¿EXISTEN LAS PENAS ETERNAS?

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La pregunta sobre la que vamos a reflexionar es la que da título a este artículo: ¿Existen las penas eternas? La existencia del bien, la existencia del mal, los premios y los castigos; el sufrimiento y la felicidad. ¿Qué será de nosotros una vez hayamos cruzado el umbral? ¿Seremos felices o desdichados? ¿La situación que pasemos a vivir será irreversible, sin posibilidad de variación? ¿Si soy infeliz, tendré la posibilidad de mejorar mi estado? Si, por el contrario, mi situación es dichosa, ¿podría deteriorarse, o por el contrario, podría mejorarse aún más?

Efectivamente, estos son algunos de los interrogantes que se ha planteado el ser humano desde la noche de los tiempos. Bien es cierto que el hombre, aunque con mucha lentitud, ha ido dando pasos en dirección al esclarecimiento de estas cuestiones. Los dogmas y los prejuicios, consecuencia del fanatismo y las pasiones humanas, han retardado sobremanera el avance en este campo tan fundamental como en otras áreas del progreso.

No obstante, si recordamos las palabras del inigualable rabí: “No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido” (Mateo 10:26), nos anuncia la llegada al mundo de una época en la que el ser humano poseerá la suficiente capacidad como para admitir sin demasiada dificultad ciertas verdades que han permanecido ocultas, o quizás al alcance de unos pocos. Lógicamente, este hecho no se podría entender como fortuito o aislado y que de repente golpeara o deslumbrara al hombre. La evolución no funciona de esa manera.

A lo largo de la historia han existido señales, vestigios de esas verdades que han permanecido veladas; personajes del mundo de la ciencia y de la mística que aportaron, con mayor o menor éxito, sus descubrimientos y experiencias. Hemos de situarnos irremediablemente en una época clave, el siglo XIX y sus manifestaciones mediúmnicas, a saber: mesas parlantes, fenómenos de tiptología, materializaciones ectoplasmáticas, etc. Se abría definitivamente la puerta de la otra dimensión. A partir de entonces el intercambio se intensificó, siendo vulgarizados por muchos; pero otros, más bien escasos en un primer momento, supieron comprender la gravedad del mensaje que contenían dichas manifestaciones y que significaban la instauración de una nueva era para la humanidad. Se empezaban a cumplir las palabras del Maestro. “No hay nada oculto que no deba ser revelado…”.

Es en esa misma etapa histórica cuando aparece el Espiritismo, una doctrina transmitida por los propios espíritus y codificada por un hombre extraordinario que supo entender la trascendencia del mensaje que traían a la Humanidad, el filósofo y profesor francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, más conocido como Allan Kardec.

Precisamente, la visión tan clara que tiene la doctrina espirita sobre el Más Allá y las penas futuras se basa en numerosas observaciones que le otorgan autoridad, y también a la multitud de testimonios de almas desencarnadas que vienen a manifestar sus sensaciones y experiencias, en base a su situación personal y en función de cómo fue su última vida con cuerpo físico.

La primera idea fundamental que se desprende de los testimonios de los espíritus, y que se pueden encontrar en la segunda parte de la obra “El cielo y el infierno” del propio Allan Kardec, es que: “A cada quien según sus obras” (Romanos 2: 6).

Ítem 28.- “La situación del espíritu en el mundo espiritual es aquella que éste se preparó para sí durante su existencia corpórea”. “Quien mucho sufre en la Tierra es atribuible a que mucho debía expiar”.

Es decir, aquellos que han hecho el bien, que se han esforzado en su autoreforma y que han aceptado las pruebas sin murmurar, estas almas, al abandonar la materia solo pueden encontrar felicidad por el deber cumplido, también por haberse despojado de imperfecciones que son las causantes de desdicha e infelicidad.

Por el contrario, aquellos que se dejaron llevar por el mal durante su última existencia física, que no atendieron a los llamados de su conciencia, que desaprovecharon el tiempo, la oportunidad de automejorarse y de hacer el bien, esas almas, lógicamente, no pueden tener ningún tipo de compensación, puesto que lo que sembraron es lo que les corresponde recoger.

Ítem 6.- “El espíritu debe sufrir no sólo en razón del mal que obró, sino también del bien que pudo hacer y no lo hizo durante su estancia terrestre”.

Ahora bien, volviendo al principio y al interrogante que da título a este artículo, ¿existen las penas eternas? Podemos contestar con las siguientes reflexiones:

El sufrimiento es inherente a la imperfección. De tal modo que seres perversos e irremediablemente alejados del bien de un modo perpetuo significaría que las leyes divinas se sentirían incapaces de sensibilizar a ese espíritu y, ni el tiempo sin tiempo ni las continuas experiencias acumuladas sin fin, serían capaces de reconducirlo, lo cual señalaría un grave error de previsión; una chispa divina bloqueada e insensible a perpetuidad, algo que no se corresponde ni con la sabiduría ni con la misericordia divina.

También nos podríamos plantear el porqué de la existencia del mal; de no existir, se nos podría haber evitado muchos sufrimientos y equivocaciones. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que sólo podemos hablar de verdadera responsabilidad espiritual cuando tenemos libertad para elegir y capacidad para hacer lo correcto. La responsabilidad varía en función del conocimiento que posee el ser y la experiencia acumulada. No obstante, si solo existieran automatismos comportamentales para el ser humano, no se le podría exigir verdadera responsabilidad. O dicho de otro modo, si solamente pudiera elegir un camino no existiría auténtica libertad, y sin libertad ni responsabilidad es imposible crecer y perfeccionarse, ni tampoco conocer el valor de la obra divina que nos envuelve y de la que todavía estamos muy lejos de comprender en toda su majestuosidad. Esta sea quizás la idea más importante que puede justificar la existencia del mal. Por tanto, no se equivocan aquellos que afirman que el mal es la ausencia de Dios.

Ahora bien, la pregunta que a continuación podríamos formularnos es: ¿si el mal no es perpetuo, de qué modo borra el espíritu sus faltas? La codificación nos lo aclara nítidamente:

Ítem 16.- “El arrepentimiento, la expiación y la reparación son las tres condiciones necesarias para borrar las huellas de una falta y de sus consecuencias”.

A través del arrepentimiento el alma analiza y comprende sensibilizada su error. Es sin duda el primer paso, de lo contrario es imposible corregir voluntariamente lo que no se ve o comprende.

En segundo lugar la expiación, que son los sufrimientos físicos o morales de las faltas cometidas, bien en el plano físico o espiritual, hasta que se borren por completo sus huellas.

En tercer lugar, la reparación: Ítem 17; nota al pie; “La necesidad de la reparación es un principio de rigurosa justicia que podemos considerar como la auténtica ley de rehabilitación moral de los espíritus”. Consiste en hacer todo el bien posible a aquellos a quienes se les perjudicó, muchas veces reencarnando en una misma familia carnal; otras veces propiciándose relaciones sociales, familiares o sentimentales que nos demandan una conducta recta, unas obligaciones morales; de ese modo nos perfeccionamos, hacemos el bien y rescatamos las posibles deudas que tengamos pendientes con ellos. “Así es como el espíritu progresa aprovechando su pasado”.

En resumen: Ítem 33.- “Todo hombre puede liberarse de sus imperfecciones por obra de su voluntad”.

Por lo tanto, las penas eternas a la luz del espiritismo son una quimera que se desmiente con la lógica y el conocimiento práctico de las leyes espirituales que nos rigen. La obra de Dios es renovadora y creciente, tendente a la perfección. La eternidad de penas o de castigos sería una especie de enfermedad incurable, un corte de digestión letal contrario a la naturaleza del ser y a los mecanismos de transformación permanente de la propia vida.

¿Existen las penas eternas? por: José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 (*) Las frases en cursiva y negrita pertenecen al capítulo VII “Las penas futuras según el Espiritismo”, del libro EL CIELO Y EL INFIERNO, por Allan Kardec.

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