LA UNIÓN: TAREA DE TODOS

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La unión: Tarea de todos

La unión

Ocurrió en febrero de 1986 cuando se inauguraba un nuevo centro espírita en una ciudad española. Compañeros de otras localidades acudían a tan importante acontecimiento. Un ambiente de alegría y de ilusión quedaba reflejado en los rostros de aquellos que participaban; personas de todas las edades con muchas ganas de iniciar una andadura de trabajo, aprendizaje y divulgación del conocimiento espiritual.

Entre los diferentes diálogos que espontáneamente se suscitaron en la recepción de los compañeros que acudían de otros grupos surgió una conversación entre una persona madura, perteneciente a otro centro espirita de gran experiencia, con uno de los noveles que debutaba en esa ciudad. La conversación transcurría hablando el joven sobre las nuevas expectativas e ilusiones de la nueva sede, de la preocupación natural de si sabrían llegar a la sociedad atendiendo sus necesidades de conocimiento y de luz espiritual. Sin embargo, el compañero, tras escuchar con atención, lanzó una reflexión que el joven espírita sorprendido no olvidó: “Si trabajáis en la unión y sois capaces de lograrlo, el noventa por ciento del trabajo lo tenéis hecho”.

Detengámonos en esta frase y analicémosla por un momento. El joven se centraba en las necesidades de la gente, de la proyección hacia afuera; el compañero visitante hablaba de lo más importante, del viaje interior. Sin duda, se trata de un trabajo imprescindible que todos los grupos deben desarrollar para adquirir madurez y experiencia, para que, a su vez, se pueda proyectar hacia el exterior de la forma más eficaz. Estamos hablando del desarrollo de la fraternidad, del compañerismo, de la unión en todas sus facetas y vertientes. En ese diálogo espontáneo uno hablaba de lo más superficial, el otro hablaba de lo verdaderamente trascendente.

La unión es indispensable en cualquier ámbito de la vida, como por ejemplo ocurre en el deporte de élite. Cuando los equipos, sea cual sea la disciplina deportiva, trabajan unidos para preparar una competición, por lo general suelen cosechar muchos más éxitos que cuando se trata de equipos con grandes individualidades, pero donde cada uno se centra exclusivamente en su talento y sus capacidades personales. Muchas veces, los entrenadores y técnicos sufren verdaderos problemas para poder gestionar los egos de algunas estrellas, poco acostumbradas a los contratiempos o a soportar situaciones que consideran les resta el protagonismo que creen merecer.

Efectivamente, el comentario del compañero experimentado se centraba en la unión, pero como una aspiración común, una meta a conseguir; para ello hay que recorrer un largo camino con espinas (las espinas de las contrariedades y de nuestros propios defectos); así como pagar un precio para lograrlo, que consiste en el desarrollo de la comprensión, la tolerancia para con los errores o defectos ajenos; también supone la renuncia a los pequeños gustos y tendencias personales en beneficio de la generalidad, del grupo.

Por el contrario, los grandes enemigos para lograr la unión son el personalismo y el endiosamiento, comportamientos que minan la confianza y el espíritu de colaboración, y que nos alejan unos de otros. Es también cuando, sin darnos cuenta y sin una verdadera justificación, sustituimos el “nosotros”, palabra integradora que incluye a los demás, por el abuso del “yo”, que en muchos casos no se ajusta a la realidad, y que además genera frialdad y distancia entre unos y otros: “Yo conozco a…; yo no tengo conocimiento de esa situación; yo le dije que…; yo no le dije nada; yo ya sabía que…; y un largo etcétera. Una actitud personalista que invade el espacio colectivo, restándole el protagonismo que merece el trabajo en común.

Respetar es dar visibilidad al otro y darnos cuenta de que cada uno es diferente, único y excepcional. Aceptar las diferencias es clave de bienestar. Respetar es, en definitiva, saber comunicarnos.

(Valeria Sabater; psicóloga)

Sin ninguna duda, para que exista verdadera unión no puede faltar nunca el diálogo y la comunicación sincera. El exceso de amor propio puede hacernos creer que nosotros estamos siempre por el buen camino y que son los otros los que están equivocados, y por lo tanto, son quienes se tienen que preocupar por variar su rumbo, o pedir consejos a sus compañeros.

En las siguientes palabras del sabio apóstol de la caridad, como fue Vicente de Paúl, encontramos algunas de las claves importantes que tienen que ver con aquello que estamos analizando y también con la labor que la parte negativa está realizando, aprovechándose de nuestros defectos y debilidades, con la intención de que muchos grupos fracasen, bien disolviéndose, desviándose de los objetivos iniciales, o para que sus fuerzas se dividan y que cada uno siga por derroteros diferentes, y hasta quizás, enfrentados:

La unión hace la fuerza. En consecuencia, permaneced unidos para ser fuertes… Es menester que os tornéis invulnerables a los dardos emponzoñados de la calumnia y de la negra falange de los espíritus ignorantes, egoístas e hipócritas. Para conseguirlo, una indulgencia y una afabilidad recíprocas deben presidir las relaciones entre vosotros. Vuestros defectos tienen que pasar inadvertidos y sólo vuestras virtudes deben señalarse…”. Vicente de Paúl. (Capítulo XXXI; Disertaciones espíritas, ítem XX. Libro de los Médiums).

“…Si surgen disensiones entre vosotros, solo podrán ser inspiradas por malos espíritus. De esta manera, los miembros del grupo que en sí hayan desarrollado más el sentimiento de los deberes que les imponen tanto la urbanidad como el verdadero espiritismo, son los que tienen que mostrarse más pacientes, decorosos y dignos. Los buenos espíritus pueden, a veces, permitir que se produzcan esas luchas a fin de que tanto los buenos como los malos sentimientos tengan ocasión de exteriorizarse, siendo posible entonces separar el buen grano de la cizaña, y ellos estarán siempre del lado en que haya más humildad y verdadera caridad”. Vicente de Paúl. (Capítulo XXXI; Disertaciones espíritas, ítem XXVI. Libro de los Médiums).

Al mismo tiempo, para que la llama de la ilusión permanezca viva entre todos es necesaria, además de la auto-vigilancia para controlar nuestros impulsos y malas tendencias, valorar a nuestros compañeros, respetarlos; acostumbrarse a la toma de decisiones importantes entre todos los miembros del grupo; compartir trabajos y responsabilidades, especialmente con la gente joven, dejándoles un espacio y libertad para que se desenvuelvan como mejor consideren.

“La incomprensión fomenta la caída de excelentes construcciones del amor”.

Joanna de Ângelis.

Efectivamente, no podemos permitir que la incomprensión, el miedo o la comodidad sean los obstáculos que minen esas excelentes construcciones de amor. Edificios de trabajo que entre todos, como piedra sobre piedra, se han podido construir con el esfuerzo de todos, conformando una bella obra, todavía inacabada y necesitada de conservación y desarrollo. Un legado que parte de nuestros antecesores; aquellos que con toda la ilusión y llenos de dificultades trabajaron para allanarnos el camino a nosotros, que éramos sus futuras generaciones. Un testigo dado en mano con la responsabilidad de cederlo a las personas que nos sucedan en el futuro. Un tesoro que no se puede despreciar o tirar por la borda. Sin olvidar que, en palabras de la propia mentora Joanna de Ângelis, “La permanencia en los elevados ideales espirituales es una de las tareas más difíciles a las que se enfrenta el ser humano”.

Si falla la comunicación, si no se afrontan los problemas con diálogo sincero, respetuoso, con la intención de mejorar sin buscar culpables; si solo vemos los fallos ajenos como los verdaderos problemas, lo normal es que la tendencia ante esa manera de ver las cosas sea el individualismo; es decir, el que cada uno se centre en sus tareas y responsabilidades si las tuviera, además de buscar a aquellas personas con las que se pueda sentir más identificado formando un subgrupo dentro del propio grupo. Esta situación, que se puede ir gestando con el tiempo, no suele acabar bien. Al final suele llegar la división o incluso la disolución.

Si esto finalmente ocurre, el éxito habría que otorgárselo a esa parte negativa de la que hablaba el venerable Vicente de Paúl, aprovechándose de la falta de vigilancia de nuestros defectos, perdiendo una hermosa y muy valiosa oportunidad de crecimiento espiritual. Una tarea que rogamos a los Planos Superiores nos ofreciese cuando estábamos en el espacio, para redimir nuestras numerosas faltas. Una oportunidad para la que meticulosamente nos habíamos preparado.

Los tiempos que nos ha tocado vivir no son casualidad. Cada época tiene sus complicaciones y la actual también tiene las suyas. Unas dificultades de las que tomamos conciencia, puesto que se nos advirtió cuando aceptamos este reto en el plano espiritual. Por lo tanto, no tenemos excusas ni justificaciones, se trata de una responsabilidad de la que tendremos que rendir cuentas el día en que dejemos este mundo.

La unión: Tarea de todos por: José Manuel Meseguer

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