quejaros, cuando Dios quiere llevarse a uno de sus hijos de ese valle de miserias. ¿Acaso no es egoísmo el desear que se quede sufriendo con vosotros? ¡Ah! Este dolor se concibe en el que no tiene fe y que ve en la muerte una separación eterna. Pero vosotros, espiritistas, vosotros sabéis que el alma vive mejor desembarazada de su envoltura corporal; madres, vosotras sabéis que vuestros hijos muy queridos, están cerca de vosotras, sí, están muy cerca, sus cuerpos fluídicos os rodean, sus pensamientos os protegen, vuestro recuerdo los embriaga de alegría, pero también vuestros dolores infundados les afligen, porque denotan falta de fe y son contra la voluntad de Dios”.

(Capítulo V; Bienaventurados los afligidos, ítem 21).

Existen infinidad de mensajes que hablan a propósito de esta circunstancia dolorosa; hijos u otros familiares que desencarnaron y se ven obligados a buscar, por los distintos medios a su alcance, la manera de manifestarse a sus seres queridos para que puedan comprobar que ya no sufren y que son felices, que la separación es pasajera; puesto que ese dolor y tristeza de los familiares les supone una angustia que les impide avanzar y disfrutar de la felicidad que se han ganado. O en el caso de espíritus que se encuentran en una situación precaria espiritualmente, la angustia y el sufrimiento de los familiares hace que se complique mucho más su estado. Sin ninguna duda, no tenemos el derecho de actuar así; muchas veces, producto de la ignorancia, del egoísmo y la falta de conocimiento de la realidad espiritual.

La muerte es un fenómeno natural y hasta necesario; forma parte del proceso natural de la vida.

No puede existir crecimiento sin transformación, sin cambios continuos.

¿Nos podemos imaginar una sociedad en donde nadie pudiera cambiar de trabajo o de vivienda? ¿O una sociedad en donde nadie tuviera la posibilidad de abandonar el hogar; padres, hermanos y abuelos para formar su propio hogar? ¿Se imaginan una sociedad donde nadie pudiera viajar para explorar otras culturas, otras gentes, y tuvieran que estar apegados a sus casas, a sus padres, y a sus barrios indefinidamente?… ¿Por qué la muerte no ha de ser un cambio a mejor?

Hemos de comprender que dichas separaciones no son un “Hasta siempre, sino un hasta pronto”. Hemos de hacer un esfuerzo por comprender que, aunque se disponen a recoger aquello que sembraron durante su última existencia, con su partida siempre estarán en buenas manos, y que necesitan continuar su proceso de crecimiento espiritual en el otro plano, fuera ya del yugo y de las preocupaciones penosas del plano material.

Si de verdad les amamos su felicidad debería ser lo primero.

 

Pérdida de los seres queridos por: José Manuel Meseguer

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