Perfección Moral

CRECER

El ser humano está destinado a crecer, a cambiar por propia naturaleza; es un ser transcendente desde que nace y comienza a descubrir de manera instintiva e inconsciente; todo a su alrededor le empuja a aprender. En la etapa de la niñez será un acumulador de energía y experiencias, ya que de todo aprende y todo lo observa. ¿Por qué? porque está dotado de sentidos psíquicos, es una entidad con mente y alma que viene a seguir desarrollándose. Pasará por las distintas fases de la condición física: infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y finamente la muerte; sufrirá y vivirá infinidad de pruebas, adquirirá conocimientos, y todas sus experiencias le irán cambiando lentamente. Cuando finalmente termine su recorrido, habrá atesorado un legado mucho mayor del que tenía, pues aún sin quererlo, habrá desarrollado los valores resultantes de sus experiencias a lo largo de la vida.

Es la ley del progreso que figura inmanente en cada ser, ley ineludible que no podemos rechazar, que podemos negar o despreciar, pero que permanecerá inalterable en nuestra propia naturaleza. A lo largo de la vida, su influencia generará daños o parabienes, siempre sobre la base de los errores o aciertos conseguidos.

A quienes comprendan que la vida tiene un sentido transcendente les sería de gran ayuda poder concretar una línea a seguir, una meta final o un objetivo de crecimiento personal, familiar o colectivo.

Como individuos somos dueños de nuestras vidas, tenemos el valiosísimo regalo del libre albedrío y nadie puede experimentar nuestras propias vidas. En idéntica medida, tampoco nosotros podemos vivir la vida de los demás. No podemos acusar a los demás de nuestra situación, pues es consecuencia de la siembra pasada y la adición de la planificación preencarnatoria y de los actos diarios.

Debemos aprender a convivir con nuestras propias circunstancias y limitaciones, cualesquiera que sean, y aprender de ellas para no repetirlas más virulentamente en existencias futuras. Si conseguimos extraer su aprendizaje, sin rebeldía y con afán de superación, dejarán de perjudicarnos, pues todo bascula alrededor de nuestra propia conducta. No podemos obsesionarnos con aquello que nos desagrada, pero sí darle un completo giro y obviarlo, dejando a un lado aquello que nos distrae y desgasta para centrarnos en lo relevante: el progreso y la superación de las imperfecciones.

Como vengo citando, resulta primordial trazarse un objetivo a corto y a medio plazo. En un primer lugar deberíamos detectar aquellas carencias que nos sobrepasan y que, por no haber enfrentado de forma seria y comprometida, terminan enquistándose e induciendo a la repetición de los errores habituales, errores que pueden derivar en rutinas y comportamientos enfermizos, generadores de malestar y desavenencias. Todos nosotros, a poco que analicemos y seamos sinceros, sabemos de qué pie cojeamos.

Estas conductas reiteradas van minando el estado de ánimo, distorsionando la visión de la existencia y haciéndonos sentir que el resto de personas son las culpables de todas nuestras calamidades, consiguiendo finalmente el rechazo y la ruptura  de la convivencia.

Meditemos por un momento sobre la gran cantidad de amistades y parejas rotas, compañeros mal avenidos y un sinfín de situaciones similares, todo por una inadecuada orientación, falta  de autoconocimiento y proyección de futuro. Quien desee realizar una labor trascendente con éxito y concienciado de su paso por la vida, deberá cumplir a rajatabla el manual de instrucciones que le marca su conciencia; deberá someterse a una continua autoevaluación que le permita comprobar la certeza de sus pasos y la impostergable mejora en su conducta, pues sin el conveniente crecimiento moral estará labrando sus penurias futuras.

No obstante, aquel que tiene el camino claro, que es consciente del trabajo a realizar, que comprende cuáles deben ser su actitudes y retos, que acepta cada día como una nueva oportunidad de progreso y cumple fielmente lo que su conciencia le dicta; esa persona, cuando finaliza su jornada, se encuentra radiante y plena, da gracias a Dios por las dádivas recibidas y se va llenado de alegría, aspiraciones y buenos sentimientos. ¡¡Esa es la senda a seguir!! De no ser así, y en justa reciprocidad, la ley de compensación traerá el dolor y su secuela de enfermedades, sufrimientos, obsesión y menosprecio por la vida.

Por tanto, crecer no es sólo una obligación; todos tenemos la responsabilidad de dirigir nuestra vida por el camino correcto, de ser los jueces de nuestras propias decisiones y los únicos árbitros de nuestras actuaciones, pero siempre asumiendo la responsabilidad de dichos actos. Solo así, con esa determinación de crecer interiormente y de cumplir los objetivos comprometidos antes de reencarnar, podremos alcanzar la plena felicidad.

Cuando una persona consigue el éxito material, cuando se enriquece y cambian sus signos externos, cuando se modifica su estatus social, todos llegan a verlo: antes nada era, nada tenía y ahora todo posee. Pero yo pregunto: ¿percibe alguien el crecimiento íntimo de las demás personas? ¿Perciben esos cambios internos? ¿Se preocupa alguien de esos cambios? ¿Quién rechaza la inactividad moral?

Si realmente estamos en proceso de cambio interno, veremos esa mejora; las personas que conviven con nosotros se sentirán más a gusto, observarán cómo crece nuestra simpatía, nuestro altruismo, y que tenemos una mayor tolerancia y respeto hacia todo. Esta es una pequeña muestra de cómo debería ser el camino de la vida: un crecimiento constante que será percibido por las personas con las que convivimos y por nosotros mismos. Pero si no hay cambios, si estamos siempre en el mismo lugar, ¡¡algo está fallando!!

Si cada día añadimos una pizca de amor a la balanza, el resultado será contagioso y alcanzaremos una mayor armonía, seguridad y confianza, pues los pensamientos positivos generan una energía que impele hacia el progreso.

La llave se encuentra en nuestro interior junto con las facultades y los valores. Y sabremos utilizarla si aprendemos a abrir la mente, pero… siempre teniendo presente que el egoísmo, el miedo y la falta de fe la bloquean y mantienen el corazón petrificado, haciendo imposible progresar únicamente con la adquisición de conocimientos.

 

Fermín Hernández Hernández

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