EL PURGATORIO Y LAS PENAS TEMPORALES

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El purgatorio y las penas temporales
Pintura en la que se representa al Purgatorio. Joseph Anton Koch

En 1871 falleció una monja por una epidemia en el Convento de Valognes (Francia). En 1874, la hermana Sor María de la Cruz comenzó a escuchar unos gemidos extraños en ese mismo convento. Tras consultar con la madre superiora, fue aconsejada a que  preguntara. Ese mismo año comenzó a escribir sus diálogos con el alma de la fallecida: se trataba de su antigua compañera, de nombre Sor María Gabriela. Así permanecieron en comunicación frecuente hasta el año 1890, describiéndole ésta su situación espiritual y lo que es el Purgatorio. La obra fue autorizada por la Iglesia para ser publicada bajo el título: “El Manuscrito del Purgatorio”.

Hoy día apenas se habla del Purgatorio; parece que pertenece a otra época. Sin embargo, posee toda su vigencia para quienes creen en la doctrina de la Iglesia y en una sola vida física.

El debate surgió casi desde el principio, cuando se instauró el cristianismo como religión oficial del Imperio Romano y se establecieron los dogmas, así como la base de la nueva doctrina católica. Al considerar que sólo se vivía una sola vez, una sola oportunidad de vida material, se generaban varios problemas respecto a las consecuencias de los actos del ser humano, irresolubles si solo se podía recurrir al infierno o al paraíso como solución única.

Aquellos que cometían faltas muy graves estaban condenados al infierno, y aquellos que habían hecho mucho bien y habían sido muy virtuosos iban directamente al Paraíso; sin embargo, ¿qué ocurría con aquellos que no eran lo suficientemente buenos, o sus faltas no eran graves? ¿Se les podía considerar iguales a los otros, merecían el mismo castigo o premio?

Con este asunto los teólogos tuvieron un problema mayúsculo. Lo resolvieron en el año 593 cuando anunciaron un lugar intermedio, que no aparece en las Sagradas Escrituras, provisorio, destinado a expiar temporalmente las almas sin suficientes méritos como para pertenecer a un rango celestial. A ese lugar le llamaron Purgatorio.

 “La iglesia creyó necesario -después de seis siglos- suplir el silencio de Jesús declarando la existencia del purgatorio, es decir, reconociendo que Cristo no lo había dicho todo. ¿Por qué no ha de ser igual con respecto a otros temas?” (Allan Kardec; El Cielo y el Infierno, capítulo V, ítem 10).

Al quedar de manifiesto este problema, tal y como nos dice Allan Kardec, es evidente que el Maestro no lo había dicho todo. Había temas que el porvenir debía resolver cuando la humanidad hubiera madurado lo suficiente.

Según esa forma de concebir el futuro, a quienes les faltan méritos para ir al Cielo, la solución pasaba por ingresar en ese lugar denominado Purgatorio; ahora bien, la pregunta es evidente: ¿De qué manera se podía superar el Purgatorio para formar parte de los elegidos, según los teólogos?

Pues a través de las oraciones de los familiares o amigos, o también de las plegarias de otros cristianos piadosos. Esto que en un principio se podría considerar como lógico y razonable, degeneró en otras épocas en una falsa idea de intermediación, que desembocó en un evidente negocio por parte de las autoridades eclesiales: las denominadas indulgencias, y que llevó a la rebelión de varios clérigos, entre ellos Martin Lutero y Erasmo de Rotterdam (siglo XVI), quienes vieron en esas prácticas un abuso mercantilista contrario a la caridad cristiana. Este conflicto desembocó en un cisma que dividió a la iglesia entre católicos y protestantes.

Evidentemente, si nos paramos por un momento a analizar la realidad espiritual de este mundo, ¿cuánta gente merecería ir al infierno? Seguramente mucha gente, si observamos la maldad que impera en el mundo. ¿Y al cielo? Muchos menos. Sin embargo, ¿cuánta gente se considera a sí misma pecadora e imperfecta? Sin duda, la inmensa mayoría de personas; esta circunstancia nos lleva a pensar que el Purgatorio debería ser el lugar que nos correspondería a casi todos los seres humanos que poblamos este mundo.

Otro de los problemas graves que se les planteaba a los teólogos y filósofos era el tema de los niños o bebés que morían sin bautizar –con lo cual, y según la interpretación bíblica, no se les podía lavar el pecado original con el que nacemos todos los seres humanos-,  y tampoco se les podía juzgar por no haber tenido tiempo para hacer el bien o el mal. A esto había que añadir el problema de aquellos que vivieron antes de la época de Cristo, o aquellos otros que nunca tuvieron posibilidad de conocer la doctrina evangélica del Maestro Jesús. La idea del infierno o del cielo no podía encajar bien para ninguno de los mencionados casos, puesto que no podían ser plenamente responsables, unos por imposibilidad material y otros por ignorancia histórica, cultural o geográfica.

Para todos ellos se concibió la idea del “Limbo”, un lugar insensible destinado para el adormecimiento eterno. Si puede valer la expresión, un lugar para las almas con defecto de forma, descatalogadas o que no se les puede enjuiciar por falta de argumentos a favor o en contra.

No ha sido hasta este mismo siglo XXI cuando la Iglesia ha declarado oficialmente que: “El niño que muera sin bautizar queda en manos de ‘la misericordia de Dios’ e irán quizá al paraíso”.

No obstante,  el 19 de abril del año 2007, bajo el mandato del Papa Benedicto XVI, el Vaticano autorizó la publicación de las resoluciones a las que había llegado una Comisión Teológica Internacional. Entre otras cosas se declaró que: “La teoría del Limbo continúa siendo una hipótesis teológica posible”.

Con todo lo expuesto hasta aquí, podemos observar la cantidad de problemas filosóficos y teológicos que genera el concepto de una “única vida”, o dicho de otro modo: “una sola oportunidad de hacer las cosas bien o mal en este mundo”. Empero, nada ocurre por azar.

Solamente la idea de las vidas múltiples puede desatascar dicho conflicto trascendente al comprender que el presente es consecuencia del pasado, y que cada existencia es apenas un eslabón en la larga cadena de la vida. Cada paso por el plano material se convierte en una nueva oportunidad de progreso y evolución. Dios concede cuantas oportunidades sean necesarias para crecer, errar y rectificar, aprender, experimentar… en pocas palabras, resarcirse de los errores y madurar por la vía de la inteligencia y el desarrollo de los valores imperecederos del espíritu, sobre todo el del amor.

El concepto de Purgatorio, por tanto, tiene sentido si lo trasladamos a lo que es el mundo corporal actual, el planeta que nos ha tocado vivir, un lugar de expiaciones y pruebas. En él, el espíritu encarnado se redime de sus faltas pasadas, pasa a vivir las consecuencias de sus actos pasados o actuales. Sin embargo, posee libertad para abreviar o prolongar sus sufrimientos, depende de su voluntad. Cuando desencarna ocurre lo mismo, si no ha obrado bien sufre en el mundo espiritual, hasta que llega un punto en el que el arrepentimiento o la misma justicia divina actúa directamente para rescatar al espíritu sufriente con una nueva oportunidad de resarcimiento espiritual, primero preparándose concienzudamente, estudiando sus errores en ese mismo plano espiritual y fortaleciéndose para posteriormente, con energías renovadas, afrontar un nuevo capítulo en el mundo físico.

“Que el castigo tenga lugar en el Mundo Espiritual o en la Tierra, sea cual fuese su duración, siempre tiene un término, más o menos largo o corto. En realidad, el espíritu sólo tiene dos alternativas: castigo temporario conforme a la culpabilidad o recompensa graduada según el mérito”. (Allan Kardec; El Cielo y el Infierno, capítulo V, ítem 9).

Las oraciones verdaderamente sentidas juegan un papel muy importante, se trata de una obra de caridad fundamental; su propósito es interceder para que el espíritu perturbado o sufriente pueda ser reconducido al bien, también para que los fluidos benefactores que se generan con dichos pensamientos piadosos alcancen al sujeto para aliviarle y para que le inspiren arrepentimiento, lo que le ha de llevar a adoptar renovadas y positivas resoluciones de cara al futuro.

Para concluir, hemos de observar que las penas eternas no existen, y que aquello que se denomina como Purgatorio es real, pero que precisa de importantes aclaraciones. Somos responsables de nuestros actos, y vivimos, tanto en el mundo corporal como después en el plano espiritual, las consecuencias de aquello que hemos sembrado. Las injusticias no existen, así como tampoco premios ni castigos. Cada quien es forjador de su destino. Sin embargo, la Misericordia Divina siempre ampara y vela por nosotros con gran maestría para ayudarnos a salir de la inferioridad en la que estamos inmersos.

El Purgatorio y las penas temporales por: José M. Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 “El Purgatorio de los religiosos es más largo y más riguroso que el de las personas del mundo, porque ellas han abusado de mayor número de gracias”. (El Manuscrito del Purgatorio).

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