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LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU

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La evolución del espíritu

INTRODUCCIÓN A LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU

 

“Desde el mismo instante que un espíritu nace a la vida espiritual, debe hacer uso de sus facultades para poder avanzar.”

El Génesis, Unión del espíritu con la materia, ítem. 12, Allan Kardec.

 

Abordamos una nueva sección cuyo título es, a la vez, sugestivo y apasionante: La evolución del espíritu.

Es una temática sobre la que bien merece seguir ampliando conocimientos y buscar nuevos detalles, pues  existen grandes lagunas sobre sus peculiaridades, especialmente en lo referente a la evolución del individuo a lo largo del tiempo y sobre todo durante las primeras etapas de su evolución.

Quien redacta este artículo no desea, en modo alguno, sentar cátedra sobre esta materia, pero sí aportar la información existente, en base a sus propias conclusiones.

Partimos de la base que los espíritus superiores, en sus mensajes al codificador y sus colaboradores, han facilitado mínimos detalles sobre la creación del espíritu, concretamente citan: “No sabemos nada al respecto, allí reside el misterio.”

¡Escaso margen y conocimientos muy limitados! No obstante, tengo la convicción de que, en la medida que el individuo continúe evolucionando, este y otros muchos misterios irán desvelándosele paulatinamente. Si bien esto no ayuda a desvelar y profundizar en esta disciplina, seguimos moviéndonos dentro de unos limitados conocimientos. Como en cualquier otro estudio, el uso del discernimiento, de la lógica y de la razón resulta imprescindible para  conocer un poco más sobre dicha materia.

Al margen de los conocimientos transmitidos por el codificador, la literatura espritista es relativamente escasa en información sobre esta disciplina. Pero esta limitación, más que un freno, debería convertirse en un acicate para escarbar en las arenas del conocimiento. Así pues, apreciados lectores, os animamos a continuar utilizando el análisis y el discernimiento para ampliar el conocimiento.

Dentro de esta disciplina de estudio, contamos con escasas aclaraciones mediúmnicas recibidas en contados trabajos, comunicaciones que, bajo el crisol de la lógica y de la razón, han permitido ampliar estos conocimientos.

Evidentemente, los estudiosos de estas materias carecen de base para realizar un profundo estudio de la materia, pero sí lo suficiente como para detenerse en cuestiones primordiales sobre las que sí existe clara confirmación, tales como:

A)  La naturaleza y los atributos del espíritu.

¿Cómo habrán sido los primeros pasos del individuo, de ese espíritu en proceso de evolución en los mundos primitivos?

B)  Voluntad, intuición, libre albedrío, conciencia:

¿Cómo ha ido adquiriendo estas cualidades?

¿Qué representan para el individuo el instinto y el psiquismo?

¿Dónde termina su inocencia y dónde su maldad?

¿Cómo surgen las tendencias del ser hacia el bien o hacia el mal?

¿Por qué unos individuos toman antes el camino del bien?, y ¿por qué otros se retardan?; y ¿cuáles son las consecuencias?

¿Pueden progresar en su evolución unos espíritus antes que otros?

¿Qué pruebas determinan el ascenso evolutivo del espíritu?

¿Necesariamente, todo individuo debe cometer maldades para evolucionar?

¿Cómo se produce el salto desde un mundo primitivo a un mundo de expiación y prueba?

¿Disponen de ayuda los espíritus primitivos para realizar ese proceso con garantías?

El proceso de evolución del espíritu, con sus numerosas y diferentes encarnaciones mientras camina por los mundos, bien merece ser objeto de especial atención.

Esta andadura no implica un salto cualitativo del trabajo interno (sin duda el más importante de todos), dado que este debe ser realizado inexcusablemente por cada individuo, pero le ayuda a comprender que está trabajando para la propia auto-liberación, que está trabajando para eliminar esos defectos que son contrarios a su proceso evolutivo, y en paralelo, aclararle que ese camino depende exclusivamente de sí mismo, de su esfuerzo y tesón, que le permitirán continuar y acelerar su ritmo evolutivo.

Todos somos alumnos en la cátedra de la vida y podemos aprender sus lecciones y aprobar el curso al primer intento. Pero si el tiempo no se utiliza bien, llegará el momento de repetir curso. Y, a vista de la situación actual, no puede negarse que este sea un mundo de repetidores.

Observando la obra del codificador “el Génesis”, vemos cómo aborda las diferentes hipótesis del principio del alma y de los procesos que pudo sufrir hasta poder evolucionar y formar parte de esta y otras humanidades, y a este respecto dice:

“Este sistema plantea numerosos problemas, cuyos proes y contras no sería oportuno discutir en este momento, así como tampoco sería correcto examinar aquí las diversas hipótesis existentes sobre ello. Sin buscar el origen del alma ni las etapas que debió franquear, nos ocuparemos de ella desde el momento de su entrada en la Humanidad, cuando dotada del sentido moral y del libre arbitrio, comienza a responsabilizarse de sus actos”.

Afortunadamente, determinadas ciencias, tales como la psiquiatría, la neurología, la psicología y la genética, junto con las nuevas terapias y el estudio del genoma humano, avanzan a pasos de gigante, reconociendo científicamente la existencia de una conciencia espiritual que rige los procesos del ser humano y de su personalidad, y que descartan la intervención del cerebro y la mente como principios directores del ser humano. Descubren que están sujetos a una conciencia, a una inteligencia inconcreta, donde residen los pensamientos, los sentimientos y los procesos inteligentes del ser humano.

De igual manera, se está llegando a la conclusión de que el universo no es una obra salida de la nada, porque de la nada no sale nada, o de un proceso cósmico fatal o casual, debido a una explosión galáctica, sino como fruto de una inteligencia superior como causa del mismo.

Hasta hace pocas décadas resultaba impensable que estas ideas pudieran nacer del área científica; resultaba inadmisible que la ciencia oficial aceptara postulados tan claros sobre el origen de la vida y del universo. No obstante, seguía admitiendo que el ser humano era un accidente temporal, fruto de la evolución de las especies.

Hoy, la ciencia está acercándose a Dios cada vez más, y acercando al hombre a la comprensión de que su existencia tiene un para qué y un porqué; está haciéndole consciente de su intervención en el universo.

Mientras tanto, los círculos religiosos siguen anclados a su memoria atávica, mantienen vigentes conceptos propios de edades caducas, y difícilmente admiten avances significativos que puedan ofrecer a sus seguidores conceptos y nuevas ideas que se adapten a la mentalidad del hombre del siglo XXI. Este inmovilismo está creando un fuerte rechazo en las nuevas generaciones, a las que ya no atraen esas creencias obsoletas que no responden a sus inquietudes y necesidades. Estas generaciones son espíritus nuevos que ya asimilaron los conceptos de la verdad única y no les satisfacen las rutinas de siglos pasados.

 

La evolución del espíritu por: Fermín Hernández Hernández

©2017, Amor, Paz y Caridad

 

 

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… el Espiritismo y la ciencia se complementan mutuamente. La ciencia sin el Espiritismo es impotente para explicar ciertos fenómenos, contando solo con las leyes que rigen a la materia; así́ como el Espiritismo, sin la ciencia, carecería de apoyo y control.

La Génesis, los Milagros y las Profecías según el Espiritismo, Cap. I: 16.A. Kardec.

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EL HOMBRE Y SU FALTA DE AMOR

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El hombre y su falta de Amor

El amor al prójimo ha estado siempre presente dentro de todas las filosofías y religiones a lo largo de la historia de la humanidad, pero no así el amor y respeto por uno mismo, que apenas ha sido motivo de consideración.

El hombre tiene necesidad de auto-valoración y respeto; esta es una premisa esencial en su existencia. Si no llega a ser feliz, si no está a gusto con lo que hace, si la vida que experimenta no le causa felicidad; difícilmente conseguirá encontrar la predisposición para compartir sus experiencias con otras personas y valorar su contacto. Esa actitud le estará llevando hacia un gran vacío interior, a veces tan profundo, que le desorientará y sumergirá en el lado destructor de la vida.

Al encontrarse inmerso en ese gran vacío interior, sus inclinaciones naturales estarán desviando su esfuerzo hacia el ego interior; le estarán forzando a dar preponderancia a esa fuerza primaria que es el egoísmo ancestral, el verdadero motor del hombre y el motor que le ha venido guiando a lo largo de la historia. Es la causa primera de su condición. El hombre sigue siendo enemigo del hombre, su mayor competidor y su propio depredador, justo todo lo contrario de lo que debería ser y que por ley le correspondería: un ser social enfocado a la amistad, a las relaciones, a la colaboración y al compañerismo.

La ausencia de amor que esta sociedad sufre es consecuencia de ese egoísmo e ignorancia ancestrales; ignorancia sobre las verdades y leyes que dirigen y condicionan la existencia. No es que el hombre viva inmerso en la maldad, pero ese sentimiento egoísta se ha instalado como un virus, como una enfermedad contagiosa de la que nadie consigue escapar y que ha llegado a convencer a la sociedad que es la única forma de coexistir y ha empujado al individuo a sobrevivir y desarrollarse ajeno a la vida de las demás personas.

Pero nada más lejos de la realidad; el ser humano es un ente social por definición, un ser incapaz de sobrevivir en soledad y que necesita compartir sus experiencias con los iguales. Por su propia naturaleza, y a pesar de las influencias sociales, las personas no son extrañas en sí, muy al contrario, están hermanadas y comparten la misión de edificar un mundo nuevo cuya base sea la ausencia de egoísmo. Y al igual que ese egoísmo se encuentra hoy arraigado en la sociedad, cuando el hombre finalmente llegue a conocer y compartir su destino común, conseguirá hacer desaparecer esa lacra social.

Puede parecer contradictorio que por un lado insistamos que la historia de la humanidad se fundamenta en el egoísmo, que ésta haya sido la única forma de convivencia entre los hombres, mientras que todos los grandes logros se han conseguido gracias a la convivencia. Esto hecho nos obliga a replantear posiciones ¿qué habría sucedido si en lugar de dominar el egoísmo como norma de subsistencia, se hubiesen establecido la solidaridad, el altruismo, la caridad y el amor? ¿La evolución de esa humanidad habría sido diferente? ¡Sin duda alguna! La convivencia habría sido una realidad, y la paz, la armonía y la fraternidad serían las notas dominantes.

El hombre ha venido arrastrando demasiado tiempo su primitivismo ancestral; se ha descolgado del carro de la evolución y no ha sabido modificar los derroteros. Esto le ha llevado hasta las críticas y deplorables condiciones actuales. Las personas conviven en medio de guerras fratricidas, dónde todo se destruye, dónde todo queda inmerso en la miseria y el dolor, y donde el hambre pasa a dominar a millones de inocentes. El ser humano crea y convive en la injusticia, ha perdido la caridad hacia sus semejantes; ¡Tal parece que se ha inmunizado a golpes de cotidianidad!

El individuo se preocupa únicamente por él mismo, pero ¿puede ser feliz en estas condiciones? ¿Puede disfrutar de la vida en medio de tanto egoísmo? ¿Puede vivir en ausencia de solidaridad?

Resulta por ello determinante conseguir hermanar a las personas, pero comenzando siempre por uno mismo. El hombre necesita ser feliz, alcanzar su auto-estima y plenitud.

Existe una fuente de felicidad muy cercana, que está dentro del propio individuo, es él mismo.

Si el hombre no consigue su auto-satisfacción, su plenitud, difícilmente podrá transmitir esa felicidad a los demás. Para colmar ese vacío que le impide tomar conciencia de la realidad, le resulta imperativo, primero: asumir que la felicidad depende exclusivamente del propio individuo y no de factores externos, y segundo: no poner límites a la búsqueda interior.

El hombre no alcanza la felicidad por lo que posee, sino por lo que es. 

Pero si puede trazar metas y objetivos a corto plazo, objetivos alcanzables que le permitan aumentar su propia autoestima y asimilar que si esos objetivos son alcanzables, se pueden conseguir otros más lejanos. Lo relevante es comprender que la felicidad está en las propias manos del individuo, que esa felicidad depende de él mismo, que puede construirla con su propio esfuerzo y superación, sustituyendo los logros materiales por los valores internos. Y esos valores le fortalecerán, llenando su vida de nuevos estímulos. Entenderá que su destino no depende del mundo exterior, sino de su propio trabajo ¡Habrá tanto por hacer, tantas ilusiones que alcanzar, que faltarán horas al día!

Mientras tanto, el descanso es necesario: poder disfrutar de aficiones, practicar deporte, expansionarse, relajarse; hacer en suma, todas aquellas actividades que resultan gratificantes al hombre. Pero no se debe confundir el descanso y el ocio con la verdadera felicidad y el estado interno de paz y plenitud, pues únicamente ese estado de plenitud puede dar sentido a la vida. Muy al contrario, los extremismos, los apasionamientos, el materialismo y la dependencia de vicios y pasiones arrastran al individuo a la vorágine de los sentidos, a los desequilibrios internos, a las frustraciones y a la depresión.

La dicha es un deseo que nace de lo íntimo del ser, es una fuerza interna que impele al individuo a la búsqueda de la felicidad, para, una vez conseguida, transmitirla a los demás. Es la fuerza de vivir, el deseo de construir, de realizar y realizarse. Pero en el anverso de la moneda encontraremos todo lo material, todo aquello que no se puede atesorar, las conquista efímeras, los usufructos temporales. Es por ello muy necesario saber reconocer las diferencias, pues de no hacerlo, los errores se prodigarán, el tiempo se habrá perdido inútilmente, y las deudas acumuladas terminarán pagándose más pronto o más tarde.

Esta vigilancia es posiblemente el trabajo más arduo del ser humano, o mejor dicho, del ser espiritual en evolución que es. Es un sentimiento que lleva inmanente dentro de su propia naturaleza, es la herramienta para su auto-realización. El ser evolutivo inicia su andadura, su camino hacia la perfección, hacia la sabiduría y la grandeza, partiendo de la ignorancia, de la inocencia y la sencillez, pero nunca se encuentra solo, está siempre acompañado con todas las virtudes de su espíritu inmortal que irán manifestándose a lo largo de su evolución.

Esta es la premisa, saber reconocerse como un ser eterno, como un depositario de los tesoros que la deidad, Dios Padre Creador confía a todo ser cuando emprende el camino de su auto-superación. Mientras el hombre no llegue a comprender esta gran verdad, mientras no busque en esa dirección, seguirá vacío, viviendo en la confusión y desviándose constantemente de su ruta, sometido a las atracciones del mundo material, al artificio que le rodea y que termina corrompiéndole.

La ausencia de amor comienza con uno mismo, comienza por el hecho de no valorarse, por el hecho de no buscar las metas y objetivos espirituales; es la causa de la falta de hermandad entre los hombres y de la constante deriva del individuo. Por muchos avances tecnológicos y materiales que se alcancen, estos apenas repercutirán en el adelanto espiritual del individuo, porque la mayoría de los seres viven enfocados hacia las cosas materiales, dejando de lado la búsqueda del beneficio común.

El egoísmo ha arraigado profundamente en la sociedad, ha dejado de ser una inclinación personal para convertirse en parte integrante de la sociedad; se ha instalado en el tejido y mentalidad colectivos.

Pero no nos llamemos a engaño, esta situación debe combatirse, comenzando por el propio individuo, por su propio auto-conocimiento, por averiguar cuál es su destino y el motivo de su presencia en la vida; en suma, saber hacia dónde se dirige. El individuo debe preocuparse por el presente, para así, construir el futuro.

De no resolver este grave error, la humanidad seguirá manteniendo esa falta de amor entre sus componentes, seguirá escapando de los problemas ajenos y viendo alejarse esa felicidad que tanto desea.

Es por tanto imprescindible la lucha contra el egoísmo, la enfermedad del individuo actual; individuo que ha quedado aprisionado en sus comodidades, que no ha entendido aún que forma parte de un todo, que necesita superar su egocentrismo, que necesita superar su necesidad de ser primero yo, después yo y siempre yo; superar a ese ser ignorante de su participación en el concierto universal. El hombre, en su afán de pensar y vivir sólo para sí mismo, está destruyendo las relaciones sociales, aislándose de su entorno, quedándose sólo y privado de la alegría de vivir en la compañía de sus semejantes. El egoísmo en todas sus variantes de amor propio, codicia, ambición, egocentrismo, afán de dominio, crueldad y demás manifestaciones, es el acicate que le conduce al hastío y a la soledad, a la infelicidad, al sufrimiento y al despertar doloroso en el más allá cuando, concluida su vida física, sus huesos terminen en la tumba y él, perdido en el umbral.

El egoísmo es ciego, desconfiado, irreflexivo, imprudente y vanidoso, conduce a la envidia y a la desesperación, destruye la salud del cuerpo y de la mente, aleja al individuo de su camino hacia Dios y le revuelve contra sí mismo, al punto de cerrar las puertas de su conciencia y con ello, su propia felicidad.

Nunca encontraremos a una persona egoísta que pueda vivir plácidamente, muy al contrario, la veremos siempre apesadumbrada y con la necesidad de luchar constantemente contra algo o alguien; no conseguirá el descanso ni la paz que anhela, pues siempre le faltará algo, estará buscando una felicidad que no existe.

 

Fermín Hernández Hernández

©2017, Amor, Paz y Caridad

 

En la economía del amor hay que dar más de lo que se posee. Hay que darse a sí mismo.

Phil Bosmans

MUCHO QUE MEJORAR

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Mucho que mejorar

(*) «Para que el mundo sea habitable para el hombre»

Habitualmente, el hombre persigue los valores humanos, los estudia, los desarrolla y profundiza sobre sus características y virtudes, pero olvidando, sistemáticamente, comprender los mecanismos de la personalidad, sus defectos e imperfecciones. ¡Qué útil sería llegar a conocer los detonantes de las actos en las personas! No obstante, para poder hacerlo es necesario estudiar la naturaleza de esos defectos: ¿cómo se manifiestan?, ¿de dónde proceden?, ¿el porqué del egoísmo?, etc. etc.

Es importante centrarse en este asunto y comprobar cómo acompañan las imperfecciones el interior de las personas, pues el objeto de la vida humana es, en esencia, el progreso espiritual; y las imperfecciones, los impedimentos del progreso. Flaco favor se hacen quienes evitan el trabajo de autoconocimiento en la búsqueda de las imperfecciones.

Una vez detectadas esas imperfecciones, sería muy conveniente poder eliminarlas, arrancarlas de raíz y transmutar sus valores. Transmutarlos utilizando la caridad, el altruismo, la bondad, y todo acto en favor de los semejantes, desarraigando así el egoísmo, el mayor defecto y causa primera de todos los males humanos. No existen los milagros, nada es gratuito, es imperativo trabajar duramente, en aras de los valores humanos y en el desarrollo del yo superior. De poco o nada sirven las habilidades personales, el intelecto, la capacidad de trabajo o la voluntad, si no existiera un trabajo interior. La moralidad es siempre el timón hacia el puerto seguro, y el amor, la brújula hacia el norte.

(*) Al igual que las plantas necesitan el sol para convertirse en flores, el individuo necesita el amor para convertirse en hombre.

En este pequeño planeta existen lugares de los que resulta muy difícil salir, lugares resultado de la falta de concienciación y la nula responsabilidad de las industrias, dirigidas por el egoísmo y el materialismo embrutecedor. Por mencionar algunos ejemplos, diremos:

La contaminación es un callejón sin salida.

La mayor parte de la industria obvió los desechos que producía. Las comodidades que genera están causando deterioros y daños irreparables en el entorno, daños de tal magnitud, que desconocemos en qué situación quedará el planeta dentro de unos pocos años. Las nuevas generaciones encontrarán desiertos, vertederos y escasez de recursos naturales, producto de la falta de reacción de la humanidad y la falta de una concienciación general ante esta carrera al abismo.

La violencia es el pan nuestro de cada día.

Esta civilización se está habituando a convivir, cada vez más frecuentemente, con atentados terroristas y hombres y mujeres convertidos en bombas humanas; personas que movidas por la ignorancia y el fanatismo se auto-inmolan para causar destrucción y muerte; daños, generalmente, sobre personas inocentes que subsisten en la lucha diaria por la supervivencia. Su único pecado, pertenecer a una fe religiosa diferente a la de sus verdugos, vivir en occidente o en un país infiel; en suma, por ser diferente, pero ¿buscando qué?

Se ha perdido la paz y la convivencia, tu hermano es tu enemigo y se puede alzar contra ti en cualquier momento, sin conocerte; sin tan siquiera ver tu rostro, llega de otra parte del mundo y te destruye en nombre de su Dios. ¿En nombre de qué Dios?

(*) Si odias a alguien, lo matarás con tu imaginación, con tus palabras, tus maldiciones y tus actos. Si amas a alguien le verás vivir y crecer, desarrollarse al calor de tu amistad.

La sociedad de consumo nos ha desvirtuado.

Según dicta la sociedad de consumo, nuestro único fin, es consumir; la estabilidad económica está basada en el consumo, y la felicidad en las posesiones y el consumo desaforado. Y cuantas más posesiones, mayor felicidad: hay que igualar o superar a los demás, ir siempre a los últimos dictados de la moda, conducir el último coche, tener una mejor casa y, sobre todo, despilfarrar lo más posible. Y cuanto más se despilfarra, mayores deudas se contraen y mayor necesidad de ingresos se genera. Es una creciente esclavitud hacia el trabajo. Pero la felicidad es efímera, se escapa, y muy pronto, lo conseguido ya no satisface, hay que ir a por más. ¡¡Mientras la búsqueda de la felicidad no se realice dentro del corazón, nunca se alcanzará la auténtica felicidad!!

Se nos ha privado de la libertad, porque el afán de posesiones esclaviza; se nos ha privado de las cosas sencillas, de las relaciones sanas y naturales, del disfrute de la familia y la amistad.

La codicia ha desmantelado las bases de la sociedad.

Ese algo que denominamos sociedad, ¿en qué se ha convertido? Todos unidos deberíamos ser capaces de conseguir que toda persona y todo hogar, sin excepción, pudiese vivir con los recursos necesarios para su crecimiento y desarrollo, acceso a una educación, a unos cuidados médicos y a una alimentación; en suma, a una vida digna. Sin embargo, unos pocos poseen demasiado, mientras otros poco o casi nada. ¡Sálvese quien pueda!

La sociedad es un campo de batalla, y la codicia y el egoísmo han minado las estructuras sociales. El hombre se ha convertido en enemigo del hombre; se ha convertido en su adversario, su competencia; debe superarle, vencerle y destruirle; el pobre trabaja para el rico, y el rico para que el pobre siga viviendo en la pobreza. El mensaje de amor del Maestro quedó lejos, olvidado.

(*) Occidente no anda falto de conocimientos, de técnicas, de habilidades; básicamente, está necesitado de amor.

Ya no somos personas, sino números.

El ser humano como hombre ya no existe, es apenas un número, una ficha, un currículum para usar y tirar, no importan sus necesidades, no importa para quién trabaje, si multinacionales o estados; debe sujetarse a unas estrictas normas, sin cuyo cumplimiento no les sirve. Te dicen que existen demasiadas personas como tú, y te dejan en la cuneta. Tu vecino te mira como un adversario, está en tu misma situación, piensa que cada uno debe buscarse la vida por su propia cuenta, y ocurre que en lugar de trabajar unidos, nos ponemos zancadillas. Si a ti te va mal, yo lo tendré mejor.

Dios no existe, está olvidado.

Cuánto ejemplo, cuánto mensaje, cuánto sacrificio y enseñanzas han quedado sin calar. Las miserias, las debilidades e imperfecciones humanas han nublado la conciencia; el hombre se ha apartado del camino del bien, del camino de rosas que decidió no caminar, y ahora lo está pagando caro y busca una vía que no existe. Se ha perdido el camino, la verdad y la vida que el Maestro mostró. Por mucho que se busque en otra dirección, jamás se encontrará. Debería bastar con su ejemplo y la reflexión y trabajo humilde hacia la regeneración moral. Solo entonces el hombre podrá sentir a Dios en su interior y rechazar la ignorancia y la mentira.

Todo lo que vemos a nuestro alrededor es banalidad.

Hemos olvidado nuestra esencia divina, aunque debemos tener siempre presente que somos una conciencia espiritual trabajando en un mundo perentorio y artificial. Y quien fundamente su vida sobre el mundo provisorio, está errando el camino. No somos máquinas cumpliendo un programa preestablecido, y no podemos privarnos del tiempo necesario para experimentar lo trascendente de la existencia. Y es que la civilización actual impide al individuo el uso del análisis y la razón; tan solo busca cubrir sus mínimas necesidades.

(*) La casa en que vivimos está afectada hasta los cimientos. De nada sirve reparar tejados, interiores o fachadas, resulta imperativo renovar los cimientos.

El hombre destruye al hombre.

No prevalece religión ni filosofía alguna, únicamente la ambición, la codicia y el afán de los poderosos, la industria y el comercio para controlar el poder, el dinero; lo denominan mercado, pero todos se ensangrientan las manos y nadie se considera responsable. Estamos en manos de unos pocos que se arrogan el derecho a decidir por todos, reciben un voto de confianza y se consideran los dueños del mundo, se olvidan de su condición de servidores, se olvidan de sus obligaciones, de sus congéneres; no preguntan ni cumplen su misión adecuadamente, no se paran a pensar si están caminando por la senda correcta. Y no lo hacen porque están centrados en llenar la cartera, la suya, la de sus amigos y la de su familia. Han de procurar que no les falte de nada. Es un método legal e inmoral de convertir a la sociedad en un rebaño de materialismo y ceguera moral.

Es por ello prioritario, conocer en que está fallando la sociedad y salir de esa espiral que nos arrastra. Como Juan Salvador Gaviota, es hora de volar libres, levantar el vuelo por nosotros mismos, trabajar en nuestra autoeducación y reforma íntima y afrontar la vida positivamente, transmitiendo buenas prácticas e ideas.

Es igualmente imperativo un análisis de todas aquellas situaciones que nos afectan pues, en mayor o menor medida, todos somos responsables de la civilización en que vivimos, la que hemos construido. Cuanto mejor comprendamos nuestro entorno, cómo convivir en él, cómo caminar por él, mejor podremos adoptar actitudes y comportamientos encaminados a liberar al hombre de esa corriente poderosa que es la sociedad; ente vivo que se deja manejar por los mercados y los políticos, y por encima de todo, por esos poderes invisibles que buscan manejarnos como muñecos de feria. Resulta pues imperativo, como digo, conocer por qué y para qué estamos aquí, ser nosotros mismos y luchar para huir de cualquier tipo de influencia perniciosa.

Debemos, por tanto, analizar los defectos y las imperfecciones que siguen dominando este planeta, y debemos comenzar por nosotros mismos. No busquemos cambiar a los demás, no es labor nuestra, seamos más autocríticos y responsables y ello redundará en una mayor felicidad interior.

 

Mucho que mejorar por: Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

(*) La cultura del corazón es la tarea más urgente para la salud espiritual del hombre y para la habitabilidad del mundo.

 

(*) NOTA: Las frases  destacadas con asterisco han sido extraídas de la obra: EL DERECHO AL AMOR, de Phill Bosmman

LA VIDA ES MUY CORTA

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La vida es muy corta

CONCLUSIÓN

Con este breve artículo: La vida es muy corta, damos por finalizada esta sección dedicada a la búsqueda de una concienciación sobre lo que puede deparar la existencia cuando, abandonado el cuerpo físico, se pasa a residir en el mundo espiritual.

La visión de todo lo que nos afecta cambia sustancialmente, y en esa percepción incide de pleno la situación personal previa a ese tránsito. La vida y la muerte son una constante en la naturaleza; una constante que propicia la manifestación del espíritu en el mundo que le rodea, en el ámbito físico y en el espiritual, donde puede evolucionar y transformarse. Es un hecho incuestionable, que más pronto o más tarde, pero siempre dentro del determinismo biológico-kármico, dejaremos atrás, en la tumba, a ese infravalorado compañero de viaje que es el cuerpo físico.

Llegado el momento del tránsito al plano astral o espiritual, como prefiramos denominarlo, sentiremos una fuerza irresistible, una vorágine cósmica que nos arrastrará al lugar que nos corresponde por ley de afinidad, y como resultado del determinismo de nuestras acciones durante la vida física. Se trata de una ley cósmica sobre la que carecemos de control alguno y que opera automáticamente. Una vez agotado el tiempo del cuerpo físico, el ser queda a merced de las leyes universales que rigen el proceso evolutivo. Y ese determinismo nos sitúa en el lugar que por méritos o deméritos nos corresponde.

Mediante encarnaciones sucesivas que el Creador, en su infinita bondad, concede a todo ser evolutivo y que son planificadas desde el plano espiritual por seres especializados, el ente evolutivo podrá conseguir un futuro renacimiento que le permitirá obtener una nueva experiencia carnal con la que rehacer su pasado; un pasado generalmente sembrado de actos dañinos, y realizar así nuevas acciones que le permitan restablecer el equilibrio perdido, acciones de solidaridad hacia sus iguales y compañeros de viaje evolutivo. Con el uso adecuado del libre albedrío, el ser podrá forjarse un nuevo y prometedor futuro.

¡La siembra es libre, la cosecha siempre obligatoria!, y el fruto de esa siembra, destructiva o creativa, le acompaña siempre, es su propio bagaje y forma parte de sí mismo, junto con las responsabilidades inherentes a sus propios actos.

En determinadas ocasiones, la vida física supone un alto en el camino para olvidar un pasado de destrucción, un pasado lleno de dolor y daño hacia los semejantes. Al reencarnar se entra en una nueva familia, una nueva cuna, cobijo y cuidados; también la libertad y el progreso, ayudas que permitirán al ser, ya en su madurez, ser dueño de sus actos. Y ese regalo en forma de nueva vida, puede convertirse en el puente de plata para alcanzar mundos más evolucionados, física y espiritualmente.

El fruto de las acciones se recogerá, inevitablemente, durante futuras existencias. No obstante, cuando se produce la separación del cuerpo físico, justo en ese instante el ser es juzgado por su propia conciencia; juicio sobre los actos a lo largo de la existencia recién terminada, sobre los actos positivos, los negativos y aquellos no realizados…  ¡¡Juicio ciego y justicia rápida!!

La mayoría de las personas ignoran qué les sucede durante ese lance, cuál es su situación, dónde se encuentran y cómo y por qué han llegado hasta allí. Todo ha cambiado, su vida anterior ha desaparecido, inclusive las posesiones más valiosas se han perdido. ¿Qué habrá sucedido con su familia y amigos?

El ser, cuando encarnado, cuando está inmerso en un cuerpo físico, ignora que nada le pertenece, que es apenas el mero usufructuario temporal de las cosas. Ignora que en el tránsito solo puede llevarse las buenas obras.

Cuán difícil le resulta al hombre poco preparado y sin previsión disfrutar y asimilar el retorno al verdadero hogar, al hogar espiritual. Los condicionamientos materiales, las posesiones, las riquezas, los bienes y las comodidades, en suma, todo aquello que se valora cuando se está encarnado, ¡¡qué ínfimo valor tiene cuando se llega al plano espiritual!!

Cuánto le cuesta al ser evolutivo asimilar su destino eterno; comprender que la verdadera patria, de la que procede y a la que pertenece, se encuentra en ese otro plano de vida.

¡¡No somos un cuerpo con espíritu, sino espíritus con cuerpo!! Y ese cuerpo es el instrumento de manifestación y progreso del ser en el mundo físico.

Pero ¿sabemos, acaso, utilizar ese cuerpo? O por el contrario, ¿es el cuerpo físico el que controla y dirige nuestros pasos?

La certeza y determinismo de los acontecimientos, cuando ya todo resulta inevitable y definitivo, cuando el ser comienza a palpar la nueva realidad, le sumerge invariablemente en grandes reflexiones. Es entonces cuando toma conciencia del valor estéril de los bienes terrenos, apenas meros instrumentos de ayuda en el progreso espiritual. Es entonces cuando pierden importancia los asuntos banales; esos asuntos que en la Tierra apasionaban y a los que dedicábamos parte de la vida, satisfaciendo egoísmo, codicia, ambición y orgullo… satisfaciendo el culto a la propia vanidad.

Es entonces cuando se recuerdan aquellas recomendaciones, aquellas enseñanzas religiosas y morales de todo tipo, consideradas banales e irrelevantes, apenas asuntos en los que pensar alguna vez; quizás más adelante, en algún momento propicio de la vida. Arduo trabajo que el pensamiento materialista no deseaba realizar.

Estamos plenamente inmersos dentro de un cambio de ciclo planetario; apenas resta tiempo para determinarse, para tomar partido. Concienciémonos, porque aún estamos a tiempo de rectificar, de asumir el trabajo moral y espiritual que tenemos comprometido, para no vernos al otro lado del umbral con las manos vacías. Es el momento de superar dificultades, de realizar el trabajo interno necesario, de cumplir los objetivos y metas espirituales pactados en la senda de progreso hacia el futuro. Las construcciones humanas quedan en la Tierra, pero únicamente el trabajo a favor de los iguales nos acompañará siempre. Como chispas divinas nacidas del Creador, brillemos con esplendor a través del trabajo y del ejemplo.

 

La vida es muy corta por:   Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

¡Oh, amigos de la Tierra! ¿Cuántos de vosotros podréis evitar el camino de la amargura con la preparación de los campos interiores del corazón? Encended vuestras luces antes de atravesar la gran sombra. Buscad la verdad antes de que la verdad os sorprenda. ¡Sudad ahora para no tener que llorar después!

Psicografía de la Obra «Nuestro Hogar” de Chico Xavier.

CRECER

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Crecer

El ser humano está destinado a crecer, a cambiar por propia naturaleza; es un ser transcendente desde que nace y comienza a descubrir de manera instintiva e inconsciente; todo a su alrededor le empuja a aprender. En la etapa de la niñez será un acumulador de energía y experiencias, ya que de todo aprende y todo lo observa. ¿Por qué? porque está dotado de sentidos psíquicos, es una entidad con mente y alma que viene a seguir desarrollándose. Pasará por las distintas fases de la condición física: infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y finamente la muerte; sufrirá y vivirá infinidad de pruebas, adquirirá conocimientos, y todas sus experiencias le irán cambiando lentamente. Cuando finalmente termine su recorrido, habrá atesorado un legado mucho mayor del que tenía, pues aún sin quererlo, habrá desarrollado los valores resultantes de sus experiencias a lo largo de la vida.

Es la ley del progreso que figura inmanente en cada ser, ley ineludible que no podemos rechazar, que podemos negar o despreciar, pero que permanecerá inalterable en nuestra propia naturaleza. A lo largo de la vida, su influencia generará daños o parabienes, siempre sobre la base de los errores o aciertos conseguidos.

A quienes comprendan que la vida tiene un sentido transcendente les sería de gran ayuda poder concretar una línea a seguir, una meta final o un objetivo de crecimiento personal, familiar o colectivo.

Como individuos somos dueños de nuestras vidas, tenemos el valiosísimo regalo del libre albedrío y nadie puede experimentar nuestras propias vidas. En idéntica medida, tampoco nosotros podemos vivir la vida de los demás. No podemos acusar a los demás de nuestra situación, pues es consecuencia de la siembra pasada y la adición de la planificación preencarnatoria y de los actos diarios.

Debemos aprender a convivir con nuestras propias circunstancias y limitaciones, cualesquiera que sean, y aprender de ellas para no repetirlas más virulentamente en existencias futuras. Si conseguimos extraer su aprendizaje, sin rebeldía y con afán de superación, dejarán de perjudicarnos, pues todo bascula alrededor de nuestra propia conducta. No podemos obsesionarnos con aquello que nos desagrada, pero sí darle un completo giro y obviarlo, dejando a un lado aquello que nos distrae y desgasta para centrarnos en lo relevante: el progreso y la superación de las imperfecciones.

Como vengo citando, resulta primordial trazarse un objetivo a corto y a medio plazo. En un primer lugar deberíamos detectar aquellas carencias que nos sobrepasan y que, por no haber enfrentado de forma seria y comprometida, terminan enquistándose e induciendo a la repetición de los errores habituales, errores que pueden derivar en rutinas y comportamientos enfermizos, generadores de malestar y desavenencias. Todos nosotros, a poco que analicemos y seamos sinceros, sabemos de qué pie cojeamos.

Estas conductas reiteradas van minando el estado de ánimo, distorsionando la visión de la existencia y haciéndonos sentir que el resto de personas son las culpables de todas nuestras calamidades, consiguiendo finalmente el rechazo y la ruptura  de la convivencia.

Meditemos por un momento sobre la gran cantidad de amistades y parejas rotas, compañeros mal avenidos y un sinfín de situaciones similares, todo por una inadecuada orientación, falta  de autoconocimiento y proyección de futuro. Quien desee realizar una labor trascendente con éxito y concienciado de su paso por la vida, deberá cumplir a rajatabla el manual de instrucciones que le marca su conciencia; deberá someterse a una continua autoevaluación que le permita comprobar la certeza de sus pasos y la impostergable mejora en su conducta, pues sin el conveniente crecimiento moral estará labrando sus penurias futuras.

No obstante, aquel que tiene el camino claro, que es consciente del trabajo a realizar, que comprende cuáles deben ser su actitudes y retos, que acepta cada día como una nueva oportunidad de progreso y cumple fielmente lo que su conciencia le dicta; esa persona, cuando finaliza su jornada, se encuentra radiante y plena, da gracias a Dios por las dádivas recibidas y se va llenado de alegría, aspiraciones y buenos sentimientos. ¡¡Esa es la senda a seguir!! De no ser así, y en justa reciprocidad, la ley de compensación traerá el dolor y su secuela de enfermedades, sufrimientos, obsesión y menosprecio por la vida.

Por tanto, crecer no es sólo una obligación; todos tenemos la responsabilidad de dirigir nuestra vida por el camino correcto, de ser los jueces de nuestras propias decisiones y los únicos árbitros de nuestras actuaciones, pero siempre asumiendo la responsabilidad de dichos actos. Solo así, con esa determinación de crecer interiormente y de cumplir los objetivos comprometidos antes de reencarnar, podremos alcanzar la plena felicidad.

Cuando una persona consigue el éxito material, cuando se enriquece y cambian sus signos externos, cuando se modifica su estatus social, todos llegan a verlo: antes nada era, nada tenía y ahora todo posee. Pero yo pregunto: ¿percibe alguien el crecimiento íntimo de las demás personas? ¿Perciben esos cambios internos? ¿Se preocupa alguien de esos cambios? ¿Quién rechaza la inactividad moral?

Si realmente estamos en proceso de cambio interno, veremos esa mejora; las personas que conviven con nosotros se sentirán más a gusto, observarán cómo crece nuestra simpatía, nuestro altruismo, y que tenemos una mayor tolerancia y respeto hacia todo. Esta es una pequeña muestra de cómo debería ser el camino de la vida: un crecimiento constante que será percibido por las personas con las que convivimos y por nosotros mismos. Pero si no hay cambios, si estamos siempre en el mismo lugar, ¡¡algo está fallando!!

Si cada día añadimos una pizca de amor a la balanza, el resultado será contagioso y alcanzaremos una mayor armonía, seguridad y confianza, pues los pensamientos positivos generan una energía que impele hacia el progreso.

La llave se encuentra en nuestro interior junto con las facultades y los valores. Y sabremos utilizarla si aprendemos a abrir la mente, pero… siempre teniendo presente que el egoísmo, el miedo y la falta de fe la bloquean y mantienen el corazón petrificado, haciendo imposible progresar únicamente con la adquisición de conocimientos.

 

Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

LA INVOCACIÓN, ATRACCIÓN DE ENERGÍAS POSITIVAS

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La invocación, atracción de energías positivas

“Os cansáis antes vosotros de pedir, que nosotros de ayudar.” -Un espíritu amigo- (Parte de una comunicación mediúmnica con motivo de la invocacion).

Como puede apreciarse en el párrafo anterior, hay esferas en el mundo espiritual en donde reina un deseo de ayudar y una predisposición sin límites, por parte de los espíritus de esos planos superiores, en donde domina la luz y el amor incondicional, cuando se les presenta una oportunidad para hacer el bien. Seres espirituales de gran adelanto y evolución hay en dichas esferas que velan constantemente por nosotros, que somos espíritus más atrasados, endeudados por la ley de causa y efecto.

Como consecuencia, traemos a la tierra multitud de pruebas, expiaciones, experiencias que hemos de repetir, una y otra vez, por falta de los valores morales necesarios para encaminar nuestra vida por el sendero más adecuado. Sufrimos la pérdida de seres queridos, padecemos enfermedades, nos enfrentamos a situaciones y circunstancias que no terminamos de comprender, todo ello nos lleva en ocasiones a vivir momentos de gran flaqueza y dificultad, de tristeza, pena, e incluso podemos llegar a la depresión.

No sabemos a quién clamar, no sabemos adónde acudir, qué hacer; mientras que, como estamos empezando a comprender, existen planos de elevación en los que hay muchos hermanos con verdaderos deseos de bien y de amor hacia nosotros, somos sus hermanos pequeños.

Todas aquellas situaciones penosas, de sufrimiento o enfermedad que nos correspondan por ley, hemos de pasarlas. Nadie nos puede privar de las experiencias que tenemos que vivir, si bien, desde arriba sí nos pueden ayudar a soportarlas mejor, a aliviarlas incluso, y a transmitirnos fuerza y energía, iluminación, sentido de determinación para afrontar todas estas vivencias con más entereza, convencimiento y fuerza de voluntad.

Al igual que un padre no puede vivir la vida de su hijo, ni librarle de aquellas pruebas que se tienen que presentar en su existencia para adquirir el progreso y la evolución necesarios; no obstante, si es un padre amoroso, alentará a su hijo, lo apoyará, incentivará sus ánimos, su voluntad, sabrá darle el consejo a tiempo y la fortaleza para que vaya adquiriendo la madurez y la experiencia necesarias para enfrentarse a la vida por sí mismo. La ayuda de un buen padre, de un buen amigo, puede ser determinante en un momento preciso. Sólo el hecho de ver que no estamos solos actúa como un mecanismo que mueve un resorte que nos lanza hacia adelante y nos propicia a ver todo con mucha más claridad, y sobre todo nos da la fe en que podemos hacerlo y alcanzarlo.

Así son los hermanos de luz, seres elevados que vibran con amor y deseos de ayudarnos; no nos privarán de nuestras vivencias y peripecias, pero sabrán estimularnos y darnos la iluminación en esos momentos precisos en que solo vemos nubarrones a nuestro alrededor y el pesimismo se ha apoderado de nuestro ánimo.

La oración es una mirada hacia lo Alto, un reconocimiento de que somos criaturas en proceso de ascensión, la cual no se produce sin esfuerzo, sin sacrificio, sin saber lo que significa el dolor y la felicidad, la tristeza y la alegría, el amor y el odio, la salud y la enfermedad, la pobreza y la riqueza, y tantas otras sensaciones y emociones que hemos de vivir y sentir. La oración es una herramienta que siempre lleva el espíritu en su fuero interno; cuanto más elevado está el espíritu, más reconoce la necesidad de estar cerca de Dios, de la luz, del conocimiento, para obrar siempre dentro de la Ley, para obrar de acuerdo al sentimiento de amor y de fraternidad que debe inspirar nuestra existencia.

Nunca está de más dar gracias a Dios por darnos un nuevo día de vida, por todo los que pone a nuestro alcance y por toda la sabiduría que han derramado los grandes avatares de la humanidad, que son nuestros guías y ejemplos a seguir.

Cuando todo va viento en popa nos creemos dioses, no necesitamos de nada, nos bastamos a nosotros, pero cuando vienen las pruebas, las expiaciones, cuando hemos de enfrentarnos al rescate de grandes deudas, cuando se nos dota de grandes responsabilidades, vastas misiones y nuevos retos, las fuerzas nos pueden faltar, la fe se puede diluir, la confusión nos acecha, las sombra de la duda aparece, la comodidad,  la pereza, la imperfección… en fin, entonces no nos queda otra que inclinarnos y con humildad rogar a Dios que nos asista, nos inspire y fortalezca, dándonos la luz que necesitamos para reemprender el camino.

Cuando elevamos con sentimiento, estando relajados y abriendo nuestro corazón, llegan hasta nosotros infinidad de energías reparadoras, vivificantes, que irradian todo nuestro ser y nos «llenan las pilas», como solemos decir coloquialmente, recibimos mucho más que damos. Si somos coherentes y ponemos en práctica los conocimientos adquiridos, junto  a la oración y meditación diaria, crearemos a nuestro alrededor un escudo protector que nos librará de muchísimas influencias negativas, facilitando en gran medida nuestro trabajo diario.

La invocación es una llamada de urgencia, por así decirlo, una petición para una causa determinada en la que se quiere favorecer a un hermano que está atravesando una dificultad del tipo que sea; entonces al elevar nuestro pensamiento con vehemencia, con amor y fe, este pensamiento sube a las esferas superiores, se crea una especie de canal, semejante a un rayo láser, que es captado y recogido por las entidades capacitadas para prestar dicha ayuda,  hasta donde les sea posible o les tengan permitido en cada caso.

Muchos casos hay de personas que, en un momento dado, han recibido esta ayuda y en breve tiempo han notado una mejoría en su estado de salud, tanto física como espiritual. Hay que decir que no es preciso que la persona afectada sepa que está recibiendo la ayuda espiritual; no es necesario, lo importante es ver una necesidad y estar predispuestos a realizar la petición.

La invocación se puede realizar por varias personas a la vez, ya que la fuerza espiritual al ser elevada por varios miembros, no se suma, se multiplica, haciendo que las peticiones se eleven con más fuerza y se dirijan con más efectividad a los planos espirituales superiores. También es conveniente acordar los días y las horas en los que se puede acudir con normalidad, y de ese modo establecer un objetivo más de acción y colaboración hacia los espíritus y las personas necesitadas. Por ejemplo, se puede pedir por las personas que se han suicidado, por los que han sufrido un accidente, los que atraviesan una dura enfermedad, los que llegan a final de sus vidas.

Necesario es comprender que, para que estas peticiones sean lo más efectivas posible, todo aquel que las lleve a cabo ha de tener una limpieza y un ardiente deseo de ayuda y colaboración hacia el bien, de la manera más anónima y desinteresada. Esto nos conduce a que seamos responsables y comprometidos con el conocimiento espiritual que vamos adquiriendo.

Sin embargo, si no se está vibrando con deseos de amor y de ayuda, sino que se está pensando en las cosas materiales y se hace simplemente de rutina, no tiene la misma efectividad.

Nunca debemos desestimar la ayuda, el amparo, la protección y el auxilio que nos pueden prestar desde los planos espirituales; al contrario, debemos reclamar esa ayuda, tanto para nosotros como para cualquier persona o espíritu necesitado que podamos conocer; ellos se sienten atraídos por nuestras peticiones, y siempre con el permiso del Padre, nos reportarán las energías y la lucidez necesarias para proseguir nuestra andadura espiritual.

Es preciso recalcar esta cuestión, debemos elevar nuestros pensamientos y oraciones de corazón para que los mismos lleguen a esos planos de luz, en donde los escucharán y se pondrán cuanto antes a realizar la ayuda de la que estemos necesitados. No esperemos recibir esa ayuda si nosotros no tenemos la humildad y el propósito firme de cambiar y de mejorar.

Si no somos capaces de realizar esa plegaria sincera, con buenos sentimientos, la oración o invocación quedará en los ambientes materiales, no llegará a su destino, con lo cual no producirá los efectos requeridos.

Hay quien dice: “Para qué orar, o realizar dichas invocaciones; si de arriba saben cómo estamos. Si nos ven atravesando problemas o dificultades, que vengan y nos ayuden”. Gran error que pone de manifiesto la ignorancia espiritual que aún tenemos, y que estamos poco dispuestos a trabajar en aras del progreso, del nuestro propio.

Porque cuando realizamos alguna obra de bien, somos los primeros beneficiados, ya que con ello estamos contribuyendo, sin ninguna duda, a nuestro adelanto y desarrollo de las facultades espirituales que poseemos en potencia.

Sepamos aprovechar esta ayuda que tenemos a nuestra disposición, sólo basta con pedirla con fe y humildad. Recordemos el «Pedid y se os dará«, «Tocad y se os abrirá«. Jesús nos enseñó, a través del Padre Nuestro, que él mismo se dirigía al Padre pidiéndole fuerzas y esclarecimiento, por ello siempre tenía a su alrededor una gran protección para velar que con toda seguridad llegara a cumplir tan excelsa y sacrificada misión.

 

LA INVOCACIÓN, ATRACCIÓN DE ENERGÍAS POSITIVAS por:  Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

REQUISITOS DEL PROGRESO: EL DEBER COMO MEDIO DE SUPERACIÓN

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El deber como medio de superación

Son muchos los valores que debemos ir atesorando internamente a lo largo de la existencia. Vida tras vida, experiencia tras experiencia, vamos descubriendo nuevas facetas; positivas y negativas, que van presentándose en la medida en que reaccionamos ante las nuevas alternativas y dificultades que el día a día nos depara.

Las vivencias pueden ser atesoradas si somos conscientes de los acontecimientos diarios. Unos pasan desapercibidos, otros llegan como una tumultuosa marejada. De no prestarles la debida atención resultarán inútiles, y las horas, los días, los años; en resumen, el tiempo, pasará estérilmente. Pero si realmente estamos convencidos de que todo obedece a un fin predeterminado, entonces, nuestra visión será completamente distinta; nos preocupará resolver los problemas y atender los requerimientos morales que, como pruebas, se nos presentarán. De ese modo, mantendremos un espíritu abierto, así como unas expectativas y deseos de progresar en la lucha cotidiana. Saldremos al paso de los acontecimientos en lugar de verlos venir.

El ser humano, en su actual proceso evolutivo, podría definirse, más que como un ser racional e intelectual, como un ser moral. No obstante, el pensamiento y la razón son sus mejores consejeros, son el cayado en el que descansa, y el adecuado discernimiento le ayudará a librarse de muchas equivocaciones y errores. No obstante el mejor método, el más efectivo para progresar, si cabe, es un escrupuloso cumplimiento de los deberes morales. Pero siempre, sin perder de vista a sus enemigos: la desidia, la relajación, la pereza y la comodidad, entre otras cualidades negativas. Actitudes que, ante una falta de control, intentarán desviarnos de los compromisos. Y nuestra naturaleza humana ayudará; pues su inclinación natural es dejarse llevar por esos defectos.

El sentido común, el discernimiento y la razón nos llevan a la certeza de que el trabajo pendiente es interminable, trabajo por realizar en favor de nuestros iguales y que finalmente redundará en beneficio propio. La naturaleza humana, en su inclinación natural, intentará que dejemos de lado sacrificios, renuncias y dedicación, e intentará evitar la auto-imposición de los deberes morales. Las obligaciones profesionales y materiales vienen ya por sí solas, están diseñadas por las empresas y sus estamentos directivos; se objetivan y se obligan a cumplir, muchas veces bajo la presión mediática del miedo a la pérdida del trabajo y el sustento.

Ahora bien, los deberes morales merecen otra catalogación, nacen del íntimo deseo de superación, de nuestra conciencia superior. Y sucede que el mundo nunca ha valorado, ni valorará, el cumplimiento de esos compromisos morales; ni los quiere ver, ni obliga a que se cumplan. Solamente la voz de la conciencia servirá de ayuda.

Cuando al final del día efectuamos una revisión de los acontecimientos de la jornada, el cansancio por el trabajo realizado aparece, y la satisfacción del deber cumplido tranquiliza la conciencia y reconforta al espíritu, proporcionándonos las fuerzas necesarias para continuar al día siguiente.

Es muy relevante, atender los compromisos que llevamos implícitos como espíritus inmortales, y que podríamos definir como el progreso a través de las experiencias en la búsqueda de la perfección. Esa es nuestra misión como espíritus cuando utilizamos un cuerpo físico. Por ello, resulta conveniente abordar, lo antes posible, el balance de nuestras vivencias y tomar cumplida nota de los deberes a priorizar en el transcurso de nuestra vida en la Tierra. Si tenemos inquietudes espirituales, es necesario, que de cuando en cuando, hagamos una reflexión para determinar si nos movemos en el camino correcto, que estamos haciendo aquello que nos comprometimos, que somos fieles valedores de la doctrina que representamos y que servimos de ejemplo ante la sociedad.

Un alto en el camino y una serie de preguntas íntimas nos debe llevar al convencimiento de estar haciendo todo lo posible, o también a determinar, si por el contrario, estamos haciendo poco o prácticamente nada. La relajación, la comodidad, la desidia, la pereza y otros tantos defectos morales pueden ir desviándonos de las metas comprometidas, dejando muy atrás la ilusión y el entusiasmo con los que empezamos en este sendero.

El deber es la obligación moral por excelencia, primero con respecto a sí mismo, y después  respecto a los demás. El deber es la ley de la vida y se encuentra en los más ínfimos detalles, al igual que en los más elevados. Yo hablo sólo del deber moral, y no del que imponen las religiones. Instrucciones de los espíritus. EL DEBER, Lázaro. París 1863. Extraído del evangelio según el espiritismo.

La ilusión es un atributo que debemos mantener y cuidar; que no se debe perder para ir creciendo con el tiempo, porque a medida que se van alcanzando los logros previstos, surgen nuevas metas y objetivos. Mientras exista vida debe existir realización; el trabajo que aguarda es ingente y para poder afrontarlo resulta imprescindible el compromiso con los principios personales. Esta predisposición evitará la pérdida de la fe, de los deseos y de las motivaciones y, muy especialmente, activará la ilusión de seguir participando en las actividades del grupo espírita. Existen personas, componentes de grupos, que atraídos por las nuevas tendencias y novedades sociales, poco a poco, van perdiendo el norte de su compromiso espiritual, pensando que lo tienen todo ya realizado dentro de su filosofía y convencidos de no encontrar nuevos y estimulantes retos.

Es su decisión y debemos respetarla, pues por encima de todo, debe primar el libre albedrío personal.

Muy al contrario, si nos vamos renovando íntimamente, según va transcurriendo el tiempo; si mantenemos el ímpetu y entusiasmo inicial por seguir aprendiendo y evolucionando, esta actitud nos fortalecerá y nos permitirá adquirir una sólida base de lealtad, voluntad y perseverancia hacia los propósitos y compromisos. Resulta muy difícil que a un espíritu de esas cualidades, el viento le haga tambalearse, porque estará preparado para superar las pruebas y momentos de crisis que, más pronto o más tarde, se le presenten. Y en esa convicción, podrá mantener sus objetivos a lo largo de la existencia.

Por tanto, debemos ser conscientes que con el paso del tiempo; si no atendemos el trabajo y los deberes comprometidos, podemos encontrarnos determinados peligros que podemos resumir básicamente en cuatro:

1.- Los defectos o debilidades no corregidos en su momento.

Cuando no alcanzamos a entender y asimilar las pruebas, experiencias y dificultades por las que vamos atravesando, éstas dejan una herida abierta, un sentimiento de inseguridad y de incertidumbre, de malestar e insatisfacción; una espina clavada que no sabemos dónde está y como extraer. Es una prueba que quedará pendiente para nuestro espíritu y que volverá a presentarse, una y otra vez, tantas ocasiones como resulte necesario, hasta que, finalmente, sea aprendida y corregido el defecto desde su raíz, desapareciendo así del futuro.

2.- El conformismo.

Terrible peligro, pues llegados a cierto punto, nos sentimos cansados, desganados, carecemos del empuje inicial y del deseo de llevar a cabo el trabajo como al principio. Es algo que resulta, hasta cierto grado, natural y lógico. No obstante la experiencia debe ayudarnos a conocer en qué otras actividades podemos participar para no perder ese impulso natural de progreso que está instalado en nuestro espíritu y que nunca nos abandona. Pueden influir los años, la edad, el hecho de sentirse mayores y creer que toda la labor fue ya realizada, o que las nuevas tareas nunca llegarán a ser cumplidas. Se trata de pobres justificaciones, fruto de la comodidad, el abandono, de la pereza y de no ejercitar la fuerza de voluntad.

3.- La comodidad.

Estado que puede inducirnos a no apreciar el peligro que representa para el progreso del espíritu, pues invita al arte del mínimo esfuerzo y a la molicie. Nos induce a mantener la conciencia dormida y callada ante los requerimientos de nuestro yo superior. Y es que somos unos maestros redomados en el arte de desvirtuar los mensajes de nuestra conciencia superior y de los guías espirituales. 

4.- La monotonía y el estancamiento.

Estados que igualmente afectan a personas que consideran como más importante, sobre todo en los grupos espíritas, la práctica de los trabajos mediúmnicos sobre otras actividades necesarias y fundamentales; con dicha actitud creen cumplir todos sus compromisos. No olvidemos que somos también responsables de lo que debíamos hacer y no hicimos, desoyendo así, la voz de la conciencia superior. Más pronto o más tarde, rendiremos cuentas ante tribunal de la vida.

Por ello es muy importante atender y no descuidar la misión espiritual en la Tierra. También deseamos puntualizar, que resulta muy conveniente revisar nuestros verdaderos deberes como espíritas; siempre, con el fin de renovarnos día a día y evitar el estancamiento, el conformismo, la monotonía, la comodidad y la molicie; defectos que por pura sintonía, se encadenan unos a otros, llevando al espirita a un estado de aletargamiento y pasividad, impropios de todo aquel que se considere trabajador de la Obra; trabajador que dice pertenecer a un grupo espirita y que afirma estar asistido y asesorado por espíritus superiores.

La semilla que dejó el Maestro: ¿Se está secando? ¿Encontró el terreno fértil para fructificar? ¿Cuáles son los deberes de los Espíritas? ¿Se cumplen? Estos y otros interrogantes deberían mantenernos alerta y fieles a la doctrina del Maestro, quien, como bien sabemos, se sacrificó para servir de modelo con sus enseñanzas y ejemplos. Evidentemente, no damos la talla.

Si nos auto-convencemos que tenemos pocos deberes que cumplir, nuestra vida irá siendo cada vez más estéril y no seremos conscientes de estar dándoles mayor valor a las cosas materiales. Vivimos preocupados por las necesidades más básicas y olvidamos los asuntos espirituales, que dejamos como algo secundario. Disfrutamos de una vida cómoda y placentera, olvidando que con la desidia y el abandono espiritual, nos estamos labrando un doloroso futuro.

 

El deber como medio de superación por:         Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

LA MUERTE ¿NOS CAMBIA?

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LA MUERTE ¿NOS CAMBIA?

En cuántas ocasiones nos hemos cuestionado cómo será la vida en el Mundo Espiritual. ¿Podemos tan siquiera imaginarnos cómo será la existencia en ese nuevo mundo que nos resulta desconocido? Cuando muramos ¿dónde despertaremos? ¿Cielo, Infierno, Purgatorio? ¿Cuáles serán las condiciones en esos lugares? ¿Cómo sucederá? ¿Con quién nos encontraremos? ¿Cómo será nuestra forma de vida allí? ¿Y qué ocurrirá a partir de entonces? ¿Seremos iguales? ¿Cambiaremos? Son tantos y tantos los interrogantes que nos asaltan que nos quedamos en un mar de dudas.

¿Existen repuestas para todo este género de dudas? Y ¿dónde podemos encontrarlas?

El espíritu, al que también podríamos denominar nuestro yo superior o alma, es siempre el mismo, y aunque suele ocupar distintas personalidades a lo largo de sus innumerables existencias, tiene en su origen la misma y única esencia espiritual, es decir, es en todo momento el mismo ser.

Estar viviendo dentro de un cuerpo físico o fuera de él, no nos cambia en absoluto la forma de pensar y sentir. El cuerpo físico del que nos valemos para manifestarnos en el planeta es solo un instrumento, una herramienta de trabajo adaptada al entorno que nos rodea, es el traje que permite al buceador moverse en su elemento para, una vez finalizada la jornada, aparcarlo. El hecho de llevar o no esa indumentaria temporal no cambia los pensamientos e ideas, ni nos hace mejores o peores, pues íntimamente todo continúa igual.

Llegados aquí, quienes tienen nociones sobre las relaciones entre encarnados y desencarnados; o como dirían otros, entre vivos y muertos, ya deben ser conscientes de que el cuerpo físico es apenas una máquina adaptada a su entorno.

Como chispas divinas creadas por Dios a su imagen y semejanza espiritual, somos todos únicos e irrepetibles, diferentes entre sí, pues la suma de las peculiaridades y el bagaje de las experiencias acrisoladas nos convierten en seres absolutamente diferentes. Cada ser es una crisálida divina trasladándose a lo largo del tiempo y del espacio, aprendiendo encarnación tras encarnación, buscando la sabiduría a través de experiencias y luchando por acercarse, poco a poco, a su origen, a su Creador. Las diferentes vidas o reencarnaciones sirven para atesorar nuevas experiencias y completar aquellas que quedaron a medias. Evidentemente, repetiremos las pruebas no completadas, y algunas más a título de prueba o como expiación por los errores cometidos en el tránsito existencial. Es el medio para demostrar haber aprovechado las lecciones y desarrollado los valores internos que como seres espirituales poseemos.

Podemos encarnar en innumerables planetas; planetas que se ajustarán a las necesidades evolutivas y a la situación específica de cada persona. Usaremos indistintamente un cuerpo de hombre o de mujer, según sean las necesidades de aprendizaje, siempre en función de los valores y objetivos buscados (no olvidemos que el espíritu no tiene sexo); pues cada condición, masculina o femenina, lleva implícitos unos valores claramente diferenciados que potencian valores concretos del ser. Es decir, a lo largo de nuestra andadura existencial utilizaremos indistintamente un cuerpo masculino o femenino, siempre a tenor de las necesidades evolutivas. Extraeremos las virtudes y cualidades del ego superior aprendiendo con las diferentes situaciones que la existencia propicia: la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, el poder y la miseria, la belleza y la fealdad, y toda suerte de condiciones humanas. Y, dejando atrás el lastre que suponen las debilidades e imperfecciones, podremos superar nuestra triste condición de cuasi-humanos en lucha por la superación personal.

Pero en todas y cada una de estas fases el espíritu es siempre el mismo, aunque animando personalidades cambiantes. Debemos tomar consciencia de que la individualidad es única e intransferible; que se enriquece, se eleva, que amplía horizontes y fuerza espiritual, que adquiere mayor fe y amor, que crece en una mayor esperanza y deseo de progreso, que se supera constantemente buscando la mayor dicha, la paz, la felicidad. Con este trabajo subiremos en la escalera de Jacob, la escala evolutiva de los mundos, mundos físicos en la actual etapa y mundos espirituales en el futuro. Únicamente se nos exige luchar; luchar vida tras vida, prueba tras prueba y expiación tras expiación.

Que la evolución es lenta, que actúa sin saltos, ¡es cierto! Pero podemos progresar, más o menos rápido, dependiendo siempre del uso adecuado de nuestro libre albedrío. Cuando llega el acto natural de la muerte, cuando abandonamos el cuerpo físico, nada cambia interiormente, no sufrimos transformación personal alguna, solo nos llevamos aquello que podemos transportar, nuestros actos y experiencias. Actos que han quedado grabados a fuego en la conciencia y experiencias que se añaden al bagaje del alma: emociones, gustos, inclinaciones, virtudes y defectos. ¡Esa y no otra es la herencia! Y con esta maleta partimos al mundo espiritual, equipaje que guarda nuestras únicas pertenencias.

Y cuando llegamos allí comprobamos, con gran sorpresa, que seguimos siendo las mismas personas, que sentimos y pensamos exactamente igual, y que debemos someternos al juicio implacable de nuestra propia conciencia; juicio que determinará si nuestras acciones fueron equívocas o acertadas, qué hicimos a medias o qué dejamos sin hacer. El mundo espiritual es tan real o más que éste, allí no hay posibilidad de engañar, todo queda a la vista de los demás, no existen caretas que ponerse y ocuparemos inapelablemente el lugar que merezcamos en base a nuestros propios actos y evolución. No existen enchufes, atajos ni excusas. Las Leyes Universales imponen sus condiciones y dejan ver nuestra realidad espiritual, la única que sobrevive al cuerpo físico. Nada que discutir, nada que reclamar, quedamos a merced de la justicia de nuestra propia conciencia. Veremos pasar nuestra existencia y seremos nuestros propios jueces y árbitros; entonces habrá llegado el momento de asumir los equívocos y aceptar la responsabilidad de nuestros actos, recibiendo la justa corrección y las expiaciones necesarias para seguir progresando.

[infobox]Nacer, morir, renacer, progresar siempre, tal es la ley.

Allan Kardec.[/infobox]

Esta es la diferencia que distingue a quienes, una vez aprovechadas las lecciones, regresan al Hogar Espiritual: Comprenden lo transitorio de la vida en la Tierra y se dejan ayudar por los sus colaboradores desencarnados. Asumen que ya no les queda nada por hacer en el mundo físico y solicitan aprovechar la fuerza que reciben de la Naturaleza para subir un peldaño más en su camino y seguir adelante con su destino; estudiando, aprendiendo de todas las vicisitudes acumuladas en su recorrido por la Tierra.

Con la colaboración de los trabajadores desencarnados recibimos la dádiva de asimilar las razones de los principales acontecimientos de esa vida recién concluida. Concienciados del momento evolutivo en que nos encontramos, disfrutamos de los aciertos y experiencias positivas, y sufrimos y nos acongojamos de las malas acciones y de todo aquello que pudimos hacer y no concluimos, lamentando los errores y daños causados a nuestros iguales. Todo daño queda anotado en el Libro de la Vida y pendiente de futura reparación, y para ello, llegado el momento oportuno recibiremos una nueva oportunidad para encarnar. Esta espera resulta imperativa, pues las necesidades son muchas y las disponibilidades de cuerpos humanos, pocas. No debemos olvidar que existen, aproximadamente, cuatro seres en espera de un cuerpo físico por cada uno utilizado en el planeta.

Identificarse como seres en evolución, mitigar defectos, pulir errores, retomar la senda del progreso y planificar una nueva encarnación es el camino que eligen los seres que desean superar los ambientes humanos en búsqueda de la luz, luz que no es otra que el conocimiento y la responsabilidad.

Pugnando en dirección contraria se encuentran los reacios al progreso, los orgullosos y egoístas, los fatuos y engreídos, los pagados de sí mismos, los soberbios, los imantados a vicios y bienes materiales; todos aquellos que se resisten a admitir sus errores y aceptar que son hijos de un mismo Dios, de un mismo padre, que son eternos y responsables de sus actos, y que apoyándose en su soberbia rechazan cualquier ayuda, se enredan en sus vicios e inclinaciones materiales, incrementan sus miserias morales y van degradándose cada vez más, aumentando las deudas kármicas y enfangándose en las tendencias degradantes de la materia, con desprecio a los valores del espíritu. Para estos llegará el crujir de dientes, afirmó el Maestro Jesús.

Solo existen dos opciones: adelantar o estancarse, luz u oscuridad, cielo o infierno; en cualquier caso, todos son estados de conciencia libremente elegidos. El cielo y el infierno que nos predican las religiones no existe como tal; cielo o infierno son estados de la propia conciencia, estados a imagen y semejanza de los pensamientos y sentimientos íntimos con los que vibramos.

El acto de fallecer y volver al plano espiritual será el catalizador que ayude a entender las circunstancias de lo vivido en la tierra; el catalizador que nos predispondrá a un cambio de actitud, a vislumbrar el porvenir y a aceptar las consecuencias de nuestras acciones durante esa vida ya finalizada. No obstante nada cambia, seguiremos siendo lo que éramos, pero la espada de Damocles penderá sobre nosotros exigiendo un cambio, un nuevo reto en nuestra condición espiritual, forzando el proceso metamórfico que nos convierta en seres angélicos, conscientes de su participación en la construcción del Universo.

 

La muerte ¿Nos cambia? por: Fermín Hernández Hernández
© 2017 Amor, paz y caridad

 

LA EDUCACIÓN AL SERVICIO DE LOS VALORES

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LA EDUCACIÓN AL SERVICIO DE LOS VALORES

Sin duda, el camino de la perfección va íntimamente ligado al de la educación; pero no a una educación basada en la memorización y la asimilación de conocimientos sobre el mundo físico, sino en una formación ético-moral que consiga mejorar al hombre mediante el conocimiento de sí mismo. Así, buscaremos una educación que ayude al hombre a comprender y respetar mejor a sus semejantes y a pulir debilidades e imperfecciones; aceptando que estas cualidades negativas le inducen a equivocarse en perjuicio de sí mismo y de sus iguales, dañando en paralelo, sus relaciones sociales y la consecución de los objetivos planificados.

En general, entendemos la educación como el método imprescindible para la formación académica del hombre desde muy tierna edad, (aunque sería deseable un constante aprendizaje sin la limitación de la edad) y siempre  buscando atesorar los conocimientos adecuados para progresar en el mundo civilizado. En la práctica, buscamos esa titulación académica que nos permita emanciparnos y alcanzar los suficientes recursos económicos que nos permitan conseguir la libertad; libertad que las más de las veces nos lleva a fundar la propia familia.

Si nos atenemos a la definición de la R.A.E. sobre la Educación, encontraremos:

1.- Proceso de socialización y aprendizaje encaminado al desarrollo intelectual y ético de una persona;

2.- Instrucción por medio de la acción docente;

3.- Cortesía, urbanidad.

Vemos que en su significado se recogen dos alternativas diferenciadas, que son: el conocimiento y el apartado ético-moral. Sin embargo, todos tenemos muy claro que el aspecto intelectual y la asimilación de conocimientos absorben la práctica totalidad del interés académico, con un lógico detrimento del aprendizaje ético-moral.

Todo está perfectamente planificado y estructurado para ofrecer al estudiante los mejores resultados: ¿Pero, ocurre así en el aspecto ético-moral? ¿Y quién se ocupa de este aprendizaje?

Evidentemente es una obligación primordial de los padres; es su más relevante proyección para con sus hijos. No compete pues, a docentes e Instituciones impartir una educación moral a niños y jóvenes, pues aunque colaboran en ello, sus limitaciones son muy grandes. Tristemente, la mayor parte de los padres sigue creyendo que este peso recae sobre las Instituciones y por ese motivo, hacen poco, o casi nada para ayudar en estos fines. Y es que los pensamientos e intenciones de la mayoría no caminan en esa dirección.

¿Porqué los padres no reciben las mismas facilidades que los docentes a la hora de educar a sus hijos?

Porque no se considera una prioridad para los dirigentes sociales, pues si realmente estuviesen interesados, del mismo modo que existe todo un engranaje y organizaciones dedicadas a potenciar los estudios académicos, también se habilitarían los recursos necesarios para la transmisión de una educación ético-moral. Esta es, sin duda, la asignatura pendiente en la formación del hombre y la labor más ardua a realizar por falta de la conveniente formación y preparación académico-moral. Si miramos atrás en el tiempo, comprobaremos que nunca ha existido una formación que preparase a los padres para su responsabilidad paterna. Tan solo la tradición familiar y los ejemplos de los antecesores han servido como piedra de unión y modelo educativo de una a otra generación. Y es que la vida de nuestros ancestros y sus circunstancias familiares han sido más y más penosas a medida que retrocedemos en el tiempo.

 

Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto”, Aristóteles

 

Sabias palabras de Aristóteles, el eminente filósofo griego. Se habla mucho de conciliar la vida profesional y familiar, sin embargo, esto no deja de ser una utopía en la sociedad actual, porque son demasiados los hogares que necesitan el trabajo de ambos progenitores, dado que un único salario resulta insuficiente para cubrir las necesidades económicas del grupo familiar. La sociedad está enfocada desde hace un tiempo a que ambos componentes se vean en la necesidad de trabajar para alcanzar el standard de vida deseado.

En consecuencia: ¿De qué tiempo disponen los padres para atender a sus hijos, escucharles, disfrutar con ellos y enseñarles todos aquellos valores que deben aprender en el seno del hogar y a través de sus propios consejos?

Las tendencias actuales nos demuestran que la mujer, la madre, tiene el mismo derecho al trabajo remunerado que el hombre, y lucha para realizarse personal y laboralmente, porque en ese desempeño puede conseguir la independencia económica y social que le permita tener las mismas oportunidades que el sexo masculino. Aun cuando el hombre aporte recursos suficientes para cubrir las necesidades familiares, la mujer, por pleno derecho, ha de trabajar; pues posee el mismo derecho a sentirse útil a la sociedad y de ocupar puestos de relevancia. Y estos condicionantes inciden en que la educación ético-moral de los hijos quede en un segundo plano.  

Podemos observar que las circunstancias se complican cada vez, un poco más, cuando buscamos ofrecer a los vástagos esa educación ético-moral, que tan bien definida queda en nuestro diccionario.

¿Deberíamos sentirnos en la obligación de retirar a nuestros hijos de sus estudios en escuelas y universidades?

Evidentemente NO, sería un auténtico desatino. Queda fuera de toda duda que nuestros hijos necesitan una correcta educación y un adecuado aprendizaje académico. Y ello nos lleva a plantear la siguiente duda:

¿Creemos que necesitan también una enseñanza ético-moral y que esta formación hoy es apremiante?

¿Si los padres únicamente disponemos de tiempo para trabajar, cómo va a resultarnos posible prestarles la dedicación y ayuda moral que por Ley natural necesitan? Llegando al hogar cansados después de las largas jornadas laborales, ¿Cómo vamos a sacar fuerzas y la lucidez necesarias para formarles?, ¿Cómo podremos aportarles el cariño que necesitan y corregir sus imperfecciones y defectos? Resulta triste observar que existen demasiados padres ignorantes de las necesidades reales de sus hijos…y muchos (demasiados) hijos que ignoran la realidad de sus padres; bien por ausencia de la dedicación necesaria o porque este es un problema arrastrado del pasado. Pensamos en innumerables ocasiones que dándoles caprichos o juguetes podemos cubrir el gran hueco producido por nuestra ausencia, pero…nuestra conciencia nos advierte de justo lo contrario. Y es evidente que hay algo que no funciona.

¿En general, porqué damos tanta importancia al aspecto intelectual y tan poca al aspecto ético-moral?

Posiblemente, porque de algún modo estemos equivocándonos. Quizás estemos errando en nuestra consideración de lo que representa la formación ético-moral para esta civilización, para su progreso y para el bien común, amén de todos los condicionantes que inciden en la paz, felicidad, fraternidad, justicia e igualdad de pueblos y personas. Hemos generado un desequilibrio en la formación humana y sus resultados son el caos y desorden reinantes en la Humanidad. Resulta evidente que apenas vislumbramos el verdadero significado del concepto “Educación”.

¿Qué indica al respecto el Libro de los Espíritus? (del egoísmo, ítem, nº 914): Conforme los hombres se van instruyendo en lo concerniente a las cosas espirituales, atribuyen menos valor a las de la materia. Además, es preciso reformar las instituciones humanas que mantienen el egoísmo y lo fomentan. Esto corresponde a la educación. 

En efecto, a causa de nuestro actual escaso grado evolutivo, todavía no le damos la justa relevancia al aspecto espiritual de la vida humana, y siendo como es la faceta más importante en el desarrollo de los seres, esta deficiencia ha llevado a esta Civilización a atravesar momentos duros y difíciles. La gran mayoría de las personas que habitan este planeta sobreviven dentro de carencias, necesidades, enfermedades e incertidumbres, y el hecho de superar cada nuevo día les supone un difícil reto.

Mientras la sociedad continúe ciega a las necesidades del espíritu, menospreciando los valores ético-morales y dando prioridad, por encima de todo, al conocimiento y al intelecto, seguiremos padeciendo entre barbarie y crímenes: situaciones que vemos reproducidas constantemente en los medios de comunicación social y más o menos cercanas a nuestros hogares: «Guerra, terrorismo, atentados, crisis, etc.” Tristemente, hemos olvidado los principios que deben regir nuestra andadura por la Tierra.

Al carecer el hombre de los elementos primordiales de su evolución: El desarrollo del alma, el conocimiento íntimo y la responsabilidad en el progreso del espíritu, la sociedad de la que participa, camina completamente desestabilizada, necesitada del ingrediente que la motive, la eterna búsqueda: quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Por muchos esfuerzos que hagamos para mejorar la vida en el terreno científico, tecnológico y legislativo, seguirá faltando siempre el principal elemento de progreso que es la educación del alma y la responsabilidad del propio progreso.

En modo alguno debemos limitar la educación de nuestros hijos, y de todo hombre, a los conocimientos físicos y materiales. Debemos incidir, responsablemente, en la enseñanza de los conocimientos espirituales, pues únicamente a través de ellos, podremos armonizar nuestra existencia. Y esta armonía, por afinidad, cambiará la sociedad a la que pertenecemos.

No solo debemos educar nuestro cerebro, nuestra mente inundándolos de conocimientos; resulta imprescindible también darle sentido a la vida, llenando corazón y alma con otro anhelo diferente, anhelo de crecimiento moral; porque la materia no puede satisfacer al corazón, ni facilitar el impulso que necesita nuestra alma para vivir con ilusión. El cuerpo físico es apenas un instrumento dirigido por los instintos que no conoce el objeto de su existencia, es como un caballo desbocado que intenta llevarnos al olvido de las motivaciones de nuestra venida al planeta, encarnados en un cuerpo físico. Resulta por tanto prioritario, educarla y dominarla para convertirla así, en un instrumento dócil del trabajo en la evolución personal. Los valores morales, la actitud, la sabiduría, el amor, la felicidad y el deseo de progreso son características inherentes al espíritu.  

Cada uno de nosotros puede y debe romper los férreos lazos que impone el cuerpo físico, manteniendo la firme determinación de participar del mundo real, el mundo del espíritu y conectar así con la conciencia superior, que nos permitirá ir descubriendo las motivaciones que nos han traído hasta aquí, y cuales los compromisos y valores a desarrollar. Si no aprovechamos el momento nos arriesgamos a perder esta existencia y las metas propuestas, alargando de ese modo nuestra evolución.

Tenemos una lucha pendiente, la de los viejos valores, aquellos valores que nos enseñan a participar en la cultura de esta civilización y que ha llevado al mundo hasta la situación actual: La industrialización, la tecnología, la competitividad, el materialismo, la ambición, las guerras, el dinero, el afán de protagonismo y la búsqueda del poder.

Estos valores ético-morales, valores del espíritu, representan una nueva concepción del mundo, donde cobran especial importancia los valores humanos, la fraternidad, la sencillez, la humildad y el dominio del orgullo. Una mente abierta nos acercará, poco a poco, cada vez más, a nuestro yo interior y nos ayudará a conseguir que este mundo sea una auténtica escuela donde prime la paz y el amor. Mientras no reconozcamos que el único enemigo es nuestro yo inferior, hasta tanto no logremos conquistarlo, nuestro mundo seguirá siendo el que es ahora, un mundo de imperfección y egoísmo.

 

Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

[infobox]En el mundo hay dos clases de seres: los sabios y los ignorantes. Esta sabiduría es la que nos interesa. La religión que un hombre profesa, la raza a la que pertenece importa poco. Lo realmente importante es que los hombres conozcan el Plan Divino. Porque el plan de Dios es la Evolución. Una vez que el hombre lo reconoce, no puede sino identificarse con sus designios y trabajar de acuerdo en él, porque es tan glorioso como bello. Así, conociéndolo, permanece al lado de Dios, firme para el bien y resistente contra el mal, trabajando para la evolución y no por egoísmo.

KRISHNAMURTI

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EL TRABAJO

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El trabajo

EL TRABAJO ES UNA LEY NATURAL POR LO MISMO QUE ES UNA NECESIDAD Y LA CIVILIZACIÓN OBLIGA AL HOMBRE A TRABAJAR MÁS PORQUE AUMENTA SUS NECESIDADES Y SUS PLACERES. Pr. 674 de “El Libro De Los Espíritus” de Allan Kardec.

No se puede definir mejor, el trabajo es una ley, por eso ha de ser algo natural. ¿Que habría sido de la civilización sin el trabajo? Estaríamos todavía en la Edad de Piedra, sin haber adelantado nada, igual que los animales. Por eso el trabajo lo hemos de tomar en efecto como “Algo Natural”, está en la naturaleza del hombre trabajar para superarse a sí mismo, elevarse por encima de sus limitaciones e ir adquiriendo en virtud de su esfuerzo, de su estudio, de su fuerza de voluntad, mayores cotas de desarrollo en todos sus aspectos, material, mental y espiritual.

No hemos de tomar el trabajo como un castigo, como un suplicio; no es una condena, no es una pena, es una característica del ser humano que nos ha de acompañar siempre, es el único modo de engrandecernos y de conseguir de manera estable todo aquello que nos propongamos.

Deberemos diferenciar muy bien lo que significa el trabajo desde un punto de vista materialista o capitalista, y desde un punto de vista espiritual; lo cual nos lleva a observar diferentes matices. Materialmente, el trabajo es solo una forma con la cual nos ganamos la vida, trabajamos para percibir un salario lo cual nos debe abastecer de todas las necesidades que precisa nuestra vida, familia, etc. Es por ello una obligación, ya que es la única forma de ganarnos el sustento. Mientras que desde un enfoque espiritual, el trabajo es también una obligación pero no solo para ganarnos la vida, sino como herramienta de progreso, por un lado de la civilización y por otro de nuestro propio espíritu, ya que es un poderoso instrumento mediante el cual podemos desarrollar multitud de cualidades.

A medida que vamos evolucionando, nos damos cuenta de lo preciso que es dedicar muchas horas al estudio y la investigación, para profundizar más y más en todas las ciencias, no dejar de descubrir cosas nuevas y adelantar, para hacer la vida de nuestra sociedad más dichosa, más completa, más duradera y feliz. La medicina, la tecnología en todas sus áreas, todos los avances y mejoras que han ido surgiendo década tras década, los hemos conseguido gracias al trabajo, perseverancia y dedicación, esfuerzo y sacrificio de muchísimos personajes de gran talla, que han dedicado su vida y sus desvelos a lograr adelantos para el bien común. Muchos de esos adelantos necesitan después de ingentes horas de trabajo técnico y manual de infinidad de trabajadores, todos de una manera u otra colaboran y son necesarios, cada cual cumple una función, lo más importante es asimilar que la vida y la naturaleza requieren de todos nosotros, que a ella nos debemos y que es un deber sagrado contribuir a su perfección.

El mundo material en el que nos desenvolvemos es muy complicado, la sociedad está regida por unas leyes no escritas, que han desbancando los derechos y obligaciones que sí están escritos en la declaración de los derechos humanos, en el estatuto del trabajador, etc.; es por ello que todos aquellos que aspiramos al desarrollo de nuestras virtudes, y eliminación de las imperfecciones, no nos podemos dejar llevar por todos aquellos aspectos negativos de índole material,  pues  entonces corremos el peligro de rebelarnos, pensando en las posibles injusticias que recaen sobre los trabajadores, y hasta podríamos olvidar el principio del trabajo, como necesidad, y lo que es más importante, como ley natural que no hemos de pasar por alto.

Si bien se ha de luchar, y seguir luchando por la mejora constante de las condiciones de los trabajadores y de su justa remuneración, hemos también de comprender y aceptar que estamos en un mundo de expiación y de pruebas, que lamentablemente todo eso que es de Justicia y que todos tenemos en la mente: igualdad, libertad y fraternidad; no es posible en un mundo como este nuestro, sino solo en aquellos limpios de todas aquellas imperfecciones morales que en realidad son las que gobiernan esta clase de mundos. Nunca se podrá conseguir, salvo en los mundos de regeneración.

Si todas las leyes que ha creado el hombre en el último siglo se cumplieran, este mundo seria muy distinto del que es; no digamos, si cumplieramos con las leyes divinas que nos han ido transmitiendo, desde Moisés hasta Jesús, sería un verdadero paraíso. No es por falta de leyes, ni de tratados, ni de estatutos, es problema de evolución, nuestra sociedad no ha evolucionado en la medida que lo han ido haciendo las leyes. El hombre se da cuenta de sus errores, y de sus necesidades, y sabe en qué ha de cambiar. Legisla, pero el egoísmo y las imperfecciones todavía permanecen; no hay una ley que nos libre del egoísmo, del orgullo y en consecuencia de las penas y sufrimientos que ello acarrea.

Nos libraremos del egoísmo y de las demás formas de esclavitud cuando trabajemos en nuestro conocimiento interior de manera individual, cuando admitamos lo que somos, seres espirituales eternos, con una misión: la del progreso; sólo entonces con nuestro esfuerzo y con el trabajo que dediquemos a esa limpieza interior irán viniendo los cambios y las transformaciones, primero en cada uno de nosotros y después en nuestro entorno más cercano y así será cada vez en círculos mas grandes.

Por eso hemos de encarar el trabajo como nos lo plantea el espiritismo, como una necesidad de evolución, como algo natural, pero hemos de ampliar nuestras miras. Nuestro trabajo de cada día está en todo, el trabajo no es sólo un aspecto material, hemos de establecer preferencias y objetivos en nuestra vida si queremos aprovecharla bien, y que se nos tenga en cuenta a la hora de pedir una nueva reencarnación.

Pregunta 675 de El Libro de los Espíritus:

¿Sólo debemos entender por trabajo las ocupaciones materiales? No: el Espíritu trabaja, como el cuerpo. Toda ocupación útil es un trabajo.

Lo mismo que se necesita realizar un trabajo material, también necesitamos realizar un trabajo espiritual, tan importante es uno como otro ¿Verdad que dedicamos una gran parte de las horas que tiene el día al trabajo material, y cuantas horas le dedicamos al trabajo espiritual?

 Debemos entender que nos es muy necesario estar centrados, muy centrados en cada momento de nuestra vida, si queremos aprovechar bien nuestra existencia. Si estamos dedicados a realizar una tarea debemos de estar pendientes de ella, para realizarla lo mejor posible.

Si estamos en nuestro hogar con la familia dediquémonos a ella, con amor, con entrega, démosle aquello que esperan de nosotros, aquello que nos corresponde ofrecer, no es la cantidad, es la calidad lo que cuenta, entonces podremos dedicarnos a otras cosas sin ningún impedimento, todo a su debido tiempo y en la medida de nuestras posibilidades. Pero debemos dar a cada cosa según el compromiso que sintamos y las responsabilidades que hayamos asumido. En esta como en todas las facetas de nuestra vida debemos trabajar con ahínco, si queremos conseguir buenos frutos.

En el concepto espiritual podemos estar trabajando sin darnos cuenta más de lo que pensamos, porque no requiere de una máquina, de un ordenador, de un sitio. Requiere de una actitud, la actitud lo es todo, podemos estar realizando un trabajo material, pero nuestra actitud, la educación, el respeto, la tolerancia, eso es lo que llegará a nuestros compañeros, estamos trabajando y divulgando con el ejemplo, estamos realizando un trabajo espiritual, siempre que pongamos nuestra alma en ello y el buen hacer.

Del trabajo material propiamente dicho, podremos jubilarnos, pero del espiritual no, mientras estemos vivos tenemos una misión que cumplir. Cuántas cosas podemos hacer a lo largo del día, si tenemos una mente abierta, deseos de progreso, deseos de aprender, deseos de ser útiles a los demás. En la edad de la jubilación sin duda que podemos hacer muchas otras cosas que por no disponer del tiempo suficiente no pudimos hacer antes.

El trabajo es a todas luces una necesidad imperiosa, porque todo lo demás sale de él, el más difícil es el del auto conocimiento y limpieza interior, requiere de mucha atención sobre todos nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, requiere de un autocontrol, de mucho análisis, y por más que nos digan, hasta que no comprendemos las cosas por nosotros mismos es muy difícil cambiar, porque no estamos convencidos internamente de los defectos que tenemos los cuales nos llevan al error.

Hagamos caso del libro de los espíritus, no solo se trabaja con el cuerpo, el espíritu también trabaja, este no descansa, hay espíritus que buscan la forma de no trabajar, su trabajo es la pereza, la comodidad, solo quieren recibir pero no dan nada a cambio; aquello que siembren es lo que recogerán. Trabajemos por nuestra regeneración, construyamos en nosotros el hábito de localizar nuestros defectos y pongámonos manos a la obra para que de verdad corrijamos los errores, nos hagamos más humildes y construyamos un mundo mejor, comenzando por el que tenemos más próximo.

El trabajo espiritual no se realiza sólo en los centros espiritas; si pensamos o hacemos así, estamos muy equivocados, el trabajo espiritual empieza por un trabajo interno, de mentalización de lo que somos, porqué estamos aquí y hacia donde vamos. Y eso es algo de lo que nos debemos mentalizar, sin ningún tipo de fanatismo. Hasta que este hecho no forme parte de nuestro carácter, no sea algo que llevamos puesto en nuestra mente, será muy difícil que lo pongamos en práctica, sencillamente porque se nos olvida. El ajetreo diario, y nuestras muchas imperfecciones nos mantienen inmersos en otro tipo de preferencias y necesidades, y el trabajo interior, el conocernos a nosotros mismos, ayudar a los demás y todas esas cosas bonitas, quedan en un estante en nuestra mente, aparcado y lo recordamos cuando vamos a los grupos y a las reuniones, pero no forma parte de nuestros objetivos personales, es algo filosófico pero que en realidad lo vemos muy difícil de conseguir y por lo tanto algo muy lejano, con lo cual  más o menos seguimos siendo los mismos, porque como dicta el refrán: el hábito no hace al monje.

Cuando estamos leyendo un libro estamos trabajando. Cuando estamos escribiendo algo que queremos compartir estamos trabajando. Cuando hablamos y dialogamos con quien sea de manera positiva estamos trabajando. Siempre que hagamos algo con amor, con buena voluntad, contribuyendo y colaborando con otros con fines altruistas estamos trabajando espiritualmente. Lo sabremos porque nos sentiremos bien, tendremos cada día más gente que nos quiere y a quien querer; nos faltarán horas del día para hacer más cosas y en fin, nuestro espíritu tendrá más fuerza y deseos de vivir.

No limitemos el trabajo al aspecto material, es quizás más importante el trabajo espiritual, ese que nadie nos manda, solo la Ley de Dios, nos lo mandamos nosotros solos, nos lo manda la conciencia, esa que acallamos tan rápido.

 

El trabajo por: Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

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Un elemento hay que no se ha puesto suficientemente en la balanza, y sin el cual la ciencia económica no pasa de ser una teoría: ese elemento es la educación. No la educación intelectual, sino la educación moral. Ni tampoco aquella educación moral que se obtiene por medio de los libros, sino la que consiste en el arte de modelar caracteres, la que forma hábitos.

Ley del trabajo, Allan Kardec.[/infobox]

¿NOS PUEDEN VISITAR LOS FAMILIARES FALLECIDOS?

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Nos pueden visitar los familiares fallecidos
Fotograma de la película: Nosso Lar

Para muchas personas resulta determinante conocer la posibilidad de recibir la visita de familiares  y amigos que ya  fallecieron  y que se encuentran actualmente en el plano espiritual.

Para los estudiosos de la materia, entre los que se encuentra el movimiento espírita, estas visitas representan algo cotidiano. A lo largo de las siguientes líneas, intentaremos conocer y ampliar su problemática y casuística.

(Espiritismo según la R.A.E.: Doctrina fundada por Allan Kardec en 1857, que estudia la naturaleza, origen y destinos de los espíritus y sus relaciones con el mundo corporal).

Las manifestaciones de esos seres familiares, amigos, personas conocidas o desconocidos, podríamos denominarlas como: Apariciones, visiones, comunicaciones o cualquier otra índole de manifestación, y se suelen afrontar de diferente modo, siempre acorde a las creencias particulares de cada persona, religión y filosofía. Estas creencias particulares y colectivas, vienen determinando el modo en que vemos a esos seres, su imagen, su semejanza y características. De tal modo, que si una persona profana en estos conocimientos, tuviese la visita de algún familiar fallecido, muy bien podría interpretarlo con sorpresa o incluso miedo, llegando a creer que pudiera tratarse de la imagen de un fantasma o de un demonio. Influiría en ello su percepción más o menos nítida y la posibilidad de haber identificado a la persona en cuestión. La práctica nos dice que quién recibe esa visita, casi con seguridad, reaccionará negativamente y no podrá aprovechar esa especial circunstancia.

El católico, casi con certeza, aceptará como buena, únicamente, la visita de un ángel, de un ser luminoso, una virgen o un santo, o cualesquiera de las imágenes del santoral. Otra imagen desconocida o que difiriera de sus creencias, sería rechazada y considerada obra del diablo.

Para el espirita, habituado a este tipo de intercambio, sería un acontecimiento feliz y deseado. Sabedor de esta posibilidad real de intercambio y consciente de su realidad, mantiene con estas personas, los afectos y relaciones de vidas anteriores y en ocasiones llega incluso a exigir la oportunidad de contactar con ellos.

Este proceso como bien sabemos, puede conseguirse, habitualmente, mediante dos vías, que son: A través de los médiums preparados para dicho intercambio y, o bien a través del sueño.

Para cualquiera de las dos modalidades, y al margen de la situación personal y evolutiva de las personas que desean contactar, existen circunstancias determinantes y detalles característicos que debemos conocer y que deben ser tomados en consideración para un adecuado desarrollo de los contactos.

Existen personas unidas al credo espírita, que están convencidas que esos seres protectores, con los que guardan estrecha relación del pasado, están siempre a su disposición, sin importar la hora y el momento; que están a la espera de sus peticiones para resolver los problemas cotidianos. Los valoran como unos consejeros desinteresados, sin darse cuenta que al igual que los humanos encarnados, tienen también libre albedrío y una necesidad de evolucionar. Únicamente, nuestro Ángel de la Guarda, nuestro espíritu protector y compañero de viaje, tiene esa responsabilidad. Él le habla a nuestra conciencia, nos intuye y ayuda en los momentos cruciales.

Es responsabilidad de los humanos encarnados hacer uso de su capacidad de albedrío y tomar las determinaciones que afectarán su vida, pues tan sólo el ejercicio de la voluntad y las disyuntivas que la vida depara, permiten al individuo desarrollar sus facultades y continuar progresando en su evolución personal y colectiva.

Entendamos que esos familiares ya no están viviendo entre nosotros, en esta dimensión de vida. Ellos tienen también el suyo propio, plano que es diferente al nuestro, pero a la vez, muy cercano. Allí deben progresar y ocupar el lugar que les corresponde en el concierto universal. No les otorguemos pues, un rol que no es el suyo; ellos ya dejaron atrás su ropaje de carne y huesos, su cuerpo físico, y ahora se dedican a diferentes trabajos, imprescindibles para su desarrollo evolutivo.

No obstante, debemos incidir en la posibilidad real de recibir visitas de esas personas cercanas, pues ellas también conservan el deseo de ayudar a sus familiares y conocidos, a los que dejaron atrás en el la Tierra; quieren conocer la situación de esas personas y les añoran, se sienten comprometidos con ellas y desean ayudarles.

Para poder descender desde sus planos luminosos hasta el plano físico de la Tierra, necesitan una preparación previa adecuada. Por ello, les resulta problemático atender las llamadas de sus familiares y conocidos, y cuando lo hacen, se trata de situaciones muy puntuales y muy concretas, pero siempre contando con la imprescindible autorización.

Al igual que nosotros, ellos están en proceso de evolución, tienen un camino trazado desde sus últimas existencias y han de asumir sus aciertos y errores, sus experiencias, y prepararse para superarlos en una nueva encarnación. Se trata de un largo tiempo de trabajo y asimilación, hasta que, finalmente, consigan la determinación necesaria para emprender nuevas vidas llenas de retos y objetivos, experiencias que les servirán de rescate de las deudas pendientes.

Estas personas, ya sin el lastre de las cosas terrenas y habiendo conseguido un elevado grado de conocimientos en su estancia en ese nuevo mundo -el plano espiritual-, ya no se sienten vinculados a los familiares encarnados, saben que tienen otras prioridades, y que se deben a su propio trabajo evolutivo.

Cada persona se encuentra en el lugar que debe ocupar para obtener experiencias y realizar los trabajos necesarios para su crecimiento, siempre adaptados a su situación personal, nivel alcanzado, méritos y deméritos. Tal como vienen señalando, ellos son conscientes de que no deben intervenir en las vidas de los encarnados y sí buscar el desarrollo de sus propios valores eternos.

Como todo lo creado, la Ley de Evolución les impele a seguir luchando por su propio crecimiento espiritual, y el hecho de permanecer excesivamente ligados al plano terrenal les dificulta esa labor. Por nuestra parte, dejando de pensar continuamente en ellos, aliviaremos su carga y les permitiremos dedicarse de pleno a su plan de trabajo y objetivos.

Debemos saber que la mayor parte de las personas fallecidas, habitantes del plano espiritual, carecen del permiso para volver a la Tierra. No podrán obtenerlo hasta tanto hayan conseguido la preparación adecuada; preparación que es diferente para cada persona, por su diferente nivel evolutivo, conocimientos y preparación moral. Y es que las diferentes situaciones de quienes quedaron en la Tierra, familiares, de relación, económicas, etc., suelen variar sustancialmente a lo largo del tiempo. Estas personas necesitan alcanzar las condiciones y fuerza necesarias para asumir los irremediables cambios, pues hasta que no lo consigan, no obtendrán la autorización y podrán acercarse a prestarnos ayuda.

Los deseos de las personas encarnadas no siempre pueden ser satisfechos y, en el plano espiritual rigen otras prioridades; preferencias que obedecen al imperativo del progreso en todos los órdenes de la vida. Por eso, mientras somos seres evolutivos en el comienzo de su andadura, y a la vez, inconscientes de la carga que llevamos a la espalda, estamos obligados a vigilar y corregir constantemente pensamientos y acciones. Resulta a todas luces imperativo, orientar el rumbo hacia lo que realmente necesita el espíritu.

Ciertamente, nuestros familiares y conocidos desencarnados pueden venir al plano físico y comunicar con nosotros a través de un médium, pero debemos ser conscientes, que esto no sucede con tanta frecuencia como quisiéramos, ni es algo que resulte fácil de conseguir.

El desencarnado no puede tener siempre las circunstancias a su favor para venir hasta este plano físico, ni los encarnados, los méritos necesarios para obtener ese regalo.

Sin mérito, y dedicados únicamente a las conquistas materiales, no pensemos que por el mero hecho de pertenecer a un grupo espírita, podemos, en un momento de recogimiento, esperar que el médium y los trabajadores del plano espiritual se desvelen por servirnos. ¡No es el camino!

Son necesarios más estudios y sentido común. Tenemos acceso a infinidad de informaciones espíritas o de cualquier otra índole; lecturas que nos hablarán de progreso, de moral, de la necesidad de un cambio y que nos servirán de guía y ejemplo.

Por ello no resulta imprescindible, en modo alguno, que venga una persona desencarnada y nos lo ratifique de viva voz. Con humildad, podemos atisbar el largo camino que nos queda por recorrer y, haciéndolo, desaparecerán todos los deseos de molestar a personas que ya partieron.

Todas las cosas llegan a su debido tiempo, suceden cuando debe, y sin necesidad de peticiones y esperas, porque el Padre Creador da a todos ciento por uno, premia a quien trabaja y sabe de las experiencias que la vida depara a cada cual.

Estos espíritus evolucionados vienen a vernos sin que seamos conscientes de ello y, si así lo estiman, nos lo harán percibir, y ese contacto será siempre de gran utilidad. Lo harán a través de estímulos, de buenas sensaciones y fuertes ganas de trabajar. Ellos saben las razones de nuestra venida y conocen nuestras pruebas, saben si contamos con buena predisposición y son los primeros en pedir autorización para ayudar, durante el tiempo que resulte necesario. Su respaldo es siempre muy positivo e incluso imprescindible.

Nada escapa a la Ley de Amor y Progreso y a esos mensajeros de gran elevación; a esos seres luminosos que desean lo mejor para nosotros y que están esperando el momento adecuado para ofrecérnoslo. Su ayuda puede ser decisiva en los momentos cruciales, por ejemplo, ante una próxima desencarnación o una situación de obsesión. Están donde les corresponde estar, dedicándose al trabajo común y a la misión que más ayuda en su progreso espiritual y, aunque sepan que en la Tierra tienen seres amados de experiencias anteriores, saben que el progreso es personal e íntimo y que no pueden demorarse, ni abandonar sus tareas en asuntos meramente sentimentales o que no les competen.

Aprovechan nuestras horas de vigilia para transmitirnos ideas, sentimientos, vivencias y emociones, experiencia que nos será de utilidad mientras permanecemos en la cárcel del cuerpo físico, con sus grandes limitaciones: Este método, no atenta, en modo alguno, contra fanáticos ni fantasiosos. Ellos vienen, prudente y recatadamente durante sueño, se acercan amorosamente y nos hacen partícipes de su felicidad, nos recuerdan los compromisos adquiridos y nos entregan consejos e instrucciones, mensaje que cual semilla, al despertar, ponemos a crecer.

De ese modo, activaremos los mecanismos que mejorarán nuestra actitud y, sin ser conscientes de ello, estaremos recibiendo mucha más ayuda y consejo de lo que imaginamos, pero, todo ello, siempre, en el silencio de la noche y al amparo del cariño y los nobles sentimientos.

Es a todas luces muy importante también, conocer que existen personas desencarnadas de baja condición moral, muy materializadas y apegadas a los vicios terrenos, que captan nuestros deseos y pensamientos, y que no dudarán en hacerse pasar por familiares desencarnados; intentarán complacer nuestras peticiones insanas y crear una equivoca influencia, colaborando con los dañinos habitantes de bajo astral. Y estas influencias podrían llegar a convertirse en un foco de problemas.

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¿Nos pueden visitar los familiares fallecidos? por: Fermín Hernández Hernández

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