LAS ECM Y LA MUERTE

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Las ECM y la muerte

El tema de la muerte o la frontera entre la vida física, que es la que conocemos, y la otra vida, suscita permanentes debates e incertidumbres que obligan al hombre común a buscar respuestas que le ofrezcan, a ser posible, una claridad, una certeza sobre el porvenir.

La muerte y el Más Allá no son un tema a resolver exclusivamente desde un punto de vista filosófico o religioso, ni tan siquiera científico, puesto que atañe a la esencia misma del ser humano y al grado de madurez espiritual que haya sido capaz de alcanzar, de una sensibilidad que le permita captar el significado trascendente de la vida. Nace de dentro hacia afuera, muchas veces basta con que encuentre los estímulos externos que le hagan despertar en su interior.

A lo largo de estos últimos artículos hemos repasado algunas creencias establecidas en nuestra cultura religiosa: el cielo, el infierno, el purgatorio…, incluso la “nada” como la opción más materialista. Sin embargo, en esta ocasión nos vamos a detener en el terreno de las experiencias personales, aquellas que guardan relación con los acontecimientos que les ocurren a ciertas personas que se encuentran en el umbral de la muerte, e incluso llegan a estar clínicamente muertas. Nos referimos a las ECM o Experiencias Cercanas a la Muerte.

Este tema lo consideramos de extraordinaria relevancia por cuanto contribuye con sus innumerables testimonios a reforzar otros ámbitos de las manifestaciones de tipo espiritual que nos hablan en un mismo sentido, como pueden ser las manifestaciones mediúmnicas o la transcomunicación instrumental (TCI), por citar algunas.

Se trata de las experiencias que les ocurren a muchas personas en el transcurso de una crisis orgánica, bien sea producto de un accidente o de una enfermedad. En un momento dado quedan clínicamente muertas, es decir, se detiene el corazón y la actividad cerebral se para. A partir de ese momento, mientras los equipos sanitarios tratan de recuperar al paciente, este comienza a vivir una experiencia que no olvidará jamás.

Se ve flotar y al mismo tiempo observa desde lo alto de la sala un cuerpo al cual muchas personas tratan de reanimar; enfermeras y médicos corren de un lugar para otro; ya no siente ninguna molestia física, y piensa que no merece la pena recuperar el cuerpo inerte. En su nuevo estado se encuentra con que posee un cuerpo espiritual idéntico al que acaba de dejar pero que no le perturba lo más mínimo. Posteriormente, observa un punto de luz que por momentos se va haciendo más grande hasta que lo llega a envolver ofreciéndole una sensación de paz y de amor indescriptible. Percibe a seres de luz que muchas veces no llega ver, pero que los siente con claridad; le acompañan en todo momento, incluso algunos de ellos los reconoce como familiares ya fallecidos.

En ocasiones, algunos sujetos que viven estas experiencias se ven trasportados a lugares maravillosos, de un colorido y de una belleza imposible de comparar con nada de la Tierra. Observan con los ojos del alma, durante un tiempo imposible de medir, los acontecimientos de sus vidas, pero desde otra perspectiva diferente, es decir, en base a los sentimientos y reacciones que ha provocado en los demás.

Finalmente, llegan a una especie de frontera en que se les advierte que no la pueden traspasar, pues esto ocasionaría la ruptura total con la vida física. Se les comunica que su misión no ha finalizado todavía; una misión que consiste básicamente en aprender a amar incondicionalmente y a adquirir sabiduría. Posteriormente vuelven al cuerpo físico y retoman los dolores y sufrimientos propios del estado en el que se encontraban, recuperan la consciencia y observan al equipo médico, pero esta vez ya desde “dentro de su cuerpo”.

Esta es, grosso modo, el modelo de experiencia común a una mayoría de pacientes que se han visto envueltos en este tipo de crisis fisiológica grave, variando de unos a otros algunos matices y circunstancias.

Los trabajos, entre otros, del Doctor Raymond Moody, la doctora Elisabeth Kübler Ross, del cardiólogo Pim van Lommel o Sam Parnia, de la Universidad Stony Brook en Nueva York (EE.UU.), son encomiables, puesto que fueron capaces de recabar y clasificar entre todos ellos miles de casos en todo el mundo, poniendo de relieve la importancia de las Experiencias Cercanas a la Muerte. Cabe destacar sobre todo a los dos primeros, el doctor Moody y la doctora Kübler Ross, quienes fueron verdaderos pioneros, puesto que abrieron una vía nueva de observación de los fenómenos denominados “casi muertes”. Un estudio serio, objetivo y riguroso que, sin embargo, no les supuso un reconocimiento inmediato de su trabajo, sino todo lo contrario, un rechazo, como suele ocurrir cuando surgen ideas nuevas que amenazan las que están ya establecidas desde tiempo casi inmemorial. Estamos hablando de una época, finales de los 60, e incluso bastantes años después, donde la muerte continuaba siendo una cuestión tabú en el campo de la medicina; nadie le prestaba atención en los ámbitos académicos y científicos.

En la medicina de aquella época se observaba la muerte como un fracaso de la ciencia, y que una vez se había consumado en el paciente ya no se le prestaba ninguna atención. Las experiencias cercanas a la muerte se observaban con mucho escepticismo o incluso eran catalogadas como “anomalías” extrañas e irrelevantes. Tuvieron que ser estos investigadores audaces ya mencionados, así como otros posteriores, los que abrieran el tarro de las esencias del verdadero sentido de un fenómeno muy común pero escondido a la luz pública.

¿Por qué es tan importante el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte? Sin ninguna duda, por muchos motivos:

– Porque no discrimina edad, creencias u origen cultural. Cualquier persona de cualquier país del mundo es susceptible de vivir este tipo de experiencias.

– Porque los testimonios son abrumadoramente coincidentes. Pueden variar en matices o detalles más o menos extensos, pero la base fundamental es común a todos ellos.

– Porque también atañen a los niños, seres que todavía no han tenido tiempo de ser manipulados o fuertemente influenciados por creencias o informaciones recibidas.

– Porque marcan extraordinarias similitudes y coincidencias con lo vivido por ciertos místicos de todas las épocas y de diferentes religiones, al narrar sus experiencias de verse desprendidos de su cuerpo físico, en un estado de alteración de la conciencia.

– Porque también ha alcanzado a los propios médicos y a personajes ilustres del campo de la medicina o de la ciencia, personas tan poco dudosas como es, por ejemplo, el doctor Eben Alexander, neurocirujano de Harvard, quien vivió una experiencia muy intensa y extraordinaria, recogida en su obra best seller “La Prueba del Cielo”.

– Porque coincide con los mensajes recibidos a través de numerosos médiums, y que fueron codificados y ampliamente explicados por Allan Kardec, el padre del espiritualismo moderno, bien llamado Espiritismo.

Es digno de mención el paralelismo existente entre el método de trabajo riguroso e imparcial de los doctores Moody, Kübler Ross, Van Lommel o Sam Parnia de la época actual, con las investigaciones de Allan Kardec a mediados del siglo XIX. El denominador común a todos ellos fue y es la recopilación de testimonios de personas que se “fueron” y vivieron una intensa experiencia, para después “volver” al cuerpo físico. En el caso espírita, son aquellos que se fueron pero ya no volvieron con su propio cuerpo físico, pero que ayudados por intermediarios sensibles (médiums) fueron capaces de transmitir su experiencia a  nuestro plano material.

¿Coincidencia? ¿Casualidad? Sería mucho decir. Más bien se trata de unas evidencias que cada día, en base a los progresos de la humanidad, se hacen más patentes. El grado de aceptación e interés por estudiar estos temas trascendentes que tienen que ver con el Más Allá y lo que ocurre después de la muerte ya no son extraños para una mayoría, incluso en el campo científico y en base a los nuevos descubrimientos que la física cuántica está constatando: Universos paralelos, partículas que varían su comportamiento sólo cuando son observadas, etc., nos abren un abanico de posibilidades que converge con aquello que nos transmite la doctrina espirita recopilada por el propio Allan Kardec.

Por lo tanto, podemos afirmar que la muerte no existe. Las ECM siguen siendo a día de hoy un poderoso pilar donde se puede apoyar el ser humano para confirmar aquello que a nivel teórico ya sospechaba, dándole un sentido definitivo a su vida, priorizando el trabajo que atañe a su realidad espiritual y que es, sencillamente, el aprendizaje del amor incondicional y el conocimiento práctico. Un camino seguro hacia la plenitud.

Las ECM y la muerte por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

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